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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1958 México: una democracia bárbara(y escritos acerca de Lombardo Toledano). José Revueltas

México, 1958 [1988]

 

En sus escritos políticos, José Revueltas no sólo se ocupó de los grandes interrogantes de la historia contemporánea de México: analizó también coyunturas específicas, así como determinados aspectos significativos de la realidad (como el papel de Lombardo Toledano dentro de la izquierda mexicana). En esos escritos existe una constante : el diagnóstico contiene, también, un llamado a la acción. El valor del análisis radica en su capacidad de ofrecer una perspectiva más clara para avanzar por el camino de la organización y, en consecuencia, para hacer más fluido el proceso de acumulación de fuerzas. Una excelente muestra de todo ello la ofrece este libro. México: una democracia bárbara (y escritos acerca de Lombardo Toledano) se divide en dos partes. La primera contiene el ya famoso ensayo de Revueltas sobre la democracia electoral mexicana, los partidos políticos y sus posiciones y el fenómeno del "tapadismo": todo en el contexto de la sucesión presidencial de 1958. En anexo se incluyen dos textos breves: uno sobre la cuestión electoral y el otro sobre el significado de la candidatura de López Mateos. En la segunda parte se agrupan diversos trabajos escritos entre 1942 y 1968, cuyo tema central lo constituye la política practicada por Vicente Lombardo Toledano. En ellos. Revueltas pasa de una gran cercanía a ese personaje político a una posición cada vez más crítica y definida. Él fue el primero que supo ver la enorme importancia negativa del lombardismo en la lucha por conquistar la independencia de clase del proletariado mexicano.

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
El nombre de este opúsculo (editado por primera vez muy limitadamente en 1958) se inspira en el nombre que puso a su trabajo John K. Turner, periodista norteamericano que escribiera la más descarnada denuncia de la situación social del país bajo el porfirismo en su México bárbaro, libro que apareció en 1911. Por imperdonable descuido omití esta referencia en la primera edición de mi texto. Pero la intención del título era expresa.

La barbarie económica, social y política de la dictadura porfiriana encontró su negación dialéctica en el movimiento armado de 1910 y éste, por su parte, advino a su propia negación en una cosa nueva que superaba a las dos formas precedentes: la democracia que se inicia con el Congreso Constituyente de 1917. Esta negación de la negación no podía limitarse a ser una mera negación política (democracia contra dictadura) en virtud de la naturaleza misma de lo que negaba: el México bárbaro. Este era un compuesto no sólo político, sino económico, social e histórico. Había que suprimirlo, pues, en todos los terrenos, y así entonces la doble negación de dictadura y lucha armada aparecería necesariamente como . una moderna democracia económica y social que se expresaba en la Constitución de 1917.

Ahora bien, este mismo propósito de no limitarse la democracia al campo estricto de la mera política (puesto que se ha inscrito constitucionalmente también como democracia económica y social) contiene dentro de sí, en forma inherente, a su propio contrario, o sea, la limitación real del hecho político que le exigía necesariamente concentrarse y reconcentrarse en el ejercicio del poder, sin cuyos instrumentos, de otro modo, no iban a ser posibles las reformas sociales y económicas. Dentro de esta contradicción, las reformas sociales, entonces, permanecen a la expectativa en la esfera de la disponibilidad fáctica (lo que se pue­ de y no se puede hacer) mediatizadas por las necesidades pragmáticas del poder y convertidas en ideología, esto es, en una mistificación de lo real y en una falsa conciencia. (Por ejemplo, ideología de los "factores de la producción" en lugar de la lucha de clases; ideología del Estado-nación, por encima de la socie­ dad; ideología de la . nacionalización y, concomitantemente, la “alianza popular" como superación de las contradicciones internas del país, etcétera.)

Al mistificar su ejercicio del poder (que de tal suerte sería un poder social y económico "para las reformas") y el contenido del Estado (qué no sería un Estado-burgués), la democracia de 1917, en su negación relativa del porfirismo, conserva, no obstante, la relación positiva con la que el propio porfirismo mantuvo su sistema de dominación: la dictadura. Así, no opone al México bárbaro de Porfirio Díaz, la democracia real, racional e histórica, sino la democracia bárbara que impera en nuestro país desde que fue promulgada la Constitución de Querétaro.

La expresión ideológica más inmediata del movimiento, prime­ ro civil y luego armado, contra Porfirio Díaz, se condensó en la fórmula de sufragio efectivo, no reelección. La inmediatez de esta fórmula no obedecía sino a la inmediatez de aquello que trataba de suprimir: las continuas reelecciones del dictador y la inexistencia práctica del sufragio. Era natural entonces que en el carácter inmediato del cambio que sustituiría a Díaz, la elección de Madero a la presidencia fuese, como lo fue, un acto cívico irreprochable. La fórmula iba a sobrevivirse hasta el presente -fuera del interregno de la reelección de Obregón-, puesto que había sido comprobada en la práctica real como una fórmula necesaria y que, por ende, se transformaría en un principio intangible de la revolución mexicana. En esta conversión, empero, radicaba su irrealidad: convertido en norma doctrinaria, el sufragio efectivo y la no reelección, devino en un fetiche puramente ideológico, inoperante en la práctica y al que, sin dejar de rendirle homenaje y reverencia, había que burlar de algún modo. Si queremos encontrar la explicación de la necesidad histórica del tapadismo es sin duda en este punto donde la descubriremos (el tapadismo: una variante de la no reelección, pero diferida cada vez a otra persona de entre las seleccionadas para reelegir a la élite del poder, siempre igual a sí misma).

Necesidad histórica del tapadismo, sí, porque si dejara de satisfacerse como tal necesidad, el ejercicio real del mando esca­ paría de las manos de quienes lo detentan.

Hay una anécdota que se cuenta de Porfirio Díaz y que resulta aleccionadora sobre el particular. Requerido acerca del por qué no se implantaba la democracia electoral en México, el dictador habría contestado cazurramente. “si nada más como experiencia ofrecemos la libertad del voto a los ciudadanos del distrito M. (parece que se refería a la colonia de Santa María la Ribera, muy conservadora por entonces), podríamos estar seguros que el representante electo no sería otro que el señor arzobispo de México".

Ahora ya no funciona el cuento de que si los ciudadanos ejercieran el pleno ejercicio de sus derechos democráticos, colocarían en la Presidencia de la República al arzobispo o al papa. Pero lo que sí funciona y sigue siendo válido, es el hecho de que la camarilla del poder en el México actual, no sobreviviría ante el empuje crítico de una democracia auténtica con todo lo que esto comporta:  libertad de expresión, de libre asociación, de libre sufragio y demás.

Si queremos poner al descubierto la esencia del fenómeno socioeconómico y político mexicano, tal como éste se presenta ante nuestro examen, es preciso subrayar con todo el énfasis necesario, el papel que desempeña la ideología dentro del complejo del poder, pues es precisamente en las "regiones nebulosas" de lo ideológico y de las ideologías, donde se agazapa y disimula la manipulación real que constituye una de las bases primordiales en que se sustenta el sistema de dominio al cual se encuentra enajenada la sociedad mexicana en su conjunto.

Si bien la ideología, y las ideologías, constituyen una falsa con­ ciencia de lo real -una conciencia aliterada, sobrepuesta y des­ prendida de la realidad-, hemos de convenir, asimismo, en que toda ideología contiene un núcleo racional, cuyo acto de origen se encuentra en la realidad objetiva misma, pues no puede concebirse ninguna ideología carente en absoluto de todo contenido. Tómese; por ejemplo, la ideología religiosa. La religión ofrece a los simples mortales un cielo de inmortalidad, donde han des­ aparecido todas las contradicciones humanas y las desigualdades sociales, a cambio de una perenne vida de felicidad y bienandanza. Por supuesto que este cielo es irreal e inexistente. Pero aquello que lo convierte en real y existente es el hecho de que constituye una necesidad histórica de los hombres, quienes quieren ver que ese cielo se realice en· la tierra donde algún día desaparecerán las contradicciones de clase y la esclavitud de la propiedad privada. El núcleo racional de la ideología religiosa reside, pues, en esta humana perfectamente real. Pero aquí se ocurre una pregunta: ¿esta ambición humana no constituye, a su vez, otra ideología? Desde luego que sí. La diferencia consiste en que la nueva ideología dispone de un núcleo racional más amplio, por cuanto no es metafísica sino histórica y susceptible, por ello, de convertirse en una realidad objetiva-sensible.

Ahora bien: una ideología que carezca de fuerzas -sea el instinto o la conciencia de las masas, o sea un poder específico concreto- se reducirá a no ser sino un “profeta desarmado", cuya viabilidad para la acción no podrá considerarse de otro modo que en potencia.

La ideología, bien en su fase ascendente -cuando se encuentra en lucha contra una praxis inerte a la que intenta sustituir por una nueva praxis revolucionaria-, o bien como ideología establecida que se apoya en el poder del Estado, se convierte en una poderosa fuerza material muy difícil de ser suprimida al no oponérsele otra fuerza material considerablemente superior, pues la lucha no se plantea como si se tratara tan sólo de dirimir la cuestión entre dos o más ideologías opuestas, dentro de un· ámbito ideológico puro, sino entre clases sociales -de las que las ideologías no son sino un reflejo- que pugnan cada una por imponer-a las demás su derecho a la existencia.

La ideología del movimiento revolucionario de 1910, como ya se ha visto, nace de una necesidad racional dada: la de oponer a la supresión del sufragio y a la continua reelección del porfirismo, una simple alternativa política, la del sufragio efectivo y la no reelección. Pero la irracionalidad de la dictadura porfiriana no se reducía únicamente al área de los procedimientos políticos y los recursos despóticos de la dominación. Invadía el cuerpo entero de la sociedad mexicana en el orden· económico y en el de las relaciones sociales, como una aplastante maquinaria que amenazaba con ahogar a todo el país. Así, al oponer a la irracionalidad total del porfirismo, Ja racionalidad parcial del sufragio efectivo y la no reelección, el movimiento de Madero no hizo ninguna otra cosa que postergar los grandes problemas y las gigantescas tareas que planteaba la necesidad histórica de una completa subversión de la anquilosada y caduca sociedad.

Escindida de su primigenio núcleo racional, emancipada de la racionalidad inmediata de su acto de origen, la ideología deviene en una pura manipulación ideológica que, no obstante, necesita en todo caso de una cierta dosis de semirracionalidad operativa, que aparece entonces bajo el aspecto de la lógica de las cosas. Pospuestos por el maderismo los grandes problemas de una transformación radical de la sociedad por obra de la revolución mexicana, dichos problemas son retomados por el Congreso de Querétaro y adquieren sil forma jurídica en la Constitución de 1917, particularmente en lo que hace a los artículos 27 y 123. Aquí parecería que se han hecho realidad las palabras que pronunciara Venustiano Carranza en su célebre discurso de Hermosillo del año 1913. Dijo Carranza:

[...] pero sepa el pueblo de México que, terminada la lucha armada a· que· convocara el Plan de Guadalupe, tendrá que principiar, formidable y majestuosa, la lucha social, la lucha de clases, queramos o no queramos nosotros mismos y opón­ ganse las fuerzas que se opongan, las nuevas ideas tendrán que imponerse en nuestras masas; y no sólo es repartir las tierras y las riquezas naturales, no es el sufragio efectivo, no es abrir más escuelas, no es igualar y repartir las riquezas nacionales; es algo más grande y más sagrado: es establecer la justicia, es buscar la igualdad, es la desaparición de los poderosos, para establecer el equilibrio de la economía nacional.

Y más adelante:

Nos faltan leyes que favorezcan al campesino y al obrero pero éstas serán promulgadas por ellos mismos, puesto que ellos serán los que triunfen en esta lucha reivindicadora y social.

Como puede verse ya no se trata tan sólo del sufragio efectivo, ni del reparto de tierras ni de la mejor distribución de la riqueza; ahora "es algo más grande y más sagrado": participar en "la lucha social, la lucha de clases, queramos o no queramos nosotros mismos", aunque -también lo queramos o no- esta perspectiva no será posible sino hasta después de "terminada la lucha armada" a que convocó el Plan de Guadalupe. Aquí se impone una pregunta: ¿acaso esta actitud de Carranza era una superación de las estrechas limitaciones puramente sufragistas de Madero, tres años antes? No, de ningún modo. Madero permanecerá donde quedó, hasta que no se dé por "terminada la lucha armada". La razón es que Carranza no era ni un Morelos ni un Juárez, quienes dictaban las reformas sociales y políticas en mitad del fragor de la guerra, pues de lo contrario ésta hubiera dejado de ser una guerra revolucionaria para quedar convertida en una simple confrontación de ejércitos rivales en el puro terreno militar. La ideología carrancista consistente en posponer cualquier clase de trans­ formación social hasta después de terminada la lucha militar, se transforma ella misma, forzada por la "lógica de las cosas" -aunque no por la dialéctica real de la historia- en una abierta manipulación ideológica, cuando el primer jefe se ve en la necesidad de expedir el decreto del 6 de enero de 1915, sobre el reparto de tierras, lo cual no era sino una maniobra diversionista en el intento de mediatizar el impetuoso movimiento agrario encabezado por Zapata.

Pero estamos en Querétaro, el año de 1917, después del triunfo del ejército constitucionalista.

El Congreso Constituyente ha de encarar los grandes problemas sociales y económicos que Carranza encareciera posponer hasta la terminación de la lucha armada. Ahora tendría "que principiar, formidable y majestuosa, la lucha social, la lucha de clases, queramos o no queramos nosotros mismos". La cierto es que así no lo quisieran Carranza y el ejército constitucionalista, la lucha de clases entre proletariado y burguesía ya había "principiado" desde años atrás con las grandes huelgas de Cananea y Río Blanco, reprimidas ferozmente por la dictadura.

Tomada cuenta de este hecho, la lucha de clases como un fenómeno histórico, objetivo, que se produce al margen de la voluntad, deseos e intenciones de los individuos como seres aislados, las palabras de Carranza sólo tienen una interpretación que se sobreentiende del modo más diáfano a la vista del contexto real de las relaciones sociales: al triunfo de la revolución constitucionalista, ésta debía hacerle frente a la "formidable y majestuosa" lucha de clases, precisamente para que el "nuevo" Estado no viniese a resultar, a la postre, en una de sus víctimas, que no la principal "de ellas.

En ninguna otra cosa que en lo anterior era donde residía el contenido ideológico eficiente del discurso de Hermosillo en 1913 (y recuérdese que no hay ideología sin eficacia), por lo que se explica que fuese esta misma la posición ideológica asumida por los constituyentes de 1917. Así pues, el congreso se situó frente al fenómeno insoslayable de la lucha de clases, como quien se encuentra en medio de una tempestad y no tiene más remedio —en virtud de la "lógica de las cosas"— que acudir al pararrayos para precaverse de las descargas eléctricas: el pararrayos fáctico-ideológico fue el artículo 123, instrumento de los instrumentos en la función de mediatizar la independencia de la clase obrera, desde 1917 hasta nuestros días.

El Estado mexicano, a través de numerosas vicisitudes internas y externas;·y de una serie de pruebas y contrapruebas, derivadas de su inicial acto de origen, como acto ideológico que le impedía estatuirse como diametral negación de la sociedad porfiriana, se ha ido afinando cada vez más, hasta llegar a su máxima expresión contemporánea como Estado total y totalizador.

Cuando decimos Estado ideológico total, no se quiera ver en esto un escamoteo de lo que constituye la naturaleza interna verdadera del Estado mexicano. La ideología no es metafísica ni extrasensible. La ideología es una totalidad concreta operante y activa, que tiene sus raíces sólidamente establecidas en el compuesto social. El compuesto social en que el Estado mexicano arraiga, dentro de una magnitud circunstancialmente variable, lo constituyen las clases sociales, sin que deje por ello de ser un Estado de la burguesía que encuentra su sostén más vigoroso en las grandes masas domesticadas de la clase obrera, los campesinos y las clases medias.

El secreto de esta dominación total no se encuentra en otra parte que en la total manipulación, por el Estado, del total de las relaciones sociales, o dicho de otro modo: así como el pueblo afirma que al pulque sólo le falta un grado para convertirse en carne, al Estado en México sólo le falta un grado para ser fascista.

En suma, éste es el mecanismo con el que funciona la democracia bárbara en México: la democracia ideal, puramente invocativa, como el traje de etiqueta con que se viste al chimpancé para su grotesca actuación en el circo de la política mexicana.
J. R.
México, marzo de 1975