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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1992 Discurso de Carlos Salinas de Gortari.

Marzo 4 de 1992

 

 

Compañeros Priístas:

Señoras y señores:

Acudo con gran entusiasmo a la celebración de nuestro partido.

Como Presidente de la República gobierno para todos los mexicanos y como militante participo orgullosamente en el Partido Revolucionario Institucional.

Estamos celebrando 63 años del instituto político más importante de la historia moderna del país, sin el cual no se podrían entender su desarrollo, la paz social que ha disfrutado, la diferencia política que nos distingue de las demás naciones, así como la compleja trama social diversa y plural que hoy tiene nuestro país.

En el partido la mayoría de los mexicanos ha encontrado no sólo un instrumento para expresar su preferencia electoral, sino la existencia de un espacio político nacional para la concertación y para la creación de consensos, para el debate ideológico y para el fortalecimiento de la unidad nacional en torno al programa de la Revolución Mexicana.

Por eso ha habido progreso y paz en el país, por eso se han ampliado las libertades y combatimos con decisión la injusticia en México.

Amigos y compañeros: hoy llevamos a cabo la reforma de la Revolución. Esta reforma es garantía de su permanencia y vitalidad. A diferencia de otras revoluciones, hoy abandonadas y desprestigiadas, la nuestra sigue estando en el pueblo, en el partido, en los actores políticos principales del país: su enorme fuerza vital radica en asumir los principios que han sido eje de toda nuestra historia, proyectados a las nuevas realidades y fortalecer a México.

Hoy, ante los cambios del mundo, tenemos que responder a diversas preguntas. ¿Cómo construimos la fortaleza de México al final del siglo XX y en el inicio del siglo XXI? ¿Cuál es la ideología que guía al partido y al gobierno para asegurar su permanencia, sus objetivos históricos y su rica cultura?

El proyecto liberal mexicano del siglo XIX transformó estructuras y prácticas para quitar al país los fueros y las servidumbres, la anarquía de la fuerza. También para liberar a la nación del inmovilismo, del aislamiento del mundo que se industrializaba y que replanteaba la existencia de los viejos imperios.

El nuestro, al contacto con la realidad, se hizo un liberalismo original. Sus luchas tuvieron siempre bases populares, agrarias; la demanda de igual consideración a todos sus habitantes; el rechazo de los monopolios, la secularización de la sociedad y la supremacía del poder civil, la propuesta federal detrás de las regiones y sobre todo la convicción nacional frente a la amenaza y las pretensiones extranjeras.

Por eso nuestro liberalismo se nos dio como ningún otro en el continente. El triunfo de la reforma en el siglo XIX, la reforma liberal, diseñó la estructura de la nación y le dio continuidad y futuro. El nuestro fue —como lo señaló Reyes Heroles— un liberalismo triunfante.

Así también la Revolución Mexicana rompió el peonaje de la dictadura, liberó el trabajo, la tierra, las conciencias y con ello la dignidad. Defendió la soberanía de la nación frente a la emergencia de nuevas hegemonías, la amenaza a sus recursos y a su proyecto político e independiente.

Recogió del proyecto liberal su propuesta de libertad haciéndola comprometidamente social. Dio al Estado la conducción del desarrollo y de los recursos de la nación; hizo de los reclamos de la revolución por la tierra, el trabajo y la educación un programa de futuro.

Hoy la reforma de la Revolución da vigencia y relevancia presente al liberalismo social que garantiza nuestra idea histórica del país. Lo hace para realizar los fines de soberanía, justicia, libertad y democracia. Construimos aquí una nueva visión de la Revolución para nuestros tiempos, orgullosos del pasado pero que no se sujeta a sus medios.

Tampoco es una reforma neoliberal. Entre estos extremos no puede ni debe haber confusiones. Por eso en estos tiempos de acelerados cambios en el mundo y profundas transformaciones en nuestra patria, es indispensable mantener la claridad en el rumbo, la precisión en las ideas.

Dos tesis se enfrentan entre sí: una que no termina de declinar y otra que poca vigencia tendrá al nacer. Es el choque entre el estatismo absorbente y el neoliberalismo posesivo. Ni uno ni otro responden al proyecto de reforma de la Revolución; ni los nuevos reaccionarios que promueven el estatismo ni tampoco el neoliberalismo enarbola nuestras luchas, ni sintetiza nuestras ideas, ni guía nuestras decisiones.

La filosofía de nuestras prácticas es el liberalismo social, de hondas raíces en nuestra historia y con plena vigencia para el presente y para el futuro. Establezcamos con claridad cómo fortalecer los principios de soberanía, justicia, libertad y democracia del liberalismo social mexicano y su profunda diferencia con las otras dos propuestas ideológicas.

Primero: la soberanía. Para el neoliberalismo la globalización y los procesos de integración regional son razones para declarar las fronteras como estorbo, el nacionalismo como caduco y la soberanía de la nación como preocupación del pasado. Habla por eso de un mundo sin fronteras ni naciones, de órganos supranacionales para regular no sólo los asuntos internacionales, sino también los internos. Proponen organizar elecciones desde el extranjero, fuerzas militares multinacionales; juicio y sentencia externos sobre el comportamiento de los pueblos. Los nuevos reaccionarios del estatismo, por su parte, pretenden actuar con las reglas del pasado, como si aún existiera bipolaridad en la que podíamos jugar un balance en nuestro provecho. Ignorando las realidades y debilitándonos en los hechos. Actuar como lo promueve el neoliberalismo es entregar la soberanía; actuar como lo sugieren los nuevos reaccionarios es simplemente provocar Intervenciones debilitando la soberanía.

Para nuestro liberalismo social la soberanía es fundamental y razón de sobrevivencia y objetivo único que da sentido a las metas que perseguimos, porque queremos que sean nuestras. La posición geográfica de México, es ineludible y no deja lugar a dudas. La nación debe asegurar en todo momento su fortaleza para perdurar soberana en la vecindad con la mayor potencia del mundo.

Sólo la propuesta del liberalismo social fortalece nuestra soberanía. Mayor interrelación económica no incluye ni permitiremos que incluya, la integración política. Por el contrario, nos diversificamos en las relaciones internacionales para ser más fuertes políticamente y derivamos fortaleza económica interna de la activa participación en las regiones que concentra la dinámica del crecimiento mundial.

Segundo: el Estado. El neoliberalismo coloca al Estado en un tamaño y responsabilidades mínimas, al margen de la vida nacional, indiferente a las diferencias y a las distancias entre opulencia y miseria; incapacidad para regular y revertir los excesos y abusos del mercado. Su papel es exclusivamente proteger del delito sin importar la justicia.

Por su parte, los nuevos reaccionarios quisieran ver regresar al Estado excesivamente propietario, expansivo, con una burocracia creciente, erigida en actor casi único de la vida nacional y que, a sus limitaciones para promover más justicia, agregaría su creciente ineficiencia.

Nuestro liberalismo social en cambio, promueve un Estado solidario, comprometido con la justicia social, trabajando siempre dentro del régimen de derecho, conduciendo el cambio en el marco de la ley y manteniendo la estricta vigencia y protección de los derechos humanos.

En el ámbito económico el liberalismo social asume que el mercado sin regularización del Estado fomenta el monopolio, extrema la injusticia y acaba por cancelar el propio crecimiento. Ser un Estado propietario y sobrerregulador impide que la iniciativa social desate la energía para la prosperidad.

Por eso el liberalismo social propone un Estado promotor, que aliente la iniciativa pero con la capacidad para regular con firmeza las actividades económicas y evitar así que los pocos abusen de los muchos. Un Estado que orienta atención y recursos hacia la satisfacción de necesidades básicas de la población, respetuoso de los derechos laborales, de la autonomía de los sindicatos y protector del medio ambiente. Este no es un Estado propietario que supla a la iniciativa y la decisión de las familias, sino que las ayude a alcanzar con su trabajo sus propios fines. Nuestro liberalismo social no permite que el Estado se convierta en único actor de las decisiones políticas, económicas y sociales responsable de todo y por todos. Pero nunca consentirá en ser un Estado ausente, incapaz frente a los excesos del mercado, irresponsable ante los rezagos y necesidades sociales. Es un Estado que usa la ley para transformar la realidad hacia más justicia, más libertad y más soberanía.

Tercero: la justicia social. Para el neoliberalismo el ámbito de la sociedad es solamente el de la participación individual, aislada, que dentro de las reglas del individualismo posesivo no tiene por qué incorporar los intereses de los demás en sus decisiones. Para los neoliberales la justicia se resuelve sola. El crecimiento de la economía derramará en algún tiempo, en el futuro, beneficios que otros puedan aprovechar.

Los nuevos reaccionarios, por su parte, quisieran ver al Estado grande y paternalista, aunque se financie con inflación y excesos. La justicia social para ellos es decidir qué dar, a quienes, a través de más burocracia desde el centralismo.

Para nosotros, en el liberalismo social la justicia es un objetivo para el que hay que trabajar deliberadamente. Es un compromiso explícito que tiene que promoverse al mismo tiempo que se auspicie el crecimiento y la estabilidad. Este es el objetivo de Solidaridad y de los programas sociales que han desarrollado los gobiernos de la Revolución. La justicia que perseguimos rechaza el paternalismo, que cancela las decisiones de las personas y de las comunidades; también rechaza el populismo que promete cumplir lo que no puede o que luego cobra en deuda, inflación y más miseria.

Solidaridad: expresión actual de nuestro liberalismo social, cumple en los hechos sin romper la disciplina fiscal, respeta efectivamente la dignidad de los mexicanos, porque ellos deciden y participan, lo hacen directamente y sin burocratismos. Nuestro compromiso es con la justicia social en los hechos cotidianos.

Cuarto: las libertades. Para los neoliberales las libertades formales son la única garantía que con la ley debe proteger el Estado. Considera al individuo aislado, sin relación y deberes con la comunidad.

Para los nuevos reaccionarios, las libertades son subordinadas a los proyectos redistributivos del Estado. Para los primeros, el crecimiento económico es un ejercicio del mercado; para los segundos, es la acción estatal. Para los primeros la libertad es de tránsito, audiencia, petición, creencia y pensamiento que cumplen únicamente con la existencia de reglas para su ejercicio; para los segundos, la burocracia los ejerce en representación y a nombre de las personas que carecen de medios.

Para nuestro liberalismo social la falta de respeto a las reglas del derecho genera opresión, pero sin oportunidades ni bases materiales justas, el ejercicio de las libertades está limitado. El liberalismo social recupera el valor moral del individuo y lo combina con el valor moral de la comunidad. Por eso tenemos un amplio compromiso con la libertad, esencia del ser humano en un marco de justicia.

Quinto: la democracia. El neoliberal está comprometido con un modelo de democracia que sólo considera al Individuo aislado y no a sus formas de organización. No quieren movilización o participación, sólo individuos guiados por profesionales, con el riesgo de poner en subasta —a favor de los grandes intereses económicos— el control de los procesos electorales. Para los nuevos reaccionarios, la democracia es supuestamente el respeto al voto, pero es creíble sólo cuando ellos ganan.

En la práctica, para ellos, la democracia avanza en la destrucción del oponente y no con el voto de la mayoría. Para el liberalismo social de nuestra Revolución, la democracia es estructura jurídica y régimen político que obliga al Estado al respeto al voto, corresponsablemente con los Partidos y los ciudadanos. Es también un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, en el que el Estado tiene responsabilidades que cumplir, sin atropellar, sin ignorar la voluntad de los individuos ni de sus organizaciones. La democracia empieza en lo electoral, pero no se agota ahí. El Estado debe respetar las libertades y promover la justicia social, ampliar las oportunidades de bienestar y fomentar la cohesión social, considerando la autonomía de los diferentes grupos.

Sexto: la educación. Para el neoliberal, educar es la responsabilidad exclusiva del ámbito individual y por ello se opone a la responsabilidad del Estado o a la existencia de un sistema educativo nacional, con principios y valores consensualmente aceptados.

Los nuevos reaccionarios, por su parte, excluyen cualquier participación de la sociedad en la educación, son intolerantes y también dogmáticos.

Para el liberalismo social, la educación es parte fundamental del desarrollo integral del país y los maestros actores básicos en la lucha por la soberanía y por la justicia social. Promovemos un sistema educativo nacional con libertad para educar, con responsabilidades más amplias en los Estados y en las regiones, así como de la sociedad, con contenidos educativos que reflejen los nuevos tiempos, orgullo de la historia y la fortaleza de la nación; ratifica la responsabilidad del Estado en impartir la educación gratuita y laica y hacer obligatoria la primaria, gran medio de movilidad social, con condiciones de vida digna para los maestros; propone educación de calidad para la libertad y para la justicia.

Séptimo: el campo. Para el neoliberalismo, ésta es una actividad económica, sujeta a las mismas reglas del mercado, sin historia y sin pueblo. Para los nuevos reaccionarios es reparto permanente aunque sea sólo en el papel; afirman proteger, cuando en realidad pretenden sujetar al ejido y a la comunidad a las decisiones de la burocracia, impidiendo el ejercicio de sus libertades. Para el liberalismo social de la Revolución, el campo es un hilo conductor de nuestra historia en las comunidades y pueblos a lo largo de toda la Nación.

La reforma de la Revolución asume plenamente el reconocimiento constitucional del ejido y la comunidad, promueve con eficacia la justicia agraria, abre oportunidades para que —apoyado por los programas de fomento del Gobierno— el campesino haga ejercicio de su libertad y no de su necesidad; alienta las asociaciones y protege a las comunidades. La reforma es para alcanzar los fines de la revolución agraria: justicia y libertad a todo el campo mexicano y dar la batalla por la dignidad y el bienestar de las familias campesinas. Dejamos atrás una visión paternalista que ofrecía sólo promesas. Pasamos a una de respeto y verdadero apoyo en los hechos.

Octavo: los indígenas. Para el neoliberal, las comunidades indígenas son rémoras del pasado que convendría desaparecer.

Para los nuevos reaccionarios, a los indígenas hay que aislarlos, suponiendo que con ello no se contaminan y no pierden identidad, pero en realidad terminan proponiendo crear reservas indígenas donde los condenarían a languidecer.

Para el liberalismo social, la Nación mexicana tiene una composición pluricultural, sustentada originalmente en sus pueblos indígenas.

Queremos que ellos puedan decidir, como todos los mexicanos, su forma de vida y que cuenten con los medios para alcanzarla. Por eso, ahora la ley protege y promueve el desarrollo de sus lenguas, culturas, usos, costumbres, recursos y formas específicas de organización.

Si reconocemos que aportan las raíces más profundas de nuestra historia y nacionalidad, debemos asumirlas con plenitud: luchemos contra la desigualdad que sufren, respetando el ejercicio de su libertad y la vida y la dignidad de sus propias comunidades.

Noveno: la alimentación, la vivienda, la salud y la calidad de vida. Para el neoliberal, éstos son asuntos de cada individuo o familia, en cuya prestación y contenidos el Estado no tendría participación alguna.

Para los nuevos reaccionarios, éstos son una exclusiva responsabilidad del Estado, sin alentar participación de las mayorías necesitadas y sin atención a la eficacia de su prestación. Para el liberalismo social, en la alimentación como en la vivienda, la salud y calidad de vida, el Estado está plenamente comprometido. Pero entiende la corresponsabilidad de la sociedad en la resolución de sus carencias, promueve nuevos esquemas para que haya una más amplia participación en la solución de los problemas y respuesta más eficaz en la prestación de los servicios, con transparencia y equidad. Y,

Décimo: la ideología del partido: el nacionalismo. Para los neoliberales, las ideologías están muertas y la historia ha terminado.

Para los nuevos reaccionarios, la ideología es la expresión de hace 20 o 50 años, la de encerrarse al interior y de confrontarse con el exterior. Ellos aguardan el imaginado péndulo de la historia que reivindicaría al Estado burocrático y excesivamente propietario. Nuestro liberalismo social propone un nacionalismo para el final de este siglo y para el siglo XXI: uno que conserva su sentido histórico, del que carecen los neoliberales, pero no se ata a procedimientos del pasado, compuesto por políticas públicas, hoy inoperantes, como lo hacen los nuevos reaccionarios; rechaza las versiones que asociaron nacionalismo con estados excipientes y opresores, tanto como a los que sirven hoy de bandera a regionalismos que dividen y desintegran.

Nuestro nacionalismo es la defensa del interés nacional, como hoy se requiere en México y en el mundo en que vivimos: es abierto y activo frente al exterior, para proteger mejor lo propio; es democrático y respeta la dignidad de las personas, para que todos cuenten en la defensa de la Nación; es tolerante, defensor de los derechos humanos y de las libertades y promotor de la Justicia.

Este es el interés nacional, éste es el sentido del nacionalismo mexicano para nuestros tiempos y con él nos encontramos comprometidos.

COMPATRIOTAS Y COMPAÑEROS DE PARTIDO:

La Revolución hoy se reforma. Lo hace de la única manera en que es consecuente consigo misma y con esos pasados que le dieron luz: reconociendo los compromisos, que están más allá de contingencias y de salidas circunstanciales y partiendo de las realidades del país y del mundo, y viendo plenamente hacia el futuro.

Conservemos nuestros principios para que la Patria sea libre frente al mundo; libre de la miseria y el atraso; libre de impedimentos al ejercicio de los derechos, y libre de obstáculos para crecer con estabilidad, creando empleos y oportunidades de vivir una vida digna.

Por eso he insistido en que el sentido de la reforma de la Revolución es la libertad y la justicia; su fin es la soberanía de la nación.

La modernización del país no está concluida. Falta mucho por hacer. Necesitamos mejor democracia, más justicia social, más crecimiento, empleo y bienestar; más presencia de México en el mundo.

Todos esos cambios deben afianzarse, consolidarse y que lleguen a los más necesitados entre nosotros: a los trabajadores del campo y la ciudad, a las clases medias, a las mujeres y a los jóvenes, a los grupos populares.

Éstos son propósitos del Partido y del Gobierno que el Partido llevó al poder; porque son la manera de realizar los objetivos de la Revolución y de fortalecer a nuestra patria.

* El PRI es un partido político con permanencia, que en el pasado ha sabido cambiar y ahora avanza en su reforma, y lo ha hecho con gran eficacia. Su XIV asamblea fue trascendente: le permitió modificar procesos de selección de sus candidatos, revisar sus procedimientos de campaña, constituir verdaderas estructuras para la competencia electoral, como lo exigen los nuevos tiempos, y crear los nuevos órganos colegiados del partido: los Consejos Políticos Nacional y Estatales, a quienes hoy les damos la bienvenida.

* El PRI ha decidido ser un partido de ciudadanos y también de organizaciones y sectores; no únicamente de ciudadanos, porque le haría perder los mecanismos de movilización y proselitismo de sus organizaciones, como los tienen muchos partidos políticos en los países industrializados y democráticos. Decidió también no ser un partido sólo de organizaciones, porque hay ahora muchos ciudadanos que desean pertenecer y votar por el PRI directamente, sin instancias de intermediación.

* El PRI se renueva, como otras veces lo hizo en la historia, para ganar democráticamente el poder y también para ejercerlo.

Fortalece su estructura territorial, para ampliar su base electoral en comicios competidos, acercando a ciudadanos a nuevas organizaciones. Pero también renueva su estructura sectorial, para darle al ejercicio del poder bases sociales organizadas y mantener el diálogo con el gobierno en las acciones más importantes para el país.

* El PRI es hoy el promotor y el organizador de fuerzas políticas que están conformando ya la nueva sociedad mexicana del siglo XXI. Éste es un rasgo profundo del PRI, que garantizará que el liberalismo social siga en el gobierno, que su ejercicio desde el gobierno sea efectivo y se mantenga en contacto permanente con las bases sociales que convoca el Partido.

El resultado exitoso de las elecciones federales de 1991 se explica en gran medida por su capacidad probada de cambio.

* El PRI ha dejado de ser el partido casi único; pero ha logrado consolidarse como el partido mayoritario al nivel nacional, reconociendo la intensa competencia en diversas regiones y estados.

El Partido está fortalecido. Por eso, lo reitero, nuestro partido va a permanecer cambiando. Quienes no lo crean así, en la competencia electoral democrática encontrarán la respuesta de un PRI fortalecido.

El Partido habrá de continuar transformándose de acuerdo a sus dirigentes y militantes, con la profundidad que requieran los tiempos nuevos que vivimos. Pero al seguir cambiando, el PRI tendrá que hacerlo para fortalecerse democráticamente y no para debilitarse. La defensa de la soberanía de nuestro país, el mantenimiento del régimen de libertades, la promoción de la justicia social y el propio proceso de democratización requieren de un PRI democráticamente fuerte. Ése es el mensaje que nos dieron los ciudadanos en agosto de 1991. El Partido no puede confiarse, porque los ciudadanos ya demostraron que su fidelidad no es a cualquier costo ni en cualquier circunstancia. Quieren un PRI trabajando cerca de la gente, respondiendo a sus reclamos, sabiendo transformar y cambiar al país, sin ponerlo en riesgo ni afectando la paz social.

* El PRI tiene que seguir trabajando intensamente para seguir mereciendo el voto de la mayoría de los mexicanos. No hay garantías, excepto los resultados del trabajo, la visión, el compromiso político y la lealtad a México. La reforma del PRI no está terminada. Los priístas decidirán las modalidades, los tiempos y los ritmos para continuar su transformación.

Estoy seguro que se demostrará su fuerza política democráticamente en los comicios estatales de este año. Ahora el PRI sabe estar cerca de la población, competir y ganar. Llevará la reforma de la Revolución a todas las entidades federativas y garantizará que el paso al siglo XXI se hará con paz y libertad, con justicia social y progreso efectivo para la población, con sentido nacionalista, en el marco del liberalismo social.

No tengo duda de ello. Reconozco en todos ustedes la voluntad para hacerlo realidad. Y en su dirigente, la capacidad y el compromiso para conducir la modernización del Partido y trabajar por las metas del proyecto revolucionario.

Reconozco en su dirigente la coordinación del trabajo para alcanzar la victoria electoral en las elecciones federales de 1991. Reconozco en su dirigente la labor de modernización y fortalecimiento del Partido.

Por eso expreso mi reconocimiento y aprecio a su dirigente, que lo ha realizado con su compromiso, valiente y leal. Por eso mi reconocimiento a Luis Donaldo Colosio.

COMPAÑERAS Y COMPAÑEROS DE PARTIDO:

El PRI ha sabido corregir y reconcentrar su atención en lo que demanda el pueblo cumplir lo que ofrece, promover mejores gobiernos, y por eso es el partido en que las mayorías confían y al que otorgan su voto. Ha sido capaz de crecer, incorporando en torno suyo a las nuevas organizaciones de la sociedad. Por eso, priístas, el PRI es el partido democráticamente en el poder. Es un partido de vanguardia que se transforma por voluntad interna, sin permitir que lo rebase la realidad. Un partido que, sin sectarismos, da cabida a todas las expresiones nacionales. Un partido que en el cambio ha encontrado la fuente de su propia fortaleza y de su propio destino. Un partido capaz de integrar grupos e ideas, sin perder dirección. Una organización política que continuará siendo el partido democráticamente en el poder, porque así lo quieren la mayoría de los mexicanos y porque existe la voluntad para responderles con hechos a sus aspiraciones. Éste es el mejor reconocimiento a lo que ha representado en los últimos 63 años de historia de nuestro país: el espacio de expresión, concertación y consenso de las fuerzas más representativas de la nación.

Compañeros:

Encuentro hoy aquí entusiasmo, convicción, disciplina, deseo de ganar, ánimo de trabajar y compromiso de servir. ¡Adelante, priístas. Vamos por la victoria de nuestra patria!

¡Viva el PRl!