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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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El proceso ideológico de la revolución de independencia Luis Villoro. (Fragmento). (1977)

1977

 

CAPÍTULO VIII

LA REVOLUCIÓN DESDICHADA

No podría tenerse una visión cabal de la Revolución de Independencia sin considerar, así sea someramente, los grandes movimientos que la prolongan en la época posterior. Su análisis detallado rebasaría con mucho los límites de este ensayo; nos limitaremos, pues, a presentar las grandes líneas que, partiendo de las actitudes históricas descritas con anterioridad, intentan solucionar las antinomias con que finaliza la revolución. Nuestro estudio se limitará a los pensadores más significativos de la época y, en su obra, a aquello que arroje una claridad retrospectiva sobre la revolución y nos ayude a comprenderla mejor. Ellos vivieron su tiempo como una prolongación de aquel gran movimiento, heredera de sus problemas y destinada a darles solución. Por eso, fueron historiadores de la Independencia y vincularon su pensamiento personal a la interpretación de aquel acontecimiento histórico; sin asomamos a su reflexión quedaría trunco, por lo tanto, nuestro estudio.

1. LA NUEVA SITUACIÓN

El ascenso de la clase media al poder no implicaba el logro de todos sus objetivos revolucionarios. La estructura social y económica sobre la que se fincaba la supremacía de las otras clases permanecía intacta y era necesario reemplazarla. Mientras la transformación se sitúe exclusivamente en el plano político y no muerda en la estructura económica, el dominio de la nueva clase estará constantemente en trance de perderse. La segunda etapa revolucionaria comienza con la conquista del poder político y termina con la transformación de la estructura económica y social: largas y accidentadas luchas entre revolución y contrarrevolución —la que a menudo parece definitivamente victoriosa— precederán aún al establecimiento del nuevo orden social y económico.

La intelligentsia, desplazada de la Colonia, ha conquistado con sangre el derecho a desempeñar un papel director en la sociedad; mas el sitio que ahora ocupa no está sostenido por una base económica estable. Al perder el contacto vivo con el impulso popular, lo pierde también con las fuerzas productivas de la sociedad: desligada de la tierra en que labora el indio, de la producción industrial a que el obrero se encuentra encadenado, se ve obligada a crear instituciones sociales propias en las que pueda sostener con alguna estabilidad el sitio que ha conquistado. Prolongando su actuación revolucionaria, los ayuntamientos se transforman en una poderosa máquina política; a menudo ofrecen el terreno propicio para el desarrollo de las logias masónicas, células de permanente agitación que, en pocos años, proliferan hasta cubrir todos los rincones del país; en ellas encuentran los criollos un organismo eficaz para conservar su sitio dominante. Las logias sólo son la puerta que se abre sobre los destinos de Estado, que se multiplican para dar cabida a los aspirantes. La burocracia ofrece el único sostén económico a una clase que ni tiene propiedad ni se encuentra esclavizada a su fuerza de trabajo. El mal de la época es la “empleomanía”: todos buscan los empleos de gobierno en las intrigas de las logias y los avatares de los golpes de Estado, como único medio de vida. Los órganos deliberantes se multiplican; gracias al sistema federal, los congresos pululan en el país. Así, ayuntamientos, congresos y ministerios, forman una red extendida por toda la nación en la que encuentran su ambiente los abogados y eclesiásticos criollos. Esa extensa estructura gubernativa les proporciona el sitio de que carecían. La burocracia, junto con el ejército, gravita sobre la economía del país. “Todas las rentas de la nación no bastan para pagar sueldos de funcionarios”, se quejaba Alamán a nombre de “la clase productiva”; 1 y Mora insistía en que la “empleomanía”, consecuencia inevitable del ascenso de las clases medias, empedia el desarrollo de la industria. 2

Al llegar al poder, el grupo de los “letrados'’ se constituye en lo que podríamos llamar una “burocracia revolucionaria” extendida desde los ayuntamientos hasta el Congreso Federal. Deberemos tomar el término “burocracia” en el sentido amplio de un grupo que, careciendo de propiedad y capital, siendo económicamente improductivo, mantiene un puesto director en la sociedad gracias a su función administrativa. Esta nueva burocracia tiene una función enteramente distinta de la que desempeñaba la colonial. Ambas se asemejan por su tendencia intelectualista, pues su papel consiste en la organización y dirección de una sociedad en cuya producción económica no participan. Pero en la Colonia la burocracia se encontraba ligada indisolublemente al pasado que le proporcionaba seguridad; su misión era guardar y aplicar un orden de cuya conservación derivaba el sentido mismo de su función social. La nueva burocracia, en cambio, desempeña un papel inverso. Ha surgido de la destrucción del viejo orden político, y sólo tiene razón de ser en tanto fuerza transformadora de la sociedad; lejos de encontrarse —como los funcionarios coloniales— en la cima de! poder establecido, tiene que oponerse, para subsistir, a las clases económicamente privilegiadas. Los decretos que aplica, las instituciones que crea, no repiten moldes antiguos, sino que están destinados a negar los existentes y provocar la transformación de la sociedad; desde el momento en que esta labor cesara, terminaría también su función burocrática. I-a burocracia colonial, ligada a la conservación del pasado, era necesariamente antirrevolucionaria; la burocracia criolla, surgida de su negación, está condenada a ser revolucionaria para poder subsistir.

El sitio de la clase media, aun después de su triunfo, no puede ser más inestable. Su papel es el de una cuña introducida en el orden anterior y destinada a transformarlo. Sólo puede subsistir en la lucha contra las clases privilegiadas; desprovista de base económica, su situación es la más precaria de todas, pues constantemente está amenazada de derrumbarse ante la coacción de los grupos económicamente poderosos; sólo tiene una esperanza de sobrevivir: el derrumbe total de los vestigios coloniales y la aparición del nuevo orden. Proyectada hacia el advenimiento de la sociedad que ha elegido, sabe que su papel es provisional. Revolucionaria por origen, revolucionaria por situación, siente en si misma toda la inseguridad de ser sólo un tránsito, una vía que conduce a un reino aún inexistente; fermento de la sociedad futura arrojado entre fuerzas sociales que condena, está vocada a la melancolía, al desasosiego de quien se sabe ajeno a un mundo en el que, no obstante, está condenado a participar. Su inquietud insatisfecha dará un matiz peculiar a todo el pensamiento de la época.

No todos los revolucionarios responden en la misma forma a la inestabilidad de su situación. A grandes trazos, se señalan tres tipos de respuesta política. Una desviación de “izquierda” creerá poder sostenerse en el poder sin hacer concesiones a los grupos contra los que lucha; las logias “yorquinas”, apelando demagógicamente al pueblo, fomentando la empleomanía, verán en la perduración de la inestabilidad social el único medio de hacer indispensable el papel de la clase media. Una desviación de "derecha”, sucumbiendo a la fascinación de la estabilidad social y el arraigo económico, verá en el apoyo a las antiguas clases propietarias la única solución de su inquietud. La lucha de estas tendencias irá, poco a poco, revelando dónde se encuentra el verdadero “centro” de la revolución. Éste comprenderá la necesidad de una nueva clase progresista que reemplace al clero y al ejército y ofrezca una base económica estable a la clase media. El “centro" revolucionario se sentirá avocado al industrialismo y aspirará a transformarse en una burguesía económicamente activa. En su lucha contra el clero y el ejército, intentará apoyarse en la exigua clase industrial existente, hará un llamado a la inmigración de capitales y creerá encontrar la solución definitiva en la aplicación del capital improductivo —en manos del clero— a la producción industrial. La “reforma” se convierte, asi, en el único medio posible de salir de la inestabilidad y de lograr al mismo tiempo la transformación efectiva de la sociedad.

El pueblo, por su parte, no vuelve a participar de modo organizado en la revolución. Sólo antiguos caudillos populares como Guerrero y la labor demagógica de las logias, logran utilizar algunos elementos de las clases bajas; pero su acción, esporádica y desorganizada, se realiza en beneficio de la misma clase media. Algunos levantamientos de indios, surgidos principalmente entre los antiguos contingentes de Morelos, serán su última señal de vida, en espera del nuevo gran despertar de 1910.

El orden colonial subsiste en el alto clero, el ejército y los grandes terratenientes. El primero sigue detentando la mayoría de la riqueza y del capital bancario y conservando sus privilegios de cuerpo; el segundo, que surgió con una fuerza enorme de la revolución de Iguala, no forma un cuerpo unido. En cada revolución se divide en varios bandos; pero, al terminar la contienda, vuelven éstos a unirse y se confirman mutuamente en sus grados y empleos. Sin convicciones políticas propias, el clásico tipo de caudillo militar —cuyo ejemplo podría ser Santa Anna— apoya indistintamente los grupos y los programas políticos más diversos, utilizándolos como escalones para su personal ascenso. Tanto el clero y los propietarios como la clase media invocan at ejército en su lucha y facilitan su papel de tercero en discordia. “Todos los gobiernos que se han sucedido—escribía Mora—han creído deberse apoyar en la clase militar y todos han sido derrocados por ella. 3 Junto con el clero, el ejército constituye la segunda clase económicamente privilegiada debido a los enormes presupuestos que se utilizan en su manutención.

A pesar del estado de agitación permanente, se crean fuertes capitales criollos, la mayaría sobre la deuda interior que llega a ser considerable. El capitalismo extranjera logra también establecer inversiones en minas, pequeña industria y comercio; este último, en particular, cae en su totalidad en sus manos. Se van gestando, así, las primicias de una burguesía en la que el “centro" revolucionario creerá encontrar la base económica más firme que oponer a los grupos derivados del antiguo orden.

2. LA GRAN DECEPCIÓN

En los momentos en que los escritores insurgentes se dejaban arrastrar por su entusiasmo ante el porvenir de México, sonó la primera voz discordante. Si en 1814 El Pensador Mexicano pintaba un oscuro cuadro de las cualidades y posibilidades de los criollos, no era por animadversión. Lo que originaba su escepticismo eran los años de desgracias aparentemente inútiles que había sufrido su patria. La revolución seguía en el mismo estado que al principio; la Independencia no se alcanzaba y el americano parecía incapaz de realizar sus propósitos: la guerra fratricida era su única creación. La desilusión realzaba los defectos del criollo y quebraba el optimismo. Sin embargo, su reacción no fue compartida, y la polémica airada que originó lo atestiguaba: 4 el tiempo de la desdicha aún no había llegado.

El entusiasmo colectivo de 1821 hizo olvidar los males pasados; pero, una vez realizada la Independencia, las cosas no marcharon tan bien como preveían los buenos deseos. En particular, las dificultades del erario nacional y la bajísima productividad de las minas —anegadas en gran parte por la insurrección— empezaban a socavar la confianza de muchos mexicanos en la prosperidad que se habían prometido; la paz se conmovía una vez más y las rencillas volvían a prenderse. En 1823 el optimismo persiste; sin embargo, no faltan tristes augurios, como este de la Gaceta del Gobierno: "La Nación Mexicana —dice— se halla reducida a la ultima miseria; las fuentes de su riqueza se obstruyeron, emigraron los capitalistas, faltó la confianza, abundaron gastos, robos y dilapidaciones. Triste es la perspectiva que se presenta a los gobernantes, un cadáver reciben y es su deber animarlo. 5 Pero éstos no son aún más que nubarrones esporádicos: todos los males se consideran remediables y la esperanza vive aún intensamente. 6 Unos años más adelante empieza el camino del desastre: las dificultades económicas crecen, las facciones políticas pululan, las ideas extremistas amenazan transformarse en eclosiones violentas, la anarquía se vislumbra. Mora ve un horizonte lleno de presagios, ante la inminente expulsión de los españoles. “Este mal gravísimo es ya a nuestro juicio inevitable. Él es el principio de otros muchos que van a seguirse y a contribuir a la ruina de la patria.” 7 Efectivamente: la paz y la seguridad no volverán a existir para esa generación, cuya vida transcurrirá entre la guerra civil y el terrorismo. Año tras año las revoluciones se suceden; en ellas perecen o parten en exilio la mayoría de los grandes hombres que habían forjado la nueva nación; periodos de demagogia y anarquía se alternan con épocas de despotismo. La mayoría vive presa del temor, a las conspiraciones, a la intervención extranjera si está en el gobierno, a la persecución política si en la oposición. Un estado de hipersensibilidad y tensión gana a la sociedad. El mundo soñado no aparece; la Colonia persiste en sus rasgos esenciales; no se logra establecer la democracia ni la ilustración; por el contrarío, se siente como nunca el peso de la opresión y la ignorancia; la miseria y el desamparo son generales; la producción minera apenas alcanza a curarse de los daños sufridos; las medidas sobre libertad de comercio e industria no dan los resultados calculados; la deuda interior alcanza fantásticos niveles bajo la constante amenaza de intervenciones extranjeras; después el capitalismo imperialista inglés, francés y alemán empieza a verse como una amenaza. Se teme la intervención europea. A la admiración por los Estados Unidos sucede, por último, la decepción más amarga. Bustamante refleja el hondo abatimiento que dejó en todos los espíritus el conflicto de 1838 con Francia. Constata que todas las naciones, aun la norteamericana., sólo tratan de explotar al débil, y ve claramente el peligro del imperialismo capitalista, "acaso más fatal que... una conquista a mano armada”. Mientras el ejército enemigo avanza, la división interior se prolonga; por un momento, el desastre parece inevitable: . .la nación va a hundirse en el abismo del desorden para exhalar el último suspiro entre las cadenas que le prepara la Francia.” El tratado de paz sella la humillación de la República. “Parece, amigo mío —escribe tristemente Bustamante—, que estaba decretado por el cielo que nuestra degradación y envilecimiento no tuvieran término.” 8 ¡Cómo ha cambiado su lenguaje! ¿Reconoceríamos en estas frases a aquel insurgente que anunciaba con jovial entusiasmo el advenimiento de un imperio opulento, reino de libertad y de paz? Pocos años han bastado para hacer de él un hombre triste y humillado, pocos años para asistir a la destrucción de sus más caros proyectos y contemplar la inutilidad de toda una vida de sufrimiento y trabajo. Y el desamparo parece no tener término; tras el despotismo ridículo de un Santa Anna, viene lo que parece ser el golpe final: la nación que los mexicanos consideraban cuna de la libertad, “guía” y "faro” de la Independencia, los Estados Unidos, arrebata a la República la mitad de su territorio.

Ése es el mundo que empieza a vivir México en lugar del dichoso que había imaginado; y es entonces cuando se escribe su historia. Bustamante, al reanudar su relato, nos dice que será una historia de las desgracias de su país, estudio del origen "de los errores y extravíos de nuestro gobierno”. 9Dos años después de la guerra con los Estados Unidos, Lucas Alamán inicia su obra, que guardará del principio al fin el mismo timbre de amargura. “Al ver en tan pocos años esta pérdida inmensa de territorio —escribe al final de su Historia—; esta ruina de la hacienda dejando tras de sí una deuda gravosísima; este aniquilamiento de un ejército florido y valiente; y sobre todo esta completa extinción del espíritu público, que ha hecho desaparecer toda idea de carácter nacional: no hallando en México mexicanos y contemplando a una nación que ha llegado de la infancia a la decrepitud, sin haber disfrutado más que un vislumbre de la lozanía de la edad juvenil ni dado otras señales de vida que violentas convulsiones, parece que habia razón para reconocer con el gran Bolívar, que la Independencia se ha comprado a costa de todos los bienes que la América española disfrutaba, y para dar a la historia de aquélla el mismo título que el venerable obispo Las Casas dio a su Historia general de Indias: Historia de la destrucción de las Indias...” 10 Tanto es el abatimiento que sobrecoge al escritor, que la misma Independencia llega a presentársele con negros colores; entonces, perdida toda esperanza, las más tristes ideas acuden silenciosamente: “... si los males hubieran de ir tan adelante que la actual nación mexicana, víctima de la ambición extranjera y del desorden interior, desaparezca para dar origen a otros pueblos, a otros usos y costumbres que hagan olvidar hasta la lengua castellana en estos países, mi obra todavía podrá ser útil para que otras naciones americanas, si es que alguna sabe aprovechar las lecciones que la experiencia les presenta, vean por qué medios se desvanecen las más lisonjeras esperanzas, y cómo los errores de los hombres pueden hacer inútiles los más bellos presentes de la naturaleza.” 11 [Qué distinto porvenir del que, cuando joven, veía para su patria, junto con los otros diputados de Cádiz! Amarga decepción de una generación que se sabía llamada para crear un imperio y sólo vivió lo suficiente para ver su degradación y presentir su muerte; desengaño de los hombres y de !a futilidad de sus pretensiones; desengaño de! propio destino histórico. No es extraño que su lenguaje refleje la más honda melancolía. ¿Qué valió para esa generación todo su entusiasmo y sus esfuerzos?. Acaso la pérdida de su país, y el eterno olvido de la historia. El meditador se retira suavemente de su situación y contempla la nadería de los avatares humanos, cuyo fin es siempre el olvido. México "parece destinado a que los pueblos que se han establecido en él en diversas y remotas épocas desaparezcan de su superficie dejando apenas memoria de su existencia. Como los mayas, sepultados bajo la selva, los toltecas, que partieron lentamente hacia el mediodía, los aztecas, que la tormenta borró de la tierra..., “así también los actuales habitantes quedarán olvidados y, sin obtener siquiera la compasión que ellos merecieron, se podrá aplicar a la nación mexicana de nuestros días, lo que un célebre poeta latino dijo a uno de los más famosos personajes de la historia romana: Stat magni nominis umbra, no ha quedado más que la sombra de un nombre en otro tiempo ilustre." 12

La revolución prosigue, pero su tono es ahora la amargura. El mismo temple de ánimo imprime su sello en todas las concepciones de la época, cualquiera que sea su tendencia política; sin embargo, según las situaciones que ocupan, el común desencanto mostrará distintos matices. En Atamán predomina la sensibilidad ante la fugacidad y mutación de lo histórico. En unos años, su patria ha dado un vuelco; "ha cambiado su nombre, su extensión, sus habitantes en la parte influyente de su población, su forma de gobierno, sus usos y costumbres... 13 Y el hombre maduro ya no puede reconocer el mundo de su adolescencia; en dieciséis años todo se ha cambiado. ¿Podrá acaso encontrar el propio pasado cuando lodo su calor humano ha muerto? Perdido en una tierra distinta de la que le era familiar, ¿cómo podrá reconocerse? Quizás esté rodeado de los mismos objetos de antaño, mas nada guarda ya aquella figura que amaba en ellos y se siente extranjero en su propio suelo. Nada más doloroso que esta muerte en vida. Perder el propio mundo irremisiblemente, verlo sepultarse en el olvido y quedarse solo, náufrago en una tierra que ya no se reconoce. Atamán siente que su patria ha huido de sus manos como huyen todas las cosas humanas. Todo lo trastrueca el sarcasmo del tiempo, contra el que no existe refugio; errando en su inclemencia, el mexicano tuvo por un momento la conciencia de que los vínculos que lo fincaban en la tierra amenazaban desampararlo; entonces hizo presa en él una incurable melancolía, la misma que asalta a los expatriados, a los sobrevivientes, a los ancianos, a todos los que viven desligados del suelo que pisan. No puede reconocerse a sí mismo en el mundo que lo rodea; mas queda en él la inquietud por llegar, al fin, a encontrarse. Huye constantemente persiguiendo un vago objetivo: quizás de mutación en mutación, logre reconocerse; pero la insatisfacción permanece, y ningún cambio le entrega lo que anhela. Alamán sospechó que esta inquietud podría ser uno de los móviles de las revoluciones de su época, producidas —dice— por “el cansancio del bienestar o el deseo de estar mejor, que en las naciones viene a producir el mismo efecto que un largo padecer”. 14 El impulso no es aquí la rebeldía, sino el descontento de sí mismo que obliga a buscarse fuera de sí, al través de un cambio violento. Pero es Lorenzo de Zavala quien encuentra las frases más certeras: “Era, más bien, un vago impulso de substituir a lo existente otras personas, otras cosas. Era esa inquietud que todos experimentan en una sociedad nuevamente reconstituida; esa ansiedad, ese deseo de mudar de situación... 15 El anhelo de la transfiguración está constantemente presente al espíritu de quien osó una vez lanzarse en su búsqueda; mas ninguno de los cambios que provoca le entrega su ser auténtico, y entonces, abandonado por su mundo familiar, azorado por no hallar la tierra prometida, se ve impelido por una fuerza oscura a buscarse una y otra vez, con la vaga esperanza de que, en algún cambio, advendrá el renacimiento.

El mismo temple de ánimo se descubre, bajo una perspectiva distinta, en el Discurso de Mora sobre el curso natural de las revoluciones. 16 Hay revoluciones felices —advierte—, mas las hay también desdichadas. Las primeras se dirigen contra un obstáculo concreto; la acción se polariza sobre él y se satisface plenamente cuando logra removerlo; los objetivos revolucionarios son aquí —diríamos— exteriores. El movimiento no busca una transformación del hombre, sino la simple remoción de una dificultad que embaraza la acción. Pero, en otras ocasiones, el obstáculo se vence y la insatisfacción permanece. Cuando esto sucede la desdicha queda alojada en el hombre; podemos pensar, entonces, que estamos frente a otro fenómeno. Porque “hay revoluciones que dependen de un movimiento general en el espíritu de las naciones. Por el giro que toman las opiniones, los hombres llegan a cansarse de ser lo que son, el orden actual les incomoda bajo todos aspectos, y los ánimos se ven poseídos de un ardor y actividad extraordinarios; cada cual se siente disgustado del puesto en que se halla; todos quieren mudar de situación; mas ninguno sabe a punto fijo lo que desea, y todo se reduce a descontento e inquietud.” Aquí el objetivo ya no es simplemente exterior, sino que consiste en un “movimiento del espíritu" y en una inquietud por “dejar de ser lo que se es”. ¿No reconocemos los rasgos más salientes del movimiento que hemos llamado “conversión", imposible de confundir con la simple remoción de un obstáculo exterior? La conversión, llevaría larvados el descontento y la desdicha. Pero dejemos que Mora nos describa esta clase de revoluciones. En una primera etapa, “la idea de la renovación completa los lisonjea lejos de arredrarlos; el proyecto les parece fácil y feliz y seguro el resultado; lánzanse a él sin aprehensión ni cuidado, y no contentos con modificar el orden existente, ansían por crear uno enteramente nuevo”. En esa etapa reinaría el optimismo al igual que en las revoluciones que llama Mora “felices”, porque el hombre elige el proyecto ideal y se embriaga con la ilusión de su poder para transformar la realidad. Pero ahora el obstáculo no es sólo externo y el resultado será distinto. En efecto, una vez que ha destruido el orden anterior, el “espíritu” (para acoplamos momentáneamente a la terminología de Mora) se queda pendiente de su pura trascendencia, sin apoyo ninguno en una situación que rechaza. “Éstas son las épocas críticas del espíritu humano que provienen de que ha perdido su asiento habitual y de las cuales nunca sale sin haber mudado totalmente de carácter y de fisonomía.” Y es que el convertido ha querido dejar de ser lo que era, pero una vez que ha dado ese paso decisivo, siente el azoro de no poder ya encontrarse a sí mismo. No puede definirse por lo que es pues lo ha rechazado, ni por lo que será pues aún no se realiza; está sin sostén, “sin asiento” como dice Mora, y desespera por no poder llegar a ser él mismo. Es la segunda etapa revolucionaría, en la que, pata usar una expresión del propio Mora “se pierde el tino” y en nada se acierta. Es entonces cuando surgen algunos hombres posesos del afán de destrucción: son las desesperados por no poder extirpar de sí mismos el ser que les repugna; decepcionados por la flaqueza de la libertad para crear el nuevo orden, insisten con intransigencia en la destrucción de la realidad y en la fidelidad al proyecto abstracto. Rabiosamente tratan de arrancarse su propio ser y —para ello— postulan un mundo racional trascendente tan lejano, que resulta, de hecho, impotente para realizarse; son los “utopistas”, los "anarquistas" que, fascinados por la facultad de autodeterminación, intentan destruirse a sí mismos para introducir lo irrealizable.

La desdicha se nos ha manifestado en dos registros. Es en primer lugar el desconsuelo de no encontrarse a sí mismo. Después de la pérdida del antiguo mundo subsiste la inquietud por encontrarse al través de sucesivos cambios: es la desesperación por no poder llegar a ser uno mismo. Pero este sentimiento puede presentarse, bajo otro aspecto, como ansiedad por no poder abandonar el ser antiguo. La impotencia de la libertad abstracta para realizar un cambio en nuestro interior, conduce, en algunos, al odio contra el propio ser individual y social. La existencia se encarniza en la destrucción y postula la nada abstracta de lo irrealizable. Si aquélla es desdicha por no poder renacer, ésta es desesperación por no poder morir.

Pero el movimiento “anarquista” está condenado al fracaso. La realidad concreta acaba imponiéndose. “Entonces —nos dice Mora— se va gradualmente volviendo hacia atrás por la misma escala aunque por un orden inverso; dichoso el pueblo que no vuelve hasta el punto de donde partió, pues entonces, sin mejorar en nada... ha tenido que pasar por todos los horrores de la revolución. Pero no es esto lo común, sino el quedar en el medio como el péndulo, ai cabo de oscilaciones más o menos violentas; entonces es terminada la revolución, se reportan sus frutos, y sus excesos son una lección práctica para evitarlos en lo sucesivo.” El movimiento encuentra su centro de estabilidad, no en el extremo a que pretendía llevarlo el utopista, mas tampoco en la vuelta pura y simple el régimen anterior que quisiera el contrarrevolucionario, sino en el punto de equilibrio en que tanto el proyecto ideal como el orden existente han tenido que ceder en beneficio del progreso.

3. LA CRÍTICA DEL UTOPISM0

En diciembre de 1823, Mier pronunciaba su famosa “profecía’' sobre la Federación, que puede considerarse como el primer planteamiento de la temática de la revolución desdichada. 17 Denunciando la “nortemanía” y el afán de imitación de los sistemas extranjeros, hacía resaltar “la diferencia enorme de situación y circunstancias que ha habido entre nosotros y ellos”, pues nosotros “encorvados trescientos años bajo el yugo de un monarca absoluto, apenas acertamos a dar un paso sin tropiezo en el estado desconocido de la libertad. Somos como niños a quienes poco ha se han quitado las fajas, como esclavos que acabamos de largar cadenas inveteradas.” El peso de los hábitos obliga a no anticiparse demasiado, a progresar con paso lento en el camino de la propia reforma. La concepción revolucionaria persiste en todos sus rasgos; so lo se trata de hacerla eficaz adoptando un ritmo de progreso seguro y acoplado a la situación. 18 Entre la Independencia y la realización de la sociedad elegida media un largo proceso; los "imitadores" parecen olvidarlo y arriesgan caer en la “locura” de “querer desde el primer ensayo de la libertad remontar hasta la cima de la perfección social”. Una tendencia “jacobina” —según denominación de fray Servando —pretende poner en obra principios lógicamente inatacables, “principios, si se quiere, metafísicamente verdaderos, pero inaplicables en la práctica, porque consideran al hombre en abstracto y tal hombre no existe en la sociedad”. ¡Lúcidas palabras! Así como —según dijimos— la elección abstracta de una libertad pura se manifiesta, de hecho, como esclavitud, asi también la verdad “metafísica”, incapaz de adquirir existencia, revélase errónea, porque la única verdad es histórica y existencial. Por eso un sistema político, lógicamente irreprochable, puede resultar falso en un momento dado. El principio de la soberanía popular, que demagógicamente manejan los "jacobinos”, aunque verdadero en abstracto, resulta imposible de realizar en esa circunstancia concreta y es, por tanto, una falsedad de la época y una mentira en boca de los ideólogos; lo cual no impide que ese mismo principio llegue a ser verdadero cuando pueda tomar existencia en la sociedad futura.

La crítica del "utopismo” se llevará al cabo tanto desde el "centro” de la actitud revolucionaria, como desde la contrarrevolución; en uno u otro caso tendrá distinto sentido y conducirá a diferentes conclusiones. Para evitar redundancias, veremos someramente la crítica común a ambas actitudes y dejaremos a los parágrafos siguientes el cuidado de señalar sus divergencias. 19

La característica fundamental de la actitud utópica es su vida en lo imaginario, que podría resumirse en la crítica de Mora contra los ideólogos que "se separan del mundo real para ocuparse del ideal’’ y que "tratan de dar leyes a un pueblo que no existe en la imaginación de los políticos, sino en la superficie de la tierra y con elementos que nada tienen de común con las abstracciones de los que pretenden gobernarlo y darle lecciones”.20 Caracterización que encontramos igualmente en Alamán cuando nos habla de sistemas "fantásticos e ideales’' o “imaginarios”, e incluso en Zavala quien pagó su parte al utopismo.21 La concepción utópica tiende a situarse en algún lugar extraño que, por su alejamiento, pueda tomar el papel de modelo. El modelo es el país que proporciona al sistema ideal un fantasma de existencia. Zavala disculpaba el prurito imitador en la falta de experiencia: “¿En dónde podríamos haber tomado los futuros diputados esas lecciones del profundo arte de gobernar tan complicado como difícil? Era necesario que se propusieran imitar lo que estaba más al alcance de sus conocimientos adquiridos.” 22 Los modelos más socorridos al principio debían ser la Cortes de Cádiz y la Asamblea francesa. Poco más tarde, el sistema federal norteamericano ejercía también profunda fascinación, principalmente en la elaboración de la Constitución de 1824; 23 y la misma Inglaterra no dejó de buscarse como ejemplo.

Lo que sucede, en el fondo, es que el proyecto elegido trasciende considerablemente lo dado y pretende alcanzar, de un golpe, el futuro más lejano. Muchos revolucionarios padecen de precipitación, pues, demasiado impacientes por asistir al advenimiento de la sociedad que han elegido, la planean como si se encontrara presente. Es Alamán quien encuentra una frase acertada para calificar su movimiento. “Jamás en materia política —exclama refiriéndose a la Constitución de Cádiz— se había salvado un espacio tan inmenso en un solo salto"; y más adelante: “Concedida ahora por el decreto de las Cortes una libertad en que de hecho no había casi limitación, se habían tocado en un instante de tiempo los extremos más distantes." 24 Reducida a su movimiento de temporalización, la vivencia utópica consiste en acercar el momento de la realización de la posibilidad al de su elección, hasta el grado de confundirlos; con ello se deja de vivir el lapso que separa el inicio y el fin de la nueva época. La meta histórica última se ve realizada, cuando sólo es una idea regulativa alcanzable al infinito: "se juntan los extremos” de la época histórica. Pero, en realidad, el ideólogo es incapaz de vivir el fin propuesto, sólo puede concebirlo, y se ve obligado a efectuar la unión de los extremos en abstracto. 25 Inconforme con su condición temporal, el utopista intenta evadirse de su esclavitud a la sucesión. Quisiera ser árbitro del tiempo, decretar libremente el advenimiento del futuro, estar más allá del antes y del después. ¿No adivinamos en él una oculta repugnancia hacia su ser, un intento inconfesado de substituir al espacio-tiempo real otro espacio-tiempo del cual el hombre fuera dueño?

“Nuestra generación ha sido transportada instantáneamente a una especie de esfera moral distinta de aquella en que vivieron nuestros padres —decía Zavala—... hemos visto marchar las generaciones que se nos han presentado como convertidas súbitamente, sin poder por mucho tiempo realisar con plenitud el estado de la sociedad que componen los principios que adoptaron." La separación entre conversión y realización, que comprueba Zavala en la frase citada, se convierte en contradicción cuando los dos extremos, separados por el tiempo real, se manifiestan en estratos distintos y simultáneos de la sociedad. "Tenemos en contradicción con los sistemas teóricos de los gobiernos establecidos esos agentes poderosos de la vida humana lias costumbres heredadas de la Colonia], y no podrán negar los fundadores de las formas republicanas que sólo han vestido con el ropaje de las declaraciones de derechos y principios al hombre antiguo, al mismo cuerpo o conjunto de preocupaciones, a la masa organizada y conformada por las instituciones anteriores. ¿Qué han hecho para substituir usos y costumbres análogas al nuevo estado de cosas?” 26 Zavala señala la contradicción entre vida y pensamiento que vive su época. Pero esta contradicción sólo es tal —y esto quizás no lo ve el autor— porque la sociedad elegida pretende coexistir en el mismo tiempo histórico con la antigua; en lugar de conformarse con su sujeción a la sucesión real, el hombre parece querer dislocarla haciéndose su dueño. Los elementos que pueden organizarse voluntariamente, es decir, los organismos de administración y gobierno, las instituciones jurídicas, el sistema educativo, etcétera, se conforman a la sociedad ideal, mientras que los elementos irracionales de la sociedad, determinados por la costumbre y la situación económica heredada, permanecen incambiados: la sociedad parece estar escindida en dos esferas que viven registros temporales distintos. El utopista encuentra en el mundo burocrático que ha creado la dase revolucionaria, el remedo racional de un espacio-tiempo que puede determinar al filo de sus proyectos; entonces pretende identificarse con ese espacio- tiempo de su creación e ignora el auténtico.

Por su parte Mora insiste en que la actitud utópica, pretendiendo realizar un bien perfecto, sólo introduce !a anarquía y el “espíritu de partido" que todo lo consume y divide. Las logias no son sino principios de desorden y resultan incapaces de hacer progresar a la nación. Reconocemos nuestro tema central con su peculiar dialéctica. Si el bien se pretende realizar a punta de lanza, sólo se consigue sumergir a la sociedad en un estado de perpetuas conmociones y disturbios, porque “aun para hacer e) bien —dice Mora sabiamente— se necesita oportunidad". 27 El bien que puede el hombre realizar, como la verdad, no es, en efecto, algo abstracto sin mancha alguna de mal, sino que se encuentra encarnado en una existencia imperfecta.

A la conversión voluntaria acecha un peligro. Por el mero hecho de habernos vuelto hacia una vida mejor podemos creernos en posesión de ella; entonces, no nos vemos como somos en realidad —lastrados aún del hombre viejo— sino como queremos ser. Mentimos, porque tomamos por nuestro ser real el que sólo voluntariamente elegimos y que pertenece al futuro. Queremos, en el fondo, aseguramos nuestro futuro, dándolo por presente. Pero, al comprobar que nuestra condición dista mucho de lo que quisiéramos ser, nos sobrecoge el odio hacia el hombre que somos y hacia todo lo que en nuestro mundo lo representa; ansiamos destruimos, ya que la elección no fue capaz de transfigurarnos; bajo capa de la conversión se disfraza la aversión del ser. El verdadero cambio exigía el comprobar que la voluntad sólo era capaz de enderezar el nimbo hacia un ser nuevo, mas no de conjurarlo.

Había que aceptar las imperfecciones que nos separaban del nuevo ser, sin cejar por ello en superarlas. No el odio del ser antiguo, sino el humilde reconocimiento de su fuerza persistente; no el afán de aniquilarlo, sino su pertinaz perfeccionamiento en la tarea diaria; ni la evasión, ni el exterminio del mal: la reforma cotidiana en su seno.

La crítica del utopista despeja el camino de dos intentos de superación que serán el lema de las últimas páginas de este ensayo.

4. LA SOLUCIÓN PRETERISTA

La concepción histórica de Alamán no se encuentra expuesta de modo sistemático en su obra; puede, sin embargo, desprenderse de ella si nos preguntamos por el tipo de actitud histórica que la hace posible. La vivencia del acontecer que preside la obra de Alamán se vincula con la actitud que hemos visto expresada en las clases altas criollas. Nuestro autor hace propia su posición durante la lucha, identificándose tanto con las críticas contra el movimiento de Hidalgo como con los intentos iturbidistas de Independencia. La revolución de Iturbide y el Plan de Iguala merecen su aprobación, el Congreso y la actividad de la clase media, su condena. Si a menudo critica agriamente a Iturbide, lo hace a nombre del mismo Plan de Iguala, socavado por la ambición o la torpeza de su creador. En la progresiva destrucción de dicho plan y en el abandono de la idea de "transición” que lo justificaba, ve la causa de las calamidades de la época. Siguiendo el "preterismo dinámico” se pronuncia por la continuidad y persistencia del pasado y la gradual transformación de la sociedad. “Porque —escribe— en el orden civil, más que en el natural, todo es graduado, porque el orden civil no es más que el orden natural modificado por causas todavía de más lento efecto como son la religión, la moral y la ilustración: nunca vemos a la naturaleza obrar por movimientos repentinos; lo único que en ella es momentáneo son los terremotos y las tempestades y esos no son medios de creación sino de ruina.”28 Reconocemos las ideas fundamentales que, según vimos, estaban en la base del movimiento iturbidista. Alamán defiende la revolución de Iguala porque "atendía a las costumbres formadas en trescientos años, las opiniones establecidas, los intereses creados y el respeto que infundía el nombre y la autoridad del monarca”. 29 Sostiene con insistencia, frente al movimiento revolucionario, la necesidad de adelantar por grados y de conservar la continuidad entre el advenir y el pasado. El llamado a la casa reinante española "formaba una continuación no interrumpida de príncipes reinantes desde la Conquista, y en un país como la América española, donde la Conquista es todo y de ella deriva el derecho de propiedad, cuya única fuente son las mercedes de terrenos hechas en nombre del monarca, esta sucesión legitimaba y afianzaba todos los derechos, los cuales hoy no descansan en base alguna ...30 Nos hemos encontrado anteriormente con estas ideas: la Colonia y, al través de ella, la Conquista, se ven como origen de la sociedad actual; el pasado prolonga su dominio por medio del sistema establecido de derechos; el movimiento revolucionario, en cambio, al negar los siglos coloniales, “no descansa en base alguna” ... otra que la libertad. Desde la primera página de la obra se concibe el acontecer histórico emergiendo desde el pretérito en continuo enlace con él: “... un país donde todo cuanto existe trae su origen de aquella prodigiosa conquista...,” establece. 31 Según Alamán, el error de la revolución estaría en su ruptura de la continuidad histórica, y, a lo largo de la obra, se hace patente la imposibilidad del autor para explicarse ese movimiento que cae fuera de su propia conciencia de lo histórico. A veces su perplejidad se traduce en exclamaciones de indignación, en confesiones de incomprensión otras. Los criollos, dice por ejemplo, la emprenden contra la Conquista “con una especie de frenesí imposible de explicar, como si fuesen los herederos de los pueblos conquistados y estuviesen en la obligación de vengar sus agravios." 32 El criollo no es —según Alamán— el antihispanista que elige ser, sino el descendiente de españoles que es, y su ascendencia le señala, “obligaciones”, deberes. El revolucionario, por el contrario, pensaría sin duda que su único deber era estar contra sus antepasados para poder elegirse a sí mismo: en esa “especie de frenesí” de que habla, hubiera podido encontrar Alamán la explicación que buscaba. Pero una concepción preterista de la historia no puede tener categorías para ella. Por eso Alamán trata de explicar la “locura" del criollo en un fenómeno sicológico de fascinación ante los sistemas teóricos extranjeros, tomando así el efecto por la causa. 33

El papel del historiador consiste en iluminar el pasado para descubrir las leyes según las cuales se encadenan los sucesos; su utilidad no estriba en la relación de los hechos, “sino en penetrar el influjo que éstos han tenido los irnos sobre los otros; en ligarlos entre sí de manera que en los primeros se eche de ver la causa productora de los últimos, y en éstos la consecuencia precisa de aquéllos, con el fin de guiarse en lo sucesivo por la experiencia de lo pasado”. 34 El historiador debe, pues, hacer inteligible el acontecer al revelar en él el secreto enlace de causalidad. Tal cosa puede hacerse con el pasado, con los acontecimientos ya sucedidos e incambiables; mas la actualidad viviente escapa a la previsibilidad humana. El motor del crecimiento de una sociedad no es del orden del cálculo racional. “Nunca estos grandes sucesos son en las naciones resultados de cálculos de prudencia, sino efecto de casualidades o combinaciones que están fuera de la previsión humana.” 35 Tal parece que la sociedad siguiera su propio desarrollo burlándose perpetuamente de las combinaciones que inventan los hombres para dirigirla. A pesar de todos los proyectos subsistiría, pues, un margen de irracionalidad y espontaneidad en el devenir histórico. A semejanza de la planta en la que sólo puede influir el hombre a condición de adaptarse a su ritmo y leyes propias de crecimiento, la razón puede intervenir en el devenir histórico solamente si sigue fielmente su evolución espontánea y armoniosa. La voluntad no puede modificar a su grado la sociedad: si el jardinero tratara de hacer crecer una planta a la fuerza, sólo lograría romperla. Alamán observa que México ha proseguido su desarrollo a pesar de todos los planes tic organización y al margen de todos los movimientos revolucionarios. Diagnostica que, por un lado, la situación del erario es crítica, anárquico el gobierno, las instituciones inestables y la situación política angustiosa, mientras que, por el otro, “el bienestar de la República Mexicana es general; que la riqueza ha aumentado; que las minas y la agricultura prosperan; que las artes de lujo han llegado a un punto antes desconocido; que todo lo que supone abundancia" es mayor en México que en cualquier capital europea. “Por lo tanto —concluye-- todo lo que ha podido ser obra de la naturaleza y de los esfuerzos de los particulares ha adelantado; todo aquello en que debía conocerse la mano de la autoridad pública ha decaído”; luego: “las instituciones políticas de esta nación no son las que requiere para su prosperidad". 36 La máquina gubernativa y administrativa, planeada racionalmente, se encuentra en contradicción con la infraestructura de la sociedad, no porque esté en retraso respecto de ella sino justamente porque adelanta a su tiempo (lo que, en realidad, tiene la misma consecuencia). En la actitud preterista, que coloca el motor del desarrollo histórico en la espontaneidad social, es evidente que la plantación, lejos de ser un elemento de progreso, obstaculiza el crecimiento normal. Es ella la que introduce, en efecto, la violencia y la ruptura en la continuidad, de suyo graciosa, del devenir. El remedio consistirá, según Alamán, en retraer la teoría al nivel de la situación y hacer que las instituciones y legislaciones se adapten a ella sin interferir en su movimiento. “Estos males deben remediarse no sólo sin chocar con aquellas inclinaciones manifestadas por el transcurso del tiempo, sino al contrario, lisonjeándolas y favoreciéndolas...” 37 En el dilema planteado, no es la infraestructura económica y social de la sociedad la que debe cambiar, sino aquellas formas racionales que se le adelantan: M... no se debe sacrificar la existencia y bienestar de una nación a las formas a que han querido ligarla los que le dieron esa constitución.” 38

El historiador cree ver en la Colonia el ejemplo de esa evolución lenta y sin sobresaltos en que la espontaneidad de la sociedad llevaba la pauta del crecimiento, “Todo el inmenso continente de América, caos hoy de confusión, de desorden y de miseria, se movía entonces con uniformidad, sin violencia, puede decirse que sin esfuerzo, y todo él caminaba en un orden progresivo a mejoras continuas y substanciales.” 39 El “esfuerzo”, manifestación de la voluntad, se encontraba ausente, mas con él la violencia: un suave orden imperaba en ausencia de libertad. AI ejemplo de la Colonia, Alamán tendrá la tendencia a reducir la planeación racional a los límites de una función puramente administrativa. El buen gobernante sería el hombre de experiencia que no se dejara arrastrar por los “ensueños de las teorías y los delirios de los sistemas”. 40 El régimen de Anastasio Bustamante, que en la práctica dirige nuestro autor, se orienta por esa idea. Evita toda reforma económica y social, pero, en cambio, “México pudo entonces concebir la esperanza de ser nación, fundándose sobre el experimento satisfactorio que se hizo de que, para serlo, bastan sus propios recursos administrados con pureza y economía”. 41 En la labor puramente administrativa, la planeación teórica se reduce al mínimo posible. Alamán propone restringir considerablemente el papel político del Congreso y colocar un poder estatal por encima de las distintas clases y castas, reduciéndolo al papel de regulador de su desarrollo espontáneo. Ese poder tendría naturalmente su principal asiento en la clase propietaria dominante, mas actuaría como un despacho puramente administrativo.

La situación social de nuestro autor le hace agudamente perceptible uno de los factores que originan la desdicha de la revolución: la introducción de la violencia por obra de !a libertad; huyendo de ella se arroja en el término antinómico. Habría sido preferible renunciar a la Independencia -—sostiene— si no era posible efectuarla sin violencia. Lo mejor hubiera sido reemplazar al virrey por el jefe del Estado y dejarlo todo como antes. El mal se introdujo con el deseo de novedades; pero —en realidad— la Independencia hubiera sido posible conservando el viejo sistema. Alamán ve sólo uno de los términos del dilema, mas no llega a comprender el otro: la existencia de clases opresoras que impiden el progreso y mantienen la sujeción, forma peor de violencia, y que sólo la ruptura de la evolución espontánea de la sociedad por el salto político puede hacer desaparecer. El diagnóstico del malestar social es acertado pero parcial, pues sólo ve una de sus causas: la anticipación utópica de los sistemas racionales, olvidando la otra: la constitución económica y social, responsable incluso del utopismo. Así, huyendo de un extremo, se encuentra indefenso ante el otro.

En las últimas obras de Bustamante se advierte, con caracteres dramáticos, una oscilación entre los dos extremos que no logra encontrar nunca el punto de equilibrio. Al comprobar la anarquía de la segunda etapa revolucionaria, el escritor libertario de antaño se refugia en la concepción opuesta. Se arrepiente entonces del movimiento de conversión que había realizado; sintiéndose sin sostén, añora el ayer perdido.

“Nuestra desgracia llega a tal punto, que para muchos de nosotros nuestra misma historia es inútil, cuando debiera ser su guía; pues la historia de lo pasado... se ha olvidado en todo punto.” 42 Su imaginación vuelve a la Colonia y recuerda con nostalgia sus leyes prudentes y sus virreyes sabios, Amedrentado por el desorden, ve nacer en su espíritu el horror a todo cambio. "Así como es peligroso siempre trastornar el orden ya establecido y mudar de sistema, así se podrían temer con razón los efectos de ordinario funestos de toda novedad y variación.” 43 Desilusionado del “progreso”, se adhiere a las filas del "retroceso” y llega a sostener la necesidad de volver a inculcar en el pueblo los perdidos hábitos de sujeción y obediencia. 44 Ayuda a la toma del poder por Santa Anna. Pero cuando la dictadura se prolonga y a la pasión de los ideólogos sucede el despotismo de los privilegiados, recuerda sus antiguas ideas. De pronto, se le vuelve a revelar una causa del malestar social que la anarquía !e había hecho olvidar, y retorna —aunque ya no con el mismo entusiasmo— a sus ideas de juventud. Gajo la figura de Santa Anna evoca el recuerdo la de Iturbide, y la disolución del Congreso en 1842 lo hace reaccionar en la misma forma en que reaccionó contra la decretada por el emperador veinte años antes. Entonces revalora —con el suave escepticismo de quien ha sufrido amargos desengaños— la acción libertaria de las teorías políticas. El país —sostiene— ya no puede permitir un gobierno militar porque está acostumbrado a la libertad, así sea teórica, y “estas bellas teorías, o si se quiere llamarlas ideologías y quimeras, van en verdadero progreso”. 45 La historia se repite, y el viejo escritor recuerda nuevamente con amor al audaz insurgente de su juventud.

Las oscilaciones de Bustamante nos revelan los dos términos a que obedece la desdicha social, y demuestran que una solución efectiva no podía ignorar ninguno. El utopismo sólo quiere ver uno de ellos; el preterismo de las clases propietarias tan sólo comprende el contrario; la revolución, empero, no puede detenerse y, a pesar de sus desviaciones, encontrará su centro: José Luis María Mora es el primero en señalarlo.

5. LA SOLUCIÓN FUTURISTA

Hemos visto anteriormente que Mora señala en la desviación utopista y anarquizante de la revolución una de las causas primordiales de sus males. Pero el malestar tiene también origen en el dominio de “cuerpos’’ que impiden el progreso. Ante todo es el ejército, clase dominante desde 1821, que no tiene parte productiva en la sociedad y cuya única posibilidad de subsistir en todas sus preeminencias es mantener a la nación en un estado constante de guerra civil. Solicitado por uno u otro de los partidos en disputa, su dominación se traduce en la lucha armada intestina o en el despotismo castrense. En segundo lugar, el alto clero, poseedor de casi todo el capital nacional, también improductivo económicamente, que estanca el capital utilizable y opone un serio escolio a su inversión en la industria. Más aún que el ejército, el clero actúa como un “cuerpo" autónomo dentro de la nación, sometido a sus leyes y disciplinas propias, al amparo de fueros civiles que lo protegen contra la acción transformadora de la revolución. Al través del monopolio que ejerce sobre la educación, la fue ría espiritual que le otorga su prestigio y la utilización de la religión para fines políticos, hace persistir todos los hábitos y la ignorancia coloniales. Cuando estos dos cuerpos improductivos conciertan una alianza explícita o tácita, todo adelanto social se hace imposible y sólo queda una alternativa abierta: el despotismo o la rebelión armada. La causa del desorden interno es, pues, compleja, y la misma anarquía es consecuencia de la situación económica. México soporta la gravosa herencia colonial, ante todo en la infraestructura de la sociedad. La burocracia revolucionaría sólo logra crear una red de instituciones y fórmulas gubernativas que se superponen al orden antiguo, dejándolo intacto. Pero incluso en el interior de las conciencias, las fórmulas han cambiado, mas no los hombres “avezados al despotismo español, criados y nutridos en sus hábitos y costumbres".46 Nada más difícil de combatir que los hábitos, contra los cuales se estrellan casi siempre las voluntades. “Las naciones, como las personas, están sujetas a ciertas manías que... se arraigan tan profundamente en el ánimo de los hombres, que su extirpación se hace sumamente difícil y sólo llega a corregirse por medio del tiempo, la reflexión y la calma de las pasiones.”47 El error de los “utopistas” no está en pretender acabar con esos hábitos, sino en imaginarse libres de ellos y en menospreciar su fuerza creyendo que en un momento pueden extirparse. Porque la transformación voluntaria de las instituciones no tiene por si misma la fuerza suficiente para cambiar la mentalidad de los hombres. “Las naciones, no por mudar de gobierno cambian de ideas, las que se recibieron del régimen opresor subsisten por mucho tiempo.’’47 A la emancipación política deberá suceder —como ha destacado Leopoldo Zea— la “emancipación mental”.48

La contradicción entre las instituciones gubernativas y la situación económico-social, puede considerarse desde dos vertientes: o bien como un exceso de celo revolucionario, o bien como una tenaz persistencia del pasado. Sí nos colocamos en la primera, diremos —con la dirección contrarrevolucionaria— que la revolución ha adelantado demasiado y que hay que frenar su impulso; si en la segunda, sostendremos —con la desviación de “izquierda”— que la revolución no ha progresado lo suficiente y que es necesario insistir en ella. Pero ambas perspectivas son falsas porque pretenden dar un diagnóstico global de la situación a partir de un aspecto parcial; las reflexiones de Mora se inspiran en la voluntad de considerar simultáneamente ambos aspectos.

La solución que propugna nuestro escritor puede inscribirse en la dirección histórica que se encuentra condicionada por una actitud “futurista”. El mal no estaría —según Mora— en la “conversión” y en el progreso, sino en el olvido de su significado histórico verdadero. El fracaso del utopismo no debe verse sino como una desviación de la verdadera línea revolucionaria; no debe, por tanto, conducirnos a renunciar al mundo elegido y al intento de transformar la sociedad. Y Mora sigue en todo tiempo confiado en el valor de los planes racionales y la libre discusión para impulsar progresivamente a la nación. Incluso cuando se trate de elegir entre el mundo propuesto y la subsistencia de la sociedad dada, Mora no vacilará en pronunciarse por el primero. Lo que sucede, es que no hay que perder de vista que, después de la adopción del sistema, “todo está [aún] por hacer en México”, 50 todo se encuentra, pues, simplemente propuesto, lo que, objetivamente, no reconoce la dirección anarquizante que cree posible una regeneración total y voluntaria casi momentánea.

Que los proyectos deben adecuarse a la situación es una idea en que coinciden Alamán y Mora, pero el sentido de la proposición es distinto en uno y en otro. Para Mora, el proyecto no va a la zaga de la evolución espontánea de la sociedad, obstaculizándola, sino que se adelanta a ella para impulsarla activamente. En una frase bien conocida se resume su postura: “El más sabio y seguro medio de precaver las revoluciones de los hombres, es el de apreciar bien la del tiempo, y acordar lo que ella exige, y acordarlo no como soberano que cede sino como soberano que prescribe” 51 Apreciar la evolución de la sociedad, pero también, marcarle su dirección futura; adecuarse a la situación, mas no para encorvarse ante ella, sino para transformarla voluntariamente; y si el proyecto debe tomarla en cuenta es simplemente para poder morder en ella y lograr elevarla hasta su altura. ¿Cómo logra la posibilidad hacerse eficaz? Tratando de mudar las "cosas”, no las "personas’'. La reforma necesaria no es del orden sicológico o político, sino del orden económico; bien poco importa cambiar la superestructura social si no se toca para natía el régimen de propiedad. Mientras Alamán veía la solución en una reforma de las instituciones políticas para acoplarlas a la situación económico-social, Mora piensa que la reforma duradera es aquella que cambie esa situación, según un plan previsor definido. Hay que actuar en tal forma que desaparezca el monopolio de la propiedad y del poder que ejercen las clases castrense y eclesiástica; mientras no se haga esto, todas las disputas sobre las instituciones convenientes al país salen poco menos que sobrando, pues subsistirán las causas fundamentales de los males de la época. Tanto los utopistas como el "retroceso" impiden la transformación, al pretender solucionar los problemas actuando predominantemente sobre la superestructura política.

En el fondo —opina Mora- • todas las direcciones políticas persiguen el mismo fin: “En los extremos como en los medios, se busca siempre lo mismo, es decir la libertad.” En efecto: al querer derribar a los opresores y déspotas, se busca la libertad; mas también se la busca al erigir la fuerza para liberarse de la anarquía. 52 Con ello sitúa Mora el problema: los dos extremos pueden estar dirigidos hacia el bien; el primero no retrocederá ante el desorden con tal de obtener la liberación, el segundo se resignará a la opresión con tal de lograr la paz. Pero aunque se dirijan ambos a la libertad, ¿la realizan de hecho? la desviación de “izquierda” se aleja de la realidad y sólo puede conducir a la anarquía en la que el ejército y una burocracia hipertrofiada salen beneficiarios; con ello provoca la dictadura y la reacción, aun cuando su intención haya sido evitarla; lo único que consigue objetivamente es, o bien el estancamiento de la sociedad, o bien el retroceso. La contrarrevolución, por su parte, desea la continuidad en el orden; aunque muchos pretendan evitar el despotismo y los males del régimen anterior, al atacar a las fuerzas revolucionarias, se encuentran impotentes ante una tiranía que, sin quererlo, ellos mismos provocan. Así, ambas tendencias aparentemente antagónicas, conducen en la práctica a resultados semejantes. Y es que —según Mora— ambas derivan de los mismos hábitos heredados: “No hemos hecho otra cosa que trasladar este poder formidable de uno a muchos o, lo que es lo mismo, del rey a los congresos. Desde el año 23 se está ejerciendo este despotismo, así en el gobierno general como en el de los Estados, con el nombre de facultades extraordinarias." 53 Así, le parece tan patente la igualdad de resultados a que conducen una y otra tendencia, que sólo puede explicársela atribuyéndoles —con un criterio un tanto simplista— una causa común: la herencia de la mentalidad colonial. Pero, acierte o no al explicar la causa por la que ambas direcciones llegan a parecidos resultados, su comprobación del hecho parece certera. La libertad abstracta, prendada de pureza, resulta tan estéril como la sujeción. “Mucha o muy poca libertad incomoda igualmente a las naciones”, observa nuestro autor. 54

La condición humana implica, a la vez, la sujeción al pasado y la trascendencia hacia el advenir; y habrá que aceptarla tal y como nos es dada para que el progreso histórico sea posible: en el reconocimiento del ser caído, a la par que en la acción para transformarlo. El utopismo carece del primero, el “retroceso" de la segunda; ambos detienen el progreso por no aceptar las ¡imitaciones del ser histórico. Puede aparecer el mal en dos formas que ocultan el mismo rechazo del ser temporal propio del hombre. La primera se origina como adelanto al devenir de la sociedad, intento de disponer del tiempo por voluntad propia, dislocando su sucesión: se expresa en la violencia. Mas también en la mentira, porque el utopista desdobla su ser entre lo que es y lo que quisiera ser, y tomándose por el segundo, actúa en función de la imagen irreal que lo separa de sí mismo. El mal aparece, en segundo lugar, como atraso al devenir progresivo de la historia, Entonces se toma el suceder temporal por un proceso que el hombre padece y no por el resultado de la acción humana. A la impaciencia desesperada por conjurar el futuro, sucede la desilusionada evasión de un devenir del que no nos hacemos responsables: su expresión es la opresión y la complicidad con la injusticia. También aquí se vive en la mentira, pues el hombre se toma a sí mismo por el juguete de su propia historia, confundiendo su ser con la imagen que la sociedad moldea en él. La consecuencia de ambas actitudes es idéntica: detener la temporalidad real, obstaculizar la historia, tratar de convertir la marcha progresiva en un movimiento estacionario haciendo ineficaz la libertad.

La concepción de Mora pretende progresar sin evadir las limitaciones que impone el ser histórico. La reforma se dirigirá a la situación económica. Haciendo eficaz la libertad, tratará de evitar la anarquía, no por la lisonja del orden existente, sino por la aplicación lenta y gradual de reformas adecuadas a las circunstancias; buscando el orden, huirá del despotismo, no por el cambio estéril de las instituciones políticas, sino por la transformación de la realidad económica que lo origina. Al intentar aplicar las reformas, habrá ciertamente alguna violencia; al renunciar a una súbita regeneración, se dejarán aún subsistir formas de sujeción; porque el ideal de una paz y una libertad absolutas no es asequible en este mundo, y hay que resignarse a la propia imperfección si se quiere servir. Por esa doble renuncia, Mora cree posible marchar hacia la realización del nuevo orden en el que la revolución, como el péndulo de su ejemplo, encuentre su centro y su descanso.

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Notas:

1 Op. cit., t. II, p. 211.
2 "Discurso sobre los perniciosos efectos de la empleomanía..."; en Ensayos, ideas y retratos. Ed. UNAM., México, 1941.
3 "La clase militar”; en Ensayos...
4 El Pensador Mexicano, t. III, núm. 1, 11, suplementos.
5 Gaceta del Gobierno Supremo de México, núm. 47.
6 Todavía en 1826, Quintana Roo pronuncia un discurso en que América es situada por encima de las grandes naciones europeas ("Discurso inaugural del Instituto Mexicano de Ciencias” de 2, IV, 1826).
7 Obras sueltas, t. II, p. 214.
8 El gabinete mexicano durante el segundo periodo de la administración del excelentísimo señor presidente don Anastasio Bustamante... Imp. J. M. de Lara, México, 1842, t I, pp. 152 y 177.
9 El Gabinete... t. I, p. 1.
10 Op. cit., t. v, p. 834.
11 Op cit. t. i, p. 9.
12 Op. cit., t. v, p. 878.
13 Op. cit., t. v, p. 805.
14 Op. cit., t. v, p. 786.
15 Ensayo histórico de las revoluciones de México. Imp. Manuel N. de la Vega, México, 1845, t. II, p. 23.
16 En Obras sueltas, t. II.
17 “Profecía del doctor Mier sobre la Federación Mexicana”, discurso pronunciado ante el Congreso, en 13, XII, 1323; en Fray Servando Teresa de Mier. Imp. Universitaria, México, 1945.
18 Notemos la imagen que, a diferencia de la concepción “preterista”, compara la patria a un niño que, limpio de pasado, comienza una vida nueva.
19 Este tema ha sido tratado por Leopoldo Zea, en Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica. El Colegio de México, 1950.
20 Obras sueltas, t. II, p. 374:
21A menudo, las opiniones de Zavala en su Ensayo histórico... contradicen su personal actuación política e incluso muchas de sus ideas expuestas anteriormente.
22 Op. cit., t.I, p. 93.
23 Destaquemos esta frase del Manifiesto del Congreso, de 4, X, 24: “Felizmente tuvo [el Congreso]... un modelo que imitar en la república floreciente de nuestros vednos del norte” (en Primer centenario..., p. 275). Sin embargo, notaremos que la opinión autorizada de Emilio Rabasa sostiene que entre la Constitución de 24 y la norteamericana existe semejanza mas no imitación, pues sus concepciones difieren radicalmente.
24 Op. cit., t. III, pp. 268-9.
25 Al pretender unir el futuro lejano con el presente, el "utopismo” parece retornar al instantaneísmo popular; mas no hay tal Lo que en el pueblo era vivencia real del futuro en el instante, es aquí una aproximación meramente conceptual. Por eso podríamos considerar al utopismo o anarquismo de la clase media como un remedio, en lo conceptual, de la vivencia temporal instantaneísta; no es extraño, pues, que se acompañe de la demagogia que remeda también, intelectual y pedantescamente, la acción auténtica del pueblo.
26 Op. cit., t. I, pp. xxxvi y 274.
27 Obras sueltas, t. II, p. 205.
28 “Examen imparcial de la administración del general vice-presidente don Anastasio Bustamante...” en Obras. Ed. Jus, México, 1946. tomo XI, p. 267.
29 Historia de Méjico, t v, p. 118.
30 Op. ct t. v, p. 120.
31 Op. ct., t. i, p. 1.
32 Op. cit, t. i, p. 181.
33 Una reacción sicológica, por más intensa que sea, no puede nunca considerarse como condicionante último de un movimiento histórico. La reacción sicológica está, más bien, condicionada por una actitud histórica. La “imitación” no puede, por ejemplo, explicarse a partir de un "complejo” colectivo determinado, como el de "inferioridad”, sino ambos a partir del movimiento libre de conversión.
34 Op. cit., t. i, p. 8.
35 Op. cit., t. v. p. 834
36 Op. cit., t. v. p. 850-7
37 Op. cit., t. i, p. 858.
38 Op. cit., i. v, p. 871.
39 Op. cit., t. i, p. 85.
40 Op. cit., t. i, p. 5.
41 Op. cit., t. v, p. 788.
42 Campaña sin gloria y guerra de los cacomixtles en las torres de las iglesias... Imp. de I. Cumplido, México, 1847, p. 4.
43 Respuesta al papel intitulado "Allá van esas verdades y tope lo que topare”, y defensa de los eclesiásticos. México, 1837, p. 16.
44 El gabinete mexicana.... t. i, p. 20-8.
45 Apuntes para la historia del gobierno del general dan Antonio López de Santa Anna... Imp. J. M. de Lara, México, 1845, p. 14
46 Obras sueltas, t II, p. 165.
47 “Discurso sobre los delitos políticos; en Ensayas, ideas...
48 “Discurso sobre los perniciosos efectos de la empleomanía"; en Ensayos, ideas...
49 Leopoldo Zea, op. cit.
50 Méjico y sus revoluciones. Lib. delaRosa, París, 1836, t I, p. 532.
51 “De los medios de precaver las revoluciones”; en Ensayas ideas...
52 "Leyes que atacan la seguridad individual; en El clero, la educación y la libertad. Empresas Editoriales, S. A., México, 1949, p. 164.
53 “Ensayo filosófico sobre nuestra revolución constitucional”; en El clero..., p. 178.
54 Obras sueltas, t. II, p. 471.

Luis Villoro. El proceso ideológico de la revolución de independencia. México, UNAM, 1977. pp. 215-246.