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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1958 Con los Integrantes de la XLIV Legislatura

28 de Noviembre de 1958

Si diariamente, incesantemente, nuestro México no diera pruebas de que en nuestra vida institucional se afianza y se arraiga más la conciencia cívica de todos los mexicanos, este acto en que nuestros amigos, los señores diputados y los señores senadores han deseado que sea simple cordialidad amistosa, yo quiero invocar los títulos de ciudadano mexicano y de mi experiencia, para que todos pensemos que representa algo que no habíamos visto ni sentido en México, porque es un acto más, un signo más de la firme institucionalidad de nuestra querida patria.

Había de ser el prodigioso noviembre de los mexicanos, el que habría de reunirnos para expresar que el Poder Legislativo, representante del pueblo, y el Poder Ejecutivo, representante del pueblo, revisan su conducta y después de revisarla concluyen que comienzan estas nuevas generaciones políticas del Poder Legislativo y termina el periodo constitucional del encargado del Poder Ejecutivo en un haz de comprensión, de identificación plena, en los derroteros que la revolución mexicana nos señaló e hizo Carta Magna, y que es ya imposible desconocer, aun por los más reacios y aun por los más llenos de resentimientos incomprensibles, que México tiene su bandera, su bandera tricolor, y su bandera absolutamente indicadora de sus destinos: la Constitución.

La Constitución, que hemos dicho y habremos de repetir incesantemente, es creación de la revolución mexicana, compendio de todo nuestro rudo batallar desde la insurgencia, la reforma y ese noviembre de 1910, que coincide con este otro noviembre de 1958, habrá de seguir siendo la norma inquebrantable que rija la vida institucional de la república.

Qué mayor galardón para el encargado del Poder Ejecutivo, el que los ciudadanos senadores, los ciudadanos diputados aprueben la conducta del ejecutivo de la nación, seguros de que no hubo una sola intención, una sola medida que no fuera dictada por el mejor de los propósitos de servir a nuestra patria.

Esta reunión también ha traído amigos que, aunque no son representantes del pueblo, son representantes de la vida cotidiana. Me refiero a conspicuos periodistas y amigos nuestros. Para nosotros, todos los periodistas deben ser conspicuos, menos los que no lo son.

Si los dos oradores que representan a los senadores y diputados no hubieran precisado, bien que nos faltan horas para seguir cumpliendo con nuestro deber, hasta el último instante que la patria nos ha encargado de cumplir con ese deber, lo habría dicho yo: que inmediatamente el ciudadano Ruiz Cortines habrá de seguir cultivando los ideales de los mexicanos, anhelando con ellos realizar nuestras convicciones venciendo con ellos todos los obstáculos que se nos presenten, seguro de que esta otra demostración de unidad revolucionaria, de esta comprensión de que en México necesitamos que todos los hombres nos ayuden con los otros hombres, que todos los hombres de buena voluntad contribuyan con su esfuerzo incesanteal progreso de la nación, que tanto realiza cada día, porque es irrefrenable el progreso; y que seríamos traidores a la patria si no prestáramos nuestro concurso y no fuéramos merecedores de ser hijos de México y mucho menos ciudadanos de México.

Volvemos a decir que noviembre es mes promisorio para los mexicanos; por ello en noviembre surgió esta iniciativa del honorable Poder Legislativo, insólita porque, que yo sepa, no se ha hecho antes de concluir el mandato del Poder Ejecutivo, que se reúnan diputados y senadores para decirle: Nos identificamos porque creemos que has cumplido con tu deber —para mí eso es bastante—, y te decimos que sí hemos cumplido en este breve período, con el cual nos hicieron corresponsables de la marcha y de los senderos de la nación, te reiteramos que en la continuidad de los principios gubernamentales ya institucionales, tanto es así que en dos días habrán de depositarse en el ciudadano que México, consciente y unánime, eligió, para que siga siendo el portaestandarte de la revolución. También habremos de seguirle prestando nuestro concurso, mejor que el que te hemos prestado a ti, porque México lo exige.

Con la mayor efusión agradezco a ustedes, señores senadores y señores diputados, promoventes de esta reunión que, insisto, no es solamente trascendente en la amistad sino un nuevo derrotero para la vida institucional de México.

Tengamos todos presente una invocación: la Constitución; una advocación: nuestra muy querida patria.