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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1942 Discurso ante intelectuales mexicanos

Manuel Ávila Camacho, 25 de Noviembre de 1942

Cuando se me invitó para asistir a esta reunión, acepté con íntima complacencia, pues hace tiempo que muchos de los intelectuales aquí presentes cultivan conmigo una relación de la que acaso ellos no se percatan: la que proviene, merced al periódico, al libro y a la revista, de la simpatía táctica del lector.

Suponen frecuentemente los escritores que media un abismo entre su actividad y la actividad de los militares. En realidad la distancia que separa al soldado del literato no es ni insalvable, ni decisiva. Uno y otro sirven a su país en la medida de su alcances. Y, cuando las angustias de una misión inmediata no absorben por completo al primero, debo manifestaros por experiencia, que la lec tul a le brinda un esparcimiento que no pueden proporcionarle otros géneros de plau eles. Así yo, que he pasado lo mejor de mis años en nuestro Ejército, conservo con emoción el recuerdo de los volúmenes que leí en el intervalo de mis lateas, bajo la tienda de un campamento o sobre la mesa de un centro de operaciones: textos fecundos en los que mís espíritu fue acendrando ese respeto vital por la inteligencia, gracias al cual me siento en estos momentos en contacto tan férvido con vosotros.

He querido empezar por deciros estas palabras para que no imaginéis entre nosouos esa !murena de indiferencia o de incomprensión que se percibe a veces entre los gobernantes y las artistas. Vuestras labores me interesan profundamente. Las observo y las sigo con amistad. Y nada me satisface tanto como advertir que os dais cuenta de mi atención y que aportáis a la colectividad mexicana el concurso espontáneo y libre de vuestra preparación y vuestro talento.

He dicho espontáneo y libre porque ambas condiciones son esenciales para que una colaboración de esa altura resulte digna de quien la brinda y digna, asimismo, de quien la obtiene, En efecto, un gobierno democrático no tiene derecho a querer que el apoyo de los intelectuales se le depare de un solo golpe, por la sola virtud de su autoridad. Además, un intelectual que respeta su jerarquía no puede comprometerse honorablemente sino a una cosa: a ser leal con su propio espíritu; es decir, a no reflejar los hechos con un espejo deformador, a no mentirnos y a no mentirse, a cuidar de la unparcialidad de su reacciones y de sus juicios y a no criticar arbitrariamente lo que no ha examinado, primero, con paciencia y con rectitud.

De ahí mi inflexible propósito de no reducir por ninguna causa la libertad de expresión que nuestras leves garantizan tan ampliamente. No ha faltado, por cierto, quienes se acerquen a sugerirme una censura de los diarios y de los libros, fundándose para ello en el estado de guerra en que nos hallarnos. Los argumentos que aducen son poderosos en apariencia, ya que, si omitirnos toda acción oficial de metódica propaganda, podría juzgarse plausible suprimir —aunque sólo fuera por rnóviles de equidad— los brotes de esa publicidad insidiosa en que se descubren el rencor de los descontentos del interior y las maniobras hostiles del extranjero.

Pero tales insinuaciones no corresponden a un planteamiento completo de la cuestión. El patrimonio de los escritores y de los periodistas de México no está a debate. la inteligencia de México está con México. Y esto, por lo que a sus intelectuales concierne, no se atreverían a afirmarlo con igual certidumbre las dictaduras. Los déspotas que las rigen han tenido que edificar la estructura totalitaria sobre las ruinas de la civilización y del ideal. En los pueblos que se empeñan en conducir hasta el exterminio, las universidades son propiamente cuarteles de esclavos, las imprentas se nutren con materiales que ignoran la verdad o la disimulan, los libros de los escritores independientes sufren el castigo de las hogueras, y sus autores —cuando no escapan a tierras extraías— vegetan en la oscuridad de las cárceles, desaparecen bajo las halas de lapolicía o soportan, durante años, el horror de los campos de concentración.

Despojada de todo aliento redentor, la cultura ha llegado a ser en esos países una fuerza automática y ciega que en su avance motorizado, aplasta las esperanzas más encendidas del hombre y que nos inspiraría, incluso, cierto recelo frente a la evolucion de las ciencias y de las artes si no supiéramos claramente que las cínicas am tes auténticas son las que anima el anhelo de la justicia y del bien social.

En contraste con las dictaduras, las democracias se yerguen confiadamente, ansiosas se continuar una tradición que no haga del progresos técnico una máquina de tortina y que asociando la ética a la inteligencia, devuelva a la humanidad la fe indispensable en sus facultades ingentes de salvación.