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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1946 Pensamiento del Pueblo Mexicano. Vicente Lombardo Toledano

 

Nosotros venimos del pueblo de Dolores; descendemos de Hidalgo; nacimos luchando como nuestro padre, por los símbolos de la emancipación, y como él, luchando por la santa causa desapareceremos de sobre la tierra.
Ignacio Ramírez.

 

 

 

I. LOS DOS MÓVILES HISTÓRICOS DEL PUEBLO MEXICANO

El pensamiento de México, el pensamiento de su pueblo, la forma de entender la vida y de valorarla, sus metas próximas y lejanas, sus ideales respecto de su existencia propia y del destino de la humanidad, han sido el producto de dos móviles que lo han impulsado desde su génesis hasta hoy, en el curso de su evolución histórica: la lucha contra la miseria y la lucha contra la opresión.

La búsqueda de los derechos esenciales del individuo, el derecho a la libre expresión del pensamiento, el derecho a la libertad de creer, el derecho al trabajo, el derecho a la cultura y el derecho a vivir sin zozobra, así como el afán por el progreso y el sentimiento de la independencia nacional, han sido en el pueblo de México el resultado natural de su lucha contra la opresión y la miseria.

Desde antes de la llegada a México de los españoles, durante la conquista, en el curso de los siglos del régimen colonial y a lo largo de la centuria ya corrida de la vida independiente de la nación, el pensamiento del pueblo ha sido siempre el mismo, es su esencia: huir de la desgracia, salvarse del infortunio, acabar con la tiranía, destruir las fuerzas que degradan al hombre impidiéndole ser él mismo y que deprimen a la colectividad negándole el derecho a vivir de acuerdo con su propio querer. No hay historia más dramática en América que la historia del pueblo mexicano. No hay ejemplo de pensamiento más fiel a sí mismo y más perseverantemente mantenido en esta región del mundo, que el pensamiento de México.

Y a causa de esta fidelidad, de esta profundidad en la historia, de esta pasión sin desmayo, no le fueron ajenos al pensamiento de México ideales semejantes a los suyos en las demás partes de la Tierra, ni fueron indiferentes a los hombres de otros países las grandes luchas del pueblo mexicano.

Ha sido tan profundamente humano el pensamiento de México, que por esta calidad ha sido siempre universal. Han sido tan apasionadamente patrióticos su afán de progreso y su sentimiento de independencia, que esta fuerte característica provinciana lo ha obligado a salir en defensa de esfuerzos semejantes a los suyos en otras regiones del mundo.

Acompañemos al pueblo mexicano en el curso de su vida.

II. EL MÉXICO PREHISPÁNICO

Con ser grandes el asombro y la admiración de los hombres del siglo XVI por el grado de adelanto al que habían llegado los antiguos pobladores de México, más grandes son el entusiasmo y el elogio de los arqueólogos y antropólogos de nuestra época.

Sin el empleo de animales domésticos, sin instrumentos de metal y sin el descubrimiento del principio de la rueda, conociendo sólo el uso del fuego y practicando la agricultura, los antiguos mexicanos -particularmente los mayas- no sólo fueron el pueblo más adelantado de América, sino que ningún pueblo del viejo mundo alcanzó en un estado de evolución semejante el nivel de cultura que ellos tuvieron. En arquitectura, en escultura, en pintura, en el pulimento de las piedras, en el arte de trabajar la pluma y la orfebrería, eran maestros inigualables. A ellos se debe la invención de la escritura en este hemisferio. En conocimientos astronómicos fueron superiores a los antiguos egipcios y babilonios. La historia era para ellos una ciencia. Por eso hoy el gran americano Silvanus G. Morley, como fruto de su vida dedicada a la investigación de los tesoros que ocultan las selvas de México y Guatemala, exclama entusiasmado: "Podemos muy bien aclamar a los mayas, sin temor de contradicción efectiva, como el pueblo más brillante del planeta.”

Pero si desde el punto de vista de la evolución histórica general de la humanidad, los mexicanos de hoy nos sentimos orgullosos del grado de progreso que habían logrado los grupos mejores de nuestros antepasados, desde el punto de vista puramente humano, juzgando al pueblo por su bienestar material y el disfrute de la vida, el panorama del México antiguo es solo la visión de comunidades humanas que vivían en el periodo medio de la barbarie, con un régimen interior de opresión, en cada una de ellas, dentro de un ambiente de violencia de las naciones fuertes sobre las débiles.

Monarquías teocráticas basadas en los privilegios de la casta sacerdotal, de la nobiliaria y de la constituida por los jefes del ejército, las masas del pueblo trabajaban para los usufructuarios de tal organización social y sufrían las consecuencias de la pobreza perpetua y de las guerras frecuentes. Y como si no fuese bastante dura tal situación, los riesgos inherentes a sistemas de agricultura rudimentarios, la pobreza de la tierra en algunas regiones, la falta de lluvias o el exceso de ellas, las heladas tempranas o tardías y otros fenómenos meteorológicos, llevaban el hambre de un modo periódico a los pueblos del México antiguo, obligándolos a emigrar o incitándolos a emprender guerras de conquista para subsistir los unos a costa de los otros.

Las hambres cíclicas son una amenaza suspendida perpetuamente, como una espada gigantesca, sobre la vida de los mexicanos. Por eso su civilización, asentada sobre el cultivo del maíz, engendra una religión de lamentos y de sangre, cuyas mayores deidades han de preocuparse de las lluvias, de la germinación de las semillas, del curso del viento, de la floración de las plantas, de la madurez de los frutos y de hacer victoriosa la guerra contra pueblos hermanos, enemigos sólo porque pueden ser despojados de lo suyo, para hacer menos doloroso el triste vivir del más fuerte.
 
A la llegada de los españoles, el imperio azteca ha sojuzgado ya a casi todos los pueblos del vasto territorio mexicano. Sólo las tribus cazadoras y recolectaras del norte, ajenas a la cultura del centro y del sur del país, viven dueñas de sus grandes desiertos y de sus montanas llenas de una rica fauna.

Así se explica que la vida de la raza sea sobria, introvertida, triste, aun para las castas superiores.

Un viejo cantar de Huejotzingo dice:

"Sólo las flores tristes, sólo los melancólicos cantares en todo México se han acrecentado; de los cuales aquí en Tlaltilolco ya es bien notorio (...) Nos infaman y nos menoscaban, porque somos plebeyos. Solo nosotros que las hemos sentido, sabemos lo que son penas, lo que son congojas, como es notorio".

En el undécimo de los conocidos con el nombre de Cantares de los mexicanos, el poeta clama por su pueblo:

"¿Dónde habitará mi alma? ¿Dónde está mi morada? ¿Dónde estará mi casa? Soy miserable sobre la Tierra".

Y en el Canto para el Teponaztli:

"Yo soy miserable como la última flor".

Solo las moradas de los dioses tienen solidez, altura y belleza. Las habitaciones de los hombres son de cañas y barro, y se hacen y se destruyen en breves horas, sin dejar huella, como los cubiles de algunos animales salvajes.

Sólo las joyas que adornan al monarca y a los nobles, a los sacerdotes y a los guerreros, son de metales preciosos. EI vestido del pueblo es pobre y deleznable.

La raza se templa en el sufrimiento diario y en la vida casi sin esperanza en un mundo mejor. Se abraza el pueblo a su propio dolor, acepta resignado su destino y sólo tiene por consuelo la belleza de la primavera que engalana la tierra y alegra sus ojos por breves días. La literatura mexicana antigua está llena de lágrimas y de invocaciones a los dioses pidiéndoles misericordia y consuelo, serenidad interior y paz internacional, como decimos hoy. EI Cantor de la pobreza dice:

"Ojalá que haya paz en la Tierra con agrado del pueblo".

III. LA CONQUISTA

La espada y la cruz realizaron la conquista de México. Pero la cruz fue espada, también, y la espada fue cruz.

Las naciones sometidas al yugo del imperio azteca se aliaron a Hernán Cortes contra sus opresores y el español venció, pero bien pronto quedaron todos los mexicanos dominados por la misma fuerza, por un poder extraño que si representaba la cultura más alta de su tiempo en Europa, en México fue violencia y despojo, fuego y sangre, aventura asombrosa, pero además de audaz, empresa cruel que hundió a los mexicanos en la esclavitud, les arrebató sus tesoros, demolió sus templos, prohibió sus creencias e invalidó sus tradiciones.

A tal punto llegó en los españoles la fiebre por el oro y la plata, que para justificar la horrible explotación de los indios en las minas y en la construcción de edificios públicos, caminos y casas, propias de sus amos, algunos de estos inventaron la teoría de que los mexicanos no eran hombres, sino bestias, no merecedores de consideraciones y respeto.

Sólo el espíritu y las manos suaves de los misioneros llevaron a algunos de los indios vencidos el consuelo del trato amable y de la esperanza confusa en una vida mejor.

Sobre los escombros y el humo del incendio de la gran Tenochtitlan, que perdió la mayoría de sus habitantes, se erigió con la amenaza y el látigo la nueva ciudad que sería cabeza de la Nueva España, y comenzó el nuevo régimen político, que para la existencia de la mayoría del pueblo fue, en muchos aspectos, peor que el sistema de la vida prehispánica. Los historiadores hispanófilos, los partidarios del imperio español, gustan de relatar con fruición de anticuarios ricos, los bienes del régimen colonial. Hablan de los colegios para indios, de los hospitales y de los establecimientos de beneficencia y de enseñanza. Declaran con orgullo que México fue el primer país de América que tuvo universidad, el primero que poseyó una imprenta, y relatan los torneos, las mascaradas y las fiestas reales de la Nueva España, para afirmar que en esta tierra casi llegó a igualarse la vida social a la de la metrópoli.

La nueva ciudad de México es como un imán para la codicia de quienes en España desean hacer fortuna fácil. Su fama vuela por el mundo en ditirambos que conmueven por el elogio ingenuo y desmedido. A fines del siglo XVI, Bernardo de Balbuena, "el primer poeta genuinamente americano", trata de contagiar a todos con su entusiasmo de deslumbrado ante la magnificencia de México, y escribe su Grandeza mexicana, que es al mismo tiempo que declaración de amor de provinciano feliz, de haber huido de la provincia, una loa a la España monárquica que sus ojos quieren ver repetida en esta tierra.

Ríndase el mundo, ofrézcale la Palma,
confiese que es la flor de las ciudades,
golfo de bienes y de males calma.

Pida el deseo, forme variedades
de antojo el gusto, el apetito humano
sueño goloso y pinte novedades,
que aunque pida el invierno en el verano,
y el verano y sus flores en invierno,
hallara aquí quien se las dé a la mano.

Pero los palacios, los caballos arrogantes, las calles ricas, el buen trato, los cumplimientos, las bellas letras, la producción exquisita de los artesanos, los saraos y las fiestas de la corte mexicana, la riqueza del gobierno, la opulencia del clero y hasta la perpetua primavera del luminoso valle de México, eran bienes reservados únicamente a la pequeña minoría de españoles nacidos en España, pues aun los que aquí vieron la luz por primera vez, descendiendo de españoles y los mestizos, los indios y los negros, y las castas múltiples de obreros oscuros, sólo recibían del régimen colonial opresión y miseria.

Es verdad que florecieron las artes plásticas y la literatura como en ninguna otra parte de América, durante la vida de la Nueva España. Es cierto también que los mexicanos pusieron, sobre todo en la arquitectura, su espíritu inconfundible y su sello propio al construir las fabricas bajo la dirección de los maestros españoles, pero fue sólo su gusto, no su pensamiento político. En cuanto a la pintura, todo fue prolongación de la pintura española cuando no imitación servil de ella. Y si en el campo de las letras Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón enriquecieron con el oro más puro el tesoro de la poesía y del teatro de la mejor época de la cultura española, sólo matices a la expresión pueden ser mexicanos en su obra, ya que ésta pertenece por entero al mundo espiritual del brevísimo grupo ilustrado de la Colonia, que no vive para México sino para España. Y así fue la literatura mexicana hasta el término del gobierno virreinal.

Lo que el pueblo vivió fue el régimen del latifundio, de la esclavitud en las minas, del monopolio del comercio, de los estancos, de las alcabalas, del crédito usurario, de la corrupción de los tribunales de justicia, de la administración pública burocratizada e ineficaz, del vicio en la política, de la intolerancia de los crímenes de la Santa Inquisición, de la persecución por la libre expresión del pensamiento, del sometimiento del gobierno civil al poder eclesiástico y del dominio omnímodo de la Iglesia católica en todos los actos importantes de la vida humana.

La historia del régimen colonial es la confesión oficial de la violación permanente de las leyes y de las recomendaciones reales en perjuicio del pueblo mexicano. Desde las primeras cartas de los religiosos de la Nueva España dirigidas al monarca y a los propios funcionarios civiles y eclesiásticos de la Colonia, hasta que estalla la guerra de Independencia, la queja es la misma: no se cumple con lo mandado por el rey ni por el Consejo de Indias ni por los buenos virreyes. Una es la ley y otra es la realidad amarga.

En este ambiente va naciendo la nueva raza mexicana, fruto de la unión, a veces violenta, entre españoles y mujeres de la tierra. Cuando el mestizo aparece, los blancos lo desprecian y sus madres morenas le tienen miedo. Llega a España la noticia del llamado engendro, y cuando los nuevos mexicanos se multiplican hay quienes proponen al rey que se recojan todos y se envíen a la metrópoli para la guerra, pues pueden llegar a constituir un peligro para la floreciente colonia forjada en México.

Pero los mestizos se multiplican y crecen más rápidamente que el temor de los españoles, y van llenando el país. Sintiéndose despreciados por todos, a pesar de que tienen virtudes superiores a las de los europeos, empiezan a vivir su mundo propio al lado de los españoles nacidos en México, de los mexicanos blancos, de los criollos, despreciados también sólo por su cuna americana.

La literatura popular recoge este estado sicológico del pueblo. Así, el "Romance del Mestizo" dice:

¡Ay, señora Juana!
vusarcé perdone
y escuche las quejas
 de un mestizo pobre;
que aunque remendado,
soy hidalgo y noble,
y mis padres, hijos
de conquistadores;
 y si es menester
por Dios que me enojo,
porque me conozcan
 esos españoles
y en mi peladilla
y a la media noche
con mi media luna
les dé cuatro golpes...

Y en una sátira anónima, el criollo recibe al advenedizo de la siguiente manera:

Viene de España por el mar salobre,
a nuestro mexicano domicilio
un hombre tosco, sin ningún auxilio,
de salud falto y de dinero pobre.
Y luego que caudal y ánimo robre,
la aplican en su bárbaro concilio
otros como él, de Cesar y Virgilio
las dos coronas de laurel y cobre.
Y el otro, que agujetas y alfileres
vendía por las calles, ya es un conde
en calidad, y en cantidad un Fúcar;
y abomina después el lugar donde
adquirió estimación, gusto y haberes,
y tiraba la jábega en Sanlúcar.

Tardíamente el régimen colonial otorga a los criollos y a los mestizos algunos derechos y les ofrece posibilidades de incorporarse en la dirección del país; pero es tan honda la división entre los privilegiados y los desposeídos de toda clase de bienes y libertades que, cuando el antiguo rector del viejo Colegio de San Nicolás, de la ciudad de Valladolid, llama desde el púlpito de Dolores al pueblo mexicano para que se levante contra el imperio español, la lucha por la independencia reviste el carácter de una profunda lucha de clases.

IV. LA PRIMERA REVOLUCIÓN

El primer grito espontáneo del pueblo mexicano fue: "¡Mueran los gachupines!" Ese grito quería decir: ¡Abajo el régimen colonial! ¡Muera la miseria! ¡Muera la opresión! ¡Viva México independiente!

Con la Revolución aparece el verdadero pensamiento del pueblo expresado sin temor, protegido por los fusiles de los insurgentes. La sátira, la fábula, el corrido, la hoja impresa, el panfleto y los periódicos de las trincheras, dan cuenta a la Nueva España y a Europa de los verdaderos deseos del pueblo mexicano.

El 16 de septiembre de 1810 comienza la lucha por una patria libre, pero, de hecho, la patria mexicana hace tiempo existe. Vive ya la conciencia de lo propio, el sentimiento del ser nuevo. ¡Ha nacido América! En todos los documentos de los caudillos de la Revolución, en sus discursos y en las opiniones del pueblo, México es América y América es México, por contraposición al régimen caduco de los europeos españoles, que es la Europa que los mexicanos conocen.

En un manifiesto de Hidalgo, en el que rechaza el cargo de no ser católico y de haber llegado a la herejía por encabezar la lucha por la independencia de México, dice el Padre de la Patria:
 
“Abrid los ojos, americanos, no os dejéis seducir de nuestros enemigos, ellos no son católicos sino por política; su Dios es el dinero, y las conminaciones solo tienen por objeto la opresión ( ... ) El móvil de todas esas fatigas -de los españoles por venir a México- no es sino una sórdida avaricia; ellos no han venido sino para despojarnos de nuestros bienes, por quitarnos nuestras tierras, por tenernos siempre avasallados bajo sus pies ( ... ) Rompamos, americanos, estos lazos de ignominia que nos han tenido ligados tanto tiempo; para conseguirlo, no necesitamos sino unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida, y nuestros derechos a salvo. Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo, veamos desde luego como extranjeros y enemigos de nuestras prerrogativas a todos los que no son americanos.”

El mismo Hidalgo declaró abolida la esclavitud en México. José María Morelos, poco después, decretaría la desaparición de las divisiones entre los mexicanos por motivos raciales, ordenando que en lo sucesivo los indios, los mulatos, los mestizos y todas sus variantes deberían nombrarse sólo con el titulo de americanos.

Y principia la reforma social, la lucha contra el latifundio y contra los privilegios. En un documento en el que Morelos plantea la confiscación de intereses de europeos y americanos adictos al gobierno español ordena:

“La primera diligencia que sin temor de resultas deben practicar los generales o comandantes de divisiones de América, luego que ocupen una población grande o pequeña, es informarse de la clase de ricos, nobles y empleados que haya en ella, para despojarlos en el momento de todo el dinero y bienes raíces o muebles que tengan, repartiendo la mitad de su producto entre los vecinos pobres de la misma población (...) Deben también inutilizarse todas las haciendas grandes, cuyos terrenos laboríos pasen de dos leguas cuando mucho, porque el beneficio positivo de la agricultura consiste en que muchos se dediquen con separación a beneficiar un corto terreno, que pueda asistir con su trabajo e industria, y no en que un solo particular tenga mucha extensión de tierras infructíferas, esclavizando millares de gentes para que las cultiven por fuerza en la clase de gañanes o esclavos” ...

En los romances de la guerra de Independencia esas dos ideas centrales inspiran a los poetas del pueblo: la noción de una nueva patria, de una nueva América, y la lucha a muerte contra la explotación humana.

El  'Romance del Grito de Dolores" dice:

Hidalgo se les presenta
erguida la frente noble,
reflejando en la mirada
puro, indefinido goce.
"Sabed, les dice, hijos míos,
que si el cielo nos socorre,
la libertad a la Patria
vamos a dar; los albores
del dieciséis de septiembre
brillaran cuando los hombres
que en nuestro pecho sentimos
que sangre de libres corre,
habremos todos jurado
de tiranos españoles
hacer a la Patria libre
a la faz de todo el orbe.
Y ya no habrá encomenderos,
ricos, marqueses y condes,
humillando a los que han sido
de esta tierra los señores.
Iremos a las ciudades
y cruzaremos los bosques,
llevando por donde quiera
de la Patria los pendones.
Hijos míos, en este suelo
 que para siempre se borre
 del esclavo el nombre odioso,
y de libre lleve el nombre.
Y no harán al mexicano
que distinta senda tome,
ni el temor de los cadalsos
ni el fragor de los cañones".
 
 La revolución ha estallado porque el régimen colonial ha paralizado la vida del país con sus monopolios materiales y políticos y con el aislamiento internacional de la Nueva España, que llega hasta la asfixia; pero sus mejores lideres, exponentes genuinos y directos del pueblo, hallan aliento también en las ideas democráticas que corren por el mundo y hacen temblar desde sus cimientos al imperio español. El cura Hidalgo es un lector apasionado de los grandes teóricos de la Revolución francesa cuyas ideas defiende y comenta entre sus mejores amigos y discípulos que forman con él, en el pueblo de Dolores, un grupo que se reúne casi clandestinamente y al que llega a llamársele la "Pequeña Francia".

El cura Morelos también, y los hombres que lo rodean y dirigen el primer Congreso de México, participan de las ideas de Juan Jacobo Rousseau y del barón de Montesquieu, y de los caudillos de la Revolución de 1789, encontrando en ellos la confirmación teórica plena de los ideales surgidos en México por razones exclusivamente mexicanas. Dos años después de haber estallado la revolución de Independencia, las Cortes de Cádiz dan para el reino de España y para sus colonias, una nueva constitución que se inspira en las opiniones de los enciclopedistas, y que tan pronto como es conocida en la Nueva España multiplica el impulso de los insurgentes.

De este modo surgen las primeras instituciones del derecho público mexicano, que Morelos sintetiza en forma admirable con su genio de caudillo del pueblo y de soldado excepcional, en un documento firmado en Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813, titulado "Sentimientos de la Nación”, y que servirá de base para la primera constitución de la República naciente, de octubre de 1824.

A partir de entonces, la doctrina del liberalismo, con sus consecuencias en el orden económico, político y social, representaría el pensamiento progresista del pueblo, en tanto que la teoría de un gobierno central, fracasado el intento del imperio de Agustín de Iturbide, representaría la opinión del sector reaccionario de la sociedad mexicana.

Conservadores y liberales, "mochos" y "chinacos", "verdes" y "rojos", habrían de combatir encarnizadamente por largos años, con todas las armas a su alcance, para hacer prevalecer sus principios, tomando el poder transitoriamente los unos y los otros, hasta que la primera gran tragedia nacional del México independiente sacude a la República en formación desde sus más profundas raíces.

V. LA GUERRA CONTRA ESTADOS UNIDOS

Vinculados a la lucha decisiva por la orientación futura de los Estados Unidos de América, los colonos de Texas declararon su independencia de México, violando los derechos fundamentales de la República y traicionando al país que los había albergado en su seno, y solicitaron después ser incorporados en la Unión Americana, en ayuda de los esclavistas del sur.

El problema era claro. No cabía duda. Ni siquiera existían pretextos para despojar en México de lo suyo. Voces poderosas se levantaron en los Estados Unidos a favor de México, entre ellas la de Henry Clay: "Considero la anexión de Texas, en este momento y sin el consentimiento de México, como una medida nociva para nuestro carácter nacional y que seguramente nos conducirá a una guerra, no sólo con México sino también con otras potencias". Abraham Lincoln, apoyando a Clay como candidato a la presidencia de su país en 1845, afirmaba: "Nunca he creído que pueda venir bien de ninguna anexión, ya que también ellos -los mexicanos- pertenecen a una República tan libre como la nuestra. Por otra parte, nunca he podido comprender cómo una anexión podría dignificar el mal de la esclavitud". A pesar de estas advertencias la guerra vino y aprovechándose los invasores del estado de desorganización del país y de la conducta de los traidores a la patria, le fue impuesta una paz a México, justamente hace un siglo, en virtud de la cual no solo perdió Texas, sino más de la mitad del territorio nacional.

Las tierras más ricas del país para la agricultura y la ganadería, con minas de petróleo y de metales de enorme valor, y con otros recursos de importancia, gracias a los cuales los Estados Unidos de América han llegado a ser la gran potencia de nuestro tiempo, le fueron arrebatados a México.

El pueblo, que hasta entonces había luchado sólo por su independencia de la metrópoli española y contra los que la representaban aun en el país, vio aumentadas la miseria y la opresión seculares por una fuerza nueva que se alzaba más peligrosa que la de España en el camino de su libertad.

Durante muchos años, después de la guerra de 1847, el pueblo mexicano vive con el complejo tremendo del mutilado. Todavía ayer el poeta Ramón López Velarde había de decir:

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Incompleto su cuerpo, acosado su espíritu desde el nuevo y viejo mundo; imposibilitado de progresar por la guerra sin cuartel de los supervivientes del régimen colonial, empeñados en que México volviese al pasado, sólo su fe en los principios de la libertad del hombre y de la nación, y su voluntad inquebrantable de consolidar la obra de la independencia alcanzada en 1821, le permitieron vivir.

El general Antonio López de Santa Anna encarna al oportunista y al traidor, y con su nombre el pueblo aumenta la lista de sus enemigos. Cuando llega en su ambición loca por el poder a proclamarse a sí mismo "alteza serenísima", el pueblo canta esta canción:

Santa Anna quiere corona,
se la haremos de papel,
porque la de oro que había,
era la de Santa Isabel.
¡Ay! que sí; ¡Ay! que no,
Santa Anna quiere corona,
malhaya... i pero si no!

Y cuando se realiza el gran movimiento nacional que tiene como programa el Plan de Ayutla, para unir al país y acabar con el caos reinante, Santa Anna huye ante el triunfo del pueblo. Y este lo despide:
 
Ya el águila se voló,
ya el nopal quedó solito,
ya Santa Anna pegó el grito,
ya el congreso se acabó.
Dicen que los federales
tienen la vida vendida
ténganla o nunca la tengan
federales de mi vida.

VI. LA SEGUNDA REVOLUCIÓN

Los insurgentes habían logrado la independencia política de México, pero no la emancipación de su pueblo respecto del régimen colonial. Fue menester una nueva revolución que acabara con la estructura económica de más de tres siglos de explotación de las masas populares.

La revolución de Reforma fue el movimiento de los liberales mexicanos contra el régimen del monopolio de la tierra y de la conciencia en manos de la Iglesia católica, y en favor de los derechos del hombre, de la libertad de comercio en el interior del país y en el campo internacional, y de una república democrática y representativa de acuerdo con el sistema federal.

Se expidieron las leyes para organizar y presidir el naciente régimen, y en una nueva constitución, la de 1857, quedaron cristalizadas las principales normas de la nación. Pero fue preciso pelear fuertemente por el mantenimiento de la nueva Carta Política y por su cumplimiento fiel, contra el gran poder del clero, poseedor de los principales bienes del país, pues cuando este vio en peligro sus privilegios, fue a solicitar del extranjero su intervención en México, no sólo para hacer imposible la república, sino para que la nación pasase a ser una colonia del imperio de Francia, la fuerza mayor del mundo europeo de la época.

La guerra civil por la consolidación de la república democrática se transformó en la guerra patriótica contra los ejércitos de Napoleón II que pretendían, guiados por los reaccionarios, hacer de México el trono de Maximiliano de Habsburgo.
 
Más miseria y más opresión. Once años de guerra por la independencia; treinta y cinco años de luchas intestinas por establecer el régimen republicano; guerra con los Estados Unidos; nueva guerra civil después, para hacer posible el Estado independiente de la Iglesia, el gobierno civil basado en los principios de libertad y de justicia, y una nueva guerra internacional.

Pero el pueblo mexicano es indomable. Se irguió con fuerza extraordinaria sacada de su hambre y de su angustia, y encontró caudillos para dirigirlo, al frente de los cuales un indio puro y genial, Benito Juárez, levantó la bandera de la patria en peligro.

VII. LA GUERRA CON FRANCIA

La república fraguó en la lucha contra la intervención extranjera, teniendo como escenario lo mismo las ciudades que los pueblos, las rancherías, las montanas y los desiertos. Los patriotas le dieron a Juárez cuanto los hombres que luchan por un gran ideal son capaces de dar.

No quiero paz, ni quiero unión;
lo que quiero son balazos.
¡Viva la Revolución!

Así exclamaban los soldados del pueblo.

La causa de México triunfó. Maximiliano fue fusilado. La emperatriz Carlota Amalia abandonó el país seguida por la canción que el pueblo compuso para despedirla, burlón y galante.

Adiós, mamá Carlota,
adiós, mi dulce amor;
te fuiste para Francia
y sin tu emperador.
 
VIII. PAZ DE SEPULCRO

Porfirio Díaz, soldado de la patria durante la intervención francesa, se transforma en líder de las mejores fuerzas liberales del país, que el pueblo hace posibles con su sacrificio, pero instaura en México a poco andar su gobierno, la dictadura más larga y oprobiosa de que se tiene memoria en América.

Se reconstruye el régimen del latifundio, sólo que ya no es el latifundio eclesiástico, sino el monopolio de la tierra en manos de una aristocracia ridícula y sangrienta de señores provincianos, transformados en nuevos ricos que odian a los indios y a los mestizos, que miran hacia Europa dando la espalda a su propio país, que llaman progreso nacional a la fortuna propia y que tratan de justificar científicamente la tiranía.

El programa del movimiento liberal queda anulado; los derechos del hombre destruidos; no hay prensa independiente; no existe libertad de asociación política; los labriegos son esclavos que no pueden abandonar las haciendas sin permiso del amo, que transmiten obligatoriamente sus deudas personales a sus hijos, que no pueden protestar contra los abusos que los señores perpetran en sus mujeres, y que tienen, además, que servir como forzados en las filas del ejército. Los obreros viven en la miseria, sin derechos individuales ni colectivos. Las escuelas para el pueblo casi no existen. Las ideas democráticas se transmiten de un modo clandestino. Las guardias rurales recorren constantemente los caminos y visitan los poblados, y pueden asesinar a los pobres con impunidad. En las haciendas hay cárceles privadas y en algunas fábricas y obrajes también. La autonomía de los estados de la federación ha desaparecido; los gobernadores son nombrados por el dictador y cada cuatro años el séquito de éste simula las elecciones y declara cínicamente que el pueblo ha vuelto a elegir al dictador. He aquí un corrido elocuente:

De edad de quince años
me cogen de leva,
y me hacen soldado
del quince de Puebla. 
Y no me gusto
seguir la carrera,
y me deserté,
y me fui pa' mi tierra.
Me van amarrando
de las sangraderas,
y me hacen brotar
sangre de las venas.
Después el Consejo
me sentencia a muerte,
y yo me conformo
con mi triste suerte.
Tirar, compañeros,
tirar con valor,
dos en la cabeza,
tres al corazón.
 
He aquí otro cantar del pueblo debido al romancero inmortal de don Guillermo Prieto:

Estaba un charro sentado
en las trancas de un corral
y el mayordomo le dice:
No estés triste, Nicolás.
Si quiere que no esté triste
lo que quiero me ha de dar.
Y el mayordomo le dice:
Ve pidiendo, Nicolás.
Necesito treinta pesos, una cuera y un gabán.
Y el mayordomo le dice:
No hay dinero, Nicolás.
Necesito yo esa chata porque me quiero casar. Y el mayordomo le dice:
Tiene dueño, Nicolás.

Pero no sólo oprime al pueblo la fuerza económica y política de los mexicanos que rodean al presidente inamovible, sino también el capital extranjero que ha llegado a México al amparo de la dictadura, para explotar los recursos naturales más valiosos del país, como el petróleo, la plata, el oro y el cobre, y para construir los primeros ferrocarriles, como un apéndice de la gran red ferroviaria de los Estados Unidos de América, y como vía para el puerto de Veracruz por donde se realiza el comercio con Europa.

La vieja tristeza que acompaña al pueblo en toda su historia se acentúa durante la dictadura. En muchas regiones del país los indígenas son tratados como bestias de carga, a los que sus patrones pagan con aguardiente y los que las autoridades castigan por embriaguez. No hay más consuelo para ellos que la queja en voz alta y en su idioma nativo o en su rudimentario español, ante las esculturas de los santos de los templos católicos, mezcla confusa de sus viejos ídolos y de nuevas deidades cuya exacta significación nunca han entendido.

Al Señor de Chalma, el Cristo que tiene su santuario en la serranía del antiguo pueblo matlalzinca los indios le piden:

San señor de Chalma
dánoslo tu reina,
ya que en esta vida
tamos tan pelados.

Hasta el amor se hace difícil o imposible para muchos:

¿Cómo quieres, mujer, que yo te quiera,
si no tengo huaraches ni sombrero?
 
Las cárceles se llenan constantemente de las gentes más humildes del pueblo, que no han cometido otro delito que el de huir de las haciendas o el de protestar contra las humillaciones que los propietarios de las fabricas les infieren con frecuencia. Y de la cárcel, atados y formando una cadena oprobiosa, van el ejército, o los llevan a trabajar a las regiones más insalubres del país.

¡Ay! cárcel dura de duras penas,
donde se humilla mi corazón,
preso me llevan por cordillera
a ser soldado de un batallón.

Y la canción del “enganchado” dice:

Madre mía de Guadalupe,
me encomiendo a ti, Señora,
que me voy en el enganche
al estado de Sonora.
¡Ay!, que suerte fue la mía,
que tengo que abandonar
la tierra donde he nacido
para ir lejos a sufrir.
¡Ay! Cananea, quien pudiera
irse de aquí pa' mi tierra,
esta vida ya no es vida,
la tristeza me aniquila.

A veces el pueblo se hace justicia por su propia mano, cansado de la opresión y la miseria. Por todo el país aparecen rebeldes contra el gobierno que éste califica como bandidos o asaltantes de camino real. Pero el pueblo sabe que eso es mentira, y que los llamados ladrones son sus vengadores, y los protege y canta loas a sus andanzas, y de muchos de ellos hace símbolos románticos de una rebelión colectiva que está en marcha.

Macario Romero, Benito Canales y otros muchos nombres de valientes vuelan en las canciones por todo el país. Y hasta las mujeres de alma resuelta desafían el tremendo poder de la dictadura. En el Bajío hay una heroína de este tipo:

Con sus pistolas al cinto,
con su puñal afilado,
la valiente Carambada
ataca hasta l' Acordada.

IX. LA TERCERA REVOLUCIÓN

Así como el régimen colonial casi había asfixiado al país deteniéndolo en su evolución, de la misma suerte el régimen de Porfirio Díaz, basado en una agricultura pobre y rudimentaria, y en la explotación del petróleo y de las minas para provecho del extranjero, se convirtió en prisión estrecha para un pueblo que se había multiplicado a pesar de su miseria y de su falta de libertad.

La inconformidad entre las masas populares había aumentado mucho en los primeros años de este siglo al cumplirse el centenario de la patria, y hacia hablar contra el régimen a los más sensibles elementos de la inteligencia. Justo Sierra, historiador eminente, poeta lúcido, gran maestro y amante profundo de México, desde su alto puesto de secretario de Estado en el mismo gobierno de Porfirio Díaz, declara que" el pueblo tiene hambre y sed de justicia". Y la generación joven trata de hallar una teoría de la vida opuesta a la doctrina del positivismo, trasplantada a México por discípulos brillantes de Augusto Comte y que los beneficiarios de la dictadura utilizan como explicación valida del estado de cosas existente.

Se crea la Universidad Nacional de México. Se inaugura la Universidad Popular Mexicana, dedicada a los obreros. Y cuando Porfirio Díaz ha logrado reunir en la capital de la República, como si fuese la corte fastuosa de un gran monarca europeo, a los embajadores de todas las naciones de la Tierra, para mostrarles los grandes edificios nuevos, inspirados en la arquitectura francesa decadente de fines del siglo XIX, y probar, así, que México es un país que ha llegado a un grado superior de civilización, estallan los primeros tumultos contra el viejo dictador cuyo uniforme no tiene sitio ya para más condecoraciones.

En 1900, un grupo de liberales se había reunido en la ciudad de San Luís Potosí para analizar la situación de México. El 5 de febrero de 1901, en el mismo lugar, se lleva a cabo un congreso de todos los grupos liberales de la nación. El ingeniero Camilo Arriaga y otros jóvenes intelectuales resuelven darle al pueblo un nuevo camino y ofrecerle un programa de salvación. En 1905 se forma la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, que preside Ricardo Flores Magón. En 1906 surge la primera rebelión armada. En el manifiesto dirigido al pueblo mexicano, dicen los antiporfiristas: "Luchamos por la patria, por todos los oprimidos en general, por el mejoramiento de todas las condiciones políticas y sociales en nuestro país, para beneficia de todos". Y se suceden uno tras otro, en el norte y en el sur, movimientos subversivos que se frustran, pero que preparan el camino para una gran revolución popular.

El programa del Partido Liberal pugna por el establecimiento del régimen democrático; por un ejército integrado por ciudadanos y no por forzados; por el respeto a las libertades individuales; por la supresión de los tribunales militares; por la ampliación de la enseñanza pública; por la supresión de las escuelas confesionales; por la preparación y la retribución justa de los maestros de escuela; por la educación cívica del pueblo; por la protección de los recursos naturales del país, con el objeto de que no caigan en manos de extranjeros; por la no intervención del clero en la política; por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores; por la reforma agraria, partiendo de la división del latifundio y distribuyendo la tierra entre todos los campesinos; por la elevación del nivel de vida de las grandes masas rurales, para hacer posible el nacimiento de una industria nacional; por la restitución de las tierras que poseyeron en la antigüedad los pueblos y las comunidades; por la confiscación de los bienes de los privilegiados de la dictadura; por la creación de un banco agrícola que otorgue crédito barato a las agricultores pobres; por la implantación de la justicia, gratuita y eficaz; por la reforma del juicio de garantías, denominado juicio de amparo, para impedir los abusos del poder público contra los particulares; por la reforma a las leyes relativas a las relaciones familiares, estableciendo derechos iguales para los hijos de un mismo padre; por la transformación del régimen penitenciario en colonias de reeducación; por la supresión de los caciques locales, estableciendo el municipio libre; por la protección decidida y franca a los núcleos indígenas, y por la unidad de todos los pueblos de la América Latina, para defenderse en común de los peligros que a todos amenazan.

La prisión de San Juan de Ulúa, en Veracruz, se llena de presos políticos a los que se sujeta a terribles tormentos, pero ya el pueblo se ha puesto en camino y la represión resulta inútil. Los indígenas del Yaqui, en Sonora, y los de Tomóchic, en Chihuahua, se sublevan porque han sido despojados de sus tierras, que pasan a manos de extranjeros y de magnates del régimen. En la región minera de Cananea estalla la primera gran huelga, que es reprimida con la fuerza; el 30 de septiembre de 1906 hay un levantamiento en Acayucan. El 7 de enero de 1907, las fuerzas del ejército llevan a cabo una matanza de obreros de la región fabril de Orizaba, y poco a poco el pensamiento antirreeleccionista, para evitar la continuación indefinida de la dictadura, va ganando adeptos en todas partes. Francisco I. Madero es el conductor. Recorre la República como un misionero de la libertad y de la democracia, y el pueblo lo va siguiendo como cuando se juntan las gotas de agua formando hilillos casi imperceptibles y después pequeñas corrientes rumorosas, hasta que todas dan vida a un caudaloso río. "Sufragio Efectivo y no reelección" es el lema del apóstol. El 20 de noviembre de 1910 la Revolución estalla en la ciudad de Puebla. Aquiles Serdán es el primer revolucionario que muere en la lucha.

Porfirio Díaz abandona el país. Un gobierno provisional prepara las elecciones generales y Francisco I. Madero es aclamado presidente de la República, el 15 de octubre de 1911.

No más porque dices:
¡Que viva Madero!
Si vieras, chinita,
¡ay!, cuanto te quiero.

No ha llegado todavía, sin embargo, la victoria. El pueblo quiere algo más que derechos cívicos: quiere pan también. En el sur, el líder de los campesinos, Emiliano Zapata, formula el Plan de Ayala -26 de noviembre de 1911- cuyo programa tiene como lema "Tierra y libertad". En el norte, Francisco Villa capitanea un verdadero ejército de guerrilleros indomables que empiezan a hacer justicia directa al pueblo oprimido. Las organizaciones obreras se multiplican rápidamente. La Revolución vuelve a levantar las demandas populares no satisfechas aun, las viejas demandas de Hidalgo, de Morelos, de Juárez; las exigencias sustanciales de su historia.

Pero el presidente Francisco l. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez son asesinados el 21 de febrero de 1913 por el general Victoriano Huerta, jefe del ejército de la dictadura, que no ha sido disuelto, después de una conspiración en la que interviene el embajador de los Estados Unidos de América, Henry Lane Wilson, como habría de proclamarlo a la faz del mundo entero, en un acto de honradez ejemplar, el embajador de Cuba, Manuel Márquez Sterling.

EI pueblo entra en acción para vengar la muerte de Madero y para alcanzar los objetivos profundos de la lucha contra la dictadura. Lo primero es destruir al ejército de Porfirio Díaz y recuperar el poder para que el gobierno se transforme en fuente de nuevas normas políticas.

La nación se ensangrienta a lo ancho y a lo largo de su territorio. De 1913 a 1917 muere alrededor de medio millón de mexicanos.

Campesinos, rancheros, obreros, artesanos, maestros de escuela, comerciantes e intelectuales se improvisan soldados y jefes de guerrillas. Como en la guerra de Independencia, como en la guerra contra los Estados Unidos de América, como en la revolución de Reforma, como en la guerra contra Francia, el pueblo vuelve a cantar a sus héroes, a proclamar su decisión de vencer a sus enemigos y a sonar con un México nuevo.

La sangre que es derramada
por montes y serranías,
es por el traidor de Huerta,
Mondragón y Félix Díaz.
 
Yo soy soldado de Pancho Villa,
de sus Dorados soy el más fiel;
nada me imparta perder la vida
si es cosa de hombres morir por él.

Y otro:

Andaban los federales
que no hallaban que hacer,
pidiendo enaguas prestadas
pa' vestirse de mujer.

Las facciones armadas luchan entre sí para hacer prevalecer su programa, para transformar a sus jefes en los directores supremos del país. Desaparecen caudillos que el pueblo adora. Zapata es asesinado, víctima de una traición, pero la gente humilde que no se cansa de llorar por él, afirma que no ha muerto su líder y que se le ve pasar a caballo por las más altas cumbres de la serranía suriana.

EI 6 de enero de 1915, don Venustiano Carranza expide una ley contra el régimen del latifundio, ordenando la restitución de las tierras a los pueblos que las hubieren perdido en cualquier tiempo, y dando el derecho a las comunidades de campesinos de solicitar tierras para formar ejidos.

¿Que, no se fijan, señores?
Carranza está de por medio,
por el maíz y el real y medio,
para que no trabajen cuan antes.

EI 5 de febrero de 1917 se promulga la nueva Constitución de la República, que recoge la doctrina liberal de la Constitución de 1857, pero la enriquece con nuevas normas: el derecho de la nación a la propiedad de la tierra, del subsuelo, de los bosques y de las aguas del país; el derecho de la nación a imponerle a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público; la división de los latifundios; el derecho de los pueblos de campesinos a la restitución y a la dotación de tierras; la ilegalidad de los monopolios, de los consorcios y de los acaparamientos de artículos de primera necesidad y de los sustanciales para el desarrollo de la economía nacional; el derecho de asociación sindical, el derecho de huelga, la prohibición del lock-out o paro por los empresarios, y muchas disposiciones que constituyen la Carta del Trabajo de México; la prohibición para el clero de intervenir en política, de dirigir escuelas y de hacer del culto religioso actos externos; la libertad del municipio como base del régimen democrático y federal de gobierno, y otras disposiciones inspiradas en el programa del Partido Liberal Mexicano de 1905 y en las demandas populares surgidas después de 1913.

A pesar de que la Revolución ha triunfado y de que ha elevado a la categoría de normas supremas del país algunos de sus principales anhelos, el aspecto principal de la lucha consiste, a partir de 1917, en hacer que la Constitución se cumpla. Nuevos conflictos internos, nuevos golpes de Estado, nuevos crímenes políticos; las fuerzas reaccionarias dividen a los hombres de la Revolución y entre estos surgen disputas también violentas por el poder. En un lapso breve para la historia de un país, son asesinados don Venustiano Carranza, el general Francisco Villa y el general Álvaro Obregón.

Vuela, vuela, palomita,
párate en aquella higuerilla,
avísales a los gringos
que murió Francisco Villa.

Pero dentro de la lucha hacia adentro y hacia afuera, la Revolución continúa su camino y su programa se enriquece. El presidente Obregón, 1920-1924, es el primer gobernante que hace cumplir con decisión y entusiasmo el espíritu de lo que es nuevo en la Constitución de 1917. El presidente, general Plutarco Elías Calles, 1924-1928, durante la primera mitad de su gobierno traza con visión de estadista las bases para el desarrollo material y social del país. El presidente, general Lázaro Cárdenas, 1935-1940, proscribe los métodos bárbaros de gobierno, amplia la reforma agraria, impulsa la agricultura y la industria, desarrolla el derecho obrero, establece garantías para los servidores del Estado, formula un vigoroso programa para la irrigación, las comunicaciones y la educación popular, expropia el petróleo en poder de empresas extranjeras, nacionaliza los ferrocarriles, convierte al Estado en un promotor de nuevos establecimientos de la industria básica, y hace de la política internacional de México una política vigorosa e independiente, al servicio de la paz, de la libertad y de la justicia, para todos los pueblos. El presidente, general Manuel Ávila Camacho -1940-1946- continua el desarrollo económico del país, amplía el programa de irrigación y de comunicaciones, de salubridad y de asistencia pública, establece el seguro social, forja las bases para un amplio régimen democrático, y mantiene, de una manera consecuente, la política internacional del país, en defensa de la soberanía y de la independencia de México, y de lucha contra el fascismo y los regímenes de opresión de los pueblos débiles. El licenciado Miguel Alemán llega a la Presidencia de la República -1º de diciembre de 1946- como resultado directo del desarrollo de las libertades democráticas ocurrido en los doce últimos años de progreso económico de la nación. Es el primer civil que el pueblo elige como jefe del gobierno después de la Constitución de 19l7. Su programa consiste en impulsar la revolución industrial del país, para mejorar las condiciones de vida del pueblo y no depender del extranjero en la satisfacción de las necesidades fundamentales de la nación. Algunos números prueban el progreso de México, desde Francisco l. Madero hasta Manuel Ávila Camacho.

En 1910, México tenía 15 100 000 habitantes; en 1946, 22 700 000. En 1906 el número de defunciones registradas sobrepasa a los nacimientos. En 1910, de cada mil niños que nacen mueren, antes de un año, 323; en 1946 la mortalidad infantil se reduce a 109 por mil. En 1910, sólo había en el país 198 poblados con más de 5 000 habitantes; en 1946, el número de estas poblaciones subió a 294 y muchas de ellas triplicaron el número de sus habitantes. En 1910 los ingresos del gobierno nacional sumaban 116 millones de pesos; en 1946, ascienden los ingresos a l 200 millones de pesos. En 1907 el gobierno nacional gastaba solo tres centavos por cada habitante en el ramo de salubridad pública, 35 centavos en el ramo de educación pública y once centavos en fomento agrícola; en 1946 el gobierno gastó por habitante 2.54 pesos en salubridad pública, 9.16 pesos en educación y 9.78 pesos en fomento agrícola. En 1907, en el ramo de educación pública, el gobierno gastaba 5 300 millones de pesos; en 1946 destino para el mismo objeto 208 millones de pesos. En 1910 había 11 800 escuelas primarias; en 1946 el número ascendía a 23 600. En 1911 no había escuelas secundarias y el número de escuelas preparatorias era muy reducido; en 1945 se registran 344. En 1910 había en el país sólo 39 establecimientos pequeños de artes y oficios; en 1945 había 289 escuelas técnicas, entre ellas el Instituto Politécnico Nacional, con 12 mil estudiantes. En 1910, sólo 1 500 000 niños podían ir a las escuelas primarias; en 1946 la población que asistía a las escuelas elementales era de 2 800 000. En 1910 había 20 400 maestros de escuelas primarias; en 1946 aumenta a 48 700. En 1910 había 700 000 hectáreas de tierra de riego en toda la nación, después de 300 años de vida colonial y de un siglo de vida independiente; en el sexenio 1940-1946 se regó una superficie de tierra mayor que la irrigada por las obras hechas durante los cuatro siglos anteriores. En 1910 había 17 000 kilómetros de vías férreas; en 1946 había 24 000. En 1910 la proporción de los campesinos sin tierra era del 96 por ciento; los hacendados y rancheros acaparaban 97.2 por ciento y 2.8 por ciento estaba en manos de pequeños propietarios. En 1946 los campesinos sin tierra ascendían a 30.1 por ciento y los campesinos con tierras a 69.9 por ciento. Durante el decenio 1898-1908 el promedio anual de la producción agrícola fue de 6 344 000 toneladas; en el trienio 1940-1942 fue de 13 116 000 toneladas. En 1910 el volumen de la producción industrial tenía como índice 117.7; en 1945 ascendió a 379.7. En 1910, la población económicamente activa era de 5 200 000 individuos; en 1944 ascendió a 6 200 000, siendo 3 700 000 los dedicados a la agricultura y 2 500 000 dedicados a otras actividades, entre los que había 650 000 en la industria de transformación, sin contar la minería y los transportes.

La industria petrolera y los ferrocarriles se administran por corporaciones descentralizadas del Estado; una comisión especial construye nuevas plantas de energía eléctrica; el gobierno fomenta la producción agrícola mediante el crédito y la dirección técnica de la agricultura; se ha cubierto el país de una vasta red de carreteras; la obra de salubridad y asistencia pública se amplía cada vez más; han surgido nuevos centros fabriles en el país y hay regiones en donde el nivel de vida de los campesinos es muy bueno; los obreros de algunas ramas industriales tienen un estándar de vida aceptable; los trabajadores al servicio del Estado tienen hoy una situación muchas veces mejor que hace treinta años; se ha iniciado la etapa de los partidos políticos organizados alrededor de un programa impersonal y permanente; el régimen democrático de México se sustenta ya sobre bases firmes. Pero lo que se ha hecho es nada comparado con lo que se tiene que hacer todavía.

XI. SOMOS MUY POBRES

La población de México, en su gran mayoría, no se nutre bien. Buena parte del pueblo está enfermo. Se viste mal. Se aloja de una manera deficiente. Todavía la ignorancia pesa sobre muchos millones de mexicanos. La agricultura no basta para satisfacer las necesidades fundamentales del país. Lo mismo la industria. La dependencia económica de la nación respecto del extranjero es hoy más fuerte que ayer, debido a que durante la segunda Guerra Mundial perdió México sus relaciones comerciales con Europa y con los países del Oriente, y su intercambio mercantil queda hoy casi reducido a negociaciones de compra y venta con los Estados Unidos.

XII. LA POLÍTICA INTERNACIONAL DE MÉXICO, SU PROYECCIÓN HACIA AFUERA DE SU LUCHA INTERIOR.

No solo los insurgentes de 1810 comprendieron que las victorias populares par la libertad y por la justicia en cualquier parte del mundo eran, indirectamente, triunfos de México también, y que la lucha del pueblo mexicano contra la miseria y la opresión habría de beneficiar, por su parte, a otros pueblos de la Tierra. Los hombres de la Reforma tuvieron el mismo pensamiento: Garibaldi fue para los liberales mexicanos casi un héroe propio, y Juárez y Lincoln se estimaban como aliados de una causa parecida.

Con su instinto infalible, el pueblo de México no se ha equivocado nunca respecto de quien ha tenido la razón en las guerras civiles de otros países y en las grandes luchas de la humanidad, y cuando no ha podido valorar desde un principio el carácter de una contienda, su deseo ha sido el de que triunfe la fuerza que podría enfrentarse a las fuerzas que a él lo han oprimido en el curso de su historia.

En la guerra ruso-japonesa de 1905, la simpatía del pueblo mexicano estuvo a favor de los japoneses, sólo porque creyó que el Japón era el débil y el imperio de los zares el fuerte. AI estallar la primera Guerra Mundial el pueblo mexicano fue germanófilo, más que por simpatía a Alemania, por el deseo de que surgiera una potencia superior a los Estados Unidos.

México protestó por la invasión de Etiopia, realizada por Mussolini en octubre de 1935. Expresó su repulsa hacia el vergonzoso Pacto de Munich, de septiembre de 1938. Ayudó al gobierno republicano español a sostenerse, y condenó la creación y la conducta del llamado Comité de no intervención en España. Abrió después las puertas del país para albergar en él a todos los republicanos en el destierro, y ayudó a que se organizara el gobierno legítimo. Cuando la segunda Guerra Mundial lo tocó directamente, México declaró la guerra a las potencias del eje nazi-fascista en defensa de sus principios democráticos amenazados y de su independencia nacional en peligro.

La lucha del pueblo de la India por su libertad la siente el pueblo de México como suya. La lucha del pueblo chino también, porque ha sangrado por las mismas causas y se ha enfrentado durante casi toda su historia a un régimen feudal oprobioso y ha protestado muchas veces contra la intromisión de fuerzas extranjeras en sus asuntos domésticos, como el heroico pueblo chino lo ha hecho en forma tal que enorgullece a todos los pueblos coloniales y semicoloniales del mundo.

Y por las mismas razones siente, también, como propia, la lucha del pueblo de Indochina, del pueblo de Indonesia y del pueblo griego.
 
Contra las grandes aberraciones que deshonran a la humanidad, particularmente contra la discriminación racial y la persecución de las personas por causa de su origen, de su sangre, de su color, de sus ideas o de sus creencias, el pueblo mexicano vive en constante lucha. Ha sentido en su carne y en su espíritu durante toda su historia, el desprecio y el abuso de los que se creen superiores a él por motivos raciales y hoy mismo, en el sur de los Estados Unidos de América, sufre la ofensa en centenares de miles de sus hijos que ahí viven, del trato injusto y denigrante de que son objeto de parte de los señores del país.

Cada vez que un negro muere linchado en los Estados Unidos de América, una llama de indignación se enciende en el corazón de México. Y ante las persecuciones contra el pueblo judío, el país levanta también su voz de protesta y se mantiene en actitud de simpatía fraternal para los israelitas que sobreviven.

Hace ya tiempo que México sobrepasó la etapa de los caudillos sangrientos y omnímodos, que han deshonrado a la América Latina; el último fue Porfirio Díaz, y no volverán a surgir en esta tierra.

Así ha pensado el pueblo mexicano. Así ha sentido. Así ha actuado a través de los siglos.

La nómina de sus héroes, a partir de 1810, está inscrita en el recinto de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Todos ellos pertenecen a la misma familia humana, a la misma opinión, al mismo dolor, a la misma esperanza.

El pueblo mexicano ha aprendido a distinguir la cultura verdadera de la falsa; el pensamiento constructor del infecundo. Por eso no cree en las doctrinas filosóficas confusas o brillantes, que tuercen la verdad o la ocultan. Ni en las teorías políticas que aconsejan la renuncia a la lucha por la elevación del hombre, por el progreso de los pueblos, por la independencia real de las naciones, por la fraternidad universal basada en los hechos.

En los enunciados que siguen podría resumirse el pensamiento político del pueblo mexicano, fruto de su vida apasionada y dramática:
 
Todos los hombres son iguales.

No hay razas inferiores ni superiores, sino regímenes de opresión y regímenes de libertad y de justicia.            

Los derechos fundamentales del individuo, del hombre y de la mujer, son el derecho al trabajo; el derecho a vivir una vida civilizada; el derecho a intervenir en la dirección de su país; el derecho a la cultura.

Los derechos fundamentales de los pueblos son: el derecho de autodeterminación; el derecho a su progreso económico, social y político; la inviolabilidad de la soberanía de su nación; el derecho a vivir en paz al lado de todos los pueblos del mundo.

Los principios esenciales que deben regir el pensamiento de los hombres, son los siguientes:

La humanidad es una e indivisible; el mundo es uno e indivisible; la paz internacional es una e indivisible; la seguridad internacional es una e indivisible.

El progreso es universal en su esencia, distinto en sus estadios de desarrollo.

La cultura es universal por su contenido; diferente sólo en sus expresiones nacionales.

La ciencia es universal por su propia razón, por su método y por sus proyecciones sobre el hombre y sobre el mundo.

El arte es universal por su misma naturaleza, diversa sólo en cada una de sus obras.

Dividir a los hombres por el régimen social que constituyen, por el grado de progreso material de que disfruten, por las peculiaridades de su cultura o por la fuerza de su expresión artística, es un atentado contra el destino de la humanidad.

En esta hora ya no existen las viejas divisiones del pasado. No sólo el mundo bíblico del Tarsis y del Ofir, o el de la tierra del Gran Khan, del Cathay, del Cipango, de la India del preste Juan y de las islas del mar océano pertenecen al olvido; también el mundo separado en las razas blanca, cobriza, roja y negra corresponde a la época de la ignorancia, como la geográfica con el "Viejo Mundo" y el "Nuevo Mundo", a manera de clasificación de la humanidad, toca al periodo de la política ingenua. Las teorías ya caducas que la segunda Guerra Mundial enterró para siempre en ríos de sangre, como la de la "cultura occidental", pretendiendo hacer de este concepto una categoría aristocrática o un arma política para dividir al mundo en zonas de civilización impenetrable la una en la otra, cuando hoy más que nunca la filosofía, la ciencia y el arte son patrimonio de todos los países, de los grandes y de los pequeños, e instrumentos al alcance de todos los hombres, equivale a absolver a Adolfo Hitler de todas sus culpas.

Cuando la miseria y la opresión terminen en el mundo, el pensamiento del pueblo mexicano tendrá otro móvil: la perfección del espíritu, como el artista que da el toque final a la obra acabada.