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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1940 Discurso del Presidente de la República en el Primer Congreso Indigenista Interamericano

Lázaro Cárdenas del Río. Patzcuaro, Michoacán. 14 de Abril de 1940

Señoras y señores:

La celebración del Primer Congreso Indigenista Interamericano demuestra que el problema de las razas nativas de este continente ha rebasado ya los límites de una preocupación nacional y se ha elevado hasta contarse entre las cuestiones fundamentales que ameritan la convocación de asambleas representativas de las masas indígenas. Estas tienen derecho a pedir el reconocimiento de su personalidad social, porque constituyen contingentes humanos con primacía en la historia.

A sus ascendientes les tocó la tarea inicial de lograr la supervivencia biológica en lucha desesperada con la naturaleza, que durante muchos años resistió la dominación del hombre por el aislamiento de las tribus, por la dispersión en climas hostiles y por los escasos recursos de subsistencia. Las huellas de esta lucha desigual quedaron marcadas para siglos y las razas que al fin lograron arraigarse en este continente, representan a la misma tierra, son la manifestación auténtica de la naturaleza y ostentan con orgullo la esencia regional y la fuerte personalidad de sus tradiciones seculares.

Al indígena deben reconocerle derechos de hombre, de ciudadano y de trabajador, porque es miembro de comunidades activas, como individuo de una clase social que participa en la tarea colectiva de la producción. Es el indio, agricultor y artesano, obrero que perpetúa las manifestaciones del arte primitivo en su cerámica, en sus bellas creaciones ornamentales y en sus construcciones maravillosas, el que ha trazado las veredas por donde circula desde hace siglos la vida comercial de las comarcas y ha conservado sus sistemas de trabajo, mientras puede adaptarse a las necesidades de la gran industria moderna.

No ha sido por incapacidad orgánica, ni por fatalismo irremediable, por lo que, en el curso de los siglos, muchos núcleos indígenas se conservaron aislados en las montañas y en las regiones costeras devastadas por las enfermedades tropicales. Las causas del aislamiento y de la depresión económica fueron las condiciones geográficas y los sistemas políticos que crearon regímenes de opresión.

Por ello, la unidad indígena, más aún que en el color de la piel y en las formas externas de la organización política o de las manifestaciones del arte, se advierte en su posición de clase oprimida, destinada a subsistir en las más duras labores agrícolas, en las más antihigiénicas tareas de las minas, en los campos petroleros, en los bosques y en todas partes donde el trabajo barato sirve de base a las empresas de explotación.

El indio y el mestizo constituyen un contingente muy importante en la producción de la riqueza y al mismo tiempo son factores determinantes en los movimientos de emancipación y en la lucha por la libertad. Recordemos la aportación decisiva que para el logro de la independencia de la colonia y de nuestra cimentación como república, así como para el desarrollo de los pueblos americanos, han dado ilustres y genuinos representativos de las razas aborígenes y mestizas que, sumando los mejores atributos de ambas razas, en los que resaltan las cualidades indígenas, adquieren así una personalidad tan inconfundible en las culturas continentales, que ni los detractores del indio pueden ya negar Las ideas y los sentimientos que inspiran este congreso no son producto exclusivo de esta época ni forman parte de la ideología de un grupo limitado. Los espíritus generosos han visto siempre al indio con simpatía, como al hombre que no se había contaminado con los errores de una falsa civilización. Los conquistadores aplicaban la teoría con mano de hierro, por las necesidades comerciales y políticas. Se quiso hacer del indio un menor de edad, y con la fórmula protectora de las encomiendas se encubrió la crueldad efectiva de la servidumbre. La ciudadanía democrática creyó asegurar la redención de los siervos otorgando los derechos de voto y de propiedad individual, pero los excesos del capitalismo crearon el peonaje, el latifundio y la dictadura. Ahora queremos encontrar la forma de la emancipación efectiva y la supresión de los privilegios injustos y artificiales. Esto es lo que debemos buscar en los trabajos del congreso indigenista interamericano.

La fórmula de "incorporar al indio a la civilización", tiene todavía restos de los viejos sistemas que trataban de ocultar la desigualdad de hecho, porque esa incorporación se ha entendido generalmente como propósito de desindianizar y de extranjerizar, es decir, de acabar con la cultura primitiva; desarraigar los dialectos regionales, las tradiciones, las costumbres y hasta los sentimientos profundos del hombre apegado a su tierra. Por otra parte, ya nadie pretende una resurrección de los sistemas indígenas precortesianos o el estancamiento incompatible con las corrientes de la vida actual. Lo que se debe sostener es la incorporación de la cultura universal al indio, es decir, el desarrollo pleno de todas las potencias y facultades naturales de la raza, el mejoramiento de sus condiciones de vida agregando a sus recursos de subsistencia y de trabajo todos los implementos de la técnica, de la ciencia y del arte universales, pero siempre sobre la base de respeto a la personalidad racial, a su conciencia y a su entidad. El programa de emancipación del indio es en esencia el de la emancipación del proletario de cualquier país, pero sin olvidar las condiciones especiales de su clima, de sus antecedentes y de sus necesidades reales. Para mejorar la situación de las clases indígenas, se pueden trazar los lineamientos de una campaña que debe ser realizada por una serie de generaciones y un conjunto de gobiernos que estén inspirados por una finalidad común.

No es necesario creer que los programas concretos y detallados sean rígidos y dogmáticos para cada nación, como no lo son para cada comarca y cada distrito de nuestro país. La subordinación sectaria o de rutina es perjudicial, lo mismo en plan de reforma agraria que en un proyecto de renovación educativa o social. Podrán encontrarse semejanzas entre la primitiva comunidad mexicana y la de las épocas incaicas, pero una y otra tuvieron que adaptarse a las condiciones diversas del tiempo, de la tierra y del clima.

Nuestro problema indígena no está en conservar "indio" al indio, ni en indigenizar a México, sino en mexicanizar al indio. Respetando su sangre, captando su emoción, su cariño a la tierra y su inquebrantable tenacidad, se habrá enraizado más el sentimiento nacional y enriquecido con virtudes morales que fortalecerán el espíritu patrio, afirmando la personalidad de México.

No es exacto que el indígena sea refractario a su mejoramiento, ni indiferente al progreso. Si frecuentemente no exterioriza su alegría ni su pena, ocultando como una esfinge el secreto de sus emociones, es que está acostumbrado al olvido en que se le ha tenido; cultiva campos que no compensan su esfuerzo; mueve telares que no lo visten; construye obras que no mejoran sus condiciones de vida; derroca dictaduras para que nuevos explotadores se sucedan y, como para él sólo es realidad la miseria y la opresión, asume una actitud de aparente indiferencia y de justificada desconfianza.

Pero, cuando una política perseverante ha logrado borrar el abismo de incomprensiones y ha podido inspirarles confianza, y cuando llegan a tener la convicción de que las autoridades ejercen el poder como medio de su liberación, entonces corresponden con entusiasmo, con tenacidad y lealtad inquebrantables.

México cuenta entre sus más preciadas conquistas, la muy valiosa de haber logrado despertar en la población indígena un verdadero sentido de superación, y puede señalarse como el mejor indicio de su intensa voluntad de progreso, el extraordinario empeño que se manifiesta en cada pueblo por instruirse, edificar sus propias escuelas y atender a los maestros como amigos, compañeros de trabajo y conductores espirituales, y su participación en la apertura de comunicaciones y demás servicios que ayuden a su mejoramiento.

Y esta inquietud fecunda debe ser comprendida en todas partes. Porque de lograrse implantar una política benéfica para todas las clases indígenas, se llegará por este camino a fortalecer a una gran mayoría convirtiéndola en ciudadanos útiles, al mismo tiempo que se podrán abolir las diferencias de castas y de clases; se desarrollarán con más eficacia las energías productivas; se acabarán los rezagos del feudalismo, que han subsistido a pesar de las luchas emancipadoras, y se alcanzará en definitiva la unidad política y social que constituye la base de una organización verdaderamente nacional que haga posible una efectiva solidaridad interamericana.

México tiene entre sus primeras exigencias, la atención del problema indígena y, al efecto, el plan a desarrollar comprende la intensificación de las tareas emprendidas para la restitución o dotación de sus tierras, bosques y aguas; crédito y maquinaria para los cultivos; obras de irrigación; lucha contra las enfermedades endémicas y las condiciones de insalubridad; combate a los vicios, principalmente al de la embriaguez; impulso a los deportes; fomento de las industrias nativas; acción educativa extendida a los adultos en una cruzada de alfabetización, de conocimientos básicos para mejorar los rudimentarios sistemas de producción, y, por medio de las escuelas rurales, internados y misiones culturales, se esfuerza el magisterio por elevar las condiciones del ambiente indígena, despertándoles confianza y enseñándoles el camino para satisfacer sus nuevas necesidades, a la vez que sus derechos y sus responsabilidades para entrar en la comunidad nacional con todos los atributos y factores que contribuyen a su progreso económico y a su composición democrática.

Todo régimen que aspire a la verdadera democracia, debe considerarse la utilización de las virtudes de las razas indígenas y la eliminación de los vicios o lacras impuestos por los sistemas opresores, como un factor esencial para la realización del progreso colectivo.

En tanto existan contingentes humanos que desposeídos de las tierras de sus mayores, de sus derechos de hombres y de ciudadanos a los que se siga tratando como bestias o como máquinas, no puede considerarse que la igualdad, y la justicia imperen en América.

La integración de las culturas del nuevo continente debe contribuir a la fraternidad humana, en momentos en que el eclipse de la civilización occidental se revela por el empleo de la fuerza. La ciencia y el progreso no se miden por la mayor capacidad destructiva sino por el aprovechamiento y coordinación de las energías vitales en lucha contra la hostilidad de la naturaleza, y contra los impulsos negativos que incuban las guerras y la opresión.

En nombre del pueblo y del gobierno de México, saludo cordialmente a los señores delegados y representantes de las naciones hermanas, de contingentes indígenas y de instituciones de cultura, y, muy especialmente, al gobierno de Bolivia por habernos dado la valiosa oportunidad de celebrar en nuestro país el Primer Congreso Indigenista Interamericano, y confío en que se realizará aquí una tarea alta y trascendental, que recogida por un instituto permanente, contribuya a que la incorporación definitiva de las grandes masas indígenas sea uno de los triunfos perdurables de la civilización contemporánea.

Quiero concluir, señores delegados, patentizándoles la profunda simpatía con que iré siguiendo el curso de sus deliberaciones y les deseo una grata permanencia en ésta su propia casa.