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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1940 Discurso del Presidente de la República en el XV Congreso de la Confederación de Trabajadores de México

Lázaro Cárdenas del Río. México, D.F. 25 de Noviembre de 1940

Trabajadores de México:

Seis años de gobierno, ya casi terminados, nos permiten intentar una valoración, aunque sea en forma rápida, del proceso político-social en el que se desarrolla nuestra República, vigorizando la fe en los destinos nacionales con lo ya conseguido y también con todos aquellos objetivos todavía inconclusos.

El proceso revolucionario de cualquier país, no es obra de la casualidad, sino producto de tareas continuadas por varios periodos gubernamentales. A alguno de estos periodos, como al nuestro, le tocó en suerte llevar a cabo transformaciones aceleradas como el caso de la reivindicación de los derechos de México sobre los productos del petróleo, medida de auténtico nacionalismo; el reparto de la tierra, que significa el final de un régimen semifeudal hacia una economía más justa; las obras de carácter material y social emprendidas en las zonas indígenas, como en la de los yaquis, que representan la terminación de un viejo problema económico-político, poniendo en práctica los más elementales principios de justicia en el trato del gobierno con nuestra población indígena; en materia de irrigación, las presas concluidas y las que están por terminarse; la importante reforma al artículo 3º constitucional; la multiplicación de escuelas y centros educativos; la orientación de los maestros hacia un sentido de amplia y clara responsabilidad social; la creación de servicios de asistencia pública; las obras de salubridad; la construcción de un sistema de carreteras y caminos vecinales ya terminados y otros en plena actividad; las nuevas vías férreas; los bancos de crédito obrero, respectivamente, que han venido fomentando el trabajo y la producción de fuertes núcleos proletarios; el estudio de los trabajadores al servicio del Estado, que puso a éstos al margen de las contingencias políticas.

El gobierno de la República ha logrado poner en marcha los aspectos de trabajo aquí someramente señalados y que corresponden a un programa, trazado desde el principio de nuestro mandato, del cual hemos procurado no apartarnos a pesar de que los intereses inevitablemente afectados, no han desperdiciado ninguna oportunidad para intentar sembrar corrientes de duda o de franca oposición al gobierno.

Siguiendo una política de inmediato contacto entre gobernantes y gobernados, fue nuestra mayor preocupación llevar en constantes giras de gobierno, hasta los mismos lugares en donde existen los problemas, las posibilidades que el Estado puede proporcionar, no porque hayamos creído que con nuestra sola presencia podían éstos resolverse en su totalidad, sino porque pensamos que en un país en que, como el nuestro, por diversas razones históricas supervivieron formas de régimen semifeudal, era indispensable, rompiendo esas formas, llevar directamente a las masas, principalmente a las indígenas, la confianza y el conocimiento de sus derechos y de sus obligaciones, fomentando así corrientes de optimismo, de trabajo y de cooperación. Nunca hemos creído, sin embargo, que el gobierno de la República, con todos los beneficios que positivamente pudo llevar a las regiones visitadas, terminó de raíz con las necesidades o problemas existentes, especialmente los de carácter económico, cuya solución en muchos casos sobrepasa las posibilidades del erario nacional, pero sí puedo asegurar que durante estas giras de gobierno se lograron resolver numerosos casos que venían ocasionando graves dificultades entre pueblo y agrupaciones.

Desde nuestra iniciación gubernamental, los hombres que hemos asumido la responsabilidad, si¡¡)¡ ¡nos que íbamos a llegar a una etapa de intensa lucha y de extraordinario carácter polémico, y tuvimos que enfrentarnos con la necesidad de resolver en definitiva situaciones extremas en donde, más que nunca, se pusieron en pugna los intereses colectivos y el egoísmo, el decoro nacional y la mecánica del capital imperialista; así tocó a este régimen reivindicar en definitiva el derecho inalienable de México a explotar los recursos de su subsuelo; a pugnar porque las fuentes de producción natural sean patrimonio del mayor numero de trabajadores y no fuente de riqueza exclusiva para unos cuantos, a defender con apego ala ley los más elementales derechos de los propios trabajadores, pugnando por su unidad como base de su fuerza, de su disciplina y de su responsabilidad, con la firme convicción de que las fuentes de trabajo, puestas bajo su dirección, tienen inevitablemente que triunfar, tarde o temprano, va que los obstáculos que hasta ahora se han presentado son: unos de carácter económico internacional, cuyo alcance no es posible controlar a voluntad, pero cava transitoriedad es evidente; otros, derivados de las indispensables economías reajustes que la propia organización obrera ha tenido que realizar sacrificándose momentáneamente en beneficio posterior de sus intereses como clase; y, por último, los que en materia de organización, disciplina y formas técnicas de trabajo, han sido inevitable, como lo son, de la misma manera, dentro de cualquier régimen y en cualquier economía, cuando se pasa de un sistema a otro. Solamente que, repetimos, estos fenómenos son transitorios y nadie que sea honrado en su crítica, puede negar la justicia que encaña el derecho que tienen los trabajadores de México a mejorar sus condiciones de vida, principio dinámico que originó y animó la marcha de la Revolución Mexicana.

Por fortuna, este sentido humano de la Revolución está va garanizado en el cuerpo jurídico de nuestra Constitución de nuestras leyes y una interpretación estricta de estas normas legales ha puesto al pueblo en la posibilidad de recibir los beneficios y de defender sus conquistas. En este aspecto, nuestros tribunales han establecido ejecutorias con un profundo contenido humano de justicia, cuya validez moral tiene significación universal.

La Revolución Mexicana a través de su largo proceso de integración con las altas y las bajas naturales de toda transformación acelerada de una sociedad, ha conquistado una serie de postulados económicos, morales, educativos, etc., que constituyen la esencia de nuestra vida pública y cuyo valor jurídico está plasmado en las leyes que nos rigen y en el funcionamiento regular de nuestros tribunales.

No puede considerarse que la Revolución Mexicana haya concluido su misión, pero tampoco puede temerse por un cambio en su trayectoria, porque el espíritu y la letra de nuestras leyes y, sobre todo, la conciencia de los hombres de la Revolución, son garantía plena de un fiel cumplimiento del programa iniciado con el sacrificio de los precursores que nos legaron nuevas normas de justicia social.

En vísperas de concluir el periodo de mi gobierno y con la autoridad de amigo de los trabajadores, quiero rogarles que no escatimen esfuerzos, que eliminen pasiones personales, liquiden rencillas por viejas que sean y no cesen en su empeño hasta hacer una realidad, la unificación total del proletariado mexicano, convencidos de que, entre tanto no se logre esta unificación, no podrá avanzar la causa de la nacionalidad, ni estabilizarse las instituciones revolucionarias y la paz pública, ni se logrará la definitiva autonomía espiritual y política de México.

Como la Revolución anhela en su aspecto interior al máximo de felicidad para todos los mexicanos, a medida que los trabajadores van conquistando mayor poder económico, cultural y político, es lógico y justo que aumenten las responsabilidades para con ustedes mismos y para con la nación. La entrega de fuentes y medios de producción, debe llevar aparejada la obligación de contribuir a acrecentar el rendimiento, para que todos los habitantes de México vivan mejor y salgan de las condiciones inferiores de vida que como lastre secular han impedido acelerar el resurgimiento de México y, para esta obra, trabajadores de la República, necesitamos además de unidad proletaria, disciplina en el trabajo y liquidación de toda simulación de esfuerzo. Cada trabajador, con oportunidad de producir, que no pone todo su empeño y su capacidad, que se entrega al vicio o al parasitismo y que elude su responsabilidad, es traidor a su clase y enemigo del movimiento reivindicados de México. Necesitamos demostrar, para prestigio de nuestra causa, que la Revolución Mexicana es trabajo disciplinado, eficiente y honesto.

No olvidemos que México hasta hoy ha sido un país primordialmente agrícola, que, retrasado aún en este aspecto, necesita no solamente alimentar mejor a sus propios habitantes, sino producir lo suficiente para lograr el desarrollo general del país, coordinando la producción agrícola con un plan técnico de industrialización. Seguimos viviendo de una industria retrasada y de una escasa gran industria, que no tiene de nacional más que los recursos del territorio que aprovecha, el esfuerzo mexicano asalariado y un poder revolucionario que lucha por eliminar condiciones de privilegio.

Mas para salir de esta etapa retrasada, necesitamos cumplir nuestro programa económico y social, demostrando con el éxito de las empresas que se entregan a los trabajadores que éstos son capaces de asumir la responsabilidad colectiva que se les encomienda. Que esto no se logrará si no hay un afán perseverante de elevar su capacidad técnica, de aumentar su eficiencia en cualquier posición que como trabajador se encuentre, y hacer de la responsabilidad un culto del deber proletario, que no reconozca más jerarquías que el mérito, la disciplina y la honestidad. Cuando los trabajadores se olvidan de que no son individuos aislados de la masa, se convierten en saboteadores del movimiento proletario, para colocarse en los terrenos de la especulación capitalista.

La conflagración que azota al mundo y que afecta la soberanía de pequeños y grandes pueblos, debe mantener en pie y alerta al proletariado de cada país, si no se quiere que el expansionismo imperial cambie las rutas de las redenciones. En México se viene observando cómo un movimiento revisionista de las conquistas sociales de la Revolución, pretendiendo mancillar la tradición histórica de nuestros pueblos, que han luchado por ser países libres espiritual, económica y políticamente, aliándose con mexicanos que, adoptando el pensamiento y táctica de órganos de penetración imperialistas y pretextando seguridades para la propiedad individual, la libertad de conciencia, la inviolabilidad del hogar y la integración de la patria, quieren convertir al ejidatario en un minúsculo propietario desarmado ante los propósitos de restauración de los latifundios, al obrero, en un obediente siervo de la explotación capitalista y a la escuela, en un centro de difusión de todos los caducos errores que han detenido la marcha de México.

Ante la restauración del frente conservador, se requiere no abandonar los campos de la lucha, corregir severamente las deficiencias y errores, para que no sirvan de pretexto a elementos retardatarios que lo mismo llámense de acción nacional, del sinarquismo, que del supuesto anticomunismo, aprovechan para su catequización cualquier desconcierto entre los ejidatarios, obreros, mujeres y juventud, para hacerlos víctimas inconscientes de una labor que tiende a debilitar las filas revolucionarias, a sabiendas de que se sacrificará a nuevas generaciones en dolores luchas fratricidas.

Frente al enlace internacionalista de los conservadores, fue oportuno el Congreso Internacional contra la Guerra, organizado por la Confederación de Trabajadores de México, que tuvo la idea de unificar a los trabajadores de todo el continente, para eliminar la violencia como resolución de los conflictos y lograr el progreso mediante normas de amistad y de justicia. Iniciativa que levanta la misión social de esta confederación, al extender su labor a los trabajadores de América, fortaleciendo su solidaridad por la elevación de las condiciones humanas de los nativos, sin privilegio de raza, de nacionalidad o de condición económica.

Una de las normas establecidas por la actual administración fue respetar la vida de los ciudadanos, elevando así el valor de la existencia y el espíritu de fraternidad y de dignidad nacionales, reconociendo en toda su amplitud el derecho que la Constitución concede a los mexicanos para expresar libremente sus ideas. No de otra manera podría encauzarse al país en la vida institucional que anhela nuestro pueblo.

La tolerancia del régimen, excesiva en algunos casos, fue saludable para el país, porque contribuyó al fracaso de propósitos de ilegal violencia de sus opositores, causando esta actitud del gobierno, en toda la nación, una impresión favorable que ha influido extraordinariamente para mantener la paz. El pueblo todo de México debe hacer respetar este postulado, que es inalienable derecho social, y exigir se castigue con todo el rigor de la ley a los que olvidan que es su obligación suprema proteger la vida de los ciudadanos.

Debo también expresar a ustedes que está asegurada para la nación la riqueza petrolera, por la reforma constitucional que determina su organización interior. El gobierno defendió la medida manteniendo la solidaridad y simpatía de los pueblos de numerosos países que por diferentes conductos expresaron su adhesión, y ha justificado ante las cancillerías la rectitud jurídica y moral de la causa de México. Hago público, para conocimiento de todos los mexicanos, que en la actitud del gobierno, tanto en el caso petrolero como ante el problema de la defensa continental, no ha habido ni habrá transacciones, pactos secretos, ni acuerdo alguno que pueda lesionar en lo más mínimo nuestra integridad territorial, ni el decoro, ni la soberanía de la nación.

He creído necesario expresar a ustedes los resultados de mi experiencia gubernamental y manifestarles que me retiro tranquilo, con la paz interior que da el máximo esfuerzo por el cumplimiento de nuestros supremos deberes, y, sobre todo, porque entrego al gobierno en manos de un hombre honesto, nacido de la Revolución, el señor general Manuel Avila Camacho, amigo sincero de las clases trabajadoras y conocedor de nuestros próblemas nacionales.

Quiero, por último, aprovechar este acto para agradecer las demostraciones de solidaridad de la Confederación de Trabajadores de México, de la Confederación Nacional Campesina y de todas las organizaciones sociales de la República, y de apoyo continental para nuestro país de la Convención de Partidos Democráticos Populares Latinoamericanos reunida en Chile, de los trabajadores de Cuba y de los pueblos hermanos que han visto en nuestra lucha su propia defensa por obtener la autonomía económica, ante la actitud de oligarquías que siguen creyendo que somos países de conquista. En esta hora de afirmaciones sociales, los saludo con efusión y les deseo una solidaridad completa, entre todos los trabajadores de América.