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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1963 Discurso pronunciado en la cena ofrecida por el presidente De Gaulle

Adolfo López Mateos
Palacio del Elíseo, París, Francia, 26 de Marzo de 1963

La amistad entre nuestras dos naciones se remonta a los días lejanos cuando México estaba en vísperas de su independencia. Los primeros embajadores que Francia envió a mi patria no representaban en realidad a ningún gobierno. Eran los representantes de la cultura francesa. Se llamaban Descartes, Moliere, Racine, el Abate Raynai, Diderot, Voltaire y Rousseau. Sus libros eran sus cartas credenciales. Estos, leídos con avidez por los inspiradores de la independencia mexicana, han establecido entre nuestros pueblos un verdadero tratado de alianza desprovisto de todo formulismo oficial. Se trataba de una alianza tan emocionante como trascendente, de una alianza en favor de la libertad. Esta unión espiritual ha persistido a través del tiempo. Aun en los días sombríos en que franceses y mexicanos han debido afrontarse en los campos de batalla de mi país, como resultado de la política imperialista de Napoleón III; esa alianza ha sido finalmente más fuerte que la guerra. Mientras los ejércitos combatían en mi país, las grandes voces de Víctor Hugo, de Jules Favre y de Clemenceau se armonizaban con la voz tutelar de Benito Juárez. Desde entonces nada ha interrumpido el diálogo generoso de nuestros pueblos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, mexicanos y franceses han unido su destino al de todas las naciones que se oponían a la agresión totalitaria. La liberación de París, acontecimiento al cual la historia asociará siempre el nombre del Gral. De Gaulle, fue para nosotros un día de fiesta nacional.

Francia había recobrado su verdadero aspecto. En la restauración de sus instituciones democráticas hemos visto un esfuerzo pleno de promesas que interesaba a todos los pueblos libres. Los años de paz precaria que han pasado después de esta fecha han sido para todos añosde prueba. El mundo vive en la angustia de la amenaza de un nuevo conflicto. Todos hemos aprendido que la paz exige tanto heroísmo como la guerra y que la sola manera de preservarla consiste en estar resuelto a merecerla.

La política exterior mexicana ha encontrado en estas normas cuatro principios fundamentales: el de la no intervención en los asuntos interiores o exteriores de las otras naciones; el respeto del libre albedrío de los pueblos; la independencia que nosotros no confundimos con el neutralismo y la certeza de que, aun cuando se trate de la defensa de sus intereses, los países, por grandes que sean, no deben subestimar Ios límites que les impone la presencia de otros pueblos. Pues ninguno, por pequeño y débil que se le considere, puede ser tomado por los otros como un sujeto pasivo de sus decisiones, sino más bien como una parte esencial de la humanidad.

Sobre la base de estos principios la amistad de nuestros países podrá afirmarse de manera duradera, porque nosotros no buscamos en ella un punto de apoyo contra un tercero, sino una colaboración por el bien de todos.

El momento me parece propicio para hablar con franqueza de la necesidad de estrechar más nuestras relaciones culturales, sociales y económicas.

Los pueblos no son solamente entidades políticas y en suma la mejor política consiste en intentar unirlos sinceramente en la independencia y la justicia, para obtener una armonía internacional en la cual cada voz será escuchada con interés y la personalidad de cada país será respetada como se debe.

Francia, que yo tengo el honor de visitar, sabe muy bien la distancia que separa la unidad de la uniformidad. Nosotros queremos un mundo unido y no un mundo estandarizado. Para la organización de este mundo unido, Francia y América Latina tienen el derecho y en cierta manera, en razón de sus afinidades espirituales y morales, la obligación de emprender una tarea de un alcance incalculable. Tanto por su pertenencia a América I.atina, como por su voluntad espontánea y leal, México está dispuesto a desempeñar en esta obra el papel que le corresponde.

Desde el punto de vista económico, sería suficiente recordar lo que dijo uno de vuestros grandes poetas, Paul Valery; «Enriquezcámonos con nuestras diferencias». En efecto, es la diversidad de nuestros recursos la que puede servirnos, si queremos intensificar un comercio que a veces ha languidecido demasiado. Francia forma parte del Mercado Común Europeo; México está ligado estrechamente a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio. Pero el Atlántico, en el cual algunos quieren ver el Mediterráneo de hoy, no puede ni debe constituir un obstáculo infranqueable entre estas dos asociaciones.

En cuanto al aspecto social, es muy importante que nuestros medios de comunicación aumenten en número, en eficacia y en calidad. Por esta razón yo he invitado a acompañarme en este viaje, no solamente a hombres deEstado y hombres de negocios, sino también a los directores de instituciones capaces de acelerar la colaboración entre nuestros dos países. En lo referente a la cultura hemos progresado de una manera más rápida y decisiva. París no ha olvidado las dos exposiciones de arte mexicano enviadas aquí, una en 1952 y otra en 1962. Mis compatriotas, por su parte, recuerdan con gratitud los bellos ejemplares de pinturas y dibujos que Francia nos ha enviado hace algunos meses.

En vuestra Ciudad Universitaria, el pabellón de México resulta demasiado pequeño para acoger a todos los becarios que vienen de mi país para estudiar en Francia. Podría mencionar otros muchos ejemplos que la realidad se encargará de multiplicar en lo futuro. Todo lo que es conveniente hacer en este sentido, nosotros lo haremos con inmenso entusiasmo, el que resulta de una sólida convicción.

Espero, señor presidente, que nuestras conversaciones y aquellas que sostendrán nuestros ministros demostrarán que no se ha extinguido el espíritu de alianza, desprovisto de toda pompa y sin protocolo, del cual he hablado al comenzar este discurso.

México saluda a Francia muy cordialmente y estoy seguro de interpretar este saludo de pueblo a pueblo, expresando los votos que formulo por la felicidad de vuestra excelencia por la gloria de la República Francesa y por la amistad creciente de nuestras dos naciones".