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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1973 Entendimiento oscuro, clara originalidad. Daniel Cosío Villegas.

 

Pocos serán los mexicanos más o menos "leidos y escrebidos" que no tengan opiniones definidas sobre la política y los políticos de su país. Deberán, sin embargo, llamarse "impresiones" y no opiniones, pues son marcadamente subjetivas, es decir, hijas del temperamento de quien las emite, o, cuando mucho, de su visión personal y del círculo de sus relaciones inmediatas. El fundamento usual que tienen es la lectura del diario, el dicho de otras gentes o el vago recuerdo de un hecho o un dicho del presidente de la República. Rara vez esas "opiniones" son hijas del estudio o siquiera de una reflexión cautelosa que rehúye la generalización extremosa que divide al mundo en una zona de negro azabache y otra de un blanco angelical. Cerca de esas "impresiones" está la opinión "rebuscada", es decir, aquella cuyo autor quiere darle el sustento de algún hecho, y que por no encontrarlo acaba por enunciarla condicional, aun vacilantemente. En fin, están unos cuantos politólogos, incluso de formación universitaria, no pocos de los cuales escriben para hacer política y no exactamente para estudiarla.

Tal vez deban singularizarse dos clases de opinión que tienen un mejor fundamento que las anteriores. La primera procede de líderes obreros que se destacaron hasta llegar a dirigir sindicatos importantes, y que, por una razón o por otra (en general su carácter independiente) fueron expulsados de ellos. Esta experiencia les ha dado un conocimiento íntimo de un aspecto bien importante del sistema político mexicano: cómo manipula el gobierno los lazos que lo unen con las organizaciones obreras. Por desgracia, hasta ahora semejantes opiniones se han presentado tan sólo de un modo ocasional y sin la suficiente congruencia para apreciar su verdadero alcance.
 
La otra fuente de opinión suele proceder de gente joven, en general estudiantes, que siguen con sostenida atención el juego político diario y que tienen una información sorprendente acerca de los principales actores de la política nacional. Como es de esperarse, suele ser tremendamente crítica, y aunque está mejor informada y no carece de cierta reflexión, en general se detiene en los factores meramente personales, sin intentar dar con otros, digamos los socioeconómicos, que pueden explicar inclusive la conducta individual de tales actores. Semejantes opiniones deben considerarse, pues, como una materia prima promisora, que algún día un politólogo profesional aprovechará recogiéndola mediante una encuesta.

Por estas y otras circunstancias, puede decirse que no ha existido en México la investigación sistemática de los problemas políticos nacionales o locales, y ni siquiera el examen serio y ordenado de ellos.

Después de todo, esta situación, por muy lamentable que se la considere, no deja de tener algunos motivos.

Desde luego, al parecer México es tierra poco propicia para el gran pensador y el gran escritor político, hecho extrafino a primera vista porque la nación inicia su vida independiente a la sombra de brillantes escritores políticos: Fray Servando, Mora, Otero, Alamán. Pero ya es significativo que el segundo gran sacudimiento nacional, el de la Reforma, no haya producido un solo escritor político, aunque se dieron entonces los hombres de más talento y de mejores aptitudes literarias que hasta ahora ha tenido el país. Díganlo, si no, Melchor Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada, Ignacio Ramírez, Francisco Zarco, etc. En los albores del Porfiriato apuntan como seductoras promesas los jóvenes Justo Sierra, Telésforo García, Francisco G. Cosmes, y sus mayores José María Vigil e Ignacio Altamirano. Ninguno de ellos, empero, cuaja en un gran escritor político, o sea el que deja algo más que el comentario periodístico ocasional, por oportuno y agudo que haya sido en su momento. En cambio, el responso del Porfiriato lo cantan un sólido escritor político, Emilio Rabasa, y un comentarista brillante y llamativo, Francisco Bulnes. La Revolución Mexicana, la más reciente conmoción que ha sufrido el país, tampoco ha sido fecunda. Luís Cabrera no deja de reunir sus artículos de las postrimerías del Porfiriato y de los inicios de la Revolución en un grueso volumen que titulo ostentosamente Obras Políticas; pero a pesar de su innegable talento y de la eficacia de su pluma, no ofrece un gran lienzo del antiguo régimen y menos un bosquejo de la futura sociedad mexicana. Debe admirarse la perseverancia y los sufrimientos que a los Flores Magón les acarreó su vida de agitadores incendiarios y aun lo que algunos llaman su "pensamiento", pero sería difícil sostener que incluso el mejor de ellos, Ricardo, fue un gran escritor político. Su dominio de la lengua, aun de la gramática, es precario; tampoco alcanza las grandes concepciones generales y ni siquiera cierta congruencia en sus escritos, y menos podría decirse que la lucidez fuera una de sus prendas distintivas.

El hecho extraño de que México haya dado contados grandes escritores políticos tiene, a su vez, una explicación. En efecto, es incuestionable que el país ha producido hombres de clarísimo talento; además, el mexicano se ha interesado vivamente en la política y ha participado en ella al grado de que hasta muy recientemente ha preferido ese oficio a los socorridos de la iglesia y de las armas; en fin, como la historia nacional y local ha sido accidentada, por fuerza ha tenido que atraer su atención.

Sin embargo, a esas tres circunstancias innegables se han sobrepuesto otras. De 1830 a 1876, digamos, los buenos talentos y las grandes plumas cambiaron la profesión del escritor por la del soldado, o pretendieron combinar el ejercicio de ambas, siempre en desmedro de las letras. (De Vicente Riva Palacio se decía que cuando quería combatir, sacaba la pluma, y cuando quería escribir, echaba mano de la espada.) La esperanza que representaron Sierra, Vigil y García se explica porque escribieron cuando el régimen de Díaz aun no había tomado forma y, en consecuencia, incitaba a reflexionar sobre él. De 1888 a 1911 los intelectuales de mayor relieve sirvieron al gobierno de Díaz, y, por lo tanto, se adormeció su espíritu crítico, optando los menos por callar, y los más por cantar las proezas del régimen. La caída de Díaz en 1911 hizo posible los escritos de Rabasa y de Bulnes.

Bastante más insegura es la explicación en cuanto a la historia contemporánea. Ninguno de los miembros del Ateneo de la Juventud tenía un interés verdadero en la política, de modo que su rebeldía se enderezó más bien contra el estancamiento de la cultura en general y sobre todo de la educación superior. De los escritores de la época heroica (1909-1911), cuando el gobierno de Porfirio Díaz era aun lo bastante fuerte para castigar con rudeza a sus opositores, sólo Madero produjo un libro; Cabrera, Ricardo Flores Magón, Juan Sánchez Azcona, etc., se quedaron en el artículo periodístico. Ningún historiador o politólogo, mexicano o extranjero, ha concedido a La sucesión presidencial de 1910 otro valor que el de su oportunidad, pues apareció cuando existía ya una opinión pública desfavorable a Díaz y así ayudó a darle mayores vuelos a la campaña electoral de 1909-1910. Para mí es un gran libro: bien escrito, con un mínimo de demagogia, es el mejor análisis condenatorio del régimen porfiriano, digno pendant de La cuestión presidencial en 1876 de José María Iglesias. Los escritos periodísticos de los otros, siendo en su época de un valor moral ejemplar, y hoy importantes testimonios históricos, poca sustancia ideológica han dejado.

La brillante generación de "1915", o de los Siete Sabios, tampoco ha dado un gran escritor político por las razones que traté de explicar en el prólogo de mi libro Ensayos y Notas. Ni siquiera Narciso Bassols, dos o tres años menor que los Sabios, y con un interés por la política casi obsesivo, supo escapar a la ilusión de que más valía "hacer” algo por el México Nuevo nacido de la Revolución que pensar y escribir acerca de él. Sobre todos ellos, en efecto, obró un factor sumamente desfavorable: cuando eran jóvenes y animosos, cuando su vida era más simple, cuando, en suma, la tarea de escribir largo y tendido hubiera sido relativamente llevadera, admiraban tanto a la Revolución, que su deseo predominante era servirla en la acción. Cuando les vino el desencanto, a unos ya en 1929 y a todos sin excepción en 1940, era demasiado tarde para sentarse quietamente a escribir.

Como no se interesó en atraerse a los verdaderos intelectuales, ni éstos se esforzaron en abrirse paso hasta las posiciones de poder, la Revolución se quedó con los menos dotados, los cuales se dedicaron, sea a cantar sus glorias, sea a servirla como "técnicos".

Sin embargo, la mayor calamidad de todas es la forma peculiar como se hace política en México. Alguna vez fue abierta, digamos durante los años que precedieron al Congreso Constituyente de 1856 y durante los diez de la República Restaurada (1867-1876). Hubo entonces una prensa que representaba los distintos matices de los partidos conservador y liberal, que gozaba de la más completa libertad y que contaba con escritores de una inteligencia sorprendente. El gobierno en turno, por supuesto, solía, tener asegurada una fuerte mayoría parlamentaria; pero en ningún momento dejó de haber una minoría opositora que, por su agresividad, su talento y su destreza, desempeñó con eficacia la función de censor avisado y resuelto del gobierno. Y los presidentes y los secretarios de estado estaban acostumbrados a considerar los efectos que sus actos públicos, y aun los privados, podían tener en el sentir público.

Esta situación comenzó a cambiar con el advenimiento de Porfirio Díaz. Declinó la calidad intelectual y moral de los periodistas; la oposición parlamentaria fue debilitándose hasta desaparecer por completo desde 1888. El Poder ejecutivo federal acabó por ser la mayor fuerza política y económica del país, y, por lo tanto, como todo dependía de él, sólo los suicidas desatendían la necesidad de acercársele. Además, Porfirio Díaz, que naturalmente le dio un tono personal a su largo reinado, sentía un verdadero horror por lo que el mismo llamaba el "escándalo", es decir, ventilar en público las diferencias políticas. Prefirió siempre, aun si otro procedimiento le hubiera dado mayores o más rápidos beneficios, la negociación directa, callada, con los actores de cualquier drama político. Cuando no podía evitarlo, usaba la correspondencia epistolar, que hacía llegar al destinatario directamente o a través de un conducto de su plena confianza; pero su método preferido era la conversación personal y sin testigos. Además de sustraerse así a la mirada pública sus actos preparatorios, la resolución tomada se daba a conocer sin anuncio o explicación alguna, a pesar del riesgo de que fuera interpretada equivocada o desfavorablemente.

Durante la Revolución se ha producido una situación muy semejante, aunque por razones diversas. De 1911 a 1928 la política es abierta, y en ocasiones tan ruidosa, que sus conflictos más escondidos llegan a dirimirse a balazo limpio. Esto ocurre en parte como una reacción natural contra la política a puerta cerrada del antiguo régimen, y en parte mayor porque, como el país se ha embarcado en un camino nuevo, cada uno de los caminantes grita para que se Ie reconozca algún descubrimiento. Por añadidura, de la contienda armada brotan muchos héroes que reclaman honores y compensaciones proporcionados a lo que ellos juzgan una contribución decisiva a la victoria. Y claro que estas reclamaciones no se presentan en un documento escrito y razonado, sino con el apoyo de las armas o del grito de los secuaces políticos. Así se forman las facciones y se entabla entre ellas una lucha que resulta imposible mantener en secreto, pero ni siquiera dentro de un orden tolerable. La sucesión presidencial da la mejor oportunidad para que las maniobras facciosas se agudicen hasta ser el pan cotidiano del comentario público. Las desavenencias de Madero con Orozco y los hermanos Vázquez Gómez; las de Carranza con Villa, Zapata y los convencionistas y más tarde con Obregón; las de éste con De la Huerta y las de Calles con Cárdenas, no podían ser sino hechos públicos, como que conmovían a toda la nación.

A partir de 1928 esta política abierta, ruidosa hasta la violencia, comienza a modificarse, en parte porque un buen número de los lideres sobresalientes de la Revolución ha sido eliminado de un modo o de otro, y en parte por la creación del partido único de la Revolución, cuyo fin inmediato fue el de confiar a la lucha cívica y no a las armas la solución de los conflictos políticos. Por primera vez desde 1911 se introduce un mínimo de disciplina entre los miembros de la gran familia revolucionaria y entre los muchos aspirantes a pertenecer a ella. Esta etapa de organización y de disciplina dentro del Partido, y en general dentro del grupo gobernante, lo mismo el federal que los locales, avanza con tanta prisa, que puede decirse que tal vez para 1940, pero ciertamente en 1946, llega a un grado de perfección increíble: desde entonces la política mexicana, sobre todo en cuanto a lo que los politólogos gustan de llamar el decision-making process, se convierte en un misterio poco menos que impenetrable.

Vaya un ejemplo. Hay un consenso general entre los politólogos, aun entre los legos, acerca del procedimiento que se sigue para designar al candidato del PRI a la presidencia de la República: el presidente saliente lo escoge, pero ha de someter al elegido, por lo menos, a la opinión o consejo de los ex presidentes. Y como demostración de que así en efecto ocurre, se cita el caso del presidente Miguel Alemán, que, habiendo escogido primero como su sucesor a Fernando Casas Alemán, entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, tuvo que rectificar su decisión en vista de las objeciones puestas por alguno o algunos de los ex presidentes, y acabó por amparar la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines. Pues bien, no hay un solo testimonio de los participantes en esta supuesta consulta, o siquiera de una persona cercana a ellos. No sólo eso, sino que todos los ex presidentes han declarado explicita y reiteradamente que jamás han sido consultados, explicando que no hay razón alguna para que así se haga puesto que el Partido lleva a cabo la selección a la vista del público. No es este, por supuesto, el único misterio de la política mexicana, pues se repite en todos los puestos de elección popular.

Dar con los hechos que puedan fundar su explicación racional, es la ocupación y la preocupación mayores de quien estudia un fenómeno determinado; pero como el politólogo que examina nuestra vida pública no logra descubrir, por ejemplo, los que determinan la sucesión presidencial, lejos de renunciar a explicarlo racionalmente, se lanza a la suposición y aun a la fantasía. Acuden digamos, a pintar las características que debe tener un aspirante a la nominación del PRI, y acaba por presentarlas con tanta seguridad que parece haberlas hallado como si estuvieran escritas en un código público o que alguien Ie ha revelado el secreto. Entonces dice que el candidato ha de ser un hombre lo menos objetable posible, sin pensar que siendo válida esa observación para el caso de México, lo es también en cualquier país, puesto que iría al fracaso un personaje generalmente impopular, y al éxito seguro el que es querido y admirado por todo el mundo. Señalan asimismo el requisito de que sus ideas sean, no ya alejadas de todo extremo, pero ni siquiera muy definidas. La historia mexicana de los últimos treinta años así lo comprueba, en efecto; pero, por una parte, este requisito de no estar comprometido a un programa demasiado rígido o explicito es válido en la mayor parte de los países occidentales, y, por otra parte, la realidad mexicana es que, antes de llegar a serlo, los candidatos del PRI no han expresado ninguna idea de cualquier clase que sea, puesto que la norma es que la única voz oficial autorizada es la del presidente de la República.

Este rasgo inconfundible de misterio que tiene la política mexicana desde 1940 o 1946 en verdad obliga a quien pretende estudiarla a inventar supuestos y razones, a extremar la especulación fantasiosa ante la falta de hechos comprobables que pudieran dar a sus opiniones un fundamento convincente. Cítense dos ejemplos ilustrativos. Forzado a pintar los requisitos que ha de llenar un aspirante a la nominación del Partido para la presidencia de la República, un politólogo afirma que es una tara definitiva tener una esposa extranjera, sobre todo de nacionalidad norteamericana, como le ocurrió en 1946 al candidato Ezequiel Padilla. La esposa de Padilla tenía ascendientes franceses y no norteamericanos, y franceses, además, con más de un siglo de residencia en México, y tan mexicanos, de hecho, que acabaron por escribir equivocadamente el apellido del antepasado primitivo francés, llegado a México hacia 1818. Padilla perdió las elecciones porque siendo miembro de la familia revolucionaria, rompió con ella al lanzar su candidatura; perdió porque luchaba contra un partido político organizado que contaba con el apoyo oficial; y perdió porque a él no a su esposa se Ie acusaba de "pro-americanismo", cargo que hace impopular a cualquier mexicano y mucho más al aspirante a la presidencia de la República. El cargo provino de la actuación de Padilla como secretario de Relaciones Exteriores en los años inmediatos a su aventura presidencial, actuación que, además, debe entenderse. México declaró formalmente la guerra a las potencias del Eje; entonces Padilla no podía haber seguido sino una política de solidaridad con los Aliados, al frente de los cuales, como el factor decisivo en la contienda, se hallaba Estados Unidos.

Otro politólogo se adelantó a los tiempos al considerar como requisito para ser el candidato oficial a la presidencia, el de no ser declaradamente feo. Tal aseveración se hizo pensando en la guapura juvenil de Miguel Alemán y de Adolfo López Mateos, y antes, por supuesto, de la nominación y elección eventual de don Gustavo Díaz Ordaz.

La organización política de México ha llamado mucho la atención del extranjero (el mexicano la da por concedida) desde hace unos veinte años. Sobre ella se han escrito más de una docena de libros, un buen número de artículos eruditos e incontables crónicas periodísticas. Es más: tras independizarse, algunos de los países africanos enviaron en su momento misiones que estudiaron de modo discreto su posible adopción.

No es difícil dar con la causa principal de esa curiosidad. México, que vive en frecuentes convulsiones durante los primeros sesenta años de su vida independiente, goza de treinta y tres de paz y de estabilidad durante el régimen porfiriano; pero en 1910 vuelve a las andadas del levantamiento militar y de la revolución, que sólo concluyen en 1929. De entonces acá, ha dado un espectáculo sorprendente de siete sucesiones presidenciales hechas padficamente, y una vida pública en que no ha habido una conmoción perceptible hasta 1968 y después en 1971, en ocasión de la rebeldía estudiantil. A esa situación inusitada de tranquilidad pública, ha añadido desde hace treinta años un progreso económico sin paralelo en toda su historia anterior. Estos dos hechos: gran estabilidad política y señalado avance material, cobran una singularidad todavía mayor si se piensa en la agitación aparentemente inexplicable en que viven los otros países latinoamericanos, y en su progreso económico siempre inferior al mexicano, a excepción del muy reciente de Brasil. Es más: la comparación sigue siendo favorable a México si se extiende a todos los países llamados subdesarrollados:

La singularidad, notable en sí misma, de esta estabilidad política y de semejante progreso económico crece si se reflexiona que México los ha conseguido sin acudir a ninguna de las dos fórmulas políticas consagradas: la dictadura o la democracia occidental. Es obvio que no ha sido gobernado dictatorialmente durante los últimos treinta años, y menos obvio, pero comprobable, que si bien la Constitución de 1917 Ie dio una organización política democrática, muy a la occidental (o, si se quiere, muy a la norteamericana), el poder para decidir no reside en los órganos formales de gobierno prescritos por la Constitución, digamos los cuerpos legislativos y municipales. Es también comprobable que la independencia de los poderes legislativo y judicial respecto del ejecutivo es mucho menor que en una verdadera democracia. Y es asimismo signo de una organización democrática impura o sui genéris, la existencia de un partido político oficial o semi-oficial, no único, pero si abrumadoramente predominante.

Por eso se ha concluido que las dos piezas principales y características del sistema político mexicano son un poder ejecutivo -o, más específicamente, una presidencia de la República- con facultades de una amplitud excepcional, y un partido político oficial predominante.
 
(Tomado de Daniel Cosío Villegas. El Sistema Político Mexicano.)