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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1978 Segundo Informe de Gobierno. Mensaje. José López Portillo

1º de Septiembre de 1978

Honorable Congreso de la Unión:

Doce meses son pocos, muy pocos para la historia de una Nación Doce meses pasan rápido para aquellos que los disfrutan y los gozan pero qué largos y amargos son para quienes los soportan y sufren.

Han transcurrido doce meses en los que prevaleció la institucionalidad como norma de convivencia. Realizamos aspiraciones, dilatamos el horizonte; pero también hubo fallas y demoras; lejos estamos de ser perfectos; pero legítimamente aspiramos a la perfección. Unos vivimos bien, muchos vivieron mal.

Un año en el que enriquecimos nuestra vida política y aun nuestras libertades; pero un año en el que por una o por otra razón, por la crisis o su combate, no avanzamos en la redistribución de riqueza; en el que no pudimos darle ocupación a todos los que querían trabajar. En el que, tal vez, se hayan acentuado algunas desigualdades, contrariando nuestra voluntad de justicia. Y eso es lo que más hiere los sentimientos de la Nación.

Libertad y justicia. Conceptos paradigma, que a pesar de decirse y oírse muchas veces, no se gastan; dan sentido al mundo y a la vida; su valor perdura en el tiempo, aunque en él no se den. Lo que se desgasta es nuestro derecho a decirlos; nuestra oportunidad para consumarlos.

El privilegio de la libertad se vuelve rutina y, en ella, nos acostumbramos a la desigualdad, que ya no distinguimos. No sabemos el bien que tenemos porque no lo hemos perdido, y somos indiferentes ante el mal de los demás, porque no lo hemos padecido. Perder la capacidad de percibir la injusticia y el sufrimiento, es el principio del fin. Perder la libertad por la injusticia, es el final.

Nada ni nadie nos es ajeno. Encogerse de hombros ante la desigualdad, ante el desempleo, el hambre, la ignorancia, o la inseguridad de un mexicano, es aturdir el entendimiento, caer en la inconsciencia y anular el espíritu. Es cancelar el futuro.

Queremos un porvenir para la Nación. Tenemos derecho y voluntad de bien. Los haremos valer con la razón y el sentimiento, para atemperar opulencia y miseria, sin perder la libertad.

Antes de 1968 nada más veíamos todo lo que había logrado la Revolución Mexicana: bases jurídicas, ideológicas y políticas, que permitieron construir, en poco más de medio siglo, una Nación cuatro veces más grande en su población, crecida en y por obra de la misma Revolución y definida en su personalidad; capaz de brindar satisfactores a una proporción cada vez mayor de sus habitantes; una Nación que había atamado su posición independiente y pacifista; reparto agrario, derechos laborales, nuevas ciudades, carreteras, presas, fábricas, escuelas, hospitales, puertos, recursos materiales, crecimiento económico que duplicaba el de la población. En suma, el país triunfador de la primera Revolución Social del siglo XX.

Después de 1968, todo fue descubrir y describir horror e insuficiencia, explotación y desgracia, desgarrarse las vestiduras. Nada está bien. Todo está mal. De un momento a otro, pasamos del milagro al malogro mexicano.

!Basta ya! No persistamos en la aberración de negar lo más puro de nuestra historia: nuestra Revolución. Tampoco se crea que si ya se hizo, ya se acabó. Tenemos que realizarla y ganarla todos los días. Tiene causa y cauce; no la inmolemos ante nuestra incapacidad de hacerla vigente. Es valiosa, aunque seamos incompetentes para convertirla en realidad y júbilo. Es lo mejor que hemos hecho los mexicanos, desde que lo somos y para ser mejores. Luchemos para engrandecerla y merecerla.

Qué importante que nos preocupe lo mucho que falta por alcanzarse; pero qué grave, que por lo que no hemos hecho, desestimáramos las gestas heroicas del pueblo mexicano.

Sus conquistas y su gallardía no son historia libresca, celebración alegórica o declaración de ideólogos; vienen de tiempos remotos y son sustento y sustancia de nuestra proyección trascendente; las vemos en el campo, en la ciudad, en las fábricas, en las casas, en las calles y en las caras del pueblo. Ahí nos miramos a nosotros mismos. Esa es nuestra vara de juicio y justicia.

En la historia, entonces virgen, de los movimientos sociales, emerge nuestra Revolución, sin ortodoxias geométricas ni moldes sofocantes, porque se origina en la entraña misma del pueblo; sin planear dictaduras, porque de combatir una, nace; sin admitir imposiciones extranjeras, porque en la descolonización se explica; sin confabular con ninguna potencia, porque es antiimperialistas, y encuentra la fórmula de hacer síntesis dialéctica de lo social y lo individual, y transformar la Revolución en Constitución y la Constitución en instituciones dinámicas. Con ellas y con las leyes generales que democráticamente votamos, tenemos los instrumentos para proseguir con el reparto de la riqueza pública y el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.

Objetividad es lo que necesitamos. Ni el optimismo desbordante: -el vaso está medio lleno-, ni el pesimismo asfixiante: -el vaso está medio vacío.- Tenemos vaso; está a la mitad. Vaciarlo o llenarlo depende de nosotros. En nuestras manos está.

No obstante la pesada vecindad de nuestra geografía; no obstante la difícil herencia que como Nación recibimos, el México de la Revolución ha sabido colocarse entre las naciones más consistentes, más respetadas y más libres del mundo.

Tenemos que convertir las normas en realidades para más de 64 millones de mexicanos, que a fines de siglo seremos más de cien. Según hayamos actuado, estaremos en tierra fértil y campos arados o suelo yermo y ocioso; en gigantes ciudades deformes y minúsculos poblados dispersos o en armonioso equilibrio urbano y rural; con precios que se disparan y se subsidian o con costos reales, poder adquisitivo y ganancias lícitas; en páramos improductivos o en complejos industriales y vergeles; con niños tristes que se enferman o con una infancia feliz; con ricos ahítos, que viajan a comprar predios en el extranjero; con jóvenes obsesionados por la impotencia, que matan y mueren, sabiendo que así no conseguirán lo que buscan; o con un pueblo sano y equitativo, cada vez más informado, que conoce ya estas diferencias y las impugna, y que reclama disfrutar los dones de la vida. En fin, es optar porque todo siga igual o por el modelo que diseñamos juntos y que sea el fruto de nuestros triunfos y tropiezos; de nuestras posibilidades y competencia.

La tarea es ahora menos difícil que cuando empezamos; pero más delicada. Las perspectivas son promisorias y la gama de alternativas extensa; por ello mismo, elegir es más comprometido y equivocarse más grave.

Estamos por superar la crisis económica que tuvo su momento más dramático a fines de 1976. la hemos sabido afrontar. Era lo urgente.

Vamos ahora a enfrentar lo importante, lo más serio que ha vivido México en toda su historia: la crisis de fondo, el problema social.

Ya pasó lo peor. No descendemos caminos; afiancemos lo que hemos logrado. No lo tiremos, para volver a empezar. Tendríamos que arrancar desde más abajo y dentro de mucho tiempo estaríamos en donde ahora nos hallamos, pero con más cicatrices, menos fuerza y más

rencores. Ahora que estamos en calma, notamos lo que antes, por la vorágine, no podíamos ver. Hay trabas y obstáculos, que debemos y podemos rectificar.

Organicemos a nuestra sociedad para enaltecer lo que tiene de más valioso: su capacidad de trabajo, esencia misma de su dignidad. Hace años, el derecho al trabajo se planteaba aquí como una declaración de buenas e irrealizables intenciones.

Es llegado el momento de afirmar que esa aspiración es viable. Puede plantearse sin demagogia, como meta nacional a la que deberemos llegar antes de finalizar esta centuria. Y así como la justicia distributiva y conmutativa se expresa constitucionalmente en el derecho del trabajo, corresponde ahora otorgarle ese rango al derecho al trabajo y consagrar en nuestra Carta Magna la justicia social que él entraña. En breve enviaremos muestra Iniciativa a esta Soberanía. De llegar a votarse -y esto lo subrayo-, nos permitiría, por medio de leyes secundarias -y esto es igualmente. importante-, organizar a la sociedad en su estructura y funciones para hacerlo efectivo.

Los tiempos por venir, exigen claridad en las metas que queremos, constancia en el esfuerzo y firmeza en las convicciones.

Revalorado el trabajo y sus derechos, tengamos conciencia de que. producir y distribuir tienen que ser simultáneos. Ahí la justicia distributiva se expresa en salarios, precios y utilidades. Es la redistribución la que completa la justicia social. Toma forma en fisco y gasto público. La administra un Estado de derecho, que no puede concebirse como padre omnipotente y ni siquiera como gendarme protector, y que sería inoperante, si entre sus componentes, pueblo y Gobierno, no hay, además, solidaridad, entendimiento y acción común.

Por primera vez en nuestra historia tendremos la oportunidad de disfrutar autodeterminación financiera. Una vez que corrijamos insuficiencias y deficiencias, estaremos en condiciones excepcionales de aprovechar recursos aquí originados, si sabemos evitar que en nuestra economía de mercado oferta y demanda desborden la libertad y enfrentando los intereses de los grupos sociales propicien y se aprovechen del desorden; combatir las sucias jugadas de los especuladores monetarios y procurar el uso y terminar el abuso de la propiedad privada, para no inhibir los derechos sociales.

Por ello es imperativo atender los sectores productivos con especial interés.

En materia agropecuaria y forestal organicemos para producir más y mejor. No combatamos la riqueza, sino la injusticia.

Ahora sí, marchemos al mar. Su respuesta será generosa.

Impulsemos la producción industrial para satisfacer demandas populares, ampliando el mercado interno en su base para exportar, no sólo para sustituir importaciones, aprovechar la capacidad instalada y absorber fuerza de trabajo.

Hemos proclamado que es esta la generación heredera que aprovechará los recursos petroleros como apoyo para mejorar la calidad de la vida en México. Sin ambiciones excesivas, no aspiramos casi al paraíso, sino a un país en el que haya seguridad y decoro. Es válido y posible.

Estoy por ello obligado a decir, con el pormenor que la ocasión permite, cómo lo vamos a hacer.

Garantizaremos primero que haya excedentes, lo que obliga a orientar la economía y el financiamiento del desarrollo a ese propósito.

Deberemos usar los excedentes para fortalecer al Estado y para proteger y aumentar el patrimonio de la Nación, mediante programas preferentemente de largo plazo, que vislumbren el siglo XXI.

Los dedicaremos a las prioridades nacionales ya establecidas. No hay otras porque haya recursos. Estos son para aquellas.

Definiremos oportunamente los proyectos. Hemos dicho que una de las características del subdesarrollo es precisamente la ausencia de proyectos. Sería paradójico que por no tenerlos, tuviéramos que exportar capitales o acelerar el consumismo.

Tendremos que disponer de tres tipos de ellos: unos de expansión o modificación de la actual infraestructura, que es lo que más pronto deja mayores beneficios; otros nuevos, que elevan el nivel y forma de vida de los mexicanos, particularmente seremos marginados y que garanticen una solución permanente por y para el empleo productivo y justamente retribuido y proyectos de investigación y tecnología, que mediante financiamientos estimulantes, impulsen el desarrollo industrial y rural.

Desarrollaremos micro regiones, con infraestructura y apoyos directos a la agricultura y a la agroindustria, así como acciones en como lo que quieren. Sean cuales fueran las ideas que se profesen, se puede contribuir a la evolución democrática siempre y cuando no se crea que, quien difiera de ellas, no tiene derecho a hacerlo. Desconfiemos de los absolutistas y de los déspotas que se creen infalibles.

Ya nos conocemos y ya conocemos a los desnacionalizados, a los que ante cualquier parpadeo, frente al asomo del más mínimo riesgo, quieren asegurar sus posiciones y sus posesiones y traman llevarse su dinero. Que se vayan con él, adonde crean que más valga y supongan que ellos valen algo. Les hemos pedido que no nos estorben. Nosotros nos quedamos a seguir construyendo la Patria. Tal vez sus hijos se quieran quedar con nosotros.

Las condiciones que nos permiten visualizar un México en que se viva mejor, coinciden con la participación institucional de más corrientes ideológicas en las decisiones nacionales. Vale la pena abrir nuevas y libres oportunidades a quienes bajo la influencia de algún móvil político se encuentran recluidos o prófugos porque incurrieron en delitos o formaron grupos de disidencia extrema, pero que no han intervenido en la comisión de delitos contra la vida o la integridad corporal. Con ese propósito enviaré a este Honorable Congreso la Iniciativa de Ley de Amnistía, que beneficie a los que pensando en la solución de sus problemas y en la de los demás, surgidos de marginaciones sociales y económicas, que infortunadamente todavía existen, manifestaron su inconformidad por la vía equivocada del delito. Con dicha Iniciativa busco que estos mexicanos vuelvan a sus hogares, se reintegren a la actividad ciudadana que el país reclama y concurran a las responsabilidades del quehacer nacional. Renovemos con ellos, nuestros afanes.

Esto, señores, estaba escrito desde hace días, antes de últimos y reprobables acontecimientos. Hemos meditado cuidadosa y responsablemente en este grave asunto, en el que puede estar en juego la gran conciliación nacional. Y al ver a las madres que entran en huelga  hambre buscando a sus hijos -hijos todos mexicanos, todos jóvenes, iguales que nuestros propios hijos, ¡nuestros propios hijos, y a otras enlutadas, he ratificado mi decisión: los minúsculos grupos e intereses que todavía no desentrañamos en dónde se arraiguen, no pueden frustrar la posibilidad de que el país, olvidando en todos los ámbitos, tenga el derecho a estrenar tiempos vírgenes.

Por esta razón ratificamos nuestra voluntad de iniciar esta Ley de Amnistía.

Tengo la seguridad de que hoy, como ayer, con Juárez, Lerdo de Tejada y Cárdenas, una Ley de Amnistía hará más sólida y productiva nuestra paz social y política.

No abrigamos la quimera de la desaparición de los problemas. Únicamente las sociedades muertas carecerían de ellos, pues aun las sociedades que se estancan o se extinguen, los arrastran en su indefectible decadencia. Una sociedad en desarrollo, obviamente tiene conflictos; que no son otra cosa que sus signos vitales; pena y satisfacción, dolor y alegría. Nosotros tenemos vida y tenemos un reto, volver certidumbre la esperanza.

Resolvamos libremente qué queremos hacer con nuestra libertad. El año 2000 está, de hoy, a la misma distancia que 1956.

Las tensiones mundiales, en nuestra Nación, tenemos que resolverlas nosotros. Y nosotros somos los mexicanos, los que admitimos el honor y las consecuencias de serlo; hijos de la misma tierra; por nuestras venas corre la sangre de siglos de nuestras razas primigenias y de nuestra vocación mestiza. Tenemos historia y tenemos destino.

Aquí estamos y apenas comenzamos. Con la inspiración y guía del legado de nuestros mejores hombres de 1810, de 1857, de 1910 y con la voluntad, la acción y el patriotismo de los mejores contemporáneos.

Queremos:

Una sociedad más justa; Un país más libre;

Una Nación más nuestra.

Con perseverancia, con inteligencia, con entereza y con optimismo, hagamos:

Más suficiente nuestra independencia económica; Más sólida nuestra soberanía política:

Más rica nuestra convivencia; Más grande a la Patria.

Por nuestros hijos;

Por México y para México.

¡Viva México!

¡VIVA MÉXICO!