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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1865 Protesta formal del Gobierno Mexicano sobre posibles cesiones de territorio nacional a Francia.

Washington, 6 de febrero de 1865

 

Al honorable William H. Seward, etc., etc.

El infrascrito, enviado extraordinario y ministro Plenipotenciario de la República Mexicana, tiene la honra de dirigirse al honorable William H. Seward, secretario de Estado de los Estados Unidos, con objeto de protestar de la manera más explícita y formal contra la cesión que el ex archiduque de Austria, Fernando Maximiliano, ha hecho o está para hacer al gobierno francés de varios de los estados de la República Mexicana.

El infrascrito se permite recordar al honorable William H. Seward que en la entrevista que tuvo con él el 19 de enero próximo pasado, le leyó una carta escrita en la ciudad de México el 18 de diciembre anterior, última fecha recibida hasta ahora de aquella ciudad en este país, en la que una persona, bien impuesta y del todo fidedigna, comunicaba que los agentes franceses en aquella ciudad habían propuesto a los mexicanos extraviados, que rodean ahora al usurpador que el emperador de los franceses ha enviado a México, un arreglo en virtud del cual deberán cederse a la Francia los estados mexicanos de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, parte de los de San Luis Potosí, Zacatecas, Durango y Chihuahua, casi todo el de Sonora y la península de la Baja California, debiendo formar la línea divisoria los ríos Yaqui, en el pacífico y Pánuco, en el golfo, hasta su nacimiento y una línea recta trazada de uno a otro punto que para hacer aceptable la cesión de una parte tan considerable del territorio mexicano, se aseguraba que la Francia establecería en el territorio cedido una colonia militar que estaría bajo su inmediata protección y que pondría al resto del país a cubierto de los ataques filibustéricos de los Estados Unidos; que produciría la liquidación de la supuesta deuda que México tiene con la Francia y que facilitaría la adquisición de 300’000,000 a las arcas del usurpador; se agrega, también, para hacer menos sensible pérdida tan considerable, que los referidos Estados sólo han pertenecido a México de nombre, pues que han estado dominados por autócratas que no han respetado las órdenes del gobierno central de México y que están destinados a perderse, ya sea porque caigan en poder de los franceses o de los Estados Unidos y que, en tal alternativa, no es de dudarse ni por un momento el extremo preferible.

En la misma carta se aseguraba que dicho arreglo no se había sometido aún al usurpador y se daba a entender que no dejaría de vacilar y aun de manifestar oposición a él antes de aceptarlo. Esta circunstancia nada significa, sin embargo; el usurpador, o no tiene voluntad propia o si la tiene no puede ella prevalecer cuando está en oposición con la de su protector. Además, no es de presumir que se interese en nada por los destinos de un país que no es su patria, en donde hace cuatro años no era conocido ni de nombre por la inmensa mayoría de una nación, que él mismo sólo conocía de nombre, al que ha sido llevado y es sostenido por bayonetas extranjeras y en él derrama la sangre de los patriotas mexicanos que defienden su independencia, por saciar una ambición ciega de mando que para castigo suyo sólo ejerce en la apariencia.

El infrascrito siempre creyó que el emperador de los franceses haría terminar de esa manera su intervención en México, cuando se convenciera de que no le sería posible conservar a la república entera como colonia francesa y así tuvo la honra de manifestarlo al honorable William H. Seward en la comunicación que le dirigió el 27 de diciembre de 1862 y que el presidente envió a la Cámara de diputados entre los documentos relativos a los asuntos de México, remitidos con su mensaje de 4 de febrero de 1863.

Lo que entonces, sin embargo, no pasaba de una conjetura, aunque fundada, ha venido a realizarse con el transcurso del tiempo y el desarrollo de los sucesos. La noticia recibida de México de una fuente del todo fidedigna, ha sido confirmada por otras recibidas simultáneamente de San Francisco de California y de París y, tal coincidencia, unida a los demás antecedentes que el infrascrito tiene de este asunto, no le dejan la menor duda de que, si el arreglo propuesto no se ha verificado, está en momentos de verificarse. Esta certidumbre obliga al infrascrito a cumplir con el deber que tiene, como representante de la nación mexicana, de protestar enérgicamente contra todo arreglo hecho por el ex archiduque de Austria, en nombre de México, con el emperador de los franceses o con cualesquiera otro gobierno, en que enajene o hipoteque el territorio mexicano o de alguna manera comprometa la responsabilidad de la patria del infrascrito.

Dirigiéndose al gobierno de los Estados Unidos, no cree necesario el infrascrito detenerse a manifestar que el ex archiduque de Austria sólo representa en México al emperador de los franceses, por cuyo ejército fue llevado a aquella república y es sostenido en ella y que, por lo mismo, un arreglo hecho entre el ex archiduque y el emperador de los franceses tendrá la misma fuerza obligatoria para la Nación mexicana, que la que tendría uno concluido entre el mencionado emperador y el Gral. Bazaine, comandante en jefe de las fuerzas francesas en México.

El infrascrito no ha creído deber esperar la noticia oficial de haberse concluido dicho arreglo, para protestar contra él. Es de una gravedad y trascendencia tales, no sólo para los intereses de México, sino para los de todo el continente americano, que creería faltar a sus más sagrados deberes si dejase pasar un solo momento sin dar tal paso.

El infrascrito juzga conveniente, para justificar su conducta en este asunto, recordar al honorable secretario de Estado de los Estados Unidos, un hecho ligeramente semejante al actual, en que los representantes del gobierno francés en México protestaron contra un tratado celebrado entre México y los Estados Unidos de mucha menos trascendencia que el presente, por sólo la noticia vaga, más o menos fundada, que recibieron de haber sido concluido y antes de que tuvieran noticia oficial de la celebración del mismo.

Después de la ruptura de los aliados europeos en Orizaba y cuando la Francia sola quedó haciendo la guerra a México, el ministro de los Estados Unidos en aquella república, celebró un tratado con el gobierno mexicano en virtud del cual los Estados Unidos debían prestar a México 11’000,000.00 de pesos, hipotecando México al pago de esa suma los terrenos baldíos de la república, los bienes nacionales no vendidos, llamados antes bienes eclesiásticos y los bonos y pagarés no satisfechos de los bienes nacionales ya enajenados. Este tratado se firmó en la ciudad de México el 6 de abril de 1862 y, como no llegó a ser ratificado por el gobierno de los Estados Unidos, tampoco llegó a publicarse oficialmente y sólo circularon rumores más o menos fundados respecto de su objeto y estipulaciones. A pesar de esto, los representantes del emperador de los franceses dirigieron al gobierno mexicano, con fecha 15 de abril citado, una nota en que le decían que se les había informado que dicho gobierno había concluido o estaba para concluir un tratado con un gobierno extranjero, en que se vendían, cedían, transferían o hipotecaban a éste una parte de los recursos y rentas públicas de México, a la totalidad de cuyos terrenos y rentas suponían a la Francia con derecho, en virtud de las reclamaciones fraudulentas de sus súbditos. Con la nota que el infrascrito tuvo la honra de dirigir al honorable secretario de Estado, el 2 de junio de 1862, envió copia de dicha protesta.

El infrascrito aprovecha la oportunidad para renovar al honorable William H. Seward las seguridades de su más distinguida consideración.

Matías Romero