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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1940 Escritos desde México

León Trotsky, 18 de Diciembre de 1936

 Querido Liova:

  Parece que mañana nos embarcan hacia México. Esta es, pues, nuestra última carta desde Europa. Si algo nos ocurre en el camino o en cualquier otro lado, tú y Serguei son mis herederos. Esta carta tiene valor testamentario... Como sabes, me refiero a las futuras regalías de mis libros: no poseo otra cosa fuera de eso. Si alguna vez te reúnes con Serguei... dile que jamás lo olvidamos ni lo olvidaremos por un solo instante...

Declaraciones en Tampico [1]       9 de enero de 1937

 Tras cuatro meses de arresto domiciliario partimos de Noruega la noche del 19 de diciembre a bordo del carguero Ruth. Los trámites del viaje estuvieron en manos de las autoridades noruegas. Los preparativos se realizaron en el mayor secreto.

Existen rumores de que el gobierno noruego temía un atentado contra mi persona por parte de mis adversarios políticos. La única carga que llevaba la nave eran unas mil toneladas de agua de mar. Durante la travesía gozamos de buen tiempo. El capitán y la tripulación nos trataron con gran cortesía y nos colmaron de atenciones. Mi esposa y yo queremos agradecer ese trato

La única explicación de la conducta del gobierno socialista noruego reside en las presiones económicas y diplomáticas externas a que estaba sometido. Espero explicar esto claramente en un futuro próximo.

Durante nuestro arresto se promulgaron dos leyes -ley Trotsky número uno y ley Trotsky número dos- que me privaron del derecho de entablar juicio contra mis detractores y calumniadores, no sólo en Noruega, sino también en los demás países.

En la práctica, esto significó que no pude tomar las medidas más elementales, como, por ejemplo escribir cartas con el fin de obtener las pruebas necesarias para refutar a los calumniadores. Afortunadamente, mi hijo León, residente en París, pudo publicar el livre rouge sur les proces de Moscou [ Libro rojo sobre los procesos de Moscú ]. [2] En sus ciento veinte páginas hay pruebas irrefutables que desenmascaran el fraude de Moscú.

Estoy sumamente agradecido al gobierno mexicano por concederme el derecho de asilo, tanto más cuanto que la actitud intransigente del noruego me dificultó la obtención de la visa.

Durante el viaje recibimos mensajes radiales de ciertos periódicos norteamericanos, que solicitaban respuestas a ciertas preguntas. Yo deseaba contestarlas, pero los noruegos creyeron que era necesario proteger a Estados Unidos de mis ideas y me negaron la radio. Tenga el gobierno mexicano la seguridad de que no violaré las condiciones que se me han impuesto y que dichas condiciones coinciden con mis propios deseos: no intervención en la política mexicana y total abstención de todo acto que pudiera perjudicar las relaciones entre México y otros países.

Mis productos literarios, publicados bajo mi propio nombre y mi propia responsabilidad, jamás han sido objeto de acción legal en ningún país. Estoy seguro de que no lo serán en el futuro.

Durante los veintiún días que duró la travesía terminé de pulir mi declaración de más de cuatro horas ante un tribunal noruego; fue mi declaración en el proceso a los fascistas que trataron de robar mis archivos el 5 de agosto de 1936 [véase “En el tribunal a puertas cerradas”, Escritos 35-36 ]. Pero dicha declaración se refiere no sólo al atentado que sufrí, sino también a mis actividades políticas en general, las causas y motivos de mi arresto y el juicio de los dieciséis en Moscú. Uno de los dieciséis era Kamenev, quien me acusó absurdamente de organizar atentados terroristas en alianza con la policía secreta alemana. Junto con este testimonio, presentado bajo juramento en una sesión secreta del tribunal, hago un extenso comentario sobre los procesos recientes, la trayectoria de los acusados más destacados y los métodos empleados para obtener las confesiones supuestamente voluntarias.

Espero que este libro, cuando se publique, ayude a la mayoría de los lectores a determinar si los verdaderos criminales se encontraban en el banquillo de los acusados o en el estrado de los acusadores. [3]

Mis enemigos aprovechan hábilmente la atmósfera general de intranquilidad; sin duda proseguirán su campaña en el Nuevo Mundo. No me hago ilusiones. Me defiendo exponiendo mis ideas, planes y actividades ante la opinión pública. Confío en la imparcialidad y objetividad de la prensa del Nuevo Mundo.

Saludo con todas mis fuerzas la iniciativa, asumida por destacados personajes de la política, las ciencias y las artes de muchos países, de crear una comisión internacional para investigar los materiales y testimonios relativos a los procesos de la Unión Soviética. La documentación es oral y documental.

Pondré a disposición de la comisión los archivos que abarcan las actividades de los últimos nueve años de mi vida.

Partí de una Europa desgarrada por horrendas contradicciones y convulsionada por el presentimiento de una nueva guerra. Esta atmósfera de nerviosismo general explica el pánico y los innumerables rumores, algunos de los cuales se refieren a mi persona. Creo que existe un 75 por ciento de posibilidades de que haya una guerra europea en los próximos años.

Es poco lo que puedo decir sobre mis planes para el futuro. Quiero estudiar exhaustivamente la situación de México y de América Latina, ya que es muy poco lo que sé al respecto. En mis planes literarios tiene prioridad la biografía de Lenin, que espero terminar este año. [4] La enfermedad y luego el arresto interrumpieron esta actividad durante un año y medio.

En México [1] 9 de enero de 1937

En la cálida mañana tropical el buque tanque entró en el puerto de Tampico. Ignorábamos lo que nos esperaba. Nuestros pasaportes y revólveres seguían bajo custodia del policía fascista, quien, dentro de las aguas territoriales mexicanas, mantenía el régimen creado por el gobierno “socialista” noruego. Advertía al policía y al capitán que mi esposa y yo nos negaríamos a desembarcar voluntariamente si nuestros amigos no estaban allí para recibirnos. Los vasallos noruegos de la GPU no nos inspiraban más confianza en el trópico que en el paralelo de Oslo.

Pero todo estaba dispuesto. El buque se detuvo y poco después se aproximó una chalupa con representantes de las autoridades locales, periodistas mexicanos y extranjeros y -lo más importante de todo- amigos dignos de confianza. Estaba Frida Rivera, esposa del famoso artista, el cual no había podido acudir por encontrarse enfermo en un hospital; Max Shachtman, periodista marxista y camarada, quien nos había visitado en Turquía Francia y Noruega: y George Novack, secretario del Comité Norteamericano de Defensa de León Trotsky. [2] Tras cuatro meses de cárcel y aislamiento la recepción resultó sumamente cordial. El policía noruego, quien finalmente nos entregó nuestros pasaportes y revólveres, observaba avergonzado la actitud cortés del jefe de policía mexicano.

Desembarcamos y pisamos el suelo del Nuevo Mundo con cierta emoción. Aunque estábamos en enero, la tierra misma exudaba calor. Las torres petroleras de Tampico nos recordaban a Bakú. En el hotel no tardamos en sufrir las molestias ocasionadas por nuestro desconocimiento del idioma. A las diez de la noche partimos de Tampico hacia la capital en un tren especial enviado por el ministro de Comunicaciones, general Mujica. [3]

No sólo el clima nos hacía sentir el contraste entre la Noruega norteña y el México tropical. Libres por fin de la atmósfera de repugnante arbitrariedad e incertidumbre enervante, encontramos hospitalidad y cortesía a cada paso. Nuestros amigos neoyorquinos nos hablaron con optimismo del trabajo del comité, del creciente escepticismo frente al proceso de Moscú y de las perspectivas para un contraproceso. La conclusión general era que debíamos escribir, los antes posible un libro sobre los fraudes judiciales de Stalin. El nuevo capítulo de nuestras vidas se iniciaba muy favorablemente, pero... ¿cuál sería su desarrollo posterior?

Con gran interés observamos el paisaje tropical desde las ventanillas del tren. En la aldea de Cárdenas, a mitad de camino entre Tampico y San Luis Potosí, se acopló una locomotora más al tren para trepar la meseta. El aire refrescó; no tardamos en perder ese miedo que sienten los norteños hacia el trópico, y que nos había cogido al entrar en la candente atmósfera del Golfo de México. En la mañana del día 11 llegados a Lechería, pequeña estación en los suburbios de la capital, donde abrazamos a Diego Rivera, quien había salido del hospital. A él más que a nadie debíamos nuestra liberación del cautiverio noruego. Le acompañaban otros amigos: Fritz Bach, ex comunista suizo y ahora profesor en México; Hidalgo, combatiente de la guerra civil mexicana en las huestes de Zapata; algunos jóvenes. Al mediodía llegamos a Coyoacán, suburbio de la ciudad de México, donde nos alojamos en la casa azul de Frida Rivera, que tiene un naranjo en el patio.

Desde Tampico había enviado un telegrama de agradecimiento al presidente Cárdenas, donde insistía en que me abstendría de la menor interferencia en la política mexicana. [4] No dudaba por un instante de que los agentes responsables de la GPU irían a México para ayudar a los “amigos” locales de la URSS a hacer todo lo posible por dificultar mi estadía en este país hospitalario.

Mientras tanto, desde Europa llegaba una advertencia tras otra. No podía ser de otra manera: Stalin tiene mucho en juego. Sus cálculos primitivos, basados en la sorpresa y la rapidez, sólo se cumplieron a medias. Mi traslado a México alteró súbitamente la relación de fuerzas en detrimento del Kremlin. Obtuve la posibilidad de apelar a la opinión pública mundial. ¿Adónde llegará todo esto? Los que conocían la endeblez y podredumbre de los fraudes judiciales se habrán planteado esta pregunta alarmados. Uno de los síntomas de la alarma de Moscú saltaba a la vista. Los comunistas mexicanos empezaron a dedicarme ediciones enteras, inclusive suplementos especiales, de su semanario, con materiales viejos y nuevos tomados de la cloaca de la GPU y de la Comintern. Mis amigos me dijeron “No preste usted atención. Este periódico goza de un merecido desprecio”. Por cierto que no tenía la menor intención de polemizar con los lacayos, cuando me esperaba una lucha contra sus amos. Lo más indigno de todo fue la conducta de Lombardo Toledano, [5] secretario de la Conferencia Nacional de Trabajadores. Diletante de la política, abogado de profesión, elemento extraño en las filas de la clase obrera y de la revolución, este caballero fue a Moscú en 1935 y, lógicamente, volvió convertido en un altruista “amigo” de la URSS. Cuando Dimitrov dio su informe sobre el “frente popular” ante el Séptimo Congreso de la Comintern, este documento de postración teórica y política fue calificado por Toledano como la publicación más importante que haya aparecido desde el Manifiesto Comunista [6] Desde mi llegada a México este caballero me calumnia tanto más desvergonzadamente cuanto que mí no intervención en los asuntos internos del país le garantiza la inmunidad por adelantado. ¡Los mencheviques rusos eran auténticos caballeros errantes de la revolución en comparación con estos arribistas ignorantes y pomposos!

Entre los extranjeros no tardó en destacarse el corresponsal Kluckhohn, del New York Times. [7] Varias veces quiso utilizar el pretexto de la entrevista periodística para someterme a un interrogatorio policial. No es difícil encontrar las fuentes de inspiración de tanto celo. En cuanto a la sección mexicana de la Cuarta Internacional, anuncié a través de la prensa que no puedo asumir la menor responsabilidad por su trabajo: valoro demasiado mi nuevo refugio como para cometer una imprudencia. Al mismo tiempo, advertí a mis amigos mexicanos y norteamericanos que debían esperar medidas de “autodefensa” excepcionales por parte de los agentes stalinistas en México y Estados Unidos. En la lucha por su “reputación” y su poder la camarilla dominante de Moscú no se detendrá ante nada. Ni menos aun ante el gasto de unas decenas de millones de dólares para la compra de almas humanas.

No sé si Stalin vaciló ante un nuevo proceso. Creo que sí. Sin embargo, mi partida hacia México debe haber puesto fin a sus vacilaciones. Ahora debía ahogar las nuevas revelaciones, a toda costa y lo antes posible, mediante nuevas y sensacionales acusaciones. Los preparativos para el juicio Radek-Piatakov se iniciaron en agosto. [8] Tal como era de prever, se eligió a Oslo como base de operaciones de la “conspiración”. Se debía facilitar el trabajo del gobierno noruego, que trataba de deportarme. Pero rápidamente se introdujeron nuevos elementos en el marco geográfico del fraude, que se había vuelto anticuado. Por intermedio de Vladimir Romm, [9] vean ustedes, traté de obtener los secretos de estado de Washington; al mismo tiempo, por intermedio de Radek me preparaba a proveer de petróleo al Japón en caso de que éste fuera a la guerra contra Estados Unidos. A la GPU le faltó tiempo para concertarme una entrevista con agentes japoneses en el parque de Chapultepec de la ciudad de México.

El 19 de enero llegó el primer cable anunciando el juicio. El día 21 respondí con un artículo. El día 23 empezó el juicio en Moscú. Nuevamente, vivimos una semana de pesadilla. A pesar de que, con la experiencia del año anterior, el mecanismo del asunto resultaba claro de antemano, la atmósfera de horror moral aumentaba en lugar de disminuir. Los despachos de Moscú parecían los desvaríos de un demente. Era necesario releer cada línea una y otra vez para convencerse de que detrás de los delirios había hombres vivos.

Conocía íntimamente a algunos de estos hombres. No eran peores que las demás personas. Al contrario algunos eran mucho mejores. Pero la mentira los había envenenado y el aparato totalitario los aplastó. Mienten contra sí mismos para permitirle a la camarilla dominante cubrir a otros de mentiras. Stalin se ha impuesto el objetivo de obligar a la humanidad a creer en crímenes imposibles. Nuevamente nos preguntábamos: ¿es tan estúpida la humanidad? Claro que no. Pero el hecho es que los fraudes judiciales de Stalin son tan monstruosos, que también parecen crímenes imposibles.

¿Cómo convencer a la humanidad de que la aparente “imposibilidad” es una monstruosa realidad? Las fuerzas son desiguales. Por un lado: la GPU, el tribunal, la prensa, los diplomáticos, los agentes a sueldo, los periodistas a la Duranty, los abogados a la Pritt. Por el otro: un “acusado” aislado, quien, apenas salido de una cárcel socialista, se encuentra en un país extraño y lejano, sin prensa ni recursos propios.

Sin embargo, yo no dudaba de que los organizadores todopoderosos de la amalgama se encaminaban al desastre. La espiral de los fraudes de Stalin, que ya abarca un número excesivo de personas, hechos y lugares geográficos, sigue ampliándose. No se puede engañar a todos. No todos se dejan engañar. Desde luego que la Liga por los Derechos del Hombre francesa, con su ingenuo presidente Victor Basch, es capaz de tragarse el segundo y el décimo juicio tal como se tragó el primero. [10] Pero los hechos son más poderosos que el celo patriótico de los dudosos defensores de los “derechos”. Los hechos se abrirán camino.

Ya durante el proceso trasmití a la prensa una serie de refutaciones documentales y le planteé al tribunal una serie de preguntas concretas que bastaban para destruir los testimonios más importantes de los acusados. Pero la Temis de Moscú no sólo tiene los ojos vendados: se llenó los oídos con algodón. Lógicamente, no esperaba que mis revelaciones tuvieran consecuencias inmediatas. Mis recursos técnicos son demasiado limitados. La tarea del momento consistía en proporcionar una serie de hechos que llegaran a las mentes más penetrantes y suscitaran críticas, o al menos dudas, en la capa siguiente. Tras conquistar algunas de esas mentes, la espiral se abriría más y más. A la larga, la espiral de la verdad resultaría más fuerte que la espiral del fraude. Todo lo que ha ocurrido desde esa semana de pesadillas de fines de enero confirma mis expectativas optimistas.

No participaré en la política mexicana [1] 4 de febrero de 1937

Estimados amigos:

Hace tiempo ya que quiero comunicarles por carta algunas reflexiones que ya he formulado en conversaciones personales y privadas.

Ustedes pertenecen a una organización política que ha proclamado su solidaridad con las ideas que yo represento. Esa solidaridad se refleja en ciertos actos de atención personal y de amistad. De más está decir que siento un profundo agradecimiento por esos sentimientos puramente humanos que demuestran ustedes y, afortunadamente, también muchos ciudadanos y ciudadanas de este país tan generoso y hospitalario.

Hay muchos amigos nuevos que desearían consultarme con respecto a una serie de problemas teóricos y políticos. Debo repetir con todo énfasis lo que declaré al desembarcar en Tampico: quiero evitar cualquier acto, absolutamente cualquier acto que pudiera darles a mis enemigos un pretexto para afirmar que estoy interviniendo, directa o indirectamente, en la vida interna de este país.

Vuestra organización ya existía antes de mi llegada Seguirá existiendo de la misma manera. No puedo asumir la menor responsabilidad por la actividad de la misma.

Ustedes dicen, queridos amigos, que comprenden muy bien mi situación y que coinciden plenamente con mi posición. Sin embargo, quiero reafirmarlo públicamente para evitar posibles malentendidos. Nuestras relaciones seguirán siendo personales y amistosas, pero no políticas.

Con mis mejores saludos,

León Trotsky

La investigación preliminar en Coyoacán [1] Primavera de 1937

En la época del “proceso Kirov” (diciembre 1934-enero 1935), las relaciones entre París y Moscú ya estaban bien encaminadas. La disciplina “nacional” de la prensa francesa es un hecho público y notorio. Los representantes de la prensa extranjera, principalmente la norteamericana, no pudieron encontrarme debido a mi “incógnito”. Por lo tanto, me encontraba aislado. Mi respuesta al primer juicio de Zinoviev-Kamenev apareció en un folleto de circulación muy restringida. Moscú tomó nota del hecho con satisfacción: esto facilitaba el montaje del gran proceso cuya preparación demoraría dieciocho meses más. En este interín, la amistad entre Stalin y los Partidos del Frente Popular se fortaleció hasta el punto en que la GPU pudo contar firmemente con la benévola neutralidad de radicales y socialistas. Le Populaire cerró sus páginas a todas las revelaciones sobre la actividad de la GPU en la URSS e inclusive en Francia. Mientras tanto, la fusión de los “sindicatos rojos” con los reformistas selló los labios de la Confederación General del Trabajo. León Blum postergó sus rencillas con Thorez, León Jouhaux se esforzó por consolidar su amistad con ambos. [2] Friedrich Adler, secretario de la Segunda Internacional, hizo todo cuanto le fue posible por revelar la verdad. Pero todos los partidos de la Segunda Internacional, casi sin excepción, boicotearon a su propio secretario. No es la primera vez en la historia que las organizaciones dirigentes se convierten en instrumentos de una conspiración contra los intereses de las masas trabajadoras y los reclamos de su conciencia. Jamás hubo una conspiración tan cínica. Por eso Stalin pudo creer que apostaba a lo seguro.

Se equivocó. En el seno de las masas se suscitó una resistencia sorda, no siempre explícita. Resultaba difícil aceptar que todo el estado mayor de la Vieja Guardia se había aliado al fascismo y debía ser exterminado. Los intelectuales de izquierda más honestos y sensibles dieron la alarma. En estas condiciones se hizo clara la importancia de las organizaciones que se agrupan bajo la bandera de la Cuarta Internacional. Estas no son, no pueden ser organizaciones de masas en un periodo de reacción como el que estamos atravesando. Son los cuadros, la levadura del futuro. Se formaron en la lucha contra los partidos dirigentes de la clase obrera en la época de decadencia. En toda la historia, ningún grupo del movimiento obrero ha sido perseguido con tanta saña, ni atacado con calumnias tan venenosas como el de los llamados “trotskistas”. Los mismos hechos que lo templaron políticamente, le dieron espíritu de sacrificio y le acostumbraron a nadar contra la corriente. Nuestros cuadros jóvenes y perseguidos aprenden a pensar; piensan con seriedad y estudian su programa honestamente. Su capacidad para orientarse en una situación política y anticipar su desenlace les da una gran ventaja con respecto a los líderes más “calificados” de las internacionales socialista y comunista. Son profundamente leales a la URSS - es decir, a lo que queda de la Revolución de Octubre en la URSS - y, a diferencia de la mayoría de los “Amigos de la URSS”, lo demuestran ampliamente en tiempos difíciles. Pero odian a la burocracia soviética como a su peor enemigo. Las mentiras y amalgamas no los engañan. Cada uno de estos grupos ha sido blanco de calumnias, no seguidas de ejecuciones, por cierto, pero sí por intento de asesinato moral y, frecuentemente, de la violencia física. Detrás de las mentiras de la Internacional Comunista ha aparecido invariablemente la GPU. Por eso los juicios de Moscú no sorprendieron a los trotskistas en el exterior. Fueron los primeros en dar la señal de iniciar la resistencia; recibieron el apoyo inmediato de los distintos círculos y grupos de la clase obrera y de la intelectualidad de izquierda.

Su tarea esencial era iniciar la investigación de los crímenes jurídicos de Moscú. En las condiciones imperantes, no podía tratarse de una comisión tal, que recibiera el apoyo de las organizaciones obreras oficiales. El único recurso era apelar a individuos calificados, destacados e intachables. Así visualizó el problema el Comité Norteamericano por la Defensa de León Trotsky; el Comité Francés de Investigación de los Procesos de Moscú siguió el ejemplo. Inmediatamente, los agentes stalinistas del mundo clamaron que la investigación sería “parcial”. Esta gente tiene una concepción propia de la imparcialidad, encarnada en Iagoda, organizador del proceso de Zinoviev y Kamenev. El Comité de Nueva York trato de lograr la participación de la embajada soviética, del Partido Comunista y de los “Amigos de la Unión Soviética ” en la investigación: fue en vano. En el viejo y en el nuevo mundo, las respuestas fueron gritos e insultos. De esta manera los celosos defensores de la imparcialidad demostraron su solidaridad con la justicia de Stalin-Iagoda.

Pero, como dice el viejo proverbio, “Los perros ladran, señal de que cabalgamos”. Se conformó la comisión. John Dewey, filósofo y pedagogo, veterano del liberalismo norteamericano, fue su jefe natural. Lo acompañaron Suzanne La Follette, escritora de izquierda, Benjamín Stolberg, periodista de izquierda, Otto Ruehle, veterano marxista de la izquierda alemana, Carlo Tresca, conocido militante anarquista, Edward Alsworth Ross, destacado sociólogo norteamericano, el rabino Edward L. Israel y otros. [3] Se equivoca la prensa de la Comintern cuando afirma, absurdamente, que los miembros de la comisión eran o son mis partidarios políticos. Otto Ruehle, quien como marxista se encuentra más cercano a mí - desde el punto de vista político - fue un implacable adversario de la Internacional Comunista en la época en que yo era miembro de su dirección.

Sin embargo, se trata de algo enteramente distinto. El tribunal de Moscú no me acusa de “trotskismo” - es decir, de defender el programa de la revolución permanente -, sino de aliado de Hitler y del Mikado, es decir, de traidor al trotskismo. Aunque los miembros de la comisión fueran simpatizantes del trotskismo (lo cual, repito, no es así), no hubieran podido mostrarse indulgentes con mis relaciones con el imperialismo japonés contra la URSS, Estados Unidos y China. Otto Ruehle ha demostrado su odio al fascismo con el trabajo de toda su vida, sobre todo en el exilio. Será menos indulgente con los aliados de Hitler que los funcionarios que maldicen y bendicen en cumplimiento de órdenes de la superioridad. La parcialidad de los miembros de la comisión no reside en que dudan de la palabra de Iagoda, Vishinski, o Stalin. Quieren pruebas; las exigen. No es culpa suya si Stalin no les da lo que no tiene.

La comisión de París, orientada por la de Nueva York, es presidida por adversarios políticos míos: Modigliani, abogado italiano, miembro del ejecutivo de la Segunda Internacional; señor Delepine, miembro del Comité Administrativo Permanente del partido del señor León Blum. Ninguno de los otros miembros (señora Caesar Chambrun, presidenta del Comité de Ayuda a los Presos Políticos, señor Galtier-Boissière, director de Crapouillot; señor Mathe, ex secretario del Sindicato Nacional de Carteros; señor Jacques Madaule, escritor católico) es trotskista. Agrego que jamás tuve vínculos personales con ningún miembro de las comisiones de Nueva York y París.

Como primera medida, la comisión de Nueva York resolvió enviar una subcomisión a entrevistarme, con el fin de saber si yo poseía materiales suficientes como para justificar una investigación. Integraban la subcomisión la señora La Follette, los señores J. Dewey, B. Stolberg, O. Ruehle y Carleton Beals, periodista. Este último remplazó a otras personas de mayor autoridad, quienes a último momento no pudieron viajar e México. La subcomisión incorporó como asesor legal al señor John Finerty, ahogado, ex combatiente revolucionario irlandés, defensor de Sacco y Vanzetti y de Tom Mooney. [4] Por mi parte, invité al señor Albert Goldman a asumir mi defensa. [5] La prensa stalinista lo acusó de trotskista, esta vez con razón. Lejos de ocultar su solidaridad conmigo, Goldman la anunció públicamente durante la indagación. ¿Quizá hubiera sido mejor que yo encomendara la defensa de mis intereses al señor Pritt?

Al llegar a México la subcomisión invitó al Partido Comunista, a los sindicatos y a las organizaciones obreras del país a participar en la indagación, con pleno derecho a formular preguntas y exigir la verificación de todos los testimonios. Los autotitulados comunistas y los “amigos” oficiales de la Unión Soviética respondieron con negativas categóricas, encubriendo su cobardía con frases altaneras. Así como Stalin sólo puede procesar públicamente a quienes han confesado previamente todo lo que él quiere, los amigos de la GPU no hablan sino cuando tienen la seguridad de que nadie los contradirá. Ni él, ni éstos, apoyan la libertad de expresión.

La subcomisión quería realizar sus sesiones en un salón público de México. El Partido Comunista amenazó con realizar manifestaciones. Es cierto que este partido es más bien insignificante, pero la GPU dispone de fondos y medios técnicos considerables. Las autoridades mexicanos habían aceptado no interferir en el trabajo de la subcomisión, pero no podía hacerse cargo de la protección de las sesiones públicas. La subcomisión resolvió, por propia iniciativa, reunirse en la casa de Diego Rivera, en un salón capaz de albergar a unas cincuenta personas. Los representantes de la prensa y de las organizaciones obreras obtuvieron acceso a las sesiones, independientemente de las tendencias que representaran. Había delegados de distintos sindicatos mexicanos.

La subcomisión realizó sus sesiones entre el diez y el diecisiete de abril. En su discurso de inauguración de las sesiones, el profesor Dewey dijo: “Si León Trotsky es culpable de los actos que se le imputan, ningún castigo será demasiado severo. Pero la extrema gravedad de las acusaciones es una razón más para garantizarle al acusado el pleno derecho de presentar las pruebas que posea en su descargo. El hecho de que el señor Trotsky haya rechazado personalmente las acusaciones es algo que no concierne a la comisión. Pero el que se le haya condenado sin haber tenido la oportunidad de hacerse oír es algo que concierne en grado máximo... a la conciencia del mundo entero”.

Nada sintetiza el espíritu con que la comisión encaró su obra mejor que estas palabras. No menos características son las palabras finales con que el señor Dewey, hablando a título personal, explicó por qué había asumido la dura responsabilidad de presidir las sesiones: “He entregado mi vida a la educación, a la que concibo como una obra de esclarecimiento público en bien de los intereses de la sociedad. Si acepté el puesto de responsabilidad que ahora desempeño fue porque comprendí que actuar de otra manera sería una violación de la obra de toda mi vida”. Ninguno de los presentes dejó de comprender la importancia de estas palabras, tan notables por su sencillez, pronunciadas por un anciano de setenta y ocho años.

En mi breve respuesta dije, entre otras cosas, “Soy perfectamente consciente de que los motivos que guían la obra de la comisión son incomparablemente más importantes y profundos que la preocupación por la suerte de un individuo. ¡Pero tanto mayor es mi respeto y tanto más sincero mi agradecimiento! Pido vuestra indulgencia para con mi inglés que - lo digo desde ya - es el punto más débil de mi posición. Para los demás no pido la menor indulgencia. No exijo confianza a priori en mis afirmaciones. La tarea de esta comisión investigadora es verificar todo, desde el principio hasta el fin. Mi deber consiste en ayudarla en su trabajo. Cumpliré con este deber ante los ojos del mundo entero”

La comisión encaró su trabajo con una visión sumamente amplia. Un taquígrafo, actuando bajo juramento, tomó las actas de las sesiones, que serán publicadas próximamente en toda su extensión - 250.000 palabras - en Estados Unidos e Inglaterra. Quien quiera conocer la verdad o, al menos, acercarse a ella, deberá empezar comparando las respectivas actas taquigráficas de Moscú y Coyoacán.

Las dos primeras sesiones se refirieron a mi biografía política, en particular a mis relaciones con Lenin. Hube de observar una vez más cómo la colosal campaña de mentiras iniciada por la Internacional Comunista hace doce años había penetrado en las mentes de hombres honestos y serios. Muchos miembros de la subcomisión desconocían la historia verdadera del Partido Bolchevique, sobre todo de su degeneración. Se hubiera podido refutar más completamente los inventos y leyendas de los historiadores de Moscú, pero para ello se necesitaba más tiempo y... un inglés mejor que el mío. Posiblemente esta primera parte de la investigación hubiera producido un cuadro político más completo. Pero sólo pude mencionar mis obras y pedir que se agregaran a las actas.

En las dos sesiones siguientes hablé de mis relaciones con los principales acusados de ambos procesos. Traté de demostrarle a la subcomisión que los acusados no eran trotskistas, sino adversarios enconados del trotskismo y de mi persona. Los hechos y textos que presenté destruyeron las falsificaciones de Moscú de manera tan completa, que los miembros de la comisión no pudieron ocultar su sorpresa. Cuando, al responder a las preguntas de mi abogado defensor, hablé de la historia de los agrupamientos y las relaciones personales en el seno del Partido Bolchevique, ¡yo mismo me sorprendí más de una vez de que Stalin hubiera osado presentar a Zinoviev, Kamenev, Radek y Piatakov como mis amigos políticos! La clave del enigma es muy sencilla: tanto en éste como en otros casos, la insolencia de la mentira es directamente proporcional al poder de la Inquisición. Stalin no sólo obligó a mis enemigos a declararse amigos míos, inclusive los obligó a exigir para sí mismos la pena de muerte como castigo de esta amistad inexistente. Con semejante apoyo jurídico, ¿necesitaba Vishinski preocuparse por hechos, cifras, cronología y sicología?

Dedicamos casi tres sesiones para analizar y refutar las acusaciones más importantes: la supuesta visita de Goltsman a Copenhague en noviembre de 1932; mi supuesto encuentro con Vladimir Romm en julio de 1933, por último, el supuesto vuelo de Piatakov a Noruega para reunirse conmigo en diciembre de 1935. En estos tres casos decisivos presenté los originales de mi correspondencia de aquella época, distintos documentos oficiales (pasaporte, visas, recibos de telegramas, fotografías, etcétera) y más de cien declaraciones juradas provenientes de todas partes de Europa. Aclaré todos los detalles de mi vida correspondiente a estos tres períodos, tan breves como importantes, con tanta minuciosidad que los falsarios no encontraron lugar para insertar siquiera un alfiler. Agrego que en estos momentos la comisión de París está verificando las pruebas de mis escritos. Llegado a este punto, la indagación de Coyoacán alcanzó su pico culminante. Los miembros de la comisión, los periodistas y el público eran conscientes de que la verificación de mis coartadas en los únicos tres casos en que la acusación es concreta en cuanto a los factores de tiempo y lugar, significa un golpe mortal para toda la justicia de Moscú. Es cierto que el señor Beals - vale la pena detenerse un momento en el papel que desempeñó - trató de apoyar la versión oficial de Moscú y encontrar contradicciones en mis respuestas. [6] Cualesquiera fuesen sus intenciones, le estoy agradecido por ello. Mi posición era sumamente favorable: hablaba ante un auditorio inteligente y honesto, interesado en verificar la verdad; demostré la verdad de los hechos con base en documentos irrefutables; los periódicos, los libros, la correspondencia, las memorias personales de diversas personas, la lógica, la sicología, todos acudieron en mi ayuda. Cuando hube respondido a todas las preguntas del señor Beals, este extraño miembro de la comisión quedó en silencio, completamente desorientado. Los miembros del auditorio que le apuntaban sus preguntas, le pasaban papelitos constantemente. En lo más profundo de su conciencia, los hombres ya habían pronunciado su veredicto. Indudablemente, ello ocurrió tan sólo en un cuartito de una casita azul en Coyoacán. Pero con ayuda del tiempo y la imprenta llegaremos al resto del mundo.

Dedicamos las seis sesiones siguientes al estudio del sabotaje, mi actitud hacia la economía soviética, las relaciones con mis amigos políticos en la URSS, al terrorismo, la defensa de la URSS, las actividades de la Cuarta Internacional y, por último, mi actitud hacia el fascismo. No pude usar siquiera la vigésima parte del material. La dificultad, principal consistía en seleccionar rápidamente los documentos más importantes, los textos más breves y los argumentos más sencillos. Jan Frankel y Jean van Heijenoort, dos antiguos colaboradores, fueron una ayuda inestimable. Los miembros de la comisión mantuvieron una actitud de reserva total. Sin embargo, me pareció que los hechos y argumentos habían penetrado hasta su conciencia.

Conforme a las normas del derecho anglosajón, en la segunda parte de la sesión fui interrogado por el asesor legal de la comisión, J. Finerty. Los stalinistas lo acusaron posteriormente de interrogarme de manera “demasiado blanda”. Es posible. Por mi parte, no había nada que yo deseara más que un interrogatorio duro, desconfiado y combativo. Pero el señor Finerty no se encontraba en una posición cómoda. Mis documentos y testimonios habían destrozado la acusación. Formalmente, no había otra cosa que hacer sino someterlos a una verificación crítica. Esa tarea corresponde en parte a la comisión de París y principalmente a la comisión plenaria de Nueva York. En esta fase, ni siquiera los apuntadores del señor Beals pudieron formular una pregunta que apoyara, siquiera indirectamente, las tesis del tribunal de Moscú.

El señor Finerty y otros miembros de la comisión trataron de aclarar cuidadosamente si existe en verdad una diferencia tan profunda entre el “régimen stalinista” y el “régimen de Lenin y Trotsky”. Se estudiaron cuidadosamente las relaciones entre el partido y los soviets y el régimen interno del partido en distintas etapas. La mayoría de los miembros de la comisión creían que la burocracia stalinista, acusada por mí de varios crímenes, es un producto inevitable de la dictadura revolucionaria. Naturalmente, yo no podía permitir que la cuestión se planteara de esa manera. Para mí, la dictadura del proletariado no es un principio absoluto que determina resultados buenos y malos; es un fenómeno histórico que, de acuerdo con las circunstancias internas y externas puede evolucionar por el camino de la democracia obrera y la abolición total de la autoridad, o bien por el de la degeneración y hacia el aparato de represión bonapartista. Estos pasajes de la indagación de Coyoacán demostrarán vigorosamente las profundas diferencias que existen entre el pensamiento democrático formal y el dialéctico ante un problema histórico; demostrarán también cuánto distan del “trotskismo” los miembros de la comisión.

En la decimosegunda sesión se leyó la renuncia del señor Beals, escrita en términos muy ambiguos. Nadie se sorprendió. Al llegar a México, el señor Beals, ex corresponsal de la agencia soviética Tass, empezó a colaborar con el señor Lombardo Toledano, el señor Kluckhohn y otros “amigos” de la GPU. Sus colegas de la comisión desconocían su dirección. Muchas de sus preguntas no guardaban relación alguna con los procesos de Moscú; eran provocaciones deliberadas, con el fin de comprometerme ante las autoridades mexicanos. Agotados sus escasos recursos, el señor Beals no tuvo otra alternativa que renunciar a la comisión. Comunicó sus intenciones a sus amigos periodistas, y éstos lo publicaron en la prensa mexicana, con imprudencia digna de encomio, tres días antes de la renuncia. De más está decir que la prensa comprada por Stalin utilizó al máximo este episodio cuidadosamente preparado. Al mismo tiempo, los agentes de Moscú trataron de obligar a otros miembros de la comisión a renunciar, empleando argumentos que no se encontrarán en ningún diccionario bajo los rubros “Lógica” y “moral”. Pero eso es otra historia.

En la decimotercera y última sesión hubo dos discursos: el de mi abogado y el mío. En las páginas siguientes el lector encontrará el texto completo del mío. [7] Espero que con ello el lector, aunque no esté familiarizado con las actas taquigráficas y con los documentos, pueda juzgar si las sesiones de Coyoacán han dejado piedra sobre piedra de las amalgamas de Moscú.

Ya hemos dicho que esta subcomisión tenía como objetivo inmediato determinar si yo disponía de hechos que justificaran una investigación. El nueve de mayo, en Nueva York, John Dewey leyó su informe ante la Comisión Internacional. He aquí el párrafo central del mismo:

“El señor Trotsky como testigo. - Es regla establecida, inclusive en los tribunales legalmente constituidos, que la actitud del testigo puede servir de elemento de juicio para la valoración del testimonio. Ese es el principio que nos guía al comunicar la impresión que nos produjo la actitud y el porte del señor Trotsky. Durante todas las sesiones parecía ansioso por colaborar con la comisión para verificar la verdad acerca de todas las etapas de su vida y de su actividad política y literaria. Respondió a todas las preguntas rápidamente y con actitud franca y sencilla...” La conclusión práctica del informe dice: “Vuestra subcomisión hace entrega de las actas taquigráficas de las sesiones junto con los documentos entregados en calidad de pruebas. Todo el material nos convence de que el caso del señor Trotsky merece una amplia investigación. Por lo tanto, recomendamos que la comisión prosiga con sus trabajos hasta el final.”

No pido nada más. La Comisión Internacional de Nueva York proseguirá con su trabajo. Su veredicto pasará a la historia.

“MIS CONSPIRACIONES”[1]

19 de julio de 1938

Durante los 18 meses de mi estadía en este hospitalario país, fui acusado de toda una serie de terribles conspiraciones.

Hace algunos meses, el Sr. Toledano declaró en un mitin que yo estaba preparando la huelga general contra el gobierno del general Cárdenas. Ni más ni menos.

El jefe del Partido Comunista (creo que se llama Laborde)[2] declaró en una manifestación pública, en presencia del presidente de la República, que yo estaba involucrado en un complot fascista con los generales Cedillo y… Villarreal.

Al día siguiente, cada uno de estos señores acusadores arrojaba su propia acusación como se tira una colilla, las olvidaban y pasaban a inventar nuevos hechos.

Hoy, está a la orden del día mi viaje de vacaciones a Patzcuaro, Jiquilipan, Guadalajara y Morelia. Ahora ya no me acusan de preparar la huelga general o la insurrección fascista, sino de… viajar a México, alojarme en hoteles, encontrarme con ciudadanos mexicanos y entrevistarme con ellos. Sí, efectivamente he cometido todos esos crímenes (!), agrego que lo he hecho con gran satisfacción.

De parte de las diferentes capas de la población, obreros, docentes, militares, artistas, autoridades del Estado y de las municipalidades, no encontré más que atenciones y hospitalidad, que de forma general caracterizan tan vivamente a los mexicanos. En Patzcuaro, algunos maestros que vinieron a ver a Diego Rivera y a mí, por iniciativa propia, se informaron a través mío de la situación en la URSS y, más particularmente de la educación popular. Les expuse las mismas concepciones que ya había expuesto frecuentemente en mis libros y artículos. Para asegurarle la precisión necesaria, les adjunté la declaración escrita[3] que ya había hecho. Hasta donde yo sé, ninguno de estos maestros se considera ni se dice “trotskista”.

En Jiquilpan, Guadalajara y Morelia, no tuve estos encuentros, desgraciadamente, porque estuve sólo unas horas en esas localidades.

En Guadalajara, el centro de operaciones de mi “conspiración” fue el Palacio Municipal, la Universidad y el orfelinato, en donde vi los frescos de Orozco[4]. Mucha gente vino a mi encuentro para pedirme autógrafos o simplemente para darme la mano. A algunos, tal como lo había hecho en Patzcuaro, les pregunté bromeando: “¿No tiene Ud. miedo de acercarse a un contrarrevolucionario y fascista?”. Todos me respondían más o menos lo mismo: “Nadie con sensatez lo cree”. Inútil es aclarar que esta respuesta me dio una gran satisfacción moral.

En lo que concierne a mi “conspiración” con el Dr. Atl[5], sólo puedo decir que escuché por primera vez su nombre por las últimas “revelaciones”. Jamás me encontré con el Dr. Atl ni tuve el honor de conocerlo.

No dudo que esta declaración que contiene la refutación de una falsa nueva denuncia, será interpretada por los denunciadores como “una intervención en la vida interna de México”[6]. Pero este proceder no engañará a nadie. Hice una promesa precisa al gobierno de este país, es decir al gobierno del general Cárdenas, y no al gobierno de Lombardo Toledano. Nadie me ha dicho que Toledano estaba encargado de vigilar mi conducta. Jamás prometí callarme acerca de las calumnias o los calumniadores. Me reservé el derecho, tanto en mi casa como durante mis viajes, de respirar el aire de México, de encontrarme con ciudadanos de este país, de entrevistarme con ellos, visitar los monumentos artísticos y, cuando lo juzgue necesario, fustigar públicamente y llamando por su nombre a los “demócratas”, “socialistas” y “revolucionarios” quienes -oh, ignominia!- se han encargado de hacer, por la mentira y la calumnia, que quede librado a las manos de la GPU.

[1] Traducido del francés de la versión publicada en Oeuvres, Tomo 18, pág. 160, editado por el Instituto León Trotsky de Francia.

[2] Trotsky simula ignorar el nombre del Secretario General del Partido Comunista Mexicano. Hernán Laborde (1896-1955), fue erigido secretario general en 1929 luego de una severa purga. Estaba evidentemente dispuesto a todas las campañas contra Trotsky, pero se mostraba menos decidido para la “acción directa”.

[3] Trotsky había redactado la declaración en ruso y Jean Van Heijenoort, que lo acompañaba en ese viaje la había traducido al instante.

[4] José Clemente Orozco (1883-1949) era uno de los grandes pintores muralistas de la revolución y del México contemporáneo.

[5] Dr. Atl era el seudónimo de Gerardo Murillo (1875-1964), pintor y poeta, también veterano de la revolución mexicana, colaborador de Carranza, había sido el maestro de Diego Rivera. Rápidamente evolucionó hacia el fascismo y estaba ligado con el general Cedillo. Se formuló la hipótesis de que se habían encontrado “testigos“ de haberlo “visto“ acompañando a Trotsky, dado su cierto parecido con André Breton.

[6] Cada vez que Trotsky se defendía de un ataque calumnioso de gente como Lombardo Toledano, esta gente gritaba que al atacarlos, Trotsky “intervenía“ en la vida política mexicana y violaba así sus compromisos…

Sobre el Segundo Plan Sexenal de México [1] 14 de marzo de 1939

Un programa, no un plan.

No se trata aquí de un “plan” en el verdadero sentido de la palabra. En una sociedad donde prevalece la propiedad privada, es imposible que el gobierno conduzca la vida económica de acuerdo a un “plan”. El documento contiene fórmulas algebraicas pero no hechos aritméticos. En otras palabras, es un programa general para la actividad gubernamental y no, estrictamente hablando, un plan.

Desgraciadamente, los autores del plan no toman en consideración los límites de la actividad gubernamental en una sociedad donde los medios de producción, incluyendo la tierra, no están nacionalizados. Han tomado como modelo, aparentemente, el Plan Quinquenal de la URSS y a menudo utilizan la misma fraseología, sin tener en cuenta las diferencias fundamentales que existen entre ambas estructuras sociales. Es por esta razón, como veremos luego, que las fórmulas algebraicas son a menudo un medio de no tocar las cuestiones más candentes de la vida mexicana a la par que los autores se solazan en perspectivas tomadas de los informes y declaraciones oficiales de la URSS.

Reforma de la maquinaria estatal

En el párrafo dos el documento arranca con la propuesta de instituir “un organismo técnico subordinado al presidente” para llevar a cabo el Plan Sexenal. Esta propuesta, a despecho de su carácter secundario, administrativo, parece contener un error fundamental. Para llevar a cabo el plan no se puede permanecer dentro del alcance de la pura y simple acción gubernamental. Imponer por encima del gobierno un “organismo técnico”, cuya tarea es ni más ni menos que transformar toda la economía nacional, significaría crear un

“supergobierno” junto al gobierno regular, es decir el caos administrativo.

Una propuesta más realista, basada en la experiencia de diferentes países durante la guerra y también en la experiencia de la URSS, sería crear un comité gubernamental limitado compuesto por los jefes de los ministerios más directamente involucrados en el plan y dirigido por el presidente o su representante inmediato. En este caso, la actividad general del gobierno y la que concierne al plan estarían concentradas en las mismas manos, y se minimizaría al máximo la inútil repetición -ese flagelo burocrático-

El párrafo tres propone “la participación funcional de los sectores organizados de la población del país” en distintos organismos del gobierno. Esta formulación es extremadamente vaga y permite toda suerte de interpretaciones. Nos apresuramos a señalar antes que nada que esta propuesta amenaza incorporar a la cúpula burocrática de los sindicatos, etcétera, Sin una precisa delimitación, a la jerarquía burocrática del estado (es casi imposible llevarlo a la práctica), restringiendo así la actividad regular de los organismos estatales y creando una confusión casi inimaginable.

La política exterior de México

En este dominio tan importante, el plan se queda en generalidades. No menciona a un solo país, e incluso dentro del terreno de las generalidades apunta a una línea de conducta que debería considerarse fundamentalmente errónea.

En nombre de la “democracia y la libertad”, el plan propone mejorar las relaciones regulares de México con las “naciones latinoamericanas y las naciones de todos los continentes que tengan una forma democrática de gobierno”. Caemos, inmediatamente, en una contradicción obvia. Para las Américas la política es tener amistosas relaciones con todas las naciones, cualquiera que sea la naturaleza de su régimen interno, mientras que para los otros continentes la prescripción es mantener relaciones amistosas exclusivamente con los llamados países “democráticos”. El plan no indica cómo desarrollar cada vez más las relaciones amistosas con la “democrática” Inglaterra, que trata a México como si fuera su feudo a raíz de sus intereses petroleros. ¿Es necesario pedirle perdón a Londres y restablecer inmediatamente las relaciones diplomáticas en nombre de la “democracia y la libertad”? Además, en la lucha que se desarrolla en la actualidad entre la “democrática” madre patria de cuarenta y cinco millones de habitantes y la India, privada de la democracia pero con una población de trescientos setenta millones de personas, ¿hacia quién dirigirá México su amistad para reforzar sólidamente su posición en el mundo? La debilidad orgánica del plan reside en que disuelve la oposición entre naciones opresoras y naciones oprimidas en el concepto abstracto de democracia. Esa división es mucho más profunda y pesa mucho más que la división del bando de los esclavistas entre naciones democráticas y naciones fascistas.

La expropiación de las compañías petroleras y la resuelta actitud del gobierno mexicano hacia Inglaterra disminuyeron en gran medida la “simpatía” que sentía por México esa “democracia” capitalista; pero, al mismo tiempo, estos actos elevaron enormemente el prestigio de México en la India y en todas las colonias y naciones oprimidas. La única conclusión que se infiere es que un país semicolonial no debería engañarse por la forma democrática de sus opresores reales o potenciales.

México no puede salvaguardar y desarrollar su independencia y asegurar su futuro de ninguna otra manera que aprovechando los antagonismos y conflictos entre los esclavistas imperialistas, sin identificarse con ninguno de ellos, asegurándose así la estima y el apoyo de las naciones esclavizadas y de las masas oprimidas en general.

Reforma agraria

Esta parte del programa, el aspecto más importante de la vida mexicana, no se basa en un análisis de las necesidades del país sino más bien en alguna fórmula general tomada del vocabulario de la URSS y muy mal adaptada a la realidad nacional.

El párrafo ocho manifiesta: “Las restituciones, concesiones y extensiones de tierra a las comunidades campesinas se desarrollarán a un ritmo no inferior al de los años 1935- 1938”. Al mismo tiempo, el punto (c) del párrafo trece afirma: “Organización de la explotación colectiva de las tierras públicas comunes” durante los próximos seis años. Estas dos dimensiones del programa no se hallan coordinadas en absoluto. Están simplemente yuxtapuestas.

¿Cuál es la cuestión principal en México hoy en día? La reforma agraria, o reforma agraria democrática; esto es, la vida de los campesinos se caracteriza por la acumulación de formas feudales de explotación y relaciones y tradiciones esclavistas. Es necesario liquidar audaz y definitivamente esta explotación propia de la barbarie medieval con la ayuda de los propios campesinos. Los grandes terratenientes parasitarios y semiparasitarios, la dominación económica y política de los señores de la tierra sobre los campesinos, el trabajo agrícola forzado, el cuasi patriarcal sistema de medianería, que equivale en lo fundamental a la esclavitud, deben ser definitivamente liquidados a la mayor brevedad posible. Ahora bien, el programa ni siquiera llama a llevar a cabo esta tarea, esencial para la revolución democrática en los próximos seis años; pero, al mismo tiempo, sí llama a la colectivización de las tierras comunes durante el mismo período. Esto es una inconsistencia total, que puede llevar a las más nefastas consecuencias económicas, sociales y políticas.

“Colectivización completa”

A. La colectivización significa el reemplazo de la agricultura rural en pequeña escala por la agricultura en gran escala. Este cambio sólo resulta ventajoso si existe una tecnología altamente desarrollada, adecuada a las tareas de la agricultura en gran escala. Esto significa que el ritmo de colectivización propuesto debería adaptarse al desarrollo de la industria, de la producción de maquinaria agrícola, fertilizantes, etcétera.

B. Pero la tecnología sola no basta. Los propios campesinos deben aceptar la colectivización, es decir, deben entender las ventajas sobre la base de su propia experiencia o la de otros.

C. Finalmente, el material humano, o al menos una gran parte del mismo, debe estar preparado y educado para el manejo económico y técnico de las tierras comunes.

El propio plan dice en el párrafo quince que es necesario contar con “campesinos que estén adecuadamente educados” y llama a la creación de un número de escuelas, especialmente escuelas agrícolas. Si permitimos que durante los próximos seis años se establezcan en cantidad suficiente, resulta claro que el personal necesario no estará listo hasta bastante tiempo después. Colectivizar la ignorancia y la miseria por medio de la compulsión estatal no significaría una agricultura de avanzada; más bien conduciría inevitablemente a que los campesinos se vieran forzados a pasarse al campo de la reacción.

La revolución agraria debe completarse en seis años con el fin de que sobre esta base el país esté en condiciones de avanzar hacia la meta de la colectivización muy cuidadosamente, sin compulsión y con una actitud de gran simpatía hacia el campesinado.

El ejemplo de la URSS

La URSS no sólo pasó por una revolución democrática burguesa sino también por una proletaria. Los campesinos rusos, aunque muy pobres, no lo eran tanto como los campesinos mexicanos. La industria soviética estaba considerablemente más desarrollada. Sin embargo, después de la nacionalización de la tierra, es decir, de la completa revolución agraria democrática, durante largos años el sector colectivizado de la agricultura sólo constituyó un insignificante porcentaje de la economía agrícola en relación con la economía campesina privada. Es cierto que doce años después de la abolición del latifundio, etcétera, la burocracia gobernante saltó a la “colectivización completa” por razones que no es necesario tratar aquí. Los resultados son conocidos. La producción agrícola bajó a la mitad, los campesinos se rebelaron, decenas de millones murieron como consecuencia de terribles hambrunas. La burocracia se vio obligada a restablecer parcialmente la agricultura privada. Para comenzar a progresar, la industria nacionalizada tuvo que producir cientos de miles de tractores y maquinaria agrícola para los koljoses. En México, imitar estos métodos significaría encaminarse al desastre. Es necesario completar la revolución democrática dando la tierra, toda la tierra, a los campesinos. Sobre la base de esta conquista ya establecida se les debe dar a los campesinos un período ilimitado para reflexionar, comparar, experimentar con distintos métodos agrícolas. Se los debe ayudar, técnica y financieramente, pero no obligarlos. En suma, es necesario completar la obra de Emiliano Zapata [2] y no yuxtaponerle los métodos de Stalin.

Crédito agrario

Toda la parte agraria del programa se halla deformada por una falsa perspectiva que trata de dar el tercer o cuarto paso antes de completar el primero. Esta deformación de perspectiva es particularmente evidente en lo que respecta a la cuestión crediticia. El párrafo dieciséis, punto (d), propugna que se extienda el crédito agrario a las tierras comunes “abandonando el objetivo de mantener la economía de la pequeña propiedad agraria”. Es más que evidente que el estado debería acordar privilegios financieros a las colectivizaciones voluntarias. Pero se deben mantener las proporciones. Hay que asegurar que las empresas colectivas sean viables, aunque las pequeñas granjas individuales deben seguir existiendo y creciendo también durante el período histórico necesario para llevar a cabo la “colectivización completa”; y este período puede abarcar varias décadas.

Si se utilizan métodos compulsivos, habrá sólo explotaciones colectivas que existirán a expensas del estado, a la par que bajará el nivel general de la agricultura y se empobrecerá el país.

La industrialización del país

En esta área el programa se torna extremadamente vago y abstracto. Para colectivizar las tierras comunes en seis años, será necesario un gasto enorme en producción de maquinaria agrícola, fertilizantes, ferrocarriles e industria en general. Y todo ello inmediatamente, porque la colectivización debe estar precedida, no continuada, por cierto desarrollo tecnológico elemental. ¿De dónde saldrán los medios necesarios? El plan guarda silencio respecto a este punto, a excepción de unas pocas frases acerca de las ventajas de los préstamos nativos sobre los extranjeros. Pero el país es pobre, necesita al capital extranjero. Este espinoso problema se toca sólo cuando el programa no insiste en la cancelación de la deuda externa. Y eso es todo.

Es cierto que la realización de la revolución agraria democrática, es decir, traspasar toda la tierra cultivable a los campesinos, incrementaría la capacidad del mercado interno en un lapso relativamente breve; pero a pesar de todo ello, el ritmo de industrialización sería muy lento. Considerables capitales internacionales buscan actualmente zonas donde invertir, incluso aunque sólo sea posible una modesta (pero segura) retribución. Dar la espalda al capital extranjero y hablar de colectivización e industrialización es simplemente intoxicarse con palabras.

Los reaccionarios están equivocados cuando afirman que la expropiación de las compañías petroleras ha tornado imposible el ingreso de nuevos capitales. El gobierno defiende los intereses vitales del país, pero al mismo tiempo puede otorgar concesiones industriales, especialmente formando sociedades mixtas, es decir, empresas en las que el estado participe (reteniendo el diez, el veinticinco o el cincuenta y uno por ciento de las acciones, según las circunstancias) y estipulando en los contratos la opción de adquirir el resto de las acciones después de un cierto tiempo. Esta participación gubernamental tendría la ventaja de formar al personal técnico y administrativo del país en colaboración con los mejores ingenieros y organizadores de otros países. El período fijado en el contrato antes de la compra opcional de la parte correspondiente en la empresa crearía la necesaria confianza entre los inversores de capital. Se aceleraría el ritmo de industrialización.

Capitalismo de estado

Los autores del programa desean construir un capitalismo de estado en un período de seis años. Pero nacionalizar empresas existentes es una cosa y crear nuevas con medios limitados sobre suelo virgen es otra.

La historia sólo conoce un ejemplo de una industria creada bajo supervisión estatal, el de la URSS. Pero,

a) se necesitó una revolución socialista;

b) la herencia industrial del pasado jugó un papel importante;

c) se canceló la deuda pública (1,5 billones de pesos al año).

A despecho de todas estas ventajas la reconstrucción industrial del país se inició otorgando concesiones. Lenin acordó gran importancia a estas concesiones para el desarrollo económico del país y para lograr la educación técnica y administrativa del personal soviético. En México no hubo ninguna revolución socialista. La situación internacional no permite siquiera la cancelación de la deuda pública. El país, repetimos, es pobre. Bajo tales condiciones sería casi suicida cerrar las puertas al capital extranjero.

Para construir el capitalismo de estado hace falta capital.

Los sindicatos

El párrafo noventa y seis habla correctamente de la necesidad de “proteger a la clase obrera más efectivamente que en la actualidad”. Sólo habría que agregar: “Es necesario proteger a la clase obrera no sólo contra los excesos de la explotación capitalista sino también contra los abusos de la burocracia obrera.”

El programa tiene muchísimo que decir acerca de la democracia y de las organizaciones obreras, que son su base esencial. Esto sería absolutamente correcto si los propios sindicatos fueran democráticos y no totalitarios. Un régimen democrático en el sindicato debería asegurar a los trabajadores el control sobre su propia burocracia y eliminar de este modo los abusos más ostensibles. El más estricto manejo de la contabilidad de los sindicatos debería convertirse en un asunto público.

* * *

Estas notas pueden parecer imbuidas de un espíritu moderado, casi conservador, en comparación con las formulaciones del programa, de alto vuelo pero vacías de contenido. Creemos, sin embargo, que nuestro punto de vista es más realista y, al mismo tiempo, más revolucionario. El punto central del programa es la reforma agraria. Es mil veces más fácil predicar en el vacío la colectivización total que llevar a cabo con mano de hierro la eliminación total de los restos feudales en el campo. Esta operación de limpieza sería realmente un excelente programa para los próximos seis años. El campesinado entendería un programa así, planteado en diez líneas, y lo aceptaría mucho más cálidamente que a esta vaga y verborrágica traducción del documento oficial del Kremlin.

Testamento [1] 27 de febrero de 1940

Mi presión arterial alta (que sigue aumentando) engaña los que me rodean sobre mi estado de salud real. Me siento activo y en condici ones de trabajar, pero evidente mente se acerca el desenlace. Estas líneas se publicarán des pués de mi muerte.

No necesito refutar una vez más las calumnias estúpidas y viles de Stalin y sus agentes; en mi honor revolucionario no hay una sola mancha. Nunca entré, directa ni indirectamente, en acuerdos ni negociaciones ocultas con los enemigos de la clase obrera. Miles de adversarios de Stalin fueron víctimas de acusaciones igualm ente falsas. Las nuevas generaciones revolucionarias rehabilitarán su honor político y tratarán como se lo merecen a los verdugos del Kremlin.

Agradezco calurosamente a los amigos que me siguieron siendo leales en las horas más difíciles de mi vida. No nombro a ninguno en especial porque no puedo nombrarlos a todos. Sin embargo, creo que se justifica hacer una excepción con mi compañera, Natalia Ivanovna Sedova. El destino me otorgó, además de la felicidad de ser un luchador de causa del socialismo, la felicidad de ser su esposo. Durante los casi cuarenta años que vivimos juntos ella fue siempre una fuente inextinguible de amor, bondad y ternura. Soportó grandes sufrimientos, especialmente en la última etapa de nuestras vidas. Pero en algo me reconforta el hecho de que también conoció días felices.

Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud.

Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul y el sol que brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.

L.Trotsky

Todas mis pertenencias, mis derechos literarios (los ingresos que producen mis libros, artículos, etcétera) serán puestos a disposición de mi esposa Natalia Ivanovna Sedova. En caso de que ambos perezcamos [el resto de la página está en blanco ].

3 de marzo de 1940

La índole de mi enfe rmedad es tal (presión arterial al ta y en avance) - seg ún yo lo entiendo- que el fin puede llegar de súbito, muy probablemente - nuevamen te, es una hipótesis personal- por un derrame cerebral. Este es el mejor fin que puedo desear. Es posible, sin embargo, que me equivoque (no tengo ganas de leer libros especializados sobre el tema y los médicos, naturalmente, no me dirán la verdad). Si la esclerosis se prolongara y me viera amenazado por una larga invalidez (en este momento me siento, por el contrario, lleno de energías espirituales a causa de la alta presión, pero no durará mucho), me reservo el derecho de decidir por mi cuenta el momento de mi muerte. El “suicidio” (si es que cabe el término en este caso) no será, de ninguna manera, expresión de un estallido de desesperación o desaliento. Natasha y yo dijimos más de una vez que se puede llegar a tal condición física que sea mejor interrumpir la propia vida o, mejor dicho, el proceso d emasiado lento de la muerte... Pero cualesquiera que sean las circunstancias de mi muerte, moriré con una fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el hombre y su futuro me da aun ahora una capacidad de resistencia que ninguna religión puede otorgar.

L.T.

[1] Ultima carta desde Europa. De El profeta desterrado, de Isaac Deutscher. Extracto de una carta a León Sedov.

[1] Declaraciones en Tampico. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. El artículo incluye uno menor, publicado bajo el mismo título en la primera edición [norteamericana] de esta obra. Las partes que no aparecieron en esta edición fueron traducidas [al inglés] por Russell Block, del artículo aparecido en El Universal de México del 10 de enero de 1937.

[2] Libro Rojo sobre los procesos de Moscú: escrito por León Sedov, apareció por primera vez en ruso en Biulleten Oppozitsii bajo el título de “El juicio de Moscú es un juicio a Octubre”.

[3] El libro apareció en noviembre de 1937 bajo el título Les crimes de Staline, con traducción francesa de Víctor Serge. Aunque jamás apareció en inglés en forma de libro, ente volumen incluye todo su contenido, menos el capítulo “En el tribunal a puertas cerradas”, que se encuentra en Escritos 35-36, y el discurso final de Trotsky ante la Comisión Dewey, que aparece en The Case of Leon Trotsky.

[4] El primer tomo de la biografía de Lenin, El joven Lenin, apareció por primera vez en francés en 1936

[1] En México. Fourth International, junio de 1941, donde apareció bajo el título de “Páginas del diario personal de Trotsky”. Aunque está fechado el 9 de enero, el artículo, salvo los cuatro primeros párrafos, fue escrito algunas semanas más tarde.

[2] Diego Rivera (1886-1957): destacado pintor mexicano; sus murales fueron quitados del Rockefeller Center de Nueva York debido a su temática comunista. Fue fundador del PC mexicano y miembro de su Comité Central a partir de 1922, pero rompió en 1927 tras la expulsión de la Oposición de Izquierda. Fue anfitrión de Trotsky cuando éste llegó a México, pero Trotsky se distanció públicamente de él en 1939 debido a diferencias en torno al sindicalismo dual, el carácter de clase del estado soviético y la campaña presidencial de 1940, en la cual Rivera apoyó a un general derechista. Véanse los artículos pertinentes en Escritos 38-39. Frida Kahlo de Rivera (1910-1954), artista también, era la compañera de Rivera. Max Shachtman. (1903-1972), dirigente del PC norteamericano y fundador del movimiento trotskista. En 1940 rompió con el SWP debido a sus diferencias con respecto a la defensa de la Unión Soviética. En 1958 entró al Partido Socialista. George Novack (1905), trotskista a partir de 1933, jugó un papel destacado en muchos casos de defensa de derechos y libertades civiles. Fue secretario del Comité Norteamericano de Defensa de León Trotsky (CNDLT), creado en 1936, que cumplió un papel de primera importancia en la creación de la Comisión Dewey de Investigación de los Juicios de Moscú. El CNDLT fue disuelto en marzo de 1938, cuando la Comisión Dewey terminó sus trabajos y después del tercer juicio de Moscú.

[3] General Francisco Mujica (l884-1954): ministro de Comunicaciones y Obras Públicas en el gabinete del presidente Cárdenas. Aseguró la estadía de Trotsky en México.

[4] General Lázaro Cárdenas (1895-1970): presidente de México en 1934-40. Su régimen se caracterizó por la distribución de tierras, el desarrollo de la industria y del transporte, la lucha contra la iglesia católica romana y, en 1938, por la expropiación de las propiedades petroleras extranjeras. Su gobierno fue el único que le quiso dar asilo a Trotsky en los últimos años de su vida. Trotsky se comprometió a abstenerse de toda injerencia en la política mexicana, pero escribió artículos sobre México que aparecieron en la prensa de sus partidarios latinoamericanos sin firma, o firmados con seudónimo.

[5] Vicente Lombardo Toledano (1893-1969): stalinista, era el jefe de la Confederación Mexicana de Trabajadores, la gran federación sindical. Participó activamente en la campaña de calumnias de los stalinistas mexicanos, destinada a preparar a la opinión pública para el asesinato de Trotsky.

[6] El Séptimo, y último, Congreso de la Comintern: se reunió en agosto de 1935. Aprobó la política del Frente del Pueblo o (Frente Popular), coalición de los partidos obreros (Comunista y Socialista) con partidos burgueses con base en un programa capitalista liberal. En los años veinte la Comintern había repudiado la política de colaboración de clases, pero los partidos stalinistas la aplicaron desde 1935 hasta la firma del pacto Hitler-Stalin en 1939. Reapareció después de la Segunda Guerra Mundial con distintos nombres (coalición antimonopolista, etcétera).El Manifies to Comunista fue escrito por Marx y Engels en 1847.

[7] Según una carta enviada a Diego Rivera por dos secretarios de Trotsky, Frank L. Kluckhohn (1907-1970), corresponsal del New York Times, escribía artículos donde decía que las “actividades revolucionarias” de Trotsky le causaban grandes problemas al gobierno mexicano. Kluckhohn intentaba continuamente obtener declaraciones de Trotsky sobre problemas políticos generales, a pesar de que Trotsky se negaba a hablar de cualquier tema que no fuera los procesos de Moscú.

[8] En enero de 1937 Stalin anunció un segundo juicio. En este caso fueron diecisiete acusados, encabezados por Radek y Piatakov. Trece de los diecisiete fueron hallados culpables y ejecutados. Iuri Piatakov (1890-1937) cumplió un papel destacado en la Revolución de Octubre y en la guerra civil y ocupó cargos claves en el gobierno. Fue militante de la Oposición de Izquierda, expulsado en 1927, capituló poco después. Ocupó cargos importantes en la industria, pero fue ejecutado después del segundo juicio de Moscú.

[9] En su testimonio ante el tribunal, Vladimir Romm se declaró corresponsal de la Izvestia en Ginebra (1930-34) y luego en Washington.

[10] La Liga por los Derechos del Hombre: asociación francesa de defensa de los derechos civiles que exculpó los juicios de Moscú.

[1] No participaré en la política mexicana. IV Internacional, febrero de 1937. IV Internacional era el periódico de la sección mexicana del Movimiento pro Cuarta Internacional.

[1] La indagación preliminar en Coyoacán. Les crimes de Staline. Traducido del francés [al inglés] para la primera edición [norteamericana] de esta obra por A.L. Preston. Del 10 al 17 de abril de 1937, una subcomisión de la Comisión Investigadora realizó trece sesiones de indagación preliminar de las acusaciones presentadas contra Trotsky. (Véanse las actas taquigráficas, registradas por Albert Glotzer en The Case of Leon Trotsky ). La subcomisión dictaminó que el caso de Trotsky debía ser investigado. Volvió a Nueva York para reunir más información y realizar nuevas audiencias públicas (en julio). Pronunció su histórico veredicto - inocente - poco después.

[2] León Jouhaux (1870-1954): secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), la gran central obrera francesa, en 1909- 40 y 1945-47. Apoyó las dos guerras mundiales y fue adversario de la Revolución Rusa.

[3] Benjamin Stolberg (1891-1951): periodista de publicaciones obreras y escritor. Otto Ruehle (1874-1943): miembro del bloque socialdemócrata del parlamento alemán y fundador del PC, escribió una biografía de Marx. Carlo Tresca (1878-1943): conocido anarquista ítalo-americano y director de Il Martelo [El martillo]. Edward Alsworth Ross (1866-1951), profesor de sociología y autor de obras especializadas.

[4] Nicola Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927): inmigrantes anarquistas italianos [en EE.UU], fueron acusados falsamente de robo y asesinato. A pesar de las movilizaciones internacionales de protesta, fueron ejecutados en 1927. Tom Mooney (1882-1942), dirigente sindical norteamericano, fue acusado de arrojar una bomba que mató a nueve personas (1916). Condenado a muerte, la sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Fue amnistiado y puesto en libertad en 1939.

[5] Albert Goldman (1897-1960): comunista norteamericano, se unió a los trotskistas en 1933, pero luego ingresó al PS en 1934. Volvió al trotskismo cuando este movimiento entró al PS en 1936. Fue abogado de Trotsky en Estados Unidos y miembro del Comité Nacional del SWP a partir de 1938. En el juicio de Minneapolis de 1941 fue el principal abogado defensor, además de acusado. En 1946 se unió Workers Party de Shachtman y apoyó el gobierno norteamericano durante la guerra de Corea.

[6] Carleton Beals (n. 1893): periodista norteamericano, miembro de la Comisión Dewey. En la undécima sesión hizo una pregunta provocadora, destinada a demostrar que Trotsky había intervenido en la política mexicana ya en 1919. Cuando los demás miembros de la Comisión repudiaron esta provocación, Beals renunció a la misma, entregando una declaración calumniosa a la prensa.

[7] Véase el discurso final de Trotsky en The Case of Leon Trotsky.

[1] Sobre el Segundo Plan Sexenal de México. Traducido del francés [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Russell Block, con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. El Congreso mexicano votó el Primer Plan Sexenal en 1934. Pretendía establecer un “sistema económico cooperativo tendiente al socialismo” e incluía un extenso programa de obras públicas, un código laboral que establecía el salario mínimo y la garantía horaria, cierta distribución de la tierra y ayuda a las cooperativas locales para la compra de maquinaria y stocks. La discusión del Segundo Plan Sexenal comenzó en febrero de 1939. El Plan fue redactado por el partido gobernante, el Partido Revolucionario Mexicano (PRM), y se lo consideraba la plataforma de su candidato para las elecciones presidenciales de setiembre de 1940, Manuel Avila Camacho. Planteaba también futuras expropiaciones y nacionalizaciones, el sufragio femenino, el servicio militar obligatorio, la independencia económica de México y el alza del nivel de vida de las masas. En febrero lo aprobó el congreso de la CTM, cuando todavía estaba en la etapa de discusión. El PRM adoptó el plan en noviembre, al mismo tiempo que designaba formalmente a Camacho. En febrero de 1940, cuando se publicó el proyecto final, muy modificado, incluía garantías a los inversores privados y la intención de cooperar “con otros países que apoyan una forma democrática de gobierno”.

[2] Emiliano Zapata (1877?-1919): revolucionario mexicano que levantaba un programa agrario radical.

[1] Testamento”. Reimpreso con permiso de los editores de Diario de Trotsky en el exilio, 1935 (Cambridge, Mass, Harvard University Press. Copyright 1958, por el presidente y colegas de Universidad de Harvard).