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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1940 Renuncia del general Almazán a la presidencia.

Noviembre 26 de 1940

 

El General Almazán renuncia al cargo de Presidente de la República, para el cual fue electo por una aplastante mayoría del Pueblo Mexicano

 

Ante el inolvidable despertar cívico del pueblo mexicano durante la reciente campaña electoral para la renovación de los Poderes de la Unión y profundamente conmovido por el respaldo que me hizo el honor de dispensarme durante el proceso electoral, cumple a mi deber dirigirme a todos mis partidarios, con el objeto de exponerles la situación actual de nuestra lucha y expresarles mi modo de pensar respecto a la actitud suprema que todos debemos adoptar en estos momentos, teniendo en cuenta, única y exclusivamente, los altos intereses patrios.

No hay por qué referirse a los incidentes de la campaña electoral, pues además de ser conocidos de todo el pueblo mexicano, mi retorno a la patria no obedece al deseo de producir agitaciones inoportunas, sino, muy por el contrario, el único propósito que me anima es el de aportar ahora mi humilde contingente para que ese espíritu democrático del heroico pueblo no decaiga y pueda encauzarse y producir en otra ocasión mejores frutos. Pero sí debo informar a mis partidarios respecto a lo ocurrido después del memorable 7 de julio.

Los procedimientos seguidos por las autoridades de toda la República los días 7 y 11 del mencionado julio, me dieron la convicción de que sólo organizando debidamente al pueblo para que repitiera su heroica hazaña el primero de diciembre, podría lograrse que imperara su voluntad soberana.

Ya con la representación de los mexicanos libres, expresé a los directores del PRUN la necesidad de que, mientras ellos continuaban la acción política exclusivamente, yo, auxiliado por personas que no estuvieran sujetas a la vigilancia de los contrarios, prepararía la toma de posesión en la fecha indicada.

Debía desarrollarse nuestra acción el primero de diciembre, porque para entonces no habría razón para que los gobiernos extraños apoyaran a un régimen con el que no mantuvieran relaciones y porque para entonces también no habría compromisos morales de parte de los mexicanos independientes conectados ahora con la administración pública.

También expresé a los mismos directores del PRUN que no aceptaría la responsabilidad de llevar a mis partidarios a una lucha estéril en el caso de que los que tienen el poder contaran con el apoyo decidido del gobierno norteamericano, por que debía considerarse como insensatez alentar una contienda que en realidad sería la de un pueblo inerme contra los inmensos recursos de aquel gobierno. De ningún modo quiere decir esto que debamos los mexicanos renunciar a la conquista de nuestras libertades.

Ahora bien, debo dar a conocer al pueblo mexicano que sus recursos se han dedicado a una inicua propaganda en los países que he visitado, presentando la causa democrática y eminentemente popular que realizamos como un movimiento reaccionario sostenido por el gran capital "extranjero". Que esto es una vil calumnia contra el pueblo mexicano lo sabe tan bien como nosotros el gobierno norteamericano, que ha cometido el grave error de conceder todo su apoyo a los hombres en el poder. Por consiguiente, considero que antes de enfrentarnos a una lucha catastrófica, debemos intentar que el pueblo vecino conozca la verdad y obligue a su gobierno a eximirse de intromisiones indebidas, para lo cual reclamo de cada escritor mexicano, de cada corresponsal de periódico de los Estados Unidos, de cada extranjero honrado, que expresen siempre lo que es la realidad, y cada mexicano, de cualquier partido que sea, comprenda que en estos momentos trascendentales para la patria y para la humanidad, es indispensable combatir todas las mixtificaciones, ya que la verdad es la única que ha de salvarnos. Conocida esta verdad, nuestro deber será defenderla, entonces sí, sin detenernos ante las consecuencias ni ante los recursos de sus enemigos.

Coincidió el principio de la gigantesca lucha electoral llevada a cabo por el pueblo mexicano, con la iniciación de la nueva guerra mundial, y me propuse actuar con infinitas precauciones y absoluto desinterés, poniendo sobre todas las cosas el porvenir de nuestro país, víctima tantas veces de las intromisiones extrañas.

Salí de nuestra patria para trabajar libremente en la organización de mis partidarios, y durante mi ausencia, jamás puse un pie en Washington ni traté de hablar con algún funcionario americano para solicitar el menor apoyo, porque jamás transijo con las indignidades, y lo único que tenía que ofrecer lo había hecho en México en declaraciones y discursos dirigidos a mis compatriotas cuando sostuve siempre mi vieja convicción de la indispensable cooperación entre los dos pueblos, basada en el mutuo respeto y en la más inflexible dignidad. Menos pude entonces aquí o fuera de México tener jamás el menor contacto con representantes de compañías petroleras, con políticos de cualquier partido de aquel país o con capitalistas de cualquier nacionalidad.

De manera que yo esperaba la neutralidad del gobierno americano para nuestros asuntos interiores, fundado en el hecho de que mucho más valioso será la cooperación de los pueblos latinoamericanos si en éstos se respetan de una manera efectiva los principios democráticos.

Ante la dolorosa realidad y como ha anunciado el Vicepresidente de los EE. UU, que durante su estancia aquí arreglará todos los asuntos pendientes entre ambos países, me he apresurado a regresar a México para pedir a mis partidarios un mayor sacrificio, consistente en la suspensión de toda actividad política para que la responsabilidad íntegra por el resultado de dicho arreglo sea para los hombres que tienen el poder.

Esto no quiere decir que no considere indispensable que, terminados los arreglos anunciados, el pueblo mexicano exija con más energía que nunca que se respeten los derechos por las que tan bravamente ha venido luchando; que los principios democráticos sean la base de la concordia y del progreso; que sean efectivas las libertades de vivir, de pensamiento, de expresión, de vicios a la abnegada mujer mexicana, como el mejor medio de elegir a las personas honestas y capacitadas para las funciones públicas; que la justicia social se persiga con sinceridad, dando a todas las organizaciones de obreros y campesinos el mismo trato y la misma ayuda fuera de la política; que se castigue implacablemente a los funcionarios perversos, a los líderes explotadores y a los jueces venales; y, finalmente, que se concedan cuanto antes y sin que los interesados renuncien a su nacionalidad, la mayor parte de los derechos cívicos a todos los individuos honrados de habla española o portuguesa, sin distinción de ideologías, que vengan a vivir con nosotros, como el medio más práctico de fortalecer a México y de crear positivamente fuertes lazos entre la gran familia latinoamericana.

Como en mi actitud inflexible para nada intervinieron ni la ambición ni la vanidad, vengo también a renunciar, ante el pueblo soberano de México, al honroso cargo de Presidente de la República, para el que tuvo a bien elegirme el pasado 7 de julio.

He tomado esta resolución, como único medio de conseguir la tranquilidad a que tienen derecho mis partidarios, en la inteligencia de que para mí no pediré ni atenciones ni seguridades ni justicia.

Para el futuro, tendré siempre una devoción profunda para nuestros heroicos muertos, un inextinguible agradecimiento para las abnegadas y bravas mujeres, para los niños, para los hombres que me hicieron triunfar en una lucha desigual y sin precedente; una admiración imperecedera para los que cumplieron con virilidad sus deberes; por último, un propósito constante de trabajar arduamente para ayudar en sus necesidades a quienes quedaron desamparados al desaparecer los que cayeron en nuestra lucha por el ideal de crear un México libre y feliz.

México, D. F, a 26 de noviembre de 1940 JUAN ANDREU ALMAZÁN

 

Fuente: Aguayo Quezada Sergio. La Transición en México. Una historia documental 1910- 2010. México. Fondo de Cultura Económica – Colegio de México. 725 pp.