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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1950 Discurso ante el Congreso de Estados Unidos

Miguel Alemán Valdes

Como Presidente de un país que ha luchado sin cesar por la democracia y que ve en la democracia no sólo una solución para los problemas de su existencia, sino la única base duable de entendimiento para la paz internacional, aprecio sinceramente el honor que se me depara al recibirme en este Congreso, expresión de la democracia de Norteamérica.

La espontaneidad amistosa que constituye virtud esencial de esta ceremonia demuestra con qué [luneta han logrado nuestras naciones superar los obstáculos del pasado y cómo, a pesar de todas las diferencias de sensibilidad, de costumbres y de lenguaje. dos pueblos que aman profundamente su independencia han encontrado caminos para entenderse y para vivir, uno junto a otro, sin violencia y sin recelo.

Esta actitud de recíproca estimación es un resultado, también, de la democracia. Donde manda un tirano no es posible confiar en la convivencia. Y donde el Estado, para imponerse o para imponer a un partido, limita al hombre, no es posible creer en la civilización. Porque la civilización, en conjunto, es la marcha de todos los hombres hacia el advenimiento del hombre libre; del hombre digno de exigir el respeto de sus derechos por el respeto que tenga para los derechos de los dermis; es decir, en suma, del hombre que sepa ser fiel a sí mismo en el culto de su nación y fiel a su nación en la solidaridad internacional.

Ese hombre es el que desean las democracias y es el que deseamos nosotros, los mexicanos. Toda nuestra historia ha sido un combate contra la necesidad, contra el despotismo y contra la intervención de los poderosos. Contra el despotismo colonial organizarnos nuestra independencia en los días de Hidalgo y de Morelos. Contra la codicia de Europa, en la Reforma, se levantaron. junto con Juárez, las fuerzas más intrépidas del país. Y contra el prolongado sistema de autoridad personal que frustró a los humildes de muchas de las expectativas de la Independencia y de la Reforma, los hombres de 1910 iniciaron nuestra Revolución.

Como hijo de uno de aquellos hombres os hablo ahora. Y me honro en deciros: la Revolución Mexicana, que encontró en vuestro pueblo tantas simpatías y, a la vez, tantas reticencias, se anticipó en varios años a numerosas reinvindicaciones mundiales, de aquellas por cuyo triunfo lucharon nuestras Repúblicas, en la fraternidad de las armas, durante la guerra más desastrosa que ha conocido la humanidad.

Por eso, cuando —en medio de la tormenta— la voz de un gran norteamericano auguró una era en la que todos los hombres pudiesen verse libres de la miseria y del tensor, libres de creer y libres para pensar, sentirnos que aquella voz proclamaba ideales tan expresivos de nuestra patria como confortantes para la integridad de nuestro hemisferio.

La guerra no cambió ni el vocabulario de nuestra vida política, ni la orientación de nuestros principios públicos, ni el programa de nues tra conducta internacional. A diferencia de aquellos que hubieron de improvisar una ideología para justificar su cooperación con las dernocracias, los mexicanos entramos en la guerra por las mismas razones morales por las que habíamos condenado todas las agresiones, dentro de nuestro suelo y fuera de nuestro suelo; porque los dictadores que desencadenaron el conflicto querían destruir, en los otros pueblos, los derechos que nuestros héroes no habían permitido que destruyesen en nuestro pueblo, ni los opresores del interior ni los imperialismos del exterior, y porque encontramos que, aunque dichas en otro idioma, las palabras que pronunciaban nuestros aliados eran al fin las palabras de emancipación, de equidad y de fe en el hombre por las que habían, durante lustros, muerto nuestros hermanos.

Si he recordado esta rectitud de la voluntad mexicana en el frente internacional es porque considero que representa la mejor garantía de nuestra unión en los años que empiezan para nosotros. Mientras esa unión se sustente sobre el derecho, se demuestre con el decoro, se estimule por la cooperación y se vea animada por el deseo de alcanzar una meta justa —la de vivir con honor y progresar con independencia—nada se opondrá de verdad a la armonía de nuestros pueblos.

Los pueblos, en efecto, como los hombres, sólo se unen fructuosamente cuando se unen para hacer, en común, algo que desearían realizar igualmente por separado. Entre otras cosas, México y los Estados Unidos tienen un ejemplo que dar a las naciones que los rodean y los observan; el ejemplo de dos países que, aunque distintos por la magnitud y por los recursos, pueden colaborar sobre el plano de una igualdad jurídica insospechable, sin que la fuerza, entre ellos, sea una forma de predominio.

¿Cómo confiar en la cohesión democrática que anhelamos para los otros si no fuéramos capaces nosotros mismos, norteamericanos y mexicanos, de participar en la paz con franqueza y con lealtad? ¿Y cómo esperar de los países más alejados lo que nosotros, vecinos por la historia y la geografía, no tuviéramos la decisión de lograr en la amistad y el desinterés?

Por fortuna, hemos aprendido no pocas cosas, unos y otros, en el curso de los últimos tiempos. Hemos aprendido que el aislamiento no es ni una buena fórmula de existencia ni una buena láctica de seguridad.

Hemos aprendido que cuando lo que se busca no es el dominio — transitorio e injusto— de un régimen por otro, se consigue más con un año de leal colaboración que con muchos de odios y de rencores. Hemos aprendido que la democracia sin fuerza representa una tentación para los tiranos; pero que la fuerza mayor de la democracia no está en los tanques y en los cañones, sino en la convicción de los hombres que, llegada la extremidad del conflicto, manejan los tanques y los cañones. Y hemos aprendido, por fin, que para dar a los ciudadanos una fea( tiva en el poder de su propia patria es imprescindible hacerles sentir que el poder de su propia patria no constituye un peligro para la civilización ni un obstáculo para el desarrollo de toda la humanidad, sin reservas de razas o discriminaciones de origen y de principios.

Lo que hemos aprendido durante la guerra se alzaría, tarde o temprano, cotana nosotros si no lo aplicáramos en la paz.

Porque aceptando que la contienda fuera de todos, sin distinción de categorías, no podríamos comprender que la paz resultase, a la postre, una paz con categorías. Y porque admitieron los sacrificios más dolorosos en nombre de la libertad y de la justicia, los hombres tienen motivo para exigir una victoria en que la justicia y la libertad sean reconocidas en todas partes y presidan, en todas partes, nuestra conducta.

La misión que incumbe al pueblo de los Estados Unidos en este esfuerzo conjunto para asegurar a las democracias un porvenir de justicia y de libertad ha sido comprendida perfectamente y es apreciada, en su gran valor, por el pueblo de la República Mexicana.

En ciertas épocas, el destino parece querer medir la aptitud de las naciones por el poder especial que les aníbuye. Ya hemos visto con nuestros ojos cómo pierden los agresores ese poder cuando lo emplean violentamente para exalta sus odios y sus prejuicios. Pero también hemos contemplado cómo se crecen sus facultades cuando las usan los pueblos libres para oponerse a la insolencia de los guerreros y a la avidez de los ambiciosos.

Lo que da su mayor importancia al formidable desarrollo industrial, económico y militar alcanzado por los Estados Unidos es, ante todo, la circunstancia de que las fuerzas extraordinarias de que disponen no están sujetas, como en el dominio de Alejandro, la Roma de los Césares, el imperio de los Habsburgos, la Francia de Napoleón, a un régimen personal, sino a un gobierno que, según lo enunciara la voz de Lincoln, es un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Sois un país que mantiene la política de la buena vecindad. Creo que esa doctrina es la reiteración más genuina de la voluntad de paz de nuestro hemisferio. Pero creo, asimismo, que todos debemos empeñarnos, hoy más que nunca, en extender a la realidad económica y cultural los beneficios de la tesis que sustentamos.

El entendimiento de los gobiernos dura bien poco si no es producto de la colaboración auténtica de los pueblos. Si limitáramos, en lo sucesivo, la eficacia de la buena vecindad a los convenios firmados por los gobiernos en lo que atañe a la igualdad teórica de los Estados, al respeto de sus territorios, a la práctica de la no `intervención y a la defensa conjunta del continente, defraudaríamos todavía muchas de las convicciones más hondas de nuestros pueblos. Porque la convivencia de cerca de trescientos millones de personas no es un problema jurídico solamente, ni es solamente un problema de técnica militar. Tanto corma en las soluciones políticas —y, acaso, más que en las soluciones políticas— esos millones de seres se hallan interesados en organizar una vida en que la ayuda para defenderse de los riesgos del extranjero en los años trágicos de la guerra tenga su natural complemento en la ayuda para vencer los riesgos de la pobreza y del abandono en los años difíciles de la paz.

El verdadero significado de la buena vecindad es cooperación. Cooperación que, partiendo de la afinidad democrática que nos une, salga del recinto de las Cancillerías y, sin detenerse en las pláticas de los estados mayores, asocie a los pueblos, fervienteniente en el afianzamiento de los derechos inalienables que vuestra Declaración de Independen cia señaló como aspiraciones supremas: la vida, la libertad, la felicidad.

El mejor baluarte de América será el que elevemos en el corazón de los hombres americanos. Y para elevar semejante baluarte en su corazón, tendremos que preocuparnos poi dar a todos los habitantes del continente una realidad que se encuentre de acuerdo, más cada día, con el ideal de amistad que le proponemos.

Es una responsabilidad para todos nosotros la de agregar a la política de la buena vecindad una economía de la buena vecindad y una cultura de la buena vecindad. Cuanto México y los Estados Unidos logren para llevar a cabo estos postulados, servirá a México y a los Estados Unidos. Pero servirá también a la América entera; porque la frontera de nuestras dos Repúblicas continúa siendo un punto de enlace y una piedra de toque para muchas manifestaciones del trato continental.

Ahora bien, las fronteras son lo que quieren que sean los pueblos que las definen y las defienden. Un obstáculo, a veces insalvable, entre naciones que no se entienden ni se perdonan. Y una línea íntima de contacto entre países que procuran, como los nuestros, trabajar alentados por la concordia y regidos por la justicia.

Formamos parte de un hemisferio que necesita de la acción de todos nosotros. México, que ha hecho honor a su deber sin olvidar nunca sus derechos, continuará, sin renunciar a ninguno de sus derechos, cumpliendo conscientemente con su deber.

Igual esperanza tenemos depositada en el presente y en el futuro de vuestra patria. Y si en alguna parte tal esperanza puede expresarse con plenitud es en este sitio, bajo una bóveda que ha escuchado muchas promesas trascendentales en favor de la unidad de América y de la solidaridad del género humano. ¿No fué aquí, en efecto, donde dijo el Presidente Truman que sería fútil buscar la seguridad tras de barreras geográficas, ya que una seguridad real sólo podrá encontrarse dentro de la ley y de la justicia? ¿Y no fué también aquí donde, años antes, anunció el Presidente Roosevelt que "desearía consagrar esta nación a la política del buen vecino", entendiendo como buen vecino a aquel "que respeta sus obligaciones y respeta la santidad de sus compromisos en un mundo integrado por vecinos?

Vivirnos en una región de la tierra que llamamos el Nuevo Mundo. Vamos a ver si somos capaces de hacer de ella el principio de algo más grande; el principio de un mundo nuevo; nuevo por su generosidad en la democracia, nuevo por la amplitud de su concepción humana y nuevo por su firmeza en el acatamiento a las normas del derecho.

En la obra que sea precisa para alcanzar ese noble anhelo, México nunca se detendrá.