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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1970 El milagro mexicano. Fernando Carmona et. al.

México, D.F

 

PRESENTACIÓN
El milagro mexicano —acto de magia colocado a la misma distancia del “milagro alemán” que la mantenida por el subdesarrollo y el desarrollo— ha llegado a ser el tópico de la burguesía mexicana, y a la vez el ejemplar escaparate para exhibición de mercancías sociales, políticas y culturales del imperialismo norteamericano en Latinoamérica. México sería la oveja blanca, entre muchas negras y una roja de América Latina. La estabilidad económica y política, la paz y el incesante progreso, el orden y la tranquilidad sociales, son los elementos de ese vellocino mítico de un México oficial desengarzado del mundo y de las leyes históricas del desarrollo de las sociedades. Los voceros imperialistas, por su parte, se complacen en propagar a los cuatro vientos la falsa imagen: un México tan insólito probaría axiomáticamente que goza de independencia y, a la vez, exculparía a los Estados Unidos de cualquier intromisión económica, política o diplomática. Una imagen de tal modo maquillada y glamorizada por las inversiones, préstamos y ayudas norteamericanas y por los gobernantes mexicanos que intentan ocultar su supeditación al imperialismo vistiéndose de bandera tricolor, es muy conveniente para el dual propósito de exhibir el triunfo de la democracia representativa y la coexistencia pacífica con los Estados Unidos, y a la vez salir admonitoriamente al paso de los movimientos revolucionarios que agitan a la mayoría de los pueblos latinoamericanos. Tal es una de las razones por las que la EDITORIAL NUESTRO TIEMPO decidió incluir este libro desmitificador, El milagro mexicano, en la colección Latinoamérica Hoy.

Los autores del libro creen que justamente la particularidad de expresión de los fenómenos económicos, políticos y sociales de México —particularidad no antagónica de las leyes generales del desarrollo histórico universal, sino enriquecedora de la amplitud y la hondura del proceso de conjunto—, es lo que permite insertar al país en el marco de los sucesos de América Latina y dentro de la constante batalla de sus pueblos ante la dura línea de combate obligada por el imperialismo. Pero destacar únicamente la particularidad, olvidar las semejanzas, arrancar de cuajo a México de su engaste latinoamericano y del mundo en general, corresponde a un designio mágico-demagógico, mediante el cual la burguesía mexicana dominante y a la vez dominada —y el imperialismo también— se proponen cegar al pueblo mexicano con la pirotecnia de un patrioterismo banal y maniqueo, reprimir a sus vanguardias revolucionarias calificándolas de traidoras e imbuidas en doctrinas exóticas, y mantener el statuquo económico, político y social en los envarados términos constrictores de las demandas populares y propicios a los ataques espasmódicos de represión castrense y policiaca como los ocurridos durante las represiones de 1959 a los ferrocarriles y las de 1968 a los estudiantes y el pueblo.

En tiempos que se creyeron mejores y ante un horizonte ilusoriamente despejado para la humanidad, Gustavo Flaubert aconsejaba no tocar a los ídolos para que los dedos propios no se quedaran con el oropel que recamaba a aquéllos. Los autores de El milagro mexicano —Femando Carmona, Guillermo Montano, Jorge Carrión y Alonso Aguilar M.— piensan al contrario que la vida económica, social y política del país exige no sólo tocar a los ídolos, los lugares comunes y los altares oficiales, y a sus vocingleros sacerdotes, sino desnudarlos de sus oropeles y vestimentas charras, para poner en evidencia la imagen verdadera de México: la de un país que a siglo y medio de que Humboldt lo definiera como el país de la desigualdad, no sólo no la ha liquidado sino la ha hecho más abismal, arrojando por añadidura sobre los hombros del pueblo la pesada carga del imperialismo de mayor peso específico mundial: el de los Estados Unidos.

El milagro económico lo reduce Femando Carmona a sus términos de explicación racional, lo que implacablemente descubre el esqueleto de la miseria, el hambre y la desigualdad, en un ensayo documentado, objetivo y penetrante de la realidad, en ese campo tan embozado por la pirotecnia verbal del progreso, el despegue, la estabilidad y el impetuoso desarrollo —tópicos de la retórica oficial. De los harapos asistenciales, sanitarios y educativos que en verdad cubren aquel esqueleto —harapos paradójica pero muy subdesarrolladamente suntuarios y casi siempre onerosos— se ocupa en un detallado estudio, lleno de frescura y no exento de humor negro, Guillermo Montano.

Sobre esas dos bases de los aspectos económicos y de servicios sociales —sin reiterarlas— edifican Jorge Carrión y Alonso Aguilar sus respectivos ensayos: el primero descubre los tirantes de dominación que sirven a la clase dominante para fingir la democracia representativa trabando un complejo aparato corporativo que convierte a las elecciones en farsa y ficción, pero da al monopolio político de la burguesía fuerza y capacidad represiva en múltiples áreas y distintas oportunidades. Alonso Aguilar por su parte remata la obra con un ensayo en que se pone en relieve la conciencia cada vez mayor de los distintos grupos de la oligarquía; la creciente identificación de sus intereses bajo el solio del imperialismo en que encuentran su denominador común; la distancia que separa la realidad de la estructura mexicana y su pretendida expresión jurídica y política contenida en la Constitución, ese libro que ya muchos llaman el mejor de política ficción escrito en el país, y en fin estudia las perspectivas de un cambio revolucionario, que por serlo no requiere el calificativo de “verdadero”, en un medio tan complejo y ocupado por la densa opacidad del ejercicio cotidiano de la apolitización, el analfabetismo, la demagogia y el alud propagandístico acerca del milagro mexicano.

Por lo que respecta a situaciones y fechas, el lector deberá considerar que los ensayos de este volumen fueron terminados durante el mes de agosto.

Los autores de El milagro mexicano, no pretendieron pontificar. Concientes de la complejidad del problema, no creen que serán tesis expuestas en libros —material en todo caso para discusión y estudio de realidades sociales— las que logren cambiar la situación económica y política de México. La praxis con su contundencia prevalecerá como siempre en el proceso de organizar las fuerzas revolucionarias y llevar al pueblo al poder; lo que no excluye el examen crítico, la discusión, el planteamiento sin dogmatismo ni ánimo magisterial de los más graves problemas de México y de América Latina.

De la lectura de este libro, se infiere, por otra parte, que si algún milagro se produce en México es el de la paciencia de un pueblo que no ha logrado modificar hasta ahora la cada día más intolerable carga de la miseria, el hambre, la intemperie y el cortejo de injusticias y represiones políticas, policiacas y castrenses que acompañan a aquellos; milagro de resistencia y sufrimiento que, no obstante, el mismo pueblo se encargará de conjurar mediante el ejercicio realista de su derecho inviolable a transformar la sociedad.
Editorial Nuestro Tiempo, S. A.

 

LA SITUACION ECONOMICA. Fernando Carmona
“Hemos observado la forma de gobierno republicano y democrático; hemos defendido y mantenido intacta la teoría; pero hemos adoptado en la administración de los negocios nacionales una política patriarcal, guiando y sosteniendo las tendencias populares, en el conocimiento de que bajo una paz forzosa, la industria y el comercio desarrollarían elementos de estabilidad...” Porfirio Díaz (1908)
“se acentuaron dos tendencias y se delinearon dos partidos políticos: uno, el de la minoría dominante y privilegiada, que deseaba la continuación del mismo estado de cosas, notoriamente favorable a sus intereses; otro, el de la mayoría dominada, que deseaba algún cambio que no acertaba a definir”. Luis Cabrera (1911)

INTRODUCCIÓN
En el segundo semestre de 1970 un eslabón del ciclo sexenal de México está por cerrarse y otro por abrirse. Al momento de escribir estas reflexiones sobre la economía nacional, el país vive esta curiosa alborada (“¿o será acaso crepúsculo?”) en la que, durante varios meses, podría decirse que coinciden “dos gobiernos”; aún no se borra la sombra del presidente que está por concluir su mandato cuando ya se advierte con nitidez la del que pronto estará en el poder. Todo está predeterminado: como en los ciclos de la naturaleza, nada podrá impedir que el día siga a la noche y la primavera al invierno (“la luz y el calor siempre acompañan al nuevo «ser» nacional”). En la penumbra, cuando no es posible todavía distinguir matices, el perfil del que se va parece idéntico al del que está por llegar, aunque —se afirma— ello se debe a que ambos son fases distintas de un mismo fenómeno, La-Revolución-En- Marcha: cada nuevo ciclo no es sino la etapa lógica y perfectamente previsible de un proceso histórico continuo, rítmico, estable, en un sistema preciso —y precioso— de “economía mixta” que por fin logró enrumbarse hacia el desarrollo económico sostenido gracias al genio de nuestros patricios, la iniciativa de los empresarios, la clarividencia del Estado y la abnegación del pueblo, y que en cuatro décadas no ha conocido más alteraciones que las de ocasionales turbonadas, chubascos y, a lo más, algunas tempestades eléctricas que no han alcanzado a desviar una trayectoria fundamental: “arriba y adelante”.

Se afirma algo más. La evidencia de los hechos es rotunda, sólo los necios y los pérfidos pueden negarla: ¿No constituye lo anterior una proeza sorprendente en una América Latina convulsa, agitada, en la que los golpes de mano y los cambios violentos de gobierno, que casi siempre desenlazan en una nueva dictadura castrense, se suceden unos a otros? México ha experimentado en ese largo periodo de “estabilidad dinámica” un ininterrumpido crecimiento económico, una notable modernización agrícola e industrial, la expansión de sus sistemas educativo, asistencial y de seguridad social, y progresos materiales y aun espirituales de los que da testimonio el esplendor de sus grandes urbes, en un proceso sin precedente en la historia nacional ni en la mayoría de los países del “Tercer Mundo”. Nunca han sido más grandes el crédito y el prestigio internacionales de la nación y del gobierno. ¿Cómo negar entonces este auténtico “milagro mexicano” al que la Olimpiada del 68 y la Copa Mundial del 70, para no mencionar sino dos eventos escenificados con talento e imaginación, dieron proyección mundial y le han valido universal reconocimiento?

El razonamiento de los apologistas tiene otras implicaciones. Todo lo anterior demuestra que la estabilidad sociopolítica es condición del desarrollo económico y viceversa; el que “ponga en peligro” la una o el otro sólo puede ser un “conspirado", un “sedicioso”, un “agitador” o un “traidor a la patria”, pues si bien hay “carencias” y problemas no resueltos todavía, nuestro sistema procura los medios para su resolución ordenada y para encauzar las inconformidades por vías legales. La Revolución Mexicana es la precursora de todas las más importantes de este siglo en el mundo entero y abre sus propios caminos al desarrollo sin necesidad de fórmulas y teorías “prestadas”; está aquí para quedarse varios siglos, precisamente por su capacidad de justicia y renovación.

Frente a tales razonamientos sobre la sociedad mexicana, que en esos o parecidos términos forma parte de la ideología de los herederos genuinos de “la minoría dominante y privilegiada” a que se refería Luis Cabrera, ¿cuál es la realidad nacional? En todo caso, ¿cuál es concretamente la realidad económica? ¿En qué bases se apoya el crecimiento de la economía? ¿Cuál es la verdadera originalidad del “modelo mexicano del desarrollo”? ¿Qué puede decirse acerca de la firmeza y estabilidad del proceso? ¿Cuál es el origen de los más importantes problemas? ¿Qué capacidad tiene el régimen para resolver las viejas y nuevas cuestiones que más afectan a nuestro pueblo? En los otros ensayos del presente volumen se examina la situación social y política de México, así como las perspectivas y condiciones del cambio; en las páginas que siguen únicamente se intentará ofrecer una respuesta sucinta a las interrogantes anteriores, con la atención enfocada casi en su totalidad en los aspectos económicos, para que el lector cuente con una visión radiográfica -—aunque en movimiento histórico— del marco general de la sociedad mexicana actual, en la que se pondrá empeño en escribir con claridad y en llamar a las cosas por su nombre.

I. EL “MILAGRO MEXICANO” Y SUS CARACTERES APARENTES
Tratemos de precisar, primero, los rasgos más acusados del desarrollo económico de México durante las últimas décadas, así como los principales cambios en la estructura productiva nacional. El modo más fácil de aproximamos al problema consiste en echar mano a ciertos datos estadísticos disponibles y recordar algunos hechos relativos al crecimiento de las fuerzas productivas durante este periodo, según se expresa en diversas actividades económicas, así como examinar algunas explicaciones de dicho desarrollo. En otros apartados del ensayo examinaremos los alcances reales del desarrollo y la problemática que nuestro pueblo deberá afrontar.

Preludio:
¡Cuidado con los datos estadísticos!
Puesto que será ineludible el manejo de algunas informaciones estadísticas conviene aclarar que, a pesar de los indudables progresos alcanzados en este campo, la información disponible es sumamente defectuosa e insuficiente. Hace más de veinte años un investigador norteamericano cuya obra merece toda la estimación de empresarios y funcionarios, así como de otros autores estadunidenses, afirmaba: “No es exagerado decir que en México todo lo que se relaciona con las estadísticas... se halla en un estado deplorable”. [1] Entre decenas de referencias de investigadores extranjeros sobre el mismo tema, podemos ilustrar la situación actual con la siguiente del también norteamericano Singer: “Antes de proseguir con el registro del desarrollo económico de México, los cambios en la distribución de su ingreso y otros asuntos, es sumamente conveniente decir unas palabras sobre las estadísticas mexicanas. El hecho es que quienquiera que tenga una inclinación al purismo en la recabación y uso de datos, debería empacar sus cosas e irse a otra parte. A pesar de su desarrollo considerable —y en algunos aspectos notable—, México era al principio de los años sesenta un país pobre, y su pobreza se extendía a las estadísticas oficiales. En gran medida las estadísticas mexicanas han sido aproximaciones y adivinanzas, informadas según espero”. Singer concluye sus observaciones con una cita tomada del trabajo antes señalado de Mosk: «pasarán muchos años antes de que el investigador esté dispuesto a aceptar cualquier serie de cifras oficiales en su valor aparente». [2]

El asunto que nos ocupa tiene tales consecuencias, que vale la pena recoger también las observaciones de un joven economista que después de varios años de trabajar en algunos talleres de “corte y confección”, esto es, desde las entrañas mismas del monstruo estadígrafo, podía advertir: “… en el levantamiento, procesado y presentación de nuestras estadísticas oficiales privan en buena medida criterios subjetivos que contribuyen a imprimir su sello de falta de veracidad. Además, las unidades estadísticas que se encuestan, trátese de individuos, de empresas o de instituciones, por diversas «razones» proporcionan una información que para fines de conocer nuestra realidad económica y social deja bastante que desear…” “Ningún contador, abogado o economista que haya «prestado» sus servicios en el sector oficial ignora que, también por múltiples causas, las estadísticas e informes deben pasar por su previo ajuste «sobre la rodilla» antes de que el público las conozca ...” “El cómputo electrónico tiene muchas virtudes: ahorra tiempo, esfuerzo y dinero... Los robots computadores tienen una incalculable capacidad de trabajo pero no saben de subterfugios; basta hacerlos tragar un programa ya digerido para que ellos se encarguen de vomitar estadísticas discutibles…” “Los proyectos de presentación de informes y resúmenes estadísticos son sancionados por muchas autoridades, desde direcciones generales hasta consejos de especialistas... e inclusive el propio Jefe del Ejecutivo en turno que, no quepa duda, siempre ha sido excelente político pero no tan buen estadístico...” [3]

Todo esto constituye, desde luego, un problema de muchos otros países subdesarrollados y no es fácilmente superable; pero en los últimos tiempos, además de las dificultades objetivas para contar con una satisfactoria información, en las instituciones oficiales encargadas de calcular algunas de las más importantes series sobre las “cuentas nacionales”, el “producto” y el “ingreso” así como su distribución por sectores económicos y sociales, la "balanza de pagos” y sus componentes del tipo de los movimientos de capital determinados por las inversiones extranjeras “directas” y otros datos más, se tiende a manipular, inventar o “peinar” las cifras para embellecer ciertos aspectos, o lisa y llanamente a convertir en “confidenciales” los datos que deberían ser de dominio público y que en cambio nunca se niegan a dependencias oficiales e instituciones prestamistas de Estados Unidos o controladas por el gobierno de este país, o bien a simples investigadores extranjeros (sobre todo norteamericanos). [4]

Conviene aclarar, por último, que si se ha considerado indispensable robar unas páginas al ensayo para dedicarlas a esta cuestión, no es para formular ninguna queja. Después de todo, no hay por qué pedir “peras al olmo”: la clase dominante mexicana también es una clase subdesarrollada y dependiente, empero no se podría decir que no actúa al máximo de sus capacidades, talentos y confianza en sí misma, conforme a sus intereses, y que no tenga una pléyade de servidores a su disposición, algunos que incluso gastan ropajes de técnico o de ‘intelectual” y saben acatar sin reservas las instrucciones recibidas. Simplemente se ha considerado oportuno “curarse en salud” porque los datos que hemos de presentar no deben tomarse, valga la expresión, “al pie de la letra” y sin reservas, sino como simples ilustraciones sobre las tendencias y alcances de los problemas a examinar. Ya lo había dicho un distinguido representante de la burguesía imperialista británica, Disraeli, desde hace muchos años: la estadística es una de las formas modernas —y más útiles y convenientes— de mentir.

Allegro vivace:
el “milagroso” desarrollo económico de México
No obstante las imperfecciones del instrumental estadístico antes aludidas y a pesar de que no puede asegurarse que sólo “las cifras del producto nacional para el periodo anterior a 1940 son deficientes” [5] como afirma un economista del Banco de México —institución que precisamente realiza, aunque no siempre pone a disposición del público, muchas de las más importantes mediciones y cálculos estadísticos en nuestro país—, sino que los defectos e insuficiencias se extienden a todos los periodos de nuestra historia económica sin descartar al posterior a 1940, 1950, 1960 o 1969, puede ilustrarse de una manera genérica el crecimiento de la economía nacional, indudablemente grande, con las cifras disponibles sobre el valor conjunto de la producción nacional bruta de bienes y servicios medido a precios constantes:

 

Cuadro 1
CRECIMIENTO DEL PRODUCTO INTERNO BRUTO
(Millones de pesos de 1950)

 

 

 

 

Tasas med. de crec. (%)

Conceptos

1910

1935

1968

1910-35

1935-68

Producto total:

Agricultura, ganadería, silvicultura y pesca

11 650

4 153

17 983

5 007

122 655

18 749

1.8

0.8

6.0

4.1

Minería

1 039

1 136

1 765

0.4

1.3

Petróleo

33

623

3 924

12.5

3.3

Manufacturas

1 836

2 820

33 032

1.7

7.7

Construcción

102

354

4 889

8.3

8.3

Electricidad, gas, etc.

26

173

1 903

7.9

7.5

Transportes

329

759

4 955

3.4

5.8

Gobierno, comercio y . otros servicios

4 132

7 111

53 438

2.2

6.0

Producto por habitante (Pesos de 1950):

768

997

2 595

1.0

2.9

Fuentes: Banco de México, S. A. Departamento de Estudios Económicos. Ver el libro de Leopoldo Solís citado en la nota 4, cuadros III-l y III-2, pp. 90-93 y 104-105; para 1968, Informe anual.

Es explicable que las tasas acumulativas de crecimiento entre 1910 y 1935 sean mucho más bajas que de este año a 1968, entre otras cosas porque el valor del producto estimado para 1910 sólo pudo recuperarse hasta 1922, dada la destrucción y las circunstancias todas de la fase de tensiones y lucha armada acompañantes de ese periodo de la Revolución; después, el producto nacional sufrió las consecuencias, entre otras cosas, de la depresión de la economía capitalista mundial iniciada en 1929 y se mantuvo estancado de 1926 a 1934. [6] El incremento más rápido, pues, se registra a partir de 1935, con el cardenismo; desde entonces casi todos los indicadores ya sólo habrán de reportar alzas constantes, de modo que respecto a esta fecha el valor estimado de la producción de bienes y servicios en su conjunto se ha más que quintuplicado, aunque los aumentos mayores se han presentado en el petróleo y los transportes (alrededor de 6.5 veces), los servicios (inclusive gobierno y comercio: 7.5 veces), la industria eléctrica y la producción de bienes manufacturados (unas 11 veces) y la construcción (13 veces); las actividades agropecuarias crecieron en menor proporción (algo más de 3.5 veces) y la minería presentó un modesto desarrollo (subió sólo 50% en casi un tercio de siglo). Según estos datos, el producto total ascendió a un ritmo anual acumulativo promedio de 1.8% en 1910-1935 y de 6.0% en 1935-1967, y en el último periodo por encima del crecimiento de la población nacional en todos los rubros menos en la minería.

Es decir, aunque se ha calculado que la población total de México aumentó de 13.6 millones de habitantes en 1910 a 16.6 millones en 1930 y unos 47 millones en 1968, los datos oficiales indican que el valor de la producción de bienes y servicios por habitante medido en “términos reales” (eliminando las fluctuaciones de los precios), subió casi 30% en 1910-1935 y más de 160% en 1935-1968, o sea a un ritmo medio anual de 1.0% en el primer periodo y 2.9% en el segundo, de manera que si el producto bruto per capita de 1910 fue duplicado hasta 1950, o sea en 40 años, se necesitaron “apenas” 24 años para duplicar el de 1943, [7] una vez que los más agudos y extensos conflictos y luchas sociales quedaron atrás y ya en plena era de “estabilidad”. Es interesante consignar los cambios que se ha registrado en la población económicamente activa del país, como puede advertirse en el siguiente cuadro:

 

Cuadro 2

EVOLUCION DE LA POBLACION OCUPADA
(Miles de personas)

 

 

 

 

Tasas med. de crec. (%)

Conceptos

1910

1940

1968

1910-40 1940-68

Total: a

5 332

6 055

15 522

0.4

3.4

Agricultura, ganadería, silvicultura y pesca

3 596

3 831

7 297

0.2

2.3

Minería, petróleo y otras actividades extractivas

86

107

258

0.7

3.2

Manufacturas

874

640

2 650

—0.1

5.2

Construcción

144

106

705

—0.1

7.0

Electricidad, gas, etc.

2

56

81

11.7

1.3

Transportes

55

149

617

3.4

5.2

Gobierno, comercio y otros servicios

575

1 166

3 914

2.4

4.4

Fuente: Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras 1965 y Banco Nacional de Comercio Exterior, México 1968.

Nota: a No incluye actividades “insuficientemente especificadas”.

Cabe subrayar que si bien hay incrementos en todos los renglones de actividad por lo que se refiere a las cifras absolutas, no ocurre lo mismo con los porcentajes correspondientes: la población ocupada en las actividades agropecuarias disminuyó su participación en el total de 67.4% en 1910 y 63.3% en 1940 a 47% en 1968; la dedicada a las industrias extractivas, manufacturera, de la construcción y eléctrica así como a los transportes, aumentó la suya de 21.8% hace 60 años —y 17.5% hace 30— a 27.8% en 1968; y la ocupada en el gobierno, el comercio y otros servicios, pasó del 10.8% respecto a la población económicamente activa total en 1910, al 19.3% en 1940 y el 25.2% en 1968. Podrá observarse que entre 1910 y 1940 la tasa media acumulativa anual de incremento en la fuerza de trabajo ocupada fue de sólo 0.4% y entre 1940 y 1968 de 3.4%; en este último periodo los aumentos más rápidos y superiores al crecimiento general de la fuerza de trabajo fueron en minería y petróleo, gobierno, comercio y otros servicios, transportes, industrias manufactureras y construcción.

Las cifras anteriores contribuyen asimismo a entender un aspecto de los cambios que van operándose en la estructura de clases —y de las correspondientes relaciones entre ellas—, por virtud de la activación del proceso capitalista de desarrollo del país. No es posible dudar sobre el relevante papel que la Revolución Mexicana tuvo para hacer posible mucho de ese desarrollo, cuando mereció las mayúsculas, en la etapa 1910 o 1913-1940 cuando en medio de vacilaciones y altibajos, pero en muchos momentos y en especial durante el cardenismo, con ímpetu renovador antiimperialista  y popular, fue capaz de producir transformaciones estructurales profundas y en 1935-1939 incluso relativamente rápidas, con las que se resolvieron algunas de las graves contradicciones acumuladas durante la dictadura de Porfirio Díaz y a causa de los nuevos embates del imperialismo.

Veamos otros datos, entre los muchos que encienden el entusiasmo de los panegiristas del régimen, casi todos derivados o implícitos en los que ya se han visto. Por ejemplo, esas cifras muestran una cierta aceleración en el crecimiento global de la economía. La tasa de incremento del producto bruto total que puede calcularse a partir de esas informaciones pasó de un promedio acumulativo anual de 3.4% en 1921-1935 a 5.4% en 1935-1945, 6.1% en 1946-1956 y 6.2% en 1957-1967. (No puede olvidarse, aun sin caer en vanas suspicacias, que es más fácil abultar indicadores que resolver los problemas concretos; pero los advocantes de milagros no son suspicaces con los datos ni tienen por qué dudar sobre el progreso bien concreto que miden en sus bolsillos). De otra parte, en algunos años aislados e incluso en ciertos periodos, las tasas de crecimiento de la economía mexicana han sido superiores a las de un gran número de países capitalistas que reportan estadísticas a los organismos internacionales, con todo lo cual se baten palmas y se asegura que México crece a un ritmo que es de los más elevados del planeta. Y aunque los datos de crecimiento por habitante no muestran una tendencia tan definida y son, cabe recordarlo, simples promedios que no explican la situación de las mayorías que quedan colocadas por debajo de ellos, la exaltación de los —de todas formas— numerosos mexicanos situados arriba (y tal vez adelante) no se enfría por las circunstanciáis de que las tasas respectivas indiquen aumentos sucesivos en 1921-1935 (1.7% anual), 1936-1946 (2.7%) y 1946-1956 (3.1%), pero un descenso en 1957-1967 (a 2.5% de incremento anual del producto por habitante) ; siempre podrán señalar, verbigracia, que el producto real per capita crecía al 2.3% anual en otro lapso, digamos en 1951- 1958 y luego alcanzó, en el presente (“lo que resulta más significativo”), el 3.0% en 1959-1967. [8]

Naturalmente, todo ese proceso va acompañado del más rápido ritmo de la inversión total —pública, “mixta” y privada, nacional y extranjera, directa e indirecta—, que ha asumido magnitudes sin precedente: a “precios corrientes” (no ajustados por las variaciones de precios), la inversión interna bruta pasó de modestos 649 millones de pesos en 1939 a casi 63,000 millones en 1967 (y de seguro una suma muy superior en 1970) ; aun en términos reales, el aumento es “formidable”, nos advierten los “milagristas” (¿o serán milagreros?): esa inversión equivalía a 180 millones de dólares en 1939 y ahora es del orden de los 5 550 millones (si bien esta divisa también se ha despreciado en el lapso transcurrido, de modo que la equivalencia real puede ser ahora de unos 2 060 millones de dólares a precios de 1939). Lo que es más importante, la “tasa de inversión” (es decir, la comparación porcentual del dato correspondiente con el producto bruto nacional del año de que se trate) ha pasado de apenas 8.7% en 1939 a 18% o más en la actualidad; además, como una característica sobresaliente del “modelo mexicano de desarrollo”, debe apuntarse que la inversión pública pasó de un modesto 5% de la inversión interna bruta total en las postrimerías del porfiriato y todavía 7% durante el gobierno de Calles, a 25%, 30%, 40% y más a partir del régimen de Cárdenas. [9]

Los entusiastas del “milagro” no se conforman con poco. Lo anterior no es sino la forma fría y “técnica” que asume un desarrollo que muchos envidian y que requiere consideración cuidadosa para orgullo propio y ejemplo de los demás. Véase si no es de causar asombro: la agricultura no sólo ha permitido dar “ocupación” y “alimentar” a millones de mexicanos —en realidad a un número mucho mayor que en 1910 o 1930—, sino asegurar la alimentación de una población urbana cada vez mayor, abastecer materias primas a un número creciente de industrias nacionales e incrementar decididamente las exportaciones, ¡todo ello en plena “explosión demográfica” y cuando en otros países la actividad agrícola no es capaz siquiera de crecer al ritmo del aumento de la población! (“Puede ser cierto que hay subocupación en el campo, mas ¿qué país no tiene problemas?; ¿y quien negaría que los campesinos estaban peor antes de la Revolución, cuando fueron peones acasillados?”).

Lo importante es que ahora —prosiguen— hay agricultores emprendedores y no grandes terratenientes ausentistas, y que con el impulso dado al riego, los caminos, la educación, la producción de fertilizantes químicos, las semillas mejoradas y con la incorporación de equipos, maquinaria y nuevas técnicas provocan la modernización ininterrumpida (“verdadera revolución verde”) de una actividad que permaneció dormida durante siglos, gracias a lo cual, por ejemplo, la producción de maíz ha subido de menos de 2 millones de toneladas en 1925 a casi 9.5 en 1968, la de trigo de 251 mil a 1.9 millones (“y fue aún más alta en años pasados”), la de frijol de 188 mil a 878 mil, la de caña de azúcar de 2.9 a 28 millones y la de algodón de 43 mil a 596 mil toneladas (“también era mayor en años recientes”). ¡Y los rendimientos por hectárea!: de 1925 a 1968 han aumentado entre 33 y 75% en la caña, el café y el maíz, 208% en el cultivo de algodón y 357% en el de trigo. [10]

La expansión —verdadero florecimiento— de las fuerzas productivas nacionales, continúan los hamiltonianos de la hora actual, como lo expresan las cifras de la industria, es aún más asombrosa. Veamos unos cuantos datos. Respecto a 1929, el índice del volumen de la producción de petróleo crudo subió 3.7 veces y el de refinado 16 veces, el de electricidad generada 14 veces y el de la industria de transformación 10.6 veces, todo ello en sólo 39 años, hasta 1968. [11] Unos destacan que de 1938 a 1968, en 3 décadas transcurridas desde la expropiación petrolera, gracias al “Estado revolucionario mexicano” la producción de “crudos” aumentó algo más de 4 veces, pero la de “refinados” como gasolina y solventes casi 22 veces, la de gas natural 23 veces, la de diesel 38 veces, etcétera; [12] que desde 1933, cuando comenzó a reforzarse la intervención estatal directa en la industria eléctrica, hasta 1968, la generación para servicio público se incrementó en 15 veces; [13] que la producción de acero, también con la “poderosa promoción del Estado”, ha aumentado casi 20 veces de 1941 a 1968, [14] hasta lograr que la industria siderúrgica se convierta en la segunda en importancia en América Latina —únicamente superada por Brasil en el total, que no en el per capita— y quizá pronto en la primera; y que la fabricación de fertilizantes químicos, también por virtud del “Estado benefactor”, en sólo 17 años —de 1950 a 1967— ha crecido más de 15 veces, [15] alcanzándose ya para 1970 prácticamente la autosuficiencia nacional.

Tampoco se puede olvidar, afirman con razón, la importancia cada vez mayor de la infraestructura impulsada por el Estado: sin menospreciar lo que se ha logrado en materia de telecomunicaciones, puertos y aviación bastaría recordar el papel de los ferrocarriles gubernamentales, que han sextuplicado las cargas transportadas desde 1925 gracias a su modernización (a pesar de que el kilometraje total después de la Revolución se extendió relativamente poco) ; de las carreteras, que han permitido el auge del autotransporte así como de una “industria sin chimeneas” —el turismo—, pues la extensión pavimentada ascendió de 241 kilómetros en 1925 a 38 587 en 1968, y el total transitable en todo tiempo de 695 a 64 800 kilómetros en los mismos años (aumentos respectivos de 160 y 93 veces); de la seguridad social, la salubridad y la educación que han mejorado los niveles de vida y la capacidad productiva de los mexicanos. [16] Y todavía es necesario añadir otros elementos de la intervención estatal “revolucionaria”: la construcción de bodegas, obras municipales, etcétera, cuya contribución al desarrollo es indudable y que han experimentado un notable crecimiento en los últimos lustros, en muchos casos a partir de cero.

Otros, embelesados ante “milagro” tan grande, sin negar la contribución del Estado al desarrollo de las fuerzas productivas (“¿así debe ser!, ¡faltaba más!”), exaltan el “vigoroso”, “decisivo” aporte de la “iniciativa privada” nacional y extranjera: por ejemplo, la producción de ácido sulfúrico subió ¡19 veces en apenas 20 años! (1947-1967); la de sosa cáustica subió de 685 toneladas en 1940 a 118 284 en 1967 (¡más de 170 veces en 27 años!); la de cemento pasó de unas 410 mil toneladas en 1940 a más de 6 millones en 1968 (¡15 veces más!) ; o bien, en un lapso que no viene a ser más que un simple suspiro en la historia de México, de 1950 a 1967 —¡en sólo 17 años!—, la fabricación de refrigeradores eléctricos se incrementó de 18 554 unidades anuales a 144 926 (de 100 a 781%), la de lavadoras de 6 933 unidades al año a 98 757 (1 424% arriba) y la de estufas de gas de 7 115 a 339 995 (adelante en casi 18 veces). [17] En el México moderno, prosiguen, los patrones de la demanda han cambiado: los fregaderos, los molcajetes, las hieleras, los metates, los braseros, los calzones de manta, los cántaros, los petates, todas esas antiguallas intolerables pronto sólo podrán encontrarse en los museos, o estarán fabricados, como la mayoría de los bienes antes importados, en poderosas factorías “nacionales”.

Si algunas fábricas son companies norteamericanas es debido a la confianza que México inspira, amén de que responden a una distinta estructura productiva y benefician al país: “... Por ejemplo —decía en Washington el secretario de Hacienda—, en 1911 el 75% de la inversión extranjera privada directa se concentraba en la minería y en los servicios públicos; hoy, el 87% se localiza en la industria manufacturera y en el comercio. Además, la inversión extranjera anual representa menos del 5% de la formación de capital fijo”. [18] Lo importante, continúan los modernos entusiastas del “Orden y Progreso”, es que el proceso de sustitución de importaciones ha puesto en evidencia, al igual que la oferta orientada desde tiempo atrás hacia el mercado interno, el vigor de los empresarios nacionales que realizan el grueso de la inversión, la justeza de la política económica y del apoyo gubernamental y, si se quiere, hasta la capacidad de la mano de obra mexicana. México no sólo cuenta con una industria cada vez más diversificada sino (“lo que es más importante”) con niveles de productividad y grados de integración cada vez más altos: ¡La revolución social ha traído la revolución industrial! ¡Incluso se ha comenzado a exportar productos procesados en nuestras plantas! ¡Lo hecho en México está bien hecho!

Cualquier recuento del “milagro mexicano”, por esquemático y sucinto que pretenda ser, quedaría lamentablemente inconcluso si no se consideraran otros de sus signos más preclaros. ¿Qué decir del desempeño de numerosos servicios y del sistema comercial? ¿Acaso no es evidente la sustitución incontenible de lo viejo por lo nuevo, de lo out por lo in, de lo sórdido y sucio por lo luminoso y resplandeciente, de las zonas rojas por las zonas rosas? ¿Y el sistema financiero? ¡El sistema financiero!, ese delicado mecanismo que todo lo comunica y que con sus ideas —y mañas— modernas y con su magia permite realizar, hoy mismo y con toda certidumbre, los sueños presentes de engrandecimiento sin necesidad de aguardar al incierto mañana. Los recursos que manejan las instituciones financieras han subido a un ritmo nunca visto. Dígase si no: el financimiento concedido por la banca creció de 2 024 millones de pesos en 1942 a 165 964 millones en 1969; tan sólo de 1957 a 1968 —ya en la etapa del “desarrollo estabilizador”—, los saldos de los créditos bancarios a más de un año de plazo han aumentado de 7.1 a 46.6 mil millones de pesos, los de menos de un año de 9.6 a 46.6 mil millones, y las inversiones en valores de 8.1 a 39.9 mil millones. [19] El monto de los valores de renta fija en circulación ha crecido aún con mayor espectacularidad, de 299 millones de pesos en 1939 a 11 mil millones en 1957 y 111.6 mil millones en 1969; de esta última cantidad, las emisiones privadas alcanzan casi 50 mil millones (“¡Y pensar que la circulación de valores de instituciones particulares en 1939 sólo alcanzaba 11 escuetos millones y todavía en 1957, 11 años después, 3.4 mil millones: 15 veces menos!”) ¡La expansión lograda produce vértigo! ¡Y desde hace casi 3 lustros ni siquiera da lugar a inflación!

En fin, en los panegíricos de nacionales y extranjeros sobre el “prodigioso desarrollo de México” no pueden faltar las alusiones a la “estabilidad cambiaría”; a la “firmeza del peso” convertido por obra y gracia de su creciente prestigio en moneda “fuerte”, que los organismos monetarios internacionales emplean cada vez con más frecuencia en las transacciones con otros países, incluso desarrollados; y por supuesto, al “desarrollo con estabilidad”. “De 1959 a la fecha —resumía el ahora ex secretario de Hacienda en septiembre de 1969, en la misma oportunidad ya señalada— el crecimiento medio anual del producto interno bruto real ha sido superior al registrado en el periodo precedente y ha tenido la tendencia a acelerarse; el incremento medio de los precios ha sido sensiblemente inferior al del volumen de bienes y servicios; se ha mantenido la paridad del tipo de cambio en condiciones de libre convertibilidad y ha mejorado paulatinamente la participación de los sueldos y salarios en el ingreso nacional” [21] La última devaluación monetaria ocurrió en 1954 (“¡hace 16 años completos!”), cuando en 1948-1949, apenas 6 años antes, como en 1938, había sido necesaria otra devaluación; en los 16 años previos, de 1938 a 1954, en la etapa del “desarrollo con inflación”, el peso había visto disminuir su cotización internacional de 27.77 centavos de dólar a sólo 8 centavos (en más de 71%), en un ciclo de inflación-devaluación y baja relativa de los sueldos y salarios.

¡Que no se venga a decir ahora que esa firmeza y esa estabilidad no están aseguradas! El peso está más firme que nunca, se cuenta con una cuantiosa reserva en oro y divisas, con el aval de los recursos adicionales de la Tesorería del gobierno de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento [22] (“los dos brazos que los estadistas han dado al mundo en los últimos veinticinco años para promover el desarrollo económico estabilizador"), [23] muy especialmente con una política económica y sobre todo con una política monetaria, crediticia, fiscal y comercial que los “gobiernos de la revolución” han dispuesto para la mayor gloria y estabilidad de la patria. ¡Qué contraste con la situación de Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú y otros pobres países latinoamericanos, sacudidos sin cesar por la inflación, las devaluaciones y la inestabilidad social y política!

II. LA REALIDAD SIN MITOS NI MAGIAS
Veamos ahora el alcance de los hechos anteriores. Examinaremos primero las argumentaciones más socorridas sobre el funcionamiento de la economía nacional, desde algunas no exentas de cierta sofisticación hasta las más simplistas, para en seguida abordar la consideración de algunas obvias cuestiones, a nuestro juicio fundamentales, para una mejor apreciación de la realidad económica actual de México y sus consecuencias para nuestro pueblo. En el siguiente apartado (III) buscaremos una explicación a esa realidad. Como ya se anticipaba, los aspectos propiamente sociales y políticos, lo mismo que la apreciación de conjunto de las perspectivas y las necesidades que plantea el cambio profundo de la presente estructura socioeconómica —esto es, el avance hacia el socialismo— se deja a los otros autores de este libro, con cuyos puntos de vista, sin embargo, quiero dejar constancia de mi total identificación.

Allegretto dolce e concordante: eufemismos, sofisticaciones, falacias y mitos
Muchos investigadores extranjeros, sobre todo los norteamericanos que por explicables razones son los más interesados en estudiar a México, la mayor parte de las veces para alertar a los particulares y a los monopolios inversionistas presuntos o efectivos y a sus cuadros profesionales, lo mismo que a los funcionarios del Departamento de Estado, la CIA y las universidades y fundaciones du ese país, con una frecuencia que no deja de ser curiosa suelen usar enfoques que podrían considerarse de "economía política" -por supuesto desde posiciones conservadoras y reaccionarias--, y no de mera economics o económica. Cabe aducir que tal puede ser el caso, por ejemplo, de los conocidos trabaios de Tannenbaum, Mosk Brandenbum o Vemon. […]

 

 

Notas:
[1] Sanford A. Mosk, La revolución industrial de México; esta investigación fue realizada a partir de 1945 y publicada en inglés en 1950; más tarde fue traducida al español y editada por la revista que dirigió Manuel Marcué Pardiñas, preso político desde hace dos años, Problemas Agrícolas e Industriales de México, México, 1951, vol. III, N° 2. La referencia es de la p. 89 de esta edición. Cursivas nuestras.
[2] Morris Singer, Growth, equality and the Mexicanexperience, Latin American Monographs, N° 16, Institute of Latin American Studies, The University of Texas, University of Texas Press, Austin y Londres, 1969, p. 6. Cursivas nuestras.
[3] Ramón Martínez Escamila, Situación y perspectiva económica de la fuerza de trabajo en México, tesis profesional, Escuela Nacional de Economía, UNAM, México, abril de 1968, p. 97.
[4] Por ejemplo, a mediados de 1969 se fundó en México el Departamento de Investigación Econométrica de México, de WhartonEconometric Forecasting Associates, A. C., bajo la dirección del econometrista estadunidense Lawrence R. Klein de la Universidad de Pensilvania, con el objeto de que México cuente “con un centro de «meteorología» económica que ayudará a los empresarios interesados a trazar mejor sus planes de expansión y a las autoridades, a diseñar las medidas de política económica”. El patronato de esta sociedad incluye a empresas privadas como la Cervecería Cuauhtémoc, S. A., Hojalata y Lámina, S. A. y el Banco Nacional de México, S. A., junto al Banco Interamericano de Desarrollo, Nacional Financiera y Banco Nacional de Comercio Exterior; la construcción del “modelo econométrico” fue financiada por Du Pont de Nemours & Co. Inc. La Nacional Financiera aporta “cifras, estudios y, especialmente la discusión personal sobre... el desarrollo económico de México. Una colaboración semejante, consistente en un flujo constante de cifras y análisis orgánico de la economía nacional, se ha recibido de la Dirección General de Estadística (SIC) y del Departamento de Estudios Económicos del Banco de México, S. A." Lic. Abel del Río, “Meteorología Económica para México: un Experimento de Aplicación Econométrica”. Comercio Exterior, Banco Nacional de Comercio Exterior, México, vol. XX, N° 7, julio 1970, pp. 552-553. Cursivas nuestras.
[5] Leopoldo Solís, La realidad económica mexicana: retrovisión [sic] y perspectivas, Siglo Veintiuno Editores, México, 1970, p. 108.
[6] Ibid, cuadro III-1 pp. 90-93.
[7] Ibid, cuadro III-2, pp. 104-105.
[8] Véase: Antonio Ortiz Mena, Desarrollo estabilizador, una década de estrategia económica en México, ensayo presentado en su carácter de secretario de Hacienda y Crédito Público en la reunión anual del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento y el Fondo Monetario Internacional en Washington, septiembre de 1969. Suplemento N° 30 de la “Sección Testimonios y Documentos” del periódico El Día, México, 3 de agosto de 1970, p. 7.
[9] Ver: Enrique Padilla Aragón, México: desarrollo con pobreza, Siglo Veintiuno Editores, México, 1969, Colección Mínima/24, cuadro XVI, pp. 176-177; Leopoldo Solís, op. cit., cuadro VI-8, p. 270; y J. R. Himes, “La Formación de Capital en México”, en El Trimestre Económico, México, vol. XXXII, N° 125, enero-marzo de 1965, pp. 153-179. El índice de precios de EUA ha subido de 100 en 1939 a 267.1 en 1969 (cf. Fondo Monetario Internacional, International Financial Statistics, Washington, varios volúmenes, y U.S. Departament of Commerce, Bureau of the Census, Statisticalabstractof the U.S. 1965, 86th. edition, Washington, 1965).
[10] Los datos anteriores provienen de la Dirección de Economía Rural, Secretaría de Agricultura y están tomados de distintas fuentes: Compendio estadístico y Agenda estadística de la Secretaría de Industria y Comercio. Los cálculos son nuestros.
[11] Calculado a partir de datos del Banco de México (Informe anual, varias fechas), reconvirtiendo la base a 1929.
[12] Datos de la Nacional Financiera, La economía mexicana en cifras e Informe anual (varias fechas).
[13] Se tomaron datos del libro de Cristóbal Lara Bautell, La industria de energía eléctrica, Fondo de Cultura Económica, México, 1951 (colección sobre la estructura económica y social de México iniciada por la Nacional Financiera, bajo la dirección de Raúl Ortiz Mena y Alonso Aguilar M.) y de la Comisión Federal de Electricidad.
[14] Calculado con datos de S. A. Mosk, op. cit. y Nacional Financiera (Informe...)
[15] Datos de la Agenda estadística (Secretaría de Industria y Comercio, y de la Nacional Financiera.
[16] Pueden consultarse informaciones sobre infraestructura en F. Carmona, Dependencia externa y cambios estructurales (UNAM, en prensa), cap. II, segunda parte, “Notas sobre el Crecimiento de las Fuerzas Productivas Nacionales”. Sobre seguridad social, salud y educación, véase el siguiente ensayo, del doctor Guillermo Montano, en el presente volumen.
[17] Véase F. Carmona, op. cit., loc. cit.
[18] Antonio Ortiz Mena, op. cit., p. 5.
[19] Datos del Banco de México (Informe anual, varios años).
[20] Cifras de la Comisión Nacional de Valores, Boletín e Informe anual (varias fechas).
[21] Antonio Ortiz Mena, op. cit., p. 5. Cursivas nuestras.
[22] Desde 1942 está en vigor un convenio de estabilización del peso mexicano con el gobierno de EUA, por virtud del cual éste pone a disposición del gobierno de México, para este propósito, fondos corrientes cuyo monto se ha elevado sustancialmente en los últimos tiempos. En total, “para garantizar el desarrollo estabilizador”, México dispone de 100 millones de dólares de la Tesorería de EUA, 130 del Sistema de Reserva Federal de ese propio país y 270 millones en “derechos de giro” del FMI, o sea 500 millones de dólares adicionales a su reserva de oro, plata y divisas.
[23] Antonio Ortiz Mena, op. cit., p. 5. Cursivas nuestras.