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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1939 Franco acaba de cambiar el mundo. Jesús Guisa y Azebedo.

 

El mundo estaba apto para la democracia y para el socialismo. Esta aptitud, que según los democrateros era preparación y al mismo tiempo exigencia de libertad y de comodidades, fue la consecuencia de la guerra de 1914. Muchos juzgaron no sólo posible, sino ya en vías de realización el advenimiento de las masas. Por muchos años se estuvo hablando en las universidades, en los cenáculos políticos, en las reuniones de parlamentarios, en los periódicos, del fin, de la liquidación del mundo antiguo. El mundo antiguo era, en primer lugar, la Iglesia Católica, la autoridad, las minorías selectas, las clases; era, en conjunto, toda la civilización, las tradiciones greco-romanas, el refinamiento del arte. El mundo apto para la democracia y para el socialismo era un mundo liberado de los prejuicios de la tradición, libre de la disciplina, de los constreñimientos sociales. El mundo antiguo era juzgado como una sociedad llena de injusticias, en la que unos cuantos disfrutaban del poder, de las riquezas, de la cultura. El mundo apto para la democracia y para el socialismo era el mundo nuevo que pedía y exigía el advenimiento de las masas, la participación activa de éstas en el poder, en los beneficios de la riqueza, en las comodidades materiales, en las satisfacciones del arte y hasta en los refinamientos del lujo.

La democracia y el socialismo, su consecuencia natural, tenían, a su favor una enorme fuerza demagógica. Las masas creyeron, efectivamente, en la indisciplina, y la practicaron. La sociedad, por lo demás; estaba enferma, carcomida por  el liberalismo. Venido éste de la Reforma se había inaugurado en el terreno religioso. Declaró la autonomía del hombre respecto de la Iglesia. Cada protestante era el sacerdote de sí mismo y eran inútiles y nocivas, por lo tanto, todas las autoridades eclesiásticas. El liberalismo en religión, que no otra cosa es la Reforma, es la prolongación de un paganismo bárbaro; es un cristianismo simplificado, hecho para el uso del hombre y a su gusto. El protestantismo es de factura humana. El protestantismo llena al hombre de suficiencia y de pedantería, lo aísla; y si el protestante tiene relaciones con Dios, relaciones, por lo demás, enteramente personales que dependen de él mismo, es para hacer de Dios un ser a su servicio.

El catolicismo es actividad espiritual, optimismo, alegría; es la conciencia de que existen, fuera de nosotros, una autoridad y una perfección, autoridad que nos asiste, que nos protege, que nos defiende y nos ilumina y perfección que debemos alcanzar mediante el merecimiento de la humildad.

El liberalismo primero en lo religioso, después en lo intelectual y finalmente en lo económico, había ensoberbecido al hombre. Con la falsa teoría de una falsa dignidad humana y de una falsa exaltación del hombre, había hecho de este un ser egoísta, insociable, enemigo de los demás. La economía liberal, por ese aislamiento, por esa insociabilidad del liberalismo, ignoró el alma del trabajador y no consideró a éste sino como elemento productivo, como engranaje de una maquina. ¿Las necesidades espirituales del trabajador,  su dignidad humana? Eran asunto, para el liberal, y liberal era el empresario y liberal era el Estado, de cada quien. Cada quien debería estar encerrado en sí mismo. Lo estaba el rico y también debería estarlo el pobre. Entre uno y otro no había contacto. El Estado liberal no conocía sino a los individuos, había hostilizado y desconocido a todas las sociedades intermedias entre el individuo y el Estado, que son las destinadas a hacer practicar la sociabilidad, esto es, la amistad entre los ciudadanos.

El mundo estaba mal y había razón para querer un cambio. La democracia había sido liberal y el liberalismo había achicado al hombre. La democracia liberal había predicado el advenimiento del individuo y lo oponía a la autoridad, a todo lo que era superior, lo mismo al hombre rico que al hombre culto, lo mismo al sacerdote que al aristócrata y al general. La democracia empezó por ser envidia y la anarquía del individuo, que sostenía frente a la autoridad, tuvo por expresión esta palabra: libertad. En nombre de la libertad se cometieron los crímenes más grandes.

El liberalismo trajo por consecuencia la tiranía de los politicastros y la insolencia de los hombres de dinero. Sociedad democrática igual a sociedad plutocrática. Pero la demagogia fue sobrepasada por la misma demagogia. Y vino el socialismo que aplicó a la clase trabajadora los atributos que el liberal aplicaba al individuo.

Esta era la aptitud del mundo para la democracia y para el socialismo. La aptitud existió, pero para demostrarnos por medio de una reacción autoritaria y nacionalista, rectificadora de los errores liberales, que la democracia y el socialismo son barbarie y regresión.

Rusia vuelve a sus cauces asiáticos. La misma teoría socialista nos viene a demostrar que en Rusia es imposible el socialismo, porque el socialismo, de existir, es universal o no existe. Rusia es un régimen cuartelarlo. Checoslovaquia, que fue la esperanza del bloque de las izquierdas, ha desaparecido. El Frente Popular es ya historia en Francia. España, que según la predicción de Lenin, tenía que ser socialista, acaba de afirmar la nación, la tradición, las clases, las sociedades intermedias, la Iglesia Católica. La victoria de Franco es la victoria de Dios y la victoria de la verdadera noción del hombre.

Franco acaba de modificar el mundo. La democracia y el socialismo fueron los asesinatos de los rojos, la destrucción que practicaron, su "ideología" absurda, la persecución, las cárceles, la miseria del pueblo, la hipocresía, el despotismo.

La guerra de España fue una guerra internacional. La civilización, lo mismo que la barbarie, se habían dado cita en la carne y en el alma de los españoles, en sus riquezas, en sus casas, en sus monumentos. Triunfó la civilización y este triunfo viene a probar la bondad y la eficacia del hombre, su instinto de salvación, su deseo de vida. La tumba que los asesinos rojos preparaban para el "fascismo", fue tumba que ellos mismos cavaron para la democracia y el socialismo.

La España nueva, que es la España tradicional, la de siempre, se ha levantado victoriosamente contra la anarquía liberal, contra la democracia, contra los politicastros, contra el comunismo. En contra de la anarquía liberal ha afirmado la sociabilidad del hombre, por lo mismo la familia, la escuela, la universidad, los sindicatos, la corporación. En contra de los politicastros ha afirmado el Estado la responsabilidad de los gobernantes, la autoridad que sirve a los demás, la competencia. En contra de los politicastros ha afirmado la dignidad de la política y en contra del comunismo ha afirmado el bienestar de los trabajadores y el derecho al trabajo. Franco ha afirmado victoriosamente la España católica. ¿Cómo no habría de modificar el panorama político del mundo este triunfo de la civilización sobre la barbarie?

Más de un siglo de demagogia ha cansado y enfermado a los pueblos. Franco nos viene a curar a todos. Ya no es posible creer, y no hay excusa para ello, en las simulaciones de las izquierdas, en su palabrería, en sus ideas asesinas. El advenimiento de las masas, que nos predicaban, era el río revuelto de sus ganancias, de sus torpezas de sus ambiciones y de sus crímenes. El advenimiento de las masas era la dictadura irresponsable, las farsas de nacionalismo, la hipocresía de la dignidad humana, el hambre para todos, que es la socialización de la miseria y la exaltación de los peores.

La "democracia" que no se ha realizado y que, según los demócratas, es la honradez, la abundancia, la dignidad del Estado, es justamente lo que trae Franco. El hombre de la calle, el hombre común y corriente, que es el que trabaja, ve en las democracias que el imbécil, que el pillo, que el criminal, gobiernan. Y es que la democracia que existe en todas partes es lo legal, mientras que el honor, la honradez, la dignidad, la decencia, el trabajo, con lo real. Y justa mente el triunfo de Franco es el triunfo de las realidades sociales, de la nación, de los hombres buenos, de la competencia, de la honestidad. La "democracia" que no se ha realizado en los cuadros legales, que son la elección y la demagogia y la exaltación de los peores, se confunde, entonces, con el país natural y, en el caso de España con la verdadera España.   

México fue partidario de los rojos. No el México natural, sino el legal. Hace un mes, hace unas semanas todavía nuestros políticos creían en el triunfo del socialismo y de  la democracia: ¿Por qué esa ceguera? Por que el régimen de México se justificaba a sí mismo justificando a los demagogos, a los pillos, a los asesinos rojos. Las mentiras de éstos, su hipocresía, su insolencia, su "legalidad", y su "ideología" eran las mismas del México legal. Bassols, después de su Legación de París, en donde encontró a su doble en la simulación; Bassols, a quien, por eso, llaman ahora Chicho Goerne viene a traer cantidades de rojos españoles Si el México oficial y legal los justificó y defendió, lo natural es que ahora los acoja. La dificultad es que al lado del México legal existe el México real y natural, que vomita por igual a Bassols y a sus rojos.

Franco ha modificado el mundo. Y ha modificado, también, a México. ¿Quién va a creer ahora en el advenimiento de las masas, cuando ese advenimiento, en México y en todas partes, es el hambre de las masas, la simulación de los politicastros y el dominio de los líderes insolentes. El socialismo es una empresa de barbarie; es la escuela socialista, la coeducación, el despilfarro, el provecho de unos cuantos, el parasitismo, la esclavitud.

Franco ha hecho que en el mundo entero, y también naturalmente, en México, suene a rayado y gastado, el disco de las izquierdas. Después de la guerra de 1914 en que fracasó el socialismo; después de Oliveira Salazar, y, estaba el disco, en verdad, muy gastado. Pero muchos fingían oírlo sin estridencias. Ahora, después de Franco, esto ya no es posible. El mismo Bassols, alias Chicho Goerne con toda su propia simulación y la simulación que le presta, su doble, no lo podrá. Todo esto, como se ve, hace ridícula, la posición de los Múgicas, Ávilas Camachos, etc.

EL ESTADO CATÓLICO DE LA NUEVA ESPAÑA

¿FASCISMO ESPAÑOL? Concedamos. Fascismo es autoridad, dictadura, Estado fuerte, totalitarismo, unión de gobernantes y gobernados mediante una "mística" política. Fascismo es, primero que todo, por ser primero en el tiempo y primero en la doctrina, el fenómeno Italiano. Y Mussolini lo definía hace poco diciendo: "El fascismo es el horror por la vida cómoda. No le son necesarias al hombre muchas comodidades. Éstas lo enervan, lo desvirtúan, lo deprimen."

Algo tienen de común, indudablemente, los regímenes: autoritarios. Desde luego han acreditado las funciones y la misión de la autoridad del Estado. El nacionalismo, que puede practicarse con exageración y que ya se ha practicado, es, sin embargo, de ello, un principio realista, una doctrina apegada a la realidad de las cosas, esto es, a la realidad de la nación.

No vamos a justificar aquí a todos los fascismos. Hay entre ellos tanta variedad y tantas diferencias como entre las democracias. Se engloba en esta palabra de democracia a sistemas políticos tan diferentes como el de Inglaterra, de Francia, de los Estados Unidos, de México y de Rusia. México es tan totalitario, o más, que Alemania. En México el Estado ejerce un monopolio irritante en materia de educación y dispone de la economía a su antojo. Hitler tiene una doctrina, a la que sirve, y el movimiento político que él anima está encuadrado en la historia de Alemania, esto es, en su pasado. En México el Estado se inspira en los caprichos de los gobernantes y entre nosotros se hacen las cosas única y exclusivamente porque el que gobierna tiene gusto, un gusto enfermizo e inhumano, en amenazar, en castigar, en ejercer la coacción.

El totalitarismo del Estado mexicano es de orden inferior. Está hecho de caprichos, de sensibilidad, de instintos animales. La educación socialista es una cosa envilecedora; la coeducación prostituye. De civilizado, sólo tiene el Estado mexicano la hipocresía, lo que es un vicio de la civilización. Porque nuestro Estado dice defender la libertad y dice luchar por la dignidad de la persona humana, y esa libertad la niega a los padres de familia para educar a sus hijos, y esa dignidad la injuria en la persona de los niños. Y no hablemos del papel moneda del Banco de México, de la facultad monstruosa de expropiar, del ejido, de la ruina de la agricultura, de las simulaciones protegidas de los líderes y de los gobernantes, de la insolencia con que se habla de la facilidad de vida cuando la carestía de ella es cosa que a todos nos oprime. De doctrina y práctica políticas, sólo conocemos una, la de la ilustre y nacional institución de la mordida.

La democracia es totalitaria, pero su totalitarismo sufre de la competencia de los partidos políticos, de los caprichos y veleidades de los politicastros y de los apetitos de los líderes. El Estado es siempre partidarista, sujeto, si acaso, a las componendas, pero nunca a la rectificación de los errores.

Inglaterra es aristocracia y monarquía.; los Estados Unidos son plutocracia judeo-masónica; Francia es el reino de los partidos políticos; Rusia es barbarie y México casi barbarie. La democracia, ¿qué es? La insuficiencia, la incompetencia, la ineficacia, la ineptitud del Estado.

Los regímenes autoritarios son nacionales y, para serlo, han tenido que bañarse de historia, que apegarse, pues, a las realidades sociales y a la realidad de la nación. Que esto se preste a exageraciones nacionalistas y que ya se haya prestado, es otra cosa. Pero lo fundamental, lo que tiene valor universal, es que los regímenes autoritarios han reivindicado la idea de nación y la nación y la idea de principio de autoridad y la autoridad.

Estas dos cosas están en vías de crear y de proteger un hombre nuevo, ese hombre nuevo que, según la palabra de Mussolini, debe tener horror de la vida cómoda.

El fascismo no es internacional. Y no cabe duda de que es una muestra de debilidad mental, de imbecilidad, como decían los latinos, crear en México un partido antifascista. Lo internacional es el socialismo. Y no es que se implante ni llegue a implantarse la internacional Comunista. La nocividad del socialismo no está en esta cosa irrealizable, sino en el desconocimiento de la nación, por lo mismo de las realidades nacionales, de las clases, de la historia patria, del particularismo de las sociedades.

¿Franco es fascista? Concedamos, pero es, ante todo, católico, y quiere y busca un Estado católico, un Estado que de veras respete al hombre. Los fascistas se diferencian, como se diferencian las democracias. Entre Franco y Hitler podrá haber de común el aspecto, sólo el aspecto del autoritarismo; pero Franco es católico, un católico ferviente y practicante que dirige un movimiento de restauración católica, y Hitler es pagano.

"No se puede respetar la libertad humana si no se considera al hombre tal como nosotros lo consideramos -decía José Antonio Primo de Rivera- es decir, como depositaria de valores eternos, como la cubierta carnal de un alma susceptible de salvarse o de perderse."

Y saber lo que es el hombre, saber que es inmortal, que tiene una conciencia que lo guía, es la condición de respetarlo. Puede el hombre hacer el mal, pero si tiene conciencia de que hace el bien, no peca, dice Santo Tomas, y con él la moral católica. Por donde se ve que la conciencia del hombre, que su criterio, que su libertad son una cosa infinitamente respetable. Es un desorden, con todo, equivocarse y hacer el mal creyendo que se hace el bien. Aquí es donde interviene y debe intervenir la asistencia piadosa, humana, benéfica, insustituible y necesaria de la autoridad. La autoridad empieza por iluminar y termina por ejercer violencia, y todo para bien nuestro y para bien de los demás.

Franco triunfó porque tuvo fe en España, porque, desde el primer día de la lucha, tuvo fe en Dios. Tuvo fe en las virtudes tradicionales, en la vergüenza del español, en su generosidad de éste, en su sacrificio. El triunfo de Franco es el triunfo de la fe. Creer con profunda conocimiento, con amor en la superioridad del bien sobre el mal.

Lo nuevo de este "fascismo" de Franco es el elemento religioso. Franco va a acreditar la autoridad y a mantenerse en contacto con las realidades nacionales, primero que por otro caso, por medio de la religión católica. Su Estado va a ser un Estado católico.

Ya era necesario en Occidente este retorno de la religión. Las virtudes del hombre civilizado, su exaltación, su libertad, la dignidad de su conciencia y el respeto a su persona, son cosas católicas. EI socialismo, el liberalismo, y la democracia han podido prosperar porque aprovechan y explotan ideas cristianas. Era necesario arrebatar, a los que jugaban dados sobre ella, la túnica de Cristo para venerarla como una reliquia santa. El hombre español va a ser el más nuevo, el más completo de los hombres modernos, porque a los principios de autoridad y de nación va a agregar el principio del catolicismo, que es el principio que ha dado vida a la civilización.

En Italia la unión del Estado y de la Iglesia sufre choques. En Alemania el Estado y la Iglesia son irreconciliables enemigos. En Portugal hay colaboración; pero sólo en España habrá compenetración, armonía, verdadera unión íntima. Los valores cristianos tendrán su pleno desarrollo y el español será el único ciudadano que pueda ser, en todo, en su casa, en sus relaciones con su familia, en la calle, en la escuela, en los puestos públicos, católico. Ya en las escuelas, desde antes de la victoria final, los niños estudiaban todos los días el latín, el griego y la religión.

El laicismo, la abstención, la ignorancia que quiere ser elegante del liberalismo y el ateísmo del socialismo verán con odio, tanto más grande cuanto más impotente, la restauración cristiana de Franco.

Civilización sólo hay una: la cristiana.
Justicia sólo hay una: la cristiana.
Paz sólo hay una: la cristiana.

Y Franco se encargará de hacer ver esto en los hechos, de hacerlo ver de nuevo.

 

 

Jesús Guisa y Azevedo, Doctrina política de La Reacción, Editorial Polis, México, 1941. pp. 55 a 63.