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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1975 Discurso de Inauguración de la Conferencia del Año Internacional de la Mujer. Luís Echeverría Álvarez ante mujeres representantes de 150 países.

          
19 de julio de 1975

Distingue a mi país servir de sede a esta Conferencia. No sólo porque honra alentar el entendimiento y la paz entre todas las naciones, sino además, porque esta reunión promueve un acto de justicia hacia la mitad del género humano y porque nos permite, nuevamente, patentizar nuestra confianza en los trabajos de la Organización de las Naciones Unidas y contribuir al logro de los objetivos que la animan.

El propósito que nos convoca es mejorar la condición de la mujer, encontrar métodos y estrategias que igualen sus oportunidades a las del hombre para incorporarse activamente al desarrollo y participar en todas las tareas que exige el logro de la paz mundial.
 
Estas son las ideas que explican y sustentan a la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer. Y son también, tengo la certeza, los ideales que animan a las delegaciones nacionales y a los organismos internacionales aquí representados.

Es un hecho indiscutible que la mujer ha sufrido distintos grados de marginación a través de los siglos y que aún en el mundo de nuestros días, no goza de una completa igualdad jurídica ni real frente al hombre.

En todos los países, independientemente de su régimen político y social de su grado de desarrollo, la participación femenina en la vida política, económica y cultural es minoritaria.

Esta situación, obviamente, varía en cada país, pero en ninguno de ellos puede afirmarse que el concurso igualitario del hombre y la mujer en estos campos sea un hecho plenamente consumado.

Más aún, con notables excepciones, el trato discriminatorio contra las mujeres existe en todas las clases sociales. Desde las clases privilegiadas de los países ricos, hasta las clases oprimidas de los países pobres. En el primer caso, actúan como sujetos dependientes de un modelo de vida en cuya configuración no han intervenido activamente y, en el segundo caso, como proletarias del proletariado.

Las mujeres de todo el planeta, pese a las diferencias que entre ellas existen, tienen en común la dolorosa experiencia de recibir, o haber recibido, un trato desigual. A medida que cobren conciencia de este fenómeno, estarán llamadas a convertirse en aliadas naturales de las luchas contra cualquier otra forma de opresión. Por esto, la mujer constituye una gran reserva revolucionaria en el mundo de nuestros días.

La adopción de actitudes más racionales y humanas por parte del varón hacia ella, representa también una vigorización del ímpetu transformador. Por el contrario, el hombre oprimido que asume actitudes prepotentes hacia la mujer, reproduce en el seno familiar la conducta de sus opresores y, así, al desahogar equivocadamente su inconformidad, aplaza las posibilidades de su propio progreso.

Hay que estar atentos para impedir que las fuerzas conservadoras se adueñen de las banderas de la mujer o distorsionen su significado. Es necesario evitar que, bajo un erróneo concepto de libertad, se propicie que las mujeres prolonguen voluntariamente el papel marginal que se les ha impuesto, o bien que asuman una conducta libre en apariencia, pero que deja intacta -o incluso ahonda-las causas estructurales de su discriminación. Este género de actitudes no son un medio de superación, sino un estupefaciente para la potencialidad creadora de la mujer.

La voluntad de cambio de la mujer no debe ser desvirtuada. Su liberación no consiste en la aptitud para asumir por su cuenta los patrones de conducta en que se ha sustentado su marginación. Esta sería una interpretación equivocada de su verdadero papel en la construcción de la sociedad futura y no representa, en modo alguno, una respuesta progresiva a su propia problemática.

El sometimiento, aunque sea voluntario, será siempre sometimiento. Y los prejuicios, aunque pretendan encubrirse racionalmente, serán siempre prejuicios. La verdadera misión de la mujer, como la del varón, consiste en luchar juntos contra toda forma de prejuicio y de sometimiento.

Durante muchos años la mujer ha sido juzgada con una escala invertida de valores. Contrariamente a como ocurre con el hombre, se han definido sus virtudes no por sus actos sino, más bien, por sus abstenciones.

Esta moral ambigua es incompatible con la igualdad esencial de todos los seres humanos. Es necesario que cada mujer valga por sí misma, por el trabajo que desempeña, por las ideas que sostiene, por las causas que defiende y no sólo por el apoyo que brinda a las tareas del hombre. Su valor debe ser Intrínseco y no reflejo.

Es imprescindible sustituir la imagen estereotipada del sexo femenino como simple suma de sufrimiento, tolerancia, paciencia, generosidad y prudencia, por otra que incluya la inteligencia, la valentía, la independencia de criterio y la firmeza, cualidades que posee pero ha tenido que reprimir en su propio perjuicio.

Tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo la discriminación de la mujer atenta contra la dignidad humana y debe combatírsele. Pero como las circunstancias existentes en unos y otros países son distintas, distintas han de ser también, en principio, las metas inmediatas y las estrategias de lucha.

No puede ignorarse el trato desigual que reciben las mujeres en los países ricos y los grandes desequilibrios internos que esto ocasiona. Pero suponer que las mujeres de las otras tres cuartas partes del mundo tengan las mismas preocupaciones -cuanto no alcanzan siquiera a satisfacer sus necesidades elementales ni las de sus hijos- implicaría desconocer el verdadero origen del problema e ignorar el ámbito en que sus acciones pueden ser más fecundas.

Sin desestimar el 'valor intrínseco de la lucha que libran las mujeres en los países desarrollados, es indispensable que contemplen los problemas de su género desde un horizonte más amplio y solidario. De poco servirá a la humanidad que ellas mejoren su condición, si su lucha no implica una toma de conciencia respecto de las causas de las clases desvalidas del resto del planeta, que no cuentan con atención médica para los hijos, ni con viviendas higiénicas en las cuales acogerlos, ni con preparación suficiente para orientados en la vida.

Igualmente, de qué servirían -por lícitas que fueran estas conquistas- si se agotaran en sí mismas y pasaran por alto la necesidad de trabajar por erradicar el peligro de la guerra, la discriminación racial, la miseria, la insalubridad y la ignorancia que aún se ciernen sobre la mayor parte del género humano.
Por el contrario, si estas mujeres -me refiero a las mujeres de los países ricos o desarrollados- suman su poderosa fuerza moral a las causas de los países pobres, contribuirán a la estructuración de un mundo más justo y, por ello mismo, al verdadero logro de sus propios objetivos.

Por la aptitud que tienen de actuar en el seno de los países más poderosos del mundo, su actuación solidaria puede ser determinante, por que fa resonancia de sus actos será universal, como universal ha sido la explotación y el dominio.

Estas mujeres -me refiero a las de los países explotadores- están llamadas a ser las contestatarias internas de un sistema que determina una existencia precaria y marginal para la mayor parte de las naciones.

Una alianza de este género, permitirá establecer dos frentes en la batalla única por- la igualdad. Uno, en los pueblos que sufren la injusticia y, el otro, en el centro mismo de las grandes potencias.

Por ello y en la medida en que contribuyan a ese propósito global, estos movimientos merecerán la simpatía y el apoyo de los países en vías de desarrollo.

Por otra parte, el trabajo que realizan los movimientos feministas de los países industrializados, servirá de ejemplo para prever, desde el principio, que nuestro desenvolvimiento económico y social no nos conduzca a la estructuración de una sociedad en la que se reproduzca la disparidad, por razones de sexo, que padecen las sociedades opulentas.
 
Poner fin a la marginación de la mujer requiere que ella adquiera plena conciencia de su situación. Se requiere, también, que el varón reflexione sobre su conducta y modifique su actitud tradicional. Una y otro deben comprender que el destino del género humano es uno sólo y que su mejoramiento exige la unión de sus afanes.

Por eso, esta no es sólo una conferencia de mujeres. Es una conferencia de mujeres y de hombres que trabajan juntos por mejorar la condición jurídica y social de la población femenina.

El varón no tiene por qué ser un opositor a las justas causas femeninas. Mayor resistencia puede existir, incluso, por parte de algunas mujeres que encuentran en la marginación un cómodo refugio; que fincan su seguridad y el respeto a su persona en la adopción de los papeles tradicionalmente atribuidos a su sexo. Desde esta posición, no aceptan fácilmente que la ley proteja a la madre soltera o que se considere igualmente digno de protección al hijo de unión libre. Los hijos son dignos de atención sin importar la conducta de los padres y la maternidad merece cuidado y consideración por sí misma.

Sabemos que la madre es la primera mentora de los hijos y que de ella éstos reciben las impresiones elementales de los valores que rigen la vida social. Es necesario que los niños no perciban a la mujer -en la persona de su progenitora- como un sujeto pasivo, indiferente a lo que ocurre fuera de su contorno familiar. Deben concebirla, no sólo como un ser bondadoso, sino también como un ser activo, interesado en la vida de sus semejantes y partícipe de las transformaciones colectivas Al mismo tiempo, no han de ver en el padre a un ser ausente y ajeno a lo que ocurre dentro del hogar. El menor ha de encontrar en la pareja armonía y comprensión.

La mujer y el hombre tienen idénticas responsabilidades frente a la sociedad y frente a la familia. La primera, debe intervenir con mayor intensidad en los acontecimientos de su comunidad y, el segundo, debe participar más activamente en el desenvolvimiento de una sana vida familiar.

No hay labores propias de la mujer ni del hombre. Hay tareas propias del género humano.

A lo largo de la historia la mujer ha trabajado tan intensamente como el hombre, pero su trabajo no ha sido justamente valorado por qué ha tenido, básicamente, un carácter subsidiario que no le ha permitido influir directamente en las grandes decisiones de la historia.

Se ha dicho que su igualdad plena vendrá como añadidura de su incorporación a la educación y al trabajo. Pero esto sólo será cierto si no nos atenemos únicamente a las cifras sino también al tipo de preparación y al tipo de trabajo que se le brinde.

En tanto la enseñanza que reciba continúe inspirada en viejos prejuicios, ello mismo estará restándole posibilidades de realización y en tanto -como consecuencia de esta misma formación- los trabajos a que tenga acceso sigan siendo simplemente de apoyo a las tareas masculinas, estaremos muy lejos de alcanzar la igualdad que postulamos.

Por otra parte, constituye una falacia sostener que la sola incorporación de la mujer a la fuerza laboral es una fuente de liberación, si al propio tiempo no se modifican las condiciones estructurales del trabajo y de la vida social. De otra manera, la mujer trabajadora fortalecerá el sistema que la oprime y se verá obligada a soportar una doble carga: la que deriva de sus tareas productivas y la concerniente a las labores domésticas.

Como en el origen de la marginación femenina hallamos el ejercicio de la fuerza física, podría pensarse que los adelantos tecnológicos al igualar en términos relativos la aptitud de la mujer y del hombre para desempeñar todo tipo de tareas- conducen, automáticamente, a la equiparación de las oportunidades. Pero no ha sido así.

La inercia psicológica de la opresión ha hecho que el hombre continúe predominando y que, con lamentable frecuencia, si se llega a preferir el trabajo de la mujer es para pagarle un salario inferior al del hombre, por el desempeño de tareas idénticas.

Así se destruye, una vez más, el espejismo tecnocrático de que los adelantos de la ciencia posibilitan, por sí mismos, el progreso del género humano. Ha quedado demostrado, hasta la saciedad, que en tanto no se modifiquen las bases políticas, económicas y morales sobre las que se sustenta la vida contemporánea, estos adelantos sólo benefician a las minorías que los detentan y sirven para hacer más agudos los contrastes entre las islas de la opulencia y los océanos de la pobreza y el desamparo.

La defensa de los derechos de la mujer, como los de cualquier otro grupo que padezca la marginación, conduce a replantear los problemas generales de la humanidad ya emprender un esfuerzo de largo alcance para resolverlos.

No se trata, por supuesto, sólo de adelantar recetas que mitiguen la agudeza de los síntomas y dejen sin tocar las causas que les dan origen. Remediar la situación de la mujer obliga a cambios profundos.

La lucha por el desarrollo y por la plena igualdad de oportunidades para la mujer son tareas complementarias. Para mejorar la condición femenina es imprescindible promover transformaciones sociales en el orden interno y en el orden internacional, pero estas transformaciones requieren, a su vez, una participación creciente de la mujer en todas las esferas de actividad.

No obstante, la mayor parte de los países seguirá estando muy lejos de poder brindar, en la práctica, esas oportunidades, en tamo no se sustituya la política de la fuerza, que aún priva en las relaciones entre los Estados, por una política de principios fundada en la equidad y en una auténtica voluntad de colaboración.

¿De qué servirá reconocer solemnemente que todas las mujeres tienen derecho a igual educación y empleo, si estos requerimientos no podrán satisfacerse en la mayor parte del mundo?

Hay aquí muchas mujeres del Tercer Mundo, que pertenecen a países de las tres cuartas partes de la humanidad. Esta afirmación y esta interrogación es particularmente para ellas: ¿De qué les servirá salir de esta Conferencia con postulados, con aspiraciones y con promesas de igualdad jurídica y económica, si en la mayor parte de sus países -si en la mayor parte de nuestros países-, por la injusta distribución de la riqueza en el mundo, por los regímenes colonialistas y neocolonialistas todavía imperantes, estas aspiraciones no podrán realizarse en nuestros países?

Es inútil ignorar el fondo de la cuestión. No es posible plantear, en términos realistas, la superación universal de los seres humanos, en tanto no demos forma a un nuevo orden económico internacional.

En los países en vías de desarrollo no existen suficientes recursos para incrementar, debidamente, la producción de los alimentos que necesita nuestra población, para extender el servicio educativo, para mejorar las condiciones de nuestras viviendas y para ampliar los servicios sociales y asistenciales.

Hemos dicho que no hay mujer más discriminada que la que no tiene pan, escuela o medicinas para sus hijos y que ésta es la peor forma de explotación y de discriminación femenina. Hoy agregamos que tampoco existe peor forma de discriminación contra el hombre.

Es menester que como resultado de esta Conferencia se reafirme la necesidad de organizar sobre nuevas bases las relaciones entre países ricos y países pobres. De lo contrario, nuestras aspiraciones de justicia, en todos los renglones, se verán nuevamente postergadas.

En México, en América Latina, en los países en vías de desarrollo, hablar de igualdad de derechos y de oportunidades para la mujer, es hablar de igualdad de responsabilidades en la tarea de vencer al hombre, la ignorancia y la insalubridad; de conjurar la amenaza siempre presente contra la independencia política, económica y cultural de las naciones.

Nuestros pueblos padecen condiciones de atraso secular. Los efectos de la injusticia internacional y del colonialismo interno, que aquella alienta, afectan a grandes núcleos de la población. De ahí que la mujer del Tercer Mundo tenga que luchar por iguales condiciones materiales, en ámbitos de escasez; por iguales oportunidades educativas, en territorios donde priva el analfabetismo; y por iguales posibilidades de acceso al trabajo, en países asediados por el desempleo.

A pesar de los esfuerzos realizados durante todo el primer decenio de las Naciones Unidas para el Desarrollo y lo que va del segundo, el nivel de la vida de la población mayoritaria del mundo no ha aumentado de manera sustanciad, por el contrario, en algunos casos ha registrado descensos alarmantes.

Esto es así, porque en las condiciones del intercambio económico prevalece aún la política de la fuerza y porque aún no se ha entendido, cabalmente, que todos los problemas contemporáneos forman parte de una sola trama y que no podrá resolverse ninguno de ellos si no se afronta conforme a una estrategia global.

Si deseamos verdaderamente mejorar las condiciones de vida de las mujeres en el campo y en la ciudad, dotarlas de iguales instrumentos para el trabajo, equiparar a los del varón, sus derechos económicos. y políticos, otorgarles una más amplia participación en las decisiones a nivel local, estatal e internacional y hacer más frecuente su injerencia en la planeación del desarrollo, será necesario vincular muy estrechamente todo lo que hagamos en este sentido a las acciones que desplegamos en otros frentes contra el armamentismo, el neocolonialismo, la dominación extranjera, la discriminación racial, la intromisión en los asuntos internos de otros Estados, la amenaza del uso de la fuerza y por evitar que se viole la independencia, la soberanía y la integridad territorial de los pueblos.

Los anteriores principios constituyen el andamiaje ideológico de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, que fue aprobada por la Asamblea General de la Naciones Unidas con el voto favorable de ciento veinte países, aquí representados. Esta obra de las Naciones Unidas compromete a los países que la suscribimos a trabajar, en lo interno y en lo internacional, a favor de un cambio progresista.

Acatar sus preceptos constituye la mejor garantía para alcanzar una paz auténtica y perdurable y el punto de partida para lograr que los principios de justicia social presidan las relaciones entre todos los países.

Conviene no olvidar en esta hora que las luchas del feminismo constituyen una parte esencial de la tradición revolucionaria del mundo. Pero es igualmente imprescindible discernir, crítica e históricamente, su carácter y su sentido último.

Las batallas del sufragismo en el siglo XIX se inscriben en el ámbito estricto de la legitimidad por el voto de la mujer. Ese proyecto fue justo y legítimo, pero no cabe ignorar que la igualdad en el sufragio fue alcanzada en los grandes países ricos, cuando las clases conservadoras dominantes pensaron que el voto femenino sería mucho más una garantía del orden conservador o una repetición del voto masculino, que una verdadera transformación social. El sistema imperante absorbía así la insatisfacción, desde la apariencia de la equidad, para mutilar sus efectos más profundos.

Lo mismo ocurriría después en el mercado del trabajo. La igualdad de oportunidades se fabricó, pieza a pieza, cuando el sistema de producción necesitó nuevos brazos y la mujer objeto se transformó en la mujer-consumo. Mujer-consumo que creyó integrarse en la libertad cuando venía a repetir, en el fondo, el esquema de alienación y explotación que sitiaba y encarcelaba al hombre en una sociedad fundada en la injusticia.

El problema esencial de nuestro tiempo no está representado ya, en la edad atómica, por la expresión de igualdad de derechos, cosa indispensable, justa y categóricamente inexcusable, sino por un hecho mayor: por la esperanza de que la revolución de la mujer sea una presión decisiva para la transformación de la sociedad y no un medio para repetir los desajustes, desequilibrios e injusticias que hicieron del varón opresor de la mujer, el varón conquistado por la enajenación.

Mientras esto no se comprenda se falsificará, totalmente, el desarrollo de la historia contemporánea, puesto que la liberación de la mujer tiene que integrarse en la liberación del hombre, de las instituciones y los patrones de conducta que han levantado, en nombre del derecho del más fuerte, la marginalización y la alienación como fuente histórica real de la desigualdad.

Si la mujer se queda fuera del gran proceso revolucionario global, no avanzará substancialmente. Conseguirá más derechos que el sistema ya no puede tampoco negarle, pero se incluirá, por otro siglo más, en la misma ciudadela de la enajenación. Sólo un esfuerzo crítico, radical, hará posible la liberación verdadera de la mujer, es decir, la liberación humana y la transformación del orden económico mundial. Todo lo demás no son otra cosa que fases de la integración y la adaptación ideológica o moral, a las posiciones de las clases dominantes.

La violencia, que se halla en el origen de la opresión contra la mujer y que anacrónicamente sigue respaldando a la actual estructura de las relaciones internacionales, debe llegar a su fin. Las armas son una prolongación de la fuerza física, que alcanza su última manifestación en los arsenales nucleares.

Este tipo de sociedad debe ceder el paso a una nueva clase de cultura, que constituya una respuesta a las necesidades auténticas de la especie humana en su integridad. La violencia habrá de inclinarse, finalmente, a la razón.

En la medida en que la fuerza vaya dejando de ser el camino para superar las crisis internacionales y se impongan, en su lugar, el diálogo y la negociación, estaremos accediendo a la configuración de un mundo más justo y más racional, en el que los legítimos derechos de la mujer podrán hacerse valer al lado de los derechos de todos los demás sectores explotados.

Hagamos de esta Conferencia una lúcida, noble y justa jornada para alcanzar formas más elevadas de vida colectiva. Ello dependerá de la medida en que sepamos situarnos en el centro y no en la periferia de los problemas que afronta la civilización en nuestros días.

Los sucesivos avances de la mujer, ya se trate del derecho al sufragio, del abatimiento de prejuicios, de la posibilidad de decidir la procreación y de incorporarse a la fuerza laboral, han sido aprovechados, una y otra vez, por el propio sistema generador de la opresión y seguirá siendo igual, mientras estas luchas no se planteen -junto con el hombre- dentro de un proyecto integral de transformación social.

Las opiniones y recomendaciones que en esta Conferencia se originen, por su indiscutible fuerza moral, por su concurrencia plural y altamente representan ti va, tendrán una enorme trascendencia en el futuro. Influirán profundamente en los patrones de conducta de los jóvenes de hoy y, por lo tanto, afectarán sustancialmente la calidad de la vida de las futuras generaciones. Ellas juzgarán, de manera implacable, lo que aquí hayamos hecho o dejado de hacer en favor de la igualdad, del desarrollo y de la paz.