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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1988 México a través de los siglos. A cien años de su publicación 1884-1889. Xavier Cacho Vázquez.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Hace cien años la Casa Ballescá Editorial de Barcelona empezaba a distribuir en la Ciudad de México los primeros fascículos de la que sería la más completa historia de México intentada hasta la fecha: México a través de los siglos. Durante seis años (de febrero 1884 a fines de 1889) la Distribuidora de Ballescá en México atendió a los suscriptores de la obra a quienes entregó cinco tomos con un total superior a las cuatro mil páginas. Los lectores gozaban tanto la literatura como los acuciosos grabados: firmas y retratos de los personajes que aparecían en el relato terciaban con reproducciones de edificios, monumentos y paisajes de pueblos, ciudades y regiones.

 

LOS AUTORES Y SU ÉPOCA

 

Los voluminosos tomos in folio llevaban pastas fuertes y ostentosas.

El título completo de la obra nos introduce de la mano al mundo de los autores. Dice así en el tomo primero: México a través de los siglos. Historia general y completa del desenvolvimiento social, político, religioso, militar, artístico, científico y literario de México desde la antigüedad más remota hasta la época actual.

Bajo la dirección del General D. Vicente Riva Palacio e imparcial y concienzudamente escrita en vista de cuanto existe de notable y en presencia de preciosos datos y documentos hasta hace poco desconocidos, por los reputados literatos:

D. Juan de Dios Arias [1]
D. Alfredo Chavero
D. Vicente Riva Palacio
D. José María Vigil
D. Julio Zárate

En el Tomo cuarto aparecerá D. Enrique Olavarría y Ferrari, quien tomó el lugar de D. Juan de Dios Arias, fallecido en 1886.

El proyecto se anunciaba ambicioso, y, a cien años de su realización, podemos decir que el esfuerzo por responder al reto que los autores se tomaron debe calificarse de notable. Me parece que, sin restar méritos a los demás, fue decisiva la inspiración y el aliento de Vicente Riva Palacio.

Riva Palacio, nieto del Gral. Vicente Guerrero e hijo de uno de los constituyentes del 57, había nacido en la ciudad de México en 1832. Su vida emprendedora, forzosamente aventurera en la guerra contra los franceses, se antoja para arquetipo de mexicano decimonónico. En un país exultante por la conquista de su independencia, los mexicanos más cultos y patriotas se lanzan a la búsqueda de los caminos que deberá andar su nueva Patria. No sabemos qué hubiera acontecido si ellos solos hubieran debatido sus diferencias en el planteamiento sobre México, sin las gentes de fuera locas de ambición por apoderarse de territorios vastísimos apenas poblados y casi indefensos. El hecho fue que las banderías se extremaron, la ambición de los Estados Unidos se sirvió con la cuchara grande, el país se desangró en la guerra civil y, apenas restañadas las heridas, los mexicanos tuvieron que salir al campo de batalla, una vez más, en contra de los invasores franceses. Riva Palacio tema treinta años cuando se lanzó en 1862 a organizar una guerrilla contra los franceses. Sus recuerdos y experiencias le hablaban de guerras, violencias y agrias discusiones sobre el porvenir de México. Había estudiado leyes y se había graduado en 1854. Al año siguiente lo vemos participar con el triunfante grupo de Ayutla, apresado por Zuloaga y Miramón durante la guerra de Reforma; diputado en 1861, gobernador del Estado de México durante la Intervención Francesa, gobernador de Michoacán durante la misma Intervención, Magistrado de la Suprema Corte al triunfo de la República. En la sangrienta década de los sesenta, además de su participación política, se compromete con la pluma e inicia una ardiente vocación a la literatura política, histórica y artística. No dejará ya más de escribir. Cuentos, poemas, artículos periodísticos, novelas históricas,saldrán de su espíritu apasionado por las letras. Participa en la euforia de la República Restaurada, que recordó a los mexicanos el día glorioso de la entrada del Ejército Trigarante a la Capital. Se quiere comunicar el valor y el significado de la victoria sobre Napoleón III y sus legionarios, hacerle eco a la noticia que se difunde por todo el mundo. Durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada, Riva Palacio fustiga al Gobierno en las célebres páginas de El Ahuizote y de El Radical. En 1876, al triunfo de los tuxtepecanos, es nombrado Ministro de Fomento. Sigue escribiendo y asistiendo con asiduidad a las tertulias literarias donde se relaciona con los hombres de letras capitalinos o que acuden a la Capital. Para 1882 edita con lujo las semblanzas de estos literatos en su libro intitulado Ceros que firma bajo el pseudónimo Cero. [2] Cada uno de ellos ha sido retratado con la pluma de Riva Palacio y con un espléndido grabado.

Estando metido de lleno en la política y la literatura, como lo había estado en las armas tiempos atrás de donde obtuvo sus galones de General, tuvo una agria réplica pública en contra de la decisión gubernamental sobre la "cuestión del níquel" en diciembre en 1883. [3] El Presidente González se enfureció y lo hizo encarcelar en la prisión militar de Tlatelolco. Riva Palacio, que no sabía perder el tiempo ni el humor, pronto encontró la manera de emplear su abundante tiempo libre. Se puso en contacto con su amigo de letras José María Vigil, Director de la Biblioteca Nacional desde 1880, con Juan de Dios Arias, con Julio Zárate y con Alfredo Chavero, conocido aficionado a la historia prehispánica, todos amigos de las tertulias literarias, y juntos decidieron cristalizar la idea ya platicada muchas veces de redactar una Historia general de México, que incluyera todos los períodos de la misma, así como todos los aspectos de su desarrollo sociocultural, para conocimiento tanto del público nacional como internacional, por lo que debería ceñirse al rigor de los documentos y a la precisión de los datos. [4] Dicha Historia se titularía México a través de los siglos.

No se trataba de un grupo de desconocidos, pues todos lo eran en el mundo de las letras. Tampoco se trataba de principiantes, ya que todos se habían ejercitado en el periodismo, el teatro, la novela y algunos otros géneros literarios. Asimismo, todos eran conocidos por su participación política y militar en la azarosa historia del País. Ninguno, en fin, carecía de entusiasmo por emprender la magna obra. Por el contrario, todos deseaban ardientemente dar a conocer a su País y colaborar a su fortalecimiento, siendo todos ellos testigos de lo que podría sucederle a México de no crecer y robustecerse en su identidad. Las biografías de cada uno de los autores de México a través de los siglos nos muestran denominadores comunes:

Juan de Dios Arias. (1828-1886) Periodista, militar y político.
Alfredo Chavero. (1841-1906) Dramaturgo, historiador y político.
Enrique Olavarría. (1844-1918) Novelista e historiador.
Vicente Riva Palacio. (1832-1896) Periodista, literato, historiador y político.
José María Vigil, (1829-1909) Literato, maestro, historiador y político.
Julio Zárate. (1844-1917) Periodista, historiador y político.

Podemos, como leyendo entre líneas, anotar al lado de cada uno de ellos el título de "animoso", cualidad que nos sale al paso cuando incursionamos al siglo pasado mexicano, sobre todo en las épocas anteriores a la consolidación del régimen porfiriano. Indudablemente la inestabilidad social incitaba a las gentes a actuar, pero no deja de admirarnos la generosidad con que lo hicieron. Don Vicente Riva Palacio participó en forma eximia, incansable, como el que más, en todas las causas de su tiempo y, sin él, creemos difícil se hubiera, iniciado y coronado el generoso proyecto de México a través de los siglos, cuyo primer anuncio oficial apareció en la prensa periódica en los primeros d ías de septiembre de 1884.

Volviendo al elenco de autores, notamos que los dos títulos comunes son los de literato y político, exceptuando a Olavarría quien por ser español no participó en cargos públicos. Estas características marcarán la redacción de México a través de los siglos, historia eminentemente literaria y política.

 

UNA HISTORIA LITERARIA Y POLÍTICA

 

La lectura de los tomos de México a través de los siglos va confirmando al lector, conforme avanza, en la innegable índole literaria de la obra, entendiendo por "literaria" la marcada preferencia de los autores por un relato sabroso, adjetivado con profusión y más cercano a una novela histórica que a un discurso historiográfico crítico. Este juicio, sin embargo, no corresponde por igual a todos los autores.

Alfredo Chavero, autor del primer tomo Historia antigua de la conquista, se ciñe a los cánones positivistas y nos brinda una minuciosa descripción de las fuentes documentales entonces conocidas e inéditas para la historia de México prehispánico. De entre los seis autores es el que usa un lenguaje más sobrio, el que no intenta elaborar un relato novelado o dramatizado sobre los datos que aportan los documentos. También habrá que decir que los códices prehispánicos auténticos o de hechura al estilo prehispánico se refieren a culturas tan ajenas a la vigente cristiano-occidental, que era y es imposible decir algo sin entrar de lleno a la tarea hermenéutico-interpretativa, tarea conminada severamente por el positivismo al que pertenecía Chavero. Congruente con sus principios positivistas de epistemología pragmatística (los datos de la experiencia sensible son los solos y únicos reales para el conocimiento científico), a Chavero no le quedaba más que intentar la descripción de los documentos prehispánicos en su apariencia, ya que no en su contenido (solamente penetrable por la inteligencia y la razón, facultades conscientes que interpretan los datos empíricos ofrecidos a la experiencia sensible). A pesar de esto, en algunas ocasiones Chavero se atreve a intentar alguna interpretación como en el caso de La Piedra del Sol, y su intento nos regala lo que hace cien años pensaban que decía tal monumento. La lectura hermenéutico-crítica reciente estaba aún lejos de los positivistas mexicanos; apenas se estaba diseñando en las universidades alemanas de la época. Los conocimientos de las culturas antiguas, adquiridos a través de la lingüística, la arqueología, y la interpretación de los códices, el entrar consciente al "mundo mágico" de Mesoamérica —como lo llamaba Ángel Ma. Garibay— para leer en las claves de lectura de ellos el mundo, no contaban aún en aquella primera etapa que ya empezaba a asombrarse de los antiguos mexicanos y a recoger con pasión sus rastros hasta entonces despreciados y envilecidos por el olvido.

Al tomo primero de México a través de los siglos debemos un elenco puntualísimo de documentos, su localización y su descripción. Debemos la proclamación del interés que los sabios mexicanos daban a las culturas antiguas, cuyo valor así asentado irá cundiendo por los numerosos lectores de la obra. Chavero pone muy en alto que los mexicanos aprecian su propia antigüedad indígena, ya publicada en parte por Kingsborough [5] y por Catherwood, [6] en Europa y los Estados Unidos. Pero tenemos que decir que ni el método positivista permitió al autor entrar en los complejos significados de los signos antiguos (llamados generalmente "jeroglíficos" por los historiadores occidentales de la época que se interesaban por otras culturas), ni su tarea se hubiera visto facilitada por los estrechos límites de los conocimientos que sobre la antigüedad tenían entonces los estudiosos. El tomo de Alfredo Chavero nos marca precisamente esos límites; se reduce a los aztecas, a los mayas y a breves alusiones a otras culturas. El gran mérito estará en la inclusión de la historia de los indios en la orgullosa historia de los blancos, quienes habían mesianizado sus triunfos y conquistas, para dar a conocer al mundo y a los propios mexicanos la primera gran relación de su historia a través de los siglos.

Los restantes cuatro tomos, redactados por Vicente Riva Palacio el segundo (el virreinato), por Julio Zárate el tercero (la independencia), por Enrique Olavarría el cuarto (México independiente 1821- 1855), y por José Ma. Vigil el quinto (México independiente 1855-1867) pagan un alto tributo a la literatura. Pienso que el relato histórico, que tiene su más madura realización en la verdad de sus juicios, queda al servicio del relato literario, cuya meta es facilitar y deleitar al lector que se interesa en saber qué pasó con los personajes del relato sin preguntarse si lo que pasó fue así en realidad, ni por qué fue así y no de otro modo, ni por qué los acontecimientos así relatados iluminan el porvenir.

La finalidad irrenunciable de dar a conocer México persuadió aún más a nuestros autores a emplear las armas literarias que manejaban con destreza. En el momento del acuerdo, quien más quien menos había publicado obras de literatura preferentemente, pues también se habían dado a conocer por su afición histórica: Chavero en lo prehispánico, tanto coleccionando manuscritos y documentos como tratando de comprenderlos en orden a la historia antigua de México; los restantes por sus monografías, sobre temas recientes tales como la Reforma y la Intervención.

Después de la publicación de México a través de los siglos todos sus autores acentuarán su producción más formalmente histórica. Alfredo Chavero editará la Historia Tolteca-Chichimeca de Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en 1891 [7] y monografías tales como Calendario de Palenke, 1902 y El Monolito de Coatlinchan, 1904; reunirá una riquísima biblioteca enriquecida con la que perteneció a José Fernando Ramírez. [8] Riva Palacio cultivará la novela histórica; "Piratas del Golfo ”, “Monja, casada. Virgen y mártir", “Martin Garatuza”, obras inspiradas en sus contactos con los archivos novohispanos, singularmente con los de la Inquisición, Olavarría, ya conocido por sus Episodios Nacionales, novela histórica al estilo de Pérez Galdós, publicará su magna Reseña histórica del teatro mexicano, en 1895. Vigil se distinguirá con su Catálogo de la Biblioteca Nacional en ocho volúmenes.

Al calificar México a través de los siglos como "historia literaria" no es mi intención el minusvalorarla, sino aclarar la importancia que los autores le dieron a su meta de mostrar qué era México y sus más recientes afirmaciones en la Reforma y en la República Restaurada, a los lectores de su época. Y, por esto mismo, habrá que añadir algunas reflexiones sobre la índole "política" de la obra, escrita por gente del régimen liberal que sabía llegar a su público con las artes literarias.

Los gruesos tomos de largas descripciones que iban, entrega tras entrega, integrando la obra, no tenían como finalidad satisfacer ni a los eruditos ni a los críticos de la Historia de México. Se dirigían al público mexicano con el interés de darle a conocer el relato histórico que, en alguna forma, calificaríamos de oficial. Se dirigía también a los extranjeros interesados sobre México. Se anunciaba, por otra parte, un procedimiento metodológico científico: acudir a las fuentes documentales.

Aún admitiendo que la dimensión política era la preferida por los historiadores de hace un siglo como hoy lo es la dimensión económica, es patente a los lectores que México a través de los siglos, en la medida que se acerca al presente, va a insistir y cargar los tonos para ensalzar a los héroes del nuevo país, sus gestas y sus triunfos, todos engarzados en el hilo conductor del liberalismo. Se pretende oficializar la victoria liberal en cuanto a ideología, en cuanto constitución política, en cuanto cambio social, hasta hacer la carta de presentación del México actual. El último tomo, redactado por José María Vigil, cuyo período abarca la Reforma y la Intervención, muestra, mucho más que los dos anteriores referidos al XIX mexicano, que México contemporáneo ha luchado por lo que debía hacerlo y ha triunfado. No es, pues, de extrañar que los elogios retóricos y las apologías ideologizantes abunden. Importaba mucho que una Historia de México de tal envergadura dejara bien claro los hechos históricos que habían hecho de la Nación un país liberal: democrático, federal, con economía de libre mercado y derechos constitucionales a la libertad de expresión.

Es importante, por otra parte, tener presente que la generación de autores combatió con sus manos y arriesgó su vida en las luchas de la Reforma y la guerra contra el Imperio de Maximiliano y los franceses. Quiero decir que el significado del triunfo de la República liberal para gentes como Arias, Riva Palacio, Zárate, Vigil y Chavero nunca pudo significar lo mismo que a los integrantes de la nueva generación porfirista que emplearán su talento para justificar la necesidad histórica de la dictadura. Así lo harán Justo Sierra y Emilio Rabasa con su tesis del "necesariato" Ambas generaciones tendrán en común tanto el haber participado activamente en la política de su tiempo como en historiar los triunfos, dejando poco o ningún lugar a los oponentes políticos vencidos. Por esto ultimo, México a través de los siglos y los trabajos de los escritores porfirianos quedan opacados con el humo de la vanidad que otorga la victoria y el desprecio hacia los vencidos, quienes no son dignos de aparecer en la historia sino para ser envilecidos. El estallido violento del pueblo sometido por el apabullante triunfo liberal y sus epígonos en el porfiriato han dado un mentís dramático, en las primeras décadas del presente siglo, a las orgullosas apologías de los triunfadores historiógrafos y su interpretación política de México. [9]

 

EL POSITIVISMO EN MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

 

Cuando se inicia la redacción de los fascículos de la Obra, las doctrinas de Gabino Barreda y su Escuela se han enseñoreado de la intelectualidad nacional. El Positivismo comptiano (filosofía, metodología, expectativas y logros) son hecho consumado y triunfador. La cuestión no es, pues, investigar si algo tuvo que ver el Positivismo en la estructuración de México a través de los siglos, sino en que grado —según el autor- influyó el Positivismo ambiental y sus resultados para comentar la cuestión metodológica de la Obra.

Por lo dicho hasta aquí sobre los autores, sus preferencias literarias y políticas, sus metas publicitarias, es obvio que en la Historia General de México que nos ocupa no vamos a encontrar un riguroso positivismo. Bastaría una ligera lectura comparativa con las obras históricas de Joaquín García Icazbalceta, Genaro García y Francisco del Paso y Troncoso o con la obra geográfica de Antonio García Cubas para notar la diferencia. A estos últimos autores podemos considerarlos eruditos a quienes interesa sobremanera sujetarse al método positivista de la precisión minuciosa en la investigación de los datos y la no menos minuciosa de su presentación al público, preocuparse también de omitir interpretaciones propias que interfieran con la intocable pureza de los datos y puedan entorpecer el conocimiento científico de "lo que realmente aconteció", como insistía von Ranke. La benemérita obra del admirable coleccionista Hernández y Dávalos está asimismo lejos de los discursos retóricos y las apologías de nuestros autores.

Tampoco puede decirse que los redactores de México a través de los siglos hayan hecho caso omiso del cientificismo positivista, lo que equivaldría a sacar a los autores de su época, de la axiología de su tiempo y de su contexto. Esto sería tan grave como tirar por la borda las claves de lectura que la historia misma nos brinda y condenarnos a "inventar" unas claves, quizá de mucha actualidad hoy por hoy, para leer lo escrito hace cien años. Este proceder es ingenuo y evidentemente acrítico. Volvamos, pues, al positivismo mexicano que iluminará nuestra comprensión de por qué y cómo concibieron y redactaron así su Obra nuestros autores.

Hablando en conjunto, la metodología positivista de nuestra Historia consiste en:

1. —Búsqueda, reunión y selección de magníficas fuentes primarias; documentales, bibliográficas, monumentales.

2. —Descripción de las fuentes y publicación de grabados.

3. —Selección de textos.

4. —Transcripción exacta de citas y anotación precisa a pie de página.

5. —Comentarios ad sensum, dejando de lado las interpretaciones del contenido de los documentos citados y/o transcritos.

Evaluando también genéricamente la metodología positivista de México a través de los siglos, diríamos lo siguiente:

1. —Ningún tipo de crítica ni interna, ni externa, de las fuentes seleccionadas y citadas.

2. —Lo anterior origina que las fuentes, siendo magníficas, sean usadas casi exclusivamente para confirmar el plan historiográfico preconcebido bajo notorias preferencias literarias e ideologizantes.

El amplio público lector se enteró de las grandes fuentes de nuestra historia, algunas de ellas de reciente edición por José F. Ramírez, Manuel Orozco y Berra, Joaquín García Icazbalceta y Juan E. Hernández y Dávalos. La riqueza de estas fuentes como los códices prehispánicos, la Historia de las cosas de Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún, la Historia eclesiástica indiana de Fray Jerónimo de Mendieta, las Cartas de religiosos, la Historia de los indios de Motolinía, las Leyes de Indias, los documentos de la guerra insurgente recopilados por Hernández y Dávalos, los recentísimos de la época santanista y juarista, los mapas impecables de García Cubas, habrán impactado muy favorablemente a los lectores nacionales y extranjeros. Nunca se habían publicado una historia con una documentación tan vasta. Esto solo nos explica que México a través de los siglos se haya convertido en mito para muchas gentes y familias de nuestro País, y se haya seguido reeditando a pesar de sus más de cuatro mil páginas. Nuestras gentes han guardado los tomos en sus armarios y los siguen guardando.

El significado del triunfo editorial de México a través de los siglos ameritaría una investigación sociológica.

1.— Si atendemos a cada autor por separado, notaremos variantes y peculiaridades en el método escogido y seguido, dentro del gran marco de referencia positivista con su justificación filosófica y sus procedimientos que brevemente hemos anotado ya.

Alfredo Chavero nos manifiesta sus propósitos al respecto en su Introducción al tomo primero:

“Para emprender tan ardua empresa existen elementos, y a dar razón de ellos nos creemos obligados, pues la veracidad de una historia depende de las fuentes de donde se han tomado, así como el caudal y hermosura de un río de la abundancia y claridad de sus manantiales. Bajo este aspecto, nuestra historia antigua es más digna de fe que la de la mayor parte de los pueblos primitivos del viejo mundo. En éstos la leyenda es la única guía de los primeros tiempos; y sea porque, ricos de imaginación, multiplicaron sus fábulas de manera exagerada, sea porque, buscando en su orgullo orígenes muy remotos, sustituyeron a la realidad la ficción, es lo cierto que tenemos datos más precisos de nuestros antiguos pueblos, y que no es exageración decir que en esto es superior nuestra historia a la misma historia de Grecia", p. IV.

Bajo la guía de estos principios Chavero se esmera en presentar al público "los datos precisos de nuestros antiguos pueblos", que él ha buscado con encomiable tesón. En su juicio sobre los orgullosos pueblos europeos de los que México decimonónico se ha sacudido orgullosamente el yugo, vuelve a mostrarnos su metodología científica: datos vs. fábulas, documentos va mitos. El positivismo muestra su lado más flaco en el inmediatismo, la negación de la creación insensible del espíritu que penetra los datos y lee los contenidos, interpreta los significados diversos y sorprendentes que se materializan en los signos o datos. La agria polémica contra los idealistas llevó a los positivistas a los extremos contrarios del más increíble empirismo. El párrafo de Don Alfredo Chavero nos lo deja ver o, en otras palabras: los signos idiomáticos de Chavero sí nos permiten, además de su reproducción material, conocer su mente y sus propósitos, sus significados positivistas.

2.— Vicente Riva Palacio, hombre de personalidad brillante, con capacidad de liderazgo, apasionado por su país, participante en las luchas y los gobiernos, deja su impronta de entusiasmo en el tomo segundo de México a través de los siglos. Para 1883 Riva Palacio es un literato consumado y ferviente. Viendo a Riva Palacio no puedo dejar de recordar lo que oí decir a un literato español hace años en una reunión madrileña, cuando alguien le preguntó que quién era un escritor: "un escritor es quien se ha contagiado de la incurable enfermedad de escribir". Así reconstruyo la figura histórica del Gral. Riva Palacio, como la de quién no está tranquilo sin tomar la pluma y hablarle a su público. Esta personalidad tan definida en lo político y en lo artístico: liberal y hombre de letras, no se va a sujetar a la camisa de fuerza del método histórico en su versión positivista. Va a respetar todo eso de ir a los documentos, escogerlos, transcribirlos con puntualidad, anotar escrupulosamente la cita, pero él —situándose por encima de todo eso— ha decidido contarle a su público lector la apasionante aventura de la Conquista de México, el establecimiento lento y firme de la Nueva España con lo más picante de la época: la Inquisición con sus procesos y autos de fe. Y lo va a hacer con la pasión del escritor; deleitar a sus lectores, hacerles difícil el abandonar el libro. Y mejor que ni mejor si la lectura sabrosa está mechada de buenas citas autorizadas. En el tomo segundo encontramos transcripciones de cartas de los conquistadores de la hueste cortesiana con motivos curiosos y fuertes, [10] temas aventureros, intrigas, tumultos. De ninguna manera quiero afirmar que Riva Palacio novelee con su sabroso tomo segundo, pero sí quiero decir que prefiere interesar al lector con sucesos realmente acaecidos, bien documentados, que elaborar un relato cuyo principal objetivo sea el seguir un proceso histórico acumulativo y cambiante que haga conocer los grandes motivos y propósitos, las estructuras e instituciones sociales, los profundos significados culturales de la Conquista de Mesoamérica por los castellanos y de los siglos virreinales del México hispano-mestizo en formación. Ni la formación, ni la época positivista nos permiten exigir todo esto último de Don Vicente Riva Palacio.

Nuestro autor, eximio representante del siglo del liberalismo o de las individualidades, nos dice lo siguiente:

"Es verdad que los grandes hombres pueden producir importantes modificaciones en la estructura y en la marcha de los pueblos, pero es preciso no olvidar —como dice Spencer— que cuando un hombre influye sobre una sociedad, esa sociedad ha influido con anterioridad sobre el hombre, y todos los cambios de que él es autor inmediato tienen sus causas principales en las generaciones de quienes él desciende. El hombre pertenece a su siglo y el siglo no pertenece al hombre, para juzgar al hombre se necesita conocer el siglo, pero para conocer el siglo se necesita estudiar a la sociedad". Tomo II, introducción p. XII

Las novedosas preocupaciones "sociológicas" del filósofo inglés llaman la atención del individualista liberal que ha experimentado en sí mismo las graves decisiones personales y su impacto. Una de las últimas lo tiene recluido en la prisión de Santiago Tlatelolco. Riva Palacio escucha estas palabras que anuncian toda una "dialéctica" al espíritu liberal vigente, y tratará de conformar sus relatos histórico-literarios haciéndose cargo que el protagonismo no recae exclusiva ni definitivamente sobre los individuos sino, en gran parte, sobre las ideologías y mentalidades en vigor. Esto se manifiesta más en las enjundiosas síntesis que nos brinda al fin de cada siglo virreinal.

Sería injusto no agradecer a Riva Palacio la coordinación de México a través de los siglos, e igualmente injusto no reconocer que su prosa ligera y bien cortada ha metido a millones de mexicanos a nuestras centurias pasadas, donde habrán aprendido mil cosas, entre las que la no menos valiosa habrá sido el amor a su Patria.

3.- Julio Zarate, ni en su introducción ni a lo largo de su extenso Tomo tercero de México a través de los siglos alude formalmente a ningún marco teórico de referencia metodológica. El sabe que valerse de fuentes documentales primarias en el seguimiento cronológico de la guerra de Independencia, desde su inicio en las peripecias de 1808 hasta la eufórica entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México en 1821, es lo debido para cumplir con "la ciencia", tan vanidosamente buscada por los intelectuales de su época. A lo largo de las ochocientas diez páginas de su relato va transcribiendo cartas, recados, planos de batallas, relaciones y comentarios de los clásicos historiadores de la gesta insurgente: Bustamante, Alemán, Mier. También transcribe párrafos de los no menos reconocidos intérpretes de la Insurgencia contra la Metrópoli española: Mora, Zavala, Zerecero. Y, por si fuera poco ese impresionante acervo de autoridades documentales y bibliográficas, añade al final de sus relatos catorce documentos importantes para el estudio de esos trece años de historia de México. Sobra decir que el trabajo de Juan E. Hernández y Dávalos le cae de perlas para ir contexturando su relación histórica.

El rigor de la cronología, la puntualidad del seguimiento de los datos aportados por las mejores fuentes conocidas, integran el método de Don Julio Zárate. La brevedad del período presentado permite a Zarate afocar con gran detalle los acontecimientos. No se trata del universo sin contornos fijos del México prehispánico, ni siquiera de los tres siglos anteriores a la lucha de la Independencia. Pero quizá en eso mismo Zarate se entrampó y echó mano y abusó de la grandilocuencia y del verbalismo. El lector añora los relatos sabrosos de Riva Palacio, se cansa con los detallismos prolijos de Julio Zárate, quien obviamente no tiene la calidad literaria ni el ingenio vivo de Riva Palacio, ni quizá tampoco de Olavarría y de Vigil. Otra meta de Zárate es moralizar a los lectores con los altos ejemplos de los héroes, objetivo que encaja en el deseo de todos los autores de México a través de los siglos de marcar en las conciencias de los mexicanos lo que México debe ser y afirmar como nación independiente y libre.

4.- Juan de Dios Arias nos presenta en su introducción al tomo IV de México a través de los siglos, que debería cubrir de 1821 a 1855, sus propósitos metodológicos:

"Al presente y con relación al período histórico que vamos a tratar, las dificultades acrecen, no obstante que en materia de hechos pueda llegarse a completa exactitud por cuanto los materiales precisos no se han gastado ni desaparecido pero la circunstancia de tocarse sucesos casi contemporáneos hace más delicada y espinosa la posición del escritor, que de seguro producirá disgusto en los actores que aún viven o en sus inmediatos deudos ... Escollos son éstos que no se pueden salvar sino a fuerza de prudencia, de imparcial examen, de investigación minuciosa y sobretodo de la elección de buenas tradiciones y del acopio de documentos de intachable autenticidad..." p. VIII.

En estas expresiones, o mejor juicios de valor de Don Juan de Dios Arias, encontramos otro aspecto de la teoría positivista y su historiografía. La trascendental importancia de conseguir la documentación "de intachable autenticidad" radica en que de esa documentación brota "la exactitud de los hechos" históricos. Así se entiende que los científicos positivistas equipararan la verdad histórica con la existencia física de "los materiales precisos que no se han gastado ni desaparecido".

Que esto no sea una figuración nuestra lo demuestra el increíble afán de nuestros predecesores historiógrafos de hace cien años por editar la documentación fidedigna. Así lo vemos en un Orozco y Berra, en un García Icazbalceta, en un Genaro García, en un Francisco del Paso y Troncoso, por mencionar sólo a los principales. Hoy agradecemos de verdad la investigación y la benemérita labor editorial de esos positivistas convencidos que cumplieron su metodología con una responsabilidad encomiable. Basta comprobar su exactitud, la casi absoluta ausencia de errores de paleografía y de tipografía; la puntualidad externa de sus notas —que no comentarios— sobre la localización y descripción de los documentos mismos. Hoy somos incapaces, con mayores ayudas técnicas, de lograr ediciones como las de los autores referidos, como las de Cartas de Indias hecha en España de la época, etc., por su impecabilidad y la precisión tipogrática, por su confiabilidad con respecto a los manuscritos originales.

Los buenos propósitos y augurios de Juan de Dios Arias y su historia quedaron truncados por su súbita muerte poco tiempo después. Solo quince capítulos del Libro primero fueron redactados por Arias. La Casa Ballescá anotará al fin del Tomo IV:

"Entre el inmenso número de dificultades que ha ofrecido la publicación de esta obra, ha sido una de las más sensibles el fallecimiento del señor Don Juan de Dios Arias cuando apenas se había dado principio a la publicación del Tomo IV, que tenía a su cargo. Acudimos al señor Don Enrique de Olavarría y Ferrari como la persona más indicada para llevar a cabo tan importante como difícil trabajo..." Los Editores. Tomo IV p. 860

El improvisado Olavarría nos refiere en conclusión del Tomo IV su situación y su esfuerzo, a la vez que reitera los mismos procedimientos metodológicos que el resto de los autores de México a través de los siglos:

"En él (el Tomo IV) he hecho todo aquello a que mis fuerzas han alcanzado, y no espero se me haga más justicia que la de haber dicho la verdad, apoyándola en documentos oficiales y públicos y al alcance de cualquier crítico, con poco trabajo que se dé; pues una vez vencida por mí la dificultad de encontrarlos, no descuidé el citarlos en su lugar respectivo. Para mi Libro he tomado cuanto bueno han dicho otros: esto hace que no carezca de mérito, aunque sea ajeno; el mío es sólo el de no haber sucumbido a la fatiga que me costó el buscar los elementos necesarios para formar la Historia de México independiente, no tratada, hasta la fecha en que se emprendió esta obra monumental, de un modo uniforme, completo, detallado, y por un autor solo: la mía es la primera de esta especie en el período de 1824 a 1854: la mejor la escribirá quien más que yo valga". Tomo IV, conclusión p. 860

Don Enrique de Olavarría habla formalmente de "la verdad" histórica como dependiente de "los documentos oficiales y públicos" y prosigue diciéndonos que el trabajo de buscarlos y encontrarlos puede ser tan digno como que de él depende lograr la verdad histórica. La equivalencia entre investigación y juicios de hecho o entre heurística y comprensión, afirmada por Olavarría, no deja lugar a la distinción entre la experiencia y la intelección de los datos de la experiencia.
El positivismo, por contradecir el Geist absoluto de los idealistas, parece reducir la inteligencia a una máquina fotográfica que obtiene buenas fotografías siempre y cuando haya luz suficiente, afoque preciso y velocidad adecuada en el obturador. Los idealistas, también es cierto, habían hecho punto menos que nada el valor de la experiencia sensible para dejarle todo al Geist o espíritu hacedor único del conocimiento y de la verdad ante una realidad externa inerte.

J. G. Droysen ya había distinguido con claridad en qué consistía la "comprensión" histórica de las ciencias del espíritu, diferente de la "explicación" de las ciencias naturales; asimismo había establecido el método histórico en tres pasos sucesivos: heurística, hermenéutica y comunicación adecuada al público de lo hallado e interpretado. [12] Con esto, Droysen había terminado prácticamente con el positivismo histórico rígido por su teoría del conocimiento pragmatista, para dar entrada a las nuevas escuelas del vitalismo e historicismo.

5.— La metodología de Don José María Vigil, autor del Tomo V, es semejante a las de sus compañeros. Sin embargo, se distingue por su mejor uso y manejo de la lengua, su academicismo literario. Sobre sus juicios de valor y la tendencia general de su Tomo V que trata la historia de México de 1855 a 1867, algo dijimos anteriormente.

 

CONCLUSIÓN


Baste decir que lograr una Historia General de México, hace cien años, con el alarde editorial y tipográfico que se hizo, y, por otra parte, con la presentación al público de magníficas fuentes primarias antiguas y modernas, constituye una proeza. El impacto que produjo en los mexicanos fue, asimismo, muy apreciable, máxime si tomamos en cuenta la urgencia de identidad nacional que padecía nuestro País hace un siglo. Pasaron muchos años para que los mexicanos y los amantes de la Historia de México pudieran leer otra obra de esa índole.

 

 

NOTAS:

[1] — Con Guillermo Prieto y Juan de Dios Arias, Riva Palacio colaboró en la redacción de un periódico burlesco: El Monarca, periódico soberano y de origen divino. Ilustrado por José Ma. Villasana, futuro dibujante del Periódico El Ahuizote, y uno de los más admirables caricaturistas satíricos de México. El Monarca se publicó del 26 de julio al 6 de diciembre de 1863". cfr Clementina Díaz y de Ovando. Vicente Riva Palacio: Antología, p. XVII.

[2] — Cero, Los ceros, galería de contemporáneos. México, Francisco Díaz de León, Editor, 1882. 371 p. ils.

[3] — Clementina Díaz y de Ovando nos describe así el incidente: "El 12 de diciembre de 1883 se publicó la ley relativa a la circulación del níquel. Unos días antes, el 3 de diciembre el General Riva Palacio pronunció un encendido discurso oponiéndose a la depreciación de la moneda conocida como la "cuestión del níquel''. Pidió que "en la plaza se quemaran las máquinas que sirvieron para acuñar el níquel", ocasionando una gran excitación en las galerías. El 21 de diciembre por la tarde, son reducidos a prisión los generales Riva Palacio, Tiburcio Montiel, Cosío Pontones y Aureliano Rivera. En la prisión de Santiago Tlatelolco se convence —asegura el soneto "Las Golondrinas"— de la falsedad cortesana (La Patria, Diario de México publicó el 23 de diciembre de 1884 este soneto escrito en la cárcel).
Solo se atreven a visitarlo Juan de Dios Peza y Francisco Sosa. Allí en Tlatelolco —contará Peza— el General escribió gran parte del segundo tomo de México a través de los siglos", op. cit. p. XXXIX.

[4] — cfr. Título completo de la Obra transcrito más arriba.

[5] — Kingsborough, Edward King. Antiquities of México, Londres, 1831-1848. 9 v.

[6] — Catherwood, F. Views of ancient monuments in Central America, Chiapas and Yucatán. Nueva York, 1844.

[7] — Chavero, Alfredo. Obras históricas de Don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1891. 2 v.

[8] — Esta magnífica colección, vendida por Chavero a Manuel Fernández del Castillo, se perdió para México al ser vendida en Londres.

[9] — La introducción de José María Vigil, que pretende ser un prólogo galeato de su prolijo trabajo sobre el triunfo del liberalismo, constituye un ejemplo típico de jacobinismo partidista. Los recentísimos acontecimientos historia dos vividos en carne viva por Vigil no le permitieron, quizás, una relectura más serena de su propia historia, de sus ideas, metas, persuasiones y facciones. Es patente su situación de juez y parte, en mengua de su misma labor histórica. (cfr. op. cit tomo V p. I - LIII).

[10]. — Por ejemplo: Carta de Hernando de Barrientos a Cortés sobre la matanza de españoles, abril de 1521 op. cit. tomo 11, p. 35. De Hernán Cortés al Emperador Carlos V sobre asuntos urgentes y graves op. cit. tomo 11. p. 58s.

[11] — Por ejemplo, las descripciones vivaces del pleito entre el Virrey Marqués de Gelves y el Arzobispo de México Juan Pérez de la Serna en el siglo XVII, y los tumultos en que desembocó el problema, op. cit. tomo II p. 569-582.

[11] — J.G. Droysen. Grundriss der Historik. Leipzig, 1868.

 

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:
Cassirer, Ernst.
El problema del conocimiento. México, Fondo de Cultura Económica, 1953. 4 v.

Coplesto n, Frederick
Historia de la filosofía. Barcelona, Ariel, 1974. 9 v. (especialmente, el volumen 7 sobre el Positivismo).

Chavero, Alfredo y otros.
México a través de los siglos Barcelona, Espasa y Cía. México, Ballescá y Cía., 1884- 1889. 5 V. ils.

Díaz y de Ovando, Clementina.
Vicente Riva Palacio: Antología. México, UNAM, 1976 LX-135 pp. (Biblioteca del Estudiante Universitario; 79)

Garibay, Ángel M.
Diccionario Porrúa de Historia, biografía y geografía de México. México, Porrúa. 1970. 3a. ed., 2 v. ils.

Zea, Leopoldo.
El Positivismo en México. México. Fondo de Cultura Económica 1968. 481 p. 48

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cacho Vázquez, Xavier. México a través de los siglos. A cien años de su publicación 1884- 1889 .Monterrey: A.G. E. N. L., 1988. 49 p. (Cuadernos del Archivo No. 31).