Introducción
Enrique Semo, Acerca de la periodización
Los monopolios en la economía mexicana
Iván García Solís, Democratizar la educación pública una necesidad nacional
Sergio De la Peña, Acumulación y capitalismo monopolista de Estado
Gerardo Unzueta, Contradicción permanente —o estable— del Estado Mexicano actual
Pedro Crevenna, Un pueblo sin salud
Gilberto Argüello A., La intelectualidad y el poder en México de 1917 a nuestros días
Este volumen reúne a seis ensayistas marxistas que, en una viva polémica con otras corrientes, ofrecen el resultado de sus investigaciones y conocimiento sobre diversos aspectos de la vida nacional.
El doctor Enrique Semo nos entrega dos ensayos: Acerca de la periodización y Los monopolios de la economía mexicana, en los que el desarrollo histórico de las formas de acumulación capitalista en nuestro país y sus características económico-sociales —y de poder político— son abordadas con tres objetivos, que son sistematizar ese desarrollo, mostrar su complejidad e introducir la periodización en su estudio.
Iván García Solís adopta una actitud polémica, no con una u otra tesis ni con uno u otro autor, sino con el conjunto de concepciones que rigen la educación y que el Estado mexicano sustenta. Y aunque no hace una referencia histórica amplia sino limita su examen a los últimos cuarenta años de desarrollo de la política educativa, es evidente que su crítica alcanza todos los momentos de esa política.
El investigador Sergio de la Peña elabora históricamente un tema de trascendencia indudable: la aparición de las formas iniciales del capitalismo monopolista de Estado en México. Así, traza la línea de su periodización que incluye cuatro grandes capítulos de la historia contemporánea del país.
Gerardo Unzueta escribe sobre Contradicción permanente —o estable— del Estado mexicano actual con el propósito de abordar sólo una cuestión que a juicio del autor se constituye en elemento metodológico para el estudio de la superestructura jurídica y política existente en México.
Dedicado a las tareas de sanidad, el doctor Pedro Crevenna, tiene en ello una larga experiencia que refleja en su ensayo Un pueblo sin salud. Los objetivos que se propone en él son: 1) informar de la situación sanitaria y 2) proponer alternativas generales de solución a algunos de los problemas planteados.
El licenciado Gilberto Argüello nos presenta en su ensayo La intelectualidad y el poder en México de 1917 a nuestros días, una descripción de la evolución de este sector de las capas medias en su relación con el Estado y su desarrollo. Abarca esta evolución dos grandes lapsos: de 1917 a 1940 y de 1940 a nuestros días.
INTRODUCCIÓN
La Universidad Veracruzana ha reunido en este volumen la presencia de seis ensayistas marxistas que en una viva polémica con otras corrientes nos entregan el resultado de sus investigaciones y conocimiento sobre otros tantos aspectos de la vida nacional.
Nuestra Universidad se ha propuesto en esta ocasión presentar a los estudiosos de la problemática mexicana el fruto de la aplicación de una metodología y una concepción que en nuestro país intenta dar respuesta a cuestiones relacionadas estrechamente con la actualidad y el futuro de la nación. Respuesta que se encontrará presente —ahora en mayor extensión y profundidad que en etapas anteriores— en la discusión nacional, toda vez que el desarrollo político y cultural mexicano ha requerido y abre la posibilidad de que esta corriente se exprese libremente y dé su aportación.
Nos propusimos —y creemos haber alcanzado un buen resultado, que el público justipreciará— recabar de especialistas, connotados cada uno en su campo de actividad, ensayos representativos del trabajo intelectual de la corriente marxista, Y por ello este volumen, lejos de constituir un manual o un texto de consulta, se establece como punto de referencia y discusión, tanto desde el punto de vista de la concepción como de la metodología.
No contiene —sería inútil buscarlo en el conjunto de los escritos que presentamos— un estudio sistemático del desarrollo global del país. Nunca lo pedimos a los ensayistas. Mas ello fue un deliberado punto de partida de quienes organizamos la publicación. Preferimos entregar a nuestros lectores, estudios sectoriales de la vida social y política de México, acentuando con ello el aspecto de la investigación y facilitando material objetivo, análisis concreto, a especialistas o estudiosos de corrientes distintas.
El doctor Enrique Semo nos entrega dos ensayos: Los Monopolios en la Economía Mexicana y Acerca de la Periodización, en los cuales el desarrollo histórico de las formas de acumulación capitalista en nuestro país y sus características económico-sociales —y de poder político— son abordados con tres evidentes objetivos; sistematizar ese desarrollo, mostrar su complejidad e introducir la periodización en su estudio, elemento absolutamente indispensable si se trata de llegar a conclusiones científicas. En los trabajos de Enrique Semo este elemento metodológico cobra una importancia muy grande: “Cada proceso o fenómeno tiene su propia historia y, por lo tanto, es sujeto de periodización... Por su naturaleza misma la periodización acentúa la discontinuidad a costa de la continuidad, la estructura en detrimento del proceso. Por eso su validez es relativa... Y sin embargo, pese a las limitaciones propias a todo corte histórico, éste representa una verdad más profunda que la visión lineal del progreso humano”, nos dice en su segundo ensayo.
De este modo el fenómeno de la monopolización de la economía mexicana cobra una presencia histórica, permite encontrar sus formas particulares de desarrollo y su salida evidente; la asociación con las transnacionales, el entrelazamiento con los grandes trusts que dominan el mundo capitalista, y la agudización de todas las contradicciones del sistema en el país.
El profesor Iván García Solis presenta un ensayo que desde su título, Democratizar la Educación Pública, una Necesidad Nacional, adopta una posición polémica, no con una u otra tesis, no con uno u otro autor, sino con el conjunto de concepciones que rigen la educación y que el Estado mexicano en su conjunto sustenta. Y aunque no hace una referencia histórica amplia sino limita su examen a los últimos 40 años de desarrollo de la política educativa, es evidente que su crítica alcanza a todos los momentos de esa política.
Mas la crítica —que abarca planes estatales, estructuras educativas y resultados tangibles—, no sólo es aguda. Formula también el elemento básico transformador de la labor educativa en toda su amplitud; su democratización. Abarca también los términos teóricos de ella; “No hay en la actualidad —afirma—, ningún aspecto de las estructuras educativas que no esté sujeto a la impugnación, que no requiera una revisión profunda”. Ello en la primera página del ensayo. “La gestión escolar debe modificarse de raíz. La escuela debe ser democratizada”, señala en sus conclusiones.
El investigador Sergio de la Peña se lanza a la elaboración histórica de un tema de trascendencia indudable; la aparición de las formas iniciales del capitalismo monopolista de Estado en México. Mas lo hace —y ello es tal vez el mayor mérito de su enfoque— “en correspondencia con las relaciones de poder de las clases sociales del capitalismo y del desarrollo de éste”. b. Así traza la línea magistral de su periodización que incluye cuatro grandes capítulos de la historia contemporánea del país; a) la consolidación del poder del Estado (1925-1935); b) la primera etapa de la industrialización (el Estado como vía de acumulación originaria industrial, de (1936 a 1950); c) el periodo “liberal" del Estado (1950-1965); d) los brotes iniciales del capitalismo monopolista de Estado (1965- 1975).
Sergio de la Peña asegura que en el último de estos periodos “el papel del Estado es mayor... y con una orientación marcadamente favorable al proceso de monopolización y concentración. Los límites a este proceso son los que imponen las clases explotadas...”
Gerardo Unzueta, periodista, dirigente político, aporta a nuestro volumen el ensayo Contradicción Permanente —o Estable— del Estado Mexicano Actual, y lo utiliza con el propósito confeso de abordar sólo una cuestión que a juicio del autor se constituye en elemento metodológico para el estudio de la superestructura jurídica y política existente en México. O sea esa contradicción permanente y su formación histórica. Al hacerlo Unzueta ensaya un método de periodización. No entra a examinar todos los periodos que propone (once en total) sino sólo aquellos en los que se forman los rasgos principales del Estado mexicano actual; "consolidación del Estado mexicano (1867-1880), crisis estatal (1908-1917), formación de una situación compleja (1930-1938), imperio del desarrollismo (1947-1967).
En el periodo 6 —afirma el autor— se crea la contradicción y ella se refleja en una Carta constitucional contradictoria. “Su contradicción consiste en que el objetivo económico-social contenido en ella —el del desarrollo más progresivo del capitalismo, por contraposición al modelo reaccionario del periodo anterior—, se encuentra estrangulado por el sistema político y la estructura estatal que lo enmarca. Esto es; el sistema político y la estructura estatal establecidos en la Constitución se convierten en el contrario del desarrollo progresivo del capitalismo”. Unzueta deriva de esa contradicción crisis políticas sucesivas, confrontaciones agudas, etcétera, que ha debido cursar la nación.
Dedicado a las tareas de la salud, el doctor Pedro Crevenna, ha cursado una larga experiencia que refleja en su ensayo Un Pueblo sin Salud. Los objetivos que se propone en él son; “1) informar de la situación de la salud en el país y explicar en términos generales el por qué de esa situación, y 2) proponer alternativas generales de solución a algunos de los problemas planteados".
Para emprender al análisis Pedro Crevenna se sitúa en las posiciones del marxismo “como la corriente de pensamiento que, a partir del inicio de la década cobra cada vez mayor fuerza en el campo de estudio de los problemas de la salud". Sus concepciones generales acerca de estas cuestiones las expone en el capítulo Medicina en la sociedad de clases, y en él expresa el punto nodal de su concepción critica; "En nuestra sociedad, basada en la explotación del trabajo y en la competencia, la enfermedad es percibida como un acontecimiento que interfiere la capacidad productiva del individuo y lo inhabilita", lo cual comprueba con las tesis emitidas por el Estado mexicano en esta materia.
Los capítulos siguientes —Servicios de salud, Problemas de la Salud en México— acopian una detallada información acerca del funcionamiento de las instituciones existentes, su dispersión; las formas en que la medicina privada interviene en el proceso; las causas de la mortalidad; los índices de mortalidad por enfermedades; las enfermedades infecciosas y parasitarias, etcétera.
El licenciado Gilberto Argüello A. nos presenta en su ensayo La Intelectualidad y el Poder en México de 1917 a Nuestros Días una descripción, con agudo sentido crítico, de la evolución de este sector de las capas medias en su relación con el Estado y su desarrollo, Abarca esta evolución dos grandes lapsos; de 1917 a 1940 y de 1940 a nuestros días. Los diferentes momentos de su relación con la dirección política son apreciados a través de las diversas manifestaciones de los grupos intelectuales surgidos en la vida nacional.
Particular importancia adquiere en este ensayo la formación de “las corrientes actuales de la intelectualidad”, que abarca lapsos críticos tales como los de 1958 y 1968. Gilberto Argüello aprecia cuatro corrientes que son las que a su juicio definen hoy la situación de los intelectuales; ellas son; 1. La filosófico-literaria; 2. La sociológico-económica; 3. La crítica, y 4, La derechista.
Especial papel cobra, por el papel que a juicio del autor tiene asignado, la tercera de las corrientes mencionadas; "Para esta corriente la realidad se desenvuelve merced a contradicciones y a cambios graduales que suponen y prefiguran saltos bruscos hacia tipos históricos de sociedad cualitativamente superiores. La corriente crítica asume conscientemente los nexos éticos y políticos entre producción intelectual y praxis histórico-social; concibe, por ello, su papel histórico ligado a la concientización y organización de los trabajadores”.
El intenso debate que hoy se desenvuelve a escala mundial y nacional entre marxistas, que lleva a esa corriente de pensamiento al replanteamiento de un conjunto de cuestiones teóricas, seguramente permitirá a nuestros lectores explicarse diferentes interpretaciones y enfoques nuevos en los cuales pueden advertirse diferencias entre los autores, no obstante estar todos ellos situados claramente en una sola corriente de pensamiento y de hallarse indudablemente comprometidos con ella, que dan a nuestro quehacer científico.
Esta diversidad, lejos de constituir un elemento de desconcierto, constituye una buena nueva; nos permite captar valiosos esfuerzos por profundizar en el estudio de la problemática nacional que realizan quienes comparten un solo anhelo histórico; el socialismo. Damos bienvenida a dicha diversidad, a esa discusión y al aporte.
G. U.
ENRIQUE SEMO
Acerca de la periodización
I
La historia se presenta como un constante nacimiento, desarrollo, desaparición o transformación cualitativa de fenómenos relacionados entre sí. La necesidad de dividir el tiempo en épocas que obedecen a leyes específicas, la localización de los momentos de cambio cualitativo y de las rupturas en la historia de un fenómeno y el esfuerzo por ubicar la relación temporal que existe entre los sucesos particulares y la totalidad se derivan de la realidad objetiva de la historia.
Cada proceso o fenómeno tiene su propia historia y, por lo tanto, es sujeto de periodización. Ésta, para ser verdadera, debe reflejar las leyes intrínsecas del desarrollo del fenómeno y su relación con el resto del proceso histórico. Al margen de ellos, se vuelve un engendro de la arbitrariedad. "¿Una historia religiosa del reino de Felipe Augusto? —observa irónicamente Marc Bloch— ¿Una historia económica del reino de Luis XV? ¿Por qué no: ‘Diario de lo que sucedió en mi laboratorio bajo la segunda presidencia de Grevy, por Luis Pasteur’? O inversamente, ¿‘Historia diplomática de Europa, desde Newton hasta Einstein’?” (Marc Bloch, Métier d’historien, p. 93.) O bien, en términos autóctonos, una Historia de las luchas obreras en el periodo de Ávila Camacho o una Historia de la poesía lírica bajo el Gobierno de Díaz Ordaz.
Toda periodización es una abstracción por medio de la cual separamos un momento determinado del flujo ininterrumpido de la historia para otorgarle un carácter de ruptura o viraje. Por su naturaleza misma, la periodización acentúa la discontinuidad a costa de la continuidad, la estructura en detrimento del proceso. Por eso, su validez es relativa. “La periodización de la historia ha planteado, siempre, graves problemas. Presupone la existencia de un criterio teórico que sólo puede derivarse del material histórico. Pero, como es sabido, lo lógico nunca corresponde a lo histórico. De ahí proviene la relatividad y las limitaciones de toda periodización” (I. S. Kon “Die Geschichtsphilosophie des 20 Jahrhunderts”, Vol. II, p. 231-32, Berlín 1964.) ¿Existe una fecha o un lapso breve con el cual puede identificarse el descubrimiento de América? ¿A partir de qué acontecimiento o momento histórico puede considerarse como dominante el modo de producción capitalista en México o Brasil? ¿En qué año termina la revolución iniciada en México en 1910?
Y, sin embargo, pese a las limitaciones propias a todo corte histórico, éste representa una verdad más profunda que la visión lineal del progreso humano. Como parte integrante de una concepción científica homogénea de la sociedad y de la historia, la periodización se vuelve un instrumento indispensable del conocimiento y representa una aproximación legítima de la teoría a la historia. “Fechar con fijeza es aún un deber de historiador. Pues la conciencia de las sucesiones en el tiempo y de las proporciones de las duraciones es lo contrario de un dato ingenuo.” (Pierre Vilar, Marxismo e historia, Ediciones Praxis, Argentina p. 41.)
Pese a las dificultades, nos vemos obligados a fechar el descubrimiento de América, el inicio del capitalismo en Brasil y en México, el final de la revolución mexicana de 1910, porque no se puede interpretar sin abordar esa tarea. Analicemos cómo se expresa esa necesidad en el último de los ejemplos aquí apuntados.
Si, como sostienen los marxistas, la revolución de 1910 termina en 1917 o en 1920, el periodo posterior adquiere el carácter de un proceso de consolidación del nuevo rumbo capitalista. Si, por el contrario, no ha terminado aún, como asegura la versión oficial de la historia contemporánea de México, debe renunciarse a toda diferencia entre los conceptos de revolución y evolución, reforma y contrarrevolución. Así, la solución de ese problema influye no sólo en la interpretación de la historia de la revolución, sino en la de toda la historia contemporánea. Dejar de fijar en el tiempo el término de la revolución, “porque todo corte tiene un valor relativo” equivale, en este caso, a renunciar a la comprensión racional del México actual.
El marxismo concibe la historia como un desarrollo progresivo, para usar la expresión de Mehring, “del dominio de la naturaleza sobre el hombre el dominio de los hombres sobre la naturaleza”. (Franz Mehring, Uber Denhistoriachen Materialismus, Berlin, 1947, p. 76.) Este proceso consiste no en la repetición de los mismos elementos o, a lo sumo, en diferentes combinaciones de los mismos elementos, sino en la aparición de manifestaciones cualitativamente nuevas, cuyos embriones y antecedentes se originan en etapas anteriores del desarrollo.
La sociedad es un sistema de relaciones sociales condicionado o determinado por el modo de producción de la vida material. El objeto de la historia y de su periodización no es el devenir de la sociedad “en general”, sino la sucesión ascendente de niveles diferentes de este sistema, o de formaciones económicas de la sociedad, cada una de las cuales se origina en el seno de la anterior. Esta categoría refleja una totalidad sociohistórica concreta: una relación específica y un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que condicionan el conjunto de relaciones sociales, manifestaciones ideológicas e instituciones jurídicas y políticas.
El reflejo en la mente del hombre con respecto a la relación que existe entre la continuidad de la historia como progreso y su discontinuidad como sucesión de sistemas, encuentra expresión en un brillante párrafo de Mariátegui: “El progreso —o el proceso humano— se cumple por etapas. Por consiguiente, la humanidad tiene perennemente la necesidad de sentirse próxima a una meta. La meta de hoy no será seguramente la meta de mañana; pero, para la teoría humana en marcha, es la meta final... El mesiánico milenio no vendrá nunca. El hombre llega para partir de nuevo. No puede, sin embargo, prescindir de la creencia de que la nueva jornada es la jornada definitiva. Ninguna revolución prevé la revolución que vendrá después, aunque en la entraña porte su germen.” (José Carlos Mariátegui. El alma matinal, Lima, Perú, 1964 p. 24.)
El concepto de formación económica de la sociedad juega un papel fundamental en el paso de una historia descriptiva y parcial a la historia como proceso unitario porque expresa la relación dialéctica que existe entre los fenómenos particulares o, mejor dicho, permite concebir éstos como momentos dialécticos de una totalidad en transformación constante. Por eso la delimitación temporal de las formaciones económicas de la sociedad y sus principales momentos constituye un aspecto básico de todo sistema de periodización histórica.
Sin embargo, ésta es una tarea llena de dificultades. La interacción dialéctica entre los componentes de la formación económica de la sociedad nos anula la diferencia que existe entre ellos. “El resultado al cual hemos llegado —escribe Marx— no es que la producción, la distribución, el cambio y el consumo, son idénticos, sino que constituyen partes de un todo, diferencias dentro de una unidad”. (Werke, Tomo 13, Berlín, 1964, p. 630.) La imagen se complica más aún, cuando agregamos los elementos de la superestructura. Las diferencias en la esencia de los fenómenos se reflejan en diferencias en su ritmo de evolución, en su tiempo histórico. Si bien todos los fenómenos están relacionados e influyen unos sobre otros, su tiempo histórico no coincide sino raramente. Un cambio en las fuerzas productivas tarda en expresarse en las relaciones de producción; una alteración en éstas no se refleja inmediatamente en la distribución o la circulación. La superestructura se mueve a un ritmo relativamente autónomo con respecto a la producción.
Sin embargo, existe un punto intermedio en el cual confluyen la interacción dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción, entre base y superestructura, para expresarse como lógica interna de la acción de los hombres. Ese punto es la lucha de clases; la actividad por medio de la cual los hombres hacen su propia historia. Es aquí donde el desarrollo de las relaciones materiales de la sociedad y las relaciones ideológicas determinadas por ellas, se expresan a través de la vida práctica de los hombres. Este es un aspecto crucial para la periodización macrohistórica: Las leyes internas de la constitución y desarrollo de los modos de producción y de la superestructura se manifiestan en forma condensada en la lucha de clases. Por eso, la periodización de la formación económica de la sociedad, concebida como totalidad social, debe descansar principalmente en las rupturas y grandes virajes de las luchas de clases.
En la historia no existen cortes verticales y rígidos. O, las palabras de Marx, “en la historia de la sociedad ocurre como en la historia de la tierra, donde las épocas no se hallan separadas las unas de las otras por fronteras abstractas y rigurosas”. (El capital, Tomo I, Edit. FCE, p. 303.) La diferencia entre cronología y periodización consiste precisamente en que, mientras la primera fija los límites temporales de los sucesos, la segunda debe reflejar los cambios en el proceso interno del desarrollo histórico. Esto significa que siempre hay una diferencia entre las fechas o lapsos escogidos para marcar el principio, el fin y los momentos culminantes del movimiento dialéctico de una formación económica de la sociedad y la trayectoria de cada uno de sus elementos.
“Evitemos por lo tanto, escribe Marx Bloch, hacer sacrificios al ídolo de la falsa exactitud. El corte más exacto no es necesariamente aquel que usa la unidad de tiempo más pequeña —en cuyo caso sería necesario preferir no solamente el año a la década, sino también el segundo al día— como la mejor adaptada a la naturaleza de las cosas. Cada fenómeno tiene su magnitud de medida particular y, por así decir, su decimal específico. Las transformaciones de la estructura social, de la economía de las creencias, del comportamiento mental, no pueden, sin deformación, plegarse a un cronometraje demasiado preciso. Cuando escribo que una modificación extraordinariamente profunda de la economía occidental, marcada a la vez por las primeras importaciones masivas de trigo exótico y por el primer gran auge de la industria alemana y norteamericana, se produjo entre 1875 y 1885 aproximadamente, utilizo la única aproximación que permite este tipo de hechos. Una fecha aparentemente más precisa traicionaría la verdad.” (Marc Bloch, Métierd’historien, p. 94.)
No se puede utilizar el mismo criterio para periodizar todas las formaciones sociales. Existen leyes generales de la historia, pero cada formación social tiene también sus leyes específicas y la periodización debe reflejarlas. La aplicación de un sistema único lleva inevitablemente a un mecanismo ahistórico. Si dividimos la historia universal del capitalismo en un estadio embrionario o manufacturero, uno clásico o industrial y el estadio imperialista, es claro que ésta periodización no es aplicable al feudalismo, cuyas etapas deberán establecerse con un criterio diferente; tampoco es idónea para cada país capitalista, que no tiene por qué reproducir exactamente la historia universal.
La periodización de la formación social constituye el marco de referencia para la comprensión de los procesos particulares. Pero, a su vez, ésta no puede desvincularse de la periodización de los fenómenos singulares. Los puntos nodales, los virajes, las rupturas en la historia del sistema, sólo se manifiestan a través de sucesos de ese tipo. La fijación de las etapas del desarrollo del modo de producción capitalista en México nos permite entender el carácter específico de la revolución de 1910 y su diferencia con la revolución de Reforma, pero, a su vez, la interpretación y periodización de esas revoluciones son elementos fundamentales para la periodización de la historia del capitalismo en México.
La periodización va de lo general a lo particular y de lo particular a lo general. Sin perder su especificidad, marco y microhistoria conforman dos aspectos de un mismo proceso de conocimiento, se explican y completan mutuamente en la medida en que se estudian como unidades concretas de determinación múltiple. La periodización de la historia de Latinoamérica no puede hacerse sin tener en cuenta el fechamiento de la historia de los diferentes países. Pero éstos, a su vez, sólo adquieren su concreción si toman en cuenta los momentos nodales de la historia del subcontinente.
En el método marxista, la periodización de la historia de una formación social no presupone el conocimiento detallado de cada uno de sus momentos históricos por lo que éstos pueden estudiarse antes de que se hayan resuelto todos los enigmas de las leyes del proceso general. “Como arquitecto original —escribe Marx— la ciencia no sólo dibuja castillos en España; también construye algunos pisos habitables, antes de haber puesto la primera piedra”
El conocimiento histórico avanza en la confrontación permanente de la estructura general, el proceso particular y el suceso individual.
Los pueblos y las naciones se desarrollan en forma desigual. El paso de una formación socioeconómica a otra no se produce en todas partes al mismo tiempo. Por eso, encontramos que en cada periodo de la historia predomina no sólo un orden social, sino varias formaciones que coexisten unas junto a otras (o, incluso a veces, una dentro de otra). El ritmo diferente de desarrollo de los pueblos impide la elaboración de un esquema único de periodización aplicable a todos los casos. La periodización de la historia universal se realiza considerando que las sociedades más avanzadas constituyen el factor rector y muestran las tendencias principales de desarrollo para el resto de la humanidad. Por eso la periodización de las historias regionales o nacionales puede exhibir diferencias muy grandes con respecto a la de la historia universal.
Pero la relación entre historia universal e historia nacional o regional no es la misma para todas las épocas. En etapas precapitalistas, e incluso en el periodo inicial del capitalismo, no existe una economía mundial y los medios de comunicación son lentos y deficientes. Culturas poderosas se desarrollan, muchas veces, sin contacto alguno entre ellas (pongamos por caso Europa y China en el siglo XIII). En esas condiciones sólo puede hablarse de historia universal en el sentido antes apuntado, es decir, identificando el concepto de historia universal con la historia de los pueblos más desarrollados en cada época, los que marcan el rumbo para toda la humanidad.
Sin embargo, a partir de la Revolución francesa y, sobre todo, del último tercio del siglo XIX, la situación cambia esencialmente. El desarrollo y expansión del capitalismo acorta las distancias, entreteje los hilos de una economía mundial. Se inicia la historia universal en el pleno sentido de la palabra. Los sucesos importantes que se producen en una parte del sistema afectan rápidamente el destino de los demás. Los hechos históricos importantes adquieren inmediatamente significación universal. El desarrollo desigual se ha acentuado, pero todos los pueblos participan a “su manera” en la historia universal. Así, la primera guerra mundial afecta a todos los países aun cuando su impacto depende de la estructura interna y la situación particular de cada uno de ellos. El triunfo de Viet-nam en su lucha de liberación influye profundamente en la relación mundial de fuerzas. En esas condiciones, aunque la periodización de las historias nacionales sigue reflejando los diferentes niveles de desarrollo, está profundamente ligada a los procesos de envergadura mundial. Existen leyes generales de la historia universal, pero la expresión de éstas, en cada nación, es diferente. La periodización debe expresar esta relación en toda su riqueza dialéctica.
La formación socioeconómica es la categoría más general de la periodización y, sin embargo, no es suficiente. Engelberg considera que el concepto época puede utilizarse —siguiendo a Lenin— con los siguientes criterios: “a) como sinónimo de la formación socioeconómica que predomina en los centros de desarrollo mundial, b) para designar el tiempo de transición entre una formación socioeconómica y otra, c) para designar estudios de desarrollo importantes dentro de una formación socioeconómica o un periodo de transición. De eso se desprende que el concepto de época debe utilizarse en relación dialéctica con el concepto básico de la formación económicosocial y sus consecuencias”.
En el primer sentido, nos referimos a la época del capitalismo, incluyendo un periodo en el cual este modo de producción predominaba sólo en una parte insignificante del mundo (Inglaterra y dos o tres países europeos) y aún no había extendido sus dominios al resto del mundo.
En el segundo, consideramos como época de transición del capitalismo al socialismo un lapso relativamente largo durante el cual las dos formaciones socioeconómicas coexisten y luchan a un nivel mundial y dentro de cada sociedad. Es decir, un lapso que forma parte de la historia de ambas formaciones socioeconómicas.
La tercera acepción del concepto época es utilizada para designar etapas importantes de la historia de una formación socioeconómica durante la cual las leyes básicas del sistema siguen vigentes, pero en forma modificada. Además, aparecen leyes nuevas, exclusivas de la época. Tales son los conceptos del capitalismo industrial o de libre competencia y el de imperialismo. Al ser el sentido de la categoría época más reducido en su vigencia que el de formación socioeconómica en sus últimos dos sentidos, permite captar las relaciones históricas con mayor detalle y hacer énfasis en aspectos que se abstraen de la concepción más general.
La época no es simplemente un concepto jerárquicamente subordinado al de formación socioeconómica. Es una categoría del mismo nivel, un complemento fundamental en la periodización histórica.
El siguiente concepto es el periodo. Los periodos se caracterizan por el hecho de que en ellos se resuelven problemas históricos determinados que son de importancia fundamental para el desarrollo de una época histórica. Así, por ejemplo, en la historia de México podemos hablar del periodo de consolidación del Estado nacional (1821-1867); del periodo de industrialización capitalista (1940-1960); del periodo de la conquista, etcétera.
La etapa o fase puede utilizarse para designar ascensos y descensos del período o la época, los tiempos de desarrollo rápido o lento. Desde el punto de vista de la praxis social, el concepto de etapa o fase tiene una importancia muy grande. En cada una de ellas el hombre se enfrenta a problemas específicos cuya solución constituye una tarea práctica realizable.
La periodización de la historia general (universal o nacional) no es necesariamente válida para todas las estructuras que conforman la sociedad. Existe cierta autonomía en la trayectoria de esas estructuras. Es decir que, refiriéndose a una misma época histórica, existen periodizaciones diferentes para la historia económica, historia cultural, historia del arte, historia militar, etcétera. Sin embargo, esas periodizaciones particulares no deben elaborarse sin tener en cuenta la periodización del proceso histórico general. Ninguna autonomía particular llega hasta el punto de perder toda relación con las tendencias más generales de la historia; los casos excepcionales sólo confirman la regla. Por otro lado, no se puede desconocer la relativa independencia de los sectores sin caer en el esquematismo.
II
En los últimos quince años se han manifestado en la historiografía latinoamericana tendencias marcadas a un determinismo mecanicista. Algunos científicos esquematizan la relación entre países imperialistas y países dependientes, entre la historia universal y la historia nacional de los países latinoamericanos. Para ellos, todos los cambios significativos en la sociedad latinoamericana se originan en la estructura de dependencia que la liga a las metrópolis imperialistas. Según esta versión, los procesos de cambio en el capitalismo central determinan las transformaciones en las sociedades periféricas, y la periodización de la historia de los países latinoamericanos debe hacerse en función de la relación de dependencia o, bien de acuerdo con la división de la historia general del capitalismo.
Aquí llegamos a una cuestión crucial: La complejidad del método dialéctico de Marx. En una concepción mecanicista existe una barrera insalvable entre determinante y determinado, Pero esto no es así en el método dialéctico. En términos de este último, el capital monopolista de los países imperialistas influye en forma determinante en el proceso de acumulación en los países dependientes. Pero se trata de un determinante determinado. El papel determinante del imperialismo sobre los países latinoamericanos sólo cobra sentido si somos capaces de concebirlo como un conjunto de interacciones complejas en los campos más variados de la vida social. Los cambios económicos y sociales en los países de América Latina no sólo son determinados por las leyes de desarrollo del capitalismo como sistema mundial, sino que ejercen una influencia activa sobre éste a través de una complicada y relativamente autónoma estructura propia. Las relaciones de dependencia no son una simple función de desarrollo del capitalismo central, o, como dirían otros, del sistema capitalista internacional. Las transformaciones sociales en los países dependientes influyen a su vez, a) en la estructura de la dependencia y b) en el sistema mundial capitalista. Las relaciones de dependencia son inherentes al capitalismo, pero, en términos marxistas, sólo pueden ser concebidos como una forma de interdependencia.
Así, por ejemplo, el desarrollo del mercado interno y de una incipiente industria de transformación en algunos países dependientes en la década de los cuarenta, obligaron al imperialismo a modificar la estructura de sus inversiones en esos países y a transferirlas del sector primario hacia la industria y el comercio. Nadie pone en duda que la Alianza para el Progreso fue una reacción a la Revolución cubana y que el surgimiento de la OPEP ha significado un cambio en la distribución de las ganancias que se originan en la industria petrolera y una búsqueda desesperada de formas más sofisticadas de explotación de los países productores de petróleo. Hoy éstos usan su recién adquirido dominio sobre las materias primas estratégicas y su fuerza financiera para modificar las relaciones de dependencia. La dialéctica entre factores internos autónomos y lazos de dependencia acentúa la desigualdad entre los países en desarrollo y explica casos como los de España, Irán, Brasil y México, que han logrado modificar su ubicación en la división internacional del trabajo del mundo capitalista. La relación entre países imperialistas (determinante) y países dependientes (determinado) es una interacción dialéctica eminentemente histórica y lo difícil, precisamente, es captar el contenido y las categorías históricamente cambiantes de esa relación.
El efecto principal de una concepción mecanicista de la dependencia es la de ubicar el motor de la historia de América Latina fuera de sus sociedades y condenar a esos países a un papel pasivo mientras no queden abolidas las relaciones de dependencia. La diferencia entre la conclusión conservadora y la de izquierda derivadas de esa posición es que la primera considera que esto puede lograrse a través de la acción conjunta de las burguesías del “tercer mundo”, mientras que la segunda lo hace depender de una revolución socialista. Las dos niegan la importancia de las formas de la lucha de clases que no desemboque directamente ya sea en uno o, bien, en otro de esos dos desenlaces.
Ese determinismo lineal ha producido sus intentos de periodización. Así, es corriente oír hablar del periodo mercantilista colonial (1500-1750); o del periodo de crecimiento hacia fuera (1850- 1913) o de la época de la sustitución de importaciones (1913- 1968). (Véase como ejemplo la obra de Oswaldo Sunkel, El subdesarrollo Latinoamericano y la teoría del desarrollo, México 1970). En esas periodizaciones el meollo del proceso no es la trayectoria interna de las formaciones económicas de la sociedad latinoamericana, sino sus relaciones con el centro capitalista; sus rupturas no se encuentran en las luchas de clases internas (las revoluciones de independencia, los movimientos de reforma contra una iglesia corporativa, las revoluciones de México, Bolivia, Cuba, los movimientos populistas, etcétera) sino en los cambios en la economía y la sociedad del centro capitalista.
También entre los teóricos de los modos de producción —cuyo mérito es el de haber repatriado la historia de América Latina a su propio suelo— se cuela a veces el determinismo estructuralista que se expresa en la exageración de la importancia del factor económico. En algunos de estos estudios el desarrollo de las sociedades latinoamericanas aparece no como un proceso de interacciones complejas en el cual el modo de producción de la vida material juega en última instancia un papel determinante, sino como una serie de acciones en cadena en las cuales el modo de producción se encuentra siempre en el punto de partida que establece una dictadura férrea sobre todos los fenómenos que de él se desprenden. Una vez más, se trata de un error metodológico.
“En una concepción mecánica existe una línea de demarcación bien definida entre el ‘determinado’ y sus ‘determinantes’. No así en el marco de la metodología dialéctica. En términos de esta última, aun cuando los fundamentos económicos de la sociedad capitalista constituyen ‘determinantes de última instancia’ son, al mismo tiempo, ‘determinantes determinados’. En otras palabras, las afirmaciones de Marx sobre el significado ontológico de la economía sólo son significativas si logramos captar la idea de ‘interacciones complejas, en los más diversos campos de la actividad humana. De acuerdo con esto, las diversas manifestaciones institucionales y culturales de la vida humana no están simplemente ‘construidas’ sobre una base económica, sino que estructuran activamente a esa última a través de su propia estructura inmensamente intrincada y relativamente autónoma... De acuerdo con la opinión de Marx los dioses ‘oferta y demanda’, ‘producción y consumo’ son categorías económicas por excelencia. Pero sólo en la superficie. Un examen más detenido demuestra que ninguno de ellos tiene sentido alguno sin la categoría histórica de necesidades humanas, que no puede ser explicada en términos de determinaciones económicas unilaterales.” (Istban Meszáros, “Contingent and necessary class consciousness”, en Aspectsofhistory and classconsciousness, London, 1971, p. 87.)
La periodización de la historia de las formaciones económicas de la sociedad no puede considerar como elemento central la estructura del modo de producción sin sustituir la totalidad histórica por una de sus partes, mecánicamente sobrepuesta a las demás. El modo de producción es una construcción teórica que condiciona el desarrollo social, pero no es el portador del cambio social. “El concepto de modo de producción —escribe Bartra— es la matriz teórica que permite comprender la lucha de clases” (R. Bartra, "Sobre la articulación de modos de producción en América Latina” Historia y Sociedad, Nueva Época, No. 5, p. 5). Pero el motor de la historia es la lucha de clases y, mientras existan clases antagónicas, será a través de su enfrentamiento como se transformarán las relaciones sociales. El motor de la historia de América Latina no es la dependencia ni los modos de producción. Los hombres de este continente, como los demás, hacen su propia historia, integrados en clases sociales cuya estructura es determinada por los modos de producción y condicionada por la dependencia. Los puntos nodales, las rupturas en la historia de las sociedades latinoamericanas, se identifican con momentos decisivos de la praxis social. Para que ésta refleje la unidad histórica, la lucha de clases debe ser visualizada en toda la riqueza de sus expresiones políticas, económicas e ideológicas; en toda la variedad de sus formas populares, nacionales y estatales; en sus dimensiones nacionales, continentales e internacionales. La historiografía de América Latina no alcanzará su plena dimensión científica sino cuando la lucha de clases sea un punto de partida. Esto no es un programa temático ni significa, tampoco, desconocer la importancia de estudios particulares alejados de ese tema. Representa el señalamiento de una dirección que no empobrece sino, al contrario, articula una ciencia cuya diversificación temática debe ser tan amplia como la misma realidad.
De acuerdo con el desarrollo de sus formaciones sociales, la historia de América Latina pasa por tres grandes épocas: El feudalismo colonial, la transición al capitalismo y el capitalismo. Estas deben dividirse en periodos, fases, etcétera, que marcan el proceso histórico de cada formación. Los cortes principales deben buscarse, preferentemente, en los momentos cruciales de las luchas sociales, ya sea en sus formas populares y nacionales, o, bien, directamente en la de luchas de clases. La periodización debe, además, tomar debida cuenta tanto de la unidad del tiempo latinoamericano como de las diversidades impuestas por las diferencias locales y nacionales.
III
Entre algunos historiadores mexicanos priva la idea de que la periodización responde exclusivamente a la imaginación creativa del historiador y que sólo refleja necesidades ideológicas o didácticas. Quién más ha insistido en ello es Daniel Cosío Villegas. En su “Llamada General” a la Historia Moderna, sostiene que “es bien sabido que la división periódica de la historia es convencional y arbitraria y que no la corta ni el instrumento más afilado, pues la realidad es fluida, continua, como la clara corriente del agua. Lo verdaderamente cierto es, sin embargo, que nadie prescinde de dividirla de algún modo y que principia uno a discurrir históricamente en cuanto propone una partición y ensaya fundarla” Historia Moderna de México, La República restaurada, La vida política, México-Buenos Aires, 1955, p. 11.) Con Cosío Villegas la historia mexicana se enriquece con una escuela de rigor y perseverancia en la búsqueda, selección y crítica de la información, de trabajo colectivo y profesionalidad que renuevan algunas de sus mejores tradiciones. Pero su concepción de la periodización reafirma su idealismo y su rechazo total a una versión dialéctica de la historia.
En efecto, si se concibe ésta —tal cual lo hace Cosío Villegas― como un proceso lineal, si se considera que lo único verdadero son los hechos y que la relación entre éstos es fruto de la interpretación del historiador, si se piensa que las diferentes esferas que constituyen la historia de la humanidad (la economía, la política, la estructura social) tiene cada una de ellas su propia historia casi autónoma, entonces la periodización no puede sino ser un artificio del historiador.
Sin embargo, al reconocer que tratándose de historia “nadie puede prescindir de dividirla de algún modo”, el coordinador del taller de la Historia Moderna de México reconoce, con su intuición de historiador, que existe “algo” en el carácter mismo de la historia que impone “la necesidad de dividirla en épocas o etapas”. Este “algo” no es otra cosa que la totalidad dialéctica del proceso social.
Detrás de cada periodización se oculta, en efecto, una concepción teórica más o menos elaborada, y la de Cosío Villegas descubre los pilares sobre los cuales descansa toda su vasta construcción histórica. Para él, los actos de los gobernantes políticos son el motor y la causa última del devenir histórico.
Más adelante, la idea de que los gobernantes determinan la historia se hace más explícita aún: “Si algún interés verdadero tiene fijar los límites inicial y terminal de una época histórica —escribe Cosío Villegas—, es obligar a observar sus hechos y hombres desde su nacimiento hasta su desaparición.” (Ibid p. 14.) Pero, ¿de qué hombres se trata? No de la nación en general o de una clase particular, puesto que un grupo social es un flujo en el cual coinciden siempre varias generaciones. Cosío Villegas hace la aclaración: “En (la República restaurada) se mueven las grandes figuras del liberalismo que sobreviven a las guerras de Reforma e Intervención. El grupo de Paso del Norte, desde luego: Juárez, Lerdo, Iglesias, Mejía, Blas Barcárcel y cientos de figuras iguales o apenas inferiores.” (Ibid, p. 16, 17) “La República restaurada es una época de transición durante la cual va sucumbiendo, de prisa, trágica, desgarradoramente, el viejo grupo reformista, y de un modo paralelo y simultáneo, surge el nuevo equipo humano que detentaría el poder en el Porfiriato” (Ibid, p. 18). Se trata, por lo tanto, no de la nación o una clase, sino de un grupo de gobernantes. ¡Los límites de un periodo de la historia de México quedan fijados por el hecho de que algunos cientos de políticos que encabezaron las luchas de Reforma dejan de existir! Pero el criterio para dividir las épocas que siguen no es diferente ni mejor: “La época que va de 1877 a 1911 se llama El Porfiriato porque la figura de Porfirio Díaz la domina” (Historia mínima, p. 124) y lo (contemporáneo) es lo que nos toca vivir a nosotros, por muy jóvenes que sean algunos de mis lectores, habrán alcanzado a ver con sus propios ojos a unos caballeros encaramados en el gobierno y habrán escuchado con sus propios oídos que ellos se llaman a sí mismos ‘revolucionarios’ y aún que otros les dicen de igual modo. Nuestra historia contemporánea es esa época a la cual suele llamarse la Revolución mexicana” (Historia moderna). La República restaurada, La vida política, (p. 11). Esto contradice la opinión que el mismo Cosío Villegas sostuvo en otras ocasiones sobre el destino de la Revolución mexicana. En 1947, afirmaba que “las metas de la Revolución mexicana se han agotado, al grado de que el término mismo de la revolución carece ya de sentido” (“La crisis de México”) Cua- demos Americanos, año VI, 6 de marzo de 1947) y en 1961, en forma más incisiva aún, escribía: “Creo sinceramente que el pueblo mexicano sabe hace mucho tiempo que la Revolución mexicana ha muerto.(Daniel Cosío Villegas, Change in Latín America: The Mexican and the Cuban Revolutions. University of Nebraska, Lincoln, 1961, p. 23.)
El malestar que produce en Cosío Villegas la contradicción flagrante entre el diagnóstico del proceso social y lo que los gobernantes piensan de sí mismos se expresa en la introducción a la historia moderna por medio de ese “suele llamarse” Pero en 1973 el titubeo ha desaparecido y la historia contemporánea de México hasta 1972 recibe sin ambages el título honorífico de Revolución mexicana. (Historia mínima, p. 157.)
Esta es, quizá, la concepción más antigua de la historia. “En el Egipto faraónico, o en la China de las dinastías imperiales, era la sucesión de dinastías la que dividía la historia, marcaba el tiempo, fechaba los años...” (Chesneaux, Dupasséfaisionstable rase?, p. 23). Desde hace cinco siglos la historia mexicana se ha presentado primero como hechura de reyes y virreyes, de presidentes, generales y caudillos, después. Sus hechos y deshechos sus cualidades y defectos, sus decisiones y caprichos, sus aciertos y errores, determinan y dominan la historia toda.
A ese tipo de obras se refería Mariátegui cuando escribía que “en cada episodio, en cada acto, las miradas buscan al protagonista. No se esfuerzan por percibir los intereses o las pasiones que el personaje representa. Mediocres caciques, ramplones gerentes de la política criolla son tomados como forjadores y animadores de una realidad de la cual han sido modestos y opacos instrumentos” (José Carlos Mariátegui, Peruanicemos al Perú, p. 58).
La historia de Cosío Villegas es una versión moderna de ese género. Reconoce que la visión política de la historia es siempre parcial y suele ser deforme “...Y que la completa y corrige el relato de la vida económica y social” (op. cit., p. 20). Gracias a ese “complemento y corrección”, la historia moderna que dirigió incluye tomos importantísimos sobre “la vida social” y la “vida económica” Pero también aquí se vuelve a manifestar su manía de los caudillos y dirigentes. “Pues bien, —pregunta— qué hacía el pueblo mexicano, toda la nación, durante los cuatro años que no había elecciones presidenciales en la República restaurada? ¿Y qué hizo durante los veinte años continuos del Porfiriato en que no se habló de hacerlas? Cien, doscientas, quinientas o cinco mil personas hicieron de la política una profesión, que ejercían, si se apetece, las veinticuatro horas del día; pero ¿y los otros nueve o catorce millones de mexicanos? Estos hacían su propia vida, ajena y distante de la política, y, al parecer, una vida tan tranquila, tan uniforme, que parecería la de hoy idéntica a la de ayer e igual a la del siguiente día”.
“Una vez, sin embargo, surge un empresario resuelto a construir un ferrocarril.” Después Cosío Villegas describe ampliamente cómo esa iniciativa altera la vida de los arrieros que transportan los rieles, los agricultores que cortan madera para los durmientes y los propietarios de las tierras aledañas a la vía férrea por concluir: “Cambia así la condición económica y social del dueño (de las tierras) y del trabajador, de quien vende la semilla, de quien compra la cosecha, de quien la transporta y quien la consume ...” “Así, aquella vida, que parecía idéntica, cambia, y a veces prodigiosamente: mueren pueblos y brotan ciudades; se abandona la mina, se ensaya la industria y la agricultura no es la misma de antes” (op. cit., p. 21, 22).
Es evidente que el autor reproduce, a nivel de la economía y la sociedad, la misma estructura que priva en la política. También aquí el cambio es prohijado por algunos gobernantes (esta vez, económicos: los empresarios) mientras que “nueve o catorce millones de mexicanos” siguen sumidos en la abulia cotidiana, de la cual sólo puede sacarlos el acto de voluntad empresarial.
Sea como fuere, la “complementaria” vida social y económica corrigió poco la periodización de Cosío Villegas: República restaurada es la época en la cual desaparece la generación de los grandes dirigentes liberales. Los años de 1876-1910 se llaman el “Porfiriato”, porque están “dominados” por Porfirio Díaz, y la Revolución mexicana (o época contemporánea), se caracteriza porque unos “caballeros” que se llaman a sí mismos revolucionarios, se encuentran “encaramados en el gobierno”. Respecto a Porfirio Díaz, cuánto más certero es el juicio de Mariátegui: “Porfirio Díaz, fue en el poder un instrumento, un apoderado y un prisionero de la plutocracia mexicana” (Temas de nuestra América, p. 39), que no su elevación al rango de hacedor solitario y ocurrente de los grandes cambios que conoció México en ese periodo. En realidad, en toda la periodización de Cosío Villegas, la evolución de la sociedad está subordinada al surgimiento, dominio y desaparición de los grupos gobernantes, de las dinastías políticas. La derrota de la iglesia como corporación económicorreligiosa y de la intervención francesa, no determinan el contenido del periodo 1867-1876; la avalancha de inversiones extranjeras y el desarrollo del capitalismo nacional con sus correspondientes clases no constituyen la esencia del periodo 1876-1910 y la Revolución mexicana vivirá mientras los grupos gobernantes sigan considerándose revolucionarios.
Como puede verse, la concepción histórica es totalmente consecuente con la visión política de la trilogía sobre el Estilo de gobernar en México, en la cual los mecanismos del poder aparecen autosuficientes, ajenos a toda contaminación producida por la lucha de clases, crisis económicas o cambios en las estructuras sociales, y en los cuales los cortes históricos más significativos son los periodos sexenales de los diferentes presidentes.
Este enfoque es muy popular, en primer lugar, naturalmente, en los medios gubernamentales; pero también en el seno de ciertos círculos de la pequeña burguesía que participa del bloque en el poder y, por lo tanto, comparte la ilusión de que el destino de México se hace y deshace en Los Pinos y en las secretarías de gobierno y que el pueblo no es sino la materia bruta en la cual el gobernante, sabio o no, modela la historia de la nación.
Una concepción que explica la historia por la iniciativa de gobernantes, caudillos y empresarios y que no intenta siquiera resolver el problema de la relación entre la actuación de las personalidades y las tendencias objetivos de la historia, socava cualquier posibilidad de periodización general y unitaria. La historia, entonces, se llena de casualidades misteriosas y traiciones cuyo origen se pierde en los designios insondables de los héroes o las élites y se vacía de tendencias definibles y leyes comprensibles al resto de los mortales.
ENRIQUE SEMO
Los monopolios en la economía mexicana
REFLEXIONES INICIALES
1. La historia del capitalismo en México, como en otras partes del mundo, es la historia de la formación de un mercado nacional; es decir, de la transformación de los medios de producción en capital y de la fuerza de trabajo en mercancía.
Las características específicas del capitalismo en cada país surgen de la forma concreta en que se constituye el capital comercial y el capital industrial; de la participación de las masas trabajadoras en la destrucción del viejo régimen; de las particularidades de la inclusión del país en el sistema capitalista internacional.
En México, durante el periodo de transición en el siglo XIX, predominó, tanto en la agricultura como en la industria, la vía reaccionaria del desarrollo del capitalismo. Los primeros intentos de industrialización fueron promovidos por el capital comercial íntimamente ligado al viejo régimen. En el último tercio del siglo pasado, el desarrollo de los ferrocarriles, la minería, la industria de energéticos y parte de la industria de consumo estaban en manos de consorcios internacionales. La hacienda semifeudal inició su metamorfosis capitalista sin una transformación radical de las relaciones de producción. Las revoluciones de Independencia y Reforma aceleraron el proceso por medio de la liquidación de los restos de despotismo tributario y el poder corporativo de la iglesia, así como por la consolidación del Estado nacional. Sin embargo, no fueron suficientes para alterar la vía del desarrollo.
La acción de los campesinos, los obreros y la pequeña burguesía radical en la Revolución de 1910-1920 alteró profundamente este proceso. Por primera vez en América Latina se manifestaron tendencias poderosas a un desarrollo revolucionario del capitalismo. Se produjo una reforma agraria burguesa. Los terratenientes fueron separados del poder y la burguesía afianzó su hegemonía en el Estado. Éste comenzó a intervenir activamente en la economía promoviendo el desarrollo capitalista y el ascenso de una burguesía proveniente del agro, que rápidamente se transformó en industrial y luego en monopolista.
2. La historia del capitalismo como modo de producción dominante se inicia en México a principios del siglo XX. El carácter relativamente reciente de su dominio determina algunas de sus particularidades, como son su difusión incompleta, la coexistencia contradictoria de diferentes niveles de desarrollo y las sobrevivencias de otros modos de producción.
Las relaciones capitalistas se afirman en nuestro país cuando el sistema mundial del capitalismo comienza a declinar y a ser sustituido por el socialismo. Por eso, el ascenso de las nuevas relaciones tiene un carácter contradictorio. Progresista en relación al modo de producción precapitalista que los antecedieron en el ámbito nacional, reaccionario con respecto a las tendencias generales de la economía mundial. El capitalismo mexicano, en su forma temprana, presenta manifestaciones de parasitismo y putrefacción así como la incapacidad de superar radicalmente una serie de obstáculos.
El capitalismo mexicano se desarrolla en condiciones de supeditación y dependencia. El imperialismo está infiltrado en todos los poros de su sistema, acumulando impedimentos a su desenvolvimiento y deformando su estructura. A cada fase del desarrollo capitalista corresponden formas de subordinación específicas. La dependencia de México se agrava con los problemas que se derivan de nuestra ubicación fronteriza con el país imperialista más poderoso del orbe.
3. La economía mexicana es, en la actualidad, una economía heterogénea en la cual pueden distinguirse cinco sectores: A) El monopolista, de capital extranjero y autóctono. B) El sector estatal. C) Las empresas medias de capital mexicano. D) Un mar de pequeñas empresas mercantiles. E) Residuos precapitalistas que tienden a desaparecer. Los cinco sectores se encuentran articulados en un solo sistema, se entrelazan e influyen mutuamente, pero los dos primeros son, sin lugar a dudas, los más dinámicos y modernos.
La sociedad mexicana ha sido heterogénea desde que el capitalismo se instauró como modo de producción dominante. Pero los sectores que la componían y la importancia de cada uno de ellos ha ido cambiando con el tiempo. Debido a que el capitalismo mexicano es tardío, no ha conocido las etapas clásicas del desarrollo. Es, por el contrario, la combinación de los sectores la que da carácter distintivo a cada una de ellas.
Hasta los años treinta del presente siglo, los sectores de la economía mexicana eran, por orden de su importancia: 7) El imperialista. 2) Las empresas medias de capital mexicano. 3) El estatal. 4) La pequeña producción mercantil. 5) Elementos —todavía poderosos— de relaciones precapitalistas. Todavía no existía un sector monopolista mexicano, ni el Estado había afirmado su papel económico rector, ni estaban en proceso de desaparición los restos precapitalistas. Es a partir de 1935 cuando se producen los cambios, que culminan hacia 1960, con la nueva combinación de los diferentes sectores.
4. La concentración y centralización de capital ha llegado en México a un nivel muy elevado. Los grandes establecimientos, en el 75% de las ramas industriales, determinan el funcionamiento del conjunto de las empresas promedio; las cuatro empresas principales generan el 42.6% de la producción de cada rama. Unos treinta poderosos grupos dominan totalmente el comercio, y en él emplean a miles de trabajadores en cientos de sucursales. Doscientas empresas de servicios controlan esa importante rama de la economía que cuenta con más de 150,000 establecimientos. Siete poderosos grupos bancarios rigen el sector financiero. Algunas transnacionales y doscientos grandes empresarios de las regiones de riego controlan la agricultura moderna de México.
En este sector deben distinguirse dos fracciones: la representada por las grandes empresas extranjeras, filiales de transnacionales, y los grupos monopolistas mexicanos.
170 de las 500 corporaciones más importantes de Estados Unidos operan en México a través de 242 filiales. 191 de ellas están ubicadas en la industria y 40 en el comercio. Estos establecimientos forman parte de corporaciones de gran magnitud que dominan la producción, tecnología y comercio de ramas enteras de la economía del mundo capitalista. Debido a ello, su influencia es muy superior a lo que deja entrever su participación cuantitativa en la economía mexicana.
En algunos círculos existe la tendencia a negar la importancia de los monopolios mexicanos y a considerarlos como simples unidades subordinadas al capital extranjero. Esta es una concepción equivocada. La mitad de las quinientas empresas privadas más importantes del país son mexicanas. Algunas ramas de la economía están totalmente dominadas por el capital nacional y en otras operan importantes establecimientos de capital autóctono. Tal es el caso de las ramas del hierro y del acero; artículos eléctricos y electrónicos, papel y celulosa, alimentos, azúcar, cerveza, vinos y licores, hilados y tejidos, ropa y calzado, vidrio, construcción, y otros. El capital financiero mexicano ha alcanzado un alto nivel de desarrollo y está organizado en poderosos grupos que extienden sus operaciones en las más diversas ramas de la economía en una estructura típicamente monopolista. Aun cuando a nivel mundial estas empresas no pueden medirse con las transnacionales, en el ámbito nacional, apoyadas por el Estado, mantienen una posición fuerte.
5. El estado ha jugado un papel de gran importancia en el desarrollo del capitalismo mexicano. Ha sido el instrumento principal que ha utilizado la burguesía para promover la acumulación de capital nacional y su propia transformación, de una burguesía agraria media, en una gran burguesía industrial y financiera.
La intervención del Estado en la economía adopta multitud de formas. Sus empresas controlan o influyen sustancialmente en las industrias; petroleras, eléctrica y de ferrocarriles; en la industria metalúrgica, automovilística, de granos y fertilizantes, de maquinaria textil, así como en la producción de tubos. En el medio rural, el Estado controla una parte sustancial del sistema de irrigación y un conjunto de agroindustrias. En el comercio interviene a través de la CONASUPO e instituciones afines. En la banca controla, a través de 20 instituciones, la mitad de los recursos crediticios del país. Las inversiones estatales representan entre el 40 y el 50% del total. A través de subsidios y de su política fiscal y monetaria influye constantemente en la orientación del sistema.
El papel especial jugado por el Estado en el desarrollo capitalista de México ha determinado la aparición de una fracción burocrática en la burguesía, directamente ligada al manejo del sector estatal. La política económica impulsada por esa burocracia aburguesada jugó un papel decisivo en la expansión del capital monopolista. Pero el ascenso de éste plantea una serie de problemas, el más importante de los cuales es el cuestionamiento del papel hegemónico del sector estatal en la economía; esto es, la función de la burguesía burocrática en el bloque de fuerzas en el poder; en fin, el problema de las formas específicas que vaya a tomar la asociación del capital monopolista y el Estado en nuestro país.
El surgimiento del capitalismo monopolista de Estado exhibe algunos rasgos particulares. Mientras que en los países desarrollados se parte de una situación en la cual el Estado no interviene (o, bien, interviene marginalmente) en la economía, para pasar a una intervención multifacética en el proceso de acumulación y reproducción, en México el Estado mantuvo una posición rectora en el periodo que precede al dominio de los monopolios. El surgimiento del CME representa, inevitablemente, un cambio en la relación de fuerzas entre Estado y capital monopolista privado y una relativa subordinación, del primero. Los conflictos y fricciones que vaya a originar ese proceso será un aspecto muy importante de la realidad mexicana en las próximas décadas.
6. La empresa media constituye un ente difícil de definir. Su capital y el número de obreros empleados es suficiente para que el propietario se separe totalmente de la producción; sin embargo, su magnitud no alcanza las proporciones necesarias para formar parte de los grupos monopolistas. Aun cuando está muy por encima del taller artesanal, la tienda de barriada y el pequeño restaurante, su capacidad para influir individualmente en el nivel de precios, tecnología y producción de la rama en la cual opera es, a nivel nacional, nula. Su funcionamiento está cada vez más determinado por las pautas que marcan las empresas “líderes” y para su funcionamiento depende de la banca privada y pública. El sector de empresas medias forma un conjunto heterogéneo. Algunas son de tecnología atrasada, otras, en cambio, son modernas y dinámicas. En ciertas ramas las empresas medias tienen un peso importante, en otras, como por ejemplo las de energéticos, tabaco, fibras sintéticas, vehículos automotrices y productos farmacéuticos, los grupos monopolistas se reservan la parte del león del capital y los obreros ocupados. A diferencia de lo que sucede en el sector monopolista, la inmensa mayoría de las empresas medias son de capital mexicano. La participación directa del capital extranjero es restringida. Existen unas cien mil empresas de ese tipo diseminadas en la agricultura, la industria, el comercio y los servicios.
7. La pequeña producción mercantil se caracteriza porque el propietario realiza la mayor parte del trabajo y sólo coyuntural- mente, o bien en escala muy reducida, utiliza fuerza de trabajo asalariada. Este tipo de empresas es, por lo general, sumamente atrasada y sus dueños viven en una penuria extrema. Integrada al mercado capitalista y sometida a una despiadada explotación, la pequeña empresa mercantil sólo subsiste gracias a la pauperización de los campesinos y artesanos. En nuestro país este tipo de empresas está aun muy difundida. Su número debe ser superior al medio millón; sin embargo, solo en la agricultura tiene una participación importante en la producción.
La pequeña producción mercantil sirve frecuentemente para disfrazar el subempleo estructural. Su profusión en el comercio es una expresión de las imperfecciones del mercado capitalista en México. Sin embargo, debido a una serie de condiciones particulares, su reducción será un proceso lento y accidentado.
8. Los restos precapitalistas se ubican en su mayor parte en las zonas agrícolas más atrasadas. Están ligados a los restos de la hacienda, la comunidad agraria y el tribalismo. Su importancia como modo de producción es muy reducido. Sin embargo, las prácticas y reminiscencias de explotación precapitalistas están bastante difundidas, incluso en sectores modernos de la economía. A diferencia de lo que sucede con la pequeña producción mercantil, los restos precapitalistas se disuelven rápidamente. Pero esto no impide que sigan influyendo en el conjunto del sistema en la medida en que no sean definitivamente desplazados por un avance sustancial de la industrialización a todos los niveles del sistema. Uno de los aspectos que distingue a México de los países subdesarrollados que inician su desarrollo capitalista es, precisamente, la debilidad de este sector.
9. En los países de desarrollo capitalista tardío y dependiente los monopolios hacen su aparición muy pronto. Capitalismo y monopolios van unidos desde el principio. Sin embargo, una cosa es la existencia de monopolios y otra, muy diferente, la fase monopolista del capitalismo. Un país sólo llega a ese periodo de su desarrollo, cuando se han creado las condiciones que hacen posible la transformación de los monopolios en el sector dominante del sistema considerado en su conjunto. En México, los primeros grandes monopolios aparecen ya a principios del siglo XX. No obstante, la fase monopolista no se alcanza sino hasta la década de los sesenta.
Para que en un país de desarrollo tardío y dependiente pueda hablarse de etapa monopolista del capitalismo, es necesario que, por lo menos, se cumplan los siguientes requisitos:
A) Que la industria se transforme en la rama rectora de la economía. El monopolio capitalista surge de la socialización de la producción y sólo puede originarse en el seno de la industria moderna. Por eso no puede hablarse de fase monopolista en una economía predominante agraria. La industrialización es un fenómeno que se da sobre todo durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Sólo a finales de ese periodo México dejó de ser un país fundamentalmente agrario para transformarse en un país industrial agrario.
B) Que las inversiones extranjeras dejen de ser enclaves y se sencia de un capital surgido del proceso de acumulación interno, basado en la unión del capital industrial y el bancario, no puede hablarse de etapa monopolista de la economía. En México ese proceso se da sólo en las décadas de los cincuenta y los sesenta.
C) Que las inversiones extranjeras dejen de ser enclaves y se integren al mercado interno. Hasta mediados del presente siglo el capital extranjero se concentraba sobre todo en la explotación de los recursos mineros y de materias primas. El desarrollo de esas ramas tenía poca relación con las demás y en general, con el mercado interno. Las ganancias de esas empresas se exportaban en su mayor parte. El personal de dirección y supervisión era extranjero y gastaba sus salarios fuera del país. En esas condiciones, las filiales de los consorcios internacionales constituían prolongaciones de la economía de la metrópoli y no pueden ser consideradas como integrantes de una estructura monopólica interna. Todavía en 1940, 87% del capital extranjero estaba invertido en la minería, los servicios públicos y los transportes. Actualmente, el 73.8% se encuentra invertido en la industria de transformación.
D) Que el mercado interno adquiera una envergadura verdaderamente nacional, lo que significa un grado elevado de división social del trabajo. Diferenciación de la industria, aparición, junto a ella, de un importante sector capitalista de la agricultura y de un complejo moderno de transportes, comercio y servicios; integración de los principales mercados locales en un mercado único, etcétera. Sólo en un mercado de esa magnitud puede el monopolio moderno imponerse a la empresa mediana.
Los monopolios nacionales surgieron y se desarrollaron al mismo tiempo que maduraban esas condiciones. Los monopolios extranjeros participaron en el proceso de industrialización, desde el principio, integrándose rápidamente al mercado interno. Pero si los monopolios aparecieron simultáneamente al proceso de consolidación del capitalismo industrial de una fase monopolista, es decir, del dominio de los monopolios sobre la economía, sólo puede hablarse de este fenómeno a partir de la década de los sesenta.
El capital monopolista constituye ya el sector más dinámico de la economía. Sin embargo, no debe olvidarse, en ningún momento, que los monopolios sólo son la cúspide de una pirámide. Subsiste la libre competencia en muchas ramas de la economía y, además, están presentes todas las formas de atraso a las cuales ya nos referimos. En países como el nuestro, la homogenización capitalista de la economía sólo puede darse bajo condiciones de dominio monopolista.
La crisis actual del capitalismo acelera el desarrollo de los monopolios y su penetración en todos los resquicios de la economía. La extraordinaria difusión de la pequeña producción mercantil y los restos precapitalistas, los desajustes que produce la heterogeneidad de la economía, representan serios frenos para el ascenso del sector monopolista.
10. Decía Lenin que si se quisiera estampar una definición sintética de la fase imperialista, podría decirse que el “imperialismo es el Estado monopolista del capitalismo”. Las paradojas de la historia quieren que a finales del siglo XX un grupo de países llegue a la fase monopolista del desarrollo sin transformarse, al mismo tiempo, en imperialista. Es decir, que estos países contarán con una burguesía monopolista, pasarán por todos los rigores del dominio de los monopolios, pero seguirán siendo importadores de capital y, además, dependientes. El dominio imperialista seguirá siendo privilegio de un puñado de superpotencias y la exportación de capitales estará controlada por las transnacionales. Los monopolios “nacionales” de países como México llegan tarde al festín capitalista.
La exportación de capitales es un resultado inevitable de la sobrecapitalización en los países que llegan a la etapa monopolista de su desarrollo. Casi desde su nacimiento los monopolios tienden simultáneamente al dominio del mercado interno y el externo. Pero en el mundo contemporáneo las posibilidades de los monopolios mexicanos, brasileños o argentinos de competir en el mercado internacional con los monopolios de Estados Unidos o los de la República Federal Alemana son extraordinariamente reducidas. Esto no representa contradicciones insalvables mientras el mercado nacional siga creciendo y ofrezca un campo de acción más o menos amplio a los incipientes monopolios locales. Pero una vez que éstos lleguen a un grado determinado de su desarrollo, la exportación de capitales se transforma en una necesidad insoslayable.
En la época actual el desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado tal envergadura que en muchas ramas ya no es posible producir en el marco de un solo país, no sólo debido a la magnitud del mercado, sino también por los capitales, técnicas y ubicación de las plantas necesarias. La internacionalización de las fuerzas productivas lleva también a la internacionalización del capital. La concentración y la centralización del capital trasciende las fronteras nacionales. Surgen los grandes consorcios transnacionales, es decir, las empresas que producen y venden a nivel internacional.
En esas condiciones, los nuevos monopolios nacionales no tienen más salida que su asociación con las transnacionales. Esto es, su desarrollo como unidades productivas y su participación en el mercado mundial sólo es posible a través de su asociación con los grandes trusts que dominan el mundo capitalista. Pero esto no significa que se vayan a transformar en simples apéndices o filiales de éstos. La integración —que ya está en marcha— se produce en medio de una lucha incesante en la cual los nuevos monopolios aprovechan todas las contradicciones existentes entre las transnacionales y entre los bloques de países imperialistas, así como el avance desigual del capitalismo.
El desarrollo de los monopolios nacionales no significa el fin de la dependencia, que no impide el acceso de países, como México, a la etapa monopolista del desarrollo.
En naciones de una conformación heterogénea y pluriparticular, el ascenso de los monopolios agudiza al extremo todas las contradicciones de un sistema en el cual conviven, dentro del mercado nacional, las formas más elevadas de la organización capitalista junto con estadios anteriores de ese sistema y restos no capitalistas.
IVAN GARCIA SOLIS
Democratizar la educación pública, una necesidad nacional
1. Crisis permanente y planes que no se cumplen
Desde hace por lo menos veinte años es reconocida una crisis permanente, endémica, que afecta a la educación nacional.
En los periodos de agudización de la crisis política y económica, se vuelve más notorio el fenómeno de que hemos hablado y es así como las clases sociales y las fuerzas políticas de México perfilan con mayor claridad su alternativa sobre este importante aspecto de la vida del país.
La crisis de la educación, por otra parte, no es un problema nacional, sino que se extiende a la inmensa mayoría de los países capitalistas y hay aún rasgos que afectan a los sistemas escolares de casi todos los países del mundo.
No hay, en la actualidad, ningún aspecto de las estructuras educativas que no esté sujeto a la impugnación, que no requiera una revisión profunda. El carácter especialmente tradicional, corporativo y originariamente desvinculado de las actividades productivas de la sociedad que comporta la educación, hace que esta actividad sufra los embates de un cambio económico y político acelerado, tanto en los países socialistas como en los capitalistas. Es bien cierto que en uno y otro sistema económico social, el carácter esencial de la educación es distinto ya que en el socialismo, han cambiado los fines y los contenidos de la educación. Pero es conveniente no olvidar que este nuevo régimen social, en los diferentes lugares en donde se ha establecido, ha encontrado una estructura educacional ya hecha, formada, más o menos recalcitrante, que ha debido ser reconvertida para ponerla en consonancia con los nuevos fines de la sociedad; sin embargo, dicha estructura ha heredado un pesado lastre autoritario y formalista del cual no ha podido aún liberarse por completo.
Los rasgos esenciales de la crisis de la educación contemporánea pueden ser enunciados de la siguiente manera: a) aumento incesante de la necesidad de escolaridad e incapacidad para atender en escala suficiente a las nuevas generaciones, b) desarticulación entre las necesidades productivas de la sociedad y la respuesta que da la escuela a la urgencia de una fuerza de trabajo más calificada, c) incidencia creciente de las inversiones educativas en los presupuestos nacionales, d) obsolescencia de muchos contenidos transmitidos por un sistema educativo que no incorpora con oportunidad y amplitud los avances del conocimiento humano en todas las áreas, e) inadecuación de las estructuras y los ciclos, mismos que continuamente sufren modificaciones indispensables, f) quiebra cada vez más notoria del sistema autoritario de gestión el cual fue un elemento distintivo de las instituciones docentes y que hoy es cada vez más incompatible para hacer frente a los avances políticos y sociales de nuestros días. 1
En México a fines de la década de los 50, se produjo un consenso acerca de la situación crítica por la que atravesaba la educación. Los grandes movimientos estudiantiles de 1956 y las luchas de masas que libraron numerosos sectores de trabajadores en ese año, así como en 1957 y 1958, hicieron que afloraran numerosos problemas nacionales, entre ellos el educacional.
Ya desde los años 40, como resultado del reflejo de las grandes luchas de masas del decenio anterior y del entronizamiento en el aparato del Estado de los sectores burgueses conservadores, la educación popular había sufrido un notorio retroceso. La red asistencial en todos los niveles fue reducida o congelada y el Instituto Politécnico fue intervenido por el ejército, cerrándose su internado.
En México a fines de la década de los 50, se produjo un consenso acerca de la situación crítica por la que atravesaba la educación. Los grandes movimientos estudiantiles de 1956 y las luchas de masas que libraron numerosos sectores de trabajadores en ese año, así como en 1957 y 1958, hicieron que afloraran numerosos problemas nacionales, entre ellos el educacional.
Ya desde los años 40, como resultado del reflejo de las grandes luchas de masas del decenio anterior y del entronizamiento en el aparato del Estado de los sectores burgueses conservadores, la educación popular había sufrido un notorio retroceso. La red asistencial en todos los niveles fue reducida o congelada y el Instituto Politécnico fue intervenido por el ejército, cerrándose su internado. La inversión pública en educación decreció y se establecieron numerosas escuelas particulares.
En 1959 se iniciaron cambios importantes en la educación. Se aplicó el plan conocido como de once años, destinado a elevar la escolarización a nivel primario, se editaron las primeras versiones de los libros de texto gratuitos y se incrementó la educación técnica.
Estas medidas tuvieron una doble causa: por una parte, obedecieron a la modificación de las estructuras productivas del país que, al acrecentar su industrialización, requería de una mano de obra con una preparación básica mayor. A la vez había aumentado la demanda de cuadros especializados. Por otra parte, las necesidades de educación se hicieron más apremiantes como resultado del aumento de la población del país y de las exigencias populares de nuevas escuelas.
En 1968, la profunda crisis política, social y moral que vivió nuestro país puso, más aún al descubierto, la senectud de las estructura económica y social que se formó a partir de 1940 y, como aspecto muy notorio, la estructura educativa. La gran burguesía dominante, a través de un Estado cada vez más definido a su servicio, puso un especial interés en el aparato escolar. Se canalizaron recursos cada vez mayores al financiamiento de la educación pública y si bien es cierto que esto se hizo merced a una política de endeudamiento desbocado del sector público, en la práctica fueron establecidas más escuelas y se contrató a decenas de miles de maestros más. Especialmente la educación superior, así como la técnica, merecieron un mayor apoyo económico.
Los subsidios federales a la mayor parte de las universidades crecieron y en muchas de ellas se establecieron nuevas carreras, más acordes con la nueva estructura de las profesiones técnicas e industriales. Se emprendió una modernización de los libros de texto, a los cuales fueron incorporados algunos nuevos contenidos de las ciencias naturales; en ciencias sociales se adecuó la orientación de dicho material didáctico con una ideología “tercermundista” que consistió en advertir la opresión en los pueblos ajenos y disimular la existente en el nuestro, ocasionada por un proceso capitalista monopolice que ha generado mayor desigualdad, miseria y desempleo. En los últimos seis años 2 la educación nacional padeció una penetración avasalladora de metodologías norteamericanas de matriz pragmatista y neoconductista. Casi al pie de la letra, fueron volcados a nuestro acervo pedagógico los recetarios de las llamadas “programación por objetivos”, y de la “dinámica de grupos”; del mismo modo, se implantó un sistema de evaluación de tipo empresarial y se introdujo toda otra gama de subproductos de la esfera industrial que han sido aclimatados al quehacer pedagógico de Estados Unidos y posteriormente se han transmitido a varios países dependientes de este centro imperialista.
Al comienzo del actual régimen gubernamental, nuevamente se hizo evidente la crisis educativa del país. Esto no quiere decir que durante los años anteriores tal hecho no se haya manifestado.
Lo que ocurre es que, dada la dinámica del sistema político de México, durante la coyuntura intersexenal hace eclosión la crítica y la inconformidad que la falta de libertades políticas ataja, diluye o reprime permanentemente.
Al comienzo de la campaña electoral, el partido en el poder destinó 5 de los 100 puntos de su llamado Plan Básico de Gobierno a los temas educativos. Las propuestas fundamentales allí contenidas fueron: a) la ampliación de la escolaridad, b) la ligazón mayor de la educación con los problemas del campo, c) el establecimiento de salidas terminales para que los alumnos ingresaran a la producción ... ¡después del cuarto año de primaria!, d) el desarrollo de la enseñanza técnica y profesional, con participación del capital privado y, e) el aumento del patrimonio de las universidades. 3
Casi dos años más tarde, el gobierno del presidente López Portillo presentó a la nación por voz del Secretario de Educación, Porfirio Muñoz Ledo, el Plan Nacional de Educación que se proponía llevar a cabo.
Los rasgos principales del documento básico así como de las exposiciones adicionales que fueron presentadas a la opinión pública son: a) generalización de la educación preescolar, b) universalización de la educación primaria, c) defensa del carácter obligatorio de la educación secundaria, d) mejoramiento de la atención maternoinfantil, e) atención preferente a grupos marginados, f) extensión de mecanismos de apoyo para estudiantes de escasos recursos, g) crecimiento de los servicios destinados a los adultos, h) empleo intensivo de los medios de comunicación (para los fines educativos), i) integración en un sistema de todas las modalidades de formación de maestros para los ciclos de la educación básica y elevación de ellas al nivel superior, j) revisión de la estructura de la educación tecnológica de modo que, sin detrimento de la formación general, incremente la propensión al trabajo y mejore la contribución a las actividades agropecuarias e industriales, k) creación de consejos estatales de educación, 1) creación de juntas locales y patronatos para que “fomenten la participación de las comunidades en el mejoramiento del ámbito escolar”, m) “distribución equitativa de la carga financiera entre la federación y las entidades de acuerdo a los niveles de ingreso de cada región... acrecentando las responsabilidades de las autoridades locales en la administración educativa”, n) “solidaridad nacional de los sectores más favorecidos por el desarrollo en las tareas que los hacen posible y vinculación de las fuerzas productivas y de las instituciones sociales en el estímulo, apoyo y complementación de la obra de la escuela”. 4
Es evidente que en el largo inventario de objetivos trazados por el Plan nacional se encontraban muchas de las demandas que de manera reiterada habían sostenido los sectores y fuerzas democráticas. Sometidas, si bien es cierto, a un filtro reformista y tecnocratizante, figuraron en el plan grandes metas de elevación cuantitativa y cualitativa de la educación del país. El Secretario de Educación afirmó que “la situación no parece propicia para un plan de tal envergadura. Son sin embargo mayores los riesgos en que podríamos incurrir si no tomáramos a tiempo las decisiones que garanticen nuestro progreso e independencia”. 5
En otros textos hizo alusiones más claras sobre la necesidad de elevar el nivel educativo para que el país pudiera mejorar su “competitividad” (capitalista) en un mundo que registra un desarrollo acelerado de la educación, la ciencia y la producción económica.
Visto desde un ángulo más pragmático y sin el marco retórico de las frases ministeriales, un funcionario encargado de presentar el diagnóstico de la capacitación para el trabajo, señaló que “el país destina un poco más del 20% del Producto Interno Bruto a la formación de capital físico y no más del 4% a la formación de recursos humanos” agregando que “los países que han alcanzado más sólido y rápido desarrollo económico deben el aumento de su productividad sólo en 30 o 40% a las inversiones en infraestructura, bienes y equipos de producción y en más del 60% al mejoramiento continuo y consistente de la calidad de su fuerza de trabajo”. 6
El Plan Nacional de Educación representó un amplio catálogo de problemas no resueltos, una declaración de buenos propósitos, pero encontró sus principales limitaciones en la insuficiencia económica y en la gestión autoritaria y piramidal que caracteriza al sistema educativo.
En efecto, la gestión del plan se realizó en contraposición con cualquier método aceptable de consulta. La SEP, por dos ocasiones, practicó encuestas a los maestros del país para que éstos por medio de una respuesta breve, sin preparación previa y sin conocimiento de los proyectos gubernamentales, aportaran sus opiniones sobre la compleja problemática educativa. En la segunda serie de consultas, los maestros pudieron nombrar representantes que se reunirían en asambleas de los distintos niveles por entidad o región de la República. En los casos en que el magisterio participó activamente, sosteniendo la plataforma avanzada que el movimiento sindical democrático ha venido elaborando en los últimos años, las autoridades cancelaron la discusión, mudaron precipitadamente las asambleas y concluyeron la “consulta.” 7
La SEP declaró que en la formulación del plan habían participado 150 000 educadores, pero esto no fue sino un forzado intento de legitimación. 8 No es casual, por ello, que el Plan si bien asimiló demandas sostenidas por la base de los docentes, excluyó totalmente la necesaria democratización de los mandos educativos, punto sobre el cual se limitó a ratificar la vigencia del Consejo Nacional Técnico de la Educación, organismo compuesto por los funcionarios de confianza, el cual opera como vocero de las decisiones que sobre política educativa toma el gobierno, sin reflejar la opinión de una comunidad docente que tiene una escasa participación e información.
El aspecto en que el plan mostró su mayor fragilidad fue el financiero.
No se previno el cálculo de la inversión necesaria ni los plazos en que las metas generales propuestas habrían de alcanzarse.
El 6 de febrero de 1977 se iniciaron los trabajos de elaboración del plan; en la primera quincena de agosto de ese mismo año fue presentado ante la opinión pública el documento básico a que nos hemos referido, y el 10 de diciembre fue sustituido el Secretario de Educación. El nuevo responsable de este ministerio asumió formalmente el compromiso del Plan Nacional y ofreció que a más tardar en julio de 1978 presentaría un plan “con metas, cifras y plazos”. 9
Entretanto, descartó uno de los puntos medulares del plan como era la instauración de la secundaria gratuita y obligatoria, antigua demanda de las fuerzas magisteriales, la cual había sido avalada en forma multitudinaria por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en una concentración alusiva. La retracción en este punto tan importante, provocó el aplauso de los sectores más conservadores quienes habían atacado especialmente esa meta. 10
No obstante que ha sido diferida la presentación del plan definitivo, da SEP ha aplicado una política educativa cuyos rasgos esenciales son: a) la administración de un presupuesto limitado, inferior en términos reales al de 1977, b) la elaboración de un plan para la atención a los grupos marginados, que implique la participación de entidades paraestatales a través de comités y de “voluntarios”. La meta perseguida es alfabetizar y escolarizar a toda la población demandante; c) la ampliación de la planta docente de primarias en 16 500 plazas de maestros de educación primaria y preescolar más, y la creación de 241 escuelas secundarias, d) la elaboración conjuntamente con el SNTE de un proyecto sobre la Universidad Pedagógica demandada por el grupo dirigente de este organismo y la cual esencialmente implica el establecimiento de una nueva red de formación de maestros, paralela al sistema de normales existentes. 11
2. Alfabetización y escolarización
En los últimos veinte años México ha aumentado lentamente su nivel de escolaridad y ha disminuido el porcentaje de analfabetismo. Pese a los sesenta años transcurridos después del inicio de la Revolución de 1910, los gobiernos de la burguesía no han podido lograr metas que, otros pueblos, bajo el socialismo, alcanzan en un lapso incomparablemente menor.
El problema del analfabetismo ha sido una lacra secular en nuestro país. Los esfuerzos alfabetizantes han sido parciales e ineficaces. La SEP estima en siete millones la cantidad de mexicanos analfabetas absolutos, es decir aquellos que jamás aprendieron a leer y escribir. Habría que tomar en cuenta también los llamados analfabetas funcionales los cuales son, según el criterio de la UNESCO, quienes no afirmaron sus conocimientos y, por desuso, perdieron las habilidades de la lectura y la escritura. Se ha considerado tales a quienes sólo cursaron los tres primeros años de la primaria.
Bajo este criterio, para 1975 habría más de 20 millones 700 mil analfabetas funcionales en México. 12
La SEP ha anunciado un plan parcial destinado a la alfabetización y escolarización de los habitantes de las zonas marginadas del país denominado Educación para todos.
Es conveniente apuntar que dicho plan está basado en un aporte financiero de sólo 1000 millones adicionales al presupuesto normal, lo cual representa apenas un 1.6 de incremento al presupuesto educativo. Se pretende apoyar esta tarea en recursos variables e inciertos que presuntamente proporcionarán los estados, los municipios y diversas entidades públicas y privadas.
La estimación del número de los analfabetas es muy imprecisa, ya que está basada en un censo que llevaron a cabo de manera precipitada, a fines del pasado ciclo escolar, diversos funcionarios administrativos y alumnos de las escuelas primarias y secundarias. Los improvisados censores trabajaron con complejas listas que exigían el registro de 17 datos por persona, sin planificación regional ni zonal serias y sin un control adecuado. Este método dio como resultado que diversos funcionarios menores que ninguna relación
tienen con la docencia pero sí están poseídos de un gran entusiasmo por su ascenso político, dieran a la luz pública datos optimistas pero inconfirmables. 13
Es evidente que la tarea de la alfabetización requiere poner en tensión grandes fuerzas. En países donde se realizan profundas transformaciones revolucionarias como en Cuba, Angola, Vietnam o Guinea-Bisau, o como en el México de los años 20 y 30, es posible concertar el apoyo de la población letrada en una gran campaña de voluntarios. Pero queda fuera de toda duda el hecho de que en un sistema político burocratizado y antidemocrático, como es el que priva, el funcionamiento de estos proyectos es limitado y efímero.
La escolarización en México ha tenido avances importantes similares a los alcanzados en diferentes países de semejante o menor desarrollo económico de América Latina y de otras regiones. 14 Entre los ciclos correspondientes a los años 1970-1971 y 1976-1977 se produjo un incremento considerable. En cambio, en los ciclos 1977- 1978 y 1978-1979 (según datos previstos para estos años por la SEP), el ritmo de escolarización ha bajado, como consecuencia de la escasez presupuestaria. 15
La tabla de la página siguiente nos muestra el estancamiento en los dos últimos periodos citados.
Si bien los porcentajes presentados indican una marcha hacia la elevación de la escolarización básica, es conveniente citar otras cifras que ilustran la magnitud de la carencia y desigualdad en la prestación de los servicios educativos.

La escolaridad promedio de la población es de sólo 3.6 grados es decir, nuestro país bordea el límite del analfabetismo funcional; hay aún cerca de 2 000 000 de niños sin acceso a la escuela primaria; sólo un 42% de los niños que ingresan a la primaria, es decir menos de la mitad, terminan su 6o. grado y, en el medio rural, dicho porcentaje baja a un 10.1%; los egresados de estudios profesionales respecto a los que ingresaron al 1o. de primaria es de sólo un 1.1%, o sea, que la pirámide educativa va eliminando masivamente a los escolares a medida que aumentan los años de estudio. Finalmente, la deserción y la reprobación en primarias suma un 18% anual.
Otros índices de la desigualdad educativa son los siguientes: en 1970, mientras la demanda de primaria atendida en las zonas urbanas era del 88.4%, en las zonas rurales era de sólo 65.7; en ese mismo año egresaba del 6o. grado de primaria un 54% de alumnos en el medio urbano y sólo un 10% del medio rural. Finalmente, en la UNAM, en 1969, el 57% de los estudiantes provenían de familias con ingresos superiores al promedio del país. Sólo un 12% eran hijos de obreros y el 2.6% de campesinos. Así, las clases mayoritarias del país estaban representadas en el sistema educativo de una manera inversa a su magnitud.
3. Calidad de la educación.
El crecimiento del sistema escolar, su masificación, ha originado una baja en los niveles de enseñanza independientemente del contenido ideológico que la anima. Según algunas investigaciones recientes referidas al grado de cumplimiento de los programas vigentes y de las habilidades que se estiman necesarias, el nivel promedio de comprensión de la lectura en 4o. y 6o. grado de primaria es de 36.5; el nivel medio de conocimientos en ciencias naturales, en primaria, es de 31%; el nivel promedio de lectura en preparatoria es de 46.3% y el nivel promedio de conocimientos en ciencias naturales en 3o. de preparatoria es de un 33.5%.
Según una exploración practicada por los profesores de matemáticas de las secundarias oficiales y particulares de todo el país en septiembre de 1975, a los alumnos de primer grado, basada en 45 preguntas tomadas textualmente de los libros oficiales de 5o. y 6o. años, se observó que la mitad de los alumnos del país no pudieron contestar 30. Precisando estos resultados, tenemos que:
72% de los que ingresaron a la escuela secundaria no saben restar decimales sencillos.
73% no saben sumar 1/2 + 1/3.
67% no saben que el orden de los factores no altera el producto.
70% no pudieron calcular la sexta parte de 360°.
78% no saben cuantos litros hay en un metro cúbico. 16
El desplome de los niveles educativos tiene causas objetivas fácilmente detectables. Entre las principales se encuentran: a) un cuerpo docente desprofesionalizado, sobrecargado de horas de trabajo. A la fecha, para conseguir un salario menos bajo, el profesor de escuela opta por tomar un doble turno, en la propia primaria o en otro nivel o rama educativa.
Hay quienes combinan su profesión con el ejercicio de otras, sumamente alejadas de la tarea docente. Se ha querido identificar la profesionalización con el destajismo, y se ha pretendido que un tiempo completo es lo mismo que una doble o triple plaza. Lo verdadero es justamente lo opuesto: a) la sobreocupación que no es sinónimo de profesionalización ha incrementado el rutinarismo y ha redundado en una baja del rendimiento docente, b) no existe un plan de actualización y mejoramiento profesional que abarque al 100% de la planta docente. De este modo, sólo el sector de maestros que prosigue estudios de posgrado incrementa su preparación, c) el número excesivo de alumnos por grupo escolar. Actualmente la tendencia internacional es el mejoramiento cuantitativo de la relación alumno-maestro y ese progreso se muestra en las siguientes cifras: Entre 1960 y 1970, la relación maestro-alumno bajó en Argentina de 22 a 18; en Bolivia se mantuvo en 27; en Brasil de 33 a 28; en Colombia de 38 a 37; en Cuba de 37 a 29. 17 En promedio, en América Latina, entre 1960 y 1970, la razón maestro alumno bajó de 34 a 32. 18 En cambio en México, si bien disminuyó el promedio de alumnos por maestro de 48 a 43 entre los ciclos 1970-1971 y 1977-1978, la SEP calcula que en el ciclo 1978-1979, la razón subirá a 44. 19
Es preciso aclarar que en ese promedio están englobados los puestos de dirección (supervisores, directores, secretarios) y los numerosísimos maestros comisionados, sin grupo a su cargo, lo cual da como resultado la existencia de grupos de 50, 60 y hasta 70 alumnos. Los efectos de ese sobrecargo escolar son desastrosos. Los maestros están materialmente incapacitados para proporcionar una atención individual a los alumnos en la medida que las técnicas pedagógicas lo aconsejan, d) la brevedad del horario escolar. En fechas recientes se ha insistido en diferentes medios de información acerca del reducido calendario escolar. Se cita como bajo el número de 180 días laborales, los cuales en ocasiones se reducen aún más. A este respecto la SEP ha anunciado que para el ciclo 1978-1979, el calendario abarcará 190 días laborables. Sin embargo, siendo importante, el problema del calendario no es el básico, sino el horario sumamente limitado. Para hacer compatibles los dobles turnos, la escuela acortó su horario, el cual era discontinuo en la mayor parte de las entidades de la República hace 20 años. Hay también escuelas que ofrecen tres turnos. Incluyendo el nocturno. Esta medida de emergencia, se ha naturalizado, de manera que en la práctica no se contempla ningún plan tendiente a ampliar de manera sensible la permanencia de los alumnos en la escuela. Esto ocurre justamente cuando se desarrolla en diferentes países una lucha muy importante de los educadores y de las fuerzas democráticas por conquistar la denominada “escuela de tiempo completo” la cual se justifica a partir del reconocimiento de que son los hijos de las clases dominadas quienes sufren con mayor rigor el efecto eliminatorio y descompensador de las instituciones escolares, recibiendo una educación de más baja calidad. 20 e) como causa social y económica fundamental del bajo aprovechamiento escolar está, por supuesto, la pobreza cuando no miseria extrema en que se encuentra una enorme proporción de las familias de los niños escolarizados, hecho que determina que, de cada 100 alumnos que inician la escuela primaria, sólo 46 la terminen. Los ciclos subsecuentes son una criba que va eliminando en forma no menos masiva al alumnado: de los 100 alumnos considerados, sólo 32 ingresan a la secundaria y 23 la terminan, 8 comienzan el bachillerato y sólo 4 concluyen el nivel profesional.
4. Orientación y contenidos.
La educación es una actividad que ocupa un papel de importancia creciente en la sociedad. En su origen, la escuela se consolidó como el instrumento ideológico por excelencia. Sirvió de manera principal para el entrenamiento y prestigio de los hijos de la clase dominante. Su contacto con las actividades productivas de la sociedad fue mínimo. Pero el desarrollo del capitalismo exigió un nivel básico de formación elemental que sólo los centros educativos formales podían proporcionar y fue así como educación y reproducción económica se asociaron de manera más acusada. En nuestra época, la educación cumple tanto la función de insertar a las nuevas generaciones en las estructuras de la producción como la de propiciar el consenso de los futuros ciudadanos a favor del orden social establecido. Esta función ideológica de la escuela (y entendemos por ideología no una “falsa conciencia” del mundo en que se vive, sino el conjunto de representaciones y elaboraciones teóricas que construye, fundamenta y difunde la clase dominante) es condición esencial de la reproducción de las relaciones sociales existentes. Tiende a que los explotados acepten su propia explotación, su subordinación, su alienación. La escuela, así, se revela como una institución esencialmente antidemocrática. El aparato escolar, en el capitalismo, tiende a sustituir a la Iglesia como institución conformizadora tradicional. Bajo una neutralidad sólo aparente —el laicismo— entrega e impone de manera sistematizada y universal un saber y una disciplina imbuidos de un claro contenido clasista.
Desde el punto de vista de su interrelación creciente con la esfera de la producción, la escuela recibe la presión de un sistema que al cambiar constantemente las condiciones de su reproducción, requiere también del incremento de las habilidades y capacidades de la fuerza de trabajo.
Si en la etapa precapitalista la mano de obra se formaba en el proceso de producción mismo, en el sistema de la industria maquinizada se precisa de una preparación escolar previa, la cual se va ampliando a medida que se desarrolla el sistema capitalista. En la etapa de los monopolios, éstos influyen de manera determinante en el aparato escolar en busca del máximo beneficio y de la reproducción eficaz de la sociedad de clases. Para conseguir el primer fin citado, la escuela debe formar al menor costo posible a los trabajadores. Por este hecho se da un doble proceso de calificación- descalificación de la fuerza de trabajo. Para atender a los sectores punteros de la economía, aquéllos que reciben nueva tecnología y requieren de la investigación científica constante y de más alta calidad, se propicia en estas áreas la formación de cuadros del mayor nivel posible. Para apoyar los trabajos de mantenimiento se adiestra a grandes núcleos de futuros asalariados cuyas funciones, según el esquema monopolista, no exigen una instrucción elevada. Esa es la tendencia a la “rentabilización” de la educación en el capitalismo. Desde otro ángulo, para contribuir a reproducir la sociedad clasista, el sistema debe instaurar la segregación escolar, basada en la segregación social. Por ello la irracionalidad e inequidad de la “pirámide educativa” no es un defecto o deformación en la sociedad de la propiedad privada de los medios de producción sino uno de sus frutos naturales.
En México, hacia 1960, se manifiesta un franco tránsito del capitalismo a su fase monopolista. Esta nueva etapa implica la preponderancia de la industria sobre el resto de la producción y genera una mayor socialización de dicho proceso productivo. Supone esto un grado importante de industrialización, el cual fue alcanzado por nuestro país en los años cuarenta y cincuenta. El capital extranjero se desplaza de las industrias extractivas y las comunicaciones hacia la industria de la transformación y se enlaza y funde progresivamente con el capital nacional, dejando de representar un conjunto de enclaves. El paso a la etapa monopolista exige un mercado internacional, una diferenciación mayor de la industria así como la formación del sector capitalista en la agricultura, los transportes, el comercio y los servicios. 21 El Estado, que en México había jugado ya un importante papel rector en la acumulación capitalista, es cuestionado por los monopolios emergentes y se abre la siguiente disyuntiva: o bien se produce un desarrollo fundado en la libre acción de éstos, protegidos por un Estado que disminuya su intervención en el proceso económico directo y que se limite al mantenimiento de la coerción y el consenso propicio para la consolidación del sistema; o bien se despliega una participación mayor del Estado en el proceso económico general globalizando, también, el resto de las funciones ideológicas, políticas y represivas que le competen. En México es perceptible un predominio de esta última tendencia. Dentro de ella se inscribe una más intensa acción estatal en el campo educativo.
Los esfuerzos del Estado por adecuar de mejor manera la educación con las actividades productivas y económicas, no es reciente.
Ya en 1958 se creó una subsecretaría de educación técnica y superior destinada a fomentar el crecimiento de una red de escuelas técnicas así como de establecer nuevas carreras con un criterio de regionalización. En los 20 años subsiguientes se desarrolló un sistema de centros educativos cuyo objetivo era proporcionar a la industria, el comercio y los servicios, mano de obra más calificada. En 1963 surgieron los centros para la capacitación del trabajo industrial (CECATI). Pero la expansión de las escuelas tecnológicas se produjo más tarde, en los años setenta, hasta formar una red de escuelas de nivel medio básico y medio superior que en el ciclo escolar 1977-1978 registraba una matrícula de 607 000 alumnos inscritos en 1466 escuelas que abarcan cerca de un centenar de carreras y especialidades. Por otra parte, en 1970 se inició el llamado plan escuela-industria, que en el segundo semestre de 1971 cambió su nombre por el de escuela-empresa. Este programa fue una muestra muy significativa de la incidencia del capital monopolista en la educación pública. Fue auspiciado por la Confederación de Cámaras Industriales, por la Asociación de Banqueros y por la Confederación de Cámaras de Comercio entidades que, en coordinación con la Secretaría de Educación Pública, pusieron en marcha una serie de actividades de “acercamiento” entre la escuela y los sectores empresariales consistentes en: a) visitas mensuales por grupos de 25 alumnos, de las escuelas secundarias a instalaciones empresariales cercanas a los centros de estudios, b) intercambios regionales de alumnos y profesores, c) prácticas en las empresas, d) pláticas y seminarios de los empresarios en las escuelas. En dicho programa participaron los institutos tecnológicos regionales, los centros de estudios científicos y tecnológicos (CECyT), los centros de capacitación para el trabajo industrial (CECATI), el Instituto Politécnico Nacional, las escuelas normales, las secundarias y otros centros más. De 1970 a la fecha más de un millón de estudiantes hicieron visitas a las empresas v se atendió a numerosos grupos de maestros con la finalidad de que éstos influyeran en los estudiantes, en la mejor aceptación de la ideología empresarial, y tuvieran información actualizada acerca de los cambios que se producen en la industria. 22
En el nivel superior de la enseñanza, el capital monopolista ha operado estableciendo su propia red de universidades e institutos, de modo que pueda garantizar un flujo de cuadros especializados para dirigir la industria, el comercio y los servicios. También ha influido en la enseñanza pública, ya que tanto las universidades como las escuelas superiores de todo tipo tienden a adaptar la estructura de sus carreras así como los planes y programas de estudio a las necesidades de la economía actual. Este proceso de reconversión de la estructura educativa no es, sin embargo, ininterrumpido y armónico. En los centros de educación se produce la contradicción entre los fines que el capitalismo trata de imprimir a la enseñanza y la crítica a este sistema que es asumida por un número cada vez mayor de estudiantes, profesores, investigadores y trabajadores paradocentes. Por ello la patronal se muestra insatisfecha de los resultados obtenidos. Objeta: a) la inadecuación de las carreras al mercado de trabajo, b) la creciente masa de estudiantes que recibe la educación superior, misma que es reputada por ese sector empresarial como una “carga” económica, como un dispendio, c) la orientación política de muchos centros de educación en los que se impugna abiertamente la expectativa capitalista, d) la gratuidad o las bajas colegiaturas establecidas en ese nivel, ya que estiman esos voceros del capital que la educación es un bien de beneficio individual que debe ser pagado directamente por su presunto destinatario.
El estado ha seguido una política que preserva los intereses a largo plazo del capital y que muestra una visión de conjunto más aproximada a la realidad. Sin dejar de acceder a la exigencia del sector monopolista en lo que se refiera a contenidos y estructura educativa, hace frente a la creciente demanda de servicios docentes con presupuestos aún limitados pero de una magnitud considerable. Responde así a una de las tendencias más notorias del crecimiento de los sistemas educativos que se produce a escala internacional. La ampliación de los aparatos educativos tiene como elementos determinados no sólo la necesidad de una formación más amplia y calificada de la futura fuerza de trabajo, sino también la presión que la lucha de clases ejerce sobre la educación pública. La escolarización en el nivel primario ha sido una meta de las organizaciones revolucionarias y democráticas que pugnan por lograr una valorización mayor de la fuerza de trabajo. Desde su surgimiento, el movimiento obrero fijó como una de sus metas el conquistar un sistema escolar más completo y desarrollado que impidiera el prematuro ingreso de las nuevas generaciones al sistema fabril capitalista. Esa demanda estuvo siempre ligada a la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad. Carlos Marx afirmaba: “De una parte para crear un sistema conveniente de enseñanza, es indispensable un cambio de las condiciones sociales; por otra parte, para poder cambiar las condiciones sociales, es indispensable tener un sistema de enseñanza conveniente”. 23 En nuestra época hay una marcada tendencia hacia la elevación de la escolaridad básica. La escuela obligatoria se extiende hasta 10 y 12 años y en los programas de los partidos y movimientos revolucionarios figura la demanda de extender la escuela básica hasta los 18 o 20 años de edad. El desarrollo de los sistemas educativos en los países capitalistas avanzados ha producido el fenómeno que algún autor ha denominado como la “universalización de la adolescencia”, el cual consiste en el retraso de la entrada de los jóvenes a la producción, y a su asimilación durante más tiempo por la escuela y por la enorme industria del entrenamiento y del consumo superfluo que se ha generado en el capitalismo contemporáneo. La ampliación de la escolaridad ha llegado a ser —en la Europa de la posguerra— un paliativo al paro forzoso y al desempleo consecuente. 24
La educación recibe su orientación ideológica de la clase dominante la cual, a su vez, se apoya o crea las corrientes filosóficas que sirven de puente justificativo al sistema social prevaleciente. En México, la educación pública ha recibido diversas influencias ideológicas y filosóficas, acordes con la etapa histórica que ha vivido el país. Durante la Colonia y hasta las primeras décadas del siglo XIX, el clero influyó de manera aplastante en la formación de las nuevas generaciones. La educación escolástica y confesional animó al reducido sistema escolar. Las prácticas religiosas masivas constituyeron el vehículo que permitió transmitir una ideología de subordinación, resignación e impotencia a las masas populares. En los primeros años del México independiente, la ideología liberal conformó al naciente sistema de educación. Pero no fue sino a partir de 1833 cuando se inició la lucha histórica por la separación de la Iglesia del Estado y de la escuela. Un liberalismo que depositaba en la educación las garantías de un sistema democrático y republicano sirvió de eje a una instrucción pública que no conocería un desarrollo importante sino hasta fines del siglo pasado. Durante el porfiriato, la ideología liberal fue sustituida por un positivismo aclimatado, que operó en la educación introduciendo la clasificación comtiana de las ciencias, postulando el organicismo spenceriano como explicación y justificación de un capitalismo naciente que debería ceñirse al orden antidemocrático y al progreso basado en la explotación intensiva de las masas trabajadoras en el campo y en la ciudad. La revolución de 1910-1917 permitió el desarrollo de la educación popular. En medio de la práctica revolucionaria, se fue desarrollando una orientación ideológica que representaba un tránsito entre el positivismo caduco y la emergente doctrina socialista que permeaba a grupos cada vez mayores de trabajadores. Surgió así la versión mexicana del racionalismo, la cual aunaba a la estrechez de las concepciones científicas, la apertura hacia un socialismo empírico, nutrido de elementos anarquistas y socialistas-utópicos pero conectado con y derivado de una praxis revolucionaria. Este fenómeno se produjo en el sureste y en diversos estados del país. 25
La orientación oficial de la educación en los años veinte bajo el ministerio de José Vasconcelos, se nutría de concepciones nihilistas, que abogaban por una acción redentora y liberadora basada en el refinamiento espiritual; las fuerzas democráticas iniciaban la lucha por una educación socialista, que afirmara los avances revolucionarios y preparara el camino para nuevas conquistas de los trabajadores. Esta corriente recibió un gran impulso como consecuencia de la implantación del socialismo en la antigua Rusia. El socialismo, al hacerse realidad, constituyó un poderoso acicate para los movimientos revolucionarios de todo el mundo. La educación socialista, no obstante, fue proclamada y utilizada por los sectores radicales de la burguesía en el poder para lograr su legitimación ante las masas. Después de haber derrotado al movimiento campesino representado por las fuerzas de Villa y Zapata, la clase dominante manejó una terminología revolucionaria acorde con el estado de ánimo de las masas en lucha. A la vez, la radicalización educativa representó un arma contra la ideología clerical sustentada por los grandes propietarios de la tierra aún no repartida. Ese uso no genuino de la educación socialista habría de provocar más tarde un reflujo reaccionario. En los años cuarenta la educación, de consuno con la nueva orientación gubernamental, cambió su ideología. El capitalismo en ascenso y en progresivo entrelazamiento con la economía imperialista, determinó la supresión de la educación socialista y su sustitución por una ideología liberal democrática que no impugnaba ya a la sociedad capitalista y postulaba la armonía y no la lucha entre las clases sociales. Después de 1945, la guerra fría y el anticomunismo, impulsados por el imperialismo norteamericano, así como el fortalecimiento del orden burgués en México, intensificaron la orientación procapitalista de la educación. En esa época se acrecentó la influencia de la pedagogía pragmatista norteamericana la cual, desde entonces, se convirtió en doctrina dominante en la educación nacional. Más tarde penetró la nueva variante de la pedagogía norteamericana: el neoconductismo. Esta escuela no es sino la biologización de la teoría de los reflejos de Pavlov puesta al servicio de la gran industria capitalista y de la educación norteamericana, la cual recibe los residuos de la sicología industrial aplicada en las grandes corporaciones norteamericanas. En la educación superior son también notorias las influencias de las corrientes neopositivistas y cientificistas, que postulan la indeterminabilidad de las leyes del desarrollo social. Asimismo otras variantes idealistas como el neotomismo y el estructuralismo tienen su asiento en la educación actual del país, especialmente en el nivel superior. Estas corrientes se ven impugnadas de manera creciente por una orientación revolucionaria de importantes sectores de educadores y alumnos. Los contenidos de la educación mexicana deben ser modificados de raíz, de manera que correspondan al avance extraordinario que se produce en nuestros días en todos los campos del conocimiento. El sistema educativo debe proporcionar una información y una metodología actualizadas en todas las ciencias. La escuela debe disminuir drásticamente el carácter ideológico conformizante que ahora expresa, para abrir paso a la exposición de todas las teorías y todas las concepciones del pasado y del presente, con vistas a la construcción de una sociedad democrática y socialista. La educación debe cancelar no sólo los dogmatismos confesionales sino también los que produce y difunde la ideología del capitalismo monopolista y las versiones simplificadas y reduccionistas del socialismo. La escuela, en suma, debe ser investida de un nuevo carácter: de institución conservadora, en el más riguroso sentido del término, debe devenir en arena de crítica, de discusión, de creación.
5. Estructura
El sistema educativo nacional fue construyéndose en la segunda mitad del siglo XIX. El modelo adoptado fue el denominado napoleónico, prevaleciente en Francia y en algunas otras naciones europeas. Desde la escuela elemental hasta la universidad, nuestra educación se guio por la estructura educacional de los “países civilizados” Esta elección correspondió al desarrollo incipiente de una burguesía que mostraba desde sus orígenes una fuerte dependencia del capitalismo desarrollado. Después de la Revolución, la extensión y los contenidos de la educación se modificaron de manera sensible más no así la estructura. Ésta sólo fue recibiendo adiciones y modificaciones secundarias. En 1925 se intercaló la escuela secundaria, inspirada en el High School norteamericano. En los años treinta surgió una rama técnica encabezada por el Instituto Politécnico Nacional el cual respondía a la necesidad de apoyar la industrialización del país. Y posteriormente se ha producido una diversificación de las carreras del nivel superior, se ha ensanchado la red de escuelas tecnológicas y ha proliferado una gran variedad de modalidades de la educación media, ciclo que, por otra parte, es un motivo de controversia a escala internacional.
Las estructuras educacionales, por definición, se resisten al cambio. Representan la parte más estable de una institución calcificada y rígida como es la escuela. Sin embargo, a nuevos contenidos deben corresponder nuevas estructuras. En el México de hoy se requiere una profunda revisión de las mismas. Es improrrogable el establecimiento de un ciclo básico, que abarque los últimos años de la educación llamada preescolar (cuya importancia ya no se discute), la actual escuela primaria y la secundaria. Esto implica la ampliación de la escuela obligatoria en nuestro país, lo cual no es en modo alguno una demanda utópica sino una necesidad del presente. Son los grupos reaccionarios, los partidarios de la “productividad” de la educación, los que se han opuesto a la prolongación de la escuela obligatoria en el país.
La educación media se encuentra actualmente pulverizada en numerosos sistemas y variantes. Esto es resultado de la política casuística que ha aplicado el Estado, buscando mantener o fortalecer su influencia en los centros de educación, así como tratando de dar respuesta a las necesidades de mano de obra semicalificada que demanda el crecimiento de las diferentes ramas de la economía.
Es una tendencia del desarrollo educativo internacional la elevación de la formación básica y la consiguiente diferición de la enseñanza profesional. En México, al ser fundadas las escuelas medias terminales, concebidas como una alternativa a la secundaria general, se presumía que representarían una posibilidad de capacitación rápida de mano de obra. Pero los resultados no son los esperados. Los alumnos que se inscriben en escuelas medias terminales son aquellos que fueron rechazados de la secundaria general o los que no disponen de un centro educativo de esta clase cerca de su domicilio. Quienes logran cursar la primaria completa, aspiran a seguir una carrera profesional y aun inscribiéndose en escuelas técnicas, no utilizan ese escalón como formación terminal sino como tránsito a los niveles superiores. Los hijos de los campesinos egresados de las escuelas agropecuarias tratan de ingresar a los niveles superiores, pero no se incorporan a un esquema productivo que no puede asimilarlos fácilmente y que además no es su meta personal.
Por otra parte, la población trabajadora con escolaridad de enseñanza media básica es la que menos ha aumentado sus ingresos nominales promedio. Este hecho estimula a masas cada vez mayores de estudiantes a elevar su grado de instrucción. La capacitación para el trabajo en ese ciclo de la educación no ha correspondido a las necesidades del mercado de trabajo, ya que las enseñanzas que proporciona corresponden a una tecnología que sólo posee un número muy reducido de medianas y grandes empresas que son, justamente, las que crean menos empleos.
La enseñanza media requiere una profunda reforma. En el panorama internacional se observan las siguientes tendencias: a) una prolongación global de la escolaridad, b) un refuerzo de los primeros años de la escuela elemental de manera que las enseñanzas antes distribuidas en seis años se cursen en cuatro o cinco (este avance presupone la efectiva generalización de la educación preescolar) , c) una segunda etapa de tres o cuatro años con enseñanza por materias. Unidos los tramos descritos en los incisos b) y c) forman la escuela básica, que se cursa en un solo centro, d) a partir de esta educación inicial se funda una escuela media superior con carácter propedéutico y terminal que incorpora a la producción a los alumnos en edad cada vez mayor. México ha adoptado una estructura híbrida (mezcla de los modelos francés y estadunidense) como consecuencia de las sucesivas dependencias económicas y políticas que ha soportado. Es necesario sin embargo estudiar, a partir de nuestra realidad propia, una modificación de estructura que a la vez que tome en cuenta las necesidades nacionales, aproveche los avances de la educación en el mundo.
Una necesidad que indudablemente ha madurado es la de establecer un solo ciclo para la educación básica que abarque las actuales primaria y secundaria. Es imprescindible armonizar y organizar racionalmente los 9 años de la escuela básica de manera que sean cursados bajo una misma organización escolar, con maestros de un nivel profesional —y salarial— unificado; con una incorporación de estudios por materias a partir del 5o. grado; bajo un sistema de pase automático, con vistas a que el ciclo entero sea cursado en un mismo plantel mejor provisto y con una mejor relación maestro-alumno. 26
El obvio que ni las tesis desescolarizantes o espontaneístas que plantean una reducción de la escuela formal, ni que las otras que dan por intocable la actual estructura educativa concuerdan con el nivel de desarrollo económico y social alcanzado por el país. Si bien estructura y contenido de la escuela están en entredicho, la institución escolar, como tal, es una necesidad indiscutible. El cambio de los contenidos, de la estructura y de la gestión escolar es una meta de valor democrático y revolucionario.
La educación superior y la investigación científica son actividades del más alto interés nacional. Aunque los centros del tercer nivel han crecido en el país en los últimos diez años, todavía la proporción de jóvenes de 18 a 23 años que cursan esos estudios es insuficiente y nuestro país se compara muy desventajosamente en la tabla internacional. Así por ejemplo, México había alcanzado para 1954 una incorporación del 8.53% de los jóvenes de la edad correspondiente; Panamá ya para 1975 registraba un 15.97, Argentina un 19.06; Chile, en 1972 aún conservaba un 11.56; Uruguay en 1973 escolarizaba un 10.52; Venezuela en el mismo año un 15.85. Los países socialistas y los capitalistas desarrollados registran cifras entre el 15 y al 40%. México se mantiene en el nivel de Bolivia con 8.64, Ecuador y Perú con porcentajes similares.
Por ello resulta inaceptable la tesis que han sostenido diversos investigadores y los sectores empresariales del país, en el sentido de que la inversión en educación superior es excesiva y que su peso relativo en el presupuesto educativo debe decrecer. Esta posición ha sido también aceptada por los subsecretarios de educación superior que han ocupado ese cargo en el actual gobierno. 27 La expansión de la educación superior obedece al crecimiento del sistema escolar en los niveles básico y medio superior, a la exigencia de amplias capas de la población para la prestación de ese servicio, y a los intereses inmediatos y mediatos del país. No se puede demandar el freno al crecimiento de este sector educativo en nombre de una saturación relativa del mercado de trabajo.
Este nivel de enseñanza debe ser concebido —de igual manera que el resto del sistema educacional— como una inversión necesaria a largo plazo, destinada a valorizar la futura fuerza de trabajo del país, a potenciar sus capacidades en un grado mucho mayor que el actual. La demanda de graduados no debe medirse por las posibilidades de un mercado estrecho, determinado por la actual estructura económica y social; éste debe ser sólo un punto inicial de referencia. El criterio fundamental deben constituirlo las necesidades económicas y sociales insatisfechas del país. La misma educación debe contribuir a la prospección y diagnóstico de las necesidades nacionales así como al diseño de alternativas elaboradas no en función de las urgencias del capitalismo monopolista dominante sino en atención a un futuro democrático y socialista del país.
6. Financiamiento
El desarrollo de la educación nacional descansa, de modo fundamental, en su financiamiento. En México las aspiraciones de lograr una mejor educación no se han compaginado con los recursos que le han sido asignados. Los presupuestos públicos para educación, hasta fines del siglo pasado, muestran una gran insuficiencia y discontinuidad. 28 En las últimas décadas del porfirismo se incrementaron los fondos públicos para la educación, pero su destino fue básicamente el apoyo a los servicios docentes en el medio urbano. Es a partir de la Revolución cuando crece el presupuesto educativo, alcanzando un gran incremento durante los años treinta. El plan sexenal del gobierno del presidente Cárdenas proyecta un gran crecimiento de escuelas y plazas de maestros apoyados en una elevación del presupuesto. 29 Estos recursos no llegan a representar un porcentaje muy alto del Producto nacional si bien aumentan su importancia relativa en el presupuesto federal. Tal hecho se explica debido a la tradicional estrechez de la recaudación pública que por muchos años representó menos del 9% de la riqueza nacional y que en la actualidad sólo alcanza un 11.5%. Después de un periodo de congelación relativa de fondos para la educación, se inicia una nueva etapa de expansión presupuestaria. De 1958 a 1976 la proporción del PIB invertida en educación ha crecido constantemente. En la primera fecha citada, el porcentaje de ésta respecto a aquél fue de 1.60, en 1964 del 2.91, en 1970 del 3.06 y en 1976 de 4.36. 30
Las tasas de crecimiento de la inversión educativa han sido, en 1964 del 17.85%, en 1970 del 7.73% y en 1976 del 11.41% De 1958 a 1976 la tasa promedio fue del 12.25%. Desglosando la inversión en federal, estatal y privada, tenemos que para el último periodo citado, el aumento de la primera fue el mayor: 13.50; el de la estatal el menor: 8.14, y el de la privada intermedio: 10.66. 31 Estas cifras muestran varias tendencias: a) el crecimiento más que proporcional de la inversión educativa respecto a la tasa de crecimiento del Producto interno bruto. Esto se comprueba si observamos que entre 1960 y 1971 el PIB creció a una tasa promedio de 6.7 anual mientras que los recursos para la educación lo hicieron a un ritmo anual del 10%, b) la inversión federal se incrementa a un ritmo más alto que la privada y ésta crece más que la estatal. Estos hechos son resultado de que al nivel de desarrollo capitalista que han alcanzado nuestro país, es el Estado la entidad avocada a centralizar la mayor proporción del gasto educativo si bien es cierto que el aparato escolar tiende a adaptarse en mayor medida a los fines de la reproducción de la fuerza de trabajo conforme a las necesidades del sector privado de la economía, c) la inversión privada crece aunque a un ritmo menor, instalándose en los sectores de mayor rentabilidad, como son el medio y el superior; d) la inversión estatal crece menos como resultado del desarrollo desigual de la economía nacional que concentra en pocos polos la producción industrial y agropecuaria y deprime a la mayoría de los estados. En 1976 cinco estados invirtieron más del 50% de su presupuesto en educación; tres, más del 40%, y cinco más del 30%; en promedio canalizaron el 37.83 de su presupuesto a esta actividad.
A partir de la última devaluación del peso, la economía del país sufrió un severo reajuste. El Estado firmó compromisos con el Fondo Monetario Internacional para que este organismo respaldara nuestro quebrantado signo monetario. Una de las obligaciones que dicha entidad crediticia impuso a México fue la restricción del presupuesto público, esencialmente en los rubros de educación y salud. El efecto fue contundente; En 1978 el presupuesto para educación federal monta 74 373 millones de pesos, cantidad que comparada con el presupuesto federal, que es de 434 303 millones, sólo significa un 17% de éste. En relación con el presupuesto anterior, que fue de cerca de 60 000 millones, sólo registra un crecimiento del 23%, proporción similar a la que aumentó el presupuesto federal. Tomando en cuenta la escalada inflacionaria, que para 1976 y 1977 arroja un porcentaje acumulado de 41.2%, se concluye que los recursos para educación prácticamente han quedado congelados, incluso se han reducido, ya que con ellos debe hacerse frente a una población escolar en continuo crecimiento.
Comparando el presupuesto educativo con la cantidad que se estima alcanzará al PIB el año de 1978 la economía crece a un ritmo del 5%, la inversión federal sólo representará un 2.6 de dicho producto interno.
Ante esta insuficiencia presupuestaria se han desarrollado diferentes posiciones que tienden a descargar al Estado de sus obligaciones financieras. En el campo de la educación superior es donde de modo notorio se pretende volcar hacia los alumnos y sus familias el costo educativo. Según propuestas de la ANUIES y de diversos estudiosos de la materia sería conveniente un nuevo esquema de sostenimiento de la educación superior que comprendiera: a) el aumento de las colegiaturas en los centros oficiales o autónomos, b) el establecimiento de una tabla de cuotas diferenciadas “según la capacidad de pago de las familias”, c) la obtención de recursos “por diversos medios”, tarea que quedaría a cargo de las propias universidades o planteles superiores, d) creación de becas- crédito las cuales implicarían que los estudiantes que dispusieran de ellas las pagaran una vez terminada su carrera, e) implantación de un impuesto a los profesionistas para que éstos reintegren al sistema educativo una parte de los beneficios que recibieron de él.
Otra tesis complementaria es la de canalizar de manera prioritaria los recursos públicos a la educación de los niños y adultos de las regiones y zonas marginadas del país así como a la educación primaria, dejando el campo abierto en la educación media, media superior y superior para la concurrencia de un mayor número de planteles escolares privados.
Durante el sexenio 1970-1976, las asignaciones presupuestarias para la educación media superior y superior crecieron de manera más que proporcional respecto a las aplicadas a la educación básica. Este fenómeno se debió a la gran presión que ejercieron sobre los niveles superiores las generaciones, cada vez mayores, de alumnos egresados de la educación media básica y el interés del Estado por amortiguar el enorme descontento estudiantil cuya manifestación más patente se produjo en 1968. Hay que anotar que este fenómeno no es privativo de México. En muchos países latinoamericanos y otros de nivel económico semejante al del nuestro, se ha producido ese aumento acelerado de la inversión en el nivel terciario de la educación.
Esta tendencia al crecimiento del sistema escolar en una época de crisis presupuestaria, tiende a ser controvertida y frenada. Son numerosas las opiniones de voceros de la gran empresa y funcionarios gubernamentales que abogan por una educación superior de paga, más o menos encubierta bajo rubros tales como las becas y otros. En general, la tesis que sostiene la necesidad del acrecentamiento de los recursos privados para la educación y la correlativa disminución de esta carga para el Estado, ha tenido una gran publicidad en la última década. El mismo Estado, como lo hemos referido, ha coincidido en la urgencia de incrementar su acción en el nivel básico apoyando, así sea por omisión, la prespectiva de la mayor incidencia del capital privado en las tareas educacionales.
No obstante lo anterior, se ha aceptado, por el actual gobierno, lo indispensable que resulta aumentar la proporción del PIB destinada a educación de tal modo que ésta alcance por lo menos a un 7 u 8%. Esta meta, fijada hace varios años por los movimientos democráticos de diversos países y por las organizaciones de trabajadores docentes de América Latina, 32 se ha venido haciendo más visible como resultado del crecimiento de las necesidades productivas y educacionales contemporáneas. En 1962, la conferencia de la UNESCO y la CEPAL reunida en Santiago de Chile aprobó el objetivo de alcanzar el 4% de inversión mínima en América Latina. Quince años después el promedio de inversión en la región es cercano al 4.5 (el promedio mundial es de 5.2) y sin embargo es todavía insuficiente para responder a los requerimientos educativos. Varios países han alcanzado un porcentaje mayor logrando elevar sus índices de escolarización, especialmente en el nivel básico, pero sin llegar a resolver aún cuantitativamente y cualitativamente los problemas educativos fundamentales. A fines de 1976, el Banco Inter- americano de Desarrollo realizó un seminario sobre financiamiento de la educación en América Latina. Es revelador que en este acto, auspiciado por una agencia tan directamente ligada al imperialismo, se haya tenido que reconocer la necesidad de elevar el financiamiento de la educación pública en el subcontinente. Esta reflexión se hace cuando países como Chile y Uruguay, sometidos al neofascismo analfabetizante y depredador, han disminuido drásticamente los recursos para la educación amén del contenido oscurantista e irracional que han impreso a esa actividad. 33 Las propuestas del BID, en resumen, son: a) incrementar la educación secundaria y terciaria, b) reducir costos introduciendo nuevas tecnologías radio y televisión sustitutivas o complementarias, c) fomentar la “autoayuda” o sea la participación voluntaria de las comunidades, d) no obstante lo anterior, aumentar el financiamiento directo, el cual debe ser esencialmente el público y, e) estudiar las medidas fiscales parciales que permitan generar fondos para la educación, f) promover el establecimiento de becas-crédito y sistemas de cuotización progresiva para los estudiantes. Aunque el Seminario reconoció que cualquier cambió fiscal epidérmico sería insuficiente para allegar los recursos indispensables, calificó a la reforma fiscal progresiva como un “desiderátum” fuera de las posibilidades actuales. 34
Como se ve, las anteriores opiniones del BID, las cuales ya en fechas anteriores fueron expuestas por el presidente de esta institución, el mexicano Antonio Ortiz Mena, 35 concuerdan con la política de financiamiento que se trata de implantar en el país.
Otra alternativa que el actual régimen ha tratado de poner en práctica es la creciente contribución de los estados al financiamiento educativo. Hemos mencionado cómo las diversas entidades de la federación invierten una parte muy alta de su presupuesto en educación. Sin embargo, sólo en los pocos estados en los que tiene lugar un considerable desarrollo económico, la inversión per capita para educación es significativa como son los casos de Nuevo León y Baja California Norte. En los demás la inversión federal no sólo soporta el gasto principal, sino que contribuye —aunque no sea de la manera más racional— a compensar la inversión operando como un mecanismo de redistribución financiera. Si la carga educativa fuera volcada a los estados, éstos tendrían que recurrir al establecimiento de impuestos que tenderían a ser regresivos, tales como los de afectación específica, los prediales o los que se aplican al consumo. O trasladarían el compromiso financiero a los municipios y comunidades, como hoy ya se práctica a través de las escuelas “por cooperación”, haciendo crecer la enseñanza de paga.
La existencia de dos fuentes oficiales principales de financiamiento (la federal y la estatal) significa un obstáculo para la unificación del sistema educativo; de este modo queda escindido un servicio público tan importante como es la enseñanza.
Los trabajadores de la educación libraron desde hace cuatro décadas una lucha muy importante para conquistar la federalización de la enseñanza. 36 Y este proceso ha avanzado en etapas sucesivas, a medida que el gobierno federal ha incrementado su papel rector en la economía, al grado de que en la actualidad la proporción de inversión federal es sustancialmente mayor que la estatal. También se ha establecido el pago a los trabajadores de la docencia dependientes de los estados, cosa que no ocurría y que fue la causa inicial de la lucha por la federalización de la enseñanza. Igualmente, se han suscrito convenios de nivelación automática en los salarios de los maestros de manera que a un aumento de los mismos en la Federación corresponda otro similar en los Estados; hay incluso unas cuantas entidades federativas que garantizan salarios ligeramente más altos a su planta docente. Sin embargo, con frecuencia los convenios de nivelación no son cumplidos de inmediato y los trabajadores de la educación cuentan con derechos y prestaciones menores a las de los federales. Finalmente —y ello es de una gran importancia—las direcciones educativas no son únicas sino que suponen aparatos federales y estatales; actualmente la red burocrática se ha extendido más aún al ser creado el puesto de delegado estatal encargado de servir de puente entre los dos primeros.
La descentralización económica, política, social y por ende educativa que se requiere en el país debe tener otro contenido. Debe hacerse una redistribución real de recursos y de fuentes de ingreso, para lo cual se requiere un plan nacional orientado por la alternativa antimonopolista que demandan las fuerzas democráticas. Dentro de este enfoque global, ajustado a las necesidades nacionales y no a la ramificación de los intereses e inversiones del capital monopolista, debe figurar un proyecto de descentralización armónica y equilibrada, que pueda garantizar un desarrollo importante de las diferentes regiones del país. Mientras tanto, es urgente una redistribución de la inversión educativa determinada por la federación revolucionaria michoacana, celebrado en 1934, el cual se pronunció por: “I. Que la educación pública sea una función única y exclusiva del Estado, federación. En la actualidad el gasto educativo per cápita registra grandes diferencias —hasta de un 80%— entre un estado y otro, y la diferencia entre lo que invierte el gobierno federal y el estatal en las distintas entidades es también muy grande.
Es necesaria la descentralización de la dirección educativa, proceso que debe implicar una real democratización y no una simple administración burocratizada de recursos locales.
Le educación es considerada por el capital como un bien individual, como una mercancía que posibilita a su usufructuario obtener mayores “utilidades” en su vida futura. Por ello, los ideólogos de la burguesía son partidarios de que se deje de “subsidiar” ese servicio para permitir que opere la ley de la oferta y la demanda. De este modo, el mercado de la educación también quedaría controlado y regulado por las fuerzas de los monopolios.
Sin embargo la alternativa democrática de financiamiento es aquella que se liga a todo un proyecto avanzado de reformas económicas en el país y que incluye, como punto fundamental, la reforma fiscal progresiva. Esta salida, que es avalada por un grupo creciente de fuerzas políticas y sociales 37 significa que debe ser afectado el gran capital, nacional y extranjero, en sus ingresos finales, de manera que no puedan revertir al pueblo consumidor, por la vía de la elevación de precios, el gravamen fiscal.
7. Gestión
La dirección del aparato escolar ha pertenecido tradicionalmente a las clases dominantes. La escuela no puede cumplir sus funciones de reproducción ideológica, de entrenamiento productivo y de difusión de una cultura general matizada con los tintes del orden establecido, sin contar con los mecanismos de control de la educación nacional.
La escuela ha sido dirigida tradicionalmente por las clases dominantes. Ese control se ejerce en todos los campos: abarca la determinación de los contenidos, la organización de la estructura general educativa, las metodologías y disciplinas. Durante siglos enteros la fisonomía de la escuela registró muy pocos cambios. Esta institución no sólo reprodujo el conservadurismo de la sociedad clasista sino que también erigió sus propios mitos, sus propios dogmas, sus peculiares dignidades. La gestión escolar adoptó los engranajes de mando que le legaban los poderes constituidos pero adicionó otros, nacidos y alentados en su ámbito corporativo y cerrado. Es así como la escuela secularmente ha desarrollado una dirección autoritaria por partida doble, que no sólo expresa la compulsión de la sociedad entera sino que la refina y consagra. Sin embargo, nuevas corrientes, propias del desarrollo social contemporáneo, golpean contra los muros antes herméticos de la escuela y permean su estructura estamentaria y anquilosada. La masificación de los servicios escolares, el nuevo papel de la ciencia y la educación en la producción moderna, la mayor incidencia de las fuerzas democráticas y revolucionarias, son elementos que concurren a un nuevo enfoque de la dirección educativa.
En México la educación conoció la rigidez organizada de los centros prehispánicos correspondientes a una sociedad teocrática.
Durante la época colonial, las instituciones educativas se organizaron a imagen y semejanza de las corporaciones religiosas, imponiendo su autoritarismo inconnmutable. Más tarde la escuela liberal cambió los contenidos escolásticos por los positivistas pero mantuvo la dirección piramidal y unívoca. La petrificación del sistema político dio a los centros escolares el modelo y la confirmación de su régimen de gestión.
La Revolución de 1910-1917 provocó entre muchas otras rupturas, la del sistema de dirección escolar. El ascenso de los movimientos de la clase obrera y las luchas de los campesinos, produjo una nueva escuela, la cual enmedio de todos sus dogmatismos entrevió una orientación más avanzada y una forma diferente de dirección escolar. La escuela racionalista, en los años 20, puso en marcha una dirección escolar por consejos elegibles y revocables. 38 También en las normales rurales y en las escuelas urbanas de diverso nivel se ensayaron formas de dirección democrática, que hicieran compatible la lucha por la democratización de la sociedad con la vida de la escuela. Como en toda época de ascenso revolucionario, en estos años se prefiguró una nueva forma de dirección de la sociedad. En la escuela fue muy profunda esta manifestación debido a la ideología socialista que animaba el trabajo escolar, a la politización intensa que sufrió el cuerpo docente y a la ligazón de la escuela con los sectores sociales en lucha.
En la actualidad la educación nacional sufre un aparato directivo esclerosado, producto de la estructura política y social que se formó en los últimos cuarenta años y que es fruto también del tradicionalismo docente.
La escuela básica así como la media superior y tecnológica dependientes de la Secretaría de Educación Pública están sujetas a una dirección centralizada. La aprobación de planes y programas de estudio, la contratación del personal docente, la aplicación de medidas disciplinarias, la admisión de alumnos, etcétera, está en manos de los funcionarios designados por el Estado.
La educación oficial es financiada, en última instancia, por la comunidad; sin embargo, es el Estado el que legisla e impone en el terreno educativo.
La Ley Federal de Educación, reglamentaria del Artículo 3o. de la Constitución, otorga al Estado todas las facultades de mando educativo y restringe las de las comunidades escolares. Instituye un Consejo Nacional Técnico de la Educación que sólo tiene un carácter consultivo y está integrado por funcionarios de confianza.
En la educación superior el panorama es parcialmente diferente. La autonomía de numerosos centros de este nivel, especialmente las universidades, permite un avance de las tendencias democratizadoras. Son varias las universidades del país que se autodirigen en los principales aspectos de su actividad, modificando libremente sus planes de estudio y programas, designando a su personal y manteniendo una relación con el movimiento democrático del país. Las escuelas superiores reflejan en escala creciente las contradicciones de la sociedad y se desarrolla en ellas una impugnación global del sistema portador de la explotación, la irracionalidad y la violencia.
La gestión escolar debe modificarse de raíz. La escuela debe ser democratizada. Es evidente que este proceso no puede ser autónomo: está directamente relacionado con la lucha por la democracia en todo el país. Pero tampoco es una tarea que haya de suceder a esta última. Es una lucha simultánea, que se beneficia de los avances que se dan extramuros.
Marx hablaba de una escuela financiada por el Estado pero dirigida por la comunidad. Nunca como ahora esa demanda es válida. Se requiere una escuela que deje de ser coto cerrado de la burocracia. Una organización escolar democrática y no burocrática, era el lema de los bolcheviques ya en 1913. 39
La dirección escolar en manos de la casta de funcionarios expertos en la genuflexión, el halago al superior, la renuncia a la opinión propia y el mimetismo sexenal, es un pesado obstáculo para la libre formación de las nuevas generaciones. Igualmente dañinos son los directivos ascendidos mediante el régimen de la disciplina militarizada, cultores de los reglamentos y las ceremonias, partidarios de una autoridad per se, dueños de una ley de orígenes tan remotos (y tan poco legítimos) que pierde el sentido cotidiano y la funcionalidad.
No se puede incurrir en la ilusión de una abolición de la gestión autoritaria dentro del capitalismo ya que éste forma parte de las relaciones sociales que dicho régimen establece. Sin embargo, es indispensable no aplazar la acción democratizadora sobre la escuela.
Notas:
1 Véanse: (Bogdan Suchodolski y Mario Manacorda, La crisis de la educación Ediciones de cultura popular México, 1975, 156 p, Phillips H. Coomb. La crisis mundial de la educación, Península, Barcelona, 1976, 420 p., Mario Manacorda; “Cincuenta tesis sobre educación”, Problemas teóricos de la educación, Ediciones Movimiento, México, 1973, 184 p., p. 95-105.
2 1970-1976.
3 Plan Básico de gobierno 1976-1982, puntos 82-86, El Día, México, 23 de septiembre de 1975.
4 Porfirio Muñoz Ledo, Plan Nacional de Educación, Excélsior, 15 de agosto de 1977.
5 Las demandas de mayor escolarización, formación unificada de maestros y elevación al nivel universitario de esta carrera, ampliación de recursos fiscales para la educación y otras, reflejadas en el Plan Nacional, fueron acordadas en la Segunda Conferencia Nacional de Educación del SNTE, celebrada en 1970 en Oaxtepec Mor., Temas de Educación y Cultura, SNTE, núm. 3, septiembre-octubre de 1970-108 p. Un desarrollo más amplio de esas peticiones y otras como la democratización de la gestión escolar, y el establecimiento del ciclo básico unificado se realizó en la Primera conferencia popular de educación, celebrada en la Ciudad Universitaria en julio de 1973, Política y Educación en México, Ediciones Movimientos, México, 1974, 144 p.
6 Jorge Efrén Domínguez, Excélsior, México, 17 de agosto de 1977.
7 El MRM y el Plan nacional de educación”, Movimiento núm. 4, p. 3, México, 22 de agosto de 1977.
8 “El plan de educación gran paso en la democratización del sistema”, Excélsior, México, 9 de agosto de 1977.
9 “Se concretará el Plan nacional de educación” Unomásuno, México lo. de marzo de 1978.
10 “El sector privado aplaude el freno a la secundaria obligatoria”, Excélsior, 15 de febrero de 1978. Enrique González Torres, del Centro de Estudios Educativos, coincidió en ese cambio de política, aprovechando la oportunidad para reiterar antiguas posiciones de la patronal mexicana como la extensión de la “educación pagada” y la implantación de las “becas-crédito”, Excélsior, México, 17 de febrero de 1978. El grupo financiero de Monterrey, por medio del director de la Cámara de Comercio de ese Estado, Raúl Monter Ortega, expresó su satisfacción por la destitución de Muñoz Ledo adudiendo a que cuando éste “estuvo de Secretario de Trabajo y Previsión Social hizo declaraciones ofensivas para los empresarios”. El Norte, Monterrey, N. L., 11 de diciembre de 1977.
11 Después de un largo proceso de negociaciones la Universidad Pedagógica fue establecida mediante un decreto presidencial emitido el 22 de agosto de 1978. Este centro cubre dos áreas: una consiste en cinco carreras (Administración educativa, Educación básica, Pedagogía, Psicología educativa, y Sociología de la educación) cuyo mercado de trabajo es por entero dudoso y las cuales responden a un esquema tecnocratizante de formación de cuadros para la dirección de la educación pública; la otra consiste en la incorporación del sistema de mejoramiento profesional ya existente para maestros en servicio (licenciatura de educación preescolar, primaria, artística, tecnológica, física y de adultos) a la UP. Esta solución negociada entre la SEP y el SNTE muestra el creciente grado de anarquía de la rama de formación de maestros, en la que es urgente una discusión democrática mediante un congreso nacional idóneo, con representaciones de maestros y alumnos para liquidar duplicidades y, sobre todo, para modificar la orientación de los planes de estudios y programas con un sentido verdaderamente científico y avanzado.
12 “La alfabetización y la enseñanza primaria en México, 1975-1976”, Revista del Centro de estudios educativos, vol. vii, primer trimestre, núm. 1, 1977, p. 121.
13 En el Distrito Federal, por ejemplo, entidad en donde existe un funcionario por cada una de las delegaciones políticas dedicado a asuntos educativos (duplicando de modo evidente las funciones de las cuatro direcciones de enseñanza primaria de la SEP) fueron dados a conocer datos parciales anunciando la erradicación del analfabetismo por delegaciones, tarea que no sólo no está cumplida sino ni siquiera se apoya en una estimación seria de los requerimientos educativos. Por otra parte, los “voluntariados” (sic) que supuestamente alfabetizarían a los iletrados se han desvanecido con la misma rapidez que las noticias de prensa que los anunciaron.
14 Cfr. Annuairestatistique, UNESCO, 1975, París, 1976. Evolución reciente de la educación en América Latina, progresos, escollos y soluciones, UNESCO, SepSetentas núms. 229-232, México, 1976.
15 Prontuario estadístico, SEP. México, 1978, mimeógrafo.
16 Herrán Escalante, Neoconductismo y evaluación, Educación popular, México, 1977, 52 p, p. 37-38.
17 América en cifras, 1970, OEA, Washington 1971.
18 Evolución reciente de la educación en América Latina, Sepsetentas núm. 229, op. cit., p. 23.
19 Prontuario estadístico, SEP. op. cit.
20 Cfr. “Esperienze e ipotesi di scuola a tempo peino”, Riforma della scoult, núm. 8-9, 1793, Roma, Iván García Solís. “¿Escuela de doble turno o de tumo completo?” El Día, México, 7 de octubre de 1978, Iván García S. “¿Qué es la escuela de tiempo completo?”, El Día, México, 14 de octubre de 1978.
21 Véase: Enrique Semo, “Reflexiones sobre el capitalismo monopolista en México” y Raúl González Soriano “Crisis estructural y capitalismo monopolista de Estado de México”, Historia y Sociedad, núm. 17, 1978, 100 p. p. 26-40.
22 “La enseñanza medio de presión y de fracaso profesional”, Excélsior, México, 24 de enero de 1978.
23 Intervención ante el Consejo General de la Primera Internacional, celebrado en 1869, cit, por Georges Cogniot, Marx y la educación”, A.N. Leontiev, El hombre y la cultura, Col. 70, núm. 36, Grijalbo, México, 1973, 160 p., p. 115.
24 Lucio del Cornó, “Los problemas de la escuela media superior”, El autoritarismo en la escuela, Alberto Aberti et al, Península, Barcelona; 1975, 328 p, p. 185 y s.
25 Véase: José de la Luz Mena, "La escuela socialista, su desorientación y fracaso ”, México, 1941, 402 p.
26 La primera conferencai poular de educación, convocada en 1973 por el Movimiento Revolucionario del Magisterio y diversas organizaciones sindicales, campesinas y populares, resolvió “luchar por la obligatoriedad de la educación preescolar en el último, el tercero, de manera que se constituya en un grado directamente ligado a la educación primaria”. También se pronunció por “La armonización primero y la fusión después es un solo ciclo universal, gratuito y nivelado, de las actuales enseñanzas primaria y secundaria”. Asimismo demandó que “el tercer año de la actual enseñanza preescolar debe ser considerado como parte del ciclo básico, de modo que, aun impartiéndose en establecimientos específicos, se generalice a toda la población y se declare su obligatoriedad”. Política y educación en México, Op., cit., p. 43, 72 y 92.
27 Esta orientación se percibe con claridad en toda la literatura pedagógica de fines del siglo pasado y de la primera década del actual; como una muestra muy representativa Cfr. La enseñanza normal, revista quincenal aparecida el 15 de septiembre de 1904.
28 Cfr. Carlos Rivera Borbón, El gasto del gobierno federal mexicano a través de la Secretaría de Educación Pública, SEP, 1970, 170 p.
29 “Plan sexenal de educación”, “El maestro rural, SEP, t. iv, núm. 1, México, 1o. de enero de 1934, p. 3-6.
30 “Gasto educativo, costo unitario y pirámide escolar en México”, Revista del centro de estudios educativos, vol. vii, núm. 4, México, 1977, p. 127-147.
31 Ibidem.
32 La confederación de educadores americanos (CEA) desde su 9o. congreso celebrado en México, en 1967 se ha pronunciado por un incremento, al 6% primero y al 8% después, del Producto interno bruto para la educación pública, Confederación de educadores americanos. Memoria, México, 1967.
33 Este país, así como Chile, sufren ahora una profunda crisis educativa como resultado de los regímenes neofascistas que los aherrojan. La proporción de niños y jóvenes inscritos en las escuelas ha bajado drásticamente y la calidad de la enseñanza ha retrocedido al grado de que una buena parte de la planta docente, en todos los niveles, ha sido sustituida por personal castrense y sus familiares. En Uruguay de modo muy significativo, se presenta a la Edad Media como etapa histórica cumbre y modelo de la humanidad futura. En todo caso en este sistema autoritario del capitalismo dependiente, desescolarización y oscurantismo van de la mano.
34 “Finaciamiento de la educación en América Latina”, Revista del Centro de Estudios Educativos, vol. viii, núm. 1 de 1978, op. cit.
35 “Propone Ortiz Mena ayuda del BID para la educación superior en América Latina”, El Día, 18 de mayo de 1976.
36 Desde los inicios de la década de los treinta de este siglo los maestros y las fuerzas obreras y campesinas demandaron ininterrumpidamente la federalización de la enseñanza; como ejemplos citamos los resolutivos del V Congreso de la Con controlada en su totalidad por la Nación, unificándose los diversos sistemas educativos que existen en el país en torno a la Secretaría de Educación Pública. El control de la educación debe estar en manos del Estado”. El maestro rural, México, 1o. de enero de 1934, p. 5. La lucha por la federalización de la enseñanza se generalizó a todo el país y figuró incluso como demanda programática del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación desde la constitución de éste, en 1942.
37 La demanda de reforma fiscal progresiva como base del mayor financiamiento de la educación pública es mantenida por el movimiento obrero y sindical. El SNTE la ha hecho suya desde 1970, fecha en que fue aprobada por la Segunda Conferencia nacional de educación, Amador Jiménez, Humberto González, Iván García, “El financiamiento de la educación en México”, Temas de Educación y cultura, SNTE, núm. 3, septiembre-octubre de 1970 p. 25-42.
38 Véase: José de la Luz Mena, La Escuela socialista, op. cit. Proletarskaia Pravda, núm. 15, 24 de diciembre de 1912, cit. por Georges Cogniot, “Marx y la Educación”, A. N. Leontiev, El Hombre y la cultura, Col. 70 núm. 36, Grijalbo, México, 1973, 160 p., p. 119.
IVAN GARCIA SOLIS
Democratizar la educación pública, una necesidad nacional
1. Crisis permanente y planes que no se cumplen
Desde hace por lo menos veinte años es reconocida una crisis permanente, endémica, que afecta a la educación nacional.
En los periodos de agudización de la crisis política y económica, se vuelve más notorio el fenómeno de que hemos hablado y es así como las clases sociales y las fuerzas políticas de México perfilan con mayor claridad su alternativa sobre este importante aspecto de la vida del país.
La crisis de la educación, por otra parte, no es un problema nacional, sino que se extiende a la inmensa mayoría de los países capitalistas y hay aún rasgos que afectan a los sistemas escolares de casi todos los países del mundo.
No hay, en la actualidad, ningún aspecto de las estructuras educativas que no esté sujeto a la impugnación, que no requiera una revisión profunda. El carácter especialmente tradicional, corporativo y originariamente desvinculado de las actividades productivas de la sociedad que comporta la educación, hace que esta actividad sufra los embates de un cambio económico y político acelerado, tanto en los países socialistas como en los capitalistas. Es bien cierto que en uno y otro sistema económico social, el carácter esencial de la educación es distinto ya que en el socialismo, han cambiado los fines y los contenidos de la educación. Pero es conveniente no olvidar que este nuevo régimen social, en los diferentes lugares en donde se ha establecido, ha encontrado una estructura educacional ya hecha, formada, más o menos recalcitrante, que ha debido ser reconvertida para ponerla en consonancia con los nuevos fines de la sociedad; sin embargo, dicha estructura ha heredado un pesado lastre autoritario y formalista del cual no ha podido aún liberarse por completo.
Los rasgos esenciales de la crisis de la educación contemporánea pueden ser enunciados de la siguiente manera: a) aumento incesante de la necesidad de escolaridad e incapacidad para atender en escala suficiente a las nuevas generaciones, b) desarticulación entre las necesidades productivas de la sociedad y la respuesta que da la escuela a la urgencia de una fuerza de trabajo más calificada, c) incidencia creciente de las inversiones educativas en los presupuestos nacionales, d) obsolescencia de muchos contenidos transmitidos por un sistema educativo que no incorpora con oportunidad y amplitud los avances del conocimiento humano en todas las áreas, e) inadecuación de las estructuras y los ciclos, mismos que continuamente sufren modificaciones indispensables, f) quiebra cada vez más notoria del sistema autoritario de gestión el cual fue un elemento distintivo de las instituciones docentes y que hoy es cada vez más incompatible para hacer frente a los avances políticos y sociales de nuestros días. 1
En México a fines de la década de los 50, se produjo un consenso acerca de la situación crítica por la que atravesaba la educación. Los grandes movimientos estudiantiles de 1956 y las luchas de masas que libraron numerosos sectores de trabajadores en ese año, así como en 1957 y 1958, hicieron que afloraran numerosos problemas nacionales, entre ellos el educacional.
Ya desde los años 40, como resultado del reflejo de las grandes luchas de masas del decenio anterior y del entronizamiento en el aparato del Estado de los sectores burgueses conservadores, la educación popular había sufrido un notorio retroceso. La red asistencial en todos los niveles fue reducida o congelada y el Instituto Politécnico fue intervenido por el ejército, cerrándose su internado. La inversión pública en educación decreció y se establecieron numerosas escuelas particulares.
En 1959 se iniciaron cambios importantes en la educación. Se aplicó el plan conocido como de once años, destinado a elevar la escolarización a nivel primario, se editaron las primeras versiones de los libros de texto gratuitos y se incrementó la educación técnica.
Estas medidas tuvieron una doble causa: por una parte, obedecieron a la modificación de las estructuras productivas del país que, al acrecentar su industrialización, requería de una mano de obra con una preparación básica mayor. A la vez había aumentado la demanda de cuadros especializados. Por otra parte, las necesidades de educación se hicieron más apremiantes como resultado del aumento de la población del país y de las exigencias populares de nuevas escuelas.
En 1968, la profunda crisis política, social y moral que vivió nuestro país puso, más aún al descubierto, la senectud de las estructura económica y social que se formó a partir de 1940 y, como aspecto muy notorio, la estructura educativa. La gran burguesía dominante, a través de un Estado cada vez más definido a su servicio, puso un especial interés en el aparato escolar. Se canalizaron recursos cada vez mayores al financiamiento de la educación pública y si bien es cierto que esto se hizo merced a una política de endeudamiento desbocado del sector público, en la práctica fueron establecidas más escuelas y se contrató a decenas de miles de maestros más. Especialmente la educación superior, así como la técnica, merecieron un mayor apoyo económico.
Los subsidios federales a la mayor parte de las universidades crecieron y en muchas de ellas se establecieron nuevas carreras, más acordes con la nueva estructura de las profesiones técnicas e industriales. Se emprendió una modernización de los libros de texto, a los cuales fueron incorporados algunos nuevos contenidos de las ciencias naturales; en ciencias sociales se adecuó la orientación de dicho material didáctico con una ideología “tercermundista” que consistió en advertir la opresión en los pueblos ajenos y disimular la existente en el nuestro, ocasionada por un proceso capitalista monopolice que ha generado mayor desigualdad, miseria y desempleo. En los últimos seis años 2 la educación nacional padeció una penetración avasalladora de metodologías norteamericanas de matriz pragmatista y neoconductista. Casi al pie de la letra, fueron volcados a nuestro acervo pedagógico los recetarios de las llamadas “programación por objetivos”, y de la “dinámica de grupos”; del mismo modo, se implantó un sistema de evaluación de tipo empresarial y se introdujo toda otra gama de subproductos de la esfera industrial que han sido aclimatados al quehacer pedagógico de Estados Unidos y posteriormente se han transmitido a varios países dependientes de este centro imperialista.
Al comienzo del actual régimen gubernamental, nuevamente se hizo evidente la crisis educativa del país. Esto no quiere decir que durante los años anteriores tal hecho no se haya manifestado.
Lo que ocurre es que, dada la dinámica del sistema político de México, durante la coyuntura intersexenal hace eclosión la crítica y la inconformidad que la falta de libertades políticas ataja, diluye o reprime permanentemente.
Al comienzo de la campaña electoral, el partido en el poder destinó 5 de los 100 puntos de su llamado Plan Básico de Gobierno a los temas educativos. Las propuestas fundamentales allí contenidas fueron: a) la ampliación de la escolaridad, b) la ligazón mayor de la educación con los problemas del campo, c) el establecimiento de salidas terminales para que los alumnos ingresaran a la producción ... ¡después del cuarto año de primaria!, d) el desarrollo de la enseñanza técnica y profesional, con participación del capital privado y, e) el aumento del patrimonio de las universidades. 3
Casi dos años más tarde, el gobierno del presidente López Portillo presentó a la nación por voz del Secretario de Educación, Porfirio Muñoz Ledo, el Plan Nacional de Educación que se proponía llevar a cabo.
Los rasgos principales del documento básico así como de las exposiciones adicionales que fueron presentadas a la opinión pública son: a) generalización de la educación preescolar, b) universalización de la educación primaria, c) defensa del carácter obligatorio de la educación secundaria, d) mejoramiento de la atención maternoinfantil, e) atención preferente a grupos marginados, f) extensión de mecanismos de apoyo para estudiantes de escasos recursos, g) crecimiento de los servicios destinados a los adultos, h) empleo intensivo de los medios de comunicación (para los fines educativos), i) integración en un sistema de todas las modalidades de formación de maestros para los ciclos de la educación básica y elevación de ellas al nivel superior, j) revisión de la estructura de la educación tecnológica de modo que, sin detrimento de la formación general, incremente la propensión al trabajo y mejore la contribución a las actividades agropecuarias e industriales, k) creación de consejos estatales de educación, 1) creación de juntas locales y patronatos para que “fomenten la participación de las comunidades en el mejoramiento del ámbito escolar”, m) “distribución equitativa de la carga financiera entre la federación y las entidades de acuerdo a los niveles de ingreso de cada región... acrecentando las responsabilidades de las autoridades locales en la administración educativa”, n) “solidaridad nacional de los sectores más favorecidos por el desarrollo en las tareas que los hacen posible y vinculación de las fuerzas productivas y de las instituciones sociales en el estímulo, apoyo y complementación de la obra de la escuela” 4
Es evidente que en el largo inventario de objetivos trazados por el Plan nacional se encontraban muchas de las demandas que de manera reiterada habían sostenido los sectores y fuerzas democráticas. Sometidas, si bien es cierto, a un filtro reformista y tecnocratizante, figuraron en el plan grandes metas de elevación cuantitativa y cualitativa de la educación del país. El Secretario de Educación afirmó que “la situación no parece propicia para un plan de tal envergadura. Son sin embargo mayores los riesgos en que podríamos incurrir si no tomáramos a tiempo las decisiones que garanticen nuestro progreso e independencia”. 5
En otros textos hizo alusiones más claras sobre la necesidad de elevar el nivel educativo para que el país pudiera mejorar su “competitividad” (capitalista) en un mundo que registra un desarrollo acelerado de la educación, la ciencia y la producción económica.
Visto desde un ángulo más pragmático y sin el marco retórico de las frases ministeriales, un funcionario encargado de presentar el diagnóstico de la capacitación para el trabajo, señaló que “el país destina un poco más del 20% del Producto Interno Bruto a la formación de capital físico y no más del 4% a la formación de recursos humanos” agregando que “los países que han alcanzado más sólido y rápido desarrollo económico deben el aumento de su productividad sólo en 30 o 40% a las inversiones en infraestructura, bienes y equipos de producción y en más del 60% al mejoramiento continuo y consistente de la calidad de su fuerza de trabajo”. 6
El Plan Nacional de Educación representó un amplio catálogo de problemas no resueltos, una declaración de buenos propósitos, pero encontró sus principales limitaciones en la insuficiencia económica y en la gestión autoritaria y piramidal que caracteriza al sistema educativo.
En efecto, la gestión del plan se realizó en contraposición con cualquier método aceptable de consulta. La SEP, por dos ocasiones, practicó encuestas a los maestros del país para que éstos por medio de una respuesta breve, sin preparación previa y sin conocimiento de los proyectos gubernamentales, aportaran sus opiniones sobre la compleja problemática educativa. En la segunda serie de consultas, los maestros pudieron nombrar representantes que se reunirían en asambleas de los distintos niveles por entidad o región de la República. En los casos en que el magisterio participó activamente, sosteniendo la plataforma avanzada que el movimiento sindical
democrático ha venido elaborando en los últimos años, las autoridades cancelaron la discusión, mudaron precipitadamente las asambleas y concluyeron la “consulta.” 7
La SEP declaró que en la formulación del plan habían participado 150 000 educadores, pero esto no fue sino un forzado intento de legitimación. 8 No es casual, por ello, que el Plan si bien asimiló demandas sostenidas por la base de los docentes, excluyó totalmente la necesaria democratización de los mandos educativos, punto sobre el cual se limitó a ratificar la vigencia del Consejo Nacional Técnico de la Educación, organismo compuesto por los funcionarios de confianza, el cual opera como vocero de las decisiones que sobre política educativa toma el gobierno, sin reflejar la opinión de una comunidad docente que tiene una escasa participación e información.
El aspecto en que el plan mostró su mayor fragilidad fue el financiero.
No se previno el cálculo de la inversión necesaria ni los plazos en que las metas generales propuestas habrían de alcanzarse.
El 6 de febrero de 1977 se iniciaron los trabajos de elaboración del plan; en la primera quincena de agosto de ese mismo año fue presentado ante la opinión pública el documento básico a que nos hemos referido, y el 10 de diciembre fue sustituido el Secretario de Educación. El nuevo responsable de este ministerio asumió formalmente el compromiso del Plan Nacional y ofreció que a más tardar en julio de 1978 presentaría un plan “con metas, cifras y plazos”. 9
Entretanto, descartó uno de los puntos medulares del plan como era la instauración de la secundaria gratuita y obligatoria, antigua demanda de las fuerzas magisteriales, la cual había sido avalada en forma multitudinaria por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en una concentración alusiva. La retracción en este punto tan importante, provocó el aplauso de los sectores más conservadores quienes habían atacado especialmente esa meta. 10
No obstante que ha sido diferida la presentación del plan definitivo, da SEP ha aplicado una política educativa cuyos rasgos esenciales son: a) la administración de un presupuesto limitado, inferior en términos reales al de 1977, b) la elaboración de un plan para la atención a los grupos marginados, que implique la participación de entidades paraestatales a través de comités y de “voluntarios”. La meta perseguida es alfabetizar y escolarizar a toda la población demandante; c) la ampliación de la planta docente de primarias en 16 500 plazas de maestros de educación primaria y preescolar más, y la creación de 241 escuelas secundarias, d) la elaboración conjuntamente con el SNTE de un proyecto sobre la Universidad Pedagógica demandada por el grupo dirigente de este organismo y la cual esencialmente implica el establecimiento de una nueva red de formación de maestros, paralela al sistema de normales existentes. 11
2. Alfabetización y escolarización
En los últimos veinte años México ha aumentado lentamente su nivel de escolaridad y ha disminuido el porcentaje de analfabetismo. Pese a los sesenta años transcurridos después del inicio de la Revolución de 1910, los gobiernos de la burguesía no han podido lograr metas que, otros pueblos, bajo el socialismo, alcanzan en un lapso incomparablemente menor.
El problema del analfabetismo ha sido una lacra secular en nuestro país. Los esfuerzos alfabetizantes han sido parciales e ineficaces. La SEP estima en siete millones la cantidad de mexicanos analfabetas absolutos, es decir aquellos que jamás aprendieron a leer y escribir. Habría que tomar en cuenta también los llamados analfabetas funcionales los cuales son, según el criterio de la UNESCO, quienes no afirmaron sus conocimientos y, por desuso, perdieron las habilidades de la lectura y la escritura. Se ha considerado tales a quienes sólo cursaron los tres primeros años de la primaria.
Bajo este criterio, para 1975 habría más de 20 millones 700 mil analfabetas funcionales en México. 12
La SEP ha anunciado un plan parcial destinado a la alfabetización y escolarización de los habitantes de las zonas marginadas del país denominado Educación para todos.
Es conveniente apuntar que dicho plan está basado en un aporte financiero de sólo 1000 millones adicionales al presupuesto normal, lo cual representa apenas un 1.6 de incremento al presupuesto educativo. Se pretende apoyar esta tarea en recursos variables e inciertos que presuntamente proporcionarán los estados, los municipios y diversas entidades públicas y privadas.
La estimación del número de los analfabetas es muy imprecisa, ya que está basada en un censo que llevaron a cabo de manera precipitada, a fines del pasado ciclo escolar, diversos funcionarios administrativos y alumnos de las escuelas primarias y secundarias. Los improvisados censores trabajaron con complejas listas que exigían el registro de 17 datos por persona, sin planificación regional ni zonal serias y sin un control adecuado. Este método dio como resultado que diversos funcionarios menores que ninguna relación tienen con la docencia pero sí están poseídos de un gran entusiasmo por su ascenso político, dieran a la luz pública datos optimistas pero inconfirmables. 13
Es evidente que la tarea de la alfabetización requiere poner en tensión grandes fuerzas. En países donde se realizan profundas transformaciones revolucionarias como en Cuba, Angola, Vietnam o Guinea-Bisau, o como en el México de los años 20 y 30, es posible concertar el apoyo de la población letrada en una gran campaña de voluntarios. Pero queda fuera de toda duda el hecho de que en un sistema político burocratizado y antidemocrático, como es el que priva, el funcionamiento de estos proyectos es limitado y efímero.
La escolarización en México ha tenido avances importantes similares a los alcanzados en diferentes países de semejante o menor desarrollo económico de América Latina y de otras regiones. 14 Entre los ciclos correspondientes a los años 1970-1971 y 1976-1977 se produjo un incremento considerable. En cambio, en los ciclos 1977- 1978 y 1978-1979 (según datos previstos para estos años por la SEP), el ritmo de escolarización ha bajado, como consecuencia de la escasez presupuestaria. 15
La tabla de la página siguiente nos muestra el estancamiento en los dos últimos periodos citados.

Si bien los porcentajes presentados indican una marcha hacia la elevación de la escolarización básica, es conveniente citar otras cifras que ilustran la magnitud de la carencia y desigualdad en la prestación de los servicios educativos.
La escolaridad promedio de la población es de sólo 3.6 grados es decir, nuestro país bordea el límite del analfabetismo funcional; hay aún cerca de 2 000 000 de niños sin acceso a la escuela primaria; sólo un 42% de los niños que ingresan a la primaria, es decir menos de la mitad, terminan su 6o. grado y, en el medio rural, dicho porcentaje baja a un 10.1%; los egresados de estudios profesionales respecto a los que ingresaron al 1o. de primaria es de sólo un 1.1%, o sea, que la pirámide educativa va eliminando masivamente a los escolares a medida que aumentan los años de estudio. Finalmente, la deserción y la reprobación en primarias suma un 18% anual.
Otros índices de la desigualdad educativa son los siguientes: en 1970, mientras la demanda de primaria atendida en las zonas urbanas era del 88.4%, en las zonas rurales era de sólo 65.7; en ese mismo año egresaba del 6o. grado de primaria un 54% de alumnos en el medio urbano y sólo un 10% del medio rural. Finalmente, en la UNAM, en 1969, el 57% de los estudiantes provenían de familias con ingresos superiores al promedio del país. Sólo un 12% eran hijos de obreros y el 2.6% de campesinos. Así, las clases mayoritarias del país estaban representadas en el sistema educativo de una manera inversa a su magnitud.
3. Calidad de la educación.
El crecimiento del sistema escolar, su masificación, ha originado una baja en los niveles de enseñanza independientemente del contenido ideológico que la anima. Según algunas investigaciones recientes referidas al grado de cumplimiento de los programas vigentes y de las habilidades que se estiman necesarias, el nivel promedio de comprensión de la lectura en 4o. y 6o. grado de primaria es de 36.5; el nivel medio de conocimientos en ciencias naturales, en primaria, es de 31%; el nivel promedio de lectura en preparatoria es de 46.3% y el nivel promedio de conocimientos en ciencias naturales en 3o. de preparatoria es de un 33.5%.
Según una exploración practicada por los profesores de matemáticas de las secundarias oficiales y particulares de todo el país en septiembre de 1975, a los alumnos de primer grado, basada en 45 preguntas tomadas textualmente de los libros oficiales de 5o. y 6o. años, se observó que la mitad de los alumnos del país no pudieron contestar 30. Precisando estos resultados, tenemos que:
72% de los que ingresaron a la escuela secundaria no saben restar decimales sencillos.
73% no saben sumar 1/2 + 1/3.
67% no saben que el orden de los factores no altera el producto.
70% no pudieron calcular la sexta parte de 360°.
78% no saben cuantos litros hay en un metro cúbico. 16
El desplome de los niveles educativos tiene causas objetivas fácilmente detectables. Entre las principales se encuentran: a) un cuerpo docente desprofesionalizado, sobrecargado de horas de trabajo. A la fecha, para conseguir un salario menos bajo, el profesor de escuela opta por tomar un doble turno, en la propia primaria o en otro nivel o rama educativa.
Hay quienes combinan su profesión con el ejercicio de otras, sumamente alejadas de la tarea docente. Se ha querido identificar la profesionalización con el destajismo, y se ha pretendido que un tiempo completo es lo mismo que una doble o triple plaza. Lo verdadero es justamente lo opuesto: a) la sobreocupación que no es sinónimo de profesionalización ha incrementado el rutinarismo y ha redundado en una baja del rendimiento docente, b) no existe un plan de actualización y mejoramiento profesional que abarque al 100% de la planta docente. De este modo, sólo el sector de maestros que prosigue estudios de posgrado incrementa su preparación, c) el número excesivo de alumnos por grupo escolar. Actualmente la tendencia internacional es el mejoramiento cuantitativo de la relación alumno-maestro y ese progreso se muestra en las siguientes cifras: Entre 1960 y 1970, la relación maestro-alumno bajó en Argentina de 22 a 18; en Bolivia se mantuvo en 27; en Brasil de 33 a 28; en Colombia de 38 a 37; en Cuba de 37 a 29. 17 En promedio, en América Latina, entre 1960 y 1970, la razón maestro alumno bajó de 34 a 32. 18 En cambio en México, si bien disminuyó el promedio de alumnos por maestro de 48 a 43 entre los ciclos 1970-1971 y 1977-1978, la SEP calcula que en el ciclo 1978-1979, la razón subirá a 44. 19
Es preciso aclarar que en ese promedio están englobados los puestos de dirección (supervisores, directores, secretarios) y los numerosísimos maestros comisionados, sin grupo a su cargo, lo cual da como resultado la existencia de grupos de 50, 60 y hasta 70 alumnos. Los efectos de ese sobrecargo escolar son desastrosos. Los maestros están materialmente incapacitados para proporcionar una atención individual a los alumnos en la medida que las técnicas pedagógicas lo aconsejan, d) la brevedad del horario escolar. En fechas recientes se ha insistido en diferentes medios de información acerca del reducido calendario escolar. Se cita como bajo el número de 180 días laborales, los cuales en ocasiones se reducen aún más. A este respecto la SEP ha anunciado que para el ciclo 1978-1979, el calendario abarcará 190 días laborables. Sin embargo, siendo importante, el problema del calendario no es el básico, sino el horario sumamente limitado. Para hacer compatibles los dobles turnos, la escuela acortó su horario, el cual era discontinuo en la mayor parte de las entidades de la República hace 20 años. Hay también escuelas que ofrecen tres turnos. Incluyendo el nocturno. Esta medida de emergencia, se ha naturalizado, de manera que en la práctica no se contempla ningún plan tendiente a ampliar de manera sensible la permanencia de los alumnos en la escuela. Esto ocurre justamente cuando se desarrolla en diferentes países una lucha muy importante de los educadores y de las fuerzas democráticas por conquistar la denominada “escuela de tiempo completo” la cual se justifica a partir del reconocimiento de que son los hijos de las clases dominadas quienes sufren con mayor rigor el efecto eliminatorio y descompensador de las instituciones escolares, recibiendo una educación de más baja calidad. 20 e) como causa social y económica fundamental del bajo aprovechamiento escolar está, por supuesto, la pobreza cuando no miseria extrema en que se encuentra una enorme proporción de las familias de los niños escolarizados, hecho que determina que, de cada 100 alumnos que inician la escuela primaria, sólo 46 la terminen. Los ciclos subsecuentes son una criba que va eliminando en forma no menos masiva al alumnado: de los 100 alumnos considerados, sólo 32 ingresan a la secundaria y 23 la terminan, 8 comienzan el bachillerato y sólo 4 concluyen el nivel profesional.
4. Orientación y contenidos.
La educación es una actividad que ocupa un papel de importancia creciente en la sociedad. En su origen, la escuela se consolidó como el instrumento ideológico por excelencia. Sirvió de manera principal para el entrenamiento y prestigio de los hijos de la clase dominante. Su contacto con las actividades productivas de la sociedad fue mínimo. Pero el desarrollo del capitalismo exigió un nivel básico de formación elemental que sólo los centros educativos formales podían proporcionar y fue así como educación y reproducción económica se asociaron de manera más acusada. En nuestra época, la educación cumple tanto la función de insertar a las nuevas generaciones en las estructuras de la producción como la de propiciar el consenso de los futuros ciudadanos a favor del orden social establecido. Esta función ideológica de la escuela (y entendemos por ideología no una “falsa conciencia” del mundo en que se vive, sino el conjunto de representaciones y elaboraciones teóricas que construye, fundamenta y difunde la clase dominante) es condición esencial de la reproducción de las relaciones sociales existentes. Tiende a que los explotados acepten su propia explotación, su subordinación, su alienación. La escuela, así, se revela como una institución esencialmente antidemocrática. El aparato escolar, en el capitalismo, tiende a sustituir a la Iglesia como institución conformizadora tradicional. Bajo una neutralidad sólo aparente —el laicismo— entrega e impone de manera sistematizada y universal un saber y una disciplina imbuidos de un claro contenido clasista.
Desde el punto de vista de su interrelación creciente con la esfera de la producción, la escuela recibe la presión de un sistema que al cambiar constantemente las condiciones de su reproducción, requiere también del incremento de las habilidades y capacidades de la fuerza de trabajo.
Si en la etapa precapitalista la mano de obra se formaba en el proceso de producción mismo, en el sistema de la industria maquinizada se precisa de una preparación escolar previa, la cual se va ampliando a medida que se desarrolla el sistema capitalista. En la etapa de los monopolios, éstos influyen de manera determinante en el aparato escolar en busca del máximo beneficio y de la reproducción eficaz de la sociedad de clases. Para conseguir el primer fin citado, la escuela debe formar al menor costo posible a los trabajadores. Por este hecho se da un doble proceso de calificación- descalificación de la fuerza de trabajo. Para atender a los sectores punteros de la economía, aquéllos que reciben nueva tecnología y requieren de la investigación científica constante y de más alta calidad, se propicia en estas áreas la formación de cuadros del mayor nivel posible. Para apoyar los trabajos de mantenimiento se adiestra a grandes núcleos de futuros asalariados cuyas funciones, según el esquema monopolista, no exigen una instrucción elevada. Esa es la tendencia a la “rentabilización” de la educación en el capitalismo. Desde otro ángulo, para contribuir a reproducir la sociedad clasista, el sistema debe instaurar la segregación escolar, basada en la segregación social. Por ello la irracionalidad e inequidad de la “pirámide educativa” no es un defecto o deformación en la sociedad de la propiedad privada de los medios de producción sino uno de sus frutos naturales.
En México, hacia 1960, se manifiesta un franco tránsito del capitalismo a su fase monopolista. Esta nueva etapa implica la preponderancia de la industria sobre el resto de la producción y genera una mayor socialización de dicho proceso productivo. Supone esto un grado importante de industrialización, el cual fue alcanzado por nuestro país en los años cuarenta y cincuenta. El capital extranjero se desplaza de las industrias extractivas y las comunicaciones hacia la industria de la transformación y se enlaza y funde progresivamente con el capital nacional, dejando de representar un conjunto de enclaves. El paso a la etapa monopolista exige un mercado internacional, una diferenciación mayor de la industria así como la formación del sector capitalista en la agricultura, los transportes, el comercio y los servicios. 21 El Estado, que en México había jugado ya un importante papel rector en la acumulación capitalista, es cuestionado por los monopolios emergentes y se abre la siguiente disyuntiva: o bien se produce un desarrollo fundado en la libre acción de éstos, protegidos por un Estado que disminuya su intervención en el proceso económico directo y que se limite al mantenimiento de la coerción y el consenso propicio para la consolidación del sistema; o bien se despliega una participación mayor del Estado en el proceso económico general globalizando, también, el resto de las funciones ideológicas, políticas y represivas que le competen. En México es perceptible un predominio de esta última tendencia. Dentro de ella se inscribe una más intensa acción estatal en el campo educativo.
Los esfuerzos del Estado por adecuar de mejor manera la educación con las actividades productivas y económicas, no es reciente.
Ya en 1958 se creó una subsecretaría de educación técnica y superior destinada a fomentar el crecimiento de una red de escuelas técnicas así como de establecer nuevas carreras con un criterio de regionalización. En los 20 años subsiguientes se desarrolló un sistema de centros educativos cuyo objetivo era proporcionar a la industria, el comercio y los servicios, mano de obra más calificada. En 1963 surgieron los centros para la capacitación del trabajo industrial (CECATI). Pero la expansión de las escuelas tecnológicas se produjo más tarde, en los años setenta, hasta formar una red de escuelas de nivel medio básico y medio superior que en el ciclo escolar 1977-1978 registraba una matrícula de 607 000 alumnos inscritos en 1466 escuelas que abarcan cerca de un centenar de carreras y especialidades. Por otra parte, en 1970 se inició el llamado plan escuela-industria, que en el segundo semestre de 1971 cambió su nombre por el de escuela-empresa. Este programa fue una muestra muy significativa de la incidencia del capital monopolista en la educación pública. Fue auspiciado por la Confederación de Cámaras Industriales, por la Asociación de Banqueros y por la Confederación de Cámaras de Comercio entidades que, en coordinación con la Secretaría de Educación Pública, pusieron en marcha una serie de actividades de “acercamiento” entre la escuela y los sectores empresariales consistentes en: a) visitas mensuales por grupos de 25 alumnos, de las escuelas secundarias a instalaciones empresariales cercanas a los centros de estudios, b) intercambios regionales de alumnos y profesores, c) prácticas en las empresas, d) pláticas y seminarios de los empresarios en las escuelas. En dicho programa participaron los institutos tecnológicos regionales, los centros de estudios científicos y tecnológicos (CECyT), los centros de capacitación para el trabajo industrial (CECATI), el Instituto Politécnico Nacional, las escuelas normales, las secundarias y otros centros más. De 1970 a la fecha más de un millón de estudiantes hicieron visitas a las empresas v se atendió a numerosos grupos de maestros con la finalidad de que éstos influyeran en los estudiantes, en la mejor aceptación de la ideología empresarial, y tuvieran información actualizada acerca de los cambios que se producen en la industria. 22
En el nivel superior de la enseñanza, el capital monopolista ha operado estableciendo su propia red de universidades e institutos, de modo que pueda garantizar un flujo de cuadros especializados para dirigir la industria, el comercio y los servicios. También ha influido en la enseñanza pública, ya que tanto las universidades como las escuelas superiores de todo tipo tienden a adaptar la estructura de sus carreras así como los planes y programas de estudio a las necesidades de la economía actual. Este proceso de reconversión de la estructura educativa no es, sin embargo, ininterrumpido y armónico. En los centros de educación se produce la contradicción entre los fines que el capitalismo trata de imprimir a la enseñanza y la crítica a este sistema que es asumida por un número cada vez mayor de estudiantes, profesores, investigadores y trabajadores paradocentes. Por ello la patronal se muestra insatisfecha de los resultados obtenidos. Objeta: a) la inadecuación de las carreras al mercado de trabajo, b) la creciente masa de estudiantes que recibe la educación superior, misma que es reputada por ese sector empresarial como una “carga” económica, como un dispendio, c) la orientación política de muchos centros de educación en los que se impugna abiertamente la expectativa capitalista, d) la gratuidad o las bajas colegiaturas establecidas en ese nivel, ya que estiman esos voceros del capital que la educación es un bien de beneficio individual que debe ser pagado directamente por su presunto destinatario.
El estado ha seguido una política que preserva los intereses a largo plazo del capital y que muestra una visión de conjunto más aproximada a la realidad. Sin dejar de acceder a la exigencia del sector monopolista en lo que se refiera a contenidos y estructura educativa, hace frente a la creciente demanda de servicios docentes con presupuestos aún limitados pero de una magnitud considerable. Responde así a una de las tendencias más notorias del crecimiento de los sistemas educativos que se produce a escala internacional. La ampliación de los aparatos educativos tiene como elementos determinados no sólo la necesidad de una formación más amplia y calificada de la futura fuerza de trabajo, sino también la presión que la lucha de clases ejerce sobre la educación pública. La escolarización en el nivel primario ha sido una meta de las organizaciones revolucionarias y democráticas que pugnan por lograr una valorización mayor de la fuerza de trabajo. Desde su surgimiento, el movimiento obrero fijó como una de sus metas el conquistar un sistema escolar más completo y desarrollado que impidiera el prematuro ingreso de las nuevas generaciones al sistema fabril capitalista. Esa demanda estuvo siempre ligada a la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad. Carlos Marx afirmaba: “De una parte para crear un sistema conveniente de enseñanza, es indispensable un cambio de las condiciones sociales; por otra parte, para poder cambiar las condiciones sociales, es indispensable tener un sistema de enseñanza conveniente”. 23 En nuestra época hay una marcada tendencia hacia la elevación de la escolaridad básica. La escuela obligatoria se extiende hasta 10 y 12 años y en los programas de los partidos y movimientos revolucionarios figura la demanda de extender la escuela básica hasta los 18 o 20 años de edad. El desarrollo de los sistemas educativos en los países capitalistas avanzados ha producido el fenómeno que algún autor ha denominado como la “universalización de la adolescencia”, el cual consiste en el retraso de la entrada de los jóvenes a la producción, y a su asimilación durante más tiempo por la escuela y por la enorme industria del entrenamiento y del consumo superfluo que se ha generado en el capitalismo contemporáneo. La ampliación de la escolaridad ha llegado a ser —en la Europa de la posguerra— un paliativo al paro forzoso y al desempleo consecuente. 24
La educación recibe su orientación ideológica de la clase dominante la cual, a su vez, se apoya o crea las corrientes filosóficas que sirven de puente justificativo al sistema social prevaleciente. En México, la educación pública ha recibido diversas influencias ideológicas y filosóficas, acordes con la etapa histórica que ha vivido el país. Durante la Colonia y hasta las primeras décadas del siglo XIX, el clero influyó de manera aplastante en la formación de las nuevas generaciones. La educación escolástica y confesional animó al reducido sistema escolar. Las prácticas religiosas masivas
constituyeron el vehículo que permitió transmitir una ideología de subordinación, resignación e impotencia a las masas populares. En los primeros años del México independiente, la ideología liberal conformó al naciente sistema de educación. Pero no fue sino a partir de 1833 cuando se inició la lucha histórica por la separación de la Iglesia del Estado y de la escuela. Un liberalismo que depositaba en la educación las garantías de un sistema democrático y republicano sirvió de eje a una instrucción pública que no conocería un desarrollo importante sino hasta fines del siglo pasado. Durante el porfiriato, la ideología liberal fue sustituida por un positivismo aclimatado, que operó en la educación introduciendo la clasificación comtiana de las ciencias, postulando el organicismo spenceriano como explicación y justificación de un capitalismo naciente que debería ceñirse al orden antidemocrático y al progreso basado en la explotación intensiva de las masas trabajadoras en el campo y en la ciudad. La revolución de 1910-1917 permitió el desarrollo de la educación popular. En medio de la práctica revolucionaria, se fue desarrollando una orientación ideológica que representaba un tránsito entre el positivismo caduco y la emergente doctrina socialista que permeaba a grupos cada vez mayores de trabajadores. Surgió así la versión mexicana del racionalismo, la cual aunaba a la estrechez de las concepciones científicas, la apertura hacia un socialismo empírico, nutrido de elementos anarquistas y socialistas-utópicos pero conectado con y derivado de una praxis revolucionaria. Este fenómeno se produjo en el sureste y en diversos estados del país. 25
La orientación oficial de la educación en los años veinte bajo el ministerio de José Vasconcelos, se nutría de concepciones nihilistas, que abogaban por una acción redentora y liberadora basada en el refinamiento espiritual; las fuerzas democráticas iniciaban la lucha por una educación socialista, que afirmara los avances revolucionarios y preparara el camino para nuevas conquistas de los trabajadores. Esta corriente recibió un gran impulso como consecuencia de la implantación del socialismo en la antigua Rusia. El socialismo, al hacerse realidad, constituyó un poderoso acicate para los movimientos revolucionarios de todo el mundo. La educación socialista, no obstante, fue proclamada y utilizada por los sectores radicales de la burguesía en el poder para lograr su legitimación ante las masas. Después de haber derrotado al movimiento campesino representado por las fuerzas de Villa y Zapata, la clase dominante manejó una terminología revolucionaria acorde con el estado de ánimo de las masas en lucha. A la vez, la radicalización educativa representó un arma contra la ideología clerical sustentada por los grandes propietarios de la tierra aún no repartida. Ese uso no genuino de la educación socialista habría de provocar más tarde un reflujo reaccionario. En los años cuarenta la educación, de consuno con la nueva orientación gubernamental, cambió su ideología. El capitalismo en ascenso y en progresivo entrelazamiento con la economía imperialista, determinó la supresión de la educación socialista y su sustitución por una ideología liberal democrática que no impugnaba ya a la sociedad capitalista y postulaba la armonía y no la lucha entre las clases sociales. Después de 1945, la guerra fría y el anticomunismo, impulsados por el imperialismo norteamericano, así como el fortalecimiento del orden burgués en México, intensificaron la orientación procapitalista de la educación. En esa época se acrecentó la influencia de la pedagogía pragmatista norteamericana la cual, desde entonces, se convirtió en doctrina dominante en la educación nacional. Más tarde penetró la nueva variante de la pedagogía norteamericana: el neoconductismo. Esta escuela no es sino la biologización de la teoría de los reflejos de Pavlov puesta al servicio de la gran industria capitalista y de la educación norteamericana, la cual recibe los residuos de la sicología industrial aplicada en las grandes corporaciones norteamericanas. En la educación superior son también notorias las influencias de las corrientes neopositivistas y cientificistas, que postulan la indeterminabilidad de las leyes del desarrollo social. Asimismo otras variantes idealistas como el neotomismo y el estructuralismo tienen su asiento en la educación actual del país, especialmente en el nivel superior. Estas corrientes se ven impugnadas de manera creciente por una orientación revolucionaria de importantes sectores de educadores y alumnos. Los contenidos de la educación mexicana deben ser modificados de raíz, de manera que correspondan al avance extraordinario que se produce en nuestros días en todos los campos del conocimiento. El sistema educativo debe proporcionar una información y una metodología actualizadas en todas las ciencias. La escuela debe disminuir drásticamente el carácter ideológico conformizante que ahora expresa, para abrir paso a la exposición de todas las teorías y todas las concepciones del pasado y del presente, con vistas a la construcción de una sociedad democrática y socialista. La educación debe cancelar no sólo los dogmatismos confesionales sino también los que produce y difunde la ideología del capitalismo monopolista y las versiones simplificadas y reduccionistas del socialismo. La escuela, en suma, debe ser investida de un nuevo carácter: de institución conservadora, en el más riguroso sentido del término, debe devenir en arena de crítica, de discusión, de creación.
5. Estructura
El sistema educativo nacional fue construyéndose en la segunda mitad del siglo XIX. El modelo adoptado fue el denominado napoleónico, prevaleciente en Francia y en algunas otras naciones europeas. Desde la escuela elemental hasta la universidad, nuestra educación se guió por la estructura educacional de los “países civilizados” Esta elección correspondió al desarrollo incipiente de una burguesía que mostraba desde sus orígenes una fuerte dependencia del capitalismo desarrollado. Después de la Revolución, la extensión y los contenidos de la educación se modificaron de manera sensible más no así la estructura. Ésta sólo fue recibiendo adiciones y modificaciones secundarias. En 1925 se intercaló la escuela secundaria, inspirada en el High School norteamericano. En los años treinta surgió una rama técnica encabezada por el Instituto Politécnico Nacional el cual respondía a la necesidad de apoyar la industrialización del país. Y posteriormente se ha producido una diversificación de las carreras del nivel superior, se ha ensanchado la red de escuelas tecnológicas y ha proliferado una gran variedad de modalidades de la educación media, ciclo que, por otra parte, es un motivo de controversia a escala internacional.
Las estructuras educacionales, por definición, se resisten al cambio. Representan la parte más estable de una institución calcificada y rígida como es la escuela. Sin embargo, a nuevos contenidos deben corresponder nuevas estructuras. En el México de hoy se requiere una profunda revisión de las mismas. Es improrrogable el establecimiento de un ciclo básico, que abarque los últimos años de la educación llamada preescolar (cuya importancia ya no se discute), la actual escuela primaria y la secundaria. Esto implica la ampliación de la escuela obligatoria en nuestro país, lo cual no es en modo alguno una demanda utópica sino una necesidad del presente. Son los grupos reaccionarios, los partidarios de la “productividad” de la educación, los que se han opuesto a la prolongación de la escuela obligatoria en el país.
La educación media se encuentra actualmente pulverizada en numerosos sistemas y variantes. Esto es resultado de la política casuística que ha aplicado el Estado, buscando mantener o fortalecer su influencia en los centros de educación, así como tratando de dar respuesta a las necesidades de mano de obra semicalificada que demanda el crecimiento de las diferentes ramas de la economía.
Es una tendencia del desarrollo educativo internacional la elevación de la formación básica y la consiguiente diferición de la enseñanza profesional. En México, al ser fundadas las escuelas medias terminales, concebidas como una alternativa a la secundaria general, se presumía que representarían una posibilidad de capacitación rápida de mano de obra. Pero los resultados no son los esperados. Los alumnos que se inscriben en escuelas medias terminales son aquellos que fueron rechazados de la secundaria general o los que no disponen de un centro educativo de esta clase cerca de su domicilio. Quienes logran cursar la primaria completa, aspiran a seguir una carrera profesional y aun inscribiéndose en escuelas técnicas, no utilizan ese escalón como formación terminal sino como tránsito a los niveles superiores. Los hijos de los campesinos egresados de las escuelas agropecuarias tratan de ingresar a los niveles superiores, pero no se incorporan a un esquema productivo que no puede asimilarlos fácilmente y que además no es su meta personal.
Por otra parte, la población trabajadora con escolaridad de enseñanza media básica es la que menos ha aumentado sus ingresos nominales promedio. Este hecho estimula a masas cada vez mayores de estudiantes a elevar su grado de instrucción. La capacitación para el trabajo en ese ciclo de la educación no ha correspondido a las necesidades del mercado de trabajo, ya que las enseñanzas que proporciona corresponden a una tecnología que sólo posee un número muy reducido de medianas y grandes empresas que son, justamente, las que crean menos empleos.
La enseñanza media requiere una profunda reforma. En el panorama internacional se observan las siguientes tendencias: a) una prolongación global de la escolaridad, b) un refuerzo de los primeros años de la escuela elemental de manera que las enseñanzas antes distribuidas en seis años se cursen en cuatro o cinco (este avance presupone la efectiva generalización de la educación preescolar) , c) una segunda etapa de tres o cuatro años con enseñanza por materias. Unidos los tramos descritos en los incisos b) y c) forman la escuela básica, que se cursa en un solo centro, d) a partir de esta educación inicial se funda una escuela media superior con carácter propedéutico y terminal que incorpora a la producción a los alumnos en edad cada vez mayor. México ha adoptado una estructura híbrida (mezcla de los modelos francés y estadunidense) como consecuencia de las sucesivas dependencias económicas y políticas que ha soportado. Es necesario sin embargo estudiar, a partir de nuestra realidad propia, una modificación de estructura que a la vez que tome en cuenta las necesidades nacionales, aproveche los avances de la educación en el mundo.
Una necesidad que indudablemente ha madurado es la de establecer un solo ciclo para la educación básica que abarque las actuales primaria y secundaria. Es imprescindible armonizar y organizar racionalmente los 9 años de la escuela básica de manera que sean cursados bajo una misma organización escolar, con maestros de un nivel profesional —y salarial— unificado; con una incorporación de estudios por materias a partir del 5o. grado; bajo un sistema de pase automático, con vistas a que el ciclo entero sea cursado en un mismo plantel mejor provisto y con una mejor relación maestro-alumno. 26
El obvio que ni las tesis desescolarizantes o espontaneístas que plantean una reducción de la escuela formal, ni que las otras que dan por intocable la actual estructura educativa concuerdan con el nivel de desarrollo económico y social alcanzado por el país. Si bien estructura y contenido de la escuela están en entredicho, la institución escolar, como tal, es una necesidad indiscutible. El cambio de los contenidos, de la estructura y de la gestión escolar es una meta de valor democrático y revolucionario.
La educación superior y la investigación científica son actividades del más alto interés nacional. Aunque los centros del tercer nivel han crecido en el país en los últimos diez años, todavía la proporción de jóvenes de 18 a 23 años que cursan esos estudios es insuficiente y nuestro país se compara muy desventajosamente en la tabla internacional. Así por ejemplo, México había alcanzado para 1954 una incorporación del 8.53% de los jóvenes de la edad correspondiente; Panamá ya para 1975 registraba un 15.97, Argentina un 19.06; Chile, en 1972 aún conservaba un 11.56; Uruguay en 1973 escolarizaba un 10.52; Venezuela en el mismo año un 15.85. Los países socialistas y los capitalistas desarrollados registran cifras entre el 15 y al 40%. México se mantiene en el nivel de Bolivia con 8.64, Ecuador y Perú con porcentajes similares.
Por ello resulta inaceptable la tesis que han sostenido diversos investigadores y los sectores empresariales del país, en el sentido de que la inversión en educación superior es excesiva y que su peso relativo en el presupuesto educativo debe decrecer. Esta posición ha sido también aceptada por los subsecretarios de educación superior que han ocupado ese cargo en el actual gobierno. 27 La expansión de la educación superior obedece al crecimiento del sistema escolar en los niveles básico y medio superior, a la exigencia de amplias capas de la población para la prestación de ese servicio, y a los intereses inmediatos y mediatos del país. No se puede demandar el freno al crecimiento de este sector educativo en nombre de una saturación relativa del mercado de trabajo.
Este nivel de enseñanza debe ser concebido —de igual manera que el resto del sistema educacional— como una inversión necesaria a largo plazo, destinada a valorizar la futura fuerza de trabajo del país, a potenciar sus capacidades en un grado mucho mayor que el actual. La demanda de graduados no debe medirse por las posibilidades de un mercado estrecho, determinado por la actual estructura económica y social; éste debe ser sólo un punto inicial de referencia. El criterio fundamental deben constituirlo las necesidades económicas y sociales insatisfechas del país. La misma educación debe contribuir a la prospección y diagnóstico de las necesidades nacionales así como al diseño de alternativas elaboradas no en función de las urgencias del capitalismo monopolista dominante sino en atención a un futuro democrático y socialista del país.
6. Financiamiento
El desarrollo de la educación nacional descansa, de modo fundamental, en su financiamiento. En México las aspiraciones de lograr una mejor educación no se han compaginado con los recursos que le han sido asignados. Los presupuestos públicos para educación, hasta fines del siglo pasado, muestran una gran insuficiencia y discontinuidad. 28 En las últimas décadas del porfirismo se incrementaron los fondos públicos para la educación, pero su destino fue básicamente el apoyo a los servicios docentes en el medio urbano. Es a partir de la Revolución cuando crece el presupuesto educativo, alcanzando un gran incremento durante los años treinta. El plan sexenal del gobierno del presidente Cárdenas proyecta un gran crecimiento de escuelas y plazas de maestros apoyados en una elevación del presupuesto. 29 Estos recursos no llegan a representar un porcentaje muy alto del Producto nacional si bien aumentan su importancia relativa en el presupuesto federal. Tal hecho se explica debido a la tradicional estrechez de la recaudación pública que por muchos años representó menos del 9% de la riqueza nacional y que en la actualidad sólo alcanza un 11.5%. Después de un periodo de congelación relativa de fondos para la educación, se inicia una nueva etapa de expansión presupuestaria. De 1958 a 1976 la proporción del PIB invertida en educación ha crecido constantemente. En la primera fecha citada, el porcentaje de ésta respecto a aquél fue de 1.60, en 1964 del 2.91, en 1970 del 3.06 y en 1976 de 4.36. 30
Las tasas de crecimiento de la inversión educativa han sido, en 1964 del 17.85%, en 1970 del 7.73% y en 1976 del 11.41% De 1958 a 1976 la tasa promedio fue del 12.25%. Desglosando la inversión en federal, estatal y privada, tenemos que para el último periodo citado, el aumento de la primera fue el mayor: 13.50; el de la estatal el menor: 8.14, y el de la privada intermedio: 10.66. 31 Estas cifras muestran varias tendencias: a) el crecimiento más que proporcional de la inversión educativa respecto a la tasa de crecimiento del Producto interno bruto. Esto se comprueba si observamos que entre 1960 y 1971 el PIB creció a una tasa promedio de 6.7 anual mientras que los recursos para la educación lo hicieron a un ritmo anual del 10%, b) la inversión federal se incrementa a un ritmo más alto que la privada y ésta crece más que la estatal. Estos hechos son resultado de que al nivel de desarrollo capitalista que han alcanzado nuestro país, es el Estado la entidad avocada a centralizar la mayor proporción del gasto educativo si bien es cierto que el aparato escolar tiende a adaptarse en mayor medida a los fines de la reproducción de la fuerza de trabajo conforme a las necesidades del sector privado de la economía, c) la inversión privada crece aunque a un ritmo menor, instalándose en los sectores de mayor rentabilidad, como son el medio y el superior; d) la inversión estatal crece menos como resultado del desarrollo desigual de la economía nacional que concentra en pocos polos la producción industrial y agropecuaria y deprime a la mayoría de los estados. En 1976 cinco estados invirtieron más del 50% de su presupuesto en educación; tres, más del 40%, y cinco más del 30%; en promedio canalizaron el 37.83 de su presupuesto a esta actividad.
A partir de la última devaluación del peso, la economía del país sufrió un severo reajuste. El Estado firmó compromisos con el Fondo Monetario Internacional para que este organismo respaldara nuestro quebrantado signo monetario. Una de las obligaciones que dicha entidad crediticia impuso a México fue la restricción del presupuesto público, esencialmente en los rubros de educación y salud. El efecto fue contundente; En 1978 el presupuesto para educación federal monta 74 373 millones de pesos, cantidad que comparada con el presupuesto federal, que es de 434 303 millones, sólo significa un 17% de éste. En relación con el presupuesto anterior, que fue de cerca de 60 000 millones, sólo registra un crecimiento del 23%, proporción similar a la que aumentó el presupuesto federal. Tomando en cuenta la escalada inflacionaria, que para 1976 y 1977 arroja un porcentaje acumulado de 41.2%, se concluye que los recursos para educación prácticamente han quedado congelados, incluso se han reducido, ya que con ellos debe hacerse frente a una población escolar en continuo crecimiento.
Comparando el presupuesto educativo con la cantidad que se estima alcanzará al PIB el año de 1978 la economía crece a un ritmo del 5%, la inversión federal sólo representará un 2.6 de dicho producto interno.
Ante esta insuficiencia presupuestaria se han desarrollado diferentes posiciones que tienden a descargar al Estado de sus obligaciones financieras. En el campo de la educación superior es donde de modo notorio se pretende volcar hacia los alumnos y sus familias el costo educativo. Según propuestas de la ANUIES y de diversos estudiosos de la materia sería conveniente un nuevo esquema de sostenimiento de la educación superior que comprendiera: a) el aumento de las colegiaturas en los centros oficiales o autónomos, b) el establecimiento de una tabla de cuotas diferenciadas “según la capacidad de pago de las familias”, c) la obtención de recursos “por diversos medios”, tarea que quedaría a cargo de las propias universidades o planteles superiores, d) creación de becas- crédito las cuales implicarían que los estudiantes que dispusieran de ellas las pagaran una vez terminada su carrera, e) implantación de un impuesto a los profesionistas para que éstos reintegren al sistema educativo una parte de los beneficios que recibieron de él.
Otra tesis complementaria es la de canalizar de manera prioritaria los recursos públicos a la educación de los niños y adultos de las regiones y zonas marginadas del país así como a la educación primaria, dejando el campo abierto en la educación media, media superior y superior para la concurrencia de un mayor número de planteles escolares privados.
Durante el sexenio 1970-1976, las asignaciones presupuestarias para la educación media superior y superior crecieron de manera más que proporcional respecto a las aplicadas a la educación básica. Este fenómeno se debió a la gran presión que ejercieron sobre los niveles superiores las generaciones, cada vez mayores, de alumnos egresados de la educación media básica y el interés del Estado por amortiguar el enorme descontento estudiantil cuya manifestación más patente se produjo en 1968. Hay que anotar que este fenómeno no es privativo de México. En muchos países latinoamericanos y otros de nivel económico semejante al del nuestro, se ha producido ese aumento acelerado de la inversión en el nivel terciario de la educación.
Esta tendencia al crecimiento del sistema escolar en una época de crisis presupuestaria, tiende a ser controvertida y frenada. Son numerosas las opiniones de voceros de la gran empresa y funcionarios gubernamentales que abogan por una educación superior de paga, más o menos encubierta bajo rubros tales como las becas y otros. En general, la tesis que sostiene la necesidad del acrecentamiento de los recursos privados para la educación y la correlativa disminución de esta carga para el Estado, ha tenido una gran publicidad en la última década. El mismo Estado, como lo hemos referido, ha coincidido en la urgencia de incrementar su acción en el nivel básico apoyando, así sea por omisión, la prespectiva de la mayor incidencia del capital privado en las tareas educacionales.
No obstante lo anterior, se ha aceptado, por el actual gobierno, lo indispensable que resulta aumentar la proporción del PIB destinada a educación de tal modo que ésta alcance por lo menos a un 7 u 8%. Esta meta, fijada hace varios años por los movimientos democráticos de diversos países y por las organizaciones de trabajadores docentes de América Latina,32 se ha venido haciendo más visible como resultado del crecimiento de las necesidades productivas y educacionales contemporáneas. En 1962, la conferencia de la UNESCO y la CEPAL reunida en Santiago de Chile aprobó el objetivo de alcanzar el 4% de inversión mínima en América Latina. Quince años después el promedio de inversión en la región es cercano al 4.5 (el promedio mundial es de 5.2) y sin embargo es todavía insuficiente para responder a los requerimientos educativos. Varios países han alcanzado un porcentaje mayor logrando elevar sus índices de escolarización, especialmente en el nivel básico, pero sin llegar a resolver aún cuantitativamente y cualitativamente los problemas educativos fundamentales. A fines de 1976, el Banco Inter- americano de Desarrollo realizó un seminario sobre financiamiento de la educación en América Latina. Es revelador que en este acto, auspiciado por una agencia tan directamente ligada al imperialismo, se haya tenido que reconocer la necesidad de elevar el financiamiento de la educación pública en el subcontinente. Esta reflexión se hace cuando países como Chile y Uruguay, sometidos al neofascismo analfabetizante y depredador, han disminuido drásticamente los recursos para la educación amén del contenido oscurantista e irracional que han impreso a esa actividad. 33 Las propuestas del BID, en resumen, son: a) incrementar la educación secundaria y terciaria, b) reducir costos introduciendo nuevas tecnologías radio y televisión sustitutivas o complementarias, c) fomentar la “autoayuda” o sea la participación voluntaria de las comunidades, d) no obstante lo anterior, aumentar el financiamiento directo, el cual debe ser esencialmente el público y, e) estudiar las medidas fiscales parciales que permitan generar fondos para la educación, f) promover el establecimiento de becas-crédito y sistemas de cuotización progresiva para los estudiantes. Aunque el Seminario reconoció que cualquier cambió fiscal epidérmico sería insuficiente para allegar los recursos indispensables, calificó a la reforma fiscal progresiva como un “desiderátum” fuera de las posibilidades actuales. 34
Como se ve, las anteriores opiniones del BID, las cuales ya en fechas anteriores fueron expuestas por el presidente de esta institución, el mexicano Antonio Ortiz Mena, 35 concuerdan con la política de financiamiento que se trata de implantar en el país.
Otra alternativa que el actual régimen ha tratado de poner en práctica es la creciente contribución de los estados al financiamiento educativo. Hemos mencionado cómo las diversas entidades de la federación invierten una parte muy alta de su presupuesto en educación. Sin embargo, sólo en los pocos estados en los que tiene lugar un considerable desarrollo económico, la inversión per capita para educación es significativa como son los casos de Nuevo León y Baja California Norte. En los demás la inversión federal no sólo soporta el gasto principal, sino que contribuye —aunque no sea de la manera más racional— a compensar la inversión operando como un mecanismo de redistribución financiera. Si la carga educativa fuera volcada a los estados, éstos tendrían que recurrir al establecimiento de impuestos que tenderían a ser regresivos, tales como los de afectación específica, los prediales o los que se aplican al consumo. O trasladarían el compromiso financiero a los municipios y comunidades, como hoy ya se práctica a través de las escuelas “por cooperación”, haciendo crecer la enseñanza de paga.
La existencia de dos fuentes oficiales principales de financiamiento (la federal y la estatal) significa un obstáculo para la unificación del sistema educativo; de este modo queda escindido un servicio público tan importante como es la enseñanza.
Los trabajadores de la educación libraron desde hace cuatro décadas una lucha muy importante para conquistar la federalización de la enseñanza. 36 Y este proceso ha avanzado en etapas sucesivas, a medida que el gobierno federal ha incrementado su papel rector en la economía, al grado de que en la actualidad la proporción de inversión federal es sustancialmente mayor que la estatal. También se ha establecido el pago a los trabajadores de la docencia dependientes de los estados, cosa que no ocurría y que fue la causa inicial de la lucha por la federalización de la enseñanza. Igualmente, se han suscrito convenios de nivelación automática en los salarios de los maestros de manera que a un aumento de los mismos en la Federación corresponda otro similar en los Estados; hay incluso unas cuantas entidades federativas que garantizan salarios ligeramente más altos a su planta docente. Sin embargo, con frecuencia los convenios de nivelación no son cumplidos de inmediato y los trabajadores de la educación cuentan con derechos y prestaciones menores a las de los federales. Finalmente —y ello es de una gran importancia—las direcciones educativas no son únicas sino que suponen aparatos federales y estatales; actualmente la red burocrática se ha extendido más aún al ser creado el puesto de delegado estatal encargado de servir de puente entre los dos primeros.
La descentralización económica, política, social y por ende educativa que se requiere en el país debe tener otro contenido. Debe hacerse una redistribución real de recursos y de fuentes de ingreso, para lo cual se requiere un plan nacional orientado por la alternativa antimonopolista que demandan las fuerzas democráticas. Dentro de este enfoque global, ajustado a las necesidades nacionales y no a la ramificación de los intereses e inversiones del capital monopolista, debe figurar un proyecto de descentralización armónica y equilibrada, que pueda garantizar un desarrollo importante de las diferentes regiones del país. Mientras tanto, es urgente una redistribución de la inversión educativa determinada por la federación. En la actualidad el gasto educativo per cápita registra grandes diferencias —hasta de un 80%— entre un estado y otro, y la diferencia entre lo que invierte el gobierno federal y el estatal en las distintas entidades es también muy grande.
Es necesaria la descentralización de la dirección educativa, proceso que debe implicar una real democratización y no una simple administración burocratizada de recursos locales.
Le educación es considerada por el capital como un bien individual, como una mercancía que posibilita a su usufructuario obtener mayores “utilidades” en su vida futura. Por ello, los ideólogos de la burguesía son partidarios de que se deje de “subsidiar” ese servicio para permitir que opere la ley de la oferta y la demanda. De este modo, el mercado de la educación también quedaría controlado y regulado por las fuerzas de los monopolios.
Sin embargo la alternativa democrática de financiamiento es aquella que se liga a todo un proyecto avanzado de reformas económicas en el país y que incluye, como punto fundamental, la reforma fiscal progresiva. Esta salida, que es avalada por un grupo creciente de fuerzas políticas y sociales 37 significa que debe ser afectado el gran capital, nacional y extranjero, en sus ingresos finales, de manera que no puedan revertir al pueblo consumidor, por la vía de la elevación de precios, el gravamen fiscal.
7. Gestión
La dirección del aparato escolar ha pertenecido tradicionalmente a las clases dominantes. La escuela no puede cumplir sus funciones de reproducción ideológica, de entrenamiento productivo y de difusión de una cultura general matizada con los tintes del orden establecido, sin contar con los mecanismos de control de la educación nacional.
La escuela ha sido dirigida tradicionalmente por las clases dominantes. Ese control se ejerce en todos los campos: abarca la determinación de los contenidos, la organización de la estructura general educativa, las metodologías y disciplinas. Durante siglos enteros la fisonomía de la escuela registró muy pocos cambios. Esta institución no sólo reprodujo el conservadurismo de la sociedad clasista sino que también erigió sus propios mitos, sus propios dogmas, sus peculiares dignidades. La gestión escolar adoptó los engranajes de mando que le legaban los poderes constituidos pero adicionó otros, nacidos y alentados en su ámbito corporativo y cerrado. Es así como la escuela secularmente ha desarrollado una dirección autoritaria por partida doble, que no sólo expresa la compulsión de la sociedad entera sino que la refina y consagra. Sin embargo, nuevas corrientes, propias del desarrollo social contemporáneo, golpean contra los muros antes herméticos de la escuela y permean su estructura estamentaria y anquilosada. La masificación de los servicios escolares, el nuevo papel de la ciencia y la educación en la producción moderna, la mayor incidencia de las fuerzas democráticas y revolucionarias, son elementos que concurren a un nuevo enfoque de la dirección educativa.
En México la educación conoció la rigidez organizada de los centros prehispánicos correspondientes a una sociedad teocrática.
Durante la época colonial, las instituciones educativas se organizaron a imagen y semejanza de las corporaciones religiosas, imponiendo su autoritarismo inconnmutable. Más tarde la escuela liberal cambió los contenidos escolásticos por los positivistas pero mantuvo la dirección piramidal y unívoca. La petrificación del sistema político dio a los centros escolares el modelo y la confirmación de su régimen de gestión.
La Revolución de 1910-1917 provocó entre muchas otras rupturas, la del sistema de dirección escolar. El ascenso de los movimientos de la clase obrera y las luchas de los campesinos, produjo una nueva escuela, la cual enmedio de todos sus dogmatismos entrevió una orientación más avanzada y una forma diferente de dirección escolar. La escuela racionalista, en los años 20, puso en marcha una dirección escolar por consejos elegibles y revocables. 38 También en las normales rurales y en las escuelas urbanas de diverso nivel se ensayaron formas de dirección democrática, que hicieran compatible la lucha por la democratización de la sociedad con la vida de la escuela. Como en toda época de ascenso revolucionario, en estos años se prefiguró una nueva forma de dirección de la sociedad. En la escuela fue muy profunda esta manifestación debido a la ideología socialista que animaba el trabajo escolar, a la politización intensa que sufrió el cuerpo docente y a la ligazón de la escuela con los sectores sociales en lucha.
En la actualidad la educación nacional sufre un aparato directivo esclerosado, producto de la estructura política y social que se formó en los últimos cuarenta años y que es fruto también del tradicionalismo docente.
La escuela básica así como la media superior y tecnológica dependientes de la Secretaría de Educación Pública están sujetas a una dirección centralizada. La aprobación de planes y programas de estudio, la contratación del personal docente, la aplicación de medidas disciplinarias, la admisión de alumnos, etcétera, está en manos de los funcionarios designados por el Estado.
La educación oficial es financiada, en última instancia, por la comunidad; sin embargo, es el Estado el que legisla e impone en el terreno educativo.
La Ley Federal de Educación, reglamentaria del Artículo 3o. de la Constitución, otorga al Estado todas las facultades de mando educativo y restringe las de las comunidades escolares. Instituye un Consejo Nacional Técnico de la Educación que sólo tiene un carácter consultivo y está integrado por funcionarios de confianza.
En la educación superior el panorama es parcialmente diferente. La autonomía de numerosos centros de este nivel, especialmente las universidades, permite un avance de las tendencias democratizadoras. Son varias las universidades del país que se autodirigen en los principales aspectos de su actividad, modificando libremente sus planes de estudio y programas, designando a su personal y manteniendo una relación con el movimiento democrático del país. Las escuelas superiores reflejan en escala creciente las contradicciones de la sociedad y se desarrolla en ellas una impugnación global del sistema portador de la explotación, la irracionalidad y la violencia.
La gestión escolar debe modificarse de raíz. La escuela debe ser democratizada. Es evidente que este proceso no puede ser autónomo: está directamente relacionado con la lucha por la democracia en todo el país. Pero tampoco es una tarea que haya de suceder a esta última. Es una lucha simultánea, que se beneficia de los avances que se dan extramuros.
Marx hablaba de una escuela financiada por el Estado pero dirigida por la comunidad. Nunca como ahora esa demanda es válida. Se requiere una escuela que deje de ser coto cerrado de la burocracia. Una organización escolar democrática y no burocrática, era el lema de los bolcheviques ya en 1913. 39 La dirección escolar en manos de la casta de funcionarios expertos en la genuflexión, el halago al superior, la renuncia a la opinión propia y el mimetismo sexenal, es un pesado obstáculo para la libre formación de las nuevas generaciones. Igualmente dañinos son los directivos ascendidos mediante el régimen de la disciplina militarizada, cultores de los reglamentos y las ceremonias, partidarios de una autoridad per se, dueños de una ley de orígenes tan remotos (y tan poco legítimos) que pierde el sentido cotidiano y la funcionalidad.
No se puede incurrir en la ilusión de una abolición de la gestión autoritaria dentro del capitalismo ya que éste forma parte de las relaciones sociales que dicho régimen establece. Sin embargo, es indispensable no aplazar la acción democratizadora sobre la escuela.
Notas:
1. Véanse: (Bogdan Suchodolski y Mario Manacorda, La crisis de la educación Ediciones de cultura popular México, 1975, 156 p, Phillips H. Coomb. La crisis mundial de la educación, Península, Barcelona, 1976, 420 p., Mario Manacorda; “Cincuenta tesis sobre educación”, Problemas teóricos de la educación, Ediciones Movimiento, México, 1973, 184 p., p. 95-105.
2. 1970-1976.
3. Plan Básico de gobierno 1976-1982, puntos 82-86, El Día, México, 23 de septiembre de 1975.
4. Porfirio Muñoz Ledo, Plan Nacional de Educación, Excélsior, 15 de agosto de 1977.
5 Las demandas de mayor escolarización, formación unificada de maestros y elevación al nivel universitario de esta carrera, ampliación de recursos fiscales para la educación y otras, reflejadas en el Plan Nacional, fueron acordadas en la Segunda Conferencia Nacional de Educación del SNTE, celebrada en 1970 en Oaxtepec Mor., Temas de Educación y Cultura, SNTE, núm. 3, septiembre-octubre de 1970-108 p. Un desarrollo más amplio de esas peticiones y otras como la democratización de la gestión escolar, y el establecimiento del ciclo básico unificado se realizó en la Primera conferencia popular de educación, celebrada en la Ciudad Universitaria en julio de 1973, Política y Educación en México, Ediciones Movimientos, México, 1974, 144 p.
6 Jorge Efrén Domínguez, Excélsior, México, 17 de agosto de 1977.
7. “El MRM y el Plan nacional de educación”, Movimiento núm. 4, p. 3, México, 22 de agosto de 1977.
8. “El plan de educación gran paso en la democratización del sistema”, Excélsior, México, 9 de agosto de 1977.
9. “Se concretará el Plan nacional de educación” Unomásuno, México 1o. de marzo de 1978.
10. “El sector privado aplaude el freno a la secundaria obligatoria”, Excélsior, 15 de febrero de 1978. Enrique González Torres, del Centro de Estudios Educativos, coincidió en ese cambio de política, aprovechando la oportunidad para reiterar antiguas posiciones de la patronal mexicana como la extensión de la “educación pagada” y la implantación de las “becas-crédito”, Excélsior, México, 17 de febrero de 1978. El grupo financiero de Monterrey, por medio del director de la Cámara de Comercio de ese Estado, Raúl Monter Ortega, expresó su satisfacción por la destitución de Muñoz Ledo adudiendo a que cuando éste “estuvo de Secretario de Trabajo y Previsión Social hizo declaraciones ofensivas para los empresarios”. El Norte, Monterrey, N. L., 11 de diciembre de 1977.
11. Después de un largo proceso de negociaciones la Universidad Pedagógica fue establecida mediante un decreto presidencial emitido el 22 de agosto de 1978. Este centro cubre dos áreas: una consiste en cinco carreras (Administración educativa, Educación básica, Pedagogía, Psicología educativa, y Sociología de la educación) cuyo mercado de trabajo es por entero dudoso y las cuales responden a un esquema tecnocratizante de formación de cuadros para la dirección de la educación pública; la otra consiste en la incorporación del sistema de mejoramiento profesional ya existente para maestros en servicio (licenciatura de educación preescolar, primaria, artística, tecnológica, física y de adultos) a la UP. Esta solución negociada entre la SEP y el SNTE muestra el creciente grado de anarquía de la rama de formación de maestros, en la que es urgente una discusión democrática mediante un congreso nacional idóneo, con representaciones de maestros y alumnos para liquidar duplicidades y, sobre todo, para modificar la orientación de los planes de estudios y programas con un sentido verdaderamente científico y avanzado.
12. “La alfabetización y la enseñanza primaria en México, 1975-1976”, Revista del Centro de estudios educativos, vol. vii, primer trimestre, núm. 1, 1977, p. 121.
13. En el Distrito Federal, por ejemplo, entidad en donde existe un funcionario por cada una de las delegaciones políticas dedicado a asuntos educativos (duplicando de modo evidente las funciones de las cuatro direcciones de enseñanza primaria de la SEP) fueron dados a conocer datos parciales anunciando la erradicación del analfabetismo por delegaciones, tarea que no sólo no está cumplida sino ni siquiera se apoya en una estimación seria de los requerimientos educativos. Por otra parte, los “voluntariados” (sic) que supuestamente alfabetizarían a los iletrados se han desvanecido con la misma rapidez que las noticias de prensa que los anunciaron.
14. Cfr. Annuairestatistique, UNESCO, 1975, París, 1976. Evolución reciente de la educación en América Latina, progresos, escollos y soluciones, UNESCO, SepSetentas núms. 229-232, México, 1976.
15. Prontuario estadístico, SEP. México, 1978, mimeógrafo.
16. Herrán Escalante, Neoconductismo y evaluación, Educación popular, México, 1977, 52 p, p. 37-38.
17 América en cifras, 1970, OEA, Washington 1971.
18 Evolución reciente de la educación en América Latina, SepSetentas núm. 229, op. cit., p. 23.
19 Prontuario estadístico, SEP. op. cit.
20 Cfr. “Esperienze e ipotesi di scuola a tempo peino”, Riformadella scoult, núm. 8-9, 1793, Roma, Iván García Solís. “¿Escuela de doble turno o de tumo completo?” El Día, México, 7 de octubre de 1978, Iván García S. “¿Qué es la escuela de tiempo completo?”, El Día, México, 14 de octubre de 1978.
21. Véase: Enrique Semo, “Reflexiones sobre el capitalismo monopolista en México” y Raúl González Soriano “Crisis estructural y capitalismo monopolista de Estado de México”, Historia y Sociedad, núm. 17, 1978, 100 p. p. 26-40.
22. “La enseñanza medio de presión y de fracaso profesional”, Excélsior, México.- 24 de enero de 1978.
23 Intervención ante el Consejo General de la Primera Internacional, celebrado en 1869, cit, por Georges Cogniot, Marx y la educación”, A.N. Leontiev, El hombre y la cultura, Col. 70, núm. 36, Grijalbo, México, 1973, 160 p., p. 115.
24. Lucio del Cornó, “Los problemas de la escuela media superior”, El autoritarismo en la escuela, Alberto Aberti et al, Península, Barcelona; 1975, 328 p, p. 185 y s.
25. Véase: José de la Luz Mena, "La escuela socialista, su desorientación y fracaso ”, México, 1941, 402 p.
26 La primera conferencai poular de educación, convocada en 1973 por el Movimiento Revolucionario del Magisterio y diversas organizaciones sindicales, campesinas y populares, resolvió “luchar por la obligatoriedad de la educación preescolar en el último, el tercero, de manera que se constituya en un grado directamente ligado a la educación primaria”. También se pronunció por “La armonización primero y la fusión después es un solo ciclo universal, gratuito y nivelado, de las actuales enseñanzas primaria y secundaria”. Asimismo demandó que “el tercer año de la actual enseñanza preescolar debe ser considerado como parte del ciclo básico, de modo que, aun impartiéndose en establecimientos específicos, se generalice a toda la población y se declare su obligatoriedad”. Política y educación en México, Op, cit., p. 43, 72 y 92.
27 Esta orientación se percibe con claridad en toda la literatura pedagógica de fines del siglo pasado y de la primera década del actual; como una muestra muy representativa Cfr. La enseñanza normal, revista quincenal aparecida el 15 de septiembre de 1904.
28 Cfr. Carlos Rivera Borbón, El gasto del gobierno federal mexicano a través de la Secretaría de Educación Pública, SEP, 1970, 170 p.
29 “Plan sexenal de educación”, “El maestro rural, SEP, t. iv, núm. 1, México, lo. de enero de 1934, p. 3-6.
30 “Gasto educativo, costo unitario y pirámide escolar en México”, Revista del centro de estudios educativos, vol. vii, núm. 4, México, 1977, p. 127-147.
31 Ibidem
32 La confederación de educadores americanos (CEA) desde su 9o. congreso celebrado en México, en 1967 se ha pronunciado por un incremento, al 6% primero y al 8% después, del Producto interno bruto para la educación pública, Confederación de educadores americanos. Memoria, México, 1967.
33 Este país, así como Chile, sufren ahora una profunda crisis educativa como resultado de los regímenes neofascistas que los aherrojan. La proporción de niños y jóvenes inscritos en las escuelas ha bajado drásticamente y la calidad de la enseñanza ha retrocedido al grado de que una buena parte de la planta docente, en todos los niveles, ha sido sustituida por personal castrense y sus familiares. En Uruguay de modo muy significativo, se presenta a la Edad Media como etapa histórica cumbre y modelo de la humanidad futura. En todo caso en este sistema autoritario del capitalismo dependiente, desescolarización y oscurantismo van de la mano.
34 “Financiamiento de la educación en América Latina”, Revista del Centro de Estudios Educativos, vol. viii, núm. 1 de 1978, op. cit.
35 “Propone Ortiz Mena ayuda del BID para la educación superior en América Latina”, El Día, 18 de mayo de 1976.
36 Desde los inicios de la década de los treinta de este siglo los maestros y las fuerzas obreras y campesinas demandaron ininterrumpidamente la federalización de la enseñanza; como ejemplos citamos los resolutivos del V Congreso de la Confederación revolucionaria michoacana, celebrado en 1934, el cual se pronunció por: “I. Que la educación pública sea una función única y exclusiva del Estado, controlada en su totalidad por la Nación, unificándose los diversos sistemas educativos que existen en el país en torno a la Secretaría de Educación Pública. El control de la educación debe estar en manos del Estado”. El maestro rural, México, lo. de enero de 1934, p. 5. La lucha por la federalización de la enseñanza se generalizó a todo el país y figuró incluso como demanda programática del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación desde la constitución de éste, en 1942.
37 La demanda de reforma fiscal progresiva como base del mayor financiamiento de la educación pública es mantenida por el movimiento obrero y sindical. El SNTE la ha hecho suya desde 1970, fecha en que fue aprobada por la Segunda Conferencia nacional de educación, Amador Jiménez, Humberto González, Iván García, “El financiamiento de la educación en México”, Temas de Educación y cultura, SNTE, núm. 3, septiembre-octubre de 1970 p. 25-42.
38 Véase: José de la Luz Mena, La Escuela socialista, op. cit.
39 Proletarskaia Pravda, núm. 15, 24 de diciembre de 1912, cit. por Georges Cogniot, “Marx y la Educación”, A. N. Leontiev, El Hombre y la cultura, Col. 70 núm. 36, Grijalbo, México, 1973, 160 p., p. 119.
SERGIO DE LA PEÑA
Acumulación y capitalismo monopolista de Estado
La tesis que se sustenta en este ensayo es la de que en México se empiezan a desarrollar en años recientes formas iniciales de capitalismo monopolista de Estado. Las tesis complementarias se refieren a la existencia de períodos característicos en la historia de la intervención del Estado en la economía y la sociedad en correspondencia con las relaciones de poder de las clases sociales del capitalismo y del desarrollo de éste. Para explicar estas ideas es necesario remontarse a los orígenes del Estado actual y pasar revista, así sea brevemente, a las tendencias más importantes de la acumulación.
a). La consolidación del poder del Estado. Adecuaciones para la acumulación (1925-1935).
El Estado que surgió con el triunfo de las fuerzas constitucionalistas liberales de la Revolución de 1910-1917 se empezó a consolidar en los años veinte bajo el signo de la heterogeneidad de las fuerzas sociales de la Revolución. En los primeros años era necesario, para hacer gobierno, lograr condiciones de paz elementales, lo que no se lograba simplemente con la represión dada la correlación de fuerzas. Es indudable que la orientación de las facciones revolucionarias y de la población en general era favorable al liberalismo, pero la clase burguesa no era la dominante ni había sido la dirigente de las luchas revolucionarias.
La identidad, en cuanto a perseguir objetivos liberales por parte de fuerzas y núcleos populares disímbolos, no era particularmente firme. Las diferencias que subsistían eran numerosas y profundas. Por esta razón la pacificación inicial del país sólo fue posible después de la derrota de las principales fuerzas conservadoras en 1914 (la corriente más reaccionaria de la burguesía y los señores de la tierra) y las populares de 1916-1917. Después siguieron los años de la desviación y obstáculo a la presión agraria y la manipulación de una parte del movimiento obrero por la CROM, primera central promovida por el Estado. 1
La orientación clasista del constitucionalismo era liberal burguesa sin que la burguesía fuese la clase hegemónica. Esto es, se había formado una corriente social heterogénea que triunfó y arrebató el poder de manos del porfirismo y que tenía una vocación esencialmente proburguesa. Pero esta heterogeneidad imponía que se diese acceso, así fuese limitado, a la atención de algunos intereses de las clases no burguesas (intereses laborales y agraristas) que se expresaron en la Constitución de 1917. Esto sugiere que en esa época el Estado no podía imponer en toda su magnitud los intereses de la burguesía, ya sea en cuanto a la preferencia absoluta por la producción y apropiación de plusvalía, ya por lo que se refiere a terminar sus tareas en cuanto a las transformaciones para implantar plenamente las relaciones de producción capitalistas.
Las transformaciones fundamentales, que la burguesía debía efectuar para adentrarse en el capitalismo industrial y lograr el total dominio económico y político, consistían en la destrucción del poder de los señores de la tierra, la proletarización del trabajo y la creación de un espacio económico favorable a la burguesía nacional. Pero esto la burguesía o el Estado no lo podían realizar política y bélicamente por sí solos. Era una tarea en la que debían comprometer a las masas bajo la dirección del Estado y dentro de los límites de los objetivos burgueses. Esto último era de primera importancia ya que dirigentes, caudillos y burgueses sabían bien que las clases explotadas podían rebasar las tareas de interés común con la burguesía y plantearse la toma del poder para imponer su propio proyecto social. No en balde los últimos años de lucha armada (1914-1917) había sido contra las fuerzas populares del villismo y zapatismo pese a que éstas no postulaban proyectos sociales propios y diferentes al liberal burgués.
A fin de controlar este proceso transformador y frenar la movilización de las masas una vez cumplidas las tareas de interés para la burguesía, era necesario un estado fuerte, de amplia base popular interclasista y con un aparato adecuado para gestar y canalizar el consenso. Y esto es lo que no había en los años veinte. En este sentido era, contrariamente a lo que con frecuencia se afirma, un Estado débil. Solamente cuando se consolidó tras derrotar los brotes militares finales promovidos por los señores de la tierra, como fue la rebelión cristera, y se integró el Partido de la Revolución (PNR), el Estado alcanzó el poder suficiente para encarar la culminación de las transformaciones fundamentales burguesas sin peligro de perder el poder. Esto sucedió a mediados de los años treinta.
El estado se veía en la necesidad de dar a la burguesía facilidades para su desarrollo. Surgió con este carácter y se transformó desde mediados de los años treinta en un Estado promotor poderoso en relación con cada una de las clases sociales. Asumió crecientes atribuciones económicas para colaborar a la acumulación del capital, mediante inversiones públicas y facilidades financieras, desde mediados de la década 1920-1930, y, más adelante, mediante apoyos fiscales y arancelarios a la inversión nacional privada. Todo ello hizo posible la conversión de la industrialización en el eje central de la acumulación desde finales de los años treinta.
De esta manera se delinea una primera etapa, según el carácter del Estado, que va de 1920 a 1935. Corresponde al período de consolidación y fortalecimiento de un Estado de objetivos generales burgueses que se ve obligado, para lograr sustento político, a hacer lugar a las masas, no sólo para manipular, sino porque su propia debilidad se lo impone. Esta debilidad era producto, a su vez, de que la burguesía estaba en formación y que algunas de sus fracciones compartían la oposición de las fuerzas contrarrevolucionarias de los señores de la tierra. Dichas fracciones eran dos, la que demandaba un pleno liberalismo (burguesía exportadora y comercial) y que dependía del proteccionismo arancelario y del apoyo estatal (burguesía industrial)» Ambas fracciones combatían las “concesiones” agrarias y laborales de la Revolución.
A su vez, el apoyo del proletariado y de los campesinos a las soluciones liberales del constitucionalismo se empezó a condicionar cada vez más, desde principios de los años veinte, al cumplimiento de las transformaciones burguesas faltantes y de las demandas revolucionarias más elementales.
Las fuerzas populares, surgidas desde la época armada de la Revolución, que empezaban a delinear un proyecto social no capitalista, se formaban con el núcleo radical agrario y el sector más combativo del escaso proletariado industrial. A pesar de su debilidad organizativa y política, estas fuerzas se convirtieron en una temible amenaza al unificarse a finales de la década 1920-1930 y enfrentarse a un Estado en proceso de inestable consolidación. 2
La derrota del movimiento cristero en 1928-1929 representó la destrucción del poder militar de los señores de la tierra (que todavía retuvieron el económico), y la derrota política de su último reducto de poder institucional, que era el clero, para imponer finalmente el poder único del Estado. Este éxito abrió las posibilidades reales de consolidación del Estado liberal. Sin embargo, para lograr este triunfo fundamental e impedir, al mismo tiempo, el fortalecimiento de las temidas fuerzas populares obrerocampesinas, el gobierno de Calles optó por relegar para mejor ocasión los objetivos antiimperialistas (otra de las tareas burguesas) y, por el contrario, entrar en peligrosa alianza con el gobierno de Estados Unidos y con capitalistas de ese país. Esto da una idea de la dimensión del miedo del gobierno a las fuerzas populares, únicas que podían cumplir con las tareas burguesas faltantes. También demuestra la debilidad relativa del Estado proburgués en esos años y explica en gran parte el fenómeno del llamado “maximato” durante los oscuros años de la gran crisis de los treinta. No obstante, el Estado logró avances institucionales en ese lapso y en su dominio sobre las clases explotadas. Para lograrlo era necesario crear nuevas instituciones, ya políticas (el partido: PNR), ya laborales adecuadas a las nuevas funciones, como la Unión General de Obreros y Campesinos de México, en sustitución de las ya impotentes CROM y CGT.
Los avances en los preparativos institucionales para la acumulación capitalista (fundación del Banco de México, el de Crédito Agrícola y los ejidales regionales) y las inversiones públicas iniciales en proyectos básicos (caminos, riego) fueron de notable importancia para la época principalmente durante la gestión callista. 3 Pero su estímulo sobre la inversión privada fue superado ampliamente por la inestabilidad política y económica. Ni siquiera la derrota y la violenta persecución de las corrientes proletaria y agrarista radical a finales de los años veinte, que habían iniciado una importante unificación, ni la aceptación de las condiciones de las empresas petroleras contra las cargas fiscales y los límites de las concesiones fueron suficientes para incrementar la inversión privada. Solamente la inversión extranjera, y ello en forma irregular, respondió parcialmente a los estímulos del Estado. Esto fue producto no sólo de la inestabilidad interna y de la crisis mundial (que empezó en 1929 pero que en México fue precedida por otra interna desde 1926), sino también de que el Estado proburgués estaba laboriosamente dedicado a consolidar su poderío para intentar las dos grandes trasformaciones faltantes. Una era la alteración de las relaciones de propiedad y, con ello, la destrucción del reducto económico final de los señores de la tierra; y la otra era el logro de la estatura propia internacional del Estado en cuanto a proclamar el dominio sobre recursos, territorio y población, o sea, la confrontación con el imperialismo. Mientras no se efectuasen estas transformaciones era imposible sustentar un proceso de acumulación capitalista creciente y convertir la industrialización en el objetivo central de la reproducción.
b. La primera etapa de la industrialización. El capitalismo de Estado como vía de acumulación originaria industrial (1936-1950)
Las violentas represiones contra los movimientos populares entre 1929 y 1935 fueron posibles por la debilidad orgánica del proletariado y de las fuerzas campesinas en relación al Estado, pero también por los profundos efectos de la crisis de 1929-1934. La dispersión de los movimientos populares fue, sin embargo, sólo parcial y temporal. Se reorganizaban en torno al logro de objetivos interclasistas tales como la culminación de la revolución democráticoburguesa, la lucha antifascista y los correspondientes a hacer avanzar algunos componentes del futuro socialista: la formación de cooperativas, sindicatos, partido proletario, movimientos campesinos.
La etapa final de las transformaciones burguesas fundamentales se emprendió sólo a partir de 1935. Junto con la destrucción económica de los últimos reductos de los latifundistas (señores de la tierra) mediante la modificación de las relaciones de propiedad rural y sobre los recursos naturales en general, era necesario deslindar el poder nacional frente al resto del mundo. Sólo así era posible dar sustentó real al poder del Estado nacional y abrir cauces a la acumulación capitalista para ventaja de la burguesía nativa. La nacionalización del petróleo era, así, una necesidad económica pero, también y sobre todo, política, que aparece con justeza como una prolongación de la violenta y extensa acción agraria a manera de confrontación con el imperialismo. La unión obrerocampesina resurgió ahora en torno a estas luchas, pero constituía una amenaza anticapitalista real. No obstante, en ese momento el Estado era más poderoso que 10 años atrás cuando tuvo lugar por primera vez esa unión. Además, la distribución masiva de tierras operó a manera de desmovilizadora del campesinado, lo que diluyó rápidamente el poderío anticapitalista de la unidad obrerocampesina.
La unidad de clases para llevar a efecto las tareas burguesas no fue, como en ocasiones se afirma, producto de una gran manipulación o engaño por parte de Estado. Desde luego, éste la encabezó y usó de todos los medios para aprovecharla, pero la unidad se sustentó sobre todo en la coincidencia de intereses interclasistas.
Las fracciones progresistas de la burguesía, proletariado y campesinado lucharon juntas durante esos años para derrotar finalmente a las fuerzas señoriales aliadas a las externas, que impedían el desarrollo capitalista, y para cobrar el dominio esencial sobre los asuntos internos. Obviamente, la fuerza triunfante y dominante, que fue la proburguesía, obtuvo las ventajas mayores con la ayuda de los errores de las fuerzas proletarias.
Al romperse las restricciones a la acumulación capitalista (a finales de los años treinta) el propósito de industrialización pasó al primer plano. El Estado usó todo su poder para imponer los mecanismos de control a las clases explotadas en una combinación de ventajas, división y mecanismos de control sindicales y agrarios. 4
Una vez dominadas y reprimidas estas fuerzas, se avocó a crear una diversidad de medios e instrumentos para acelerar la acumulación sobre la base de los preparativos que el mismo Estado venía realizando desde una década antes (regulación financiera, caminos, obras de riego, etcétera).
La vigorosa intervención en los procesos de acumulación y productivo le presta al Estado un notable carácter de promotor de la burguesía en ese periodo. Esto es, durante los años treinta y cuarenta el grado de protección al capital y de participación estatal en la acumulación en México es elevada con respecto a otros países capitalistas, tanto desarrollados como atrasados. Pero debe resaltarse que corresponde a la etapa de formación industrial, de acumulación originaria (protección arancelaria, de la paridad cambiaria, subsidios, créditos preferentes, etcétera), y tiene por objeto crear condiciones favorables a la acumulación de capital.
Pese a los grandes estímulos durante la II Guerra Mundial las necesidades de producir bienes básicos para la industrialización no eran apropiadamente atendidas por los empresarios nacionales ni externos. Por esta causa no sólo se elevó vigorosamente la inversión en obras fundamentales del sector público sino también éste intervino enérgicamente en la formación del aparato de intermediación financiera y en la producción en ramas estratégicas desatendidas por las empresas privadas (acero, química, cemento, etc.).
Esta política fue sólo una extensión de la aplicada en la anterior etapa de preparación para el desarrollo industrial (1925-35) sólo que ahora se orientaba a lograr el objetivo central de la industrialización por lo que su intervención cobró objetivos productivos, y no sólo financieros, institucionales o de formación de obras básicas.
El papel que jugó el Estado, ya reforzando los estímulos de la sustitución de importaciones, ya dando amplia protección al capital (o sea creando mecanismos de acumulación originaria industrial y mediante su enérgica intervención en el aparato productivo), fue de primera importancia. Cobró un sentido de capitalismo de estado pero como necesidad política y económica para suplir condiciones favorables a la acumulación capitalista y acelerarla, más que como resultado de la sobre-acumulación, exceso de concentración del capital o deficiencia de las ganarías, como en países industrializados de la época (Francia, Estados Unidos, Inglaterra).
Es de resaltar que no obstante las evidentes ventajas para la burguesía por esta situación de privilegio, la oposición al Estado fue una constante en ese periodo, en parte por la debilidad de aquella y por su antagonismo a lo que consideraba concesiones peligrosas (agrarismo) y políticas anti-capitalistas (las expropiaciones).
Son diversos y ampliamente conocidos los indicadores que se pueden utilizar para mostrar la participación del Estado en la acumulación desde la pacificación post-revolucionaria. Por ahora mencionaremos solamente la proporción de la inversión pública en la inversión total. También se consigna la relación entre la inversión total y el producto como índice del grado de desarrollo capitalista.
En el cuadro siguiente se observa la reducida relación inversión —producto en la etapa inicial de industrialización (11%). Ésta corresponde a la baja densidad del capital, por haberse empezado hacía poco el proceso de acumulación, es decir, el escaso desarrollo logrado. La información sobre la composición de la inversión bruta muestra la intensa participación de la inversión pública en ese periodo (51%), que indica la elevada participación del Estado no sólo en la formación del capital sino en otros aspectos de la acumulación. Debe considerarse el hecho de que se trata del período bélico, pero sería erróneo atribuir a una situación de excepción la intervención estatal. Sin dejar de considerar esta parte de la explicación, es de mayor importancia la enérgica decisión de lograr la industrialización que se inicia desde antes de la guerra. Una estimación preliminar permite establecer que mientras la inversión pública fluctuó entre el 10 y el 15% del total en el periodo 1925- 1934, de 1935-1939 varió entre el 25 y el 40%.

Durante la década 1950-1960, la información del cuadro inserto muestra la aceleración de la acumulación (la inversión bruta pasa a ser el 16.8% del producto) y la menor participación de la inversión pública en el total. Esto indica el abatimiento relativo de la intervención del Estado en la economía en esos años.
Han sido ampliamente estudiadas las características de los gobiernos de Ávila Camacho y Alemán por lo que se refiere a la política económica que aplicaron, la protección a las inversiones privadas, los esfuerzos por atraer capitales externos y la orientación de éstos, que empezaron a acudir desde principios de la II Guerra Mundial para aplicarse principalmente a la explotación en actividades extractivas. Durante la etapa bélica fue importante el papel que jugó el aislamiento de Latinoamérica para estimular la industrialización. En los años posteriores del derroche alemanista, la crisis externa llevó al reforzamiento del proteccionismo, que habría de permanecer para ventaja del capital aun después de terminada la posibilidad histórica del desarrollo autónomo de la burguesía nacionalista.
También ha sido motivo de estudio la relación siempre tensa pero operativa entre el Estado y los empresarios, encubierta por un antagonismo real pero no menos útil para fines ideológicos. Igualmente se ha señalado con frecuencia el carácter dependiente que en forma creciente adquiría la economía a partir de la industrialización con base en la sustitución de importaciones y sobre todo con la creciente invasión de capitales externos directos (sólo a finales de los años cincuenta cobró mayor importancia el crédito externo).
En parte la acumulación se orientaba a formar monopolios desde los años cuarenta, pero resultó aún más frecuente en décadas posteriores. Sin embargo, debe resaltarse que la formación de monopolios fue más producto de la política de protección y de ausencia de competidores, ya que se trataba de un proceso industrial por vías de la sustitución, que de la vía tradicional para su formación (lucha para desplazar competidores y dominio consecuente de mercados). Sólo en unas pocas ramas, ya pasado el medio siglo, tuvo lugar dicho proceso, y en la mayor parte de los casos más a manera de tendencia general que de creación efectiva de monopolios. Se pueden evocar casos que son ejemplos del tipo de monopolios por ausencia de competidores en la etapa de producción inicial de ese tipo de bienes en el país, como los de fibras sintéticas, tractores, productos químicos diversos (tetraetilo de plomo, negro de humo, polivinilo, etc.) o de servicios como el caso conspicuo de la computación con la IBM.
Del segundo tipo de monopolios y tendencias se distinguen los de la industria automotriz, detergentes y jabones, acero, cerillos, cigarrillos, cerveza, refrescos embotellados, alimentos en conservas, etcétera.
En esa primera etapa de la industrialización el crecimiento principal tuvo lugar en las que era más fácil la sustitución de importaciones. Estas son principalmente las de bienes de consumo por la elevada demanda “cautiva” y la facilidad tecnológica de su producción. No obstante también hubo avances en algunos bienes intermedios y de capital.
Las consecuencias clasistas de la industrialización y acumulación capitalista en general consistieron principalmente en el fortalecimiento de la burguesía, en la expansión numérica del proletariado industrial y en el cambio profundo del panorama campesino y del proletariado agrícola.
Por lo que se refiere a la burguesía su poderío creció rápidamente al extenderse prácticamente a todos los ámbitos del país las relaciones comerciales y la base mercantil para la industria nacional. La inversión pública era poderosa fuente de descomunales negocios para la época, al igual que en el presente. El avance del poderío económico y político de la burguesía en relación al freno, manipulación, desviación y represión de las clases explotadas (y su relativa mejora económica) culminó cuando alcanzó plena hegemonía desde finales de la década 1940-50. Se iniciaba así una nueva etapa del desarrollo capitalista a la que correspondieron cambios en la orientación del estado que se venían gestando desde principios de la II Guerra Mundial.
La famosa “desviación” del cardenismo por los gobiernos posteriores a 1940 y la “traición” a su contenido populista son sólo interpretaciones idealistas y maniqueístas. El nuevo rumbo del estado se empezó a delinear desde los últimos años del cardenismo con la posibilidad real de emprender la acumulación industrial. 5 No digo que Cárdenas lo diseño o decidió así, pero la relación entre las clases sociales y la acumulación encaminaba al país en esa dirección capitalista. La única alternativa diferente, que no tuvo posibilidades políticas reales de implantarse, era la socialista. Y dentro del capitalismo los caminos liberales estaban prácticamente clausurados.
En los años cuarenta prosiguió el reparto agrario por ser políticamente inevitable, pero cada vez se fue estrangulando más en medida que la presión agrarista fue abatida por el efecto desmovilizador de la distribución de tierras. Es ampliamente señalada la culminación de este proceso con la modificación constitucional de Alemán en 1947 para alterar definitivamente el curso del agrarismo.
Para el proletariado la ausencia de su aliado natural, el campesino —por efecto del reparto agrario— fue de graves consecuencias.
Se encontró maniatado por la manipulación sindical y debilitado por la incorporación masiva y constante de emigrantes rurales al trabajo industrial y al inmenso ejército industrial de reserva. No menos importante fue el hecho de que el auge de la guerra y de los años alegres del infame gobierno alemanista, con sus poderosos efectos sobre la acumulación, elevaba la ocupación aunque fuera en condiciones de fuerte inflación y de erosión del salario real. 6 De aquí que sus enfrentamientos con el capital, que casi de inmediato se convertían en enfrentamientos con el Estado al intervenir éste en auxilio de los empresarios, terminaron casi siempre en derrotas.
La debilidad del proletariado era grande cuando surgió la grave crisis nacional de 1947-49, creada por la irresponsabilidad política de derroche y corrupción alemanista y que culminó con las devaluaciones y recesión de 1947 a 1950 y con las violentas luchas de esos años. En las huelgas ferrocarrileras y petroleras el estado implantó la política de intervención militar en sindicatos y la cancelación virtual del derecho de huelga en la administración pública y en el sector paraestatal. Con ello se marcaba definitivamente el nuevo rumbo del estado proburgués de represión y manipulación del trabajo.
c. El período “liberal” del Estado (1950-1965)
Las brutales derrotas del proletariado en las luchas de finales de los años cuarenta (ferrocarrileros y petroleros) eran consecuencia de la consolidación del poder de la burguesía y del Estado. Formaban parte de una política general que comprendía el intento de destrucción de todo indicio de rebeldía del trabajo y hacer retroceder los avances agrarios, a todo lo cual servían los esfuerzos del Estado por hacer corporaciones de las diversas fuerzas: empresarios, campesinos, proletarios, empleados. Tales propósitos tuvieron éxito relativo y variable.
La extensa represión no terminó con la culminación del “charrazo” en ferrocarriles, consistente en la imposición de una dirigencia sindical afín al Estado a través de la intervención militar y la realización de una elección amañada, sino prosiguió aún después de aliviada la crisis de esos años. En efecto, no obstante la vigorosa recuperación de la actividad económica desde 1949 bajo el estímulo de la Guerra de Corea, prosiguió la persecución implacable a los movimientos obreros (mineros de Cloete y Nueva Rosita en 1949, a los paros de telegrafistas y ferrocarrileros de finales de 1950, a la huelga de electricistas de febrero de 1952 y de telefonistas de abril de ese año, todas reprimidas).
A la consolidación de la hegemonía de la burguesía entre 1945 y 1950 correspondió el retroceso relativo de la intervención del Estado y la reorientación de la política económica y social para imprimirle un contenido menos popular y limitar la participación estatal en la producción. Este cambio, que no supuso el abandono de la protección al capital, coincidió y fue influenciado por las importantes modificaciones mundiales. En efecto, se empezaron a practicar nuevas pautas imperiales por los Estados Unidos consistentes en la concesión de créditos a través de sus aparatos financieros mundiales (Eximbank, FMI, BIRF) y se elevaron las inversiones directas. 7 Esta modificación era una solución financiera parcial pero de gran importancia al tradicional estrangulamiento externo de la economía mexicana y del gasto público. Junto con la liberación financiera el gobierno norteamericano pretendió la eliminación del proteccionismo arancelario de México (en lo que fracasó) 8 y el alineamiento anticomunista (en lo que tuvo éxito). Se incorporó así México a la guerra fría norteamericana y a las nuevas pautas del capitalismo mundial de postguerra.
La crisis de finales de los años cuarenta por las importaciones masivas del fabuloso gasto alemanista puso en primer plano la cuestión del proteccionismo industrial y de la inversión extranjera. La fracción industrial y progresista de la burguesía representada entre otros grupos por la Cámara Nacional de Industria de la Transformación, demandó el refuerzo del proteccionismo y la regulación de la inversión extranjera a la que se le criticaba por aplicarse predominantemente en actividades primarias. Su posición representaba al núcleo de empresarios nativos medios y grandes de la mejor tradición nacionalista, que se encontraban en una ambivalencia: temían la competencia de productos importados y deseaban la influencia de capitales externos para aliviar tanto las tensiones de la importación necesaria de bienes de producción como las limitaciones del crédito interno.
Los grandes comerciantes, los financieros, los empresarios dedicados a la producción de bienes primarios para la exportación (mineros, agricultores, ganaderos) y los propios inversionistas extranjeros ya instalados, favorecían la afluencia irrestricta de capitales externos. En cambio, sólo parte de los exportadores y comerciantes se inclinaron por abrir las puertas a las importaciones sin restricción. Obviamente en el Estado se encontraban representadas ambas corrientes.
Un aspecto notable de la discusión es que para entonces buena parte de la argumentación era anacrónica. En efecto, el desarrollo mundial del capitalismo y el grado y forma de acumulación en México cancelaban la viabilidad del desarrollo nacionalista y autónomo. Se había retornado a la etapa de exportación de capitales del imperialismo inglés (segunda mitad del siglo XIX). Ahora por parte de los Estados Unidos y con las enormes diferencias por el desarrollo capitalista predominaba cada vez más la inversión directa (acumulación en regiones de bajos salarios con amplio mercado), en contraste con el gran peso del empréstito en la etapa del dominio imperial inglés (exportación de bienes a receptores de los empréstitos). De aquí que la lucha por mercados y espacios económicos exclusivos perdiese sentido para la burguesía en su aspecto nacionalista, al tender la inversión directa externa a aplicarse a la producción local y asociada de las antiguas importaciones. En cambio retenía el interés por el espacio económico exclusivo para el capital acumulado, sin distinción marcada.
Así, pese a todas las discusiones, no escapaban a nadie las ventajas para la acumulación, de las políticas de protección. De aquí la solución aparentemente nacionalista que se vigorizó, consistente en la protección y estímulo al capital, sin discriminación exagerada según su origen, en combinación con eventuales gestos de control de inversión extranjera y controlantes declaraciones en torno a la mexicanización de la economía.
De esta forma el período “Liberal” de la gestión económica del Estado se implantó desde mediados del siglo a manera de una política global y coherente. La retracción de la participación estatal en la producción tuvo lugar en términos relativos. Sólo limitó marcadamente su avance, no consistió en el retiro de su participación de ramas donde había intervenido sino solamente en la moderación respecto a sus nuevas inversiones en actividades productivas. Éstas se limitaron a la atención de los sectores de bienes intermedios esenciales (química por ejemplo) y de servicios la adecuación gradual del aparato financiero y el apoyo eventual al capital mediante la compra de empresas privadas al borde de la quiebra, con el pretexto de mantener la ocupación.
Un problema importante consistía en que, a pesar de haberse transformado la industrialización en el eje del crecimiento económico, la economía nos mostraba una gran debilidad en su sector externo, y el peso de su agricultura era muy elevado. Las exportaciones daban la medida del crecimiento (por determinar la capacidad para importar) y éstas consistían principalmente en productos agrícolas (algodón, café, hortalizas, frutas) y minerales (plata, oro y plomo) sujetas a fuertes variaciones de precios y demanda. La terminación de la guerra de Corea en 1954, hundió la exportación de los bienes que aportaban casi la totalidad de la capacidad para importar. El déficit externo se elevó rápidamente pese a los esfuerzos por contraer las importaciones abatiendo el gasto público y restringiendo el crédito interno. No obstante la devaluación fue inevitable ante la persistencia de un déficit imposible de financiar.
Los efectos estimulantes sobre las ganancias por la devaluación de 1954 no se reforzaron de inmediato con un mayor gasto público, restringido por la política de austeridad que implantó el gobierno desde 1953. Surgieron enérgicas demandas de ajustes salariales que rompieron el rígido control que sobre el trabajo había logrado imponer el Estado desde los movimientos de 1948-49. El hecho de que en éste hubiese tenido lugar el desplazamiento de fuerzas y una orientación más abiertamente burguesa, le había debilitado en parte sus bases de legitimidad. Por tal razón se veía en la necesidad de ceder en cierto grado a estas demandas.
Para mediados de la década se impuso la modificación de la política económica de austeridad ante la presión del capital y del trabajo para resolver el estancamiento. Era necesario abandonar las restricciones de los primeros años y emprender un camino expansionista pero dentro de las normas nuevas. Se dieron facilidades a la acumulación industrial (ley de industrias nuevas y necesarias), se amplió el crédito y se incrementó el gasto público. Esto último se realizó no con base en la ampliación del ingreso fiscal, opuesta al principio de mantener el estímulo máximo a las ganancias, sino gracias a la disposición de nuevas posibilidades de endeudamiento externo que se fueron ampliando desde finales de los años cuarenta: de un promedio anual de crédito externo al sector público de 31 millones de dólares de 1946 a 1951, se pasó a 129 millones de dólares anuales entre 1952 y 1959, y a 441 de 1960 a 1966. 9 El crédito interno se procuró reservar al capital privado. El criterio restrictivo de la expansión que siguió vigente era el de evitar a todo costo una nueva devaluación, y crear un “clima” favorable a la inversión, lo que conducía por necesidad a controlar precios y salarios. 10
La afluencia de capital externo directo rebasó toda marca anterior. De un promedio de 37 millones de dólares anuales entre 1946 y 1956, saltó a 87 entre 1954 y 1964. 11 Se orientó además predominantemente a las manufacturas, al grado de que entre 1950 y 1963 la proporción de la inversión extranjera total invertida en industrias pasó de ser el 26% al 63%. 12
La intensa industrialización se efectuó así montada en el capital extranjero, que elevaba considerablemente la capacidad para importar, y bajo la protección económica del Estado con sus múltiples estímulos. Uno de ellos consistía en las restricciones a la importación de bienes para estimular su producción interna. Esta prohibición se imponía no al empezar la producción sino ¡cuando se anunciaba el propósito de producir! Vale resaltar que quienes decidían estos asuntos eran cuerpos formados con representantes de productores y comerciantes de esas ramas.
Los cambios en la planta industrial fueron diversos. El rápido crecimiento se acentuó en las ramas de más fácil sustitución de importaciones, que seguían siendo las de bienes de consumo no duradero y algunas de bienes intermedios. El desequilibrio industrial obligada al Estado a suplir la ausencia de inversionistas en algunas ramas estratégicas como la del acero, química y petroquímica (ya adentrados los años sesenta). Otro aspecto de los cambios industriales consistió en la instalación de un número creciente de subsidiarias de monopolios internacionales, y en otros casos la creación automática de monopolios por los mecanismos de protección ya reseñados.

El cuadro muestra la acelerada industrialización y el efecto de sustituir relativamente las importaciones y cómo este proceso se ha saturado en las ramas productoras de bienes de consumo. También se observa que la industrialización por sustitución de importaciones se va reduciendo a las industrias básicas en las que esta fórmula está limitada seriamente en diversas ramas porque la dimensión mínima de la producción económica supera con frecuencia a la dimensión del mercado interno.
La composición del producto industrial en 1950 muestra que en esa época tenían un desproporcionado peso las ramas productoras de bienes de consumo duradero. Esto era una consecuencia de la facilidad de la acumulación en ellas bajo la política de sustitución de importaciones. La comparación con la estructura del producto manufacturero en países socialistas y capitalistas adelantados (que tienen una notable similitud en este aspecto), permite apreciar los grandes desequilibrios de la estructura industrial que tenía México y, de aquí, la necesidad de intervención del Estado en la producción de una diversidad de bienes básicos.

Resalta en el cuadro inserto el acelerado desarrollo que produjo un cambio en la estructura industrial entre bienes de consumo intermedios y de capital en el periodo 1950-75, a partir de una situación de gran desequilibrio inicial. Debe recordarse que a la debilidad de la concentración industrial para sustentar grandes industrias de bienes de capital se aunaba en ese periodo el estímulo a la acumulación consistente en las facilidades para importar bienes de capital y en ocasiones también intermedios. El desarrollo en el periodo 1965-75 señala más rápida convergencia con la estructura de países desarrollados, lo que se comenta en el apartado siguiente.
El crecimiento del conjunto de la economía, y dentro de ésta la agricultura e industria, no fue en modo alguno regular. La caída de los precios del algodón en 1956 por el “dumping” norteamericano, dictado por la recesión de ese año, tuvo profundas repercusiones mundiales. Éstas aún proseguían incidiendo sobre la economía mexicana en 1957-58 cuando nuevos desequilibrios norteamericanos se sumaron a las alteraciones previas. La baja de las reservas de oro norteamericanas por dos mil millones de dólares en esos años (por primera vez desde la guerra), fue un indicio de su profundo desequilibrio, que sólo se aliviaría con los efectos estimulantes sobre la economía bélica de la guerra de Viet Nam en los años sesenta.
Las variaciones anuales fueron violentas y en cadena. Así por ejemplo, la exportación de bienes cayó 8% en 1957 (a precios constantes). En 1958 la importación retrocedió 5% y el capital a largo plazo 5% mientras se recuperaba la exportación (se elevó 8%), y todo ello se repitió en 1959 con mayor intensidad. 13 El producto agropecuario mostró contracciones en tres años de la década los cincuenta y uno de estancamiento, mientras que en las manufacturas uno fue de contracción.
La irritación popular se acumuló en la segunda mitad de la década de los años cincuenta por el efecto combinado de la erosión del salario real y del ingreso campesino, y de la insolente imposición política, la opresión, y las persecuciones. Las violentas confrontaciones contra estudiantes, sobre todo del Politécnico en torno a las condiciones de los dormitorios en 1956, y contra campesinos que invadían tierras, acorralados por el hambre y por los latifundistas revolucionarios, fueron continuadas por las demandas económicas y de autonomía sindical de maestros, telegrafistas, telefonistas y ferrocarrileros en 1958-59.
El Estado no se encontraba en condiciones de desatar simplemente la represión. El propio capital espera una cierta observación formal de principios democráticos que le son necesarios para la acumulación, y por otra parte el soporte consensual interclasista del Estado demanda que se le atienda. La represión era el recurso a que se llegaba una vez sancionada la iniciativa por la aceptación implícita de su uso por las vagamente definidas “fuerzas vivas”
A finales de la década de los cincuenta el estado consideró aparentemente propicio el momento para la represión cuando estos movimientos amenazaban extenderse por los éxitos económicos y la capacidad para conmocionar al sistema de control sindical.
Al mismo tiempo se delineaban cambios importantes en las perspectivas industriales y del gasto público. La revolución cubana había orillado al imperialismo a modificar sus métodos de dominio y sustracción de ventajas de América Latina, a riesgo de repetirse el ejemplo cubano. Este giro, que cobró el nombre de batalla de Alianza para el Progreso, coincidía además con la creciente liquidez del capitalismo y la necesidad de invertir donde fuese. Esta última tendencia se hizo evidente desde finales de los años cincuenta con una oferta creciente de crédito institucional mundial. Desde 1961, cuando se implantó la Alianza para el Progreso (en medio de indicios de una nueva recesión norteamericana que se resolvió por la vía del gasto bélico y de la propia Alianza), se sumaron las disponibilidades mayores de fondos públicos de Norteamérica con una corriente creciente de inversiones privadas. México fue de los países que recibieron más fondos, a lo que ayudó la mezcla de docilidad y reto del gobierno nacional frente al norteamericano, ya en lo relativo al aislamiento de Cuba, a los acuerdos militares latinoamericanos o a las relaciones diplomáticas con algunos países socialistas. Desde luego la contrapartida era el apoyo al capital, y la persecución y asesinato de dirigentes progresistas (Campa, Jaramillo) y la represión de todo movimiento popular.
La acumulación en la industria se aceleró en los años sesentas así como en servicios (comercio, hoteles, etc.). Los procesos de concentración de capital y de creación real de monopolios empezó a multiplicarse, (por ejemplo en la producción de cerveza, de cerillos, de vidrio plano, etc.) En otros casos se contuvo la tendencia por la intervención del Estado, pero con ventajas para todos, como en la industria automotriz. La saturación de capital conducía a cambios cualitativos importantes en la forma de acumulación.
En los primeros años de la década 1960-70 la necesidad de intervención del Estado señaló modificaciones. Una de ellas consistió en que la absorción de ramas poco atractivas a los empresarios fueran “mexicanizadas”, no expropiadas. Ello significó jugosas ventajas a los propietarios de empresas en quiebra porque eran adquiridas a precios superiores a los del mercado por el Estado. La “mexicanización” de empresas mineras, manufactureras y eléctricas sólo recibió bendiciones y aplausos del capital. Esta fue la principal causa del crecimiento numérico de entidades del sector paraestatal de esos años.
Otro cambio consistió en los intentos fallidos de introducir cierto orden en el caos público y privado mediante principios de planificación capitalista. A pesar de la aceptación y aún exigencia por el gobierno norteamericano de la planificación como condición para otorgar créditos, el peso del presidencialismo y del pragmatismo económico en México era superior, lo que determinó la congelación de tales iniciativas.
La disponibilidad de financiamiento externo hizo posible desligar las importaciones del nivel de las exportaciones, emprender obras públicas esenciales y ampliar el gasto corriente sin afectar la estructura tributaria ni elevar exageradamente la presión sobre los precios. Se continuó la política pública de hacer poco uso del crédito interno.
La industrialización de la agricultura, aún siendo incipiente, fue otro elemento importante para la acumulación en todos los sectores. En efecto, las transformaciones técnicas agrícolas y la concentración de las mejores tierras en grandes empresas fue un movimiento que sustentó el predominio de la agricultura industrial. La presencia de grandes consorcios y los procesos de monopolización no sólo en la producción sino en la industrialización y distribución de productos agropecuarios y pesqueros fueron parte de estas tendencias. Con esto no sólo se cumplía con la necesidad de transferencia masiva de excedentes económicos hacia los sectores industrial y los improductivos sino que abatía relativamente los precios internos, A todo ello colaboró la disponibilidad de nuevas semillas de alto rendimiento, la mecanización masiva de la agricultura comercial, el uso extensivo de insecticidas y fertilizantes y la mejora de los canales de distribución. Así, el aumento de la producción agrícola del 83% entre 1950 y 1964 se debe a la combinación de mayor superficie cultivada (aumenta 66%), a la elevación de rendimientos (crecen 49%) y al cambio de la composición de la producción. 14
El intenso proceso de industrialización no sólo tuvo consecuencias ocupacionales, productivas y de monopolización en el propio sector sino que, como es inevitable, transformó a toda la sociedad.

La información sobre el crecimiento de la población económicamente activa muestra que en las manufacturas se alcanzó la más elevada dinámica entre 1940 y 1960, y de las más altas en la siguiente década, lo que por cierto refuta algunas afirmaciones sobre la escasa ocupación industrial. A este efecto correspondió, junto con la expansión de los sectores de construcción, minería y extracción de petróleo, la ampliación del proletariado industrial y su cambio cualitativo gradual. A ello contribuyó decisivamente la proletarización en las actividades agropecuarias por el efecto de la acumulación capitalista. La transformación de las relaciones sociales determinó la delimitación clasista más clara en los sectores de servicios al extenderse las relaciones de explotación empresariales e irse absorbiendo una proporción creciente de la fuerza de trabajo. Estos cambios cualitativos y cuantitativos en las clases sociales empezaron a tener importantes consecuencias desde mediados de la década 1960-70.
d. Los brotes iniciales del capitalismo monopolista de Estado (1965-1975)
Desde mediados de la década pasada se inició el tránsito hacia una sociedad industrial. Correlativamente el Estado renovó su intervención en la economía. Son diversas las causas de esta mayor participación pero en todo caso apuntan un cambio en su contenido. La tesis es que corresponden al proceso de formación del capitalismo monopolista de Estado.
Sin una ruptura repentina en la modalidad de la acumulación capitalista fueron surgiendo las condiciones y los condicionantes del capitalismo monopolista de Estado.
No es que antes estuviera ausente una política del Estado abiertamente favorable al desarrollo capitalista, sino que el grado de acumulación y concentración del capital no correspondía todavía al predominio de la pauta monopólica.
La nueva etapa del desarrollo capitalista de México se empezó a delinear a mediados de la década 1960-70. Resultaba de que en algunas ramas se había alcanzado un nivel de saturación de acumulación de capital industrial y un cambio en las relaciones sociales que ubicaba al país en los de desarrollo medio y en camino de abandonar el subdesarrollo. Esto no sólo era una aspiración burguesa, sino un parto irreversible dentro del capitalismo. Sólo que el parto está, aún en la actualidad, obstruido por una diversidad de elementos y relaciones. Se necesitan grandes transformaciones en las relaciones técnicas de producción, en la planta industrial, en la oferta agrícola, en los aparatos financieros, en el mercado interno, en el ingreso y gasto públicos, en la forma de acción económica y política del Estado, y en las relaciones de clase, a fin de crear las condiciones sociales para que las formas monopólicas se conviertan en el centro y en el objetivo prioritario de la reproducción.
Las evidencias de las transformaciones efectuadas y de las consecuencias de no efectuarlas se han multiplicado. A principios de los años sesenta no era posible atender las crecientes necesidades de financiamiento para facilitar la concentración de capital y su reproducción dentro de las restricciones bancarias de 30 años antes. Las preocupaciones del control del flujo de divisas externas a través de la banca correspondían tres décadas atrás a la defensa comercial de la balanza externa. Ahora la gran invasión de créditos e inversiones directas del exterior hacían irrelevante dicha preocupación, puesto que no sólo podía elevarse el déficit comercial externo, sino aún aumentar las reservas de divisas gracias a esos aportes financieros. Un indicador de ésto es el que el promedio de crédito al sector público pasó de 129 millones de dólares anuales, entre 1952 y 1959, a 1,700 entre 1967 y 1975. 15 El problema se reducía, desde 1961, a la contratación de empréstitos, a atraer capitales externos, a estimular la acumulación y a mantener la paridad del peso en relación al dólar.
Pero era insuficiente el canal bancario público para satisfacer demandas de financiamiento externo de las empresas y para captar la oferta de crédito privado del exterior. De aquí la modificación no formal a las normas bancarias, permitiendo a bancos privados la captación directa de fondos externos, sin pasar por el Banco de México, la vinculación con poderosos grupos externos a través de fondos fiduciarios y la eliminación de restricciones a la formación de grupos bancarios. Rápidamente tuvo lugar la previsible concentración en seis grandes consorcios bancarios, los que a su vez quedaron fortalecidos por vinculaciones directas con grandes contrapartes norteamericanas. Es de resaltar que este proceso no supuso una regulación o dependencia externa mayor, por ahora. La preocupación por la autonomía institucional del aparato financiero con respecto al exterior se plasmó en la cuidadosa legislación bancaria a través de decretos y disposiciones de abril de 1972, diciembre de 1973 y diciembre de 1974. 16 También es interesante el hecho de que aparentemente el capital financiero no domina al productivo, Es posible que ambas peculiaridades del caso mexicano correspondan más a la situación de transición hacia el capitalismo monopolista de Estado que a particularidades permanentes.
La participación más vigorosa del Estado en la producción y sus funciones desde 1965 se revela en los indicadores acerca de la importancia relativa del producto generado en el sector paraestatal. En el período 1970-75 la participación de dicho sector en el producto total se elevó sistemáticamente del 8% al 11%.
No obstante la importancia relativa del sector paraestatal tampoco era exagerada para entonces en relación a los países desarrollados capitalistas, a diferencia de tres décadas atrás. Una comparación reciente de la representación del sector paraestatal en el producto total, por sectores y ramas, permite constatar que el total era menor en México en 1972, que en los Estados Unidos, Suiza y Japón en 1960, y que Francia en 1954. 17 No obstante hay diferencias importantes como es el mayor peso estatal en el sector industrial en México que en otros países, o en la extracción de petróleo.
El número de empresas paraestatales registradas es un indicador igualmente relevante, aunque en parte refleja más el registro que la creación de nuevas. Con todo, el hecho de pasar de 84 en 1970 a 806 en 1975, es sin duda significativo, sobre todo en el caso de empresas con participación mayoritaria, en las que el problema de registro se reduce a las nuevas: pasaron de 39 en 1970 a 323 en 1975. 18
Pero la transformación global hacia un capitalismo monopolista de Estado apenas se inicia. La transición no atiende aún problemas complejos de difícil solución. El agotamiento de las posibilidades de crecimiento tradicional determinó el surgimiento de una profunda crisis de crecimiento desde finales de la década 1960-70 al no encontrarse resueltos dichos problemas.
Uno de los más difíciles obstáculos a la nueva acumulación consiste en la deformación de las relaciones técnicas de producción que provocó la propia pauta de crecimiento previa. El exceso de protección al capital determinó una suma en cascada de costos elevados de producción y grandes ganancias. Esa misma protección determinó una estructura del financiamiento del gasto público apoyada cada vez más en el crédito externo, a fin de no modificar los impuestos y no elevar la carga fiscal al capital. En el cuadro adjunto resalta el gran peso alcanzado por el financiamiento externo en la inversión pública y el uso del interno desde mediados de la década pasada.

La transformación de la planta industrial para emprender la nueva pauta de acumulación, producir bienes intermedios y de capital, y sustentar la concentración de capital, suponen la exportación de manufacturas y el desplazamiento de empresas ineficientes. Ambos procesos se iniciaron e intensificaron desde la década pasada (la exportación de manufacturas ya representa más de la mitad del valor total de la exportación de bienes), pero pronto toparon con fuertes resistencias políticas y económicas por parte de las fracciones burguesas más conservadoras.
La decadencia de la agricultura (por las limitaciones agrarias a la acumulación) y las dificultades de la transformación técnica de la planta industrial empezaron a frenar el crecimiento desde finales de los años sesenta.
La combinación de las fuertes resistencias, la insuficiente fortaleza de las fuerzas transformadoras y la ineptitud e indecisión del Estado, crearon las condiciones de la crisis económica estructural de crecimiento. A esta crisis se sumó la del sistema capitalista mundial, desde 1973 y que prosigue hasta el presente.
El desarrollo de las clases sociales fue una consecuencia de la acumulación capitalista. El avance numérico y cualitativo del proletariado industrial y agrícola así como de las clases explotadas improductivas, se relaciona directamente con la acumulación e indirectamente con la reducción numérica y sobre todo política del campesinado.
Las luchas empezaron a multiplicarse y a cobrar nuevo contenido. Las expresiones más notorias, pero no las únicas, fueron los movimientos médico (1966) y estudiantil popular (1968), la insurgencia sindical, los movimientos campesinos, y los movimientos políticos por las libertades y derechos. Las formas tradicionales de sujeción y control de masas, sindicales y políticas perdían eficacia. Surgió así la crisis política y la necesidad de transformaciones para adecuar los aparatos a la nueva pauta de desarrollo económico y clasista. Las adecuaciones se iniciaron, bajo presión de las masas, cediendo el Estado lo menos posible. En este marco se deben considerar los modestos cambios de la “apertura democrática” del régimen echeverrista y la reforma política del presente. Obviamente la nueva pauta capitalista supone un recorrimiento de fracciones de la burguesía y que las perdedoras resistan para retener el poder económico y político.
Las transformaciones económicas y políticas son solamente iniciales. Aun será inevitable profundizar los cambios y comprender en ellos muchos otros aspectos para renovar el desarrollo capitalista a un nivel superior. Resaltan los cambios en la agricultura para elevar la producción, la transformación tecnológica de la planta industrial y la alteración de los aparatos políticos laborales. El papel del Estado es mayor en estas tareas y con una orientación marcadamente favorable al proceso de monopolización y concentración, como corresponde a su base material y política. Los límites de este proceso son los que imponen las clases explotadas, a través de su defensa frente al capital y al propio Estado, y las necesidades del capital de preservar márgenes de libre competencia para reforzar las condiciones económicas y políticas de su reproducción.
Por su parte las tendencias monopolistas se fortalecen aun enmedio de la crisis económica. La mayor resistencia financiera de los grandes conglomerados les permite sobrevivir mientras que los competidores medianos y pequeños desaparecen. El Estado a su vez aplica medidas que en parte favorecen las tendencias monopolistas (sobre todo crediticias y fiscales) pero también mantienen principios de protección a la mediana industria, y de restricciones a las inversiones extranjeras para ventaja de los empresarios nativos y de la autonomía del Estado. No obstante resalta que en materia de monopolios no existen restricciones reglamentarias demasiado rígidas para limitar su formación (por ejemplo, de prohibición de fusión o de compra de empresas medianas), pese a las disposiciones constitucionales. Hay otras evidencias, como la exportación de manufacturas, la eliminación de la paridad sobrevaluada del peso que elevaba la protección industrial, la intención de abatir prohibiciones a la importación y sustituirlas por aranceles, y sobre todo el nuevo contenido de la intervención del Estado en la economía, que son parte del proceso de tránsito hacia el capitalismo monopolista de Estado.
Notas:
1 Carr, B., El movimiento obrero y la política en México 1910-1929, SepSetentas , No. 256, México 1976.
2 Bartra R., “La revolución domesticada”, Historia y Sociedad No. 6, 2a. Época.
3 Una amplia descripción y análisis de las acciones institucionales, relaciones externas e inversiones del Estado se encuentran en Varios, Historia de la Revolución Mexicana, T. 10, periodo 1924-1928, La reconstrucción económica, El Colegio de México, México, 1978
4 Campa V., Mi testimonio. Memorias de un comunista mexicano. Eds. de Cultura Popular, México, 1978.
5 Véase Contreras A., México 1940: industrialización y crisis política, Ed. Siglo XXI, México, 1978.
6 Véanse de López Rosado D. y Noyla Vázquez J., “Los salarios reales en México, 1939-1950”, El Trimestre Económico, Vol. XVII No. 2, así como Ortiz Mena, A., y otros El desarrollo económico de México y su capacidad para absorber capital del exterior, Nacional Financiera, México, 1953, p. 17 a 19.
7 Véase Ortiz Mena, A., y otros, Op, cit.
8 Fouque A., El tratado de Comercio México-Americano, EDIAPSA, México, 1949.
9 Calculado con base en Balanza de Pagos, Banco de México.
10 Pellicer O., y Mancilla E., “El entendimiento con los Estados Unidos y la gestación del desarrollo estabilizador”, Historia de la Revolución Mexicana No. 23, El Colegio de México, México, 1978.
11 Banco de México. Balanza de Pagos.
12 Banco de México. Departamento de Estudios Económicos.
13 Véanse los estudios económicos anuales de CEPAL correspondientes a los años de 1959 a 1961 en lo que se refiere a importaciones y exportaciones a precios constantes.
14 Banco de México y CEPAL, citado en Ibarra D., “Mercados, desarrollo y política económica”, El perfil de México en 1980, México 1970, T. I. p, 106.
15 Promedios con base en información del Banco de México sobre Balanza de Pagos.
16 Véase Revista de Comercio Exterior.
17 Villarreal René y Rocío, “Las empresas públicas como instrumento de política económica en México”, El Trimestre Económico. No. 178, Vol. XLV, Abril- Junio 1978, p. 220-221. PL
18 Ibid. p. 217.
GERARDO UNZUETA
Contradicción permanente —o estable—, del Estado Mexicano actual
No creo que en un pequeño ensayo como éste, limitado por razones de espacio, pudiéramos abordar los problemas principales del Estado Mexicano. Creo difícil también incursionar adecuadamente en los temas de la teoría marxista del Estado, en particular sobre aquellos que guardan relación con el estudio del que existe en nuestro país; se requeriría no un ensayo de estas proporciones sino estudios desplegados, que habrán de hacerse, que deben hacerse.
Esto, sin embargo, es solamente un aspecto de la cuestión: la amplitud del asunto a examinar.
Por otra parte, es preciso tomar en consideración que hoy se produce, a escala mundial, entre los marxistas —y no sólo entre los marxistas—, una discusión extraordinariamente viva y profunda, que a mi juicio retoma aspectos del estudio del Estado como superestructura jurídico-política de la sociedad, ampliamente controvertidos en los años veinte, pero que después, en una u otra medida, fueron abandonados.
En aquel período, me parece, se estimó en toda su trascendencia un fenómeno histórico que vino a cambiar considerablemente los supuestos ya establecidos de la teoría marxista del Estado: la revolución de octubre de 1917 y la creación del primer Estado revolucionario, en que la clase obrera ya no sólo asaltaba el cielo, sino lo tomaba y lo traía a la tierra.
El surgimiento de este Estado revolucionario nuevo, confirmaba numerosas conclusiones antes elaboradas, pero también cambiaba otras. Y algo más: modificaba el propio objeto de estudio, haciendo más intrincado el camino hacia su conocimiento, mayores las exigencias de desarrollo científico.
En primer lugar, la clase capitalista dominante en el resto del mundo no podría esperar tranquilamente a que se repitiera el acontecimiento. Debería —y lo ha hecho—, desenvolver de una manera nueva sus formas de dirección política, fortalecer el aparato estatal. Se crearon nuevos elementos de funcionamiento y existencia, que hacen más inaprehensible la esencia del Estado capitalista y eliminan posiciones simplistas en la determinación de las formas de dominación que ejerce la burguesía; clase hegemónica dirigente en la sociedad civil. Cuando resultaban ya insuficientes —o eran puestas en predicamento— las ilusiones sobre la divinidad del Estado que rigieron en el Medioevo (o las que hacían del Estado materialización de la idea universal, que predominaron en los siglos XVIII y XIX), era preciso agregar nuevas concepciones para apuntalar la existencia del Estado contemporáneo y eludir la confesión de que éste expresa la dirección política de la clase que domina las relaciones económicas de la sociedad y que se apodera de lo fundamental del producto social de la clase que explota y oprime.
Era indispensable desarrollar aquello que establece separación entre el fenómeno de la dirección política y los más burdos intereses económicos de los capitalistas. Era necesario subrayar el interés general que contiene todo Estado y elaborar una ideología que fuese un recambio de la estatolatría hegeliana y desembocara en una nueva adoración del Estado.
Y además, esa función ideológica debería resolver necesidades de la lucha teórica, que se desprenden del desarrollo capitalista contemporáneo. El capitalismo monopolista de Estado, especialmente en su expresión institucional, debería presentarse como el más alto desarrollo de la democracia.
Para ello no basta la ideología: fue necesario adaptar las instituciones a los nuevos tiempos y la multiplicación de los medios que garantizaran un consenso de la población, favorable al orden social existente y opuesto al proyecto proletario de transformación revolucionaria; que hicieran temible esta perspectiva, y preferibles otros caminos, incluso el ejercicio de la coacción armada y judicial para cerrarle el paso.
Lo que hoy ocurre, esa superación de las trabas al estudio científico que se impusieron a partir de los años 30, esa discusión viva y las investigaciones múltiples que surgen de la corriente marxista de pensamiento, son muy necesarios. Lo son para los italianos, para los franceses, para los norteamericanos. ¡Y para los mexicanos! porque si algún país ha sufrido retraso en el estudio científico de las particularidades propias de un Estado determinado, ese país ha sido México. En nuestra sociedad el revestimiento ideológico, el desarrollo de la estatolatría hegeliana, han sido verdaderamente inmensos. Incluso surgió toda una ideología que justifica un Estado: la ideología de la revolución mexicana.
A mi juicio es completamente válida la metodología científica elaborada por Marx y Engels, y desarrollada después por Lenin, para abordar el Estado, considerándolo una superestructura jurídica y política que es reflejo de una base material, de unas relaciones materiales existentes en la sociedad.
Las concepciones de principio respecto de la necesidad de la dirección política del proletariado sobre la sociedad, la conquista del poder del Estado por el proletariado para suprimir la dictadura de la burguesía, son del todo actuales y vigentes. Creo, no obstante las actuales manifestaciones de discordancia entre los marxistas, que finalmente será evidente la coincidencia sobre estas cuestiones de principio y metodología.
Pero también creo que las nuevas manifestaciones del fenómeno estatal —sobre todo cuando el capitalismo monopolista de Estado se convierte en la forma de existencia del capitalismo— exigen un estudio mayor, una rediscusión. Y la exigen también las características del Estado socialista —las que ha asumido y las que puede asumir—, pues el hecho es que el objeto del estudio no sólo ha cambiado: también se ha bifurcado.
En nuestro país la contraposición de concepciones acerca del fenómeno superestatal por excelencia, el Estado, apenas comienza a dar frutos para su comprensión científica. Nadie puede pretender que ha dicho todo lo que tenía que decir acerca del Estado mexicano.
Los comunistas entramos a la discusión actual de la problemática del Estado mexicano, empujados por la necesidad de definir nuestra perspectiva revolucionaria, a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Antes cometimos muchos errores de simplificación, hicimos insuficientes esfuerzos por penetrar y hacer nuestro propio desarrollo de la teoría marxista del Estado.
El tiempo transcurrido y los esfuerzos hechos han sido insuficientes. Requerimos aún muchos más. Otros estudiosos han elaborado investigaciones verdaderamente importantes que coinciden —por lo menos parcialmente— con la metodología que nosotros usamos, y logran verdaderos avances en la investigación de lo que son la realidad y la manifestación del Estado mexicano. Sin embargo, en no pocas ocasiones, sus conclusiones difieren de las nuestras.
El conjunto de nuestros estudios y las ideas aportadas por otros investigadores nos han permitido, ya ahora, elaborar algunas conclusiones firmes, las cuales hemos expuesto en nuestros documentos fundamentales. 1
Pero ante nuevos fenómenos y con nuevos conocimientos rediscutimos nuestras conclusiones, las reelaboramos, las contraponemos a otras y sin desviarnos de nuestros objetivos revolucionarios —esto es, luchar por la formación del Estado revolucionario que construya el socialismo en México—, penetramos más en el presente y en el pasado del Estado mexicano y en lo que hoy constituye su característica y desarrollo. Ahondamos en la vía de su transformación.
En este sentido, con nuestra práctica ratificamos una tesis que es válida para todas las esferas noseológicas: el proceso de conocimiento es inagotable en su extensión y en su profundidad. En su extensión porque los fenómenos cambian constantemente, la realidad se modifica sin cesar. Y, en su profundidad porque el conocimiento siempre tendrá desarrollos superiores: cada conclusión permite ahondar en el conocimiento de los fenómenos e ir de sus causas más superficiales a otras más profundas.
En general, en la teoría del Estado esto es así también. Al adquirir nuevos conocimientos podemos abordar de manera más profunda los problemas a estudio. Pero también el objeto de investigación cambia y ello nos exige encontrar los elementos nuevos que surgen y la metodología apropiada para abordarlos.
Aunque la introducción ha sido amplia, el propósito de este ensayo no es el de presentar la problemática general del Estado mexicano, sino sólo abordar una cuestión que a mi juicio se constituye en elemento metodológico para el estudio, y que nos puede llevar a la superación de las insuficiencias que han tenido elaboraciones anteriores del autor.
Se trata de lo que llamo la contradicción permanente —o estable— del Estado mexicano contemporáneo, y de su formación histórica. Al abordar ambos aspectos habremos de destacar los rasgos del curso histórico de la superestructura jurídica y política mexicana que inciden en la formación de la contradicción y en su manifestación social. Y precederemos la develación de este elemento metodológico con el planteamiento general de la característica del Estado y con un intento de periodización, cuestiones ambas que nos parecen de importancia para apreciar la trascendencia social que adquieren las contradicciones y su permanencia o estabilidad, para el futuro del Estado mexicano.
I
Según nuestro punto de vista es posible examinar como un solo proceso el desarrollo del Estado mexicano desde el último tercio del siglo XIX —momento de su consolidación—, hasta hoy, aunque sin duda deben tomarse en cuenta grandes vuelcos de la historia en este lapso.
Coincidimos al respecto con la concepción metodológica elaborada por Daniel Cosío Villegas. Según este autor el triunfo de la República expresa el momento de la consolidación del Estado mexicano. Esto es; cuando la nación mexicana logra terminar victoriosamente la intervención francesa, se asienta la soberanía sobre lo que es posible asentarla, se ha perdido lo que no podía retenerse, y se reconoce internacionalmente el territorio que abarca la soberanía estatal.
Vale la pena señalar que éste es un criterio opuesto al patrioterismo; no son pocos todavía quienes hablan de la necesidad de reconquistar Texas, Arizona, Nuevo México y California. Pero —y esta es una reflexión que debemos hacernos— ¿esos territorios estaban incorporados a la nación mexicana o eran territorios en disputa? ¿Eran territorios que tenían un entrelazamiento económico con el país o eran territorios a los cuales no había llegado más que la conquista española y sólo hasta cierto punto?
Pienso que es falsa la idea de que esos territorios se hallaban incorporados y formaban parte de la nación mexicana. Por otra parte, creo que hay que agregar más a lo que dice Cosío Villegas: con ser graves ofensas al espíritu nacional la segregación de la mitad del territorio, formalmente mexicano, en la guerra de agresión de los Estados Unidos contra nuestro país y la intervención francesa, ambos acontecimientos contribuyeron poderosamente a la consolidación de la soberanía estatal; nos ahorraron por lo menos un medio siglo de consolidación de la soberanía estatal sobre un territorio determinado.
Hasta aquí hemos abordado la cuestión desde el punto de vista puramente superestructural de la dirección política y la soberanía estatal. Debemos ir más al fondo de la cuestión, a la base económica: ¿cómo se logró la consolidación del Estado mexicano? ¿Sobre la base de qué relaciones? Las fantasías al respecto, han sido sustituidas por los resultados de la investigación científica de los últimos años.
Por lo común, hasta hace tres décadas se consideraba que México, a fines del XIX, era un país feudal, un país en el cual el capitalismo no se había desarrollado, en el que la burguesía de hecho no existía, etc. Incluso durante muchos años privó la idea de que realmente el poder de la burguesía se establece con la revolución de 1910-1917. Esa fue la teoría desarrollada por Vicente Lombardo Toledano, que interesadamente compartieron no pocos de los ideólogos y políticos del grupo gobernante de los años cincuenta.
Pero en realidad, la consolidación del Estado mexicano se realiza cuando ya en nuestro país habían alcanzado un determinado desarrollo las relaciones capitalistas de producción, cuando ya el mercado nacional existía, se había creado la industria textil y otras industrias se desarrollaban, resurgía la minería sobre nuevas bases y las formas de explotación de la tierra habían adquirido un carácter notoriamente capitalista, aunque de un capitalismo atrasado, portador de métodos extensivos de explotación y en el cual jugaba un papel muy importante el capital mercantil.
Puede asegurarse que la consolidación del Estado mexicano es contemporánea del afincamiento y predominio de las relaciones capitalistas de producción; más aún, que ese afincamiento es una de las causas de la consolidación. El último tercio del siglo XIX es el momento de consolidación del Estado mexicano, mas el rumbo hacia el capitalismo, cierto que por la vía reaccionaria, se había iniciado antes.
En sentido general debe afirmarse que la revolución de Independencia era ya una expresión y un impulso del rumbo hacia el dominio del capitalismo. Ésta libertó a México de los lazos coloniales de explotación que lo unían a España y despejó el terreno a la lucha de clases interna; es decir abrió el campo para que se desarrollara en el país la dominación de una clase. La revolución de Independencia fue la base para que se liquidaran algunas de las formas atrasadas de la explotación precapitalista como el despotismo tributario (el cobro de tributo por asentamiento local). Suprimió el tributo de todos los campesinos indios. Eliminó el repartimiento que afectaba a las comunidades agrarias. Arrancó —esta es la palabra— la esclavitud que afectaba a los negros y mulatos. Acabó con la dependencia directa de las comunidades respecto al Estado e incluso, cosa muy importante en aquella época, cuestionó la obligatoriedad del diezmo y las primicias para la iglesia.
Todo esto tiene importancia en la eliminación de los restos precapitalistas. Y era impulsar al país en el rumbo hacia el capitalismo. Las clases que emergían en este suelo como fuerzas sociales capaces de instaurar su dominio eran los terratenientes y la burguesía, y a ello ayudaron las luchas de los combatientes por la Independencia. No es que Morelos o Hidalgo y otros libertadores, e incluso los ideólogos, fuesen burgueses o buscaran el dominio de terratenientes y capitalistas. Ellos —los libertadores— formaban parte de una corriente histórica que denominamos democracia revolucionaria; esto es, una corriente que por medios revolucionarios trata de establecer la democracia en el país, concebida ésta como una democracia orgánica, no solamente desde el punto de vista político, sino que también afecta a las relaciones económicas, en especial a las que tienen que ver con la opresión de la masa principal del país: los campesinos. A Hidalgo, Morelos y otros se les puede aplicar con toda razón el juicio que Gramsci hacía de los revolucionarios de 1789 en Francia. Éstos, decía él, “no preveían el orden capitalista, querían poner en práctica los derechos del hombre. Querían que se reconocieran determinados derechos a los componentes de la colectividad.” Pero su esfuerzo se revertía a favor de la burguesía por que ésta era “la única energía social activa y realmente operante en la historia”. 2 La fuerza social que surgía con esta capacidad en Francia era la burguesía. Y su predominio se estableció. En México ese fue también el punto de llegada, aunque el capitalismo haya alcanzado ese punto aquí en forma distinta y aún más contradictoria que como ocurrió en Francia.
En todo caso, el rumbo que emprendió el Estado mexicano desde su formación fue el de convertirse en la superestructura jurídica y política de las relaciones capitalistas de producción, del dominio social de la burguesía, al que sirvió de eslabón y enlace la hegemonía de los terratenientes.
Es importante precisar ese sentido del desarrollo, aunque para nosotros éste no es el problema de investigación que tenemos que resolver en México: siguiendo el accidentado proceso del siglo XIX, comprendemos las revoluciones subsecuentes de 1854-1867 y de 1910- 1917 como otras tantas formas de consolidación del capitalismo y como un desarrollo de esa superestructura jurídica y política: el Estado capitalista mexicano.
Pero no basta con decir que en México el proceso del desarrollo de las formas de dirección política desembocan en un Estado burgués. Lo más importante de la labor de los científicos será estudiar con atención las particularidades de su desarrollo como Estado burgués.
Para sistematizar el estudio y precisar conclusiones de lo estudiado hasta hoy, creo indispensable intentar una periodización del desarrollo del Estado mexicano, según las características que adquirió en su desenvolvimiento. Naturalmente no pretendo separar ese proceso de desarrollo de la base material que se formaba en México; mas estando ella presente, llamo la atención sobre el curso de la superestructura jurídica y política, pues siendo ésta determinada por las relaciones económicas en última instancia, me interesa particularmente destacar los periodos que cursó desde el punto de vista de la formación de su estructura interna y de las relaciones políticas que contuvo en cada hito de su desarrollo.
Sería necesario advertir que al formular este intento de periodización del Estado mexicano, no los considero periodos estancos: el fundamento de un periodo se encuentra en el anterior y los elementos de éste se prolongan al siguiente.
Once son los periodos que a mi juicio cursa el Estado mexicano. Ellos son:
1. Formación de las condiciones del surgimiento del Estado mexicano y la consecuente emergencia de dos crisis paralelas: una crisis nacional y una crisis colonial.
2. Independencia y aparición del nuevo Estado, cuya característica principal fue, hasta la primera mitad de los años cincuenta, una inestabilidad completa: no lograba consolidarse, no establecía formas de dirección política consistentes, no creaba sus instituciones ni sus instrumentos de conducción social.
3. Configuración de la dirección política de la nación con la Revolución de Ayutla, las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857.
4. Consolidación del Estado mexicano (que abarca de los años 1867 a 1880).
5. El porfirismo como expresión concentrada de los rasgos más negativos del Estado mexicano.
6. La crisis estatal de 1908 a 1917 (en 1908-1917 se produjo una gran crisis estatal en México la cual abarca los años que precedieron inmediatamente a la Revolución y toda la duración de ésta).
7. Iniciación de la nueva etapa del Estado mexicano (la que de otra manera Lorenzo Meyer llamaría “formación del Estado mexicano contemporáneo”) de 1917 a 1929.
8. Un periodo complejo conformado por una crisis política (1930-1934), en la que reaparecen los elementos estatales no resueltos por la revolución de 1910-1917, y confrontación de dos proyectos de solución tanto de la crisis política como del desarrollo futuro del Estado mexicano (1935-1938). 3
9. El periodo de transición de 1939-1947. Nuevo viraje del Estado mexicano que se caracteriza por la ruptura de la alianza social establecida entre 1935 y 1938 y la formación de una nueva alianza.
10. El imperio del desarrollismo: este periodo abarcará de 1948 a 1968 o sea prácticamente la frontera con el periodo que actualmente vivimos.
11. Finalmente un periodo que se caracteriza por la coincidencia de una crisis de la estructura económico-social y de una crisis política, en que el Estado mexicano se sitúa ante la perspectiva de una nueva crisis estatal. Abarcaría este periodo los años comprendidos entre 1969 a 1978 y siguientes.
Esta periodización sin duda tiene grandes insuficiencias. En todo caso será posible mejorarla en el futuro inmediato. Mas ahora lo importante, desde nuestro punto de vista, es presentar los elementos que nos han servido para precisar los periodos. Esos elementos son:
a) Diferencias en los objetivos a alcanzar en cada uno de los periodos por cuanto se refiere al desarrollo de la superestructura.
b) Diversidad importante en la correlación de fuerzas políticas que propugnaban una u otra forma de organización del aparato estatal.
c) Grado distinto de la aceptación (consenso) de la dirección estatal dominante entre la población.
d) Formas diferentes de la burocracia política para alcanzar la legitimación de la dirección estatal.
e) Conducta desemejante de las fuerzas políticas para intervenir en la dirección de la sociedad y de influir en su estructura económica.
II
Con esta metodología abordamos el curso del desarrollo histórico del Estado mexicano en general, y en particular los elementos definitorios del Estado mexicano actual. Del mismo modo, de esta periodización y los elementos que la sustentan partimos para estudiar los problemas de la realidad contemporánea del Estado mexicano.
De la periodización hecha tomamos algunos rasgos definitorios. A mi juicio los rasgos principales del Estado mexicano actual se forman básicamente en los periodos 4, 6, 8 y 10; esto es, en los periodos que hemos caracterizado como de consolidación del Estado mexicano (1867-1880), de crisis estatal de (1908 a 1917), de formación de una situación compleja (1930 a 1938), y del imperio del desarrollismo (1947 a 1967).
Pero precisamente en el periodo seis se forma la contradicción estatal que contiene el Estado mexicano y que influye desde entonces en su existencia y manifestación. Tal elemento contradictorio surge sobre la base de la participación de las masas en las luchas que se producen en el curso de la revolución de 1910-1917 y en el proceso posterior, aunque tiene antecedentes en los periodos previos.
Son dos rasgos característicos los que se forman en el Estado mexicano en el periodo 4, de su consolidación definitiva; uno tiene relación con el asentamiento de la soberanía estatal y el otro con la estructura institucional.
1. El asentamiento de la soberanía estatal sobre un territorio bien definido, coincide con el tránsito hacia una nueva fase del capitalismo mundial, el imperialismo.
Es la época de la extensión de la madeja de los monopolios, el incremento mundial del colonialismo y el surgimiento de formas neocoloniales de opresión.
Llamo la atención sobre estos elementos, porque las contradicciones que encierran se encontrarán presentes durante mucho tiempo. El imperialismo como etapa superior del capitalismo comienza a formarse en el último cuarto del siglo pasado, y registra una expansión territorial de las metrópolis. Precisamente en ese último tercio del siglo pasado se fundaba el nuevo sistema colonial; de otra parte surgía una nueva forma de dominación: se estableció la división internacional del trabajo en países que deben producir principalmente materias primas y otros que deben producir fundamentalmente productos elaborados. Zonas enteras de uno u otro continente se convierten en zonas de influencia o en mercados de las metrópolis.
Pero hay algo más que tiene importancia: la situación geográfica del país. Precisamente se consolida un Estado al sur de la frontera de la metrópoli más dinámica, la que avanza a un ritmo mayor, aunque no fuera en aquel momento la más desarrollada, y sí, casualmente, la que pone en primer lugar las formas neocoloniales de sojuzgamiento.
El nuevo Estado podía subsistir solamente si resistía, solamente si manejaba las contradicciones entre las potencias imperialistas. De otra manera el Estado perdería la soberanía recién alcanzada y reconocida; pasaría a ser una semicolonia al estilo de China a fines del siglo XIX y principios del XX. Examinada así la situación es posible explicarse algunas cuestiones: por qué Porfirio Díaz se atrevía a hacer oposición al imperialismo en determinados momentos. (Porfirio Díaz, es cierto, introduce en México una gran cantidad de inversiones norteamericanas e inglesas, pero lo hace jugando con las contradicciones y bajo una determinada concepción del tipo de desarrollo que es conveniente para México).
Esto puede explicar por qué Venustiano Carranza, aunque es el heredero de las formas de dirección estatal más autoritarias, el representante del antidemocratismo, también es quien en su tiempo tiene una posición política más clara frente al imperialismo yanqui, quien postula una firme defensa de la soberanía estatal.
Pero si la consolidación del Estado mexicano se producía en esas condiciones, creaba esas necesidades e incluso formaba instituciones para la resistencia del imperialismo, también es verdad que los grupos gobernantes nunca las utilizaron a plenitud —con excepción del periodo de 1935 a 1938— para impulsar el crecimiento interno sobre bases autónomas y oponer resistencia a las formas de dependencia tecnológica, comercial y financiera, que al imperialismo resultaban más adecuadas para expandir su influencia en un país como México. La burguesía mexicana —tanto dentro del modelo reaccionario a ultranza de Porfirio Díaz, como en el modelo reformista (1917-1934)— tuvo como elemento general definitorio la conciliación, la constante negociación para reformar el tipo de relaciones con las metrópolis, mas no para realizar una política internacional independiente.
2. Proceso de disolución de las instituciones establecidas en la Constitución de 1857.
La Carta de 1857 proclamó los derechos individuales, las libertades, las garantías, etcétera. Todo el capítulo de garantías individuales de la Constitución vigente, sólo con algunas pequeñas modificaciones y con excepción del artículo 3o., viene desde 1857 casi con la misma redacción. Habrá que anotar además, que las coincidencias con la Constitución Francesa de 1848 están lejos de ser una simple influencia como lo anotan los ideólogos oficiales: varios artículos son una simple reproducción del sentido, concepción y hasta redacción de los postulados constitucionales que surgieron en Francia después de la revolución de 1848, con su cámara alta —la garantía— y su cámara baja —la limitación—, en un párrafo el otorgamiento del derecho y en otro su negación.
Las instituciones republicanas del México de 1857 respondían a todo un programa formulado por la corriente liberal y en el que figuraban incluso las ideas de los más radicales como Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, etcétera.
Sin embargo, precisamente en el periodo de la consolidación del Estado se presenta un proceso de disolución de esas instituciones establecidas en la Constitución del 57, como condición para afirmar la soberanía estatal interior. Se eleva a nivel de verdad oficial la tesis de la necesaria existencia de “gobiernos fuertes”, sin los cuales no se podía consolidar dicha soberanía. Esa tesis sirvió de apoyo tanto a Sebastián Lerdo de Tejada como a Benito Juárez en la conformación de una estructura estatal definida, y vino a implicar la eliminación de posibilidades de desarrollo democrático, restituyendo en el país las formas paternalistas y autoritarias de dirección estatal, Con esas formas se preparó el advenimiento de la expresión más completa del autoritarismo, la porfirista.
Desde luego el elemento principal fue la eliminación de la cámara con autoridad para controlar el gobierno, primero oponiendo el senado a la asamblea de diputados y después eliminando sus facultades de instrumento controlador. Desde entonces, desde la circular de Lerdo de fines de los años setenta, no existe control sobre el Poder Ejecutivo, y ese control era una de las conquistas principales de la Constitución del 57. 4
La circular de Lerdo —y desde luego su reelección— desembocaron en una crisis política; Porfirio Díaz se levantó frente a Lerdo con el Plan de Tuxtepec, cuyo contenido principalmente era la lucha contra el despotismo, contra la falta de libertades políticas, la exigencia del derecho de construir partidos políticos, porque en México no había esa libertad ya en los años setenta.
En resumen, a mi juicio, en el momento que alcanzaba su consolidación el Estado sus dos rasgos principales son: la necesidad de establecer una determinada forma de sobrevivencia frente al imperialismo , y la eliminación de las instituciones liberal-democráticas establecidas en la Constitución del 57.
Los rasgos que corresponden al periodo 6, o sea la crisis estatal de 1908-1917, son, según me parece necesario precisar:
1. La elaboración de una Constitución contradictoria.
Una constitución es la traducción institucional de un objetivo económico-social, o sea el crear las instituciones necesarias para lograr un objetivo económico-social. Si el objetivo es conservar el trabajo asalariado, hay que dar uniforme constitucional a las instituciones que puedan garantizar la subsistencia de obreros obligados a vender su fuerza de trabajo y capaces de producir plusvalía.
¿Se debe establecer una determinada regulación del desarrollo de los monopolios? Hay que estamparlo en la Constitución para obtener una base de regulación de esos monopolios.
¿Hay que educar a la población para que ésta dé el más alto rendimiento posible en la actividad productiva? Debe elevarse la escuela burguesa a nivel constitucional.
La Constitución establece los marcos máximos en que han de ejercerse las libertades sin poner en peligro el sistema social existente. El límite de su evolución es el límite de la capacidad de la clase dominante en la sociedad civil para mantener su dominio.
La crisis estatal de los años de 1908 a 1917 enmarca un periodo de enormes esfuerzos de los campesinos, los obreros y la democracia revolucionaria —pequeña burguesía radical, como dice Enrique Semo— por cambiar el rumbo del desarrollo del capitalismo, caracterizadamente reaccionario, que privó desde el momento de su extensión y desarrollo a fines del siglo pasado. Durante este periodo la existencia misma del Estado estuvo en entredicho y de 1914 a 1916 de hecho se enfrentaban un germen de Estado —el formado por la Soberana Convención de Aguascalientes—, y un Estado-heredero que prolongaba al Estado renovado de 1911-1912; el primero fue adalid de las formas más avanzadas de estructura estatal (aunque es verdad que insuficientemente comprendidas por sus propios portadores), y el segundo abandonó la organización democrática para volver a los principios del “gobierno fuerte”.
La fuerza de la participación de las masas en armas imprimió el contenido plebeyo a la sociedad entera y se afirmó en las clases mayoritarias de la sociedad civil; ellas lanzaban sobre la superestructura jurídico-política en formación, su radicalismo, pero fueron incapaces de ahogar lo viejo, lo tradicional. Y ello había de reflejarse en el momento culminante de la revolución.
Pues bien, el periodo 6 se corona con la elaboración de una Constitución contradictoria. Su contradicción consiste en que el objetivo económico-social contenida en ella —el del desarrollo más progresivo del capitalismo, por contraposición al modelo reaccionario del periodo anterior—, se encuentra estrangulado por el sistema político y la estructura estatal que lo enmarca. Esto es: el sistema político y la estructura estatal establecidos en la Constitución se convierten en el contrario del desarrollo progresivo del capitalismo.
Tanto en el sistema político como en la estructura estatal se mantienen grandes residuos del pasado; sobre todo se mantienen esas dos características que actúan como constantes en la estructura estatal mexicana: el paternalismo y el autoritarismo.
Ambos elementos nos vienen desde la Colonia. Igual que se concedía la tierra a las comunidades indígenas —por mercedes reales—, se concede la tierra a los comités particulares agrarios —por resolución presidencial—. Las condiciones que estableció la legislación colonial para la existencia de las comunidades indígenas se parecen, como una gota de agua a otra, a las que formula hoy la Ley de Reforma Agraria, y antes el Código Agrario.
Siempre una dependencia colectiva y personal —lazos de dependencia característicos del feudalismo— respecto de la autoridad paternal, lo mismo en el caso de la Corona Española que en el de la Presidencia de la República. La concesión viene de lo alto; a lo alto hay que acudir para evitar los abusos de los eslabones intermedios.
La obediencia personal y de la colectividad es el precio de la protección, y esa obediencia implica también una seguridad de que la colectividad —e igual todas las colectividades de la nación— se mantendrá en los marcos económico-sociales establecidos; la consecuencia es inevitable: todo cambio ha de provenir de lo alto, de la esfera determinante del poder, que se concentra en un solo hombre: el Rey o el Presidente.
Es cierto que esa relación con la parte fundamental de la población, los campesinos, se debilitó en las épocas de revolución, pero se fortaleció en los periodos constitucionales. Y eso ocurrió precisamente en la Carta de 1917: la Constitución dio a la dirección política un papel omnímodo, totalizante; en particular concentró la autoridad en el Presidente de la República, y dejó en manos de la burocracia política —los especialistas en la tarea de gobernar—, la existencia de la propia Constitución y la realización del objetivo económico-social.
La formación de la contradicción estatal —de presencia constante en todo el desarrollo contemporáneo—, es la culminación de la crisis estatal de 1908-1917. El surgimiento de esta contradicción es un proceso que se encuentra estrechamente ligado con la lucha de las masas, no sólo durante la revolución de 1910-1917 sino durante décadas anteriores y alcanza expresión desarrollada a partir de 1908.
La soberana Convención Revolucionaria (más conocida como Soberana Convención de Aguascalientes) desempeñó un importante papel en el curso de la revolución. Ella fue teatro de la ruptura de los ejércitos campesinos con el bloque burgués-terrateniente, y punto de arranque de un germen de Estado.
Es la propia Convención la que se constituye en el punto más alto que ha alcanzado el movimiento de masas en la lucha por la dirección estatal, por el poder. Las masas campesinas aspiraban a esa dirección; formularon su programa de reformas, proyectaron una estructura estatal libre de paternalismo y autoritarismo, que restauraba el régimen parlamentario —paternalismo y autoritarismo suprimidos, anteriormente por Lerdo—, como forma de control del Poder Ejecutivo.
Por ello no había posible conciliación entre este germen de Estado y las masas que lo apoyaban, con los herederos del Estado de 1911. Una de las dos alternativas habría de subsistir y convertirse en proyecto estatal viable. La otra sería excluida como estructura estatal, aunque era evidente que no como expresión de necesidad social.
La Soberana Convención fue liquidada, derrotada y disgregados los ejércitos campesinos; poco después se desorganiza el movimiento sindical de la clase obrera. Existían las condiciones para conformar la estructura estatal que representaban los herederos del Estado renovado de 1911. El bloque burgués-terrateniente demostró que no era la democracia burguesa amplia, desarrollada, la que estaba en condiciones de formar como dirección política del país.
2. La formación de un programa democrático-nacional en un marco paternal autoritario.
El Congreso Constituyente fue convocado de tal forma que representara sólo a una parte de la nación: podían ser electos a él solamente quienes hubieran jurado el Plan de Guadalupe y las modificaciones del año siguiente a su publicación.
Pero a pesar de la disgregación de los ejércitos campesinos, la derrota de la Convención, la violencia con que fue aplastada la huelga general de 1916 —al tiempo que se elegían los diputados al Congreso se montaba consejo de guerra a los dirigentes del movimiento y se condenaba a muerte al secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas—, a pesar de que se ahogaba al germen del Estado campesino, las reivindicaciones que apañaban la insurrección popular, sus frutos y sus jefes Zapata y Villa, tuvieron enorme influencia, y no pudieron ser contenidas por las decisiones del bloque burgués-terrateniente. El Congreso Constituyente no fue el escenario para la presencia única de los representantes de la corriente que encabezaba Venustiano Carranza.
Representantes obreros como Héctor Victoria, dirigente del Partido Obrero Socialista de Yucatán, y Nicolás Cano, electo por los obreros mineros de Guanajuato y más tarde fundador del Partido Comunista, concurrieron sin haber jurado el Plan de Guadalupe. Una corriente democrática revolucionaria separada de los ejércitos de Villa y Zapata e integrante del Ejército Constitucionalista, se hallaba representada por Luis G. Monzón, Francisco J. Mújica (éstos también fundadores del Partido Comunista), Heriberto Jara y otros combatientes.
Los dirigentes obreros y esta tendencia democrática revolucionaria coincidieron, formaron una corriente en el Congreso Constituyente, adquirieron influencia y en los importantes combates que dieron contaron si no con el apoyo, por lo menos con la neutralidad de la mayoría de los diputados. De las acciones de esta corriente surgieron los artículos 3o., 27. y 123, ninguno de los cuales se hallaba incluido —con la redacción que aprobó el Congreso— en el proyecto del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista. Fue un cambio importantísimo en el contenido del proyecto del Constitucionalismo. Y su resultado más importante fue que en la Constitución se insertó un programa democrático nacional, que contenía algunas de las demandas más importantes de las masas.
Pero era todo lo que esa corriente podía hacer. Había dado su contenido progresista a la Constitución; el programa democrático nacional, expresaba la necesidad histórica: era el del desarrollo más progresivo del capitalismo; los combates ganados en el Congreso quedaron como resumen de las luchas de las masas trabajadoras en el campo de batalla, en la fábrica, en la vida social. Pero el bloque burgués terrateniente, pudo imponer al desarrollo del Estado un marco paternal autoritario. Ya desde su discurso inaugural del Congreso, el jefe de la tendencia que se oponía a la democratización del sistema político, lanzó una rotunda catilinaria contra el régimen parlamentario, no sólo para México sino para todos los países latinoamericanos. Estos —dijo— “han necesitado y necesitarán todavía de gobiernos fuertes, capaces de contener dentro del orden a poblaciones indisciplinadas, dispuestas a cada instante y con el más fútil pretexto a desbordarse, cometiendo toda clase de desmanes... .” 5
La base de ese gobierno fuerte era, a criterio de la corriente de Carranza, el poder concentrado en el Presidente de la República. Y a ella apuntaban todas las propuestas fundamentales que hacía para la Constitución. “La elección directa del Presidente y la no- reelección, que fueron las conquistas obtenidas por el movimiento de 1910, dieron, sin duda, fuerza al gobierno de la Nación —decía Carranza en su discurso inaugural del Congreso—, y las reformas que ahora propongo coronarán la obra. El presidente no quedará más a merced del Poder Legislativo, el que no podrá tampoco invadir fácilmente sus atribuciones”. 6
Igual preocupación manifestaba por la existencia de un vicepresidente. Para él, como para la corriente en su conjunto, el vicepresidente significaba un debilitamiento del titular del Ejecutivo.
En su conjunto, las propuestas del grupo hegemónico representaban el establecimiento de las normas que pusieron en manos del grupo que ejerciera el poder ejecutivo, toda la dirección política. Y ello no podía menos que traer como consecuencia el debilitamiento de los demás sectores del poder, su supeditación. En este sentido, la dirección encabezada por Carranza jugó un papel histórico real: creó el marco capaz de “contener dentro del orden a poblaciones indisciplinadas”, de dar “fuerza al gobierno de la nación” y de “robustecer y consolidar el sistema de gobierno del presidente personal” Ese marco, en las condiciones históricas desarrolladas en México —en particular después del arrasamiento político que fue el gobierno de Porfirio Díaz—, no podía sino fortalecer el autoritarismo y el paternalismo estatales.
Esa fue la herencia de la corriente carrancista a la “familia revolucionaria” Pero ese marco no era sino un marco de contención, de regulación de las reivindicaciones de las masas. La contradicción se expresaba, en concreto, entre el programa democrático- nacional y el marco autoritario-paternalista. Y si el primero era el programa de un Estado democrático avanzado, el de la transformación por el camino revolucionario, el segundo era el de los cambios por el rumbo del reformismo burgués, en el que se cuece a fuego lento al campesinado y se mantienen las formas de dirección más opresivas.
Ciertamente, el enfrentamiento entre ambos rumbos fue violento en el Congreso Constituyente. Pero el marco era determinante y se impuso en el desarrollo de la dirección política práctica, e incluso influyó para que los combates ganados por la corriente democrático revolucionaria y los dirigentes obreros fuesen mediatizados en la redacción constitucional. Ello explica por qué la mayoría de quienes encabezaban a la corriente avanzada del Congreso no se quedaron en los grupos y corrientes que dirigían en aquel momento al país: unos pasaron a formar el Partido Comunista y otros buscaron formas de agrupamiento político local.
III
A nuestro juicio el período siete puede considerarse el lapso de la manifestación más completa y desarrollada de la contradicción “estable” del Estado mexicano. Diferimos de varios autores que lo caracterizan como el período de la formación del Estado mexicano contemporáneo. En general creemos que no hay un período del proceso que, salvo cuestiones formales, pueda concentrar las características que constituyen hoy el Estado que conocemos, y tan no lo fue, que el lapso indicado desemboca en una crisis política de gran transcendencia, la cual trae nuevamente a la vida nacional los elementos estatales no resueltos por la revolución 1910-1917; más aún: es entonces cuando surge, a mediados de los años treinta, la posibilidad de la formación de un Estado democrático de nuevo tipo.
Los cambios de los años de 1918 a 1929 en la estructura y el funcionamiento estatales se producen en el marco del sistema político diseñado a partir de las conquistas del grupo carrancista: la dirección política concentrada en el Presidente de la República y su equipo más cercano ejercen básicamente una función centralizadora y “modernizante” del Estado en las nuevas condiciones. Esa función pasa por la eliminación formal del fraccionamiento de la llamada familia revolucionaria con la formación del segundo partido creado en México desde el poder —el primero lo fue el partido científico—: el Partido Nacional Revolucionario. Y por la creación del instrumental adecuado —que se basa en el autoritarismo y en las reformas por arriba— para la eliminación de las posibilidades de desbordamiento de “la población indisciplinada” contempladas por Venustiano Carranza.
(Manifestaciones de esa labor creadora fueron la asimilación de la incipiente burocracia sindical, el aplastamiento del movimiento campesino —que no vuelve a adquirir expresión nacional organizada sino hasta 1926—, y la atracción, no sin conflictos, de amplias capas de la intelectualidad).
En cuanto a las contradicciones externas —el reconocimiento de la soberanía estatal sobre el territorio nacional— son resueltas con base en la tradición: se acepta la penetración del capital imperialista, pero éste ha de renunciar a la protección estatal del país de origen. Consecuentemente los conflictos que aparecen han de resolverse en la cúpula estatal, por medio de negociaciones. La línea predominante es el viejo elemento general definitorio: la conciliación. Su resultado natural es que el país se interna cada vez más en la esfera de influencia del imperialismo norteamericano. Las declaraciones nacionalistas de los gobernantes suenan audaces y constituyen hechos políticos sobre cuya base se negocia. Los imperialistas, sin embargo, saben bien el valor de tales declaraciones, y su poder se acrecienta en el país, aunque no en la misma forma ni con los mismos métodos de otras regiones.
Ese, sin embargo, es sólo un aspecto de la cuestión; el que pudiera llamarse de la reforma del Estado mexicano, aspecto en el que habría que incluir su intervención activa en la economía “promoviendo el desarrollo capitalista y el ascenso de una burguesía proveniente del agro, que rápidamente se transformó en industrial y luego en monopolista”. 7 Este aspecto es el que se deriva linealmente del carácter capitalista del Estado y de la estructura paternal autoritaria.
La preeminencia, por así decirlo, “natural” de este aspecto lo hubiera conducido a las manifestaciones clásicas del Estado latinoamericano. Mas el segundo aspecto, el de su contradicción, lo condujo a su inestabilidad y también a su diferenciación, y al surgimiento episódico de una forma de gobernar que básicamente se expresa en los años de 1920 a 1925, el llamado caudillismo revolucionario. 8
Tal caudillismo tuvo su base material en la propia conformación del movimiento constitucionalista triunfante: las autoridades militares locales se habían convertido en órganos estatales de gobierno, se les llevaba a los puestos de gobernadores y los grupos que comandaban se apoderaban de los puestos decisivos del gobierno. De esa manera el ejército se convertía en una fuerza nacional que podría ser la base de un gobierno central, siempre y cuando se encontrase al frente de un país un gobernante que cohesionara al cuerpo armado y al mismo tiempo representara a las fuerzas políticas existentes. La corriente política que llegó a la dirección después del asesinato de Carranza, el grupo Sonora, representaba intereses de los terratenientes aburguesados y de los rancheros, capitalistas agrarios, del norte y noroeste del país. Alvaro Obregón pudo representar el centro de dirección necesario en el Ejército y tuvo las posibilidades de atraer a su lado a la naciente burocracia sindical. Era la figura heroica y providencial para salvar al país de una guerra civil. Se presentaba como un fiel de la balanza; era considerado “el mejor amigo de los trabajadores”, el representante de los rancheros, el héroe de Celaya, el opositor a Carranza.
Era un gobernante capaz de desenvolver la estructura autoritaria triunfante en las batallas del Constituyente, pero también el gobernante que tomaba en consideración el programa democrático nacional, toda vez que ello no entrañaba ningún riesgo a su proyecto general: modernizar un tanto la estructura social y económica del país sin transformarla radicalmente; crear una clase de nuevos propietarios y limitar a los sectores tradicionalmente privilegiados.
Con la burocracia sindical estableció una alianza sobre la base de cumplir los mandatos constitucionales, cosa que nunca hizo; con la gran burguesía y los terratenientes tuvo un gradual acercamiento, apoyado en las limitaciones de su política; con el imperialismo norteamericano llegó a acuerdos —los tratados de Bucareli—, que normalizaron las relaciones en lo fundamental.
Mas las ilusiones que pudo promover este tipo de régimen político y la neutralización de las contradicciones sociales, durante un lapso, no podían mantenerse. Las masas habían dado una lucha intensa y prolongada, y requerían respuestas. El caudillismo no las dio y no podía darlas. El maximato que lo sucedió perdió las características de régimen intermedio y se aplicó a la modernización de las relaciones económicas capitalistas abiertamente, heredando del régimen anterior las lacras de la politiquería, la corrupción y la degeneración que éste cobijó, convirtiéndose en depositario o albacea de la estructura paternal autoritaria del Estado.
El rumbo de las reformas burguesas desde lo alto, sin tomar en cuenta el programa democrático nacional ni las demandas de las masas, la centralización a paso de carga, el autoritarismo desenfrenado, condujeron a una crisis que ya se anunció en 1932 con la renuncia del presidente Pascual Ortiz Rubio, y se desenvolvió plenamente en 1934.
El periodo ocho mostró con toda evidencia que la contradicción estatal formada en la culminación del periodo seis constituye un elemento de primera importancia para el desarrollo histórico del Estado mexicano. Ninguna de las reformas y medidas adoptadas, en los límites del marco autoritario, por la dirección política elimina la presión de las clases oprimidas y explotadas por las demandas del programa democrático nacional.
Y puede decirse con toda certeza que perdurará hasta los límites de cualquier transformación revolucionaria que contenga demandas democráticas como parte esencial de su contenido. Por lo menos ello se infiere no sólo de lo que mostró el periodo ocho, sino también de lo que ocurre en el periodo undécimo.
En el periodo octavo lo característico consiste en que, no obstante los años transcurridos desde 1917, a pesar de las acciones autoritarias de que las masas fueron víctimas y aun por encima de los métodos de corrupción y politiquería que el grupo gobernante proyectó hacia las organizaciones obreras y campesinas, las demandas del programa democrático nacional tornan a ser estandarte del movimiento revolucionario al desplegarse una crisis política que conmueve todo el aparato estatal.
Las masas explotadas, la pequeña burguesía radical, pasan a la acción por las reivindicaciones de ese programa y crean la posibilidad de la ruptura del marco paternal autoritario. Es uno de los contrarios el que está en riesgo por la explosión de las fuerzas del otro. Mas la ruptura del marco paternal autoritario establece una nueva posibilidad: una transformación estatal que concretara las aspiraciones que jugaron un papel revolucionario en la crisis estatal de principios de siglo y actuaron en su culminación.
Lo particular del periodo octavo consiste en que el programa democráticonacional se convierte en alternativa estatal. Mas se trataba ya de una alternativa estatal que rebasaba en mucho las posibilidades de la burguesía. Por ello, correspondió elaborarla a un partido obrero revolucionario, al Partido Comunista Mexicano.
Fue éste el que estableció la posibilidad de que sobre la base de los derechos otorgados por la Constitución de 1917 —esto es, los “combates ganados” por los dirigentes obreros y la democracia revolucionaria en el Congreso Constituyente— se sentaran, con una política audaz, “las bases para una nueva legislación, para una legislación revolucionaria”. 9
Como objetivo más profundo del movimiento revolucionario de masas de los años 1934-1938, el Partido Comunista señalaba la perspectiva de la construcción de un Estado democrático de nuevo tipo, una democracia similar a la que se desarrollaba en los combates del pueblo español a mediados de los años treinta.
Ya desde 1935, fue hecho público el primer proyecto estatal de la clase obrera. Ese era el contenido principal de la Carta de la Delegación Mexicana al VII Congreso Internacional Comunista, 10 en particular cuando abordaba lo que el documento llamó “las perspectivas del gobierno popular revolucionario”. 11
La importancia de la proyección de ese programa consistía en poner en manos del pueblo trabajador las acciones para la transformación de la sociedad; el rumbo era diametralmente opuesto en esta concepción al puesto en práctica por la dirección burguesa, cuya normativa estatal consistió en la supeditación de las masas. La realización del programa democráticonacional, (la realización de los “fines antiimperialistas y agrarios” de la revolución de 1910) exigía la creación de “un amplio movimiento popular de masas, que abarque a todo el pueblo y lo lleve a la lucha contra el imperialismo y la reacción, por los intereses económicos del pueblo, por la liberación nacional del país y por las libertades democráticas”. 12
Dicha plataforma no era más que un desenvolvimiento del programa democráticonacional, y su adecuación a la situación política general de ese periodo. Bajo ese programa podían unirse y marchar la clase obrera, los campesinos, la pequeña burguesía urbana y la burguesía nacional. Ese era el contenido para México, y en ese momento, del Frente Popular. Bajo ese programa se formaron las alianzas sociales de los años 1935-1938.
Su aplicación exigía la unidad de la clase obrera y su alianza con los campesinos, la alianza social básica que podía conducir la lucha por su aplicación consecuente. La línea de ascenso de las acciones transformativas, que se prolongó hasta 1938, comenzó a sufrir deterioro como consecuencia del debilitamiento de esa alianza básica, pues la burocracia política —en la cual se acrecentó el peso de la burguesía nacional— pudo desplegar gran capacidad de maniobra, que tuvo en su centro la conquista de los campesinos mediante los grandes repartos agrarios de los años 35, 36 y 37.
Por otra parte, la unidad de la clase obrera fue erosionada por la acción del reformismo y por los errores de la dirección proletaria. La clase obrera, ya en el año de 1938 no podía jugar el papel dirigente: no contaba con la alianza de los campesinos ni constituía una fuerza social unida, lo cual en las condiciones de su pequeñez de los años treinta tenía enorme importancia.
Fracasó el proyecto obrero. La burocracia política pudo resolver su crisis. Una vez producidos cambios decisivos en la correlación de fuerzas, la burguesía mostró que era incapaz de llevar al cabo transformaciones radicales en el Estado, que no se lo proponía. Se cerraron entonces las posibilidades de llevar al triunfo el programa democráticonacional. No obstante las condiciones desventajosas en que se encontraban, ni la clase obrera ni los campesinos rompieron su alianza social con la burguesía; fue ésta la que rompió esas alianzas, en la segunda mitad de los años cuarenta, con las reformas al Artículo 27 Constitucional y al Código Agrario, con la ofensiva contra el ejido colectivo y con el asalto armado de las direcciones de los sindicatos industriales.
El dominio dentro del bloque gobernante pasó a manos de la burguesía. Se formó entonces el periodo del desarrollismo. Predominó nuevamente, mas ahora con un nuevo contenido, la estructura estatal, paternalautoritaria. Los portadores de las demandas del programa democráticonacional pasaron a ser perseguidos. Incluso los reflejos constitucionales del programa se excluían de la Carta Magna, y eran contrapuestos a las fórmulas reaccionarias de dirección.
Un manto de oscurantismo político, de predominio indisputado del autoritarismo y el paternalismo estatales, parecía taponar todos los poros de la sociedad mexicana. Ahogaba y maniataba a las masas.
Mas el programa democráticonacional pervivió. Algunos de sus aspectos fueron la base de la vitalidad de la corriente pequeño- burguesa y democrático-burguesa que actuó bajo la dirección del general Lázaro Cárdenas. Otros, los más radicales— y naturalmente con formulación contemporánea—, sirvieron de sustento a los brotes de acción independiente de la clase obrera y a la reorganización del movimiento campesino.
El programa democráticonacional, ha vuelto a tener vigencia. Y la contradicción estatal ha reaparecido en la crisis política que se hace evidente desde 1968. Las demandas cruciales del desarrollo democrático de México son cada vez más levantadas por el movimiento de masas: reforma agraria, libertad sindical, libertades democráticas, defensa de la independencia de la nación frente al imperialismo, unidas a los elementos de la vida contemporánea —como es la exigencia de nacionalización de la propiedad monopolista—, y a las aspiraciones socialistas de los trabajadores.
El programa democráticonacional, en sus formas actuales, constituye un programa democratizador de toda la sociedad, constituye —otra vez— la exigencia de la ruptura del marco paternalautoritario, del Estado mexicano y la creación de un estado democrático revolucionario, que es la expresión moderna de los ideales de la corriente revolucionaria de masas que luchó por darle una solución avanzada a la crisis estatal de 1908-1917.
La razón profunda de la crisis política y la perspectiva de una nueva crisis estatal está en la resistencia a esa demanda y en la problemática evolución hacia nuevas formas estatales —que constituyan la expresión de la unión de la burocracia política con la oligarquía financiera—, el capitalismo monopolista de Estado.
¡Nuevamente la “maldita” contradicción permanente —o estable— del Estado mexicano actual, introducida, mantenida y refrendada por la lucha de las masas!
La contradicción que se ha manifestado de manera distinta en diferentes períodos, unas veces como acción victoriosa de las masas —las menos—, otras —las más—, como acciones derrotadas y como hegemonía del espíritu autoritario de la burguesía.
Y siempre como el conflicto que abre perspectiva real, concreta, nacional, a la acción revolucionaria de los trabajadores, de los explotados.
Notas:
1 Declaración de Principios, Programa de Acción y Estatutos, aprobados por el V Pleno Comité Central del PCM electo por el XVIII Congreso (mayo de 1978). Programa del Partido aprobado por el XVI Congreso del PCM (noviembre de 1973).
2 Antonio Gramsci, cit. en La Concepción Materialista de la Historia. Ediciones de Cultura Popular, p. 70.
3 En este período se presenta un hecho histórico de primera importancia y, a mi parecer, poco estimado; o mejor, bastante ignorado en la literatura histórica mexicana: la lucha por el primer proyecto estatal de la clase obrera, el que presenta el Partido Comunista. Se trata de una táctica y de una línea programática. “La nueva política del Partido Comunista”, enunciada en la carta de la delegación mexicana al séptimo congreso de la Internacional Comunista—, por las cuales se combate de 1935 a 1938 desembocando esta acción en un fracaso.
4 No pocos autores consideran el acto de eliminación de las facultades de la cámara para controlar al Poder Ejecutivo como una necesidad. Incluso Arnaldo Córdoba afirma: “un gobierno fuerte, que sometiera esos elementos disolventes, mediante la violencia si se hacía preciso, era una necesidad insoslayable, de la que dependía la existencia de la nación”. (La ideología de la Revolución Mexicana, pág. 16). AC parte de la idea de que el país no estaba preparado para un sistema de libertades como el que habían establecido los liberales en la Constitución de 1857, misma idea de la que partieron B. Juárez inicialmente, y Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz después. La alternativa autoritaria y paternalista produjo un daño gravísimo a la sociedad mexicana y se convirtió en secularización del atraso institucional y gubernativo.
5 Discurso de Venustiano Carranza al inaugurar las sesiones del Congreso Constituyente. Querétaro, diciembre lo. de 1916.
6 Id.
7 Enrique Semo. Reflexiones iniciales sobre el capitalismo monopolista de Estado.
8 El caudillismo revolucionario fue reconocido por el Partido Comunista Mexicano como “una especie de amortiguador que atenuaba los choques entre las fuerzas reaccionarias y revolucionarias” (El Machete, 8/IX/1928). Algunos autores lo hacer llegar hasta la fundación del PNR; es muy dudosa esa extensión, por cuanto que a partir de 1925-1926 era evidente que los elementos de bonapartismo habían sido ya eliminados; el poder se ejercía claramente en relación con la burguesía y en función de sus intereses (Véase: Anatoli Shulgovski. México en la Encrucijada de su Historia. Ediciones de Cultura Popular, 1972).
9 Hernán Laborde. El fascismo amenaza a México. Revista La Internacional Comunista, No. 3, p. 45-46.
10 Revista Nueva Época. Núms. 11-12 (29-30), noviembre-diciembre de 1969. p. 40-57.
11 En esa parte, la Carta decía: “Concentrando sus esfuerzos, en la organización del Frente Popular y en la lucha por sus demandas, el Partido Comunista debe explicar a las masas la perspectiva del movimiento. No podemos lanzar como consigna la acción inmediata la de “Gobierno Popular Revolucionario” porque esto sería contraponer tal consigna al gobierno de Cárdenas cuando la situación de hoy día exige sostenerlo. Pero es necesario explicar que del desarrollo y del ascenso del movimiento depende la maduración de las condiciones para la lucha directa por un Gobierno Popular Revolucionario, que no siendo todavía un Gobierno Obrero y Campesino, será sin embargo un Gobierno de Frente Popular Anti-imperialista, anti-reaccionario, que comenzará una lucha seria por minar no solamente las posiciones políticas, sino también las posiciones económicas del imperialismo, desplegará aún más la lucha campesina por la tierra y creará de este modo las condiciones para la implantación de la dictadura revolucionaria democrática de obreros y campesinos, que a su vez pondrá las bases para la dictadura del proletariado y la construcción del socialismo”. Id. p. 52.
12 Id. p. 42.
PEDRO CREVENNA
Un pueblo sin salud
Antes de iniciar el análisis de los problemas de la salud de nuestro país, es conveniente explicar bajo qué perspectiva teórica trataremos de encuadrarlos y por qué.
Consideramos la salud-enfermedad, la práctica médica y el saber médico, como constituyentes de una parte dinámica de una determinada sociedad, las cuales sólo encuentran su explicación y comprensión dentro de ella. 1
La salud-enfermedad, la consideramos como parte de un fenómeno eminentemente social, cambiante y cuyas manifestaciones dependen en forma más o menos directa de la estructura social en que se dé. Al igual la práctica médica se puede considerar como la respuesta socialmente organizada a la enfermedad, y por último, el saber médico ha de entenderse como la elaboración acerca del origen, distribución y forma de solución a los problemas de salud planteados por las grupos dominantes de la sociedad, imponiendo así una óptica y una forma de ver los problemas que no siempre concuerdan con las que pudieran tener otros grupos o clases de la sociedad; de ahí que se hable del papel ideológico en las diferentes concepciones de enfermedad que se han dado a lo largo de la historia.
“El conocimiento médico evoluciona articulándose de manera concreta al proceso productivo de la sociedad y tratando de corresponder a las necesidades de desarrollo de la instancia dominante”. 2
Con estas propuestas iniciales nos ubicamos dentro del marxismo como la corriente de pensamiento que, a partir del inicio de esta década, cobra cada vez mayor fuerza en el campo del estudio de los problemas de la salud, en tanto que otras concepciones y alternativas generadas por la corriente —el positivismo con sus variantes—, se muestran cada vez más incapaces para resolver los problemas de salud planteados por los diferentes sectores de la población.
La crisis general del sistema capitalista con sus particularidades específicas, se muestra claramente en esta área, y es posible ver a corto plazo el impacto de la crisis sobre la salud de la población. De esta forma se corrobora que el fenómeno salud-enfermedad y la práctica médica resultante, no son fenómenos que puedan ser estudiados al margen del resto de los problemas de nuestra sociedad.
Son la resultante última de una serie de procesos sociales que dependen de la estructura económica y social del país de que se trate, y sus manifestaciones dependerán de la forma en que se esté dando el conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción.
Los objetivos que nos hemos trazado con este trabajo son:
1) Informar de la situación de la salud en el país y explicar en términos generales el por qué de esta situación.
2) Proponer alternativas generales de solución a algunos de los problemas planteados.
I. Medicina en la sociedad de clases
Para estudiar el fenómeno salud-enfermedad, con las formas de respuesta —práctica médica— que a éste se le dan en las diferentes sociedades, es necesario establecer una de las características esenciales del modo de producción capitalista: el carácter eminentemente social de la producción y su contraparte; la apropiación privada de esa producción.
En este sentido debe quedar claro que la salud como tal no es un bien abstracto y etéreo desvinculado de la problemática social sino más bien su resultado. La frecuencia y los tipos de patología dependen del periodo histórico, la formación socioeconómica de que se trate y de la clase o capa social a la cual nos estamos refiriendo. En otras palabras, no basta buscar los datos más generales sobre la situación de salud, sino hay que verlos en un tiempo y formas determinadas para descubrir el impacto de las condiciones sociales sobre el estado de salud y la inserción del individuo o grupo social en el proceso productivo. Se ha necesitado verlos sobre todo en función del proceso del trabajo y de las clases sociales.
Uno de los supuestos que se han dado en la medicina "científica” actual es la insistencia en la pretendida neutralidad de la ciencia y por lo tanto de la medicina. "La medicina tiende a revestirse más fácilmente de un carácter de neutralidad en función de las determinaciones específicas que tiende a adquirir en una sociedad de clases. El considerable desarrollo del aparato científico- técnico subyaciente en la práctica médica permite subrayar el carácter cientifista de la medicina y su inmediata función social (aplicación científica al objetivo de curar). Ello constituye una de las vías por las cuales se introduce la concepción de neutralidad de la práctica médica”. 3
"La continuidad del proceso de acumulación y reproducción de las condiciones de producción, constituye la forma más amplia para el análisis de la medicina como práctica social en la estructura capitalista. El hecho de que ella encuentre en la reproducción de la fuerza de trabajo uno de sus propósitos fundamentales, nos indica de inmediato las posibles formas de participación de la medicina en el proceso, ya que el cuerpo es su objetivo por excelencia. Esta perspectiva acentúa el papel de la medicina en el proceso de producción de la plusvalía relativa a través básicamente del aumento de la productividad del trabajo, dado que la mejoría de las condiciones de salud del trabajador posibilita la obtención de un máximo de productos en menor tiempo y correspondientemente la producción de mercancías a un costo más reducido” Por esta razón, decimos que la medicina en el modo de producción capitalista se caracteriza por tener como objetivo principal la conservación y adaptación de la fuerza de trabajo.
Una de las características fundamentales de la medicina en nuestra sociedad y que se expresa en su orientación curativa entre los agentes de trabajo, es que ésta trata de mitigar los efectos resultado de la competencia —económica primariamente—, que fue una de las bases para el desarrollo de las fuerzas productivas. “Nuestra actuación y nuestros conocimientos biológicos se orientan a la conservación y al aumento de la competencia en una sociedad que precisamente se define por la competencia y sobre todo por la competencia productiva. Fabricamos infartos y electrocardiógrafos para diagnosticar infartos y secciones hospitalarias para curarlos. Fabricamos cánceres pulmonares y quirófanos para operarlos. Sería fácil, pero inútil, diagnosticar que estamos locos. En realidad, nuestro comportamiento tiene su lógica: la lógica de la competencia. Crear un tipo de vida con menos stress y que redujera los casos de infarto, significaría disminuir la competencia de la vida, por esta razón no lo hacemos. Curar a los afectados de infarto no supone disminuir la competencia de la vida, sino que significa reconocer esta competencia y sus resultados”. 4
Por otra parte, la medicina juega un papel muy importante para mantener la “paz social” como componente de la ideología dominante, en la medida que trata de resolver “en términos médicos” las contradicciones del sistema, la tendencia a sustituir mediante vacunas y antibióticos la existencia de un nivel de vida mejor; la tendencia a sustituir mediante vitaminas y aminoácidos una alimentación más racional; la tendencia a sustituir con días de incapacidad concedidos por el médico, la lucha de los trabajadores por la disminución de horas de trabajo”. 5
Todo esto nos explica por qué la medicina, con la necesidad social de proporcionar salud al trabajador o restaurársela, presenta una diferente estructura de atención según el tipo de población por atender, que da prioridad a los sectores directamente productivos, y margina de la atención o la da en forma muy secundaria a aquellos grupos sociales no inscritos directamente en el proceso productivo.
Ahora bien, en cada formación social, aún a pesar de tener muchos elementos en común, la manera de concebir la enfermedad en un momento dado, condiciona las acciones de salud, o sea, la actividad curativa, preventiva, etcétera. En nuestra sociedad basada en la explotación del trabajo y en la competencia, la enfermedad es percibida como un acontecimiento que interfiere la capacidad productiva del individuo y que, por lo tanto, lo inhabilita para la competencia. No es casual entonces, encontrar claramente establecido como base de un programa lo siguiente:
...la productividad de los individuos está en relación directa con el estado de salud, las erogaciones que se lleven a cabo en este sector, deben considerarse como inversiones sociales altamente redituables”. 6
El desarrollo capitalista trajo aparejado un gran desarrollo de las ciencias y junto con éste, un desarrollo importante del binomio salud-enfermedad. Se puede decir que este conocimiento, aunado al desarrollo de las fuerzas productivas, ha colaborado a condicionar una práctica de la medicina cada vez más tecnificada y sofisticada, que se aleja constantemente de una concepción global de la relación salud-enfermedad y de su papel en la sociedad. Los avances técnicos y la cada vez mayor división del trabajo en distintas especialidades conduce a una mayor alienación de los médicos en cuanto al significado social y transcendencia de la salud misma.
Este gran desarrollo técnico no ha significado una clara mejoría en los niveles de salud de la población, ya que por su misma orientación terapéutica es incapaz de resolver los problemas que enfrenta. La mejoría del nivel de salud, se ha dado siempre como resultante del mejoramiento del nivel de vida. Ya aquí surge una de las principales contradicciones de la medicina actual, pues en esencia se plantea un problema imposible de resolver bajo la óptica social, y que está fuera de su control por la naturaleza económico-política de la génesis de los problemas.
De esta forma, la medicina occidental se caracteriza según Montalván “por ser un cuerpo doctrinario y un conjunto de prácticas que hasta hace muy poco se caracterizaba exclusivamente por ser:
1. Etnocentrista.
2. Dominante, en relación a la medicina tradicional.
3. Muy costosa en relación con los resultados realmente obtenidos.
4. Concentrada en pocas instituciones hospitalarias y en pocas ciudades o sectores urbanos.
5. Sofisticada y esotérica, y por lo tanto monopolizada por ciertos grupos profesionales; y
6. En nuestros países, importada, orientada hacia la imitación de modelos concebidos por y para ciertos centros hegemónicos de poder económico, político e intelectual.
Es ya un lugar común hacer constar que la medicina occidental es ineficaz para la mayoría de las personas y para la mayoría de los países, si no se modifica sustancialmente”. 7
La distribución desigual de los servicios tal vez sea uno de los elementos más tangibles, pues ésta se da:
a) En cuanto a tipo de recursos.
b) En cuanto a la calidad de los mismos.
c) En cuanto al monto de presupuesto asignado, según los grupos sociales a los que esté dirigida la atención y su grado de inserción en el proceso productivo.
De esta forma vemos cómo se margina de la atención a aquellos grupos que, precisamente por su posición marginal respecto al proceso productivo, no son redituables, aunque a veces se les dan servicios, mas ello ocurre en los momentos que constituyen una fuerza política importante. En este caso la utilización de los servicios es claramente un mecanismo de manipulación y control político, y esto se ha venido dando en México en zonas o con grupos potencialmente conflictivos. Por ejemplo: ante una movilización popular masiva frente al ex Presidente Echeverría se concedió la extensión de los servicios del grupo social a la zona henequenera.
La orientación en la práctica médica en países como el nuestro, dependiente de los avances tecnológicos y científicos del centro imperial, nos hace generalmente tratar de trasplantar modelos de atención y solución a ciertos problemas que no se adecúan a nuestras necesidades ni posibilidades. Esta es una más de las razones del fracaso de muchos programas o formas de atención que se han importado directamente, sin tomar en cuenta las necesidades reales.
II. Servicios de Salud.
México refleja muy bien sus características de país capitalista con desarrollo intermedio, en proceso de transición hacia el capitalismo monopolista de Estado y dependiente del imperialismo, en sus instituciones de salud. Por ello, es lógico que exista una intervención estatal cada vez más clara. En la medida que se concibe a la salud como inversión, existe una tendencia a desarrollar mucho más el sistema de seguridad social —el IMSS obtuvo “utilidades” superiores a los 2,500 millones de pesos anuales durante el último sexenio: en 1974 obtuvo 2,631 millones y en 1975, 2,694—. Todas las formas de atención concebidas así por los sistemas de seguridad social, son económicamente redituables, una inversión productiva. Sin embargo es necesario no olvidar que los sistemas de seguridad social son una conquista de la clase obrera, pero al mismo tiempo están encerrados en una concepción del Estado en tanto representante de la clase dominante.
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En México existen varios tipos de instituciones de la salud que responden en lo fundamental al estrato o grupo social al que van dirigidos. Los rasgos generales del sistema de atención médica son:
a) Acciones eminentemente curativas, productos de la concepción biologicista, que sólo en medida limitada abarcan otras esferas del “acto de salud” (promoción-prevención-curación-rehabilitación).
b) Modelos de atención médica que son una traslación de modelos de alta especialización que requieren de instalaciones y centros médicos con alta tecnología.
c) Concentración del “acto de salud” fundamentalmente en áreas urbanas dando por resultado la centralización de los recursos en las ciudades.
d) Modelos de atención individual.
e) Cobertura parcial de la población de acuerdo con su inserción en el proceso productivo, reflejando claramente la división de clases y sus estratos.
f) Orientación del gasto al cumplimiento de funciones económicas de ampliación del mercado con criterios “racionales” (compra de tecnología extranjera y medicamentos).
g) Instalación de servicios en el medio rural que tratan de ser una simplificación del modelo de alta especialización urbana con el mismo enfoque básico. Para este tipo de servicios se utilizan médicos generales, pasantes y personal intermedio de baja calificación técnica; en la actualidad se está promoviendo, cada vez más, la utilización de técnicos medios limitando el mercado de trabajo para los médicos recién egresados.
h) Marcado carácter antidemocrático de las decisiones importantes bajo el imperio de un sistema de mando vertical que funciona con el principio militar de “ordeno y mando”
i) Falta de participación del pueblo en las decisiones referentes a la salud pública y atención a la salud, imponiéndose los modelos de servicios a la población.
La intervención del Estado en la medicina
En la medida que el capitalismo tiende a pasar a las fases que conducen cada vez a una mayor concentración del poder económico y político por algunos sectores de la burguesía, el Estado, como tal, se desarrolla y necesita generar nuevas formas que le permitan una participación cada vez mayor en todas las esferas de la vida social. En el área de la salud, vemos por ejemplo que una vez superada la fase del capitalismo de libre empresa, se da un giro especial a las formas de práctica de la medicina al pasar al capitalismo monopolista de Estado. De esta manera, una de las manifestaciones específicas, es la declinación de la medicina liberal o privada correspondiente al periodo anterior; surgen entonces, poco a poco, las formas de la medicina institucionalizada, sobre todo a través de la seguridad social. 8
Para aclarar el concepto que se tiene de Estado conviene recordar que: “El Estado es la expresión del poder de una clase y estratos sociales, que por medio de un conjunto de instituciones ejerce la función de asegurar la permanencia de la estructura económica en el marco de una delimitación territorial dada. El Estado es la expresión superestructural más clara de la división de la sociedad en clases; es el instrumento político de las clases opresoras, cuya función básica consiste en mantener los sistemas de explotación imperantes”. 9
Al representar los intereses de la burguesía, el Estado pone en juego una serie de mecanismos de intervención en todas las áreas de la vida social y por supuesto, en el área de la salud.
La intervención del Estado en el área de la salud se resume en dos aspectos principales: 1) económica y 2) superestructural.
1) Intervención Económica:
a) Mantenimiento y reproducción de la fuerza de trabajo, como condición indispensable y necesaria para la reproducción misma del capital y por supuesto, del sistema. Se hace necesario cuidar a la fuerza de trabajo —especialmente aquella con más alto grado de capacitación técnica—, y permitir su reproducción.
b) Ampliación del mercado.
2) Superestructurales:
a) Reproducción de la ideología burguesa. Uno de los mecanismos fundamentales para la reproducción y mantenimiento del capitalismo es reproducir la ideología dominante, cuya función, en última instancia, es su legitimación.
En el área de la salud, las expresiones de la ideología capitalista podemos encontrarlas en el liberalismo, en el individualismo, en la concepción mecanicista del cuerpo y en la teoría del equilibrio, entre otras. Además, también se expresa al concebir la enfermedad como un fenómeno puramente biológico, como un desequilibrio entre los componentes de una máquina, y al centrar la atención sobre el órgano o el aparato afectados. Con esto, se pierde la visión global de las condicionantes y determinantes sociales de la enfermedad.
Ampliación del mercado. Los mecanismos por medio de los cuales el Estado interviene son dos: el primero consiste en dar las facilidades para la adquisición (importación), y especulación abierta de los medicamentos para ampliar el mercado interno y de ser posible externo —en el caso de México a Centroamérica principalmente— ya que se niega a la creación de un sistema estatal de medicamentos y por lo tanto se opone a la nacionalización de la industria. Esto se hace más claro al ver que la industria químico farmacéutica ocupa uno de los primeros lugares en la producción industrial del país.
En la medida que el acto médico definido esté, como una acción que abarca desde la promoción general de la salud, pasando por la prevención, la curación y por último la rehabilitación, se orienta casi exclusivamente hacia la curación. En esa misma medida se enfatiza la utilización de los medicamentos.
Por otra parte, la influencia marcada del aparato ideológico en la medicina liberal, hace que la consulta a un médico deba ser seguida necesariamente por una receta con varios medicamentos, contribuyendo sustancialmente a la ampliación del mercado. Asimismo, la extensión de los servicios de atención médica a zonas donde previamente no existían, contribuye a tal ampliación.
El segundo camino es resultado de la necesidad de consumo de tecnología y renovación casi permanente de equipo, como una más de las expresiones de dependencia respecto a los países capitalistas avanzados a través de las transnacionales. Esto último está condicionado en gran medida por el propio mercado del complejo médico-industrial, y no siempre por necesidades reales. Entonces, el papel del Estado consiste nuevamente en facilitar la importación de todo el equipo y tecnología y no promoviendo el tratar de crear una industria nacional.
Otro elemento que juega un papel sumamente importante en la reproducción de la ideología dominante, es el considerar a la enfermedad como un fenómeno individual y no colectivo. De este modo “nadie” resulta responsable: “somos todos”. Por lo tanto el enfermo tendrá que buscar por su cuenta y riesgo la manera de resolver su problema. En la práctica médica, los ciudadanos son receptores pasivos de la atención dada por expertos monopolizadores del conocimiento que proveen y administran la salud. De esta manera el paciente queda en aparente libertad para escoger el servicio de atención médica que le plazca aunque sus posibilidades reales de elección sean limitadas. Parte de la ideología dominante es el preferir consultar a un médico privado por pensar que la atención es de mejor “calidad”. El paciente está dispuesto a erogar parte (a veces importante) del presupuesto familiar para obtener una atención personalizada y mejor. Si bien es cierto que la relación médico- paciente es en general mucho mejor a nivel de medicina privada, el equipo, preparación técnica, etc., que puede potencialmente ofrecer una institución es mucho mayor. Aquí surge la discusión acerca del carácter y orientación de los servicios de atención médica del Estado, que se tratará más adelante. La enfermedad es pues, el resultado final de una serie de factores que culminan en el proceso mórbido. Cuando la medicina capitalista resuelve este proceso, no evita que haya nuevos episodios o que otros individuos se enfermen. La acción es únicamente “terapéutica” y no le interesa analizar el fenómeno en su conjunto. Ahora bien, el enfoque básicamente curativo no significa que sea inútil. Tiene una función legitimadora importante, haciendo ver que las condiciones políticas y económicas de las que surge la enfermedad podrían ser resueltas de manera individual mediante intervención médica.
b) Reproducción de la estructura de clase, tanto al interior como al exterior de las instituciones en función de los sectores sociales que atiende. En otras palabras, en una sociedad de clases las instituciones en tanto institucionales del Estado, no van a ser sino un reflejo de la estructura de clase existente en la sociedad. Esto se va a expresar en el establecimiento de diferentes tipos de instituciones de atención a la salud, siempre de acuerdo con la clase o estrato social al que estén dirigidos.
Dentro de los diferentes tipos de instituciones de atención a la salud, encontramos una gran fragmentación, de acuerdo a la clase o capa social al que va dirigido. Así tenemos, instituciones directamente dependientes del Estado: SSA y DDF: instituciones paraestatales: IMSS, ISSSTE, INI, DIF, NUTRICIÓN, CARDIOLOGÍA, Servicios Médicos “privados” de Empresas Estatales o Secretarías de Estado: Pemex, Hacienda, Defensa, Marina, FF.CC., CFE, CONASUPO; variantes de mutualidad en el caso de los hospitales de Jesús, Clínica Londres y Beneficencia Española, medicina privada y medicina popular o tradicional.
Instituciones de Seguridad Social.
Éstas están dirigidas al sector clave de acumulación de capital, los obreros sindicalizados del sector privado o estatal o que contribuyen a la administración del poder público, lo que los hace ser un sector tácticamente importante de neutralizar.
Independientemente de que la seguridad social es una conquista de las luchas de los trabajadores, es también un instrumento que garantiza la reproducción cuantitativa de la fuerza de trabajo. Es una empresa que permite a los capitalistas disponer de una fuerza de trabajo en condiciones físicas aceptables, sobre todo, de mano de obra calificada que no es fácilmente sustituible. La estandarización y reglamentación sobre lo que debe considerarse enfermedad, beneficia al empresario en contra del trabajador. Asimismo es un recurso político en manos del Estado que le permite reforzar su carácter paternalista.
El financiamiento —tripartito en el caso del IMSS— del Estado a la seguridad social, es una forma más de subsidio al capital; ayuda a la realización de una poderosa industria farmacéutica que es parte del complejo médico-industrial, por significar un “cliente” que consume en alta proporción, los productos de dicho complejo. Además, representa en la actualidad un mercado de trabajo al que aspira casi todo trabajador de la salud.
En el caso específico del IMSS, aunque formalmente las fuentes del financiamiento son por parte del Estado, los patrones y los trabajadores, en realidad el peso recae en estos últimos. El trabajador paga parte de su salario como cuota, el empresario paga una segunda parte —desde luego obtenida de la explotación al trabajador (plusvalía)— y el Estado paga la tercera parte que obtiene fundamentalmente de los impuestos al trabajo.
Los criterios de expansión del IMSS han sido formulados para cubrir sectores productivos básicos, más o menos en el siguiente orden: proletariado industrial, proletariado agrícola (casi exclusivamente limitados a zonas de alta productividad) y últimamente a grupos campesinos, siguiendo en ello, criterios básicamente políticos. Por ejemplo, la extensión de los servicios a las zonas henequeneras de Yucatán, a la zona ixtlera y a la zona candelillera.
Por otra parte, con la agudización de la crisis, ha quedado en suspenso todo el programa de ampliación de servicios para incluir en 1980 a un gran porcentaje de la población. Es significativo no sólo el que no se haya aumentado el número de asegurados desde el año pasado, sino que con la política de austeridad, se trata de disminuir el personal dentro del IMSS, por medio de la rescisión del contrato a un gran número de empleados.
De 1976 a 1977 disminuyó la población asegurada del IMSS en 3.1%, debido entre otras cosas, al cierre de empresas medianas y pequeñas, como parte de la crisis y del proceso de monopolización. Con esto, sólo aumentó la tasa de desempleo, ya que de hecho considerando a los familiares (familia promedio de 5), se quedan sin posibilidades de atención médica cerca de 750,000 personas. 10
La cobertura de la seguridad social (considerando las diversas instituciones) en 1972 la podemos ver en el siguiente cuadro:

Si tomamos en cuenta la población económicamente activa, vemos que en 1969 sólo cubre el 22.9% y que en 1972 aumentó ligeramente al 26.6%.
Bajo el Instituto Mexicano del Seguro Social, más de la mitad de la población amparada lo es sólo parcialmente en la medida que la proporción de plazas de base son minoritarias en las empresas, operando con un elevado porcentaje de contratos por 29 días o similares, de manera que no causen antigüedad, y puedan ser eliminados sin problemas en un momento dado, perdiendo inmediatamente los derechos al servicio médico del IMSS. Más aún, al no causar derechos por antigüedad, no se tiene derecho a pensiones y una serie de otras prestaciones. Por otra parte, en caso de accidentes o enfermedades profesionales, es mucho más sencillo reponer la fuerza de trabajo —que abunda— que pagar hospitalizaciones o indemnizaciones costosas, quedando el trabajador desamparado . Sirva de ejemplo que en la empresa General Motors, de cerca de 30,000 trabajadores, sólo 2,206 tienen plazas de base. 11
Medicina liberal o privada
Está dirigida a la burguesía y a algunas capas medias; es la forma clásica capitalista de producción de servicios que se orientan al mercado. Tiene un carácter eminentemente comercial, no compite como en otros países con la medicina institucional, antes bien, se sirve de ella, pues las instituciones son una fuente segura de clientela para muchos médicos que además de trabajar en ellas, tiene una práctica privada.
Dado que la formación del médico está enfocada hacia la práctica privada, con todos los valores del liberalismo y positivismo burgueses —aunque con un incipiente cambio hacia la medicina institucional— cubre todavía grandes sectores de población, en la medida en que los sistemas de seguridad social, sólo lo hacen a una parte de la misma. De esta forma le queda un sector básico por atender, la mediana y alta burguesía, que tiene recursos para pagar en forma directa. En este sector, en la medida en que se han desarrollado las especialidades, se practica una medicina especializada, con uso de alta tecnología. Esta práctica favorece también la expansión del mercado ya que un paciente consultará a un gastroenterólogo para un problema, un urólogo para otro, un psiquiatra para otro más, etcétera.
Por otra parte, quedan las grandes masas de la población que no tienen “derecho” a la seguridad social, y que se encuentran en la necesidad de recurrir al médico general de “barrio”, que ejerce la medicina con una concepción tradicional, muchas veces con un sentido más comercial que profesional. Existen distintas variantes en el ejercicio de la profesión; por ejemplo: aquellas que dan volumen grande de consultas de baja calidad pero a bajo costo; otras que mantienen los honorarios profesionales bajos pero venden muestras médicas, a precio de lista o medicamento surtido por laboratorios a precio de farmacia (40% de descuento), etc. En las áreas rurales el médico a través de su conocimiento está en posibilidades de explotar a los campesinos en gran medida. Así tenemos que en 1963, Maurilio Muñoz cita que cerca de Tlapa, Gro., en la Mixteca Nahua Tlapaneca, se cobraba de 400 a 450 pesos por consulta domiciliaria cuando los ingresos de los jornaleros eran de 1.83 pesos diarios.
Salubridad y asistencia
La Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA) cumple con los prerrequisitos para poder estructurar un sistema de atención a la salud que corresponda a las necesidades reales de la población; se aproxima a la jerarquización de los problemas de salud de acuerdo a su importancia; plantea algunas alternativas (plan nacional de salud), aunque no pueden aplicarse por entrar en contradicción con la misma estructura; se orienta doctrinalmente, identificando la salud-enfermedad como un problema colectivo; antepone la prevención a la curación; controla ciertos riesgos; atiende en forma global los problemas epidémicos, de contaminación y de enfermedades transmisibles (inmunizaciones). Pero en la práctica cuenta con recursos muy limitados para desarrollarse y para proporcionar servicios de atención médica a grupos socialmente improductivos o, como se les nombra oficialmente, “población abierta” (aproximadamente el 65% en 1970). Sus programas se administran en forma centralizada; se planea a nivel nacional, se dirige a nivel estatal, y se imponen en el nivel local con personal seleccionado, nombrado y programado sin la mínima intervención de las comunidades y sin tomar en cuenta la variedad geográfica, económica-social-cultural y ecológica que existe a lo largo y ancho de nuestro país.
La SSA es un instrumento —parte y efecto— para el reforzamiento de la ideología dominante, la manipulación, el control, la meditación, la penetración ideológica y la extracción del excedente productivo campesino, para avalar al Estado que “se preocupa por la salud y el bienestar de todos”. Además no escapa a la corrupción administrativa, ni a las limitaciones que imponen los grupos de presión que sexenalmente la retoman.
III. Problemas de salud en México
Una vez aclarado que la definición de salud o enfermedad tiene un componente ideológico bien importante, cuando tratamos de analizar los problemas de salud, nos encontramos con que el tipo de información disponible presenta algunos aspectos que es necesario explicitar y dejar claras las limitaciones que éstos presentan. En primer lugar es necesario preguntarse si el tipo de información disponible es toda la que pudiéramos manejar en un momento dado; a qué intereses corresponde el recoger unos datos e ignorar otros.
Existen algunos problemas normales en cuanto a la definición misma de salud-enfermedad. El criterio para determinar si un problema se considera enfermedad o no, es impuesto y obedece a las necesidades de legitimación del sistema social. La enfermedad de acuerdo a lo que hemos visto es la resultante de las condiciones de vida y de trabajo, y por lo tanto no se da por igual en las diferentes clases sociales. Suponiendo que en las enfermedades transmisibles sólo actuarán las causas biológicas, la probabilidad de enfermar de tuberculosis, amibiasis, etcétera estaría dada por el azar, de manera que esperaríamos una tasa de ataque por igual en las diferentes clases sociales; sin embargo esto no sucede así.
Entonces es importante preguntarnos: ¿cuál es la salud que tenemos?, y también el saber el porqué de dicho estado de cosas. En este sentido es importante el conocimiento de estos problemas “cuando se demuestra la incapacidad del capital para dar una respuesta positiva a los problemas de nuestros tiempo: el hambre o la nutrición, a la desocupación, o el trabajo, la guerra o la paz, etc., y reconocer que el capital puede modificar solamente ciertas condiciones de vida y ciertas condiciones ambientales, ya en favor de sus intereses, ya ante el estímulo de las reivindicaciones de los trabajadores. Pero no puede, a riesgo de negarse a sí mismo eliminar el factor más lesivo y frustrador, el contraste entre la producción social y la apropiación privada. La terapia, por lo tanto, puede aliviar el conflicto, o desplazarlo, hacia otro terreno, pero no puede curarlo: el conflicto de todas maneras estallará. Tenemos un testimonio en el hecho de que las nuevas enfermedades, las llamadas enfermedades de la civilización, justamente afirma esta fase; y la medicina como tal se revela impotente en la actualidad, cada vez más incapaz de dominarlas”. 12
Otro problema importante es el de la asignación de una o varias “causas” específicas a un padecimiento determinado. Sobre este tema existe toda una polémica muy interesante, pero lo único que es necesario asentar de momento, es que la ideología dominante juega un papel muy importante en la asignación de las “causas” de enfermedad y de muerte. Por lo tanto, en relación a los sistemas de información en salud que tenemos, estamos conscientes de que la información que manejamos es deficiente y parcial en muchos aspectos y que por lo tanto sólo refleja variaciones cualitativas a veces muy grandes de una serie de fenómenos que se están dando en la realidad cotidiana.
Los datos estadísticos siempre se han manejado como indicadores de situaciones extremas que no siempre reflejan los cambios —a veces sutiles—, que se dan en la composición y menos en la causalidad de las enfermedades, ya que ésta última se maneja casi siempre en forma lineal y sólo con fines descriptivos para en base a esto, plantear soluciones parciales —generalmente paliativas— de los problemas de salud. 13
En México se registra relativamente bien la mortalidad, no así la morbilidad, la morbi-mortalidad hospitalaria, los recursos destinados al sector salud, las diferencias por clases sociales, la incidencia por ocupaciones, diferencias urbano-rurales respecto a la clase social y la morbilidad y accidentes de trabajo específicos para ciertos grupos de población. Pero aun así, es posible con la información parcial disponible ver algunos de los problemas principales.
A. Datos generales
La población calculada al 30 de junio de 1977 para la República mexicana fue de 64 594,402 habitantes. 14
La población rural, debido al rápido proceso de industrialización ha venido sufriendo una disminución relativa, con el consiguiente fenómeno de la gran macrocefalia urbana debido a un crecimiento anárquico y sin control, entre otras cosas por la ausencia de planeación, además de que es un problema estructural del desarrollo mismo del capitalismo dependiente. De esta forma, según las Naciones Unidas, la ciudad de México es en la actualidad, la que tiene mayor concentración demográfica del mundo. La evolución a nivel general, con los datos de los censos y adaptando la definición convencional de rural a aquellas comunidades menores de 2,500 habitantes, se dio como sigue:

Obviamente la mayor parte de la población del país se concentra en los principales centros urbanos: Cd. de México, Guadalajara y Monterrey. El crecimiento urbano general para la mayor parte de las ciudades de América Latina, se ha calculado en 6% anual, de manera que los datos registrados concuerdan con esta apreciación, sobre todo a partir de 1940, que es la etapa de industrialización importante.
Si observamos los cambios de la población por grupos etéreos durante estos lapsos, vemos que aunque no se han registrado cambios muy importantes, existe un aumento en los dos extremos de la pirámide de población, que estaría indicando, fundamentalmente, la disminución de la mortalidad general y por grupos, con un cambio en menores de 15 años de 38.4% a 46.22% y en los mayores de 65 años, de 2.6 a 3.7%.
La distribución porcentual en la población de acuerdo a esto sería:

Para dar una idea, aunque sea inicial, de los problemas más importantes de salud, se clasificaron en los siguientes ejes; siguiendo los parámetros clásicos de la Epidemiología; éstas son:
1.—Edad |
4.—Enfermedades transmisibles |
2.—Clases sociales |
5.—Ocupación |
3.—Problemas Urbanos y rurales |
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Por supuesto que todos estos problemas están íntimamente relacionados pero para facilitar la exposición, se escogió este método.
1. Edad
La edad es uno de los ejes que más se han utilizado, y es debido a que muestra con cierta claridad muchos de los fenómenos. En la edad cuando estamos midiendo la mortalidad se muestran y se pueden diferenciar los factores biológicos de los factores de riesgo ambiental a que nos vamos exponiendo conforme avanza la edad. Entonces, de hecho existe un riesgo de muerte en función de envejecimiento biológico, en cada grupo de edad, sobre todo a partir de los 10 años de vida. En cambio, las influencias del medio social nos hablarán de las tendencias en la mortalidad —por ejemplo, longevidad—, y aquellas que resulten en forma más o menos directa de sus condiciones de vida: ocupación, ingresos, alimentación, servicios sanitarios, etcétera.
La evolución de la mortalidad por grupos de edad en la República mexicana, muestra claramente una gran tendencia a disminuir en todos los grupos de edad, y esto obviamente refleja una mejoría relativa en las condiciones de vida y atención médica, por lo menos para algunos sectores de la población, pero hay que recordar que todas estas cifras son promedio nacionales que no muestran las diferencias existentes entre los diferentes grupos sociales.
Sin embargo, el panorama cambia un poco si analizamos la distribución porcentual de las defunciones para esos años. Así tenemos que la mortalidad infantil —menos de un año—, sigue teniendo, el mismo peso relativo ahora que en 1900; o sea, que casi una tercera parte de la mortalidad general, corresponde a este grupo de edad. Por otra parte, observamos una disminución porcentual en los grupos económicamente productivos de 15 a 44 años. Y de nuevo, en parte por una mayor longevidad, un aumento en las defunciones de personas mayores. Esto obviamente tiene que ver con algunos cambios en la composición de la población, el sistema productivo. Como ya dijimos, un mayor número de personas llegan a edades superiores a los 60 años.

1.1 Mortalidad Infantil
Tal vez sea la mortalidad infantil uno de los indicadores más demostrativos de la interrelación entre ésta y las condiciones de vida de una población, y es precisamente por esto que se la ha utilizado con mucha frecuencia. Sin embargo, dentro de la mortalidad infantil, es necesario reconocer diferencias entre la llamada mortalidad neonatal, que se da en el primer mes de vida, y que depende más de factores biológicos y cuya resolución está en relación directa con mejores posibilidades de atención médica. Por otro lado, está la mortalidad postneonatal (de 30 días de vida a menores de un año), que depende más de la influencia de los factores económicos y sociales de la población-desnutrición, enfermedades transmisibles, y prevenibles, etcétera.

En un estudio realizado, en la ciudad de Monterrey la mortalidad neonatal fue el 42.8% del total de la mortalidad infantil, y la postneonatal de 57.2%, lo que significaría que ésta se puede disminuir en por lo menos cerca del 60%. Si comparamos las tasas de mortalidad infantil de México con algunos otros países, vemos que las tasas de la mayoría de ellos fluctúan entre 13 y 25 por mil nacidos vivos registrados lo que da una idea de lo que todavía se puede reducir. 15
Por otro lado, países como Cuba, que en 1959 tenía tasas similares a México, actualmente tiene una tasa de 26, a los 19 años de haber realizado la revolución.
Ahora bien (si analizamos las causas de defunción, se tiene que para 1972, el 73.75% de las muertes reportadas corresponden a enfermedades prevenibles, y en 1974, es una cifra similar (72.5%), tomando en cuenta las 10 primeras causas de muerte solamente.

2. Clase social.
Definitivamente, lo que en términos abstractos llamamos clase social es lo que va a determinar el tipo de patología, su frecuencia, a qué edad, etcétera; sin embargo nos encontramos ante dos problemas concretos:
a)Metodológica, en que no es fácil determinar las diversas formas y facetas de incorporación al proceso productivo; b) muchas veces no conviene ni interesa a los fines del sistema, en la medida que la no enfermedad, sólo es importante en aquellas personas más ligadas a la producción.
Si observamos la distribución desigual del ingreso en México, de acuerdo al censo de 1970, vemos que el 71% de la población obtenía una percepción mensual menor al salario mínimo vigente en esta época. El 21% de la población tenía un salario alrededor del mínimo y alrededor del 1% de la población superaba los 10,000 pesos de ingresos mensuales, y es aquí donde se concentran los grandes capitales.
Obviamente esto condiciona toda una serie de situaciones de vida que normalmente se describen más o menos aisladamente; así tenemos: a) la influencia del saneamiento del medio, y condiciones sanitarias de las viviendas (agua entubada intradomiciliaria, drenaje, disposición de basuras, etc.,) que nos explica la frecuencia tan elevada de todas las enfermedades transmisibles cuya vía de entrada es fundamentalmente digestiva y respiratoria, las principales causas de enfermedad y de muerte en el país.

b) Las enfermedades derivadas en mayor o menor grado de las condiciones de trabajo y los riesgos a que se exponen los trabajadores.
c) El grado de nutrición o desnutrición, en la medida que tengan acceso a los nutrientes; y
d) Aquellas condiciones y patologías derivadas del proceso de industrialización capitalista y por las condiciones de “stress social continuo” en que se vive —derivadas de la competencia— aparecen o se hacen más frecuentes las llamadas enfermedades de la civilización.
Por otra parte, el grado de atención médica y las posibilidades de acceso a los servicios, también están condicionados por esto. Así aun en países con alto grado de desarrollo como E.U. existen tasas de mortalidad infantil dentro de una misma ciudad que fluctúan de 15 a más de 100 según se trate de población blanca que vive en las zonas residenciales de los suburbios de Baltimore, o de la población negra que vive en el centro de la ciudad; 16 o con base en datos más generales según estados urbanos o rurales, con variaciones de 18.2 a 36. 17
Aquí en México, con los pocos datos existentes podemos darnos cuenta del impacto, conociendo que la mortalidad infantil en el municipio de Guadalupe, aledaño a la ciudad de Monterrey, en 1973 se daba una tasa de 119, 18 y en Netzahualcóyotl se han referido tasas alrededor de 200, mientras que en las zonas residenciales de la ciudad de México, éstas son de alrededor de 20.
Inglaterra es, a pesar de mostrar diferencias aunque no tan extremas, de los pocos países que hace cierta diferenciación por clases sociales basada en el tipo de ocupación. Como podemos ver en el cuadro número 7.
De esta forma vemos aún a pesar de la falta de una definición más clara, un gradiente mayor de mortalidad entre las clases I (Profesionales, etc.,) y la V (obreros no calificados).

Otro indicador grueso aunque se requieren estudios más específicos, es la esperanza de vida en las diferentes capas sociales. Navarro 17 menciona que la esperanza de vida en trabajadores inmigrantes mexicanos a los E.U. es de 49 años, o sea un 20% menor que el promedio nacional, y en el mismo grupo, la mortalidad infantil es 60% más alta que el promedio.
Podemos decir sin temor a equivocarnos, que cada sociedad presenta y da origen a su propia patología, diferente en cada una de las capas sociales que trate, y del momento histórico considerado. Celis y Nava 19 hace varios años, demostraron que existía una patología diferente entre los pacientes del Hospital General de la Ciudad de México (SSA) y pacientes de medicina privada, y aún a pesar de tratarse de una población seleccionada en ambos casos, en la medida que se estudiaron sólo los casos que buscan atención médica profesional. Sus hallazgos en cuanto al tipo de pacientes internados en el Hospital General —subempleados o desempleados, obreros no organizados y campesinos— fueron: a) frecuencia alta de enfermedades transmisibles respiratorias agudas, tuberculosis y amibiasis; b) desnutrición del adulto, c) cirrosis hepática; d) complicaciones del parto, con muerte materna de 5.1 por 1000, cuando la media del país es de 1.3; e) carcinomas en estados avanzados, con alta mortalidad, debido al estado en que llegan.
En cambio la patología de la clientela privada: a) baja frecuencia de enfermedades infecciosas; b) predominio de enfermedades degenerativas que acuden en estadios tempranos; c) frecuencia elevada de enfermedades psicosomáticas.
Lo importante de anotar aquí es que esto sólo refleja en última instancia la forma, de acuerdo a sus posibilidades, en que los diversos grupos sociales se enfrentan a los problemas.
3. Problemas urbanos
Los problemas de salud derivados de la competencia, base para el desarrollo del proceso de industrialización dentro del sistema capitalista, son las llamadas “enfermedades de la civilización” o enfermedades crónicas no transmisibles. Un ejemplo de esto, pero usado en sentido de propaganda médica, los encontramos en el siguiente párrafo: “la vida moderna roe cada vez al ser humano: cansancio, exceso de trabajo, depresión, ansiedad, expresión del sufrimiento al vivir con un ritmo que ya no es natural...” 20 la diferencia está en el tipo de soluciones propuestas: medicamentos y alienación individual o tomar conciencia de los problemas y en base o eso, formular respuestas colectivas.
Podemos clasificar los tipos de problemas fundamentales en:
3.1 aquellos derivados de la competencia
3.2 los derivados del proceso de industrialización anárquica (contaminación, problemas ecológicos, etc.).
3.3 problemas derivados del proceso de trabajo, que serán tratados un poco más adelante.
3.4 Si definimos a nuestra sociedad como “una sociedad más empeñada en la competencia que en la vida, una sociedad que ha desarrollado los valores de la pura competencia y no los valores de la competencia en la eficiencia para defender la vida”, 21 entonces podemos entender mejor cómo los componentes de la angustia —tanto individual como colectiva—, alienación y violencia se constituyen en piedras de toque de nuestra vida cotidiana, en la lucha por sobrevivir. La medicina por lo tanto utiliza los conocimientos de la naturaleza en función de los objetivos de la competencia, ya que una de las características fundamentales del modo de producción capitalista es el gran desarrollo de las fuerzas productivas, que se ha dado mediante la competencia económica.
Según Eyer 22 las características de una sociedad industrial son entre otras:
1) Rompimiento progresivo de la familia nuclear por separación y divorcio.
2) Desempleo: que es una característica de la sociedad capitalista ya que no existía como tal en épocas anteriores. Desempleo significa una reducción sensible del ingreso, disrupción de las relaciones sociales y emocionales normales, y un incremento de angustia.
3) Migración: como resultado del proceso de industrialización que rompe con las relaciones sociales anteriores —de tipo “rural más estables”— por el acceso a un medio hostil, competitivo, donde operan patrones sociales totalmente diferentes.
Todo esto nos lleva a una resultante: vivimos en una sociedad donde la característica común es el “stress” que se manifiesta en diferentes formas y también con base en diferentes causas. Lo que podemos preguntarnos es ¿en qué medida, el “stress” continuo y prolongado está siendo el factor causal de muchas o la mayoría de las enfermedades llamadas de la civilización? Creo que, efectivamente, a través de este mecanismo podremos explicarnos en mejor forma la aparición de todas estas nuevas epidemias, como infartos, hipertensión, cierto tipo de carcinomas, suicidios, homicidios, y en la medida que aumenta la enajenación, las enfermedades mentales.
En el caso de la presión arterial elevada, los factores sociales que están directamente relacionados con ella son: 23
1) Desempleo (la tensión se mantiene elevada mientras no se tenga trabajo o una fuente fija de ingresos).
2) El desarrollo continuo de nueva tecnología, y en consecuencia nuevas formas de organización social, junto con la especialización y división jerárquica, provoca una incongruencia de status social “que se manifiesta como una diferencia importante entre el entrenamiento o estudios realizados y el tipo de trabajo por realizar, así como los cambios constantes necesarios de acuerdo al desarrollo científico técnico” Esta “incongruencia de status” tiende a ser acumulativa con la edad, tanto en el trabajo como socialmente, de manera que los viejos pronto son inútiles y ya no representan una mayor sabiduría ni son objeto de respeto por el grupo social, etcétera, en la medida que no pueden ajustarse a los nuevos cambios y compartir.
3) Otro factor directamente relacionado es el trabajo con presión más o menos constante de tiempo; es decir, la necesidad de sacar un trabajo en tiempos fijos aumenta el nivel de ansiedad con todas sus secuelas, que van a desembocar en hipertensión. Este tipo de trabajo se ha visto que es un factor de predicción de infartos a mediano plazo, muchas horas de trabajo, varios trabajos “taylo- rizado”, 24 entrega de trabajos a plazo fijo, etc... Este tipo de trabajos aumenta la noradrenalina, así como una disminución del tiempo de coagulación.
En un estudio realizado en 1973 en E.U. buscando la correlación de diferentes factores de riesgos con el infarto al miocardio, se encontró que aquél que mayor relación tenía (cerca del 75%), era relacionado con la satisfacción en el trabajo: en cambio, la dieta, ingestión de sal, colesterol, etc... sólo estaban relacionados en un 25%. 25
Por otra parte, la ansiedad no resuelta, en parte producto de la frustración por la falta de poder de participación en la toma de decisiones, provoca un gran número de neurosis y enfermedades mentales —aunque la definición de las mismas es eminentemente ideológica.
En México, para 1974, este tipo de enfermedades tomadas en conjunto arrojaba lo siguiente:

En otras palabras, México como país dependiente tiene presente dentro del índice global de su patología este tipo de enfermedades ocupando nada menos que la cuarta parte de las causas reportadas. 3.2 Las enfermedades derivadas del proceso de industrialización sobre las cuales existe un gran debate a través de los planeamientos de los ecologistas y tratando de reducir el análisis a una situación simple en donde la sociedad en su conjunto tiende a destruirse a sí misma. Este tipo de planteamientos basados fundamentalmente en la filosofía positivista, pero con un claro encuadre ideológico para no percibir la verdadera naturaleza del problema, se dio hace un par de meses en un congreso de psicoanalistas, donde la tesis fundamental es que el hombre es agresivo y destructor en última instancia de su planeta —ecocida. Sin embargo hay que ver que “no es el proceso de desarrollo industrial el causante de los problemas ecológicos que afecta a la humanidad, sino la forma de apropiación y transformación de energía y los recursos naturales y las relaciones de producción existentes en el modo de producción capitalista. Es la rapiña, el afán de lucro desmedido, la producción de bienes de consumo superfinos, y la conducción de la sociedad por el Estado para servir a los fines e intereses de la clase dominante lo que afecta al medio ambiente”. 26
Es correcto oponerse también a la concepción catastrofista de que el desarrollo industrial lleva a la humanidad al caos argumentando que los avances científicos y técnicos crearán los medios para disponer de nuevas formas de energía, para la utilización de nuevas materias primas y sobre todo para la producción de los alimentos necesarios para satisfacer la demanda de una población creciente. 27
La forma característica de crecimiento anárquico de las ciudades en los países capitalistas, sin la creación de una infraestructura mínima de servicios, se transforma rápidamente en un ambiente nocivo y hostil para la salud. La concentración demográfica en las grandes ciudades se vuelve uno de los problemas más importantes a resolver, sobre todo porque ésta se realiza principalmente por el proceso de migración rural-urbano creando los grandes “cinturones de miseria” característicos de toda ciudad capitalista. Según un estudio reciente de la CEPAL, el crecimiento demográfico global de América Latina es de 3% anual; en el sector urbano es de 6% anual y en los “cinturones miseria” el 12% anual en ciudades como México, Lima, Santiago, Caracas, Bogotá, Río y Panamá. 28
México tiene el triste privilegio de ser la ciudad más poblada del mundo, debido a la gran concentración de la mayor parte del proceso industrial y burocrático-político. Solamente tenemos en México unas cuantas grandes ciudades en las que se concentra la mayor parte de la población, recursos, etcétera (ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Puebla), y grandes extensiones con poquísimos habitantes. La emisión de contaminantes en el Valle de México en 1972 fue de 4900 toneladas al día. 29 Más de 40% del total de la población de la ciudad de México vive en las “zonas marginadas” en condiciones de hacinamiento, fecalismo al aire libre, falta de agua potable intradomiciliaria, y en fin la mayoría de los servicios sanitarios básicos. Es de esperarse entonces que el fenómeno resultante sea un incremento de la morbi y mortalidad por enfermedades prevenibles. Una serie de estadísticas de estudios patrocinados por diferentes agencias internacionales, señalan “que la mortalidad en el grupo de 1 a 4 años de edad, en países con deficiencias en el saneamiento básico, puede ser de 30 a 40 veces más que en aquellos cuyas condiciones ambientales son buenas. La expectativa de vida aumenta progresivamente con el mejoramiento del ambiente. Se ha dicho que los programas de saneamiento, en países como México, pueden salvar de 10 a 20 vidas por cada una de las que podrían salvar los problemas de atención médica directa de igual o mayor costo”. 30
Algunas de las enfermedades o alteraciones más comunes por este grupo de causas son:
a) Aquellas causadas por el “smog” o contaminación ambiental directa sobre los centros urbanos;
b) Aquellas autoinflingidas como en el caso de la contaminación pulmonar, p. ej. al fumar, al usar drogas, etc.
c) Lesiones en la audición por el ruido.
d) Accidentes por problemas de transporte (generalmente individual).
e) Lesiones de la vista, etc.
Los dos primeros tipos se manifiestan como problemas de tipo respiratorio fundamentalmente, que van desde irritación más o menos crónica hasta carcinoma pulmonar. Según el Dr. Ramón del Villar, el ruido que a diario sufre el ambiente de la ciudad de México, produce lesiones en el oído que van ocasionando baja auditiva, y con el tiempo, la sordera definitiva. 31 Por lo que respecta a los accidentes, de los cuales el 31.5% de las muertes en 1974 fueron causados por transportes, el problema es muy serio, ya que la ciudad de México, como otros centros urbanos, está construida para tener un medio individual de transporte, siendo en general los sistemas colectivos malos e insuficientes, en los que la mayoría de la población se tiene que transportar. Baste como ejemplo la declaración reciente del regente de la ciudad de México, Carlos Hank González, en el sentido de que se construirán 34 ejes viales más, privilegiando nuevamente al medio individual sobre el colectivo, acorde con los intereses de los fabricantes de automóviles, y creando a través de las emisiones de los coches un grado mucho mayor de contaminación. En ésto, así como en el hecho de que se siguen abriendo nuevas industrias en el Valle de México, se ve la direccionalidad de las políticas de contaminación en México.
3. Problemas rurales
Los problemas de salud rurales son básicamente los mismos que se dan a nivel urbano pero con características propias. Se ha hablado durante mucho tiempo de que las condiciones de vida son desde el punto de vista sanitario peores, y por lo tanto las tasas de morbi y mortalidad son generalmente mayores sobre todo en función de enfermedades transmisibles. Sin embargo, al igual que en el medio urbano se dan diferencias, aquí opera también una estratificación social, y en función de ésta se van a dar los fenómenos de salud o enfermedad.
Para México, la penetración del capitalismo en el campo implica varias cosas, las cuales influyen directamente sobre la problemática de la salud. “Se da un rápido proceso de proletarización; el cambio de cultivos de autoabastecimiento a cultivos comerciales; aumento en la comercialización del producto agropecuario en general; extensión de los sistemas de crédito; la introducción de nuevas técnicas que implican el manejo de sustancias químicas, cambios en las pautas de consumo; migraciones a los centros urbanos, etcétera.
“La característica clave en todo este proceso es que los trabajadores rurales, al ser separados de sus tierras o al producir para el mercado, pierden el control sobre los medios directos de sobrevivencia y establecen nuevas relaciones de subordinación y de explotación en condiciones sumamente desfavorables a ellos”. 32
Un estudio realizado en dos comunidades rurales del Estado de Morelos encontró que la morbilidad era más baja en la población que tenía acceso a la tierra. Los asalariados de la segunda comunidad presentaban una morbilidad 55% superior a los anteriores, y del 80% en los jornaleros. 33 De esta forma, nos explicamos que en otros estudios sobre áreas rurales encuentren diferencias a veces importantes, pero siempre tomando las características específicas de su incorporación el grado de la misma a su economía de mercado. Otro estudio realizado en otra localidad de Morelos, en donde las condiciones de saneamiento, hacinamiento y fecalismo al aire libre son la regla, el grado de contaminación fecal se demostró viendo qué proporción de ascaris lumbricoides (de tipo humano), y de tipo zum (porcino) tenían tanto humanos como cerdos. El resultado fue que una elevada proporción de humanos tenía ascaris de tipo porcino y viceversa cerca de 50%. 34
En otro estudio en la Comarca Lagunera en 1977, se encontró que la morbilidad por enfermedades transmisibles era el 61.36% y desnutrición de algún grado en el 47%. 35
En una serie de encuestas realizadas por el Instituto Nacional de la Nutrición se elaboraron algunos indicadores nutricionales por zonas del país. (Cuadro No. 9)

De esta forma tenemos que aún en las zonas consideradas como buenas, la ingestión es menor a la recomendación internacional, pero esto se refleja sobre todo en el aumento de la mortalidad preescolar (1 a 4 años de edad) en más de 5 veces. En un estudio sobre la magnitud del problema nutricional en México se sacó que por lo menos el 30% de la población del país se encuentra a nivel de subsistencia, y un 50% más no dispone de recursos económicos, sociales y culturales, para consumir una dieta adecuada. Esto sucede pese a que los volúmenes agrícolas totales del país son dos veces mayores “per cápita” que en China, lo cual se debe a la mala distribución de recursos y al despilfarro y desperdicio de los grupos dominantes en detrimento de los sectores rurales y marginados. 36 La situación de recursos para la salud es también dramática pues en la ciudad de México existe por lo menos un médico por cada 500 habitantes; en los estados de Chiapas y Oaxaca están en una proporción de 1 por 4 o 5,000 habitantes y en las zonas indígenas llega a ser 1 por cada 22,000 habitantes. Esto nos habla no sólo de la mala distribución sino de que en la medida que no son grupos económicamente redituables, o prácticamente grupos de presión, la salud y los recursos, destinados para atención médica son secundarios.
4. Enfermedades transmisibles
Las enfermedades transmisibles siguen siendo el grupo de causas de morbi y mortalidad más frecuentes en los países “subdesarrollados” y como van las cosas, no es posible que cambie a corto plazo. Aunque globalmente algunas de ellas hayan desaparecido como resultado de campañas de erradicación masiva —viruelas—, la mayoría de las otras, cuando mucho se mantiene a un nivel muy inestable a pesar de programas verticales costosísimos y que tienen objetivos —más políticos y económicos que sanitarios—, como en el caso de la campaña contra el paludismo.
En 1974, dentro de las 10 primeras causas de muerte en el país, los rubros de influenza y neumonía, enteritis y otras enfermedades diarreicas, así como tuberculosis, ocuparon 123, 156 de las 433,104 muertes registradas en el país, o sea el 28.43%. 37 Si comparamos esto con el modelo construido por las Naciones Unidas para la población del mundo, de acuerdo a nuestra esperanza de vida para México, deberíamos ya tener un porcentaje no mayor de 20% por este tipo de enfermedades. 38
En México las enfermedades infecciosas y parasitarias más frecuentes son: (Cuadro No. 10)
Cabe aclarar una vez más, que el reporte de la mayoría de estas causas, con excepción de las infecciones intestinales, tienen un marcado sobre registro, que calculado con base en tasas letalidad promedio, a veces llegan al 80-90%, además de que muchas veces no existe una confirmación diagnóstica clara.

Como se puede apreciar, las enfermedades que se transmiten por vía digestiva ocupan el principal porcentaje de las mismas, y esto no es casual ya que se ha demostrado una y otra vez, pero generalmente en forma parcial, que existe una correlación muy estrecha entre el nivel de vida de una población y la frecuencia sobre todo de las enfermedades transmisibles-digestivas y respiratorias principalmente; sabemos que el riesgo de adquirir una enfermedad respiratoria o digestiva varía en función de la clase social y la edad, ya que el riesgo es diferente por otros motivos (lactancia, preescolar, actividad productiva, etcétera). Sabemos además, y ha habido múltiples declaraciones por organismos internacionales, que la mayoría de estas muertas son evitables, ya sea directamente por vacunación, o con medidas generales tendientes a elevar el nivel de vida-nutrición, alcantarillado, vivienda, agua potable, etcétera. Es lugar común que en los hospitales ingresen niños con diarrea inicialmente, luego de 3 a 4 días se dan de alta, para reingresar a los 7-15 días con cuadro similar, además de un peor estado nutricional y muchas veces se complican con otra patología que finalmente los lleva a la muerte. De esta forma, encontramos niños con 5 o más ingresos, que mueren finalmente por una tuberculosis, con desnutrición avanzada, cuando el cuadro inicial había sido gastrointestinal.
Para ilustrar las causas de muerte, basta analizar los datos reportados para la ciudad de Monterrey en 1972, para los menores de 5 años que es la población más susceptible:

O sea, que en total, la mortalidad por este grupo de enfermedades en esta investigación representó el 45.91% del total, cifra por arriba del promedio nacional, y sobre todo que casi todas estas muertes eran prevenibles.
La asociación de casos de diarrea, con las condiciones ambientales de vida está reflejada entre otros estudios, en un aumento de más del 20% en los casos de diarrea aguda, dependiendo de si tienen o no letrina sanitaria en comunidades rurales. Igualmente, los casos graves de diarrea aumentan entre un 10 y 20% según esté presente o no la desnutrición. 39
Analizando las defunciones por amibiasis en México, dentro del conjunto de las defunciones reportadas por enfermedades intestinales, tenemos que entre los cero y 29 años, representan del 1 al 1.5%, de los 30 a los 74 años, 2 a 3.27% y de los 75 y más 1.5%, pero los grupos de edad más afectados son en primer lugar los menores de un año (16.2%), luego de 1 a 4 años (3.57%). En cambio el absceso hepático, como una forma de complicación de amibiasis extraintestinal, la mortalidad mayor es también en los menores de un año (10.81%), después, en el grupo de 15 a 24 años (7%) y posteriormente los mayores de 45 años (más de 3%). 40
El caso de las helmintiasis, aunque no causan generalmente la muerte, es muy descriptivo de la contaminación fecal a la que estamos constantemente expuestos, y sobre todo aquellos núcleos de población que viven sin los servicios sanitarios indispensables. Así encontramos infestaciones por giardia lambia, de cerca de 25%; ascariasis de cerca de 90%, trichuris trichiura del 85%; unicinariasis del 100%, etcétera, según las condiciones de las diferentes regiones del país, pero que en última instancia están reflejando un bajo nivel sanitario.
El caso de la uncinariasis es interesante, ya que se transmite por intermedio del suelo donde defecan las personas; allí se desarrollan las larvas, que al pasar personas descalzas, penetran la piel, para iniciar el ciclo nuevamente. Es la parasitosis más frecuente en toda la costa del golfo, desde la sierra Norte de Puebla, Tabasco, etc., ya que se necesita de ciertas condiciones de humedad, del suelo, etc., para que permita el desarrollo. En una encuesta a trabajadores y derechohabientes de PEMEX en Minatitlán, Ver. (1967), se encontró un 95% de infestación, que generalmente cursa de forma asintomática —mientras ésta no sea masiva y se pierda mucha sangre—, pero en la sierra Norte de Puebla, se observó que del 20 al 30% de los niños escolares tenían uncinarias masiva —más de 50,000 huevecillos por gramo de heces—, lo que les provoca grados importantes de anemia, que junto a la desnutrición ya presente, complica todo el cuadro clínico. 41
Dentro del grupo de enfermedades cuya vía de entrada principal es la respiratoria, se haya en primer término la tuberculosis que tiene una clara distribución por clase social. Así tenemos que el 60% se da en campesinos; 30% en obreros no calificados; y menos del 9% entre obreros calificados, estudiantes y clase media. Si atendemos a las formas clínicas, vemos que un 98% son casos de tuberculosis pulmonar que contribuyen con un 90% del total de muertes por esta causa. 42 Para que un enfermo de tuberculosis pulmonar se muera, se considera que tiene por lo menos 5 años de duración entre el inicio de las manifestaciones clínicas y la muerte, pudiéndose tratar en todo momento, sin ser necesario el desenlace fatal.
La tuberculosis del sistema nervioso central se da principalmente en niños preescolares y lactantes no vacunados y aunque es relativamente rara —el 0.4% de los casos—, contribuye con un 6.5% del total de las muertes. Se sabe, por otra parte, que en la medida que la población está vacunada, desde el nacimiento, o en los primeros meses de la vida, prácticamente no se dan casos de meningitis tuberculosa, y se reduce en más del 60% la incidencia de la tuberculosis endógena que se manifiesta a partir de los 15 años en adelante, a partir de infecciones que ocurrieron en la infancia.
Este es un ejemplo claro, por un lado, de la ineficacia relativa de los programas de vacunación que han sido limitados hasta la fecha, y de los métodos de detección y control de casos en la medida que son programas llevados en forma más o menos vertical, y con nula participación de la comunidad, la cual carece de información, etc., para estar consciente del problema.
Otro padecimiento claro, para el cual existe una excelente vacuna, es el sarampión, que antes de la campaña de vacunación masiva en 1973, causaba entre 6,000 y 20,000 muertes anuales a partir de 1940; sin embargo, a pesar de que el número de muertes disminuyó sensiblemente en 1974, así como el número de casos reportados —debido a la campaña masiva de vacunación—, en 1976, se presentó una epidemia nuevamente, aumentando la cifra de morbilidad a niveles similares a los años anteriores a la vacunación masiva. Esto en gran parte se debe a una cobertura insuficiente en grandes grupos de población, a los que esa enfermedad sigue afectando. La letalidad en esos grupos oscila del 3 al 20% según el grado de inmunidad de la población y el estado nutricional. 43
En resumen, podemos decir que las enfermedades infecciosas y parasitarias ocupan y van a seguir ocupando un lugar importante dentro de nuestra patología, y que aunque se conocen los medios de prevención y/o curación, se aplican en forma insuficiente o tardíamente, como en el caso de las campañas de vacunación masiva, que sólo abarcan sectores más o menos específicos de la población, en forma poco sistemática y cumpliendo las más de las veces un papel legitimador importante.
5. Ocupación
Las enfermedades procedentes de causas del trabajo representan en gran medida uno de los principales motivos de tipo de patología derivado de las relaciones sociales de producción. Y en la medida que no interesa el trabajador, ya que se le puede sustituir, las condiciones de salud de los trabajadores pasan a segundo término, siempre privilegiado al capital sobre el trabajo. Ya Marx lo veía claramente cuando decía:
“El capital no sólo derriba las barreras morales, sino que derriba también las barreras puramente físicas de la jornada de trabajo. Usurpa al obrero el tiempo de que necesita su cuerpo para crecer, desarrollarse y conservarse sano. Le roba el tiempo indispensable para asimilarse al aire libre y a la luz del sol. Le quita el tiempo destinado a las comidas y lo incorpora siempre que puede al proceso de producción, haciendo que al obrero se le suministren los alimentos como un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la máquina grasa o aceite. Reduce el sueño sano y normal que concentra, renueva y refresca las energías, al número de horas de inercia estrictamente indispensable para reanimar un poco un organismo totalmente agotado”. 44
Cada actividad humana, sobre todo las incorporadas a la producción, tienen riesgos específicos, la mayoría de ellas no valoradas hasta la fecha, ya que apreciarlas no interesa por un lado y no conviene por el otro. En la medida en que los trabajadores tomen conciencia de los riesgos y efectos nocivos del trabajo que estén desempeñando, tarde o temprano, serán incorporados como elementos de lucha por mejorar sus condiciones de vida. En México la política de apoyo al capital tiene su complemento en el control del movimiento obrero desde el momento en que se entró a una fase de industrialización acelerada, y era necesario “garantizar” la contención de luchas reinvindicativas, por parte del movimiento obrero organizado, fomentando su desorganización por el otro. De esta forma, en 1970 sólo estaban sindicalizados el 36.3% de la fuerza de trabajo industrial y el 13.1% de los servicios. Esto significa por otra parte, que el resto de los trabajadores, además de no estar sindicalizados, generalmente tienen contratos de 29 días que se van renovando, de manera que no tienen acceso a los servicios de seguridad social (atención médica), más que durante el periodo de su contrato, y en caso de accidente, generalmente no se le indemniza dejándolo totalmente desamparado.
El freno y las luchas reinvindicativas permiten comprender el nivel salarial bajo, junto a toda la política instrumentada a través del F.M.I.; además, explica por qué las medidas de protección al trabajador en los centros de trabajo se encuentran a un nivel rudimentario, mientras que todos los mecanismos, de intensificación del trabajo propios del capitalismo desarrollado, son impulsados. 45
Las enfermedades derivadas del proceso de trabajo en sí, podríamos para fines de exposición, clasificarlas en 4 grupos:
a) Aquellas derivadas del “stress” por las condiciones de trabajo.
b) Aquellas producidas por sustancias químicas.
c) Por agentes físicos.
d) Accidentes de trabajo.
a) “Stress”
En este rubro tenemos aquellas manifestaciones a mediano o a largo plazo derivadas de los factores de ansiedad, presión en el trabajo, y enajenación que producen una gama de patologías muchas veces no claramente identificadas, sobre todo, en la medida que no interesa al sistema. De esta forma, en un estudio realizado a choferes de pasajeros de la ciudad de México en 1977, se encontró que tenían turnos de 16 horas un día sí y otro día no la mayoría de ellos, y que el tipo de molestias que presentaban era: dolor en la espalda, tensión nerviosa; daños en la agudeza visual y auditiva y gastritis, 46 o sea, de inmediato se ve el impacto de las condiciones de trabajo sobre la patología. Es interesante ver cómo evolucionan estas patologías y ver el tiempo de vida productiva media —medida en años— que estos trabajadores tienen que soportar. Así es raro ver a personas mayores de 45 años, desempeñando este tipo de trabajo. Así tenemos ya algunas de las patologías clásicas derivadas del “stress”: hipertensión, úlcera, neurosis y problemas de columna.
Existen varios estudios en los que se menciona un mayor porcentaje de infartos, hipertensión y úlceras a los médicos clínicos, y una mayor frecuencia de leucemia en los radiólogos. En los mineros, la silicosis y tuberculosis siguen siendo la regla, teniendo una vida media de trabajo no mayor de 15 años aún hoy en día. En los países capitalistas más importantes como los E. U. la mayoría de las personas adultas han estado internadas en sanatorios siquiátricos, lo que sirve para darse una idea del proceso de enajenación que sufren. En México, dado que éstos casi no existen, cumplen funciones más de reclusorios que centros de tratamiento de enfermedades mentales.
b) Enfermedades causadas por sustancias químicas
El contacto con una serie de sustancias químicas, cada vez en mayor número, pone al trabajador en riesgo permanente. Se dan intoxicaciones agudas y sobre todo crónicas, que a la larga producen alteraciones degenerativas de diversos órganos al producir muchos tipos de neoplasias.
Las intoxicaciones agudas por su carácter dramático, se ven y diagnostican con mayor facilidad, pero son las intoxicaciones crónicas las que causan tal vez mayores daños. Ejemplos de éstas son el plomo y el mercurio; ambos producen, entre otros cuadros clínicos, nefritis que lleva con cierta frecuencia a la muerte. El mercurio tiende a acumularse en tejido adiposo hasta llegar a concentraciones muy tóxicas. Otra sustancia es el polvo de sílice, causante de la silicosis de los mineros, metalúrgicos, trabajadores de cerámica, vidrio, etcétera, que se acumula en los pulmones hasta producir incapacidad respiratoria en diversos grados.
Por otra parte, está ya plenamente demostrado que diversas sustancias químicas como el asbesto, cemento, algunos compuestos derivados del petróleo, etcétera, son causantes de diversos tipos de cáncer, tales como: del pulmón en el caso de asbesto, arsénico en el hígado, amibas aromáticas en la vejiga.
Los plaguicidas en el campo representan un problema importante de salud para todos aquellos que están en contacto con ellos, ya que el cultivo intensivo capitalista impone el uso masivo de fertilizantes, insecticidas y plaguicidas. No es raro, observar en los jornaleros agrícolas intoxicaciones agudas por éstos, ya que generalmente no se les enseña ni los cuidados mínimos que hay que tener. De esta manera en el ciclo de verano —mayo a septiembre— de 1974 se registraron en la comarca lagunera 847 casos de intoxicación para hombres mayores de 15 años —que son los que manejan los plaguicidas— de 1352 por 100 mil habitantes hombres mayores de 15 años.
c) Agentes físicos
Los agentes físicos más comunes que causan daño, son: el ruido, calor, humedad, iluminación, ventilación, polvos, riesgos mecánicos, etcétera.
El ruido, como ya habíamos mencionado anteriormente, llega a causar lesiones en el oído de diversa índole, y es considerado como una enfermedad profesional clara. Esto se da en la industria textil, automotriz, fundición, metal-mecánica, minero, etcétera. Es interesante ver cómo generalmente no se cumple ni con los requerimientos mínimos en cuanto a decibeles permisibles en las diferentes fábricas de cada rama; y es todavía más significativo que los niveles permisibles sean diferentes en los países centrales que en los periféricos. De esta manera tenemos que por ejemplo en la industria automotriz, el tipo de maquinaria utilizada muchas veces es aquella que ya fue desechada de los países centrales, y que produce niveles de ruido mucho mayores que las que tienen actualmente en uso, produciendo lesiones auditivas múltiples.
Hace tiempo se ha señalado la importancia de una buena iluminación en el sitio de trabajo, ya que de lo contrario, causa a mediano plazo, una disminución de la agudeza visual, que muy pocas veces se atribuye al proceso de trabajo en sí mismo. En el caso de choferes que tienen que manejar muchas horas que tienen que esforzar la vista en puntos o imágenes es más ilustrativo. La ventilación es un factor que muy pocas veces se toma en cuenta, como elemento importante en el ámbito laboral, y sin embargo es un factor que es necesario valorar, ya que puede o no favorecer la diseminación de enfermedades transmisibles, la aspiración de sustancias tóxicas, etcétera.
El efecto de los polvos se ha estudiado sobre todo en la industria del cemento, despepitadoras de algodón y otras, en donde se asocian el desprendimiento de finas partículas del algodón o polvo de cemento y otros polvos —generalmente partículas menores de 5 micras de diámetro—, que producen lesiones pulmonares variadas, agrupadas bajo el síndrome clínico de neumoconiosis.




Tal vez a los riesgos derivados del manejo mismo de la maquinaria son a los que más atención se les ha puesto, y sobre todo porque de ahí derivan la mayoría de los accidentes en el trabajo, que en realidad, no tienen este factor de azar que la palabra parece indicar. Aquí es donde es necesario vigilar y tomar precauciones en el manejo de la maquinaria; muchas veces es necesario un equipo de protección por parte del trabajador. Pero en la medida que el trabajador es reemplazable, y la mayoría de las veces no tiene contrato de base, con lo cual es necesario indemnizar, no se capacita a los mismos en el manejo de la maquinaria. Las declaraciones del director de capacitación de la zona industrial Vallejo son muy claras al respecto, ya que dice que el 95% de las empresas no capacitan a sus trabajadores por considerarlo un gasto injustificado y por temor de que los trabajadores pidan aumento salariales al estar mejor preparados.
d) Accidentes
De los accidentes se tiene un registro un poco más completo, pero no por eso deja de ser parcial, ya que sólo se registran aquellos casos que llegan y tienen derecho a la seguridad social, que representa de alguna manera a un sector relativamente privilegiado de trabajadores. Podemos decir que la mayor parte de los accidentes se suscita por el manejo de la maquinaria o instrumentos de trabajo; la mayoría de las veces, por no estar la maquinaria o el trabajador equipados con la protección necesaria. Otras veces es el trabajador quien le quita las piezas de protección a la máquina porque le dificultan los movimientos; pero generalmente en estos casos se han establecido cargas de trabajo difíciles de cumplir para el trabajador, de manera que actúa bajo cierta presión, con lo cual se le obliga indirectamente a violar las reglas de seguridad.
Los accidentes se dan con diferente frecuencia según la rama industrial y el tipo de actividad que se desarrolle específicamente, o sea el riesgo a que el trabajador está expuesto. Una primera aproximación a esto, son los datos reportados según el número de accidentes de trabajo por rama industrial.
Según esto, el embotellado de refrescos y conexos es la actividad que más accidentes origina; sin embargo, cabe hacer notar que no están incluidas muchas de las principales industrias de transformación y que son importantes. Por ejemplo, en Pemex, en 1970, se dieron 10,980 accidentes que se contabilizaron así por generar incapacidad; de éstos, 764 produjeron incapacidad permanente y hubo 14 muertes; esto nos da una tasa de 18 accidentes por cada 100 trabajadores al año; 13 por 1,000 en caso de incapacidad permanente y uno de cada 4,000 obreros muere anualmente por este tipo de causa. En la industria eléctrica (SME) tenemos una tasa de accidentes de 7 por 100. En las fundidoras en 1970, con 17,553 trabajadores registrados, hubo 16,881 accidentes con incapacidad, o sea una tasa de 96.1 por 100. En las minas la frecuencia de accidentes en el año rebasa con creces lo anterior, ya que según el tipo de minas hay tasa que oscilan entre 124 a 1,500 por 100 trabajadores, o sea que cada trabajador se accidenta entre una y quince veces en un año.
Los accidentes, como es lógico suponer, se producen con mayor frecuencia en los jóvenes. Entre los menores de 16 años el 25% sufre accidentes, y posteriormente esta frecuencia disminuye. Asimismo, la tasa de accidentes está relacionada con el salario y con la calificación o no de los obreros.

Aquí es fácil ver la relación inversa entre salario y porcentaje de accidentes al año.
En fin, el problema de los accidentes de trabajo está íntimamente ligado a toda la concepción del mismo proceso de trabajo en el proceso capitalista y las formas mismas de producción, en las que el cuidado a la salud e integridad física del trabajador pasan a segundo término. El registro de todas las condiciones adversas de trabajo apenas se inicia, y en general la mayoría de los datos recabados son en función de intereses de la empresa y no del trabajador. Depende de los trabajadores el iniciar estudios en sus centros de trabajo que permitan diagnosticar las condiciones lesivas de trabajo, para incorporarlos en sus demandas, está claro que la iniciativa nunca partirá por parte de los empresarios, ya que afecta su tasa de plusvalía.

CONCLUSIÓN
La salud es un derecho inalienable de todo el pueblo, sin distinción de clase social o de otro tipo; pero a pesar de estar así consignado, la realidad es otra muy distinta. Es necesario pues, redefinir el fenómeno salud-enfermedad, pero esta vez no por un pequeño sector de la población, que es además el núcleo dominante, sino por las masas trabajadoras del país, y de esta manera definir la salud en función de una mayoría de la población. Esto se puede realizar en la medida que los trabajadores cobren conciencia del problema y busquen una nueva definición del mismo.
Asimismo, la práctica de la medicina, una vez redefinida la salud- enfermedad, tenderá a contemplar de manera distinta todo el acto de salud, privilegiando las acciones preventivas sobre las curativas; realizando las actividades de la práctica médica de acuerdo a una definición de la medicina que necesitamos, y en base a la patología del país, lo que implica dejar a un lado la importación de modelos de atención médica generados en los países centrales, tratando de adaptarlos a México. Por último, con base en eso, es necesario redefinir el papel social que deben jugar el médico y el resto del personal de salud, en función de qué intereses actúan y cuál debe ser su papel en la transformación de la sociedad.
Notas:
1 Laurel, A. C., Notas para un marco teórico de medicina social, Mimeografiado, Salud Problema Nos. 1, 2 y 3, Edición de la Maestría en Medicina Social, UAM-X, 1978.
2 Estrella, E., Medicina aborigen: la práctica médica aborigen en la sierra ecuatoriana, Quito, 1977.
3 Donnangelo, M. C., y Pereira, C., Saudé e sociedade, Sao Paulo, 1976, p. 29,34 y 35.
4 Conti, L., “Estructura social y medicina”, en Medicina y sociedad, Ed. Fontanella, 1972, p. 296-7.
5 Op. Cit., p. 307.
6 Introducción al progreso de la Dirección General de Epidemiología e Investigación en Salud Pública, 1977.
7 Montalván, J., Participación de la comunidad y producción de salud. En la Revista Centroamericana de Ciencias de la Salud, No. 7, p. 269-270.
8 Para ampliar el tema, sobre las formas de investigación del Estado en los servicios de salud, ver: Lenin, V. I., El estado y la revolución, Ed. Progreso, Moscú; y Navarro, V., Medicine under Capitalism, Prodist, N. Y., 1977.
9 Bartra, Roger, Breve diccionario de sociología marxista, México, Grijalbo, 1972.
10 Unomásuno, febrero de 1978.
11 Para ver en detalle el funcionamiento del IMSS y la ideología dominante, consultar el libro Cero menos uno, de Pereira Merino, 1978; para la ideología y el discurso oficial: Servicios Médicos del IMSS. Doctrina e historia, 1973.
12 Berlinguer, G., Medicina y política, Ed. Círculo de Estudios, 1977, p. 70-71.
13 Crevenna, P., Evaluación de nuestros sistemas de información en salud. Una primera aproximación. Ed. Mimeografiado, 1978.
14 Datos de la Dirección General de Epidemiología en Salud Pública, SSA, 1977.
15 Pufer, F., y Serrano, C., “Características de la mortalidad en la niñez”, en Pub. Cient., No. 262, efs, 1973.
16 Harvey, D., Comunicación personal, en base a un estudio realizado en 1972.
17 Navarro, V., Medicine undercapitalism, Prodist, 1977, p. 68-87.
18 Plan de salud del Municipio de Guadalupe, Serv. Coord., Nuevo León, 1973.
19 Celis, A., y Nava, J., Patología de la pobreza, Rev. Méd. Hosp. Gral., 334, 371, 386, 1970.
20 En la Introducción del No. 64 de los Cuadernos del Centro de Estudios y de Investigaciones Marxistas.
21 Conti. L., Estructura social y medicina, Op. Cit., p. 298.
22 Eyer, J., Hypertension as a Disease of Modern Society, Int. J. Health Serv., 5 (4): 539-554, 1975.
23 Eyer, J., Op. Cit.
24 Me refiero a la división enorme del trabajo que se da en empresas grandes con la enajenación consecuente, de acuerdo a lo postulado por Taylor.
25 Navarro, V., “Conferencia sobre crisis de la medicina y la salud del subdesarrollo ”, UAM-X, 1977.
26 Cessarman, Excélsior, febrero, 1978.
7 García Z., P. C., Consideraciones sobre la contaminación en México, en salud y medicina, Ed. de Cultura Popular, 1978.
28 El Día, 7 de mayo de 1978.
29 Suárez, L., La contaminación, Ed. FCE, México, 1970, p. 27.
30 Romero Álvarez, H., “Políticas para la prevención del riego ambiental”, en El Día, 10-IV-78.
31 Villar, R., en El Día, ll-IV-78.
32 “Las conclusiones de salud en el campo”, en Revista Punto Critico, 1975-76. Colección de artículos.
33 Laurell, A. C., Blanco, J., et. al., Enfermedad y desarrollo, en la Revista mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, No. 84, p 131-158, 1976.
34 Moncada, P. C., Hospital Infantil. Tesis, IMAN, 1973.
35 Salazar, H. H., Estudio de comunidad del Ejido Ma. Antonieta, del Municipio de Gómez Palacio, Dgo., 1977.
36 Escudero, J. C., “Desnutrición en América Latina, su magnitud”, en la Rev. Mex. de Ciencias Políticas y Sociales, No. 84, 1976, p. 122.
37 Estadísticas vitales, SSA, 1974.
28 Elizaga, J. C., Métodos demográficos para el estudio de la mortalidad, CELA- DE, 1972, p. 49.
39 Gordon, J. E., Guzmán, M. R., Ascoli, W., Scrimshaw, N., “La enfermedad diarreica aguda en los países en vías de desarrollo”, en Control de las infecciones entéricas, Pub. Cient., No. 100, OPS, 1964.
40 Crevenna, P. B., “Epidemiología de la amibiasis”, en Salud Pública de México, 19 (3), p. 411-420, 1977.
41 Crevenna, P. M., “Observaciones en Minatitlán, Ver.”, 1967, y Martínez, D’Inzillo, “Las helmintiasis y su repercusión en el aprovechamiento de los escolares”, Ensayo escolar, en Salud Pública de México, 1973.
42 Kumate, J., Cañedo, L., Pedrotta, O., La salud de los mexicanos en México, El Colegio Nacional, 1977, p. 225.
43 Crevenna, P. B., Evaluación de nuestros sistemas de información en salud, Ed. Mimeografiada, 1978.
44 Marx, K., El capital, Ed. FCE, p. 292-293.
45 Laurell, A. C., “Medicina y capitalismo en México”, en Cuadernos Políticos, No. 5, 1975, p. 87.
46 Trabajo de grupo: Condiciones de trabajo y estado de salud de los operadores en el transporte urbano del D. F., UAM-X, 1977.
GILBERTO ARGÜELLO A.
La intelectualidad y el poder en México de 1917 a nuestros días.
1. De 1917 a 1940
1.1 Un mismo Estado nacional burgués con regímenes políticos distintos.
El Estado emanado de la Revolución no es esencialmente distinto al Estado juarista y porfirista, pero varía en el régimen político. Uno y otro se fundamentan en modelos democrático liberales, al mantener las garantías individuales, la división de poderes, la soberanía popular y el régimen federal. La diferencia radica en la conformación de las fuerzas sociales en pugna y en el peso de las mismas trasfigurado en ordenamientos jurídicos. El juarismo combatió cuando el proletariado industrial estaba en pañales y luchó contra una feroz dictadura tradicional desde fuera del poder. Esto dio paso a que el Estado nacional burgués triunfante se plasmara mediante un régimen político constitucional democraticoburgés con división de poderes y carácter parlamentario, 1 debido a que el conflicto se resolvía al interior de la incipiente burguesía sin opositores externos a su clase. En cambio, el régimen emanado de la Revolución debió constituirse a partir de un abanico de contradicciones nuevas respecto a las existentes en 1850-1870. La más significativa novedad fue la participación autónoma de las masas de obreros agrícolas, comuneros y campesinos zapatistas y de obreros mineros, agrícolas y rancheros villistas.
También influyó el hecho de que la revolución fuera una feroz reyerta al interior de la clase dominante burgués-terrateniente. Por ello, para derrotar a las masas al nivel de su fuerza actuante, el carrancismo debió otorgar concesiones expresadas en las garantías sociales de la Constitución; ya que se veía presionado por el ala pequeñoburguesa de la coalición triunfante. 2 Para garantizar su consolidación debió instaurar un régimen presidencialista, autoritario, absorbente, constitucionalista y políticamente autorizado y legitimado; una suerte de porfiriato “revolucionario” sin don Porfirio y sin la incongruencia de basarse en una constitución utópicamente democrático-liberal, sino, ahora, despojada de sus ilusiones —como diría Justo Sierra— y adecuada a la vida real, como proponía Emilio Rabasa; 3 cuya conclusión final era ... recomendar para la nueva era de México un régimen presidencialista, claro sustituto del tiránico de Porfirio Díaz, y todo esto con una consecuencia realmente fantástica: los constituyentes del 17, que debieron ser y sentirse representantes de un movimiento inequívocamente popular, democrático, se inspiraron en Rabasa para crear un régimen presidencialista, que jurídicamente no dista mucho de la dictadura, y que en la práctica lo ha sido de un modo completo... .” 4
1.2. Inestabilidad política y dificultades para la formación de la intelectualidad orgánica dominante
Con la Revolución de 1910, los intelectuales se vieron obligados a definirse. Los viejos fueron reyistas, algunos maderistas; los más, “camaleones” y, luego, huertistas y contrarrevolucionarios amargados. Los ateneístas y los “siete sabios” 5 fueron reyistas, maderistas, algunos —los menos— villistas y otros huertistas y —después— ideólogos de la Revolución mexicana. Los magonistas fueron perseguidos, dispersados o absorbidos. 6 De la amalgama formada entre exporfirianos conversos, exmaderistas y exmagonistas reclutó el caudillismo revolucionario sus políticosintelectuales orgánicos, con los que formó la nueva administración, la nueva cultura, la nueva dominación. Sin embargo, esta integración de la intelectualidad burguesa y pequeñoburguesa reformista no se dio nunca de modo unilineal, armónica, homogénea, simultánea y orgánica. Una multitud de mediaciones hicieron conflictiva dicha integración, como lo demuestran los ejemplos de Vasconcelos, de Luis Cabrera, de Lombardo Toledano, de Gómez Morín, de Martín Luis Guzmán, de Alberto J. Pani, etcétera, para no citar sino algunos de los más connotados. 7
De 1919 a 1940 ocurrieron diversos desgarramientos en el interior de la “familia revolucionaria” 8 Carranza fue llevado por su política dictatorial, restauradora y antipopular, directamente, a Tlaxcalaltongo, preparado por sus más fieles; la política demagógica, “populista” y conciliadora de los caudillos con el imperialismo, a la par que anticlerical, propició tres sucesivas purgas militares 8 y un clima político al filo de la navaja que estalló en grandes rebeliones campesinas de izquierda 9 y de derecha 10 y en una aguda crisis del régimen político callista que se resolvió con el advenimiento del cardenismo 11 y —durante este régimen— la amenaza de dos rebeliones militares. 12
La readecuación de alianzas de clases entre la fracción triunfante y ciertos grupos financieros exporfirianos, con base en una rearticulación con ciertos grupos latifundistas burgueses, a la par que consolidó a la “familia revolucionaria”, permitió aplastar a las masas sin aplicar las promesas sociales sino mediante lentísimas reformas desde arriba, luego de masacres y atropellos a las intensas luchas sociales realizadas por campesinos y obreros, aún deslumbrados por el mítico pasado inmediato revolucionario. El país vivía en la cresta de las olas; el Estado no se encauzaba institucionalmente y la inorganicidad de la sociedad civil propiciaba la existencia de un Estado con escasa legitimación social.
Esta permanente insatisfacción social ocurría dentro del cuadro mundial de una onda depresiva de larga duración, iniciada con la crisis de 1919-1921, y agudizada en extremo por la crisis de 1929- 1936; este marasmo de la economía capitalista mundial era la expresión de la crisis general del imperialismo, revelada con el triunfo de la Revolución soviética y el estallido de un proceso de transición mundial hacia el socialismo. Este proceso zigzagueante se manifestaba en las revoluciones proletarias fallidas de Alemania, Polonia e Italia y en las revoluciones anticoloniales democrático- burguesas de China, Turquía, Cuba, Nicaragua y Guatemala.
Por tales razones en México se debatían tres fuerzas opuestas: 1. La fuerza de la burguesía y de la pequeña burguesía expresada bajo la forma de la coalición revolucionaria, dueña del poder. 2. La fuerza del incipiente proletariado semicontrolado por los líderes “cromianos”, pero, a la par, en busca de su auténtica independización de clase, simpatizante del proceso mundial de luchas proletarias, con aliados en las capas medias insurgentes y en sectores avanzados del proletariado agrícola y campesinado. 13 3. La fuerza de la ultrarreacción apoyada en el imperialismo y en el fascismo en ascenso, basada en sectores muy atrasados del campesinado pequeñoburgués 14 y en militares descontentos de los caudillos. Hacia cada una de estas coaliciones se desplazaron los intelectuales en difíciles y ridículos pasos. El mayor número ligó su perspectiva personal, social e histórica al presupuesto, renunciando por anticipado a vivir en el error. A pesar de ello, algunos no tuvieron estómago capaz de resistir las piruetas de sus líderes políticos y la corrupción reinante y se vieron colocados en coaliciones opuestas. El resto de la intelectualidad se canalizó hacia los otros ejes sociopolíticos: el comunista y el clericalfascista.
1.3 Integración y función de la intelectualidad oficial
La intelectualidad oficial, de nuevo cuño, se constituyó con ateneístas y la generación del 15 (los “Siete Sabios”); el misticismo subjetivista de la ideología nutricia les sirvió para justificar una especie de mesianismo elitista: si la Revolución como práctica social había sido el despliegue de la barbarie nacional (Martín Luis Guzmán en El águila y la serpiente), confirmada por la presencia en los más altos puestos del poder de generales semianalfabetas (Vasconcelos), tocaba a los depositarios del conocimiento, de la regeneración moral y del eslabón entre lo nacional y la cultura universal (es decir, a los intelectuales a sí mismos autodenominados), dar sentido, programa y legitimidad ética al caos del mundo nuevo. Como nuevos dioses olímpicos escalaban los puestos oficiales para llenar el vacío dejado por la vieja intelectualidad porfiriana y conquistar un cambio espiritual en México. 15 Para esta intelectualidad oficial “...la Revolución adquiere ser cuando toma conciencia (moral) de su proceso. Antes sólo puede ser observada como la matanza casi gratuita entre bandos inconscientes. Para esta élite el mundo revolucionario no está en el futuro sino en el pasado. El presente es el caos, la nostalgia es el inicio del orden...”. 16
A partir de esta visión subjetivista del mundo y de esa autoilusión de apostolado, asesoran a los generales caudillos (“verdaderos animales políticos” a decir de Cosío Villegas) creando instituciones, leyes, brillo. La Revolución —como barbarie contra las buenas costumbres burguesas— permitió a los intelectuales descubrir, por “intuición fenomenológica” (puesto que pocos tomaron parte en la lucha armada 17) que el fondo de las “bajas pasiones” de las masas surgía una sed de autoafirmación, de novedad, de tonalidades cromáticas, lógicas y estéticas. Debido a eso y a pesar de su carácter de clases y de su concepción filosófica irracionalista, la intelectualidad oficial se vio envuelta en la atmósfera social y psicológica de un torbellino de masas oprimidas haciendo la historia con las balas. La debilidad de la burguesía orillaba a sustentar su coalición de clases en la pequeña burguesía y en masas de apoyo. Por estas razones los oprimidos traslucían su pálida presencia y su voz distorsionada en el nacionalismo y “populismo” utópicos de la ideología de la Revolución mexicana comenzada a producir por la intelectualidad oficial incrustada en el nuevo régimen emanado de la Revolución. Los intelectuales “...advirtieron el gran vacío intelectual que exhibía el grupo revolucionario victorioso, y creyeron poderlo llenar en beneficio del país...”. 18
A partir de entonces, basados en la tradición y en la filosofía y economía liberalburguesas; se dedicaron a desentrañar la naturaleza de México visto como una nación en proceso de ser, merced a la Revolución.
La unidad nacional se daría si la Revolución lograba identificarse como proyecto global de blancos, mestizos e indios, según la visión espenceriana con la que se interpretaba la diversidad del desarrollo estructural a partir de la obra —muy leída— de Molina Enríquez. 19
Para construir esa unidad nacional había que depurar la práctica real de la Revolución y darle sentido histórico, seleccionando hechos y construyendo una mataideología a la altura del mito y de la grandeza del proyecto de reconstrucción estatal.
1.4 La ideología de la Revolución mexicana; ideología de la clase dominante
Así surgió la ideología de la Revolución mexicana: como principal aporte de la intelectualidad orgánica de la clase dominante. En esta ideología, la historia real de los líderes ha sido seleccionada para dar la impresión de unilinealidad y “pureza patriótica” (angelical vida sin intereses reales), y la historia real de las masas, hipostasiada —aunque presente—, como un mero vocerío lejano, aturdidor, en calidad de coro griego.
Esta visión totalizadora del mundo y de la vida 20 considera que la Revolución es la culminación de la historia del pueblo mexicano; es, por fin, el reencuentro total con su yo recuperado. Es una lucha épica con dos caras: la fase armada, destructiva, y la Revolución hecha gobierno, constructiva y perenne (una especie de “revolución permanente”). En su fase armada fueron las masas su motor principal contra el despotismo, la injusticia y la desigualdad, de ahí su carácter liberal, popular, social y nacional. Pero como revolución institucional es la síntesis de todos los intereses patrios. Como principio y fin de una odisea historicopopular es la plasmación de la “idiosincracia nacional”; crisol y virtud exclusiva, insular de la mexicanidad, sin distingos de clase y de nivel cultural. Es, en su práctica institucional, eterno presente de la voluntad y aspiraciones de las masas, por lo que es la negación de toda otra revolución. Esta perennidad obliga a luchar dentro de los marcos ideales, orgánicos e institucionales, pues, en su exterioridad, toda acción es juzgada contrarrevolucionaria, antipopular, antipatriótica y antinacional.
1.5 Intelectualidad tradicional e intelectualidad revolucionaria
Paralelamente a la integración de la intelectualidad oficial durante los años 1910-1940, pugna por abrirse paso la conformación de la intelectualidad clericalfascista y la demócrata radical comunista. La primera se arraiga en la tradición secular del clero colonial, derrotada por la Reforma liberal, pero rearticulada al poder porfiriano en un modus vivendi mutuamente ventajoso. Quizá por esto la intelectualidad clerical se redujo a una expresión parroquial, lugareña; compuesta de las capas medias pueblerianas de “buenas familias”, integrada por abogados, sacerdotes, farmacéuticos, etcétera. Con la crisis del porfiriato este núcleo dio la batalla por constituir organizaciones de masas y, especialmente, de masas obreras, con base en los postulados de la doctrina socialcristiana. 21 Durante el torbellino revolucionario participó al lado de Huerta y, posteriormente, contra la Constitución de 1917 por el carácter anticlerical de su artículo 130 y el predominio del Estado sobre el suelo y subsuelo para dar a la propiedad la regulación dictada según el interés público. El clero desató una ofensiva contra las instituciones emanadas de la Revolución agitando los sentimientos más hondos del campesinado tradicional y de la pequeña burguesía. En esto encontró coincidencias de intereses con los terratenientes porfirianos y con toda la gente amante del orden y de los valores dogmáticos católicos-coloniales. Durante los años veinte y hasta los cuarenta, el dislocamiento que provocó la violencia revolucionaria sobre las sociedades rurales precapitalistas fue sufrida como una catástrofe religioso-familiar y cultural por los individuos y capas tradicionales 22 (Pozas; Azuela, Rulfo, Revueltas). La desesperanza a la mediocre reforma agraria oficial y el miedo a la lucha agrarista social comunista en el campo, más el clima incendiario de la política nacional y los intereses imperialistas por impedir la vigencia de la Constitución respecto a los latifundios y el petróleo, se conjugaron para producir la cristiada y los ulteriores intentos subversivos reaccionarios; hasta que —de nuevo— en el gobierno de Ávila Camacho, con base en el pacto logrado con la Iglesia durante el gobierno del presidente Portes Gil, se estableció un modus vivendi mutuamente ventajoso entre la Iglesia y el Estado. La intelectualidad tradicional se unió a las aventuras bélicas a la par que a una incipiente visión fascista por su militancia anticomunista, su defensa a ultranza de la civilización “cristiana occidental” y su desolación mesiánica. Pero no prosperó su proyecto por el clima democráticoliberal y radical “populista” del gobierno revolucionario y de la izquierda no oficial que se le enfrentó en todos los terrenos.
Todos los factores arriba señalados eran la manifestación fenoménica de la lucha de clases y, a la par, impulsores de la misma. En este ambiente pesaba la insatisfacción de las demandas de las masas, dada la conciliación entre la facción hegemónica y el imperialismo, determinada por su identidad de clase, pero también por las presiones extranjeras y la búsqueda obsesiva del reconocimiento oficial del gobierno revolucionario por parte del imperialista norteamericano. Había, pues, que frenar las demandas agrarias, laborales, políticas por las que un millón de personas habían perecido. Este carácter restaurador de la facción hegemónica se expresó en el asesinato de Zapata y en la llamada política de “pacificación” que combinaba masacres, ilusiones y corrupción. En este sentido a Zapata cupo el mérito histórico de avizorar la irreconciliable pugna entre las masas y el nuevo poder, así como la identidad profunda entre la lucha de los oprimidos en México y del triunfante proletariado soviético al que saludó con simpatía 23 poco antes de ser ultimado por la traición.
Algunos intelectuales carrancistas evolucionaron al contacto con las necesidades reales de las clases y grupos oprimidos de México desaprobando la actitud restauradora y avanzando hacia posiciones democráticas. Los más conscientes del ala demócrata burguesa radical y pequeñoburguesa magonista confluyeron para constituir embriones de partidos socialistas regionales y, poco después, el partido comunista, con la presencia de líderes marxistas internacionales. 24 A pesar del control oficial (CROM) de los sindicatos, durante los años de 1919 a 1940 estallaron decenas de heroicas huelgas obreras desde la base misma, contra los líderes oficiales y esquiroles, contra las guardias blancas y el ejército. Huelgas de tranviarios y electricistas, de ferrocarrileros y mineros, de petroleros y obreros agrícolas.
La existencia objetiva de la clase obrera y sus luchas es el suelo fértil para la posibilidad del surgimiento de su conciencia organizada aparecen la Liga Nacional Campesina y la Confederación Sindical Unitaria de México. La crisis mundial capitalista y, especialmente de sus valores, a partir de la primera guerra mundial, impulsaron la formación de una intelectualidad crítica, radical y marxista. La restauración burguesa y el olvido de las demandas sociales planteadas por las masas lanzaban a éstas fuera de los límites de las ilusiones oficiales y hacia los programas anticapitalistas. Un brillante núcleo de intelectuales militantes, recogiendo experiencias prácticas locales e internacionales, se adhirió al incipiente Partido Comunista, convirtiéndose en el portavoz de los oprimidos y en el productor de una nueva visión de nexo entre teoría y práctica y entre estética y política.
Arraigado en las aspiraciones colectivas; conocedor de las duras condiciones de existencia de las masas y de las luchas proletarias, así como de la riqueza cultural del pasado indígena; impugnador del arte metropolitano y de los valores decadentes de la sociedad burguesa en crisis; deslumbrado por la vitalidad de un pueblo en movimiento y de los éxitos del proletariado revolucionario; enemigo acérrimo de la reacción en ascenso hacia el fascismo; portavoz utópico de una “buena nueva”, convirtió su pluma, su pincel, su palabra en armas contra los agresores externos e internos. El muralismo, El Machete, el estridentismo, la educación socialista, la gráfica popular, la música nacionalista, el grupo Taller, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), la solidaridad combatiente con España, la fusión con los sindicatos en movimiento, El Popular, los primeros trabajos de historia económica de México a la luz del materialismo histórico, fueron tantas expresiones de este eclosión cultural crítica. 25
1.6 Intelectualidad crítica y nacionalismo pequeño burgués.
En el seno de la intelectualidad crítica convivían una ideología internacionalista y otra nacionalista y popular. El entrecruzamiento de las dos engendró la autenticidad, originalidad y universalidad de la producción de la época. Pero el basamento social de dichas expresiones se hallaba desgarrado por agudas contradicciones entre una burguesía débil (dueña del poder, presionada por la ultra y por el imperialismo), y un proletariado aún muy joven y debilitado por el control y la opresión oficiales (particularmente callista) penetrado de amplios sectores de la pequeña burguesía y capas medias. 26 El carácter arbitral del Estado era factible como ilusión óptica real existente. La amenaza de la ultrarreacción interna y a la soberanía nacional por el imperialismo provocaba la falsa percepción de que éste era el enemigo único por lo que constituía un deber patriótico aplastar, en común, la reacción para después dar paso a la contradicción principal.
Aunque el proletariado adquiría cada vez más independencia orgánica e ideológica, las direcciones políticas, muy ligadas al centro de decisión de la III Internacional por el clima estalinista de la época, pasaban de una posición sectaria izquierdista (año 1929) a otra conciliadora, oportunista de derecha (en 1937 y 1938) con la llamada “unidad a toda costa”. 27 Estas oscilaciones, más la lucha desatada por Vicente Lombardo Toledano y los “cinco lobitos” por utilizar al proletariado para fines políticos cardenistas y burgueses, desarmaron el pujante movimiento de clases desde abajo y desconcertaron a los núcleos más consolidados de los trabajadores en medio de fuertes luchas sociales. Las pugnas en el interior de la III Internacional, la expulsión de Trotski y el afianzamiento del estalinismo provocaban una “antropofagia” sin cuartel en el seno de la izquierda que la debilitaba y colocaba paulatinamente a la cola de la pequeña burguesía radical populista. El nacionalismo oficial cobijaba todas las expresiones radicales, integrándolas y haciendo correr la versión paternalista de que si había luchas sociales; si había crítica de izquierda, etcétera, se debía exclusivamente a una política oficial preconcebida, manipuladora. Inclusive intelectuales críticos actuales aceptan sin discusión el papel de “la mano misteriosa” del cardenismo todopoderoso; así Monsiváis sostiene:
“El cardenismo despliega valerosamente las reivindicaciones del nacionalismo revolucionario. A su sombra crece la demagogia y las estridencias verbales consiguen acomodo y clientela. Los realistas socialistas y los populistas tienden a asimilarse, a identificar su idea de una cultura proletaria con la cultura de la Revolución mexicana. Como aconteció con el muralismo, se oficializa de nuevo el registro cultural de la lucha de clases...” 28
Debido al carácter “populista” de la fracción hegemónica y al contenido nacionalista de la política internacional, la intelectualidad crítica se enfrentaba a medias con el Estado en su política interior, pero lo apoyaba en su política exterior. De esta situación realmente compleja surgió el lombardismo como doctrina de la leal oposición a su majestad y la ulterior desviación derechista del Partido Comunista.
Por otro lado, la crisis política de la “familia revolucionaria”, advenida luego del asesinato de Obregón seguido de los tres presidentes de opereta, amenazaba convertirse en una verdadera crisis revolucionaria anticapitalista, agudizada por la crisis mundial de 1929-1936. No había otra posibilidad, para conjurarla, que desplazar la fracción hegemónica representada por el callismo, cada vez más profascista. La burguesía nacional industrial y la pequeña burguesía radical apoyaron al incipiente proletariado, apoyándose en él, para romper la anterior relación de fuerzas y convertirse en dirigentes. Por eso fue posible en la práctica construir una nueva coalición de fuerzas, entremezclar el nacionalismo revolucionario con el internacionalismo proletario profundamente nacional. Aquí fallan aquéllos que hacen depender la historia de la voluntad “supermánica” de Cárdenas y todos los errores, al estalinismo. El fenómeno nacional es básicamente una creación histórica de un pueblo dirigido, durante la fase de la formación del Estado nacional moderno y del mercado interior, por la burguesía en ascenso. Pero el fenómeno nacional no es patrimonio exclusivo de la burguesía, sino un torrente histórico total al que ella da cauce, pero que carecerá de sentido, pues éste lo da la lucha de clases. Con la subordinación al imperialismo, tanto el mercado interior como la formación de las fracciones hegemónicas sufren significativas distorsiones convirtiendo a la burguesía en una clase dominante-dominada, 29 sin capacidad revolucionaria por sí misma, restauradora del viejo orden y antiproletaria por definición.
Su nacionalismo es básicamente un reflejo condicionado: es la reacción asustadiza y preventiva ante las pujantes luchas de las clases oprimidas. Frente al riesgo de no actuar como en el pasado, cuando insurgía; frente al riesgo de ser desbordada por la izquierda, retoma al nacionalismo; pero sólo a posteriori: sólo cuando las clases oprimidas han sido machaconamente reprimidas hasta un grado en que ya no están dispuestas a tolerar su clase dominante. En ese momento, el peligro de una crisis revolucionaria es real; se impone, pues, un movimiento oscilatorio hacia la izquierda para desplazar a la fracción reaccionaria que constituye el obstáculo a la adecuada refuncionalización de la superestructura al desarrollo material. En ese momento (1935 en México), es ya posible —y absolutamente necesario— crear un nuevo abanico de fuerzas. Por ello se alían, contra enemigos comunes, el sector progresista de la clase dominante y el proletariado. Y éste sólo avanza en su unidad e independencia de clase si logra mantener la hegemonía política y la autonomía ideológica. Pero para ello no cuentan sólo la voluntad y la lucidez, sino multitud de factores dados e inesperados. Y en México, de 1937 a 1939, todos los factores se conjugaron para castrar un pujante movimiento proletario basado en el cimiento mismo del proletariado. 30
1.7 Crisis de la intelectualidad crítica, “mixtura” de clases y oportunismo
La intelectualidad se ve inmersa dentro de un horizonte cultural, político y psicológico que no crea; se ve atraída a compromisos ético políticos desde posiciones de lucha por valores, símbolos y posibilidades nuevos; se ve integrada a proyectos orgánicos. La intelectualidad responde con su adhesión, saber, entusiasmo, deseos, deformaciones e influye sobre el curso del proceso. Pero éste es un verdadero torbellino si se trata de una intensa lucha de clases; si ésta no se plasma con claras fronteras sociales y orgánicas, la intelectualidad se indetermina y comunica su “gelatinosidad” a su ámbito de práctica política. Durante el cardenismo, particularmente a partir de 1935 (después de logrado el Comité de Defensa Proletario), se creó una situación de mixtura y amalgama entre sectores radicales de la burguesía industrial nacional, entre pequeña burguesía y direcciones políticas del proletariado. La fuerza orgánica de la masa no correspondía a su inmadurez cultural y teórica ni sus direcciones políticas correspondían a su pujanza práctica. Por ello se entremezclaban elementos revolucionarios y elementos de nacionalismo burgués. La intelectualidad absorbía esa dualidad y la reproducía. La dirección política del Partido Comunista, víctima de la política de la III Internacional (consistente en la unidad a toda costa), ilusionada por la fuerza del proletariado y de su capacidad de influir sobre el gobierno, adopta una concepción reformista del proceso revolucionario. Considera suyos los objetivos “...que son propios de la Revolución mexicana en su etapa actual y que pueden resumirse: en la lucha por la conquista de nuestra economía —ahora en manos del imperialismo—, en la destrucción del latifundismo y en la creación y desarrollo de una economía agraria basada en la producción ejidal, en la industrialización del país, en la lucha por la consolidación y avance de las actuales conquistas proletarias y en el mantenimiento y perfeccionamiento de nuestro régimen democrático actual...” 31
Al asumir como su propia estrategia los objetivos de la Revolución democráticoburguesa, tácitamente acepta la subordinación ideológica del proletariado a la burguesía y al régimen cardenista, contribuyendo a la alienación ideológica de los trabajadores y llevando agua al molino del lombardismo, como después, en 1938- 1939 se vería. A partir de la creencia en la permanente validez de la Revolución mexicana, se concluyó que el Partido de la Revolución Mexicana era el frente popular, al cual debía adherirse el Partido Comunista, pues su objetivo era desarrollar la Revolución mexicana y, a través de llevarla a sus últimas consecuencias, llegar al socialismo. Por eso, cuando el cardenismo se sobrepuso a todas las fuerzas, cuando el Partido Comunista, por su línea equivocada había perdido fuerzas, cuando la burguesía temía ser desbordada por la izquierda y se rearticulaba en sectores derechistas; cuando Fidel Velázquez capturó la dirección de la CTM y la derecha se preparaba para una asonada con apoyo yanqui y de los militares reaccionarios, la correlación de fuerzas dio un vuelco y con él la ilusión real de un desarrollo gradualista, etapista (el socialismo por la vía de la Revolución mexicana). En tales circunstancias la intelectualidad de izquierda se resquebrajó y dispersó a nuevas alianzas, integrándose, la mayor parte, a los aparatos culturales de Estado, creados por el cardenismo, y constituyendo una modalidad de la ideología dominante llamada “nacionalismo revolucionario”.
Faltó una férrea organización clasista y una política de independa ideologicopolítica absoluta, compendio de las alianzas necesarias. Pudo más la situación global sobre una de sus partes y, a partir de 1939, la intelectualidad y la política riñeron, se desgarraron, hasta ser entidades contrapuestas. Una inflexibilidad en la lucha de clases y una larga decadencia de su expresión intelectual caracterizaron los veinte años ulteriores de 1940. La intelectualidad sufrió uno de los virajes más dramáticos y una profunda desesperanza y frustración: el núcleo oficial debió convertirse en cortesano del gobernante en turno, corromperse, conformarse con criticar la paja en el ojo ajeno; el núcleo crítico se pulverizó y refugió en la nostalgia de la era cardenista y en el sainete de la expiación pública de sus errores pasados hasta acabar en la antropofagia política; el núcleo derechista se reacomodó al lado del “Presidente caballero” (Avila Camacho) y de los sucesivos, masticando un nacionalismo amargado y un anticomunismo primitivo, refugiándose en algunos medios de comunicación masivos y modernos como rexpredidores de las noticias de la UPI y de la AP y eslabones locales de la guerra fría mundial para la alienación colonial de las conciencias.
2. De 1940 a la fecha
2.1. Reformas cardenistas: acumulación y alienación.
Las reformas cardenistas desembocaron en la consolidación del capitalismo de Estado, en el control politicoideológico estatal al proletariado, en la unidad nacional bajo hegemonía burguesa y —en su conjunto— en la plena consolidación del régimen presidencialista despótico y del Estado nacional moderno.
El cardenismo (al variar la relación de fuerzas contra el ala comunista, en 1938-1939 y desatarse la segunda guerra mundial) a pesar de su carácter socializante —pero merced a ello— abrió cauce al desarrollo del capitalismo industrial, con la ampliación inusitada del mercado interno, merced a la reforma agraria; con el control del movimiento obrero aseguró una alta tasa media de ganancia a largo plazo y una acelerada acumulación; con el capitalismo estatal insufló de energía a la “iniciativa privada”; con la organicidad y estabilidad de la maquinaria estatal permitió un status quo inalterable, una “paz social” duradera y una “armonía” forzada, pero eficaz, entre las clases, así como una legitimidad indiscutida del régimen político de la Revolución mexicana. Éstas fueron las bases internas que se conjugaron con la rearticulación del capitalismo mundial, bajo la égida de E. U., a partir de la segunda guerra y el auge sostenido del crecimiento capitalista, durante dos décadas.
2.2. La era del milagro mexicano
A partir de Avila Camacho, pero particularmente de Alemán, el Estado y todos sus aparatos ideologicopolíticos y represivos fueron movilizados en la cruzada por la acumulación de capital. Entre esta meta y la reaccionarización del régimen, la dispersión deliberada del movimiento sindical reformista, la represión y el charrismo contra el movimiento sindical independiente, el anticomunismo militante, la reintegración de la economía nacional a la órbita de los monopolios y la alienación cultural al mundo “libre”, hay un nexo intrínseco.
Se inició la era de la “economía mixta”, del paraíso de las inversiones extranjeras y del “milagro mexicano”. El Estado y todos sus aparatos ideologicopolíticos, jurídicos y represivos fueron puestos al servicio de dichos propósitos:
En un régimen de “economía mixta” “...el Estado debe crear las condiciones propicias para la capitalización, el ahorro y la inversión privadas, dar garantías para el funcionamiento de las empresas privadas, dar garantías para el funcionamientos de las empresas dentro de las leyes, promover el crédito y establecer incentivos para vigorizarlas, estimular la reinversión y mejorar sus métodos... cuando los empresarios de un país no están preparados para promover el establecimiento de las grandes industrias básicas en el cuadro de la industrialización nacional, ya sea por implicar riesgos exagerados, por falta de iniciativa o experiencia, por la magnitud de los recursos requeridos, o por razones de estrategia, el Estado debe suplir su acción, creándolas...”. 32
En efecto, de 1940 en adelante el régimen político dominante se ha preocupado obsesivamente por ser un régimen de garantías al gran capital. Reformas reaccionarias al código agrario, a la Ley Federal del Trabajo, al código penal (artículos 145 y 145-bis) estipulando el delito de disolución social; a la Ley Federal Electoral; a la Ley Federal de Educación, suprimiendo la educación socialista; a la Ley Federal de Comunicaciones, entregando a la gran burguesía la difusión de la cultura dominante, etcétera, caracterizaron el periodo. 33 Un auge inusitado de la industrialización dio el tono al milagro. Una sensación de orgullo nacional y de seguridad en sí misma permitió a la burguesía despojar al cardenismo de su aspecto radical y adoptar la “filosofía de lo mexicano” como su modus operandi ideológico. El grupo Hyperión —basado en la obra de Samuel Ramos publicada en 1937— salió a la palestra con la conciencia de ser anillo al dedo de las circunstancias. La burguesía, se dedicó a su “trabajo fecundo y creador” en medio de una sed de consumo extranjero, de escándalos, tráfico de influencias palaciegas y machismo espiritual y sexual en un país muy próximo al edén o casi el Paraíso.
La revolución “institucional” fincó las bases “... para lograr el actual progreso industrial, comercial, ganadero, bancario y financiero en forma paralela a las medidas tomadas para el aumento de la producción del campo.
La acción de la Revolución mexicana y sus proyecciones abarcaron por igual a todas las clases sociales sin excepción, aboliendo con energía los privilegios y la explotación del más débil. La legislación revolucionaria, al mismo tiempo, ha dictado las normas jurídicas que hicieron posible para los mexicanos el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones, sin prerrogativas de ninguna clase...” 34
En ese lugar ideal donde Hitlodeo conociera Amauroto, 35 todos vivían gracias al maná de la Revolución hecha gobierno y a la justicia social sabiamente distribuida a bayonetazos. El boom económico permitió a la burguesía acumular riqueza, poder, prestigio y cosmopolitismo y a las masas urbanas un cierto confort respecto de su pasado campesino y autoilusionarse con con una imagen dulcificada del “achuco” y del “charro”, como símbolos de la nacionalidad de los citadinos y de los campiranos; al campesinado se le dieron títulos de derechos a salvo a cuenta de su adhesión irrestricta al régimen y se le abrió la puerta para iniciar, en grande, una suerte de diáspora maldita en busca de trabajo y pan, más allá de los horizontes tradicionales y al otro lado del río Bravo.
El éxodo fue aprisionado en canto:
“Paso del Norte, qué lejos te vas quedando
qué triste se encuentra el hombre…/
cuando anda ausente.../
y muy lejos de su patria…”
En este tramo de la historia el sistema creó al técnico, al economista, al administrador, al jurista, al educador, al manipulador de la opinión de las masas, al productor de “filosofemas”. Asimiló a la mayoría de los disidentes de los años treinta; instaló modernos medios de comunicación concentrados y monopolizados al igual que los medios de producción; repartió canonjías a los incondicionales y prisiones a los opositores; fomentó el cosmopolitismo en la cultura y la estética sin escandalizarse de las obras nacionalistas; fundó casas editoriales y galerías de arte con igual fin que bancos e hipotecarias. En medio de una paz digestiva, la gran burguesía se adentró en la senda del “...descastamiento, la europeización y particularmente la yankización de costumbres y gustos, por una parte, y la mediatización de los artistas a esos gustos, por la otra...” 36
Al mismo tiempo la intelectualidad crítica y consciente, reducida a un puñado de quijotes, huérfana por la debilidad del proletariado en proceso de dispersión y por la crisis de la izquierda y del Partido Comunista, no puede vivir sino del Estado y de la burguesía por ser su producto un valor de cambio (una mercancía), inserto en relaciones de mercado y de explotación. Con lucidez y cinismo, un banquero definió la época:
...mientras los pintores extremistas no sientan remordimiento en vivir de los ricos y éstos no sientan temor de colgar en sus casas cuadros donde se ataca el fundamento de su poder, durará la solidez del Estado... 37
El capital se expandía al ritmo de un torrente de inversiones extranjeras incrustadas en las ramas de la economía más dinámicas. La política y el lenguaje oficial giraron en torno de una obsesión desenfrenada:
“Bienvenidas las inversiones extranjeras.” 38
La relación con E.U., hasta entonces conflictiva, dio un viraje hacia la amistad entre el tiburón y la sardina. Una amistad rodeada de una amnesia histórica: el pasado es el pasado. No cuentan para nada las intervenciones y las presiones desde el momento en que la burguesía y el gobierno, seguros de sí mismos, se montaron en el carro del capitalismo, asociados en la empresa común de lograr el ideal de don Porfirio: orden y progreso; el espíritu nacionalista se desinfló mientras engordaba la chequera y prosperaba la cultura de la guerra fría.
Para ir con los vientos de la moda, los líderes charros se convirtieron en prósperos empresarios; dejaron de comer tacos para engullir hot dogs; se dieron a la tarea nacionalista de velar por los intereses de sus patrones (mientras éstos —con amor empresarial, social— se dedicaron a pasarles jugosas tajadas); se alistaron para ir a E. U. con objeto de recibir cursos de “sindicalismo libre” organizados por la CIA, para —a su regreso— fundar la ORIT, poseídos de un espíritu de cruzada contra el comunismo. 39
La intelectualidad oficial recibió su parte: puestos en los organismos internacionales, en las instituciones dedicadas al cultivo de las “bellas artes”, premios nacionales, difusión sin cortapisas en las editoriales del Estado, asesorías a granel para redactar discursos oficiales y aconsejar a los políticos. La intelectualidad oficial vivió en las regiones nebulosas de las altas esferas del poder, de la gloria y del dinero; a cambio, enfermó de un mal incurable: el espíritu cortesano:
“...la inteligencia mexicana —escribía Octavio Paz— en su conjunto, no ha podido o no ha sabido utilizar las armas propias del intelectual: la crítica, el examen, el juicio. El resultado ha sido que el espíritu cortesano —producto natural, por lo visto, de toda revolución que se transforma en gobierno— ha invadido casi toda la esfera de la actividad pública...” 40
Algunas voces discordaban, sin embargo; desde la trinchera de una actitud independiente Silva Herzog y Bassols, otrora altos funcionarios intelectuales del estatus quo 41 señalaban el viraje derechista de la “Revolución mexicana” y diagnosticaban su crisis insalvable. Pero era débil la llama de la duda en medio de la espesa ideología justificatoria liberal oficial y “marxista lombardiana”. En el año de 1947, fundamentando los principios tácticos y estratégicos del Partido Popular, Lombardo Toledano sostenía:
“...De la misma manera que afirmamos su carácter independiente, decimos que el Partido Popular no será un partido de oposición, sino un partido de crítica constructiva dentro del régimen de la Revolución mexicana. Ayudaremos al gobierno con nuestra opinión acerca de sus actos. Cuando sean útiles, bien intencionados, los aplaudiremos, no sólo de manera espectacular o lejana, sino de la misma manera, cuando consideremos que los actos del gobierno son equivocados, le haremos saber nuestra opinión y presentaremos la solución adecuada que no ha podido encontrar...” 42
El proletariado, en la versión lombardiana, debía ser algo así como el consejero de cabecera o la mala conciencia de la burguesía, pues ésta, por definición “en los países semicoloniales como México (...) es una clase social inestable, medrosa y contradictoria, porque no es por su propio peso económico y raigambre popular el sector determinante de la vida de México (por esto), la estrategia de la clase obrera, de sus partidos y organizaciones de todo tipo, consiste en luchar por encauzar a la burguesía por el camino de la defensa de los intereses nacionales...; la lucha por cambiar la falsa actitud de la burguesía hacia los trabajadores y hacia el pueblo, a efecto de reforzar sus alianza antimperialista con la burguesía vacilante (pero) su oposición debe ser tal que no llegue a romper la posibilidad del frente unido antimperialista...” 43
Mientras Lombardo podía decir “la izquierda soy yo”, el Partido Comunista se consumía en expulsiones, en un abandono de su lucha entre los sindicatos y en un dogmatismo a ultranza.
Esta crisis interna se derivó de la línea de “unidad a toda costa” (adoptada por presiones directas del buró latinoamericano de la III Internacional bajo petición expresa de Lombardo Toledano), asumida en el pleno del 26 al 30 de junio de 1937; 44 pero también por la expulsión de Laborde y Campa de la dirección del Partido realizada por la III Internacional en el Congreso Extraordinario de agosto de 1939. 45 Expulsión que dio al traste con una dirección proletaria, experimentada y consciente e inauguró la época de la fe ciega a las desviaciones estalinistas, sólo criticadas y suprimidas veinte años después. 46
La necesidad de la lucha antifascista y el apoyo a la URSS invadida por los nazis, y posteriormente la guerra fría, así como el debilitamiento del proletariado contribuyeron a profundizar el aislamiento, la debilidad, el reformismo y la timidez de la izquierda. La intelectualidad crítica llegó a su mínima expresión rodeada de un profundo desencanto:
“...La muerte tomaba con frecuencia esa forma de reptil inesperado. Agredía a mansalva y, agrandándose, simplemente para dejar la mordedura y retroceder a su rincón húmedo. Una víbora con ojos casi inexpresivos de tan fríos, luchando, sujeta por el águila rabiosa, invencibles ambas en esc combatir eterno y fijo sobre el cactus doloroso del pueblo cubierto de espinas...” 47
La noche cubría de luto las conciencias críticas en medio de la euforia de las capas medias en ascenso; de la indiferencia a los llamados unitarios; de grandes represiones y masacres a campesinos, obreros y estudiantes.
En México todos estos factores conjugados fueron calladamente confluyendo hacia la crisis de los valores establecidos.
“Desde finales de los años cincuenta... la nueva orientación de la política externa de E. U., se hizo sentir con enorme peso sobre el desarrollo de México. Se abrieron las arcas de los créditos e inversiones de acuerdo con la táctica para el combate al comunismo (la creación de la Alianza para el Progreso)...” 48
Esta injerencia aplastante de los E. U. sobre México reforzó la acumulación capitalista sobre un esquema monopólico, desató un ritmo de crecimiento del 6.5% anual, aumentó el poderío de la burguesía, pero con su respectiva contrapartida: es decir, con la expansión del proletariado, la crisis insalvable de la estructura agraria, la quiebra de la pequeña industria y —sobre todo— la agudización de la lucha de clases. Para hacer frente a una creciente monopolización en circunstancias de pujantes luchas sociales el Estado —íntimo aliado de E. U.— se convirtió en una maquinaria represiva.
2.3. Ruptura del sueño de la “unidad a toda costa” y renacimiento intelectual crítico
Aumentaba el abismo entre la realidad y el ser ideal de la ideología dominante. La invasión militar al Instituto Politécnico Nacional provocó una sacudida en la intelectualidad, pues los líderes estudiantiles fueron encarcelados acusados del delito de disolución social. 49 Surgía una nueva generación intelectual bajo el signo de la disidencia moderada. Fernando Benítez, los González Casanova, Jaime García Terrés, Gastón García Cantú, Miguel Prieto, Vicente Rojo, Juan José Arreola, Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Octavio Paz, etcétera, investigaban, meditaban, producían obras que descorrían velos cuidadosamente colgados para ocultar la faz de la realidad. Sin confrontaciones mostraban nuevos rumbos y dejaban entrever ángulos ocultos; innovadores del lenguaje, cultos, hijos de clase alta y de circunstancias de viraje, asimilaban lo universal con las experiencias biográficas locales y eslabonaban el pasado inmediato con el futuro próximo.
La euforia desatada por los movimientos magisteriales, estudiantiles y obreros de los años cincuenta vuelve a ligar la búsqueda de la conciencia crítica con la práctica social de las masas, en vasos comunicantes no siempre orgánicos, sino subjetivos. El lo. de mayo de 1959 aparece el primer número de la revista El Espectador, fundada por Jaime García Terrés, Carlos Fuentes» Luis Villoro, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Francisco López Cámara. Se proponen luchar por el ejercicio real de la democracia en México y organizar las fuerzas de izquierda. Con un bagaje cultural sólido extraído de su paso por las aulas universitarias y del contacto con intelectuales oficiales de relevante valía (Reyes Heroles, por ejemplo); de su experiencia parisina y de su simpatía hacia el cardenismo, poseídos de lucidez, ven la crisis de la Revolución mexicana por la distancia entre el ejercicio del poder y las aspiraciones sociales. Sin embargo, no desbordan los horizontes ideológicos de la filosofía oficial dominante, aunque se burlen de la retórica demagógica, del vacío creciente de autoridad moral y política del Estado, de la timidez y sed orgiástica de riqueza mal habida de la burguesía; aunque postulen una crítica sistemática, una auténtica organización popular y una visión marxista de la vida.
...la Revolución mexicana existe cada vez menos como política gubernamental, como práctica del Estado, y, sin embargo, muchos de los propósitos fundamentales de nuestra Revolución se han cumplido sólo a medias. Incluso en algunos se observa un retroceso. Y también es un síntoma (...) de que el pueblo de México comienza a saber que el cumplimiento pleno de la Revolución de 1910 sólo puede llevarse a cabo, en el momento actual, por un movimiento que “venga de abajo”, que “salga de” y “vuelva a” las clases populares del país. 50
Las luchas obreras unen pasajeramente el trabajo manual con el trabajo intelectual en la búsqueda común de libertad sindical y de libertad de palabra, pisoteadas por el delito de disolución social. Pero la debilidad orgánica del proletariado y la represión impiden la soldadura permanente. Este reencuentro no sólo se da en las esferas ideales sino también en el nexo entre partidos políticos (PP, POCM y PCM) y la lucha de clases. La experiencia práctica desbroza viejas sendas y lanza a los protagonistas a evaluaciones, desgarramientos y reconstituciones. Se deja sentir el peso del Estado despótico y de sus valores, como el opio que ha enervado las conciencias; se juzga a los partidos de izquierda como incapaces de ser la cabeza del proletariado; pero en el seno del movimiento crítico se rearticulan alianzas, se superan crisis internas prolongadas y se redefinen programas revolucionarios. 51 La era de un nuevo florecimiento se vislumbra. Lo viejo y lo nuevo se dan la mano, no sin choques.
.. .Comunistas y, en general, ideólogos adictos al marxismoleninismo, a la vez que hombres sin partido, nos solidarizamos resueltamente con los referidos movimientos de 1958-1959 y 1960, abriendo así, todos, la batalla correspondiente a la nueva generación del pueblo mexicano. Una batalla que será tan pacífica o violenta como lo determine el futuro carácter democrático o antidemocrático del gobierno... 52
Con la represión estatal contra el movimiento ferrocarrilero el 28 de marzo de 1959 53 culminaba el periodo de la “unidad de clases”, y la ficción de una suerte de “Estado de todo el pueblo” Una nueva tendencia histórica asomó el rostro en medio de cárceles, despidos masivos y asesinatos: las luchas sociales enfrentándose, sin proponérselo, al conjunto de soportes del régimen dominante. Contra el charrismo sindical, contra la ideología oficial, contra los hábitos despóticos y la negación de las leyes en vigor. A partir de esa fecha se abrió un foso entre las masas y el gobierno: a cada reclamo limitado de aquéllas el Estado respondió como si estuviera dando su última pelea. No escatimó recursos para aplastar la disidencia. Se inició una era de mayor dependencia hacia los préstamos internacionales y déficit creciente de la balanza de pagos; se hizo patente la crisis profunda de la estructura agraria; se presentó con fuerza la crisis de la educación superior y de la cultura dominante; se agudizó la desocupación estructural; se incrementó el proceso de monopolización dependiente al imperialismo; se generalizó la modernización técnica y política del ejército para convertirlo en el puntal de las instituciones; se hizo patente lo obsoleto del PRI acrecentándose el abstencionismo político en las regiones y sectores de mayor desarrollo capitalista. El presidencialismo despótico hizo gala de sus virtudes descubriendo “conjuras comunistas” a diestra y siniestra para resolver la crisis galopante, sin percatarse de que, con ello, se precipitaba por el despeñadero irreversible de la crisis estructural del sistema en su conjunto. La fecha crucial, 1968, había dejado en evidencia el proceso abierto una década antes.
La década 1958-1968 se vio dominada por las crecientes contradicciones intercapitalistas debido a la eclosión de potencias como Alemania y Japón, disputando mercados a EU. El paroxismo de la guerra iría llegó a su punto más alto con el sputnik soviético, el “muro de Berlín” y la política armamentista norteamericana. Merced a ésta se fusionó el gran capital financiero industrial con los intereses políticomilitares hasta dar el poder, en EU, a los generales: General Electric, General Motors, general Eisenhower, etcétera, en esa amalgama monopólicaestatal, llamada complejo industrialmilitar. Este complejo, para dinamizar la reproducción del capital en su conjunto, exigió al Estado norteamericano jugar el papel de gendarme mundial del “mundo libre” Por eso desató guerras localizadas en diversos puntos del planeta contra la descolonización. Las noticias, durante la década, difundieron imágenes bélicas atroces culpando a los pueblos del delito de buscar ser libres y elogiando a E.U. por defender, mediante el exterminio, al “mundo libre” Vietnam fue el teatro de la más heroica resistencia y de la más cruel de todas las invasiones que registra la historia.
La creciente consolidación del socialismo (no exenta de problemas y gruesos errores), permitió ponerse al nivel de fuerzas respecto del imperialismo y atraer a su lado a los países en vías de descolonización; éstos sumaron decenas y formaron alianzas anticolonialistas, llenando durante toda una época la escena mundial. En este cuadro la Revolución cubana, en América Latina, fue el eje de todas las polémicas, de todas las esperanzas y de todas las maniobras represivas de las oligarquías locales asociadas al imperialismo norteamericano.
Las fuerzas de izquierda, en el mundo, fueron sometidas a sacudimientos intensos, tanto por el proceso de “desestalinización” emprendido en la URSS a partir del XX Congreso del Partido Comunista Soviético (realizado en 1956) como por la incorporación de nuevas fuerzas sociales revolucionarias con experiencias, ideas y perspectivas diferentes (críticas) y — en ocasiones— enfrentadas. En medio de polémicas, una nueva oleada de acciones proletarias fue definiendo las contradicciones en los países capitalistas y arrinconando las filosofías existencialistas, marcusiana y positivista al lugar que les correspondía como expresiones de un mundo desolado por la Segunda Guerra Mundial y sin perspectivas polla crisis del pensamiento revolucionario. Un renacimiento del marxismo empujó al dogmatismo hacia la retirada, entre agudas polémicas y crisis que escindieron al movimiento revolucionario e hicieron más difíciles sus éxitos.
De 1958 a 1968 no hubo una sola acción de masas respetada por el poder público. Sucesivamente fueron reprimidos obreros, maestros, campesinos, estudiantes, médicos, etcétera. Una obsesiva idea de hacer respetar el sagrado principio de autoridad se apoderó de los dirigentes oficiales. Esta actitud provocó una ruptura pasajera de toda la intelectualidad respecto de los gobernantes. La monopolización, al provocar la quiebra de pequeñas y medianas empresas, generó un clima de descontento entre la burguesía nacionalista y el temor de ser barrida por la naturaleza desnacionalizadora del imperialismo. El cardenismo reverdeció bajo el manto del Movimiento de Liberación Nacional. 54 La izquierda se reconstituyó como un frente nacionalista, patriótico y antimperialista. Florecieron los ensayos críticos en la revista Política y un ambiente de adhesión a las luchas de los oprimidos en México y en el mundo, mientras el apoyo a la Revolución cubana definía la posición política. El triunfalismo de la burguesía mexicana era justificado por un “machismo intelectual” de los ideólogos oficiales bajo la versión de los logros de la Revolución conocida como “el milagro mexicano” Para dar a conocer su pujanza, su capacidad de organización y su cultura, nada mejor que una olimpiada. Esta confirmó la validez del apotegma clásico... pero a la inversa: mente enferma en cuerpo enfermo.
Para entonces la lucha de clases había lanzado a bandos opuestos a los antiguos aliados del Movimiento de Liberación Nacional y de Política. El segmento de la intelectualidad desvinculada de las masas y proclive al reformismo se integró al carro oficial cayendo en la más habitual de las transacciones y en el silencio hasta ganar —en pago de su integración— elevados cargos burocráticos. Pero nueva sangre emanaba de las viejas raíces radicales. En todo caso, la terca recurrencia de la crisis moral y política del status quo preparaba el vivero de la opresión global.
2.3 1968; Culminación y punto de partida
En este panorama, 1968 representa una culminación y un punto de partida. Tocó al sector juvenil de la intelectualidad en ciernes —la juventud universitaria— jugar el papel principal; el control gubernamental a otros sectores y la menor posibilidad de enajenación a la juventud crítica, permitieron al estudiantado representar aspiraciones colectivas. Por su voz hablaron los oprimidos; por sus actos fueron representadas todas las aspiraciones. Si la base social del movimiento eran las capas medias, sus reivindicaciones resumían el nudo más significativo de contradicciones de clase, aunque mediadas por la no injerencia directa de los trabajadores.
Por ello, bien pronto rebasó toda demanda estudiantil centrándose en objetivos de carácter político general.
... Ha materializado las inquietudes sociales de todo un pueblo al plantear la posibilidad de que la democracia no sea un vocablo sin contenido; que los movimientos populares puedan tener posibilidades reales de éxito... 55
Las heroicas acciones de miles de personas, con generosidad y alta conciencia cívica, recuperaron la libertad hipotecada; las masas aprendieron a ejercer una nueva democracia emanada de decisiones autónomas; las viejas palabras oficiales perdieron todo sentido ético y práctico y un nuevo lenguaje de nociones opuestas se posesionó de las conciencias; una nueva ética sentaba normas de conducta definida en relación al movimiento. Una literatura de denuncia, escrita por los actores del conflicto, dejó su marca en la memoria colectiva.
En pleno movimiento estudiantil popular se constituyó el Comité de Intelectuales, Artistas y Escritores, cuya directiva estaba integrada por Juan Rulfo, José Revueltas, Carlos Monsiváis, Jaime Augusto Shelley, Sergio Mondragón y Manuel Felguérez. En su declaración de principios sostenían:
El movimiento estudiantil de julio-agosto de 1968 representa una verdadera revolución en la actitud de la cultura hacia la sociedad en que vive.
La juventud pugna por una cultura viva y militante... no sólo se trata de estudiar y aprender, sino de controvertir, cuestionar y refutar las ideologías enajenadas a estructuras pragmáticas y sistemas de poder nacional, donde el hombre ha sido olvidado... En compañía de esa juventud... queremos golpear al mismo tiempo a las viejas instituciones y estructuras que niegan los valores de libertad e independencia...
...Nos manifestamos contra todas las supercherías democrático- burguesas de una clase en el poder que ha terminado por mediatizar en absoluto la Revolución mexicana, mistificando lo que hipócritamente llama sus conquistas:
—Pérdida de independencia de la clase obrera.
—Supresión de las huelgas.
—Monopolio político disfrazado con el juego de serviles y falsos partidos de “oposición”.
—Libertad de prensa consistente en la libertad de mentir mediante subsidio oficial.
—La reforma agraria convertida en el empobrecimiento de campesinos pobres y el enriquecimiento de los más ricos.
Por esta “...nos sumamos con toda conciencia a la actitud militante de la juventud estudiantil... 56
Se trataba, pues, de recobrar la voz, la libertad, la acción, la sensación de ser ente histórico; se trataba de dar otra dimensión —crítica, humana— a los símbolos; de desmistificar la verdad oficial y crear una nueva conciencia ciudadana.
El sistema capitalista deformado creó la macrocefalia urbana y con ella a nuevas capas sociales derivadas de las funciones administrativas, culturales, comerciales, técnicas y productivas. Estas capas sociales, en cierto modo privilegiadas por su acceso a ingresos más altos que la media, por su formación universitaria y profesional, por su acceso a informaciones y a la cultura mundial, por la falta de canales de expresión a sus inquietudes, fue la levadura de apoyo al movimiento. Miles de individuos de esta intelectualidad silenciosa y heterogénea se pronunciaron por el respecto a las libertades democráticas. La soberbia del presidente en turno era otro motivo de rechazo:
...En la alternativa de escoger entre el respeto a los principios esenciales en que se sustenta toda nuestra organización política, económica y social, es decir, la estructura permanente, la vida misma de México, por un lado y, por el otro, las conveniencias transitorias de aparecer personalmente accesible y generoso, la decisión no admite duda y está tomada: defenderé los principios... 57
Mientras las demandas eran limitadas y dentro de los cauces constitucionales, las respuestas del poder eran desmesuradas; evaluando con lucidez la causa de dicha respuesta, el Consejo Nacional de Huelga sostenía:
En sus comienzos, quizá nuestro movimiento se hubiese satisfecho con la reparación de daños y la remoción de los culpables ..., pero en México se ha totalizado a tal extremo el sistema de opresión política y de centralismo en el ejercicio del poder —desde el nivel de gendarme hasta el de presidente— que una simple lucha por mínimas libertades democráticas (como la de manifestar en las calles, y de pedir que sean liberados los presos políticos), confronta al más común de los ciudadanos con todo el aplastante aparato del Estado y su naturaleza de dominio despótico, inexorable y sin apelación posible... 58
Toda la furia clasista se descargó sobre los que hablaban de la libertad no como entelequia sino como realidad social.
La crisis afloró inexorablemente: el sistema político mexicano y la estructura económica capitalista, identificados por Díaz Ordaz como “la vida misma de México”, había que salvarlos a cualquier costo. Pero las masacres no podían resolver las contradicciones objetivas, entre un viejo sistema político obsoleto y nuevas realidades. Por eso la crisis se agudizó con la acentuación de la desnacionalización de la economía, la incapacidad de la política oficial para resolver el hambre, la desocupación, la demanda educacional, etcétera. El desprestigio de la ideología dominante prosiguió hasta agotarse el mito de la eternidad de la Revolución mexicana.
En el seno de la clase dominante se abrieron fracturas y las contradicciones entre tradición e innovación, entre culto al poder y crítica, entre fe ciega y duda, llegaron a irrumpir en el seno de la intelectualidad oficial, en el seno de la Iglesia católica, en el seno de los sindicatos oficiales.
De 1968 a 1978 todas las conciencias fueron sometidas a duras pruebas, en medio de torturas, brigadas blancas, tercemundismo, aperturas (más de cráneos que) democráticas; entre endeudamiento estratosférico, monopolización “multinacional”, desocupación de nueve millones de hombres, inflación galopante y devaluación del peso. La oligarquía financiera desconfió del “aperturismo” y se ligó a los grupos más reaccionarios profascistas hasta desatar ofensivas locales e internacionales que doblegaran al grupo echeverrista y comprometieran al nuevo gobierno en una perspectiva anticrisis con mayor compulsión a las masas, para reconstituir una elevada tasa de ganancia y un vínculo más estrecho con los monopolios financieros y el FMI.
De 1968 a 1978 maduró la intelectualidad democrática, tanto por su número, nivel intelectual y experiencia, como por su percepción más profunda de la realidad nacional. Aunque muchos defeccionaran captados por el poder, la mayoría sostuvo sus ideales, independencia y voluntad de lucha y algunos murieron combatiendo. El status quo se esforzó por doblegar su espíritu rebelde con prédicas aperturistas, violencia selectiva, reparto de prebendas; impulso a las modas sicodélicas y al consumo de drogas, o a los deportes y festivales pop. Ciertos sectores de la intelectualidad joven transitaron ese camino, desilusionados de la “onda bronca” se “pasaron” a la “onda maciza”. Pero pronto la realidad cultural y política los arrinconó en el olvido. Otros se dedicaron a la política oficial desde el ala nacionalista de la burocracia política, pregonando el lema “LEA o el fascismo”, mientras impulsaban desde “arriba” lo que veinte años antes habían proclamado impulsar desde “abajo” Otros más se dedicaron a universalizarse y a quitarse de la mente la “cortina de nopal” del provincianismo. En adelante cerrarían el ciclo del México rural y cantarán las virtudes de lo urbano, del sexismo a flor de tierra, el “reventón” de las fiestas de la alta sociedad; la crónica del jet set y de la vida cosmopolita en las altas esferas de la cultura universal. Proliferan editoriales, revistas, periódicos con un signo nuevo: la brillantez, la orientación crítica. La intelectualidad maneja varios idiomas extranjeros y consume, pues, el último grito de la moda filosófica: Althusser. Sobran traductores, el mercado de trabajo se satura, las editoriales pueden, a bajo precio, vender en español lo que ayer apareció en inglés. Los cineclubes proliferan como hongos y vinculan a los intelectuales a los centros hegemónicos. Los medios de comunicación de masas se ramifican a todo el país llevando por doquier la imagen de Jacobo y los intereses de la oligarquía asociada a los monopolios todopoderosos de la Coca Cola, la GM, la Modelo. Los agentes 007 llegan a los hogares con sus artes marciales, su astucia y su filosofía consistente en defender de los malos al mundo libre, a la propiedad y a la familia. La crítica al “milagro mexicano” se complementa con la crítica al desarrollismo, en el sarao de una eclosión de latinoamericanismo traído por el boom de la novela (y de sus monstruos: García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes), y por el éxito de la Revolución cubana, el mito Che Guevara, el arribo y la catástrofe de la Unidad Popular Chilena con la diáspora de miles que llegan al país, trayendo su dolor, su folclor, su esperanza. La intelectualidad democrática encontró asideros en la eclosión del sindicalismo independiente (a pesar de su quiebra parcial con el aplastamiento de la tendencia democrática), para proseguir la orientación crítica extraída de las dos décadas anteriores. A pesar de su diversidad ideológica y de su integración mayoritaria a los aparatos de Estado, fue capaz de conservar su actitud independiente y de acudir al llamado de la solidaridad. Esta autoconciencia crítica nació de la experiencia vital, pero también de la crisis moral y política del sistema capitalista a nivel mundial y local. Asimismo, de una nueva realidad conformada por la masificación de la cultura, la concentración monopólica de los medios de producción, de los medios de comunicación de masas y de los aparatos de Estado. Con la concentración y la generalización del trabajo asalariado intelectual, los intelectuales pasaron a convertirse, objetivamente, en otro sector de los trabajadores, sin importar su origen de clase y aspiraciones. De estas realidades surgió un intenso proceso de división del trabajo, de socialización del trabajo y de conversión de su producto en mercancía mal pagada en relación a la inversión social de tiempo de trabajo. Por tanto, la intelectualidad, consumidora de la cultura dominante, pero aplastada por el sistema dominante, veíase traspasada por la contradicción emanada de su función reproductora (retrasmisora) de los valores dominantes como trabajador, pero de valores alienantes de su capacidad productora como individuo. Por ello, la quiebra del sistema de valores la impulsó a disentir, a pesar de ser parte del sistema. Los más conscientes decidieron correr la suerte de los trabajadores organizándose en sindicatos y adhiriéndose a las luchas proletarias en diversos frentes y organizaciones.
3. Corrientes actuales de la intelectualidad
La intelectualidad, actualmente, puede ser clasificada en cuatro corrientes: 1. La filosoficoliteraria. 2. La sociologicoeconómica. 3. La crítica, y 4. La derechista. Respecto de la primera, podemos encontrar su línea genealógica en el ensayismo decimonónico basado en un esfuerzo sistemático por construir un estilo literario personal, mezclando valores morales y figuras clásicas universales en el tratamiento de problemas sociales, políticos e intelectuales. Los integrantes de esta corriente hacen gala de una vasta cultura burguesa, de un desprecio olímpico por el rigor conceptual, suponiendo el tratamiento de la problemática como exclusivamente estético y no científico. Por ello no se sienten comprometidos a estudiar las tendencias objetivas del proceso económicosocial, ni la naturaleza del Estado, sino que se conforman con aceptar los valores dominantes como su marco de referencia. De este modo juzgan el asunto de la intelectualidad como una esfera etérea ubicada en el más allá de lo mundano; como una dimensión intra- subjetiva que sólo puede ser intuida, deducida o captada por su valor en sí y por sí.
En ocasiones, esta corriente reconoce la no insularidad del pensamiento y su no indeterminación. En tales casos se preocupa por buscar los hilos filosóficos de casos particulares hasta detectar la paternidad de las ideas en las fuentes. Pero no encuentra cómo las contradicciones de la realidad histórica propician la absorción de ésas y no de otras ideas, la función dada y no otra de la intelectualidad en su conjunto y no de luminarias. Cuando busca las causas que definen un cierto tipo de intelectualidad las encuentra en los recovecos oscuros de la “idiosincracia” nacional, del inconsciente colectivo: de la filosofía de “lo mexicano”; de la esencia del “hombre mexicano”.
Tal corriente basa su concepción del mundo en una posición idealista y metafísica de los nexos entre razón y ser. En efecto, supone la razón como una entidad permanentemente depositada en la conciencia, capaz de establecer relaciones lógicas al interior de sí misma, vinculada por una operación subjetiva con la universalidad abstracta llamada hombre del que “el mexicano” sería una parte alícuota.
De igual modo, el ser no se definiría por su materialidad históricoconcreta, sino como una serie de valores universales preexistentes independientemente de las relaciones sociales y de las contradicciones de clase. El ser quedaría reducido al hombre en general como centro del universo lógico y como un eje problemático y caótico. Por tal motivo, todas las expresiones intelectuales sistematizadas en disciplinas tendrían una unidad interna en esa “naturaleza humana” supratemporal. De ahí que sea el literato el único llamado a explicar al hombre a partir de la reflexión sobre el sufrimiento, la caída, la maldición de la Malinche, el mito de Guadalupe, de la sicología colectiva de un pueblo ideal, elegido, insular.
Un elemento particular es elevado a la dimensión más general y considerado un macrocosmos. De la definición de sus rasgos particulares más acusados se pasa a la identificación de los mismos en la totalidad real (sociedad) como si ésta fuera un microcosmos de aquélla. Así, toda conceptualización científica y esfuerzo analítico son sustituidos con una mezcolanza de ideas existencialistas y liberales entremezcladas con un singular estilo literario y una poderosa imaginación poética.
Esta corriente literarioensayística comprueba la expresión fenoménica de la esencia, pero su punto de partida filosófico y su naturaleza de clase, tanto como su metodología, le impiden estudiar las verdaderas causas de los efectos percibidos. Encubre su incapacidad analítica con el argumento fácil de la libertad absoluta del esteta, para quien la invención del mundo es el principio y el fin de toda reflexión libre de “compromiso” Sin embargo, como diría Lenin refiriéndose a los empíricocriticistas rusos, “...el papel objetivo, de clase (de esta corriente) se reduce a servir a los fideístas en su lucha contra el materialismo en general y contra el materialismo histórico en particular...” 59
La crisis del capitalismo mundial es considerada como un dato difuso en tanto que la crisis de la conciencia (vista sin su traspasamiento por aquélla) es supravalorada hasta elevarla al carácter de demiurgo; justamente por ello es el intelectual sans phrase, el único portavoz de la razón y de la conciencia en su función hipercrítica... repudia a los partidos de izquierda por ser los heraldos de una nueva hecatombe contra la libertad. Por eso, el agnosticismo es característico de esta corriente; por eso su criticar al capitalismo se ubica desde la nostalgia de un buen capitalismo: el liberal, y desde la maldición de la inoperancia actual del PRI. Esta corriente emparenta con los llamados “neofilósofos” por su vocación anticapitalista y anticomunista y se sitúa entre los que sostienen no estar con Dios ni con el diablo —sino... con todo lo contrario—.
La corriente sociológica se emparenta con la tradición positivista francesa y porfiriana, para las que la ciencia positiva caracteriza la naturaleza del pensamiento en la etapa actual del desarrollo de la sociedad, de cuya potencia transformadora ésta es resultado.
...¡Cuán cierto es que la ciencia es un arado cuyo surco se abre en el espíritu por entre hipótesis rotas y teorías desmenuzadas! La ciencia es la llave del progreso y de la civilización, por ello: “Todo tiene que esperarlo nuestro país de la ciencia, de la naturaleza transformada; en esta tierra sin combustible, toda la potencia industrial tiene que ser creada...” para que se resuelva “el problema de nuestro destino…
Tales eran las ideas básicas con las que Justo Sierra saludó la exposición de aparatos eléctricos el 24 de diciembre de 1886 60 y el horizonte cultural que impregnó la mentalidad de la clase dominante durante el porfiriato.
Para los positivistas mexicanos las diversas actividades humanas son objeto de la ciencia como un todo indivisible en tanto reflejo fiel de la naturaleza única; por eso todos los dominios de la sociedad, de la política y de la cultura, tenían que ser tratados de modo científico.
De esta confianza ciega en la ciencia partieron los más destacados positivistas mexicanos del siglo pasado, como Justo Sierra (en el ámbito de la historia), Gabino Barreda (en el campo de la educación y la matemática), Porfirio Parra (en la sociología y en la lógica). Pero, víctimas de su función justificatoria del porfiriato,
“...lo que empezó siendo una expresión activa de la objetividad material de la ciencia (se convirtió) en una manifestación de la subjetividad de una norma ideal” 61 al desembocar dicho pensamiento en un olvido de su sentido experimental y en una colección de supuestos rígidos del deber ser de la sociedad y no de su ser real.
Aunque la Revolución mexicana engendró otra ideología, en el origen contrapuesta a la positivista, al concluir la fase de las reformas cardenistas y cimentarse sólidamente el dominio indiscutido de la gran burguesía, sobre todas las esferas de la sociedad nacional, parte de la intelectualidad oficial regresó a las fuentes sociológicas positivistas, económicas marginalistas y al existencialismo, con lo que se cerró el eslabón de las raíces decimonónicas sobre nuevas bases.
Esta corriente, muy ligada a la función justificatoria del status quo, ha producido una extraordinaria cantidad de trabajos en los que campean la descripción y la cuantificación de la realidad dando por supuesta su superioridad respecto al pasado porfiriano; buscando su perfectibilidad mediante la evolución, la técnica, el orden y la estabilidad; el empirismo caracteriza su postura analítica y su vocación taxonomizadora; la realidad importa como materia prima de la manipulación estadística para demostrar las tasas de crecimiento y alimentar la ilusión en el “milagro mexicano”, a fin de extrapolar al futuro la bondad del sistema actual y considerarlo como una entidad histórica que se despliega en un continuum movens.
Para esta corriente la intelectualidad es, por definición, un apéndice del poder político y una entidad neuronal del Estado, pues se justifica en tanto piense y produzca para asesorar, sugerir, influir en las instituciones a fin de realizar la justicia social distributiva de los bienes económicos y culturales en la población.
Muchos de los representantes de esta corriente son funcionarios y políticos del Estado, priístas que constituyen una pieza clave de la intelectualidad orgánica del sistema dominante.
Por tales razones domina en sus obras una idea mistificada de la realidad nacional, pues se la considera como a una gran familia unida por lazos nacionales, dividida por desigualdad de ingresos (no por clases sociales antagónicas), pero intercomunicada por una capilaridad social flexible y un Estado democrático-paternal, con una economía mixta que suprime las deficiencias del “totalitarismo” y la sed desmedida de ganancias de la iniciativa privada. Por eso la intelectualidad es percibida como un eje cultural que civiliza al pueblo, señala rutas y deficiencias al gobierno, canta las virtudes de la patria, imprime un sello peculiar de nacionalidad a lo mexicano y opera como una suerte de cerebro electrónico del poder en lo relativo a la memoria histórica de la clase dominante.
Se localiza también una corriente derechista integrada por per- soneros directos de los intereses del gran capital y de la embajada norteamericana. Voceros del macartismo, refugiados en las tradiciones más sombrías del pensamiento de la reacción mexicana desde la época de la insurgencia, 62 difunden odio, confusión y anticomunismo a través de la gran prensa, Televisa y radioemisoras. Aunque los vientos no soplan a su favor, cuentan con poderosos medios modernos de comunicación a su servicio y apoyos, de dentro y fuera del aparato estatal, para influir sobre el pensamiento colectivo y orientar las conciencias en un sentido antihistórico, antiprogresista y proyanqui. Son admiradores de Pinochet, como ayer de Díaz Ordaz, de la cristiada, de Maximiliano, de la invasión norteamericana, de la Inquisición y de los virreyes.
Finalmente, la corriente crítica puede ser caracterizada por su afán develatorio de la naturaleza de la sociedad capitalista desde sus orígenes, su desarrollo y crisis; reflexiona sobre los efectos que los mecanismos del funcionamiento capitalista imprimen sobre las artes, las ciencias, la cultura, los valores morales. Para esta corriente la realidad se desenvuelve merced a contradicciones y a cambios graduales que suponen y prefiguran saltos bruscos hacia tipos históricos de sociedad cualitativamente superiores. La corriente crítica asume conscientemente los nexos éticos y políticos entre producción intelectual y praxis histórico-social; concibe, por ello, su papel histórico ligado a la concientización y organización de los trabajadores. De ahí la necesidad de revisar críticamente todo el proceso histórico en su conjunto para extraer las constantes y variantes de la cultura dominante sobre las masas y las formas de asimilación y producción creadora de ésta sobre la cultura dominante. La corriente crítica asimila lo universal, pero enraizado en lo nacional como prerrequisito de desalienación cultural y palanca de movilización autonomista.
En la corriente crítica confluyen intelectuales de las más diversas especialidades y posturas filosóficas. Su diversidad expresa la riqueza y complejidad de contradicciones del México actual. Sin embargo, un hilo conductor los traspasa: la búsqueda de opciones positivas y revolucionarias a la crisis global del sistema de la corriente crítica (junto con individuos de las corrientes 1 y 2 que evolucionen), podrá, en el futuro próximo, constituirse un verdadero intelectual orgánico, siempre que los partidos de izquierda integren sólidamente el trabajo manual y el trabajo intelectual.
Notas:
1 Cosío Villegas, Daniel, La Constitución de 1857 y sus críticos, México, SepSetentas , 1973.
2 Esta ala se formó con ex magonistas metidos a carrancistas aglutinados alrededor del héroe de Cananea, general Manuel M. Diéguez.
3 Cosío Villegas, D., Op. Cit., p. 52: Para Justo Sierra la Constitución del 57 “era un bello ideal”.
4 Ibid., p. 70.
5 Brillante estudio sobre los “Siete Sabios” el de Enrique Krauze: Caudillos culturales en la Revolución mexicana, México, Siglo XXI, 1976. Daniel Cosío Vi- llegas, Memorias, México, J. Mortiz, 1976, p. 49 a 73, relata su contacto con los "Siete Sabios” y el papel de éstos como intelectuales funcionarios. James y Edna Wilkie, México visto en el siglo XX, México, Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas, 1969. Testimonios de Gómez Morín sobre los "Siete Sabios” (p. 152) y de Lombardo Toledano (p. 259).
6 Cockroft, J. D. Los precursores intelectuales de la Revolución Mexicana. México, siglo XXI, 1974.
7 Vasconcelos, José, Ulises criollo; La flama; Breve historia de México. Luis Cabrera (Blas Urrea), En defensa de Carranza, México, el autor, 1920; México, 20 años después, México, SPI, 1933. Secretaría de Relaciones Exteriores, Labor internacional de la Revolución constitucionalista de México, México, Imprenta de la Secretaría de Gobernación, s. d. (quizá 1920). También: Arnaldo Córdoba, La ideología de la Revolución mexicana, México, Era, 1974. Manuel Gómez Morín. Ver: Krauze; Wilkie. Vicente Lombardo Toledano: Krauze, Wilkie. También: Víctor Manuel Villa- señor, Memorias de un hombre de izquierda, México, Grijalbo, 1976, 2 Vs., T. II, p. 101 y 192. Testimonios sobre el lombardismo; Gerardo Unzueta, Lombardo Toledano y el marxismo-leninismo, México, Eds. de Cultura Popular, 1966. Martín Luis Guzmán, A orillas del Hudson; El águila y la serpiente; La sombra del caudillo; Memorias de Pancho Villa. Alberto J. Pani, Apuntes autobiográficos, México, SPI, 1945; también: Los orígenes de la política crediticia, México, Atlante, 1951.
8 La rebelión delahuertista (30 de nov. 1923-marzo 24), arrastra al 40% del ejército y a 102 generales de los más connotados. Contra la reelección de Obregón a fines de 1927, se pronuncian los generales Gómez y Serrano. En 1929 más de la mitad del ejército es levantado contra Calles por los generales Escobar y Manzo. Más de 200 cabezas de generales adornan el martirologio oficial. Ver: Varios, Historia general de México, México, El Colegio de México, 1976, t. IV, pp. 116-122. Para detalles historiográficos y militares: Jesús Romero Flores, Anales históricos de la Revolución mexicana, México, El Universal Gráfico, 1938, 6 Vs., t. III. También: Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo (una historia jocosa “de la misma cosa”: Ibargüengoitia, Jorge, Los relámpagos de agosto).
9 En varios estados donde arraigó el zapatismo, desde 1922 (Michoacán) se formaron ligas de comunidades agrarias. Se contaban 15 para 1926. El 15 de noviembre de ese año, en representación de 400 mil campesinos y obreros agrícolas, se integró la Liga Nacional Campesina, con dirigentes exzapatistas, radicales y comunistas. Su comité ejecutivo quedó integrado por: Luis G. Monzón (diputado constituyente, senador miembro del CC del PCM); Diego Rivera (pintor, miembro del CC del PCM); Úrsulo Galván (dirigente agrario de Veracruz y del regional del PC); general Pedro Rodríguez Triana (exzapatista); José Guadalupe Rodríguez (maestro rural, dirigente agrario de Durango, miembro del CC del PCM). El Machete, No. 55 —22 de noviembre de 1926—. No obstante el papel básico de la LNC contra los cuartelazos y contra la cristiada, por su programa radical de clase fue sometida a represiones por parte del gobierno. El 27 de abril de 1926 el ejército fusiló a Primo Tapia y a todos los dirigentes de la Liga Agraria de Michoacán (ver: El Machete, 3 de junio de 1926. Apolinar Martínez Mújica, Primo Tapia, México, SPI, 1946). El 1o. de mayo de 1929, Calles ordenó fusilar a José Guadalupe Rodríguez y a todo su estado mayor no obstante haber sido pieza clave contra la rebelión de Escobar. (José Cuadros Caldas, El comunismo criollo, Puebla, Loyo, 1930, p. 12; Valentín Campa, Mi testimonio, p. 69, dice que fue fusilado el 14 de mayo. En la historia publicada por El Colegio de México, t. IV, p. 138, se omite cuidadosamente la verdad al callar las masacres oficiales contra el movimiento campesino) . Ver: José Revueltas, Los muros de agua. Testimonio literario de la prisión que sufrieron dirigentes comunistas en las Islas Marías.
10 Jean Meyer, La cristiada, México, Siglo XXI, 1974, 3 Vs.; Larin, N., La rebelión de los cristeros, México, Era, 1968.
11 La crisis política se agudizó con la crisis económica de 1929-1936, en medio de masacres y pujantes movimientos sociales que prefiguraban la posibilidad de una crisis revolucionaria que el cardenismo conjuró con las profundas reformas estructurales. Ver: Argüello A., Gilberto, En torno al poder y a la ideología dominantes en México, Puebla, UAP, 1976, pp. 42-43.
12 El general profascista Nicolás Rodríguez dirigía el grupo paramilitar Camisas Doradas que fue enfrentado por el PC el 20 de noviembre de 1935. Luego, la rebelión del general Cedillo, que fue denunciada y desarticulada por la participación del PC y el gobierno. Campa, Valentín, Mi testimonio, México, Eds. de Cultura Popular, 1978. pp. 108 y 154.
13 Julio Scherer García, La piel y la entraña (Siqueiros), México, Era, 1965, pp. 82 a 87. Luchas mineras en Jalisco: J. Cuadros Caldas, Op. Cit.; Rosendo Salazar, Historia de las luchas proletarias, México, el autor, 1956 y 1958, 2 Vs.; Moisés González Navarro, La Confederación Nacional Campesina, México, Costa Amic, 1968; Julián Valdivieso Castillo, Historia del movimiento sindical petrolero en Minatitlán, Veracruz, México, Imprenta Mexicana, 1963. También B. Traven, La rosa blanca y La rebelión de los colgados (novelas).
14 Alfonso Toro, La Iglesia y el Estado en México, México, AGN, 1927; Meyer, La cristiada; Larin, La rebelión de los cristeros; Emilio Portes Gil, Autobiografía de la Revolución mexicana.
15 Cosío Villegas describe ese “espíritu de cruzada” que se adueñó de Vasconcelos, ateneístas y “Siete Sabios”, Memorias, p. 86.
16 Monsiváis, Carlos, “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX”, en Historia general de México, El Colegio de México, t. IV, p. 338 (excelente trabajo).
17 Siqueiros, D. A., Memorias, Me llamaban el coronelazo, México, Grijalbo, 1977. Señala varios nombres de pintores y artistas soldados que pelearon con Diéguez y con el carrancismo; Silva Herzog, Jesús, Una vida en la vida de México, México, Siglo XXI, 1976, señala la trayectoria de muchos intelectuales; J. D. Cockroft es quien mejor trata el proceso de la intelectualidad del grupo magonista.
18 Monsiváis, C. “Notas... p. 50; Cosío Villegas, Memorias, p. 70.
19 A. Molina Enríquez, Los grandes problemas nacionales, México.
20 Ver (entre muchísimos): Los presidentes de México ante la nación, México, Ed. Cámara de Diputados, 1970; Varios, México 50 años de Revolución, México, F.C.E., 1961-1962, 4 Vs., t. I y IV; Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México, México, Espasa-Calpe, 1942; Luis Echeverría, Praxis política, Discursos durante la campaña presidencial de...” PRI, 1970; Carlos Fuentes, Tiempo mexicano, México, J. Mortiz, 1975; Daniel Cosío Villegas, La sucesión presidencial, México, J. Mortiz, 1975; Id., El estilo personal de gobernar, J. Mortiz, 1976; Conferencia Pedagógica Comunista, Hacia una educación al servicio del pueblo, Resoluciones, México, Imprenta Mundial, 1938; Carlos Monsiváis, Días de guardar, México, Era 1970.
21 Rerum Novarum, Encíclicas, México, Populibros La Prensa, 1962; ver, también: Alfonso Toro, Larin.
22 Ricardo Pozas, Juan Pérez Jolote; Ricardo e Isabel Pozas, Los indios en las clases sociales de México, México, Siglo XXI, 1970. También: Mariano Azuela, Andrés Pérez, maderista, Los de abajo, El camarada Pantoja; Juan Rulfo, El llano en llamas, Pedro Páramo; José Revueltas, El luto humano; B. Traven, La rebelión de los colgados; Rosario Castellanos, Balún Canán, Obras que dan cuenta del resquebrajamiento de las sociedades rurales por el impacto de la Revolución.
23 Mario Gill, México y la Revolución de Octubre, México, Eds. de Cultura Popular, 1972; Adolfo Gylli, La Revolución interrumpida, México, El Caballito, 1973. Habla de la “comuna de Morelos” pero no subraya la tremenda importancia del proletariado agrícola, aunque lo considera. Ver: Sergio Cortés S., Pueblos y haciendas del Estado de Morelos, México, Facultad de Economía, tesis profesional, 1977 (estudio detallado de las raíces sociales del zapatismo).
24 M. N. Roy contribuyó a formar el Partido Socialista Mexicano y junto con Borodine, hacia fines de 1919, el Partido Comunista. Detalles del proceso y el ambiente político mexicano y mundial. Ver: M. N. Roy, “Michel Borodine en Amérique 1919”, en Contribution á Histoiredu Comitern, recopilación de Jacques Freymond, Genève, Institut Universitaire des Hautes Études Internationales, Libraire Droz, 1965. También: Rafael Carrillo, “Los partidos políticos en México”, Revista Futuro, No. 107, México, 1947.
25 Monsiváis, Carlos, “Notas...”, pp. 388 a 397. También: D. A. Siqueiros, Memorias; Rafael Carrillo A., Siqueiros, México, SepSetentas, 1974, No. 160; Raquel Tibol, Documentación sobre el arte mexicano, México, FCE, 1974; J. Silva Herzog, Una vida... pp. 70 a 190; Raquel Tibol, Julio Antonio Mella en El Machete, México, Eds. de Cultura Popular, 1968; Leopoldo Zea, La filosofía en México, México, Libro Mex, 1955; Eli de Gortari, La ciencia en la historia de México, México, FCE, 1963; Luis Villoro, La cultura mexicana, México Historia mexicana, No. 38, 1960; Varios, México, 50 años de Revolución, t. IV, “La cultura”; Patrick Romanell, La formación de la mentalidad mexicana, México, El Colegio de México, 1954; Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Postdata, Poesía en movimiento; El Popular, Mesa redonda de los marxistas mexicanos, México, febrero de 1947.
26 Calixto Rangel Contla, La pequeña burguesía en la sociedad mexicana (1895- 1960), México, UNAM, 1972; Gloria González Salazar, Subocupación y estructura de clases sociales en México, México, UNAM, FCPyS, 1972.
27 Valentín Campa, Mi testimonio, p. 101: “a partir de la crisis del Partido iniciada con la política de ‘unidad a toda costa’ del pleno de junio de 1937, se descartó todo planteamiento de una nueva revolución [...] hasta el XIII Congreso, en 1960, y especialmente en el XVI (1970) cuando se rechaza la continuidad de la Revolución mexicana de 1910-1917 y se afinó la perspectiva de la nueva revolución democrática y socialista..."
28 Monsiváis, C., “Notas...”p. 390.
29 Gunder Frank A., Lumpemburguesía, lumpendesarrollo, México, Era, 1970; Orlando Fals-Borda, Ciencia propia y colonialismo intelectual, México, Nuestro tiempo, 1970.
30 Ariel José Contreras, México 1940: industrialización y crisis política, México, Siglo XXI, 1978; A. Shulgousky, México en la encrucijada de su historia, México, FCP, 1967; Arnaldo Córdova, La política de masas del cardenismo, México, Era, 1973.
31 Conferencia Pedagógica Comunista, Resoluciones, 1938, p. 72.
32 Robles G., “El desarrollo industrial en México”, en México, 50 años de Revolución, t. I, pp. 169-70.
33 Rómulo Rosales Aguilar, El Delito de disolución social, México, 1959, Miguel Contreras Torres, La Revolución pasó a la historia, México, SPI, 1962; Clark W., Reynolds, La economía mexicana. Su estructura y crecimiento en el siglo XX, FCE, 1973.
34 Víctor Bravo Ahuja, “La educación técnica”, en México, 50 años de Revolución, t. IV, p. 159.
35 Hitlodeo fue el filósofo que descubrió UTOPIA y Amauroto, la capital de esta isla perfecta; Thomas Moro (y otros), Utopías del Renacimiento, México, FCE, 1964; Eugenio Ímaz, Topía y utopía, México, FCE, 1946. Luis Spota, Casi el paraíso, 1956.
36 Antonio Luna Arroyo, “Las artes plásticas”, en México, 50 años... t. IV, p. 260.
37 Ibid.
38 Monsiváis, C., “Notas...”, p. 414.
39 José Steinsleger, Imperialismo y sindicatos en América Latina, Puebla, UAP, 1976; George Morris, La CIA y el movimiento obrero, México, Grijalbo, 1967, Col. 70, No. 12; Fred Hirsch, La CIA y el “sindicalismo libre” en América Latina, México, Universidad Obrera Vicente Lombardo Toledano, 1975.
40 Octavio Paz, El laberinto de la soledad, p. 155.
41 Narciso Bassols, Obras, México, FC, 1964; V. M. Villaseñor, Memorias...; Silvia Herzog, J., Una vida en...,p. 261, relata cómo, en 1943, publicó en Cuadernos Americanos su ensayo “La Revolución mexicana en crisis”.
42 El Popular, 22 de noviembre de 1947.
43 Partido Popular, La situación política de México con motivo del conflicto ferrocarrilero, (VLT), México, 30 de abril de 1959, p. 19.
44 Campa, V., Mi testimonio, pp. 131 a 135; también, Campa: “Las grandes consecuencias del IV Consejo de la CTM y el pleno del PCM del 26 al 30 de junio de 1937”, en Nueva Época, Año VII, Nos. 11-12, nov.-dic. 1969, pp. 58 a 64 (en este número se publica la carta del PCM al VII Congreso de la Internacional, octubre 1935, política del Frente Popular).
45 Ibid., Mi testimonio, pp. 162-63.
46 PCM, XIII Congreso Nacional Ordinario, Resoluciones, 31 de mayo 1960; PCM, XIV Congreso Nacional Ordinario, Resoluciones, 19-23 diciembre, 1963; PCM, XVI Congreso Nacional Ordinario, Resoluciones, noviembre, 1970; Amoldo Martínez Verdugo, Trayectoria y perspectivas, México, Eds. de Cultura Popular, 1971.
47 Revueltas, José, El luto humano, México, Novaro, 1970, p. 47.
48 Sergio de la Peña, Estado, desarrollo y proletariado, Puebla, UAP, Serie Controversia, No. 14, p. 24.
49 Revista Problemas de Latinoamérica, Vol. III, No. 13, 20 de nov. 1956 (Director: Manuel Marcué Pardiñas), “La ocupación militar del IPN”
50 Gabriel Careaga, Los intelectuales y la política en México, México, Extemporáneos, 197, p. 78; texto de V. Flores Olea tomado de El Espectador, sin fecha.
51 PCM, XIV Congreso, Por la revolución democrática de liberación nacional, diciembre 1963.
52 David Alfaro Siqueiros, “Palabras”, 6 de marzo 1960 (Introducción al libro), denuncia de 20 presos políticos a los cuatro años y medio de cárcel preventiva; Su administración de injusticia, México, Eds. La Trácala, 1963.
53 Partido Popular, La situación política...; Antonio Alonso, El movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, México, Era , 1972; Gerardo Unzueta. No olvidemos el 28 de marzo de 1959, Nueva Época, Año I, No. 1, 1961; PCM, Resoluciones del pleno de julio-agosto del CC acerca de las huelgas ferrocarrileras de marzo-abril, México, ed. del CC, 15 de agosto de 1959.
54 Conferencia latinoamericana por la soberanía nacional, la emancipación económica y la paz, Boletín, No. 3, 15 de febrero de 1961; Documentos, marzo 1961: Asamblea Nacional del Movimiento de Liberación Nacional, Bases Generales, 4-5 agosto 1961.
55 Ramón Ramírez Gómez, “El movimiento estudiantil de 1968, México Era, 1969, 2 Vs., t. I, p. 24.
56 El Día, 27 de agosto de 1968.
57 Gustavo Díaz Ordaz, “IV Informe presidencial”, lo. de septiembre de 1968, en El Día, 2 de septiembre de 1968, Suplemento.
58 "Respuesta del Consejo Nacional de Huelga al IV Informe presidencial”, en El Día, 9 de septiembre de 1968.
59 V. L. Lenin Materialismo y empirocriticismo, México Grijalbo, 1966.
60 Justo Sierra, Obras completas, t. IX, Ensayos y textos elementales de Historia, México, UNAM, 1977, p. 123.
61 Eli de Gortari, (Ciencias y conciencias en México (1767-1883), México, SepSetentas , No. 71, 1973, p. 97.
62 Gastón García Cantú, El pensamiento de la reacción mexicana, México, 1972.
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