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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1942 Parte del discurso sobre la Unidad Nacional

Manuel Ávila Camacho. 15 de Septiembre de 1942

Pueblo de México:

En estos días, en que celebramos la proclamación de la Independencia, debemos aproximarnos con emoción a la realidad intrínseca de la Patria.

Han transcurrido 132 años desde aquél en que nuestro pueblo rodeó, en Dolores, al hombre de la iluminada visión que tan merecidamente llamamos el Padre Hidalgo. En el curso de esos 132 años, México ha atravesado experiencias difíciles, guerras crueles y movimientos internos muy numerosos. Nacidos a la existencia política en un momento de crisis, semejante al actual, hubimos de defender nuestras libertades contra todas las amenazas. Contra las amenazas de afuera, que nos impusieron conflictos capaces de reducir nuestro territorio, pero no de amenguar nuestra dignidad. Y contra las otras, las amenazas de adentro que en vano procuraron desviare caudal de nuestras justas aspiraciones y que fueron siempre vencidas por la marcha ascendente del pueblo hacia el bien y la redención.

Ninguna amargura nos fue evitada durante el proceso que requería la organización autónoma del país. Cuántos dolores parecía augurarnos el nombre mismo de la ciudad en que sonó por primera ve, la campana inmortal de la independencia, nuesuas masas los han sufrido sin una queja, con ese heroísmo que hizo de bronce la intrepidez de Cuauhtémoc la resolución de Morelos y la tenacidad ejemplar de Benito Juárez.

Entre los ataques del exterior y las conmociones violentas del interior, nuestra vida fue construyéndose, día a día, hasta llegar a esa noble etapa de reivindicaciones humanas que inició la Revolución de 1910.

Un México más genuino y más libre surgió de ese movirniento. Un México que podía sentirse ya con derecho no a las molicies de la indolencia, pero sí a los trabajos fértiles de la paz.

Sin embargo, esta vez también lo que creímos haber definitivamente logrado merced al sacrificio denuestos mártires populares, se hallaba en duda. Las viejas fuerzas que habíamos tratado de desarticular y de deshacer a lo largo de un siglo de abnegación, representaban de pronto un peligro más apremiante y más grave que todos los anteriores. Ante las agresiones del Eje, el país entero se puso en pie. Así, México conmemora este año su independencia bajo el signo dramático de la guerra.

La hora es de unción y de austeridad. De cada una de las entidades del territorio nos llega un mensaje análogo: México está disidido a colaborar para la victoria final de las democracias; las ciudades de México no desean permanecer en el ocio de una espera inerte e irresponsable: el pueblo de México no se dejará vencer por la desmoralización de los derrotistas, ni por el temor de una lucha que aceptamos con energía y que libraremos con pundonor.

La capacidad combativa del enemigo no puede, ni debe, hacernos dudar del resultado que le reservan, por una parte, la dispersión de sus elementos, dada la enorme amplitud de sus nuevos campos de operaciones, y, por otra parte, la paciente acumulación ce soldados, de armas, de aparatos y pertrechos de guerra que están llevando a cabo las democracias.

Mas seria un error limitar nuestra previsión a términos materiales. En la historia, los números no poseen el mismo valor que en las estadísticas.

Los hombres no somos cifras, sino entidades sensibles, conscientes y voluntarias para quienes la fuerza resulta vana cuando no descansa sobre las bases de un ideal.

Comparemos, entonces, las doctrinas que inspiran a los países que están en pugna. ¿Cuáles son los principios en que se funda la acción de adversarios? El odio, el rencor, la sumisión a un sistema de esclavitud automática, el culto de la violencia y la abdicación de los altos valores espirituales que distinguen y precisan al ser humano.

;Qué superiores, en cambio, los sentimientos que animan a nuestros pueblos! En vez de la cólera, la energía: en lugar del espíritu de venganza, el deseo de un éxito que permita instaurar un mundo de paz y de comprensión; la armonía sobre la tuerza y, por encima de los apetitos obscuros del despotismo, el amor luminoso de la justicia y la libertad. Esta sola comparación explica nuestra seguridad en el triunfo de nuestra causa. Por eso esta solemnidad tiene un alcance histórico tan profundo. El 28 de mayo último, el país, por raed io de sus representantes legales, afrontó, en el Congreso de la Unión, el problema político de la guerra. Hoy, en esta Plaza de Armas —que, a través de todas las contingencias, ha constituido siempre el ágora nacional—, es el pueblo trismo el que viene a sellar los compromisos contraídos por el Gobierno.

Cuando lo que se debatees la perduración de la patria, las peculiaridades personales y los anhelos partidaristas no tienen talón de ser. En una época en que la memoria de nuestros héroes nos exhorta a salvar de la ira extranjera la integridad de nuestro destino, los desacuerdos particulares debilitarían la energía colectiva, la discordia implicaría una traición y las pasiones sectarias ceden el paso a la determinación respetable de un pueblo en guerra: la de unirse, sin reticencias y sin reservas, para vencer.

De ahí la importancia vital de este acto de aceramiento, en el que los representantes caracterizados de nuestro pasado inmediato y de nuestro presente se asocian y fraternizan inspirados por un ideal mucho más elevado que el de las transitorias pugnas de orden interno: el de asegurar, frente al riesgo, la cohesión absoluta de la República.

Y no son exclusivamente los mexicanos de México los que se congregan en esta gran manifestación. Junto a nosotros sentimos la adhesión invisible de los ausentes: de los que. llevados por las necesidades de su trabajo, poi el estímulo de su curiosidad, o por el programa de sus estudios, han instalado su domicilio en otros países. A ellos va también nuestro pensamiento, efusivo y cordial. Aunque alejados de la tierra que les dio cuna, no ignoramos qu siguen con entrañable atención las incidencias de nuestra vida. Para ellos están destinados los estandartes que acabo de recibir y que —en nombre de los gobiernos de los Estados y de las instituciones que los obsequian— la Secretaría de Relaciones enviará a nuestras misiones diplomáticas y consultarse en las naciones hermanas del Continente.

Allá, como aquí, los tres colores de nuestro pabellón flamearáncon honra, a los libres vientos de un mundo que está resuelto a luchar hasta el último extremo para mantener incólumes la independencia, la dignidad y la democracia por las que murieron nuestros antepasados y por las que nosotros combatiremos sin restricción.

Este acto es un testimonio supremo de fe. En este sitio, en el que palpita el corazón de la patria, ¡qué claramente oímos la voz de México!

Hemos vivido —nos dice— en la sangre y en el dolor, pero no porque amásemos la cueldad, sino porque el dolor y la sangre eran necesarios para cimentar la estructura del progreso social y de la justicia. Hemos sufrido con estoicismo todas las torturas, pero no por pasividad, sino por firmeza; pues sabemos perfectamente que las grandes conquistas de la civilización solamente perduran cuando se afianza en carne propia y cuando son el producto de una constante batalla contra las fuerzas del real y de las tinieblas. liemos sido rebeldes, porque no queríamos ser esclavos. Y ahora que la ola de fuego del imperialismo más arbitrario trata de reducir a cenizas nuestra existencia, aquí estarnos todos, los de hoy y los de ayer, los ausentes y los presentes, los que viven y los que fueron, constituyendo una unión sagrada que ningún ataque enemigo dividirá.

Tal es el sentido esencial de esta función cívica. Y por ello abrigo la certidurnbre de interpretar la voluntad unánime del país al expresar los mejores deseos por que la presente Asamblea —que ene complazco en inaugurar— reponda con sus nabajos a los propósitos de conciliación, de orden y de solidaridad que deben normar la conducta de todos los mexicanos.