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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1940 Manifiesto al pueblo del general Juan Andreu Almazán Almazán en vísperas de las elecciones.

Julio 2 de 1940

 

Para dirigirme esta vez al pueblo mexicano, he releído mis declaraciones del 25 de julio de 1939, y encuentro que fueron aprobadas íntegramente por mis conciudadanos, puesto que durante un año de campaña cívica, en todos los lugares que visité a través de la República, se me dispensaron recepciones inusitadas, sin precedente en nuestra historia.

Por ello tienen ahora mis palabras de julio, el valor imponderable que da a un documento la aprobación de todo un pueblo, expresada en la más fehaciente de las formas democráticas: el plebiscito. La voluntad del país se ha demostrado clamorosamente a mi favor y siento que sobre mis espaldas pesa una grave y noble responsabilidad histórica: la de abanderado de una causa popular.

Es profundamente satisfactorio para mí comprobar que mis propósitos coinciden con las aspiraciones del alma nacional, expresadas tan intensamente, que han obligado a rectificaciones fundamentales a quienes tuvieron como eficacísimos procedimientos el dominio futuro de la demagogia, el exotismo ideológico y la farsa. Las rectificaciones insinceras de última hora, porque sus autores las hacen tan sólo como táctica de lucha, llegando hasta la desvergüenza de apropiarse cínicamente de nuestro programa, no tienen más objeto que ganar la confianza pública para traicionarla después, como siempre. Esta táctica de lucha comunista, con la careta de "frente popular" ha revelado su alcance trágico de disolución nacional, en el doloroso caso de un pueblo como Francia, sacrificado por los mismos que tuvieron en sus manos su destino histórico.

De cualquier manera, es altamente halagador y significativo que la opinión pública demuestre en México, en estos momentos críticos para la humanidad, una fuerza capaz de someter a quienes pretenden usurpar el poder, que soñaron cosa fácil burlarse una vez más de la voluntad del pueblo mexicano y cubrir con groseras mentiras una explotación, que parecía inacabable.

Me siento justamente orgulloso por lo que me ha tocado en suerte cooperar en este gran movimiento de salvación nacional. Al poner punto final a la propaganda de mi candidatura, deseo expresar a todos los mexicanos mi agradecimiento sin límites y mis fervientes deseos porque logren el bienestar que merecen como fruto de su entereza cívica.

Naturalmente que esa inmensa complacencia por el resultado de la contienda política no puede impedir que confiese las deficiencias que no estuvo en mis manos corregir, pero que debo hacer públicas como un toque de atención para quienes todavía puedan y quieran cumplir con su deber en el proceso cívico que no terminará, como muchos creen, el 7 de julio, sino el último de noviembre del presenta año. Especialmente me refiero a unos cuantos políticos mañosos que, siguiendo procedimientos perremeanos, desatendieron mis constantes recomendaciones de que se dejara al pueblo en entera libertad para escoger a sus representantes y que buscaron sólo la satisfacción de sus ambiciones e intereses personales o de grupo. Por eso es mi propósito que el triunfo total que obtendrá el pueblo de México el día 7 de julio próximo, no signifique en forma alguna la victoria de quienes no hayan logrado el apoyo del mismo pueblo.

LAS CLASES ACOMODADAS NO RESPONDIERON DEBIDAMENTE

Al entusiasmo rayano en misticismo de las masas populares, en esta ocasión no han correspondido todos aquellos que económicamente tenían la posibilidad de hacerlo, faltando así a su deber de ayudar a la causa nacional. Basta afirmar que en lo gastado por nuestra tesorería mi aportación Ríe de un ochenta por ciento de los gastos totales de la campaña.

NO FUE UNA LUCHA ENTRE DOS GRUPOS PERSONALISTAS

Con raras excepciones, los periódicos se han limitado a describir, en informaciones interesadas, los episodios de esta campaña como una lucha entre dos grupos personalistas, equiparables en fuerza, procedimientos y ambiciones y no, como es en realidad, una lucha entre el pueblo sediento de libertades y de verdad y una casta privilegiada que quiere dominarlo con fines de beneficio personal exclusivamente. Creo justo pedir a quienes influyen en alto grado en la formación de la opinión pública, simplemente que digan en la prensa lo que exteriorizan la palabra en lo privado, si no quieren reconocer que esta conducta suicida les acarreará su propia ruina y la ruina de todos, al caer el país en manos de una banda de malhechores.

PALABRAS ENÉRGICAS, PERO RESPETO A LA LEY

Se haría público entonces que los que defendemos la voluntad popular respetamos siempre, por convicciones, todo lo que mandan la ley, la moral y la justicia y que a incontables calumnias, atropellos y crímenes sólo respondimos con palabras enérgicas pero justificadas, a veces llenas de indignación, pero nunca orientadas hacia criminales y atentatorias vías de hecho.

Porque esperaba y comprobé las infamias cometidas con soldados y oficiales del Ejército Nacional, con obreros y campesinos, con estudiantes, empleados y contribuyentes, fue mi propósito constante limpiar lo humanamente posible los sufrimientos inevitables a los hombres libres en esta lucha, y aconsejé que, si era necesario, aplazaran la expresión de sus simpatías quienes pudieran ser víctimas de la baja, del "destierro", el cese, de la cláusula de exclusión o del despojo de la parcela. Pero el momento culminante llega y la Patria exige que ante la mesa electoral todo ciudadano, despojándose de cualquier interés personal y despreciando el mayor peligro, cumpla con su deber. El partidario sincero del candidato de la imposición, al votar por él, es digno de todo respeto, pero será muy culpable y jamás podrá criticar ni reclamar nada quien, por evitarse molestias o peligros, deje de votar por el candidato que en su concepto pueda servir mejor a la Patria.

Insisto en que lo único que puede unir a los mexicanos es el respeto sincero a la ley por gobernantes y gobernados y por eso exijo a todos mis partidarios que continúen dando el ejemplo con su conducta y que sus actos se ajusten estrictamente a la verdad.

LAS CONQUISTAS DE LOS TRABAJADORES NO DEBEN COBRARSE

Ha sido verdaderamente sorprendente, alentador y significativo, comprobar cómo los componentes de nuestro glorioso Ejército, los trabajadores del Estado, los obreros organizados, los campesinos o ejidatarios, han logrado sobreponerse a la fantástica propaganda imposicionista que trató en vano de desorientados.

Todos estos bravos elementos sociales supieron resistir seductoras promesas y crueles amenazas y sabrán exigir para el futuro un gobierno progresista que no vaya a cobrarles ni caras ni baratas las conquistas que no deben más que a sus propios esfuerzos y que, dentro de un México de trabajo y de orden, regido por la ley, significaran para ellos mejores salarios, conquistas sociales más humanas y mayor dignidad individual. Ellos saben que con su inquebrantable resolución, ni la Ordenanza, ni la Ley del Trabajo, ni el Estatuto, ni la Ley Agraria ni nada los puede obligar a aceptar una odiosa consigna propia sólo de los regímenes totalitarios que anulan la dignidad humana. Saben también que ninguna validez tiene para el momento preciso de depositar el voto secreto la firma o los compromisos que a muchos se les han arrancado en forma ultrajante, por sus dirigentes, traicionando sus más caros intereses.

Ante esta victoria del espíritu cívico, se verá la inutilidad de que ciertas autoridades federales hayan admitido la mancha imborrable de pagar los pasquines que con carácter de periódicos comunistas han tratado vanamente de envenenar la conciencia nacional, y la vergüenza de impedir a los hombres el uso de los más eficaces medios de propaganda moderna: el radio y el cine, mientras que a los imposicionistas facilita el abuso de ellos.

LA SUICIDA TÁCTICA IMPOSICIONISTA

Con la resuelta ayuda del pueblo y la experiencia y la intuición que da una vida azarosa y llena de asechanzas, tuve la fortuna de sortear los peligros que las autoridades imposicionistas sembraron en mi camino.

Llegaremos al día de las elecciones destruyendo todas sus maniobras y despreciando sus presagios.

La rebelión que nos han atribuido los enemigos de la Patria, con sobra de terror y falta de sentido común, fue sólo una fantasía suicida de quienes, sintiéndose impotentes para enfrentarse a la voluntad popular en las mesas electorales, han venido soplando neciamente en la hoguera de una discordia que podría devorarlos a ellos mismos. Mientras nosotros en la campaña cívica hemos observado una actitud de plena dignidad frente al extranjero y de absoluto respeto a la ley de México, nuestros adversarios, las autoridades imposicionistas, se han dedicado a repartir elementos de guerra en todo el país, fuera del control del Ejército y a inventar levantamientos de nuestros correligionarios, buscando el pretexto para desencadenar la violencia.

LA IMPOSICIÓN Y LA SOBERANÍA DE MÉXICO

Los imposicionistas, comprendiendo la resolución inquebrantable del pueblo de México de expresar en forma arrolladora su voluntad y de hacerla respetar, han venido propalando la inadmisible especie de que el gobierno de los Estados Unidos está resuelto a dar su apoyo a la imposición del candidato oficial.

Tal maniobra es, desde luego, no solamente torpe desde el punto de vista político, sino antipatriótica y calumniosa. Torpe, porque pone de manifiesto ante la conciencia pública la evidencia de que los imposicionistas, sintiéndose perdidos en su lucha contra el pueblo mexicano, han buscado alianzas con fuerzas extrañas, contrayendo compromisos innobles en perjuicio del propio pueblo y dando lugar a que crezca la repugnancia para la imposición en la conciencia de México al herirlo en sus más nobles y elevados sentimientos. Antipatriótica, porque la sola afirmación de que alguien extraño a México pudiera intervenir en un asunto doméstico como el de la sucesión presidencial, defraudando la voluntad del pueblo mexicano, entraña un verdadero deshonor para nuestra Patria. Calumniosa, porque es falso que el pueblo de los Estados Unidos, su gobierno y su Presidente, puedan tener algún interés en sumir en la ignorancia y en la miseria física y moral a todos los millones de mexicanos, cuyo concurso leal, fundado en un profundo sentimiento democrático, es necesario para conservar en América el culto por la libertad.

Quienes esparcen ahora estas especies son los mismos que hace unas semanas pretendían ostentarse ante el pueblo de México como tos abanderados del más elevado patriotismo, pues es claro que sólo a la imposición puede ocurrírsele que una gran nación como la norteamericana, que ha protestado por la invasión de los pueblos débiles de Europa y que combate en todas las formas las dictaduras y la violencia, pudiera tomar partido a favor de un grupo político al que repudia todo el pueblo mexicano. Violaría así la soberanía de México y confundiría la paz orgánica que exige el continente, con el aplastamiento brutal de un pueblo débil, condenándolo a ser presa fácil de las doctrinas totalitarias.

Los Estados Unidos del Norte saben bien que sólo un gobierno nacional, en el estricto significado de la palabra, puede hacer honor a los pactos y compromisos internacionales que dentro del decoro y la salvaguarda de los intereses mutuos, contrajera el pueblo de México con los demás países de América.

La nación americana tiene que sentirse virtualmente solidarizada con la causa de la democracia mexicana, amenazada una vez más por el fraude electoral y la imposición.

HARÉ RESPETAR LA VOLUNTAD DEL PUEBLO

Yo he dicho, en repetidas ocasiones, que estoy a la disposición del pueblo para respetar y hacer respetar la voluntad que exprese el pueblo en los próximos comicios. Hoy debo agregar que si esa voluntad es burlada, mi obligación ineludible será la de encauzar la fuerza popular para ponerla al servicio del derecho y defender la soberanía de la Nación, evitando a toda costa que un grupo usurpador se adueñe de los destinos de México, contra el deseo de la inmensa mayoría de sus habitantes.

Es claro que para hacer respetar la voluntad nacional deberá haberse expresado ésta por todos los ciudadanos de la República, en forma arrolladura, ante las urnas electorales, haciendo cambiar así el porvenir del país, mediante un solo acto de civismo y de hombría que pruebe la inquebrantable resolución popular de impedir la imposición. Es absurdo suponer que son capaces de hacer respetar su voluntad por la fuerza quienes no supieron manifestarla siquiera en las urnas electorales, creando el derecho cuya defensa pretenden.

TENEMOS TODOS LOS ELEMENTOS DE LA VICTORIA

El pueblo sabe que las grandes masas obreras y campesinas, los oficiales y soldados del Ejército Nacional, los empleados públicos y en General todos los elementos que pretende controlar la imposición, están cansados ya de la farsa de que unos cuantos líderes, políticos y profesionales, militares sin escrúpulos y funcionarios públicos, hablen siempre en su nombre y quieran manejarlos a su antojo.

El pueblo mexicano tiene en sus manos todos los elementos de la victoria: el derecho, la razón y la fuerza. Nadie pudo nunca oponerse a un pueblo decidido a hacerse respetar.

LA GRAN TAREA DE LA MUJER EN ESTA HORA

A la mujer mexicana, injustificadamente privada de derechos políticos y mantenida en situación humillante e indigna de un régimen de verdadera justicia social, y que tan noble y abnegadamente ha luchado por conquistar para todos la libertad y el bienestar, debo expresarle mi fe, mi admiración y mi reconocimiento.

A ella le confío la parte más delicada de la acción, porque para cumplirla necesitará vencer todo egoísmo en el fondo de su conciencia y pensar sólo en la Patria: hacer que cada ciudadano concurra ante las urnas electorales a cumplir su deber sin temores ni titubeos.

México, D. F., a 2 de julio de 1940 JUAN ANDREU ALMAZÁN 

 

Fuente: Aguayo Quezada Sergio. La Transición en México. Una historia documental 1910- 2010. México. Fondo de Cultura Económica – Colegio de México. 725 pp.