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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1962 Tenemos mucho qué hacer y disponemos de poco tiempo

Jesús Reyes Heroles, 20 de Noviembre de 1962

 

EL DESARROLLO INTEGRAL: LA GRAN EMPRESA NACIONAL, LA NECESIDAD, LEY SUPREMA DE LA POLÍTICA, NO SEREMOS APARTADOS DE LA RUTA POR QUIENES DESEAN DESANDAR LO RECORRIDO

Al celebrar los cincuenta y dos, años de iniciada la Revolución Mexicana, la vemos como un patrimonio común de todos los mexicanos, y a sus ideas aglutinando las voluntades de las grandes mayorías nacionales en su afán de superar los problemas, vencer los obstáculos e imponerse a las limitaciones para continuar la transformación de México que nuestros grandes de ayer ambicionaron. Ningún tributo mejor ni de más alta jerarquía se puede rendir a los precursores iniciadores y realizadores de la Revolución Mexicana, que el espectáculo que hoy muestra el país a cincuenta y dos años de ella.

La Revolución Mexicana en el presente. siendo impulso creador, es también experiencia. Manteniendo vivo su impulso creador y aprovechando al máximo la experiencia heredada y adquirida continuamos alcanzando las grandes metas que derivan de sus ideas preñadas de vitalidad y aptas aún para responder a las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblo. Y es que en nuestros días la Revolución no es sólo una idea en movimiento, sino una realidad en transformación. Por eso, la Revolución en el México de hoy, o es constructiva e institucional o deja de ser Revolución y se convierte en reacción, sin importar bajo qué signo se ampare.

Cuando Francisco I. Madero rompió la sociedad pacificada del porfiriato –la paz es orgánica, la pacificación es impuesta– y cuando más tarde cumplió su alta e inequívoca misión política de morir para servir a su causa, seguramente vislumbraba el México que habría de surgir por su lucha y sacrificio.

En nuestra historia, una generación heroica y dolorosa había suprimido la amortización de los bienes de manos muertas; otra generación, interrumpiendo el proceso histórico, amortizó los bienes de manos de los vivos y, simultáneamente, amortizó la vida política. Desde la perspectiva contemporánea que nos permite ver el desarrollo de un país como desarrollo integral –económico, político, social y cultural– estamos conscientes que el estancamiento, o mejor dicho, la involución porfirista, tenía que romperse precisamente en su aspecto político, pues era en éste donde ella se agudizaba y concentraba. Sólo rompiendo la involución política era posible obtener el empuje inicial para que en etapas subsecuentes se pudiera acelerar la evolución económica, social y cultural de México y llegar al momento en que el desarrollo integral fuese la gran empresa nacional.

Entre las corrientes contradictorias de nuestros días, seguimos la línea recta ordenada por nuestros muertos y exigida por las impostergables carencias de nuestro pueblo. Estas sólo son diferidas en su satisfacción por la infranqueable limitación que a la capacidad de acción del gobernante impone la necesidad, ley suprema de la política, que únicamente permite poder hacer algo todos los días y no todo en un sólo día.

Tenemos mucho qué hacer y disponemos de poco tiempo; pero, por ello, lo que hagamos, debemos hacerlo bien y sólidamente. Sabemos que una revolución, a sus cincuenta y dos años de vida, no debe poner parches; que las medidas a medias son medias medidas y que en la lógica interna de nuestra Revolución está el cumplirla cabalmente para que pueda defenderse y consolidarse por sí misma.

Ciertamente que tenemos graves problemas; pero a ellos nos enfrentamos cotidianamente. Muchos mexicanos viven en los problemas, carecen de casi todo; pero ningún mexicano permanece olvidado. Nuestros problemas existen no por la Revolución, sino a pesar de la Revolución; ellos, además, son de crecimiento, no de enfermedad o decadencia. ¡Claro que tenemos problemas! Lo raro sería que no los tuviéramos. Pero en lo que debemos reparar es en que tenemos una mayor capacidad para resolverlos.

La Revolución tiene su ruta y su ritmo. De la primera no será apartada por quienes faltos de imaginación no pueden avanzar si carecen de un modelo a seguir. Cuando la Revolución se inició no se disponía de modelo a seguir y hoy tampoco disponemos de él.

De las necesidades nacionales y populares surgen las directivas, las ideas esenciales y éstas se mantienen vivas mientras no se alcanzan las metas trazadas. Nuestra historia revela que en México hay pueblo y que basta obedecerlo para seguir adelante.

No seremos apartados de la ruta por quienes desean desandar lo recorrido pues tal camino es intransitable. Y en cuanto al ritmo, éste no será alterado ni por los impacientes que abandonan temporalmente el mundo de espectros en que viven y confunden su ficción con la realidad, ni por aquellos que, más activos que la actividad, ignoran que la acción está precedida y presidida por la reflexión, por el pensar previo, y que a México le preocupa tanto la celeridad en los avances, como la firmeza de los logros. Tampoco será modificada la velocidad por los inmovilistas, por aquellos que conociendo la historia quieren detener la Revolución porque saben que revolución que se detiene retrocede, usando la frase recordada por el candidato, ciudadano López Mateos. Ni el impulso superficial de unos, ni la resistencia intransigente de otros, marcan el ritmo de la Revolución.

Vamos hacia los ideales permanentes del pueblo de México pero con los pies sobre la tierra, afrontando día a día los problemas que la realidad nos depara. En los distintos momentos, nuestros ideales nos dicen hacia dónde debemos ir; la realidad y su posible cambio, hasta dónde podemos ir.

Sobre esta base, el régimen actual seguramente obtendrá su sello distintivo por los grandes pasos dados en materia de reforma social activando y complementando la Reforma Agraria extendiendo y ampliando la seguridad social, reformando la Constitución para convertir en realidades viejos anhelos del constitucionalismo social mexicano y, simultáneamente a ello, nacionalizando industrias básicas y estimulando la capitalización nacional tan necesaria en un país que quiere al mismo tiempo progresar económica y socialmente.

Los críticos pequeños señalan aquí y allá matices que no le satisfacen. Olvidan que la técnica para el progreso de un pueblo no es una técnica de precisión sino de aproximación. Cuando la Reforma Agraria surgió en México, hubo, a no dudarlo, mucho de audacia e improvisación; pero la consecuencia de ello es que en México la Reforma Agraria está, en marcha y en otros países se discutió tanto sobre los métodos y normas que debían adoptarse, que se dio tiempo a las fuerzas negativas para impedir su ejecución.

Todo ello nos afianza en el propósito secular de no desesperar de conjugar libertad y justicia social. No desesperar porque sabemos que sin justicia social la libertad es precaria y quimérica, pues no es libre el hombre esclavo de la necesidad, y que sin libertad, la justicia social se frustra, pues sólo hay justicia entre hombres libres y para hombres libres. Por tanto, conspiran contra la estabilidad y el desarrollo de México quienes con egoísmo suicida, por no compartir lo que tienen, podría exponer al país a las soluciones desesperadas.

Y un resultado de la Revolución, cuyo significado a veces se subestima, está a la vista: México es uno de los países de mayor movilidad social y política; la circulación de la sangre no es interrumpida; la igualdad de oportunidades se mantiene y se ensancha.

No hay cuadros políticos cerrados. No hay ni habrá lucha de generaciones. El ascenso a la responsabilidad está libre de trabas artificiales. La sucesión de generaciones es ininterrumpida. No hay generaciones congeladas. La vida política nacional cuenta por igual con maestros y aprendices; ambos indispensables para garantizar la permanencia y continuidad de la obra.

Ningún joven puede imputar su angustia a orfandad ideológica nacional. La doctrina de la Revolución Mexicana vive y es receptiva y susceptible de autoperfeccionarse. Dispone de ideas que perdurarán en tanto no se realicen, y de programas que actualizan, se ajustan bajo el imperio de las variables circunstancia. Ni doctrinas, ni programas permanecen petrificados por un árido dogmatismo.

Este panorama interno ha permitido a México salir al exterior. México ya no es únicamente un pedazo del globo; sino que ocupa un lugar en el mundo. Ya no. somos objeto de la política internacional, sino sujeto. Somos sujeto activo porque en un mundo dividido y en tensión, concedemos primacía a lo valores éticos y espirituales. Porque en un mundo que frecuentemente parece exponerse a ser divido entre vencidos y perdidos, no estamos ideológicamente desarmados; tenemos definición. Tal el mensaje que a través de su Primer Magistrado, México llevó a países que, como él. quieren la paz para proseguir trabajando empeñosamente por sus pueblos, por el mundo de horizontes abiertos que el futuro puede reservarnos si el hombre. como género, actúa racional y moralmente.

Y en ese mensaje hay una clave para entender la línea recta de México: no deben confundirse las ansias de progreso y mejoramiento de los países insuficientemente desarrollados con ninguna tendencia política internacional.

El proceso de la Revolución Mexicana es un prodigio de síntesis de ideas y de hombres. Capítulos aparentemente contradictorios de su historia se armonizan cuando se ven a la distancia. A hombres que chocaron entre sí, se les ve también a la distancia laborando por una misma causa y cumpliendo una misma tarea. En México la historia no es un peso muerto, sino una fuerza actuante. Hay una continuidad histórica que es coraza de la Revolución Mexicana. En México los muertos militan, y militando con nosotros, encontramos el idealismo heroico de Madero, el ímpetu social de Zapata y Villa, la invencible voluntad legal de Carranza, la audacia de los radicales sociales de Querétaro, la imaginación de Obregón y el sentido institucional de Calles. Los grandes muertos de México militan por el mañana de México.

 

*Discurso pronunciado por el licenciado Jesús Reyes Heroles, en el Monumento a la Revolución el 20 de noviembre de 1962

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Contreras Cruz de Sergio (Comp.). Discursos sobre la Revolución Mexicana, testimonios del 20 de noviembre. México, Secretaría de Capacitación Política del CEN del PRI. [Documento existente en el Centro Nacional de Información Documental de la Fundación Colosio, A.C.]