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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1962 Durante el banquete ofrecido en honor de John F. Kennedy y señora. Adolfo López Mateos.

Junio 29 de 1962

 

Señor presidente,
señoras y señores:

La Carta de la Organización de los Estados Americanos asegura con palabras que translucen la profundidad del convencimiento que "la misión histórica de América es ofrecer al hombre una tierra de libertad y un ámbito favorable para el desarrollo de su personalidad y la realización de sus justas aspiraciones". Hemos tratado en México desde hace 150 años de vivir a la altura de este apotegma. Y no sin orgullo aunque sí acaso con disculpable inmodestia-, puedo decir señor presidente, que al venir usted de una patria libre, ha entrado hoy en otra tierra de libertad, en donde un pueblo que ama su independencia trabaja incesantemente por la realización de la justicia social. En el mundo de nuestros días, agitado por la inmensidad de las amenazas que sobre él se ciernen, el encuentro simbólico de estos días, entre dos pueblos libres, aparece pletórico de significación.

Nuestras normas jurídicas

Nuestras relaciones internacionales con todos los países están fundadas en principios clásicos del derecho de gentes y, entre ellos en primer lugar, el de la igualdad jurídica de los Estados, porque la igualdad, la soberana equiparación de los pueblos, así como la democrática igualdad de los ciudadanos, es el elemento esencial en el que pueden prosperar plenamente la concordia y la paz.

Este principio de la democracia internacional, practicado entre nosotros con el respeto y consideración que recíprocamente se deben nuestros pueblos y gobiernos, es el que felizmente inspira, hoy por hoy, nuestras cordiales relaciones con los Estados Unidos de América.

Los Estados Unidos son actualmente una de las naciones más poderosas del mundo. La forjaron sus hijos, apenas en el transcurso de doscientos años, con la constancia del esfuerzo, la voluntad indómita y la habilidad técnica que los caracteriza. Admiramos en ella el espíritu de la gran revolución que dio vida a sus Instituciones democráticas, y tenemos con ella innumerables contactos e intercambios que la vecindad -la buena vecindad que preconizaba el presidente Roosevelt- ha convertido en agradables y fructíferos, cuando alguna vez en el pasado se pudo concebirlos como simplemente necesarios.

De algunos años a esta parte, los presidentes de los gobiernos revolucionarios de México y los presidentes de los Estados Unidos de América, han celebrado entrevistas tanto en territorio norteamericano como en el mexicano. Estas entrevistas han sido invariablemente abiertas y sus propósitos, siempre públicos, no rebasaron jamás el marco de la utilidad que tienen los contactos personales de los jefes de Estado para mantener las relaciones de sus países a una altura sobre lo incidental y lo efímero no pueden prevalecer sobre los intereses permanentes de los pueblos y de la humanidad.

Humanismo revolucionario

Mucho me halaga pensar, señor presidente, que la Revolución Mexicana, al ser finalmente comprendida en los Estados Unidos, porque su fondo profundamente humanístico se identifica con el sentimiento libertario que nunca abandono a la gran nación norteamericana; me halaga pensar -repito- que nuestra revolución sea ahora, además, un nuevo motivo de entendimiento entre nuestros dos países y un estímulo que permite a sus presidentes - mientras el temor, la ignorancia y la necesidad subsisten en muchas regiones del mundo- hablar en términos que propicien la satisfacción de justos y seculares anhelos.

Asombrosas transformaciones políticas, económicas y sociales

En muchos de los países democráticos del mundo, pero particularmente en los de menor desarrollo económico, se atraviesa en nuestros días por un proceso de rápida e inevitable transformación. La tendencia más clara se ejerce en el sentido de abrir a las clases trabajadoras, obreras y campesinas, el acceso a beneficios materiales y espirituales de los que no habían podido disfrutar ya una participación que califico de indispensable en el manejo de la cosa pública. Tal tendencia responde, lisa y llanamente, a elementales aspiraciones de justicia social que abrigan por igual los pueblos menos afortunados de todos los continentes. Es posible advertir estos cambios en el acontecer de cada día, y es preciso reconocer su importancia con la serenidad que da la ausencia de temor y con la tranquila certidumbre de que la mutación histórica, aun cuando en ciertos casos asume caracteres innecesarios de violencia, puede resultar en un manantial de juventud y en un signo de vida.

Ni la humanidad ni nación alguna han intentado nunca recurrir a su propia descripción. Vivir hasta el final es su destino. y no permitamos que el miedo o el mezquino interés se apoderen de nuestro ánimo, dejándonos discurrir que el mundo se salvará por inacción o por asfixia. Como dijo usted en su discurso de la Universidad de Yale hace aún pocos días, y lo dijo usted muy bien, "el gran enemigo de la verdad no es la mentira -deliberada, urdida y deshonesta- sino el mito, persistente, persuasivo y falto de realidad".

En el curso de cincuenta años de revolución, o mejor aún, cuando la revolución se adentró en su etapa reconstructiva, se han efectuado en México asombrosas transformaciones políticas, económicas y sociales, que si la marcha del mundo no lo impide, colocarán a nuestro país en vías de alcanzar su verdadera grandeza, es decir, la más alta expresión de su personalidad nacional.

Definición del nuevo mexicano

No quiero extenderme en el análisis de lo que México ha ganado por obra del movimiento revolucionario de 1910, pero no puedo menos, porque es de justicia, que invitar a los corifeos del escepticismo a que, en una rápida comparación entre el México del principios de siglo y el México de hoy, confirmen con sus propios ojos la inmensidad de las diferencias, y sobre todo -ya que esto nos contenta aún más que nuestro desarrollo económico todavía incipiente- a que ponderen la profundidad de una labor social que está presente en la continuidad y el mejoramiento de la Reforma Agraria, la creciente multiplicación de las escuelas, el auge del seguro social, la continua edificación de viviendas populares y la eficaz protección de la salud y la vida humanas, pero aún más que esto la transformación del espíritu del mexicano que tiene ahora plena conciencia de su dignidad de ser humano y de los derechos que le son inherentes, que es consciente que tiene una patria que lo cobija, un ideal nacional que lo hace solidario en el destino de México, y la certeza de que sus hijos tendrán más amplios horizontes y más claros ambientes para realizar su destino; que sabe también que su dignidad, su libertad y su soberanía deben ser respetadas en la misma forma en que él respeta la dignidad, la libertad y la soberanía de los demás.

Gran programa de desarrollo latinoamericano

Todo esto justifica el interés con que México ha seguido el desarrollo de ese vasto programa de cooperación que usted, señor presidente, concibió como una alianza de las repúblicas americanas para realizar su progreso, y que nosotros siempre hemos interpretado -me complace reafirmarlo ahora- como un movimiento en el que todas las repúblicas de este hemisferio que deseen participar en él, tienen una parte de responsabilidad y no simplemente como un programa unilateral de ayuda de los Estados Unidos a América. Esta es una de las razones que ha alentado a México a darle su apoyo.

Detrás del propósito de llevar a buen término considerables reformas económicas y sociales en la estructura de muchas instituciones coloniales o semicoloniales que han adquirido extraña supervivencia en tierras americanas, detrás de esa intención alienta un claro pensamiento revolucionario que coincide por entero con el pensamiento de nuestra reciente historia mexicana. Entregar a los pueblos el fruto maduro de la revolución, salvando la etapa dolorosa de las luchas fratricidas, constituye cuando menos un experimento histórico de incalculable importancia.

La carta de la OEA

Cuando en abril de 1948, casi a raíz de la Segunda Guerra Mundial, los plenipotenciarios de nuestras repúblicas se reunieron en la ciudad de Bogotá para redactar la Carta de Organización de los Estados Americanos, el mismo espíritu revolucionario, fortalecido por el triunfo de las democracias presidió incesantemente sus deliberaciones. El sistema interamericano fue entendido entonces no solamente como un organismo de seguridad colectiva, sino además y de acuerdo con sus mejores tradiciones de casi un siglo, como un centro de cooperación económica, social y cultural. Leemos entre sus principio que "la justicia y la seguridad sociales son base de una paz duradera" y que "la cooperación económica es esencial para el bienestar y la prosperidad de los pueblos del continente", en tanto que el artículo 29 de la Carta nos advierte que "todos los seres humanos, sin distinción de raza, nacionalidad, sexo, credo o condición social, tienen el derecho de alcanzar bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad, dignidad, igualdad de oportunidades y seguridad económica" .

Desgraciadamente, durante muchos años -después que fracasó el infortunado Convenio Económico de Bogotá- no fue posible hallar soluciones satisfactorias para poner en obra las normas económicas y sociales de la organización, que parecía así una fortaleza cuyos defensores hubieran convenido en abandonar de antemano. Hoy día, sin embargo, los acontecimientos han tomado el rumbo preconcebido. Poco a poco la cooperación interamericana ha ido convirtiéndose en un hecho palpable, y ya es posible anticipar que nuestro sistema, a pesar de sus defectos y sus errores y merced a programas como la Alianza para el Progreso que lo restauran a su original condición revolucionaria, encontrará su verdadero camino y el paso acelerado con que habrá de recorrerlo.

Evocación de los héroes

El bienestar de los pueblos forma parte integrante de la misión histórica de América. El hombre, su libertad y su dignidad; el pueblo, su bienestar y su prosperidad, han sido preocupaciones básicas de las naciones americanas. En los lares donde Hidalgo decreta el primero la abolición de la esclavitud; donde Bolívar, que tanto siglos se adelantó a la historia para soñar en una anfictionía de las repúblicas americanas, hablaba ya de una reforma social que se habría de alcanzar bajo los auspicios de la libertad y de la paz; donde Lincoln declaró que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo nunca perecerá en la Tierra; donde Juárez develó el último intento de sojuzgar a una nación de este hemisferio y someterla a la ignominia de la explotación colonial ¿por qué habríamos de retroceder? ¿quién podría vivir y morir por estos pueblos como ha vivido y muerto el hombre americano? Tenemos nuestras banderas, señor presidente, nadie nos las ha arrebatado jamás. Todo lo que tenemos que hacer es alzarlas de nueva cuenta y con ellas ondeando al aire marchar confiados hacia el porvenir, donde se asegure la paz con la justicia; y la dignidad de! ser humano con la libertad; y la amistad de los pueblos con la soberanía de las naciones.

Señor presidente,
Señoras y señores:

Os propongo que brindemos por la prosperidad y el bienestar de los Estados Unidos de América y por la salud y la ventura personal de su ilustre presidente el excelentísimo señor John F. Kennedy, su dignísima esposa señora de Kennedy y sus distinguidos acompañantes; que su permanencia en México le sea agradable y pueda perdurar durante muchos años gratamente en su recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Adolfo López Mateos. El Itinerario de la razón y la elocuencia. Instituto Mexiquense de Cultura. 1994.