2000 El presidente Zedillo asume la responsabilidad del ingreso de la policía federal a la UNAM

 
Texto íntegro del mensaje presidencial

La Universidad Nacional Autónoma de México ha vivido una situación muy dolorosa no sólo para los universitarios, sino para todos los mexicanos. Durante casi 10 meses se despojó a la UNAM por la fuerza de gran parte de sus instalaciones, se le obligó a suspender sus actividades normales y se dañó su patrimonio.

Lo más triste es que miles de estudiantes sufrieron injustamente la interrupción de sus estudios. Yo, que recibí mi educación superior en una institución pública, y gracias a ello tuve mayores oportunidades de superación, entiendo muy bien el sentimiento de frustración y desesperanza de quienes han perdido clases y las muchas otras cosas valiosas que da la universidad.

Desde el principio, pensé que esta situación era muy injusta para una institución que tanto ha dado a México. A lo largo del siglo XX, la Universidad Nacional se ha ganado el cariño, el respeto y la admiración de todos los mexicanos.

La comunidad universitaria ha estado a la vanguardia en la construcción del México moderno, en la edificación de nuestras instituciones y en el despliegue de nuestra cultura.

La comunidad universitaria, además, ha participado activa y generosamente en la construcción de nuestra democracia.

Con toda razón, los mexicanos llamamos con orgullo a la UNAM: "nuestra máxima casa de estudios".

A pesar de lo grave del atropello que sufrió la universidad, siempre consideré que el mejor camino para resolver el conflicto habría de ser el diálogo entre los propios universitarios, el ejercicio de la prudencia y la tolerancia, y también de las reglas de la convivencia democrática.

Ahora puedo decir rotundamente que no es verdad que a lo largo del conflicto el gobierno de la República haya tenido una actitud pasiva, ni mucho menos indiferente. Precisamente por considerar que la solución entre universitarios era la más deseable, juzgué que el gobierno federal debía esforzarse por acercar a las partes. Para ser efectivo tenía que ser discreto, nunca protagónico ni mucho menos intentar sacar ventajas políticas de esta lamentable situación. En otras palabras, si la apuesta era por el diálogo entre los universitarios, entonces correspondía al gobierno de la República ser útil, antes que hacerse notable.

Creo que a todos nos consta que las autoridades universitarias siempre tuvieron disposición para dialogar y llegar a acuerdos en el marco de la ley y en bien de la universidad. Atendieron las demandas presentadas, inclusive aquellas que nada tenían que ver con el origen del conflicto. Lamentablemente, una y otra vez las propuestas de solución se toparon con la intransigencia.

La cerrazón persistió incluso después de que alrededor de 180 mil universitarios participaron en un plebiscito democrático -el primero organizado por la UNAM en su historia-, en el que la inmensa mayoría se pronunció en favor de una propuesta del rector y de que se reabriera la universidad.

Cabe señalar que la propuesta del rector atendía claramente las demandas que durante varios meses sostuvieron los autores del despojo que sufrió la universidad. Estas personas, quizás ensoberbecidas erróneamente por la prudencia de las autoridades, no quisieron reconocer que su movimiento original había triunfado; endurecieron aún más su intransigencia y persistieron en dañar a la universidad.

Queriéndolo o no, con su actitud, los paristas privatizaron temporalmente nuestra mayor universidad pública en función de sus muy particulares intereses. Por la fuerza convirtieron en su propiedad privada un bien público -la universidad- que sostenemos todos los mexicanos.

Peor aún, debido a esa actitud, se llegó al punto de grave riesgo de violencia entre los propios universitarios, como dolorosamente ocurrió el pasado primero de febrero en la Preparatoria 3, cuando un grupo de paristas agredió muy violentamente a empleados de la propia UNAM.

Esa noche, a mi regreso de una visita oficial al extranjero y al enterarme de lo ocurrido, constaté con mucha tristeza que los esfuerzos por lograr una solución únicamente entre los universitarios había llegado a su límite, y que resultaba indispensable complementarlos con la aplicación de la ley. Poniendo por encima de cualquier otra consideración mi responsabilidad con la universidad y con México, instruí en consecuencia al procurador general de la República.

Como resultado de trámites legales impecables, un juzgado federal ordenó al Ministerio Público restituir a la UNAM la posesión de sus instalaciones y aprehender a los presuntos responsables del delito de despojo.

Con estricto apego a la ley, hoy ha sido cumplida la orden del juzgado. Para ello, di instrucciones precisas de que ningún elemento de la Policía Federal Preventiva que ingresase a las instalaciones de la UNAM portara armas de fuego y que, además, se instruyese a los policías de actuar con la máxima prudencia y evitando al máximo posible el uso de la fuerza. Pedí que se gestionara la participación de notarios públicos que certificasen la no portación de armas de fuego, así como la presencia de observadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Afortunadamente, durante el cumplimiento de la orden judicial no han ocurrido hechos de violencia que lamentar. Tengo entera confianza en que la comunidad universitaria no sólo sabrá recuperar el tiempo que se ha perdido, sino que resurgirá con mayor vigor, con ideas, proyectos y obras que beneficien a los mexicanos.

Estoy seguro de que, desde ahora mismo, la Universidad Nacional emprenderá su transformación para seguir sirviendo a México. Estoy seguro de que los mexicanos seguiremos sintiéndonos profundamente orgullosos de la UNAM, y de que será siempre nuestra primera universidad pública y la primera casa de cultura del país.

El gobierno de la República siempre ha estado y estará en favor de la universidad pública. Esta es una conquista histórica de los mexicanos, y mi gobierno la seguirá defendiendo y promoviendo.

El gobierno Federal apoyará resueltamente a la Universidad Nacional, porque es su obligación, porque tiene inquebrantable fe en ella, y porque todos los mexicanos la queremos abierta y trabajando. Por eso quiero hacer un llamado a que todos, sin distinción de posiciones políticas ni de responsabilidades de gobierno, apoyemos leal y desinteresadamente a la UNAM.

Todos debemos poner por delante el interés de la UNAM, porque es el interés de México. Gracias por escucharme.