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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1938 Discurso ante la sucesión presidencial. Luís I. Rodríguez.

Noviembre 19 de 1938

 

"La historia de la Revolución Mexicana es la historia de las sucesivos derrotas inflingidas por la izquierda revolucionaria, que es juventud y es porvenir a las facciones que a título de moderar la dinámica de los acontecimientos sociales, se esfuerzan por neutralizarla, cuando no es por imprimirle un sentido opuesto a su natural desarrollo. Revolución es proceso viviente, que no se detiene en los primeros triunfos, revolución es fuerza interna que late en el seno de las nuevas instituciones y va haciéndolos alcanzar formas cada día más cercanas, al anhelo del pueblo y perfecciones no soñadas por los iniciadores. Un movimiento que tuviera un principio y su fin en un programa exiguo, en la sustitución de un orden recusable por otro que lo fuera sólo en menor grado, engendraría en el momento mismo fie consumarse los supuestos necesarios para que se repitiera la sublevación violenta del pueblo, exigiendo lo que el nuevo régimen le negó. Es decir, apenas nacida la Revolución, firmaría su sentencia de muerte. La historia marcharía siempre así a golpes de sangre, encerrada en un círculo:

CONTINUIDAD DE NUESTRA REVOLUCIÓN

La Revolución Mexicana es un hecho que pertenece al presente y que se endereza hacia lo porvenir, y puede hacerlo porque se ha salvado de quienes, dentro de ella y fuera de ella, han querido en diversos tiempos darle fin mamado sus gérmenes innovadores. Celebramos este día, no como se rememora un suceso histórico cerrado y concluso, muerto para la actualidad y lejano de nuestra hora; lo celebramos con el brío de quien se detiene a recordar el acto heroico que soltó las aguas represadas, sobre el cauce de la historia, aguas que hoy todavía son torrente que nos envuelve y nos arrastra, aguas que será imposible represar de nuevo.

Ningún brote retrógrado, ninguna traición, ningún caudillaje han sido capaces de hacer entrar a nuestra Revolución en su Thermidor. Las pausas han sido transitorias, los prevaricadores han tenido corta vida y escasa suerte; cada sacudimiento ha limpiado las filas revolucionarias de quienes, ambicionando el pudor, han deseado ganarlo para oponer un retén a los avances del movimiento social que da su contenido perdurable a un estado de cosas revolucionario.

Así como en el primer siglo de nuestra vida independiente ninguna adversidad pudo detener definitivamente los triunfos del partido revolucionario histórico, así también a partir de 1910, nadie ha sido capaz de atacar el proceso que hace cada día más radical y más honda la transformación de la patria.

FRACASO DE LOS REACCIONARIOS

Y las intentonas sediciosas, que de entonces acá han fracasado, demuestran que no importa cuáles sean las probabilidades materiales de vencer, el pueblo siempre sabe dónde está su interés, donde sus adalides y a qué ocultos propósitos corresponde el descontento de los sublevados. En 24, en 27 y en 29 encontramos la comprobación de este aserto. Y si volvemos la vista para contemplar ya no los conatos violentos, sino las contiendas políticas, advertimos por igual manera que allí donde un antiguo revolucionario pacta alianza con el adversario y se desposa con la "moderación”, surge siempre el abanderado que con el pueblo en torno ha de volver a su pureza primogenia los más radicales postulados de la Revolución en peligro.

El último fracaso de la contrarrevolución, —el cedillista— hace entender al pueblo que el Ejército de la República ha llegarlo a un nivel en que la deslealtad no encuentra sitio, a través de sucesivas depuraciones, templando su carácter en el cumplimiento del deber, perfeccionando su organización y fundiendo cada día más sus ideales con los de la mesa trabajadora, que le dio origen. Y a los enemigos de la Revolución les hace comprender que su táctica, herramienta mellada, es ya por completo inservible. Parece que es ésta la única lección de la historia que serán capaces de aprovechar.

El frente popular permanente que es nuestro Partido les observa sin alterarse y advierte cómo van cambiando de táctica.

LA POLÍTICA DE LA REACCIÓN

La reacción, en su nueva línea de conducta, no ha tenido la osadía —¡en buena hora la tuviera!— de presentar a la opinión pública la personalidad de un candidato de clara definición derechista. Busca entre los hombres que puedan estar dispuestos a abandonar nuestra causa, el jefe que no naufrague en el ridículo, como Cedillo, y que no choque por sus antecedentes con el sentir de las organizaciones de campesinos y obreros.

Pero si los reaccionarios van adoptando otra táctica, ésta no puede alarmarnos, porque estamos viéndola nacer y desenvolverse raquítica e ineficaz. Nosotros conservamos la nuestra. Mientras ellos apelan a exmilitares sin honor, que han sido arrojados del Ejército por sus indignidades, nosotros contamos en nuestro Partido con la totalidad de esa gloriosa ciudadanía en armas que da su calidad orgánica al Instituto Militar.

Mientras ellos nos motejan de comunistas y tienen la avilantez de acusar sin pruebas de recibir el fabuloso oro ruso, a los dirigentes de organizaciones obreras, que son miembros distinguidos de nuestro Instituto y responsables de la acción social dentro de él, nosotros repudiamos con indignación aquella calumnia y declaramos que el Partido de la Revolución Mexicana tiene doctrina propia, derivada de las realidades de México.

POSICIÓN ANTIFASCISTA

Mientras ellos sueñan conectar los destinos de México con las trágicas sombras de Europa, y expresan, con mal contenida alegría, que las izquierdas del mundo van a la muerte desde que cuatro marionetas se reunieron en Munich para crucificar a un pequeño país de estirpe democrático, mientras ellos, preciso es descubrirlo, preferirían, antes que la revolución social, convertir a México en la Checoslovaquia Americana, la historia misma se encarga de fustigarlos y el Partido nuestro mantiene enhiesta su esperanza en el sino de las democracias y escucha con júbilo la voz admonitoria del Presidente Roosevelt que desmiente la supuesta marcha hacia la derecha de su gran pueblo que habla de defensa colectiva cuando se esperaba que rindiera armas ante la ola fascista, que lanza un reto a Hitler y le arroja el escupitajo de su desprecio por las iniquidades que en nombre de la raza aria se cometen allá como un estigma de nuestra civilización, nada menos que entre la más perdurable de las razas.

Y como si no fuera bastante, la voz misma del catolicismo norteamericano, articulada por el ex-Gobernador de Nueva York. Al Smith, ratifica el anatema de Roosevelt, cuando pregunta si Alemania se ha vuelto intelectualmente estéril, y si su pueblo desea atrasar el reloj hasta la edad de las tinieblas: y cuando añade, "si esto es posible, entonces todo lo que podemos decir es que Alemania ha caído desde su posición en la familia de las naciones, a manos de una banda de rufianes”.

LA SUCESIÓN PRESIDENCIAL

El Partido recoge el ejemplo austero del señor Gral. Lázaro Cárdenas, candidato que fue de revolucionarios, y no permitirá que el sucesor llegue al poder tarado por compromisos económicos, ni restringido en su libre elección de colaboradores por agradecimiento de servicios políticos. La campaña se costeará con la contribución espontánea y directa del pueblo organizado en el seno de nuestro Instituto, rechazando todas las clonaciones individuales que puedan envolver un asomo de interés personal. Las monedas, trabajosamente ganadas, que el obrero sacrifique de su jornal, el ejidatario de su exiguo ingreso, el militar de su limitado haber, irán a comprar la independencia de acción del Jefe de Estado que así no tendrá más compromisos que con el pueblo mismo, que así podrá cumplir nuestro programa sin taxativas ni miramientos.

Tampoco se reconocerán méritos ganados en la campaña electoral como título valedero para exigir, ni siquiera para esperar, del candidato llegado a Presidente, un puesto público. Todos los participantes en los trabajos electorales, yo el primero, debemos sentir que estamos cumpliendo un deber y jamás que merecernos una recompensa. Un deber con la Revolución, un deber con nuestro Partido, un deber con la Patria. No habrá distingos entre partidarios de la primera y de la última hora. Y esa profesión de absoluto desinterés, obligará por igual a los dirigentes políticos, que a los líderes obreros, campesinos, militares del movimiento nuestro. El Gobierno ya no volverá a ser, como fue en lo pretérito, un botín por repartir, sino un motivo de servicio a la causa del pueblo. Entendiéndolo y practicándolo habremos salvado una de las más preciosas herencias de honestidad que el Régimen de hoy nos lega."

 

 

Fuente: Aguayo Quezada Sergio. La Transición en México. Una historia documental 1910- 2010. México. Fondo de Cultura Económica – Colegio de México. 725 pp.