Home Page Image
 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


La Fiebre Aftosa y el Convenio de Comercio con Estados Unidos. Jaime Torres Bodet.


[...] ¡Débiles y fuertes! Advierto que reincido, sin proponérmelo, en esta antinomia fundamental... Y su reiteración me conduce a preguntarme: ¿Por qué motivos, aún deseándolo, suelen no comprenderse países como México y Estados Unidos?

Empezaré por manifestar que aprecio sinceramente a nuestros vecinos. Admiro su voluntad de grandeza y su perseverancia en el propósito de lograda. Por momentos, parecen darse cuenta de su enorme potencialidad para el bien. Cobran conciencia clara de sus recursos -y están a punto de merecerlos. Pero, de pronto, confunden grandeza y fuerza. Y, al obrar con el egoísmo de un pueblo fuerte, olvidan que podrían ser todavía más grandes si no creyeran que la grandeza debe imponerse por la fuerza, y sobre la fuerza, y si admitiesen que la lealtad de los más pequeños no ha de ser subordinación servil.

Individualmente, el norteamericano a menudo es franco, recto, sencillo, intrépido y generoso. Pero, colectivamente, todas esas virtudes individuales cambian en ocasiones de rumbo. La franqueza adquiere, en determinadas crisis, tonos insolentes de imperio. Parecen torpeza la sencillez; intransigencia la rectitud; la intrepidez, jactancia en la preeminencia y la generosidad, dispendio sin efusión.

Pocas naciones han tenido tantas oportunidades de conquistar el respeto de los demás, sin acudir al apremio y a la mentira. Ninguna ha estado tan cerca de conseguir una armonía mundial por métodos éticos y pacíficos. Pero algo (una súbita desconfianza, una explosión de orgullo, una amenaza extranjera, o una duda imprevista sobre sus aptitudes) suele desorientar a la unión norteamericana. Quisiera, entonces, que la amistad fuese dura alianza -y la unidad, silenciosa uniformidad. Exige contratos, cuando le bastarían entendimientos. Y pretende que "el estilo americano de vida" sea compartido hasta por aquellos que desearían tener "estilo", pero casi no tienen "vida". Su política, en relación con la América Latina, ha comprobado muchos errores. Apoyó a tiranos del Caribe y de Sudamérica... hasta el momento en que éstos la traicionaron, o sucumbieron, o aceptaron el ostracismo. Ha preparado a muy buenos especialistas políticos; pero son tantos, y tan contradictorios, que acierta difícilmente a escoger -en el momento propicio-la advertencia que debería. Lo que demuestra que la multiplicidad de consejos puede ser tan infortunada como la falta de consejeros.

Tampoco representamos nosotros un paradigma clásico de virtudes. Nos irrita contemplar la grandeza ajena. Y, al contemplarla, nuestra inteligencia nos lleva a buscar las bases -injustas o inconfesables- de esa grandeza. En el caso de Estados Unidos la quiebra histórica resulta -para nosotros- fácil de percibir. El despojo que sufrimos, como consecuencia de la guerra de 1847, explica nuestra actitud.

Padecemos un resentimiento profundo: más cruel cuanto más larvado. Porque la ajena grandeza no solamente suele irritamos y hasta ofendemos. En ocasiones, nos deslumbra y nos paraliza, como la fascinación de un mirar hipnótico. Exaltamos nuestro patriotismo; pero el fervor popular no se encuentra inmune a la seducción de los éxitos extranjeros. Nos opondríamos, con denuedo, a cualquier intento de una nueva invasión armada. Sin embargo, aceptamos -casi con gratitud- la invasión pacífica y económica.

Dudamos, sistemáticamente, del valor de nuestros artistas; pero, si los elogian en Nueva York, o en Berlín, o en Londres, los recibimos cual si fueran genios simbólicos. Las enchiladas y los tamales ganan prestigio si los expenden cafeterías con letreros donde figuren apellidos de allende el Bravo. El más vernáculo elaborador de tortas compuestas añade, tras de un apóstrofo, una s exótica al Enrique, Fernando o Pablo con que su padre lo bautizó. Y los aplausos que nuestras masas prodigan a los visitantes ilustres, venidos del otro lado de la frontera, no son siempre el efecto de una consigna.

Cuanto he dicho plantea, a cualquier secretario de Relaciones, un problema fundamental. Si trata de erguirse, en declaraciones o en actos públicos, se le congratula en voz alta -y se le censura en lo privado. El responsable de nuestra Cancillería debe medir con realismo hasta qué punto lo apoya efectivamente el país en lo que parece más exigirle: la arrogancia, grata a las multitudes. Y, si quiere servir en verdad a su pueblo, no ha de ir más allá, en lo que dice, de lo que puede en la práctica hacer. Como Ulises, cuando le interese el canto de las sirenas, habrá de oírlo, amarrándose previamente a alguno de los mástiles de su nave.

Estas ideas me guiaron constantemente. Por fidelidad a la patria, me sentía obligado a ser -a la vez- prudente e insobornable. Cauto en la forma; sólido en los principios. Tuve que sortear asuntos que personalmente no me agradaban. Por ejemplo, ¿cómo oponerme a la colaboración norteamericana en la lucha emprendida contra la fiebre aftosa? ¿Y cómo negarme a participar en la Conferencia de Río de Janeiro, en 1947, sin poner a México al margen de la acción colectiva del hemisferio, decidida en Chapultepec?... Sin embargo, procuré siempre -y en todas las circunstancias- no hacer de la cooperación una abdicación. [...]

Tomado de: LA VICTORIA SIN ALAS.