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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1939 Discurso del general Juan Andreu Almazán a su llegada a la capital de la República.

1939

 

 

Discurso dicho por el Candidato Nacional al llegar a la capital de la república, donde fue recibido y aclamado por más de doscientos mil manifestantes

Es con una honda emoción que saludo a! pueblo mexicano, inequivocadamente representando por la entusiasta muchedumbre que me rodea, en este momento solemne de la vida nacional, Pero no hay el menor peligro de que me desorienten estas inolvidables aclamaciones, puesto que sé muy bien que no se deben a ninguna cualidad o mérito que en mí encuentren mis conciudadanos sino que son, exclusivamente, la expresión elocuentísima de su firme determinación de darse el año próximo mandatarios que gobiernen para todos los mexicanos.

Estos enérgicos esfuerzos por el ideal democrático no lo hacemos en México más que una sola vez en cada generación, y me conmueve profundamente esta jubilosa fiesta cívica, porque es una repetición exacta de aquella memorable de 1909 en que participé como estudiante adolescente.

La entrevista que el General Porfirio Díaz concedió al periodista americano Creelman, expresando que en su concepto ya el pueblo mexicano estaba apto para la democracia, coincidió con el momento histórico en que las ansias libertarias bullían incontenibles y determinó el incendio. Probablemente había sinceridad en las palabras del viejo dictador, pero sí con ellas dio aliento a los patriotas, también hirió de muerte a la casta que lo rodeaba, la que tenía forzosamente que defender sus privilegios a costa de la tranquilidad del país y con menosprecio de su caudillo, que le había colmado de mercedes, lo hizo blanco de la execreación nacional, llevándolo a burlar la voluntad popular.

No eran los laureles de Miahuatlán y La Carbonera los que asfixiaban al pueblo mexicano; este pueblo se reveló contra el grupo cerrado de grandes traficantes de políticos de carro completo de gobernadores eternos, de Jefes políticos inhumanos, de latifundistas encomenderos y de empresarios obcecados, viles explotadores, todos ellos, del pueblo y de los recursos nacionales.

Por eso ahora que la oligarquía formada en los últimos cinco lustros se debate airada, por una nueva y feliz coincidencia de las ansias populares y de las palabras del señor Presidente de la República, que garantizan verdadera libertad electoral, yo juzgo serenamente y comparo las maniobras de los imposicionistas de siempre. Dedican sus máximos esfuerzos a enfrentarme con el señor General Cárdenas y me llaman cobarde porque no les hago el juego. Y yo pregunto: ¿Es cobarde mi actitud, de siempre respetuosa para In autoridad? ¿Es cobarde mi ponderación para el señor Presidente, de quien no he recibido más que consideraciones? ¿Hay pretexto siquiera para atacar al hombre que reiteradas veces ha manifestado que su mayor ambición es la de ser e! primer ex Presidente mexicano que viva tranquilamente en el país por haber entregado el poder a quien libremente escoja e! pueblo mexicano.

En realidad los torpes imposicionistas de ahora saben perfectamente que el único peligro para mí, son ellos mismos, defendiendo su situación y saben, asimismo, que en todo momento y circunstancia me les enfrentare con entereza. Pero es necesario confesar que no es a mí la única víctima que buscan, sino que en sus siniestros propósitos incluyen, además, al ciudadano Presidente de la República.

Es inútil que esas gentes me achaquen procedimientos subversivos, porque saben muy bien, como lo sabe todo el país que, precisamente, porque nunca he rehuido las luchas que se me han impuesto huyendo al extranjero, siempre hice cuantos esfuerzos estuvieron a mi alcance, con toda sinceridad y absoluto desinterés pata evitarlas. Y ahora, con la inmensa responsabilidad que sobre mí pesa, mayor será mi ecuanimidad y mi renunciación a cualquier ambición mezquina. Por eso con toda mi alma yo pido al pueblo que me escucha, que, cualquiera que sea mi suerte, mantenga su resolución indomable de llegar a las elecciones pacíficamente, burlando así a quienes no tienen más esperanzas que el triunfo por la violencia.

Es público y notorio que quienes tratan de provocar disturbios, son los que obran fuera de la ley, pero pronto vemos que nadie los secunda, poique si ahora disponen de escasos contingentes para sus mascaradas, con la amenaza de la cláusula de exclusión, del despojo de la parcela, del cese y valiéndose de la falsificación de firmas de adhesión, seguramente que ni acercarse las elecciones codos los trabajadores organizados demostrarán que son hombres libres.

No me preocupan las maniobras sucias de los enemigos ele ¡a causa popular, lo que realmente me desvela es el temor de que no sea realizable la organización cívica del pueblo, requisito indispensable para lograr un triunfo electoral indiscutible. Obra es ésta que requiere de mi parte y de parte de todos mis colaboradores una estricta disciplina basada en la más absoluta ausencia de egoísmos y de ambiciones.

Hay que adquirir la conciencia clara de que más que obtener la Presidencia, las curules, las gubernaturas o las alcaldías, debe guiarnos la resolución inquebrantable de unificarnos apretadamente para desechar la insincera táctica de lucha de clases, y reclamar que es la cooperación de todos los mexicanos la que ha de llevarnos a la prosperidad.

Hace un mes que me sujete al juicio de mis conciudadanos con la publicación de mis ideas sobre los problemas que tiene que afrontar el futuro gobierno, insisto en que es indispensable poner sobre todas las cosas el respeto absoluto a nuestras leyes por gobernantes y gobernados. Ahora agrego que es urgente hacer una administración de senado común, empezando por reorganizar el país con ayuntamientos libres alejados completamente de todo asunto electoral, independientes en cuanto a estabilidad de gobernadores y legislaturas sujetos a referéndum y revocación y autónomos para distribuir sus ingresos en beneficio de los pueblos.

Finalmente, yo debo agradecer, como tal acto merece, que esta gran ciudad, tan hosca y desconfiada para todos los políticos, me reciba en esta turma extraordinaria y espontánea.

Yo sé que esa metrópoli, condensación de selectos ciudadanos de todos los confines de la República, no se entrega a nadie, y veo que hoy confía en mí y deposita su esperanza en mis manos.

Al corresponder desde lo más íntimo de mi alma el recibimiento de esta noble ciudad, saludo en ella a toda la República, a toda la Patria, cuyo gran corazón es esta capital, tan calumniada y tan hermosa.

Salud, Ciudad de México, compendio de la Patria. Si seguimos unidos como hoy, el porvenir es nuestro.

 

 

Fuente: Instituto de Capacitación Política. Historia Documental del Partido de la Revolución. México. Partido Revolucionario Institucional PRI. 13 Tomos. 1987