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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1998 La vida y época de Francisco Villa

Friedrich Katz

(Fragmento)

Villa no fumaba, ni bebía, ni usaba drogas. Podía ser enormemente generoso y llorar en público cuando la emoción lo dominaba. Cuando la cólera se apoderaba de él, también era capaz de actos de gran crueldad. Era leal a los hombres que respetaba, pero si se sentía traicionado, se volvía implacable en su odio, que con frecuencia se extendía a la familia de sus víctimas. Era un amante apasionado, y tuvo hijos con muchas novias y esposas en todo Chihuahua. No sentía ninguna culpa por estar casado con varias mujeres al mismo tiempo, y algunos han especulado que tal vez influyeron en él los colonos mormones que se establecieron en Chihuahua para escapar a las leyes estadounidenses contra la poligamia. Incluso tras dejar a las mujeres con las que vivió, las mantenía y reconocía y se preocupaba por sus muchos hijos.

Tenía escasa educación, y aún es tema de polémica si sabía leer y escribir cuando estalló la revolución. Tal vez por esa razón sentía hondo respeto por la educación y, durante el breve tiempo en que ejerció el poder en Chihuahua, años después, se gastaron en escuelas cantidades de dinero sin precedentes.

Amigos y enemigos coinciden en que poseía una inteligencia aguda y penetrante, que sólo se oscurecía cuando se apoderaba de él uno de sus arrebatos de furia.

En opinión de González y los dirigentes del Partido Antirreeleccionista, Villa fue una adquisición valiosa como guerrillero, pero es improbable que creyeran que podía ser algo más que un líder subordinado en la revolución. Su falta de educación, su bajo origen social, su inexperiencia política y su reputación de bandido parecían obstáculos formidables para alcanzar un lugar de primera importancia en las filas del movimiento revolucionario. Sin embargo, pocos meses más tarde, surgiría como uno de los jefes militares más importantes de la revolución mexicana en cuanto a poder e influencia, sólo superado en Chihuahua por Pascual Orozco. Tenía cualidades que compensaban con creces sus debilidades: era un dinamo viviente, imbuido de inagotable energía. Constantemente intentaba acciones ofensivas, a menudo con éxito, y solía tomar la iniciativa en las operaciones militares.

Su prestigio entre los revolucionarios de Chihuahua creció enormemente tras el estallido de la revolución, ya que fue el primero de sus dirigentes que participó en un choque armado con las tropas del gobierno y el primero que les infligió una derrota. El 17 de noviembre, tres días antes de unirse al grupo de hombres armados que comandaba Cástulo Herrera, Villa y un grupo de 14 hombres que había reclutado, principalmente entre quienes habían sido sus socios cuando se dedicaba al abigeato, atacaron la hacienda de Chavarría para obtener dinero, caballos y víveres. Para entrar en la hacienda tuvieron que abrirse paso a balazos y matar a su administrador, Pedro Domínguez, que intentó presentar resistencia.

El 21 de noviembre, Herrera, Villa y sus hombres ocuparon la antigua colonia militar de San Andrés sin hallar oposición activa. Ese mismo día, a Villa le llegó la noticia de que un tren que transportaba tropas federales se dirigía al pueblo. Con un pequeño grupo de hombres, Villa se atrincheró en la estación y, cuando los soldados empezaban a descender del tren, los revolucionarios abrieron fuego. El capitán Yépez, que comandaba las tropas federales, cayó muerto, al igual que varios de sus hombres, y los supervivientes se retiraron.

En términos militares, fue un choque de menor importancia, pero su impacto psicológico fue enorme. Por primera vez los revolucionarios se habían enfrentado a los federales y los habían obligado a retirarse. Cientos de voluntarios, principalmente de San Andrés, pero también de los pueblos circundantes, se unieron al ejército revolucionario. El contingente de Herrera y Villa pronto llegó a los 325 hombres. En teoría, Herrera era su comandante. En la práctica, Villa asumía cada vez más funciones de jefe. Herrera había sido un buen político pero no era un jefe militar y se mostró incapaz de controlar a sus hombres. Cuando su contingente entró en San Andrés, los hombres empezaron a celebrar su victoria disparando las armas al aire. No sólo esa ruidosa balacera asustaba a la población civil, sino que era un desperdicio de municiones. Villa intentó persuadir a su jefe de que ordenara detenerla. Pero tal vez por inseguridad, Herrera rehusó. Y fue Villa quien tuvo que ordenar que cesaran los disparos y disciplinar a la tropa. Así empezó a trasladarse la autoridad de Herrera a él.

En los primeros días de cualquier revolución hay una oleada de incontrolable exuberancia, optimismo sin límites, la sensación de que, con un mínimo de sacrificio, todo es posible. Los revolucionarios de Chihuahua no fueron la excepción. Habían tomado sus primeros pueblos prácticamente sin lucha y habían rechazado el primer ataque de las tropas federales. ¿Por qué no atacar la capital del estado y así obtener el triunfo decisivo de una vez por todas? Era un plan loco y estuvo a punto de conducir a Villa y sus hombres al desastre total. Ya con quinientos rebeldes en sus filas, marcharon sobre la ciudad de Chihuahua. Acamparon a pocas millas de ella y Herrera envió a cuarenta hombres en misión de reconocimiento bajo el mando de Villa, quien los dividió en dos pequeños grupos. Los treinta revolucionarios que integraban el primero de ellos llegaron a la cima de El Tecolote, donde vieron a setecientos soldados federales que avanzaban contra ellos. En vez de regresar para unirse al contingente principal, decidieron presentar batalla. Era un combate desigual y media hora más tarde se vieron forzados a retroceder. Pero mediante un astuto ardid lograron retardar la persecución de los federales. Colocaron en la cima de la montaña una hilera de sombreros, y los soldados creyeron que había un revolucionario debajo de cada uno de ellos, de manera que avanzaron muy cautelosamente, disparando todas sus municiones contra los ficticios contrincantes. Mientras los treinta revolucionarios se retiraban así, sin haber sufrido bajas, Villa y los diez hombres restantes entraron en escena y atacaron a los setecientos soldados federales. Fue un acto de valor pero, tal como Villa más tarde relató, absolutamente absurdo, y él y sus hombres estaban cerca de perecer cuando el grupo que se retiraba regresó y contraatacó. Tras mantener a los federales a raya por casi una hora, lograron escapar. Las tropas federales no podían concebir que sólo cuarenta hombres los hubieran atacado. Villa y sus hombres resistieron todo ese tiempo, contra fuerzas muy superiores, en la esperanza de que Herrera y los suyos se les unirían y que desde la situación de ventaja de la cima podrían impedir que las tropas federales avanzaran hacia las montañas del oeste de Chihuahua, donde se concentraban las fuerzas revolucionarias. Pero Herrera no se movió. Como resultado, empezó a crecer un encono mutuo entre Villa y él.

El gobierno de Díaz y la revolución de Chihuahua

Cuando comenzaron los alzamientos en Chihuahua, Díaz estaba seguro de poder aplastarlos y resolvió hacerlo sin medias tintas, reforzado su optimismo por ciertos signos de desaliento que presentaban los revolucionarios. Para muchos, esos primeros días de diciembre no sólo fueron momentos de triunfo, sino también de decepción.

Empezaron a darse cuenta de que estaban prácticamente solos, ya que únicamente se habían producido fuera de Chihuahua unas pocas escaramuzas locales. Madero todavía estaba en Estados Unidos y no lograba entrar en México. Todo el poderío del gobierno federal se concentraba contra la gente de Chihuahua. Al mismo tiempo, el éxito de los revolucionarios había hecho comprender a una parte de la élite del estado (aunque no a los Terrazas) que no estaba tratando con unos pocos bandidos aislados, sino con un auténtico levantamiento popular. Un grupo de chihuahuenses destacados (no está claro si actuaron con el apoyo tácito o la tolerancia del gobierno estatal o federal) empezaron a negociar con los revolucionarios. Villa y algunos otros dirigentes estaban dispuestos por lo menos a considerar la posibilidad de una tregua de cuatro semanas. Los miembros de la élite que hicieron la propuesta tenían la esperanza de que las negociaciones pusieran fin a la revolución; de que, al ver que tras cuatro semanas el resto del país no se levantaba, los revolucionarios depondrían finalmente las armas. Por su parte, éstos calculaban que en cuatro semanas surgirían nuevos movimientos en otros puntos del país y que al reemprender las operaciones ya no tendrían que llevar solos toda la carga de la lucha.

Pero los dirigentes revolucionarios de Chihuahua no podían firmar tal acuerdo por sí mismos. Decidieron enviar a Cástulo Herrera a Estados Unidos para averiguar si González y Madero aceptaban el armisticio. Antes de que éstos pudieran tomar una decisión, Díaz rechazó la idea de cualquier tipo de arreglo. Las noticias de la revolución en Chihuahua habían llegado a las primeras planas del mundo entero y habían menoscabado la confianza de los financieros y los bancos en la estabilidad del gobierno mexicano. El secretario de Hacienda, José Yves Limantour, que había viajado a Europa a negociar una reconversión de la deuda mexicana, escribía que las condiciones de pago que exigían los bancos y otras instituciones financieras se habían endurecido como resultado de las noticias sobre los levantamientos y la inquietud social en México. Díaz consideró que se requería una victoria decisiva para que los mercados financieros recuperaran la confianza en su gobierno. Para someter a las principales fuerzas revolucionarias, concentradas en Chihuahua, eligió una estrategia doble. Envió refuerzos de más de cinco mil soldados federales, bajo el mando de un antiguo colaborador en el que confiaba mucho, el general Juan Hernández, que había estado destacado en Chihuahua durante muchos años y tenía un amplio conocimiento del terreno y las condiciones locales.

Al mismo tiempo, Díaz decidió utilizar cuantos recursos pudieran movilizar los Terrazas para combatir a la revolución. Le llegaban rumores de que el clan volvía a emplear el viejo juego de duplicidades que le había dado tan buenos resultados en 1879 y 1892: apoyar subrepticiamente a los revolucionarios para obtener más concesiones del gobierno. Pensó que la forma de forzarles la mano a los Terrazas era nombrar a un miembro destacado de la familia como gobernador de Chihuahua. El 6 de diciembre, José María Sánchez, el gobernador nombrado por Creel, fue sustituido por Alberto Terrazas.

Nadie podía estar más cerca de Luis Terrazas y de Enrique Creel que Alberto Terrazas. Era hijo de Luis y se había casado con una nieta de éste, hija de Creel, de manera que su esposa era también su sobrina.

Este nombramiento fue un grave error por el que Díaz pagaría un alto precio. Aun sin ser gobernador del estado uno de los suyos, el clan Terrazas y Creel habría luchado con todos sus recursos contra los revolucionarios, ya que tenían todo que perder y nada que ganar con una victoria rebelde. Se daban cuenta de que la revolución se dirigía principalmente contra ellos. Al identificarse completamente con los Terrazas, Díaz echó más leña al fuego.

Sin embargo, a primera vista, las esperanzas y los cálculos del presidente de México parecían razonables. El número de revolucionarios que había en Chihuahua a principios de diciembre se calculaba en unos mil quinientos hombres. Escasa actividad revolucionaria se había producido en el resto del país. Parecía fácil aplastar a los rebeldes con la combinación de cinco mil soldados federales y los enormes recursos del imperio de los Terrazas. Podía esperarse que la mejor organización, el mejor armamento y entrenamiento, y la superioridad numérica del ejército federal le permitirían derrotar a los revolucionarios en las batallas regulares. Los Terrazas, por su parte, al movilizar a sus servidores, clientes, peones y partidarios, tanto de las haciendas como de las pequeñas ciudades, aislarían a los revolucionarios restantes, les cortarían cualquier tipo de abastecimiento y les impedirían sobrevivir como guerrilleros.

El fracaso de la opción militar de Porfirio Díaz

Tradicionalmente, cuando se producía un levantamiento local, Díaz empleaba una combinación de tropas federales y auxiliares locales. Los nativos conocían el terreno, tenían buen conocimiento de los rebeldes de la zona y sus escondites, podían contar con por lo menos algún grado de apoyo local y constituían una eficaz fuerza contraguerrillera. Pero al fracasar la estrategia de Terrazas, Díaz tuvo que confiar solamente en las tropas federales. Las pocas tácticas contraguerrilleras que Díaz ensayó desde territorio estadounidense no tuvieron éxito. Las tropas federales no conocían el terreno y a menudo eran impopulares en Chihuahua. Pero, sobre todo, eran demasiado escasas.

García Cuéllar, uno de los comandantes más importantes de Díaz en Chihuahua, había llegado a la conclusión de que "esta revolución es idéntica a la insurrección bóer e Inglaterra no la dominó hasta que mandó a diez soldados por cada bóer. Esto que parecía risible a algunos es la verdad y para allá vamos".

Sólo había entre cinco y diez mil soldados federales en Chihuahua. El ejército federal contaba en total con alrededor de 30 mil, pero Díaz no podía concentrar más tropas en Chihuahua en un momento en que amenazaban con estallar levantamientos en otras partes del país.

La primera solución que se le ocurrió a Díaz fue aumentar rápidamente el tamaño del ejército. Pero se dio cuenta de que era una tarea imposible. Ése era el tema de los informes que sus gobernadores le enviaban de todo México. En Campeche, el gobernador, aunque expresaba su pleno apoyo a Díaz, no veía cómo satisfacer sus instrucciones de reclutar cien hombres para la guarnición de su capital "dada la general aversión que el pueblo acusa por el servicio militar, principalmente en las actuales circunstancias, pues todo llamamiento para ese servicio se interpreta y comenta como si se tratara de enviar a los llamados a él para fuera del estado". En tono semejante, el gobernador de Zacatecas informaba de las dificultades que tenían sus funcionarios para hallar voluntarios. El gobernador de Durango fue todavía más explícito: "Hace días que estoy arreglando el establecimiento de unas guerrillas, que emprendan activa persecución contra las partidas de revoltosos que han invadido el estado; esto me está costando algunas dificultades, porque no hay mucha gente que de buena voluntad preste sus servicios en este sentido".

Algunos de los gobernadores de Díaz se hallaban en aprietos para explicar la falta de entusiasmo popular por defender al régimen, ya que no querían admitir que los habitantes de sus estados pudieran estar descontentos con éste, o con ellos, y por eso buscaban otra manera de justificar la falta de reclutas. "La causa de esto", escribía el gobernador del estado de Tamaulipas, tras describir sus dificultades para hallar voluntarios, estriba, señor, en la índole actual de nuestro pueblo, que sólo se afana en trabajar, vivir en familia y disfrutar de los beneficios de la paz. Cuando se consigna a alguno, viene luego la deserción de los demás que, al ausentarse, encuentran trabajo en otro pueblo o ranchería, que solicita brazos para las faenas del campo [...] Esto se palpa con más evidencia en la frontera, pasándose la gente al lado americano, lo que viene a originar así disminución de número de habitantes.

El gobernador de Querétaro halló una excusa particularmente original. La gente de su estado era demasiado "tímida" para pelear. El de Puebla atribuía el problema a que los hombres temían ser enviados fuera del estado, especialmente a Chihuahua o a Yucatán. Otros gobernadores eran más honrados y claros. "Con el mayor respeto y con pena", escribía el gobernador de Sonora, "amplío mi telegrama para repetir lo que ya he manifestado a usted, y es que de día a día crece el número del enemigo y decrece el de nuestras tropas, así como crece el sentimiento revolucionario en todo el estado".

Las dificultades para encontrar voluntarios se complicaban con las dificultades aún mayores para cubrir las bajas. El método que consistía en forzar a los disidentes, los enemigos personales de los funcionarios locales o miembros de los sectores más pobres de la sociedad a ingresar en el ejército era tan impopular que el gobierno, dándose cuenta de que era una de las causas principales del estallido de la revolución, se resistía a usarla. Pero no contaba con ningún otro método. Cuando aplicó en efecto este método, los resultados fueron a menudo catastróficos. En la ciudad de Tula, en el estado de Hidalgo, la policía rural, que los funcionarios trataron de movilizar, prefirió abrirse paso a balazos para salir de la ciudad antes que enfrentarse a los revolucionarios.

El gobernador de Campeche casi causó una sublevación en su estado cuando intentó alistar por la fuerza a 28 hombres. "Estas medidas causaron gran descontento y alarma entre la población de este estado. Muchos habitantes de los pueblos, hombres en edad de prestar el servicio militar, se ocultaron, mientras que otros emigraron a Yucatán, Quintana Roo o Tabasco para no ser sometidos a la conscripción. En algunos pueblos hubo signos evidentes de rebelión y temí que estallara un grave conflicto." El gobernador suspendió el reclutamiento.

En Yucatán, el gobernador informaba que los hombres alistados para servir en la guardia nacional se escondían. "La organización de tales guardias nacionales ha dado ocasión a que en algunas poblaciones se subleven los llamados a formarla y a que en otras obedezcan sin recurrir a vías de hecho a mano armada, pero sí retirándose a las afueras de la población en actitud amenazante."

Algunos gobernadores se plantearon entonces estrategias desesperadas. El de Yucatán consideró la posibilidad de reclutar indios de la Huasteca, que habían sido contratados para trabajar en los campos de sisal. Estaba convencido de que preferirían el servicio militar, que sólo duraría seis meses, con el retorno a casa garantizado, antes que seguir trabajando como jornaleros en las plantaciones. El general José María de la Vega, en León, Guanajuato, le sugirió a Díaz que se ofreciera a los posibles soldados un pago adelantado para atraerlos a las oficinas de reclutamiento y, una vez allí, "no dejarlos salir y destinarlos luego" al ejército. En conjunto estas estrategias tuvieron escaso efecto y, conforme avanzaba la revolución, fue imposible incrementar sustancialmente el número de tropas a disposición del gobierno.

En Chihuahua, el fracaso de la estrategia de Terrazas y la incapacidad de Díaz para engrosar las filas federales llevaron a sus comandantes, y particularmente al hombre que había designado para aplastar el levantamiento, el general Juan Hernández, a defender una política de compromiso y conciliación.

Cuando llegó a Chihuahua, Hernández se sentía optimista. Hablaba de enviar tropas a Ciudad Guerrero, que era el centro de la rebelión. Estaba convencido de que "si logramos exterminar a estos revoltosos (en Ciudad Guerrero), seguramente que vendrá la desmoralización de los demás" y la revuelta terminaría. Una semana más tarde estaba aún más esperanzado, porque había infligido a los revolucionarios una derrota menor. Pensaba que el fin de la revolución estaba cerca: "De los informes que he recogido se desprende que ha causado honda impresión entre los revoltosos la derrota que acaban de sufrir y que muchos se han convencido de que no pueden luchar con las fuerzas del gobierno, resolviéndose, por lo mismo, a abandonar su mala causa".

Conforme el movimiento revolucionario, a pesar de las derrotas temporales, cobraba más impulso, Hernández empezó a cambiar de opinión. Le impresionó mucho que, en la ciudad de Carretas, "trece revolucionarios saquearon la ciudad, que tiene dos mil habitantes, y nadie les opuso resistencia". Se daba cuenta "de que los revoltosos tienen muchos simpatizantes entre la gente de aquí que habla con gran fervor del triunfo de su causa". Pocos días después, Hernández era aún más explícito.

Creo mi deber informar a usted de un modo claro que las cuestiones que aquí se han suscitado y que tanta sangre están costando no reconocen otro origen que el descontento general que existe en los habitantes del estado desde que el gobierno está en poder de personas de la familia Terrazas, familia a quien aborrecen, y como se cree que estos gobernantes sólo pueden sostenerse con el apoyo de usted, a usted lo hacen responsable de esta situación.

Un informe anónimo, que Hernández retransmitió a Díaz, equivalía a una devastadora acusación contra los Terrazas y un sombrío pronóstico de las consecuencias que tendría la revolución para el régimen si no se realizaban cambios rápidamente. Las causas principales de la revolución, según el anónimo autor, eran "antiguos disgustos por la distribución de terrenos vecinales, frecuentes desapariciones de ganados no herrados, presión excesiva de prefectos o presidentes municipales de escasa ilustración y contribuciones multiplicadas que gravan en demasía los pequeños negocios, con más la contribución individual". Madero no hacía más que utilizar para sus propios fines el descontento de la población de Chihuahua, dirigida principalmente contra "el general don Luis Terrazas, siendo el hombre más rico en Chihuahua y teniendo ‘el control’ de todas las empresas grandes y aun de muchas pequeñas y aun mezquinas, como la de mingitorios públicos". Había un sentimiento generalizado de que los Terrazas "acabarían por absorber todo lo que Chihuahua representa de capital y de energía".

Fallidos intentos de encontrar una solución política

El general Hernández fue una excepción notable entre los militares porfirianos, porque defendía una solución política y social en vez de una salida puramente militar. Sus ideas también diferían de las de los políticos porfirianos que, en una etapa posterior de la revolución, llegaron a defender una solución política que consistiera solamente en negociar con los dirigentes de clase alta del movimiento maderista. Hernández estaba a favor de una negociación con las clases bajas de Chihuahua que se estaban sublevando, porque tenía la esperanza de evitar así que se unieran a Madero.

Esto no significa que Hernández se opusiera a la represión. El 19 de enero de 1911, describió las medidas que consideraba necesarias en una carta a Porfirio Díaz: "De nuevo tengo que decir a Ud.", escribió, que todo el estado simpatiza con la revuelta actual y que se necesita trabajar mucho para cambiar la situación; trabajar moral y materialmente. Se necesita el convencimiento para unos, la energía para otros y la inflexibilidad para los más rebeldes. Para muchos, no es eficaz la consignación que de ellos se ha estado haciendo al juzgado de Distrito; sería mucho más práctico y de resultados más positivos mandarlos a Yucatán, o más bien dicho, al Territorio Quintana Roo, en la misma forma que lo hicimos con los perniciosos de Oaxaca y Puebla. Si Ud. se dignara autorizarme, nos quitaríamos de aquí muchos sediciosos que desde su prisión están ayudando a los revolucionarios.

[...]