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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1947 El Plan Marshall. George C. Marshall.

Universidad de Harvard, junio 5 de 1947

 

No necesito decirles, caballeros, que la situación del mundo es muy seria. Ello debe ser claro para toda persona inteligente. Considero que una dificultad radica en que la situación es de tan enorme complejidad, que el mero conjunto de hechos que se presentan al público por la prensa y la radio hacen extraordinariamente difícil que el hombre de la calle alcance a valorar la situación. Asimismo, el pueblo de este país se halla alejado de las zonas de conflicto, por lo que resulta difícil que comprenda los compromisos y las reacciones que surgen en pueblos que han sufrido por mucho tiempo, así como el efecto de esas reacciones en sus gobiernos, en relación con nuestros esfuerzos para promover la paz en el mundo.

Al considerar los requisitos para la rehabilitación de Europa, se estimaron con toda precisión la pérdida de vidas, la destrucción visible de ciudades, fábricas, minas y ferrocarriles; pero se ha hecho patente durante los últimos meses que la destrucción visible ha sido, acaso, menos seria que la dislocación de todo el fundamento de la economía europea. Durante los últimos diez años, las condiciones han sido profundamente anormales. La febril preparación de la guerra, así como el mantenimiento, aún más febril, de la lucha ahogaron todos los ámbitos económicos de la vida de esas naciones. La maquinaria es difícil de reparar, o bien es del todo obsoleta. Durante el gobierno arbitrario y destructivo de los nazis, casi todas las empresas se vieron involucradas en la maquinaria bélica de Alemania. Antiguos negocios comerciales, instituciones privadas, bancos, compañías de seguros y empresas navieras desaparecieron tras perder su capital, siendo absorbidos por la nacionalización, o sencillamente por la destrucción. En muchos países, la confianza en la moneda nacional se vio enormemente menoscabada. Durante la guerra, la quiebra de la estructura comercial de Europa fue completa. Mucho se ha retardado la recuperación porque, dos años después del fin de las hostilidades, no se ha alcanzado ningún convenio de paz con Alemania ni con Austria. Pero aun si lográramos una rápida solución de estas dificultades, la rehabilitación de la estructura económica de Europa demandará mucho más tiempo y esfuerzo de lo que habíamos previsto.

Hay un matiz del asunto que resulta tan interesante como grave. El granjero siempre ha producido bienes alimenticios que intercambia con el habitante de la ciudad por otros artículos, necesarios para la vida. Esta división del trabajo es la base de la civilización moderna. Actualmente, esta base se halla amenazada. Las industrias urbanas y las de los pueblos no producen ya una cantidad suficiente de artículos para intercambiarlos con el granjero que proporciona bienes alimenticios. Las materias primas y el combustible escasean. Hace falta maquinaria, o la que hay está en malas condiciones. El granjero o el campesino no encuentran los bienes que desean adquirir. El intercambio, pues, de sus productos por dinero que no puede emplear le parece una transacción poco ventajosa. Por lo que el campesino ha dejado de cultivar muchas de sus tierras para dedicarse a la crianza. Tiene más grano que almacenar, y dispone para sí y su familia de un vasto suministro de alimento, sin importar su precaria condición en lo que respecta a la vestimenta y demás artefactos de la civilización. Entre tanto, la gente de las ciudades carece de comida y combustible. Por ello los gobiernos se ven forzados a emplear la divisa extranjera y los créditos para adquirir esos bienes del exterior. Este proceso menoscaba los fondos que se necesitan con urgencia para la reconstrucción, con lo que crece una situación enormemente delicada que en nada beneficia al mundo. El sistema moderno de la división del trabajo en el que se basa el intercambio de productos se halla en peligro de desaparecer

La verdad del asunto es que las necesidades de Europa para los próximos tres o cuatro años en lo que concierne a la importación de alimentos y de otros productos esenciales —principalmente de los Estados Unidos— son mucho mayores que su capacidad actual de pago, por lo que deberá recibir ayuda adicional, o enfrentará un deterioro económico, social y político de graves dimensiones.

El remedio consiste en romper el círculo vicioso y hacer que los pueblos europeos recuperen la confianza en el futuro económico de sus propios países y de Europa en su conjunto. El fabricante y el granjero, en regiones muy extensas, deben tener capacidad y estar dispuestos a intercambiar sus productos por dinero, cuyo valor constante no ha de someterse a discusión.

Además del efecto desmoralizador en todo el mundo y de las posibilidades de que surjan dificultades como resultado de la desesperación de los pueblos afectados, las consecuencias que esto tendrá en los Estados Unidos es asunto que debe ser claro para todos. Lógico es que los Estados Unidos deben hacer todo lo que sea posible para colaborar en el restablecimiento de la salud económica del mundo, sin la cual no habrá estabilidad política ni podrá asegurarse la paz. Nuestra política no se dirige contra ninguna nación ni doctrina, sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos. Su propósito debe ser la revita- lización de una economía funcional en el mundo que permita el surgimiento de las condiciones políticas y sociales en que las instituciones libres pueden existir. Estoy seguro de que semejante ayuda no debe darse gradualmente en tanto estallen las diversas crisis. Toda ayuda que este gobierno pueda prestar en el futuro debe representar una cura y no un mero paliativo. Todo gobierno que esté dispuesto a colaborar en la tarea de recuperación encontrará una vasta cooperación, estoy seguro, por parte de los Estados Unidos. Todo gobierno que se esfuerce por entorpecer la recuperación de otras naciones, no puede esperar ayuda alguna de nosotros. Asimismo, los gobiernos, los partidos o grupos políticos que traten de perpetuar la miseria humana con el fin de beneficiarse políticamente o en cualquier otro sentido encontrarán la oposición de los Estados Unidos.

Ya es claro que, antes de que el gobierno de los Estados Unidos pueda llevar más allá sus esfuerzos de aliviar la situación y colaborar a que el mundo europeo avance en su recuperación, debe existir algún acuerdo entre los países de Europa considerando las necesidades de la situación y la parte que esos países desempeñarán a fin de que resulte adecuada cualquier acción que este gobierno pueda emprender. No sería ni adecuado ni conveniente que este gobierno emprendiera, unilateralmente, la preparación de un programa destinado a levantar la economía de Europa. Éste es asunto de los europeos. La iniciativa, pienso yo, debe surgir de Europa. El papel de este país debería consistir en la ayuda amistosa en la elaboración de un programa europeo y en el posterior apoyo de ese programa en la medida en que podamos hacerlo. El programa debería ser un programa conjunto, apoyado por un buen número de las naciones europeas, si no por todas.

Parte esencial de toda acción exitosa de nuestro país consiste en que el pueblo de los Estados Unidos comprenda la dimensión del problema y los remedios que deben aplicarse. La pasión y los prejuicios políticos no deben intervenir. Con prudencia y buena voluntad por parte de nuestro pueblo al enfrentar la enorme responsabilidad que la historia ha encomendado a nuestro país, podrán superarse las dificultades que he planteado.