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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1936 La Revolución de entonces (y la de ahora). Luís Cabrera.

Noviembre 26 de 1936

Revista de los principios fundamentales de la Revolución tales como se entendían de 1910 a 1917.

Sería un error leer el presente estudio creyendo que se propone analizar los problemas económicos y sociales de actualidad en México, para buscarles una solución.

El objeto único de este estudio es mostrar cuáles fueron los ideales de la Revolución de 1910-1917, contrastándolos con la forma en que se trata de resolver los problemas de México conforme a las "nuevas ideas".

Llamo la Revolución de Entonces a la que inició Madero y consumó Carranza. La que cristalizó en la Constitución de 1917.

Llamo la Revolución de Ahora a la que se propone destruir nuestra Constitución, por anticuada, y sustituirla por las nuevas teorías sobre la organización de una sociedad sin clases.

En el lenguaje de mitin y de polémica se menciona con frecuencia la palabra Revolución sin precisar su significado ni determinar de cuál revolución se trata.

Y ya con mala fe es frecuente que, apoyándose en el prestigio indiscutible de la Revolución de Entonces, se quiera aprovechar la palabra para justificar la Revolución de Ahora, como si esta revolución fuese la continuación de la de Antaño.

Del mismo modo, cuando los Revolucionarios de Entonces no van de acuerdo con los Revolucionarios de Ahora, estos motejan a aquellos de deséales a sus principios y los llaman tránsfugas de la Revolución.

Para decir que alguien es revolucionario se necesitaría ante todo precisar e cual Revolución se habla. Y para decir que alguien es tránsfuga de la Revolución es preciso definir cuáles fueron sus principios como revolucionario, cuál fue la Revolución a que sirvió, cuáles son sus ideas actuales y cuál es la Revolución de que ahora se trata.

Con motivo del vigésimo sexto aniversario de la Revolución de Entonces, creo oportuno aclarar estos conceptos. Y aunque hablo por cuenta propia, no dudo que mis palabras serán aprobadas por la mayoría de los viejos revolucionarios que, desorientados, no reconocen en la Revolución de Ahora la hija aquella a quien engendraron en 1910.

Cuál revolución es la revolución
Una de las frases que más se me han echado en cara es aquella de "La Revolución es la Revolución".

Cuando la lancé, en 1911, a raíz del triunfo de Madero, quise decir con ella que la Revolución era revolución de verdad, y no un mero cambio de gobierno. Con ella contestaba yo a los que querían que todo se redujera a cambiar al general Díaz por De la Barra, y aquí no ha pasado nada; mientras que yo insistía en que las reformas verdaderamente trascendentales para los pueblos no pueden hacerse dentro de la ley, sino por medio de la fuerza. De esto a decir que yo aconsejaba en todo caso el atropello, y la fuerza, y el capricho, no había más que un paso.

Pero la maliciosa interpretación que mis enemigos hicieron de esa frase fue nada en comparación de la que más tarde le dieron mis amigos los revolucionarios.

La lucha era sangrienta, la revolución era despiadada. Mi frase sirvió entonces para justificar las consecuencias de la guerra civil; no sólo las naturales, sino las innecesarias; y para 1915 muchos sostenían, con la autoridad de mi palabra, que lo principal era matar y saquear, y destruir, y robar, porque al fin y al cabo estábamos en revolución. Y militares hubo que ganaron sus grados, y políticos que se enriquecieron, al grito de "La Revolución es la Revolución", sin que yo haya tenido nada que ver en sus fechorías.

Por el contrario, cuando protestaba yo contra los atropellos y las brutalidades de mero salvajismo y sobre todo cuando intenté contener el saqueo y el despilfarro de los bienes incautados, muchos me increpaban: ¿pues no eres tú aquel mismo que dijo que "La Revolución es la Revolución"? Se me consideraba ya como desleal a mis "principios".

En la actualidad ya no hay guerra civil, y sin embargo hay muchas cosas que se hacen fuera de la ley. Cada vez que la Constitución o las leyes estorban para algo, se invoca el interés público y los principios revolucionarios para no respetar la ley; y cuando los atropellados acuden a la Suprema Corte en demanda de justicia, magistrados hay que se meten la Constitución en el bolsillo trasero del pantalón, diciéndole como el personaje de la zarzuela: "perdona Irene", y luego, en vez de exclamar como cualquier coronel, "cartucheras al cañón" o de usar la ya embotada palabra de Cambronne, dicen más a la moderna y con tono dogmático la frase mexicana de "La Revolución es la Revolución"; Y añaden que el verdadero alcance de este. "principio" constitucional es el de que la ley debe interpretarse con criterio revolucionario. Y de paso llaman ignorante y tránsfuga de la Revolución al autor de la frase cuando éste repudia la nueva interpretación de sus palabras. (1)

Mas todo es de poca importancia en comparación con el uso que ahora se pretende hacer de este apotegma.

Usted ha dicho que "la Revolución es la Revolución" -me arguyen-, de modo que los revolucionarios deben seguir siendo revolucionarios, y por consiguiente todo el que haya tomado parte en la Revolución debe apoyar a la Revolución. Todo esto, por supuesto, acompañado de vaguedades hipócritas en las que el respeto al gobierno y la confianza en el señor presidente y la lealtad a la Revolución van hechos un revoltillo de sabor indefinible.

En suma, hay quienes creen que eso de la Revolución quiere decir que la Revolución de Entonces es la Revolución de Ahora, y que "por consiguiente" los viejos revolucionarios deben prestar su nombre y su apoyo personal a las tendencias y a los principios de la Revolución de Ahora.

Y cuando alguien protesta contra esa confusión de revoluciones se le llama desleal y tránsfuga, alegando que la lealtad consiste en seguir obedeciendo a la misma palabra, aunque ya tenga un significado enteramente distinto.

Esto me recuerda la fabula del gato y el perro que disputaban sobre la fidelidad, y en la cual el gato, que nunca ha salido de la casa, resulta más fiel que el perro, que cambia de casa por seguir a su amo.

Traducido al lenguaje burocrático, esta fábula puede sustituirse por la anécdota del viejo portero de un ministerio que decía: El gobierno es el Gobierno; yo nunca he chaqueteado, yo siempre sirvo y serviré al gobierno, sin importarme que cambien los presidentes o los ministros.

LOS IDEALES DE LA REVOLUCIÓN DE ENTONCES

En los pródromos de la Revolución (1908), durante su desarrollo (1910) y en su más grave crisis (1913), hasta su cristalización en 1917, había ciertos ideales, o principios, que formaban el alma de la Revolución.

Todos esos principios fueron los que nos orientaron en el camino para pasar de la Dictadura Porfiriana a la Constitución de 1917, y habrá que contrastarlos y compararlos con los nuevos principios que profesan los revolucionarios de Ahora, los que pretenden derogar la Constitución de 1917, por anticuada e inútil para implantar la Dictadura del Proletariado, a base de una sociedad sin clases.

La libertad

La Revolución de Entonces era el fondo de un anhelo y un movimiento libertario.

Todos los ideales revolucionarios, todas las aspiraciones de los mexicanos, todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales y morales podrían resumirse en una sola palabra: libertad.

Por más que ahora algunos consideran la libertad como un concepto teórico pasado de moda, lo cierto es que no hay otro vocablo para denominar mejor al conjunto de los derechos del hombre.

Libertad, palabra eterna, de connotación infinita; concepto vago e indefinible que condensa todos los anhelos imprecisos del hombre que siente la necesidad de vivir conforme a su propio criterio y de realizar sus aspiraciones.

Los romanos, hombres prácticos como jamás los ha habido, reconocían la existencia humana de la libertad y la llamaban cosa inestimable. (Liberas inaestimabilis res est.)

Contrasta la vaguedad del concepto con las profundas raíces que tiene en la naturaleza humana. Y es que la libertad es la esencia misma de la vida.

La libertad, no como concepto teórico, sino como necesidad humana palpable, es al mismo tiempo el derecho a comer, el derecho a trabajar, el derecho a gozar de los frutos de nuestro esfuerzo, el derecho a amar, el derecho a formar una familia, el derecho a perpetuarnos en nuestros hijos no sólo materialmente, sino también espiritualmente; el derecho a pensar, el derecho a creer, en suma, el derecho a vivir conforme a nuestras propias aspiraciones.

Los modernos teorizantes del materialismo histórico creen haber descubierto un nuevo mundo cuando nos dicen que el individuo no puede tener absoluta libertad, y que sus actos deben estar restringidos por los derechos de la sociedad. Nadie ha negado eso, ni es una novedad descubierta por Marx. Hace más de dos mil años que los romanos, no sólo en teoría, sino en la práctica, se gobernaban por ese mismo principio de que la libertad de cada quien estaba restringida por los derechos de los demás, y de que el justo medio consistía en vivir honestamente, no hacer daño a los demás y dar a cada quien lo suyo. (Honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere.) Sólo que ahora en vez de decir "los demás" se ha inventado una especie de fetiche con el nombre de Sociedad (así, con mayúscula), término todavía más vago y concepto más impreciso que el de libertad.

Para los modernos socialistas, el individuo no existe, la sociedad es todo.

Creen que la sociedad es una entidad independiente, una especie de rival del individuo. Como si pudiera existir el organismo sin las celdillas; como si pudiera haber patria sin mexicanos, como si pudiera haber ejército sin soldados, o sindicato sin obreros, o cooperativas sin campesinos.

La sociedad no es otra cosa que el conjunto de los individuos organizados para poder lograr mejor la felicidad de los hombres de carne y hueso que comen, que piensan y que viven. Como el sindicato no es más que la forma en que están agrupados los obreros, que son los que trabajan; como la cooperativa no es más que el procedimiento para que los campesinos puedan sembrar y cosechar y comer, y vivir de lo que rinda la tierra. Como la patria no es en suma más que el conjunto de los hombres que agrupados a su vez en familias van marchando a través de los siglos y de generación en generación hacía una vida mejor y más humana.

La sociedad, por si sola, no tiene necesidades, ni tiene derechos, ni piensa, ni ama, ni sufre, ni ha menester la libertad.

Lo que por vía de concisión se llama los derechos de la sociedad son los derechos de los hombres que la componen, entendidos esos derechos de modo que realmente conduzcan a su mejoramiento, sin que los intereses o las ambiciones de unos cuantos restrinjan o impidan el bienestar de los demás, siempre se ha entendido así la libertad.

La libertad ha llegado a ser un concepto impreciso porque resume y condensa no sólo el derecho a satisfacer nuestras necesidades materiales, sino principalmente la forma en que cada quien entiende y siente esas necesidades; y además porque abarca no sólo los derechos sobre nosotros mismos, sino a través del tiempo sobre nuestra familia y nuestros hijos; y porque incluye, además de nuestras necesidades materiales, todas nuestras aspiraciones y nuestros anhelos morales y espirituales.

La libertad en el salvaje casi no significa más que el derecho a comer y a vivir. En el hombre civilizado, la libertad "es una cosa inestimable" que abarca desde el derecho a comer hasta el derecho a creer en Dios.

Pero los modernos teorizantes del materialismo histórico nos dicen que los pueblos del mundo siempre se han movido exclusivamente por la materialidad de sus necesidades económicas y que, por consiguiente, lo único que se necesita es organizar a los hombres de modo que produzcan lo suficiente para comer, que es la única necesidad común a todos los mortales.

El individuo, dicen, no debe tener libertad frente a los derechos sociales; el individuo debe ser un esclavo de la sociedad, cuyas necesidades interpreta y representa el Estado. Todos deben ser servidores del Estado, esclavos de la tierra, agentes del sindicato, peones de la cooperativa, empleados de un servicio público. Si comen, y si VIS ten, y si viven y si se reproducen, ha de ser solamente para beneficio de la sociedad.

Y como el Estado es el Supremo interprete de los derechos de la Sociedad, todos los hombres deben estar al servicio del Estado.

Los que combatimos la tiranía del general Díaz por convencimiento de que no había libertad en el régimen porfirista, no podemos estar conformes con un sistema que es mucho más tiránico que aquel.

Los nombres cambian, pero los dictadores subsisten. El general Díaz llegó a ser el supremo intérprete de la felicidad de la patria conforme a las ideas de los científicos y de los terratenientes. Con que se cambie el nombre y se diga ahora que el Estado es el supremo intérprete de los derechos de la sociedad no hemos adelantado nada. Porque detrás de la palabra Estado está la palabra gobierno, y detrás de la palabra gobierno estarán siempre los hombres que quieran arrogarse la facultad de resolver cuáles son las necesidades sociales a que ha de estar esclavizado el individuo.

Los modernos sociólogos nos dicen: el individualismo está bien muerto; no hay que hacer caso de los derechos individuales, ni tener en cuenta la voluntad del hombre, cuando se persigue el bien de la sociedad. Por lo demás, concluyen, la libertad nunca ha existido, ni menos en México, y por consiguiente no hay necesidad de preocuparse por respetar la libertad.

Los revolucionarios de Entonces no podemos resignarnos a este modo de pensar.

Bien está que los derechos individuales no sean absolutos, sino que los de cada hombre tengan por límite los derechos de los demás, que son también hombres con derecho a vivir.

Pero por más que se quiera hacer predominar los derechos de la Sociedad sobre los del individuo, siempre habrá un mínimo de necesidades concretas de cada ser humano de las cuáles no puede prescindirse, y que las leyes y las autoridades deben respetar y garantizar y proteger en cada individuo. Porque aunque se diga que la sociedad está por encima del individuo, aquella no puede existir sin éste; y ahora, como siempre, la vida humana, los derechos del hombre, deben ser la base y el objeto de las instituciones sociales, que no tienen otra finalidad que proporcionar al hombre las mejores condiciones de existencia que sean posibles.

Y el derecho de cada hombre a vivir, en el pleno sentido de la palabra, dejando al mismo tiempo vivir a los demás, es lo que se ha llamado y lo que seguirá llamándose libertad.

Los revolucionarios de Entonces no luchábamos por una libertad teórica o por la mera libertad política. Luchábamos por las libertades concretas cuya ausencia asumía la forma de esclavitudes: el contingente, la cárcel, el destierro, la relegación, el cacique, el capataz, el amo, el patrón, que eran otras tantas instituciones de crueldad contra la libertad humana.

Los revolucionarios de Entonces no podremos prescindir del concepto de libertad. Y seguiremos aspirando a ella aunque jamás la hayamos tenido.

Precisamente porque no la tenemos todavía., y porque nuestra revolución, la de Entonces, no pudo realizarla.

Los desleales

Y que no se nos llame desleales porque no aceptamos un sistema que suprime la libertad como base de las instituciones sociales. Los desleales son otros.

Los traidores, los tránsfugas, los inconsecuentes, son los que han cambiado de principios y con sus actos demuestran, o cuando menos piensan, que la tiranía de Entonces, la que encabezaba el general Díaz, era mala; pero que la tiranía, de Ahora esa sí es buena, porque se ejerce en nombre de la sociedad.

Y conste que no me refiero a los que no tomaron parte en la revolución de Entonces, o porque no hubieran nacido todavía o porque no quisieron seguirla. No me refiero a esos que he llamado los niños de teta de la Revolución, no solo porque estaban todavía en pañales cuando nosotros ya habíamos hecho la revolución, sino porque lo único que les interesa de la revolución es la teta. Estos no pueden ser traidores a ideales que no conocieron. Pero de igual modo sería injusto que se nos llamara tránsfugas e inconsecuentes a los que seguimos firmes en nuestras ideas y en nuestra conducta, y no comulgamos en principios o tendencias que ni siquiera se habían esbozado cuando nosotros ya actuábamos.

Los traidores a la revolución son más bien los que, habiendo tornado parte en la revolución de Entonces y habiendo combatido la tiranía porfiriana, comprenden que la revolución de Ahora va contra la Constitución de 1917 y contra sus principios; pero por debilidad, o por hambre, o por  cobardía, han cambiado de chaqueta y ahora aceptan una nueva forma de tiranía.

Este capítulo sobre la libertad será calificado como una tirada lírica, como una prueba de que soy un espíritu rezagado, que vive todavía en la era del liberalismo clásico de la revolución francesa.

Pero no es así. Yo no creo en los derechos teóricos del individuo, ni en su libertad absoluta, ni menos en que los procedimientos del sufragio universal puedan ser la panacea de la libertad; cuando precisamente he sido quien ha clamado siempre contra el idealismo utópico de nuestros sistemas políticos copiados de constituciones extranjeras inaplicables a México.

Me doy cuenta de lo utópico que ha sido desde hace cien años nuestro sistema político; me doy cuenta de que los problemas económicos y sociales de México están aun sin resolver. Pero no creo que puedan resolverse a fuerza, sino teniendo en cuenta y utilizando los móviles naturales del hombre, sus instintos, sus intereses, sus inclinaciones, sus aspiraciones, sus ideales, dejándolos manifestarse con toda su amplitud en cuanto no estorben a los demás.

Así entiendo la libertad, como medio de mejorar la condición del hombre sobre la tierra, facilitando el pleno desarrollo de las aptitudes humanas.

Y para que no se me llame un mero declamador, voy a analizar a continuación cada una de las principales tendencias de la revolución de Entonces para demostrar que en lo político, en lo económico y en lo social los revolucionarios de Ahora van contra los ideales de los revolucionarios de Entonces.

Por supuesto, la revolución de Entonces era una; no hubo varias revoluciones. Comenzó en 1910 y terminó en 1917, y no puede decirse que haya habido una revolución en 1910 y otra en 1913 y otra en 1917. Del mismo modo debe decirse que la revolución de Entonces era una sola en cuanto a sus ansias, que eran muy complejas. Sólo para comodidad del estudio y para su mejor inteligencia hablaré de una trinidad de revoluciones; la revolución política, la revolución económica, la revolución social. Pero entiéndase que no puede separarse una de éstas de las otras dos.

LA REVOLUCIÓN POLÍTICA

La oligarquía

El régimen porfirista que nosotros combatimos en 1910 era, ante todo, una oligarquía, es decir, el gobierno de unos cuantos, de una clase privilegiada, que se creía dueña del país y superior a todas las demás clases sociales.

Pero no es lo malo que una clase social sea la que gobierne, sino que gobierne solamente para ella, sin tener en cuenta que existen otras clases sociales que también tienen derechos.

La oligarquía porfirista gobernaba, pero el general Díaz fue durante mucho tiempo bastante taimado y hábil para reconocer, en teoría, que todas las clases sociales tengan iguales derechos. En la práctica, sin embargo, las leyes solo existían en favor de los que gobernaban, y la Constitución solo se aplicaba en favor de los privilegiados, que eran los únicos que tengan derecho a vivir. El resto de la nación no tenía derechos.

Los revolucionarios de antes de 1910 (Madero sobre todo) no pensábamos al principio en derrocar al general Díaz; lo que queríamos era que se respetaran y fueran efectivos los derechos de todas las clases sociales, y especialmente de las clases proletarias y de la clase media.

Si el general Díaz, y la oligarquía militarista, científica y terrateniente en que estaba engarzado, hubieran comprendido la justicia de gobernar para todos y de respetar los derechos de las otras clases sociales, clase media, campesinos, obreros, indios, habrían podido seguir gobernando mucho tiempo más y la revolución política se habría realizado sin necesidad de la insurrección. Otra cosa es la revolución económica y social de que después hablaré.

Los revolucionarios de Entonces, la mayor parte miembros de una clase media que empezaba a formarse, comprendimos que esa era la más grave de las injusticias y la más urgente de las reformas políticas, y comenzamos a atacar al porfirismo, es decir, al cientifismo, al militarismo y a la casta terrateniente, porque sentíamos la necesidad y la justicia de que el gobierno fuera para todas las clases sociales y de que todas las clases sociales participaran en el gobierno.

En la actualidad se dice que hay que tender hacía una sociedad sin clases.

Pero como es absurdo que pueda existir una sociedad sin clases, o cuando menos todavía está por ver cómo sería esa nueva sociedad entre tanto nos convencemos de ello, se pretende establecer otra vez el gobierno de una sola clase.

Sólo que ahora se trata del gobierno de las clases bajas, estableciendo la dictadura del proletariado, como ahora se dice.

En buena hora que el gobierno esté en manos de la clase proletaria, si ella es la más numerosa y la más fuerte. Pero no se trata de quien gobierne, sino de la condición de los derechos de las clases que no gobiernan. Porque si se tienen en cuenta y se respetan los derechos de las demás clases sociales nada importa que el gobierno sea proletario. Pero si se trata de que sólo la clase proletaria gobierne y sólo ella tenga derechos y sólo ella pueda existir, entonces se habrá establecido otra oligarquía de nuevo cuño, aunque parezca paradójico aplicar ese nombre a una clase numerosa.

Porque la oligarquía no es solamente el gobierno de los pocos sobre los muchos, sino principalmente el gobierno de una clase social con desconocimiento de los derechos de las demás clases sociales.

Ahora bien, los revolucionarios de Entonces, los que combatimos la oligarquía porfirista, no vamos a aceptar la nueva oligarquía que pretenden establecer los revolucionarios de Ahora.

¿Y quiénes son los tránsfugas y los inconsecuentes, y los traidores a la Revolución? ¿Los que seguimos protestando contra las oligarquías, o los que ahora piensan que esta oligarquía "ya es otra cosa"?

Yo sigo creyendo que toda oligarquía es inhumana y detestable; y como yo hay todavía muchos revolucionarios (muchos más de lo que se supone) que piensan lo mismo y que en el fondo de su conciencia sienten, aunque no puedan explicarla, una repulsión instintiva hacía la nueva forma de oligarquía.

La dictadura

Hemos entendido siempre por dictadura el gobierno que se ejerce conforme a la voluntad de un hombre o de un grupo de hombres sin sujeción a leyes, y especialmente sin obediencia a una Constitución.

La dictadura del general Díaz, al principio personalísima y después multiplicada por sus gobernadores y sus caciques, llegó a constituir una enfermedad endémica de nuestro país.

Por supuesto, el capricho de un dictador siempre va disfrazado con el nombre del interés público. Todos los dictadores, y así lo hacía el general Díaz, justifican sus actos diciendo que aunque no estén enteramente ajustados a la ley son en cambio dictados por el más alto patriotismo y "por la conveniencia pública".

La dictadura es inicua aunque el dictador sea un hombre de buenas intenciones y aunque obre honradamente; pues aun cuando acierte en sus juicios, faltándole el respaldo de la ley para hacerse obedecer, necesitan siempre apelar a la fuerza para imponer sus mandatos.

Los que combatimos la dictadura del general Díaz jamás podremos admitir otro régimen dictatorial, aun cuando el dictador fuera una asamblea de sabios. Mucho menos cuando la dictadura se llama dictadura del proletariado y se supone que es la voluntad de las masas.

La voluntad de las masas, impuesta sin ley, es todavía más peligrosa por  inconsulta, por amorfa y porque no hay un medio seguro para definir si esa voluntad se ha formado conscientemente o es mero capricho de una efervescencia desorientada.

Por lo demás, la voluntad de las multitudes es siempre en el fondo la voluntad de los caudillos o líderes que las encabezan o dirigen, sólo que la dictadura de las masas es menos franca que la dictadura de un tirano, porque en el tirano existe una responsabilidad histórica, mientras que en la dictadura de las masas los verdaderos tiranos eluden su responsabilidad.

Lo que constituye la esencia de la dictadura no es solamente que la nación esté gobernada por una sola persona, o por unos cuantos, sino fundamentalmente que quien quiera que ejerza la dictadura no tenga leyes a qué someterse.

En los tiempos actuales, no sólo las decisiones de las autoridades ejecutivas y administrativas, sino lo que es peor, las resoluciones de las autoridades judiciales mismas, pretenden apoyarse en la conveniencia pública más que en la ley. Pero como el concepto de conveniencia pública no está definido y precisado en un texto legal, resulta siempre que las decisiones de las autoridades en cuanto afectan a los particulares, y aun a las clases proletarias mismas, tienen como única base el arbitrio de los gobernantes.

No somos, pues, inconsecuentes los que clamábamos contra la dictadura del general Díaz y ahora clamamos contra la dictadura de las masas proletarias. Tan dictador era aquel como éstas. Seguimos repugnando un gobierno sin ley.

La democracia

Los revolucionarios de Entonces queríamos que el pueblo todo, es decir, todos los ciudadanos de la nación, tomaran participación en el gobierno, eligiendo debidamente a sus mandatarios para administrar, a sus representantes para legislar y a sus jueces para hacer justicia. La democracia no significa el reconocimiento teórico de la soberanía del pueblo, sino que la voluntad del pueblo esté debidamente expresada.

Los revolucionarios de 1910 pudimos habernos equivocado en cuanto al procedimiento para recoger y anotar la voluntad del pueblo, aturrullados por la complejidad de nuestras clases sociales tan disímiles y deslumbrados al mismo tiempo por las teorías utópicas contenidas en los capítulos políticos de nuestra Constitución. Pero en el fondo había un anhelo que estaba claramente expresado en la primera parte del lema elegido por Madero: "Sufragio Efectivo".

Sufragio Efectivo. Nuestra Constitución había contenido siempre las más hermosas teorías sobre la representación popular pero enteramente inadaptables a nuestro medio ambiente, y por eso jamás se habían cumplido. Al estallar la Revolución de 1910 no veíamos claro si no había habido Sufragio Efectivo porque el dictador hubiera impedido la emisión del voto, o por  indiferencia de los ciudadanos o porque realmente nuestro sistema electoral era inadecuado a nuestras condiciones sociales; pero en el fonda queríamos firmemente que se auscultara la voluntad de los ciudadanos y que sus mandatarios y representantes y jueces interpretaran realmente las necesidades y los sentimientos del pueblo mexicano.

Los teorizantes del materialismo histórico nos dicen que nunca ha habido verdadera democracia y que, especialmente en México, nunca ha habido Sufragio Efectivo, y de ahí concluyen que es innecesario consultar la libertad de la nación por  medio de las elecciones. El mitin, la manifestación y el plebiscito son, según ellos, los procedimientos más adecuados en nuestro medio inculto para auscultar la voluntad popular y, naturalmente, como siempre sucede, esas manifestaciones tumultuosas no expresan ninguna voluntad concreta, sino que son sencillamente manifestaciones de fuerza en favor de los propósitos recónditos de los lideres que las azuzan y las conducen. Son los líderes los que forman los programas de gobierno y son ellos los que designan a las representantes y a los mandatarios, sometiendo sus decisiones a una formalidad hipócrita, que es la aprobación estrepitosa de un motín organizado en forma de plebiscito.

Porque el plebiscito, más ciego y más impreciso cuanto más inculta es la masa de donde emana, ha sido siempre, no de ahora, sino desde hace siglos, el procedimiento clásico de los tiranos para imponer su voluntad, eludiendo responsabilidades y aparentando al mismo tiempo una sumisión hipócrita a la Voluntad del Pueblo.

Mas como el plebiscito es una forma demasiado cruda, hay ahora procedimientos modernos para dar apariencia democrática a la formación misma de las decisiones y a las designaciones de funcionarios y representantes que han de someterse a la resolución de las masas. Tal es el origen de los Partidos Oficiales.

Frente a la designación de representantes y mandatarios hecha en forma de tumulto, existe un procedimiento de falsear la voluntad popular, que consiste en la formación de un Partido Oficial sostenido con los dineros de los servidores del país, y el cual es árbitro de todas las funciones electorales que deben verificarse.

El Partido Oficial y el plebiscito son, pues, las dos instituciones por medio de las cuáles se consulta en la actualidad la voluntad de la nación.

Quedan, por supuesto, en vigor las leyes electorales teóricas, utópicas y jamás aplicadas en la práctica, con su inextricable maraña de censos, cédulas y registros, y por medio de la cual se visten de apariencia legal todas las farsas democráticas que periódicamente necesitan representarse para cumplir con la letra de la Constitución.

Nos encontramos, en suma, en las mismas condiciones exactamente en que nos encontrábamos en la época del general Díaz, con la sola diferencia de que mientras el general Díaz asumía históricamente la responsabilidad del Gran Elector, en la actualidad el Gran Elector es el Partido Nacional Revolucionario que dizque ausculta previamente el sentir de las masas por medio del plebiscito.
Los que enarbolamos la bandera del sufragio efectivo no podemos estar conformes con esos procedimientos que no solo no conducen a explorar la voluntad del pueblo, sino que falsifican esa voluntad por medio de maniobras de apariencia democrática.

Nosotros seguimos queriendo, ahora como entonces, que el Sufragio sea Efectivo. Si la experiencia nos ha convencido ya definitivamente de que las teorías de la revolución francesa y de la Constitución americana son inaplicables en nuestro país, será indispensable estudiar otros procedimientos adecuados a nuestra condición social para que pueda expresarse honradamente la verdadera voluntad de los ciudadanos, y para que éstos tomen en el gobierno la participación y la responsabilidad que les corresponde.

Nosotros no podemos cambiar la bandera del Sufragio Efectivo por la bandera de la falsificación del Sufragio. Bien está que los que no habían nacido en tiempo del general Díaz digan que el estandarte del Sufragio Efectivo es un guiñapo; pero los que habiendo luchado bajo ese estandarte desconozcan el valor de los sacrificios hechos por ese principio, merecen el nombre de traidores a la revolución.

No Reelección. La democracia exige además para su conservación y para su perfeccionamiento la constante renovación del material humano que toma parte directa en el gobierno. Esta era la segunda parte del lema de Madero: "No Reelección".

Los que combatimos desde mucho antes de 1910 contra el continuismo y las reelecciones constantes del general Díaz, lo hicimos no porque tuviéramos ambiciones de poder, sino porque estábamos convencidos de que no se estaba educando a los ciudadanos en la democracia.

Nosotros no podemos estar conformes con el continuismo bajo las formas solapadas que éste ha asumido; no podemos estar conformes, sobre todo, con el sistema iniciado por Obregón, y continuado por Calles, de los presidentes de nombre y de los presidentes tras del biombo.

Los revolucionarios de Ahora no se preocupan por este problema; para ellos el presidente de la República no es nadie; el proletariado -dicen ellos- es el único soberano del país, y continúa expresando su voluntad por medio de sus líderes, quienquiera que sea el gobierno nominal. Pero no tardaremos en ver que en México, como en Italia, como en Rusia, como en Alemania, se empiece a perfilar una nueva dinastía, a pretexto de que seis años son muy poco para desarrollar un plan tan vasto como el de destruir nuestra patria y volver a reconstruirla.

El nacionalismo

Independencia, autonomía, nacionalismo: son tres conceptos paralelos que tienden hacia un mismo fin: asegurar la existencia de una patria mexicana autónoma. Sin injerencias o intervenciones de otra nación extranjera; bastándonos a nosotros mismos, siguiendo nuestras propias tradiciones y conforme a nuestros propios caracteres de territorio, de raza, de idioma y de religión.

Construir una patria, mexicana por su esencia y para nosotros los mexicanos, fue el ideal de los revolucionarios de Entonces y fue la política de los verdaderos gobiernos de la Revolución, que se propusieron acabar con las intervenciones diplomáticas, mexicanizar nuestros recursos naturales y formar una nacionalidad propia, que nunca hemos tenido.

Nosotros nunca pensamos en una confederación universal a base de "unión de todos los trabajadores del mundo"; ni predicábamos la abolición del concepto de Patria, ni enseñábamos a nuestros hijos a cantar la Internacional, ni nos propusimos copiar otras instituciones asiáticas.

Esas son cosas de los niños de teta de la Revolución de Ahora, que creen haber descubierto un nuevo mundo y un nuevo concepto de Patria Universal, que, entre paréntesis, ya está pasando de moda. Ahora que hasta Rusia se ha vuelto nacionalista y que Stalin ha abandonado las ideas de Marx, todo se reduce a una nueva forma de imperialismo en que algunos quieren que seamos conquistados por Rusia para no caer en el imperialismo americano. A menos -se dice- que los Estados Unidos se conviertan en comunistas, en cuyo caso si estarían conformes los niños de teta en "unirse" al comunismo yanqui. (2)

Nosotros no hemos cambiado de ideas. Nosotros seguimos creyendo que tenemos suficientes elementos en territorio, en población, en idioma, en raza y en tradiciones para constituir una nacionalidad mexicana que pueda seguir desarrollándose como nación independiente sobre lineamientos propios.

Así entendemos el nacionalismo.

Nosotros, que clamamos contra la injerencia de Estados Unidos en nuestros asuntos interiores, no vamos a volver a dar el ejemplo de llamar a una potencia europea (asiática) para que nos defienda contra la absorción americana.

LA REVOLUCIÓN ECONÓMICA

De los múltiples problemas económicos que producían el hondo malestar que culminó en la Revolución, dos hay que eran fundamentales en aquella época: el de la tierra y el del trabajo. En ellos me ocuparé solamente.

El problema agrario

A poco de haber comenzado la revolución política, y cuando Madero creyó que ya había terminado su tarea, todos los revolucionarios de Entonces nos dimos cuenta de que faltaba por realizarse la verdadera revolución, la económica.

Nos pasó lo que al cirujano que, creyendo habérselas con un sencillo apéndice, se encuentra con que en el vientre de su paciente hay un tumor canceroso. Y hubo que volver a abrir después de que Madero había dejado por concluida la operación y aun se había lavado las manos.
El problema agrario se nos presentó en toda su pavorosa trascendencia. ¡Tierra!, fue el supremo grito de la Revolución, y todas las manos se tendían en demanda de tierra.

El problema se planteaba con una sencillez tremenda.

El territorio nacional, todo, era de unos cuantos marqueses o latifundistas feudales. El campesino no tenía dónde trabajar por su propia cuenta.

Lo fundamental era dividir las haciendas para formar la pequeña propiedad, la base de toda nacionalidad agrícola.

Teóricamente debieron haberse dividido todas las haciendas en pequeños ranchos y luego éstos en granjas, para formar la pequeña agricultura. Pero en la práctica esto habría sido imposible, porque no había suficientes recursos, ni suficientes agricultores, para pasar de golpe de la Hacienda al Rancho y del Rancho a la Granja, sin que la tierra dejara de cultivarse para seguir viviendo.

Tomar las tierras y desmenuzarlas para dar a cada campesino una parcela habría equivalido a repetir la experiencia de 1856 con los terrenos de común repartimiento. Los campesinos, que no contaban más que con sus manos para trabajar, sin un arado, ni una yunta de bueyes, no habrían tardado en abandonar sus parcelas, y la tierra, "pulverizada", habría vuelto en seguida, como la marmaja frente al imán, a reintegrarse en forma de Hacienda.

Entonces se pensó en el ejido. más bien dicho, no se pensó, sino que por  mero instinto comprendimos que el ejido era el único medio de transición para pasar de la grande a la pequeña propiedad.

Frente a la Hacienda, como institución agrícola, había existido, en otros tiempos, el Pueblo, que de su vida agrícola solo conservaba el recuerdo vago, casi la leyenda, de que en un tiempo había tenido tierras propias, su fundo legal, sus montes y pastos, su ejido y sus "propios". Esas tierras hacía muchos años que habían pasado a formar parte de las haciendas circundantes, dejando el puro casco del pueblo enclavado y aprisionado entre ellas, y los vecinos del pueblo no tenían otro medio de trabajar que alquilarse como peones en las fincas circunvecinas.

Primero se pensó en la posibilidad teórica de que los pueblos recobraran sus antiguas tierras comunales, sus ejidos; pero a poco andar nos dimos cuenta de que esto era una ilusión, pues ni legal ni prácticamente era posible esa reivindicación de las antiguas tierras despojadas.

Fue entonces cuando tomó cuerpo la idea de "reconstruir los ejidos de los pueblos" como un procedimiento para proporcionar al campesino un medio propio de trabajo, tomando las tierras inmediatas a los poblados.

El ejido no excluye la posibilidad de que el campesino ejidatario pudiera trabajar además como peón libre en alguna hacienda cercana, de modo que el rendimiento del ejido fuese el complemento de su salario, y al mismo tiempo una garantía de su libertad y de su independencia, no estando obligado a trabajar en la hacienda como única fuente de jornal.

La idea primordial fue que el ejido no se fraccionara, sino que permaneciera explotado en común por el Pueblo. De ese modo el ejido sería verdaderamente un almácigo de agricultores, donde se seleccionarían automáticamente los más aptos, quienes pasarían a ser pequeños rancheros.

Porque se entendía que la división de los grandes latifundios en pequeños ranchos y granjas era el propósito fundamental, la verdadera solución del problema agrario, que no debía abandonarse. El ejido no era más que una institución de efectos transitorios para la evolución del campesino, el medio de hacerlo pasar de peón a ranchero.

El problema, como puede verse, era a la vez un problema de tierra y un problema de libertad de trabajo. Lo esencial no era la tierra, sino la manera de libertar al campesino de la esclavitud de la hacienda.

Lo que se ha hecho con el ejido en estos veinte años pasados, no es este el lugar para decirlo.

Seria cuento muy largo relatar todas las vicisitudes de la política ejidal de la Revolución desde cuando se pensaba que solo los pueblos debían recibir ejidos hasta que, a fuerza de ampliar el concepto de poblado, el ejido fue perdiendo su unidad geográfica y su cohesión humana. Sería también inoportuno explicar aquí por qué las haciendas, a pesar de la amenaza de las dotaciones ejidales, no se dividen todavía.

Básteme por ahora afirmar que el ejido ya no lo conocen ni sus propios padres. De la idea del ejido puedo yo decir lo que decía Kipling: ... the truth you've spoken/Twisted by knaves to make a trap for fools. ¿... las verdades que uno ha dicho/retorcidas por los pillos para hacer una trampa para tontos).

Algún día relataré la tragedia del ejido, y cómo fue que, debiendo ser un centro agrícola, un núcleo de trabajo formado alrededor de un pueblo, ha llegado a ser ahora una cadena de grandes latifundios administrados todos por un Banco, en que los ejidatarios no son más que los peones del nuevo terrateniente.

El nuevo amo. Porque ahora los ejidos ya no se dan a los pueblos, ni alrededor de los pueblos, sino a todo el que los pide, aunque no los necesite ni sea vecino del pueblo; y si en la comarca no hay quien los pida, para eso hay camiones que por cuenta del Banco Ejidal traigan campesinos de otras partes para formar el censo.

Porque es el Banco Ejidal el que pone los ojos en la tierra que le parece propia para ejidos; él es quien busca los campesinos para que los soliciten; y cuando se ha concedido la dotación, él es quien organiza las sociedades de crédito ejidal en cuyo nombre se trabajarán las tierras; él resuelve los cultivos a que se ha de destinar el suelo; él dice cuándo se ha de sembrar, cuándo se ha de barbechar; cuándo se ha de regar, cuándo se ha de escardar; él es quien da el dinero para los trabajos agrícolas; él compra los arados y los bueyes; él nombra los capataces; él paga los jornales del ejidatario, diciéndole que son "anticipos" a cuenta de sus utilidades; él levanta las cosechas y él las vende; él lleva las cuentas; y sobre todo, él es quien dice quienes pueden trabajar y quiénes no. Y ¡guay! del campesino que no se "disciplina" o que no "coopera" con el Banco, porque ese no es ejidatario, sino un descartado que no encontrará trabajo en diez leguas a la redonda.

Porque el ejidatario es un ciudadano libre para recibir "sus" tierras en el papel del acto de posesión, y en los informes bombásticos que se publican para alardear de los progresos del sistema ejidal; pero es un mero peón jornalero para trabajar "las tierras del ejido". Y cuando llega el fin de año agrícola le leen a toda prisa en asamblea las cuentas del Gran Capataz y le informan de lo que queda debiendo por la cosecha pasada. Y si alguno observa humildemente que el jornal no le alcanza para comer, le completan la ración con una rebanada de pan ácimo de la vanidad, diciéndole que en cambio ya es campesino libre, propietario de la tierra que trabaja, porque el ejido "es suyo" y no debe quejarse si lo deja regado con su sudor y con su sangre. Así como así, el Banco no es más que una institución de beneficencia para aconsejarlo, refaccionarlo, guiarlo y educarlo, todo gratis... mediante un moderado rédito.

Y es así como en el nuevo sistema ejidal el Banco es el terrateniente, es el amo, es el patrón, es el hacendado, es el banquero, es el comisario municipal, y hasta el maestro de ateísmo. Sustituye en suma al latifundista, al banquero, al gobierno y al clero; las cuatro tiranías que durante siglos han venido pesando sobre el campesino.

¿Y para esto se hizo la Revolución Agraria?

No. Nosotros hicimos la Revolución para dar al campesino tierra y trabajo. Pero, sobre todo, libertad. Para emanciparlo, para redimirlo, para librarlo de la esclavitud del latifundio. No para cambiarle de amo.

Porque el ejidatario no ha hecho más que pasar de peón del hacendado a ser peón del Banco, que ni siquiera es un ser humano.

Cuando la condición del ejidatario se mira desde el lugar donde vive, se comprende que no ha ganado nada, pero su situación no impresiona tanto porque las cosas siguen como siempre: la tierra sombría, el hombre encorvado sobre el suelo, trabajando para el amo, "y el cielo impasible y puro".

Al fin y al cabo, como dicen los modernos teorizantes del materialismo histórico, la libertad nunca ha existido, y ¿a dónde irá el buey que no are?

Pero cuando se contempla el cuadro desde un plano geográfico más alto y a mayor distancia en tiempo, un extraño escalofrío recorre nuestro cuerpo al comprender que lo que pasa en cada región se repite y se extiende por todos los ámbitos del territorio nacional.

La moderna encomienda. Es un sistema de forma. El Sistema. La institución colonial del repartimiento y de la encomienda, perfeccionada y modernizada. En la época colonial, como ahora, la tierra era lo de menos, había inmensas extensiones; lo que valía de ella era el número de cabezas de vasallos que contenía, por sitio de ganado mayor; y el rey concedía la tierra a los conquistadores y pobladores asignándoles determinada cantidad de indios para que las trabajaran.

El sistema ha sido perfeccionado conforme a los procedimientos de la tecnocracia. El Banco Ejidal calcula la extensión de los ejidos por el número de ejidatarios que se le pueden proporcionar. No hay más diferencia entre el sistema de la Colonia y el sistema actual que los procedimientos científicos que ahora se usan para la explotación del indio. Porque eso sí, el Banco Ejidal está organizado a la moderna: estadística, cuadros, graficas, archivos, donde está calculada la última pulgada de tierra y hasta la última gota de sangre humana de que puede disponerse. Es, en suma, una maquinaria científica para exprimir al ejidatario y para ejercer con él un control económico, social y político en cada comarca del país.

Los revolucionarios de Entonces no podemos estar conformes con que se haya hecho la Revolución para volver al sistema de los repartimientos y de la encomienda.

Nosotros queríamos y seguiremos queriendo que el ejido sea una escuela viviente de agronomía, un almácigo de futuros agricultores independientes, que después serán trasplantados a las granjas y a los ranchos.

Los revolucionarios verdaderos queremos que desaparezca la hacienda como sistema de esclavitud y de opresión, pero que no desaparezca la agricultura.

Es en esta materia ejidal donde estalla más francamente el conflicto entre lo que la Revolución pensó hacer y lo que está haciendo.

Nosotros pretendíamos que el ejido fuera un medio de emancipación del campesino, no un nuevo sistema de esclavizarlo; nosotros pensamos en el ejido como un sistema transitorio; para pasar del feudalismo latifundista a la pequeña propiedad; nosotros pensamos en la desaparición de la hacienda como régimen de esclavitud, pero no en la desaparición de la propiedad privada; por el contrario, nosotros pensábamos, y seguimos pensado, en la pequeña propiedad como el mejor régimen agrario, y así lo dice expresamente la Constitución.

Pero lo que ahora se está haciendo es una cosa totalmente distinta de lo que pensábamos y de lo que seguimos creyendo conveniente para los intereses del país, para la conveniencia de la agricultura y para la emancipación del campesino.

Se pretende hoy que el ejido debe ser un régimen permanente, un sistema de propiedad agraria aplicable a todo el país, con exclusión de la propiedad privada, es decir, se pretende convertir en ejidos toda la tierra cultivable. Se pretende ampliar ilimitadamente todas las dotaciones ejidales, no sólo en cuanto a la extensión de las tierras, sino principalmente en cuanto a material humano, encorralando a todos los campesinos en los censos, quieran que no, y organizando el trabajo de modo que por la fuerza tengan que someterse. La hacienda, se dice, debe desaparecer, para que todo el territorio nacional se explote en forma de ejidos y para que todos los campesinos trabajen bajo un sistema "cooperativo" o "comunal", cosa muy diferente –aclaran- del comunismo. Para eso los estamos educando -concluyen-.

Yo no quiero aquí denunciar como un ensayo de comunismo la política ejidal del gobierno, ni defender la hacienda como régimen económico, ni siquiera preguntar por qué no se sigue formando la pequeña propiedad que nuestra Constitución reconoce como preferente al ejido.

Condenación del sistema. Pero es necesario decirlo de una vez en voz alta para que lo oiga la nación: La política Ejidal que se sigue en estos momentos es contraria a la conveniencia nacional y a los principios revolucionarios.

Yo la denuncio abiertamente: como perjudicial para los intereses agrícolas del país; como retardataria de la educación del campesino; como lesiva para la libertad del agricultor; como peligrosa para la soberanía de los estados; como hipócrita en cuanto a sus verdaderos fines; como inconstitucional y enemiga de la pequeña propiedad. En suma, como contraria a los principios de la Revolución.

Es perjudicial para los intereses agrícolas del país porque las dotaciones ejidales no han dado por resultado aumentar la producción de cereales que sigue estacionaria, porque en vez de abrirse nuevas tierras y crearse nueva riqueza, la política ejidal se ha limitado a tomar las tierras cultivadas antes, cuando no las cosechas mismas, reduciendo con esto la capacidad agrícola del país; sin que por otra parte haya mejorado la condición del campesino, por qué los salarios ejidales son siempre inferiores a los salarios de la hacienda.

Es retardataria de la educación del campesino porque el ejidatario, de tan protegido, ha llegado a la condición en que estuvo el indio a raíz de la conquista, es un menor de edad maniatado y tutoreado por los mismos que lo explotan sin darle oportunidad de que se eduque.

Es en detrimento de la libertad del campesino porque lo reduce nuevamente a la condición de peón adeudado.

Es peligrosa para la soberanía de los estados porque la creciente absorción de tierras para ejidos reduce poco a poco el campo de acción agrícola del Estado para pasarlo a la Federación, la cual acabará por dominar la agricultura, dejando casi sin funciones a los gobiernos locales.

Es hipócrita en cuanto a sus verdaderos fines porque, diciendo mejorar la condición del campesino, en realidad se propone ejercer sobre él un control político y social e implantar un régimen comunista.

Es inconstitucional porque no sigue el principio del artículo 27 de respetar la pequeña propiedad privada como régimen preferente reconocido en la Carta de 1917.

Es, en suma, contraria a los principios de la Revolución porque no conduce a la emancipación moral y social del campesino.

Y ahora ya puede decirse quiénes son los traidores a la Revolución.

El problema obrero

Con el obrero pasa algo semejante a lo que ha pasado con el campesino.

La Revolución comenzó en los precisos momentos en que la industria nacional empezaba a desarrollarse y en que el artesano iba siendo desalojado paulatinamente de las ciudades por la fábrica.

Los obreros no tomaron casi ninguna participación en los principios de la Revolución, pues estaban en número mucho menor que los campesinos. Pero, en cambio, como el obrero tenía un estándar de vida superior y una cultura un poco más alta, había llegado a adquirir, hasta cierto punto, la conciencia de clase, que le permitió organizarse, gracias a su homogeneidad.

En realidad para el obrero había suficiente trabajo en aquella época. El trabajo, sin embargo, estaba mal remunerado y los obreros no gozaban en las fábricas de la plena protección de las leyes, sino que se encontraban también en una esclavitud de hecho, y, como es bien sabido, los primeros intentos de organización y de reclamaciones de sus derechos fueron reprimidos duramente por la dictadura porfiriana.

La libertad de contratación frente al patrón no la tenían, y éste era el problema principal, que, como en el caso del campesino, era un problema de libertad más bien que de trabajo.

La homogeneidad y la organización de los obreros les permitieron en 1917 obtener del gobierno Revolucionario el máximo de protección, y puede decirse que fue la clase social que mayores ventajas obtuvo de la Revolución.

El artículo 123. La Constitución de 1917, consagrándoles un capítulo especial, humanizó la condición del trabajador, legislando sobre sus jornadas, sobre la protección de los menores y las mujeres; sobre salarios, las condiciones higiénicas del trabajo y la indemnización por accidentes.

Pero la parte fundamental del artículo 123 consistió en la garantía del derecho de huelga, que México fue de los primeros países del mundo en consagrar en su Constitución.

El artículo 123 dio igualmente al obrero organizado una situación jurídica igual a la del patrón, creando los Tribunales de Conciliación y Arbitraje. Puede decirse que ese artículo satisfizo completamente los anhelos de la clase obrera y que difícilmente podrá superarse en México o en el extranjero su condición legal.

La aplicación que se ha hecho de las leyes del trabajo no solo ha mantenido las garantías del artículo 123, sino que las ha venido reforzando hasta el grado de que puede afirmarse que el obrero tiene una situación privilegiada frente al patrón.

El nuevo patrón. Y precisamente de esa situación privilegiada es de donde se han originado las nuevas dificultades, o, para hablar más claro, las nuevas tiranías a que se ve sometido el obrero: el Sindicato y el Líder. Claro es que cuando digo el sindicato no quiero decir que este sea una institución extraña al obrero mismo, sino que en el seno de toda organización sindical se encuentran los elementos de tiranía que oprimen y dañan al trabajador como individuo.

Porque en la actualidad los sindicatos gozan de la plena protección de la ley y pueden reputarse omnipotentes y aun más poderosos que el gobierno mismo; pero el obrero, como individuo, ha llegado a ser un verdadero esclavo del sindicato. Porque no existen acciones jurídicas ni medios legales para que el obrero pueda defenderse contra las decisiones del sindicato.

El Código del Trabajo no prevé conflictos entre obreros y obreros, ni entre el obrero y el sindicato. Es más, la cláusula de exclusión se aplica siempre contra obreros a quienes se supone indisciplinados.

El obrero se encuentra respecto del sindicato exactamente en la misma situación que el individuo respecto de la sociedad. Es la misma ideología.

La sociedad -dicen los modernos teorizantes del materialismo histórico- está interesada en que todos trabajen. "El que no trabaja no come", dicen los modernos sociólogos, traduciendo el apotegma del ruso, sin saber que es de san Pablo, creyendo haber dicho algo estupendamente nuevo y haberle enmendado la plana a Aquel que dijo: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente", lo cual es anticuado y reaccionario, por estar en la Biblia.

Eso, por supuesto, ya lo sabíamos. Claro es que nunca hemos entendido por libertad el derecho a comerse el trabajo de los demás, pues evitar la explotación del trabajo ajeno fue el objeto principal de la Revolución. Aunque ahora en el seno mismo de los sindicatos hay casi más zánganos que abejas.

La novedad en materia de trabajo consiste en otra cosa. "La sociedad -dicen- está interesada en que no haya libertad de trabajo para que haya eficiencia." "¿Qué sería del mundo si dejáramos que cada quien trabajara en lo que le diera la gana?" "La libertad es perjudicial, la libertad estorba; no debe haber libertad de trabajo." El ideal sería que desde que nacieran los hombres vinieran ya especializados para determinada clase de trabajos. Los líderes para mandar, y los obreros, naturalmente, para obedecer.

En general puede decirse que la política obrera de los gobiernos revolucionarios hasta ahora ha ido de acuerdo con los ideales de la Revolución tales como cristalizaron en la Constitución de 1917. Lo malo es la exageración en todo.

El evangelio de la desconfianza. El trabajo, la iniciativa y el capital son los tres factores esenciales de la producción industrial, y la función del Estado consiste en mantenerlos dentro de un equilibrio que haga posible la coexistencia y la cooperación de esos tres factores.

Se ha desatado, sin embargo, en los últimos tiempos, una propaganda de rencores que tiende a romper ese equilibrio. Se educa al obrero en el odio de clase contra el capital, y, lo que es peor, contra el empresario en lo personal.

No se predica la igualdad de derechos del trabajo frente al capital, sino que se dice al obrero que él es el único que tiene derechos, y que el debería adueñarse de la empresa y del capital; que su enemigo es el patrón y contra él todos los medios son justos. Se le predica, en suma, una doctrina de odio, cuyos primeros efectos han sido una desconfianza mutua que impide el entendimiento recíproco. En la actualidad los patrones no tienen ya oportunidad de acercarse al obrero y observar de cerca su vida y sus necesidades para comprenderlas y mejorar su condición. Y los obreros mismos tampoco se acercan al patrón por  temor al "qué dirán" los compañeros, que, envenenados por la propaganda de rencor, pudieran creer que traicionan a su clase.

Y este nuevo evangelio del odio se enseña desde la escuela, donde los libros oficiales de texto dicen al niño que el primer uso que debe aprender del martillo es dejarlo caer sobre la cabeza del patrón.

La protección a todo trance. Por otra parte, la política de protección a todo trance que han venido desarrollando las Juntas de Conciliación y las autoridades del Trabajo, sancionada por magistrados que quieren hacer olvidar sus antecedentes de aristócratas reaccionarios a fuerza de radicalismos estúpidos, podrá producir beneficios a los líderes y a los zánganos y a los "coyotes" de reclamaciones fabulosas, y si acaso a uno que otro obrero de esos que prefieren devengar sus tres meses de sueldo no en el taller sino en los corredores de las Juntas de Conciliación. Pero al obrero honrado y a la clase trabajadora en general esa política no le ha traído más que perjuicios y empobrecimientos. Ejemplo de esto son los porteros, los choferes y los sirvientes que no encuentran trabajo porque la gente de la clase media prefiere servirse a sí misma, temerosa de las reclamaciones ante las Juntas de Conciliación.

De la huelga se ha abusado en demasía. Esto lo sabemos todos y lo confiesan los obreros mismos.

Las huelgas contra las pequeñas industrias y los pequeños comercios producen siempre como resultado la quiebra y la clausura de esas negociaciones, con lo cual no se hace más que contribuir a fortalecer el monopolio de las grandes empresas.

Algo semejante puede decirse de las huelgas injustificadas contra las industrias en grande, a quienes se exige no lo que tienen obligación de cumplir, sino lo que se cree que están en posibilidad de dar. Estas huelgas, aunque aparentemente logren la rendición de las empresas y aunque redunden en perjuicio de éstas, casi nunca resultan en beneficio de los obreros, sino que embotan el arma de la huelga, que, cuando llega el caso de verdadera y justa necesidad, ya no puede emplearse.

Las huelgas contra las empresas de servicios públicos siempre resultan, moralmente, en perjuicio de los trabajadores, porque la presión que se ejerce por medio de ellas no va contra las empresas mismas, sino contra el público en general.

Yo no dudo que la política de halagos al obrero y de protección irracional a todos los caprichos redunde en ventajas efímeras para los obreros en la actualidad, pero a la larga es una rémora para la elevación de la clase proletaria en su conjunto y no le produce verdadero beneficio.

Los tres pecados capitales del obrero mexicano. Tres son los defectos capitales de nuestro obrero mexicano: el deficiente rendimiento de su trabajo, el estancamiento de sus necesidades y la falta de ahorro.

El obrero mexicano, por idiosincrasia, por apatía o por mera falta de educación, nunca produce todo lo que podría producir en una jornada, y cuando ésta es a destajo, es deficiente la calidad de su labor. La garantía del salario mínimo, sin una contra garantía del rendimiento mínimo, trae como consecuencia el aumento innecesario de obreros en los talleres y fábricas. Esto, a primera vista, es benéfico para las clases obreras porque proporciona más trabajo; pero a la larga es perjudicial porque casi siempre pone en peligro la solidez de las negociaciones que lo emplean y da constantemente lugar a desequilibrios o a reclamaciones que, falladas siempre en favor del obrero, acaban por desorganizar las empresas.

El obrero mexicano que obtiene una alza en su salario, y que de $2.00 diarios, por ejemplo, pasa a ganar $4.00, el primer uso que hace de esta mejoría es el reducir sus días de trabajo, puesto que con tres días de labor gana ahora lo que antes ganaba con seis. Las necesidades del obrero no quedan mejor satisfechas por solo el alza de salarios; el obrero no eleva su estándar de vida; y lo peor es que casi siempre el aumento de salarios solo favorece al obrero en lo personal proporcionándole holgura para una vida de disipación; pero no cambia la condición de las personas de su familia que de él dependen. Esto por supuesto sin tener en cuenta que a toda alza de salarios corresponde siempre un alza de precios, y que por consiguiente la bonanza que se creía haber alcanzado pronto se convierte en nuevas estrecheces y naturalmente en nuevas solicitudes de aumento y en nuevos conflictos con el empresario.

En cuanto al ahorro, puede decirse que en la actualidad no solo no existe entre los obreros, sino que se combate persistentemente y se predica contra él por considerarlo como una costumbre burguesa. El seguro social y la posibilidad de las indemnizaciones en caso de enfermedad, de accidente o de muerte se ha creído que es suficiente para una situación imprevista, como la pensión de retiro se cree suficiente para hacer frente a la inevitable llegada de la vejez.

El seguro social en favor del obrero no debería eliminar la costumbre del ahorro. Se llama costumbre burguesa al ahorro porque se piensa que el obrero que pudiera reunir una pequeña fortuna que le asegurara la independencia económica ya no sería un obrero en el sentido social de la palabra. Y es verdad, porque tendría una independencia que desorganizaría la disciplina del sindicato, o, para hablar en términos más claros, sería un hombre libre, emancipado de la tiranía del sindicato y del líder, y se perdería sobre él el control que tan necesario es para el funcionamiento de la maquina socialista.

Como se ve, estos tres defectos del obrero mexicano no sólo no se combaten, sino que, por el contrario, puede afirmarse que la política de protección a todo trance conduce necesariamente a agravarlos.

En suma, las promesas de la Revolución respecto del obrero han sido cumplidas al pie de la letra. La emancipación del obrero y el adelanto de la clase proletaria en general no son ya una cosa que pueda hacerse por medio de las leyes, o por medio de la acción oficial, sino que requieren, como toda libertad, que se riegue constantemente la planta.

La Revolución nunca ha sido enemiga del obrero; y cuando los revolucionarios señalamos los peligros del abuso del sindicalismo no lo hacemos por espíritu reaccionario, ni en defensa del empresario, sino viendo a mucha mayor distancia por los verdaderos intereses de las clases proletarias.

LOS PROBLEMAS SOCIALES

La educación

De los problemas sociales sólo citaré brevemente uno, el de la educación.

Este problema tiene que resolverse como se resuelva el problema de la libertad.

Porque si el hombre ha de tener derecho a vivir y a trabajar en lo que le parezca, y a formar una familia y a continuarse espiritual y moralmente en sus hijos, entonces deberá reconocérsele también el derecho de pensar y de hablar, derecho que no sirve de nada en el hombre si no es para comunicar a otros sus ideas, sus enseñanzas y sus principios.

Deberá tener también libertad religiosa, que no es solamente la libertad de creer en un dogma, pues ésta se confundiría con la libertad de pensar, sino el derecho de ajustar su conducta y la de su familia a determinados principios de moral.

Y deberá reconocérsele, por último, el derecho de preparar a sus hijos para el trabajo u ocupación que crea más provechoso, o más grato, o más adecuado para las aptitudes del educando. Esta es la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza es una consecuencia de la libertad de trabajo.

Pero si admitimos que el hombre no tiene sobre la tierra otra misión que servir a la sociedad conforme a las órdenes que dicte el Estado, entonces tendremos que admitir que es el Estado quien debe educar a las futuras generaciones para utilidad social, y no para el bien de los hombres mismos.

El Estado -se dice- tiene el derecho exclusivo de educar a la niñez y a la juventud para que sean útiles a la sociedad. Esto no quiere decir nada; ni se entiende, si no se explica qué es la sociedad y cuál debe ser la función del hombre y sus deberes respecto a la sociedad, y quién es el llamado a precisar esos deberes y a hacerlos cumplir.

Como se ve, el dilema es ineludible: o es libre el hombre y entonces los padres son quienes tienen derecho a educar a sus hijos, o no debe ser libre y entonces el Estado es quien debe educar a la juventud y a la niñez.

¿Pero desde qué edad debe comenzar la educación socialista? ¿En la juventud? ¿Desde la niñez? ¿Desde la infancia? ¿Desde la cuna? ¿o en el vientre mismo de la madre?

Recomendamos a nuestros teorizantes de la educación socialista (y a los revolucionarios también) la lectura de uno de los últimos libros de Aldous Huxley que se llama Valiente Nuevo Mundo, en el cual se habla de la educación socialista desde el embrión; por supuesto, no en la actualidad, sino para cuando las mujeres ya no paran, sino que se limiten a poner huevos. Que para allá vamos.

Como el fin último del hombre, según los modernos teorizantes, es servir a la sociedad conforme al criterio del Estado, será éste quien imponga las reglas de eugenesia para que los hombres nazcan ya con las aptitudes necesarias para el trabajo a que habrán de ser destinados. Y así, desde la ampolleta en que se esté desarrollando el óvulo, habrá que fabricarlos, estandarizándolos, unos para obreros, otros para campesinos, otros para escribientes, otros para maestros, otros para sabios y unos cuantos para lideres y gobernantes. La selección habrá que hacerla a tiempo a fin de evitar que los hombres nazcan inadecuados, y podando en ellos todas las aptitudes que no sean útiles a la sociedad, como se hace con los árboles frutales.

Se acabaron ya los tiempos en que el Estado era un organismo encargado de cuidar que los hombres, tales como son, puedan vivir en paz unos con otros.

Ahora hay que hacer a los hombres de nuevo, y esa es la función del Estado. así piensan los modernos teorizantes de la educación socialista.

Los revolucionarios de entonces pensábamos con más sencillez en la libertad de enseñanza, y solo nos preocupábamos por garantizarla. Entonces todavía no habían tomado cuerpo las nuevas ideas sobre la educación por el Estado, y para la sociedad, porque aunque ya se hablaba de la educación socialista, nadie sabía lo que era (y sigue no sabiéndose ahora), y eso que ya Marx había existido, aunque no se le tomaba en serio.

El problema de la libertad de enseñanza es un problema de neutralidad entre las posibles influencias que pueden coartar esa libertad.

Cuando se pensaba que el hombre solo existía para servicio de Dios, la Iglesia (y no solamente la católica) pretendía naturalmente apoderarse del hombre desde la cuna.

Se comprendió después que la libertad de enseñanza solo podía realizarse apartando la escuela de la religión, y se adoptó el principio de la educación laica.

Ahora se piensa que el hombre solo existe para servir a la sociedad, y es el Estado quien pretende adueñarse del hombre desde la cuna.

Los revolucionarios de Entonces, partidarios de la libertad de enseñanza, estamos en el justa medio: no queremos ni la intervención de la Iglesia ni la intervención del Estado. Los hijos pertenecen a los padres.

Esto no es una cuestión religiosa, sino un problema humano. ¿Oísteis decir a los antiguos: al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios? Pues yo os digo: la educación de los hijos no es cosa del Cesar ni de Dios. Al hombre lo que es del hombre. El derecho de educar a sus hijos conforme a los dictados de su propio corazón, para hacer de ellos hombres libres en sus pensamientos, en sus creencias y en sus actos, pertenece al padre.

La libertad de enseñanza no excluye la educación religiosa, como tampoco excluye la educación social. La libertad de enseñanza exige que la que se dé en las escuelas sea laica (no antirreligiosa), para dejar libre el campo a cualquiera educación religiosa.

Pero del mismo modo la educación debe ser "laica", es decir, independiente con respecto a la moderna idolatría del Estado.

En suma, la enseñanza socialista que se pretende dar basándola en el principio de que el hombre ha venido al mundo para servir al Estado y a la sociedad es contraria a la libertad de enseñanza y a todas las libertades.

Por fortuna, hasta ahora lo único nuevo que se ha llevado a la práctica en materia de educación socialista, en las escuelas oficiales, y sobre todo en las federales regionales, es enseñar a saludar con el puño cerrado en alto, como quien se dispone a dar un coscorrón; a decir "quihúbole, camarada" en vez del tradicional "buenos días" y a cantar la Internacional en vez del Himno Mexicano.

En lo demás todavía estamos discutiendo qué es la sociedad y cuál debe ser la educación socialista.

LA REVOLUCIÓN AHORA

Hacéis con la palabra proletariado lo que los demócratas con la palabra pueblo: la convertís en objeto de adoración. Y lo mismo que los demócratas, deslizáis de contrabando en el proceso revolucionario la palabra revolución... KARL MARX

Es tiempo ya de que se definan los campos y se sepa cuál fue la Revolución de Entonces y cual es la Revolución de Ahora para que no se siga abusando de la palabra.

Yo quiero conceder que la Revolución de Ahora sea una verdadera revolución en cuanto se propone trastornar el concepto de los derechos y de las libertades. Una revolución que se quiere hacer en México imitando a Rusia, pero que todavía no se ha hecho.

Pero para que un movimiento de protesta contra un régimen merezca el nombre de revolución no basta que sea una revoltura de ideas, sino que es preciso además que en su fondo moral y en la manera de obrar esté a la altura de los grandes movimientos de los pueblos.

Una revolución es siempre un movimiento nacional con propósito de elevación, de mejoramiento, de redención y de liberación de los oprimidos. La mera conquista brutal del poder para satisfacer ambiciones personales o para librarse de toda ley será un cuartelazo o un motín, pero no es una revolución.

Una revolución necesita además demostrar esa misma excelsitud de miras en el momento de la acción, escogiendo para jefes a verdaderos hombres de corazón bien puesto y de honradez insospechable en cuanto a sus propósitos personales.

El comunismo fue una revolución en Rusia y podrá llegar a ser una revolución en otras partes del mundo; pero en México todavía no pasa de ser un río revuelto a cuyas márgenes hay demasiados pescadores.

Mientras los que representan al comunismo en México vivan en suntuosas residencias y paseen por la calle en lujosos automóviles, comprados con la cuota mensual de los camaradas obreros y campesinos; mientras los profetas de las nuevas doctrinas perciban dos o tres sueldos de profesor, o dietas de senador, o emolumentos de magistrado; mientras los organizadores del nuevo régimen sean banqueros, o propietarios, o funcionarios cohechables, no hay peligro de que el comunismo merezca el nombre de Revolución.

Y, sobre todo, mientras la lucha no sea franca en el campo de las ideas y en el procedimiento de ataque, el comunismo seguirá siendo una revolución hipócrita que se cobija con la capa ajena de nuestra Revolución y que intriga desde el cómodo escritorio del burócrata, sin dar la cara ni salir a la calle.

El rasgo característico del comunismo en México es la hipocresía. Nadie confiesa su credo. Yo no he logrado encontrar un solo comunista en toda la República. Todos son socialistas. A lo sumo he hablado con "simpatizantes".

Y es que los revolucionarios de Ahora están todos agazapados en sus empleos, y, conforme a las enseñanzas de sus maestros y las instrucciones de sus amos, prefieren trabajar desde la sombra. Esto no debe ser.

Los revolucionarios de Ahora deben tener el valor de precisar sus tendencias y aclarar sus propósitos, para que se vea y se comprenda que pretenden otra cosa distinta de lo que ahora existe. Es preciso que se quiten la careta con que salen todos los días a la calle, llamándose revolucionarios. Es preciso que anden con sus propios pies, que sigan su propio camino y que confiesen su credo.

Es preciso que se sepa que la Revolución de Ahora es cosa diferente y absolutamente contraria a la Revolución de Entonces.

Es menester, en suma, que se vea claramente que la Revolución de Ahora pretende derogar la Constitución de 1917 con todos sus principios y sus libertades para establecer una dictadura, la dictadura del proletariado. Mas como las revoluciones, es decir, las reformas verdaderamente trascendentales para los pueblos, no se hacen por  medios legales sino por medio de la fuerza y por la conquista del poder, es necesario que los nuevos revolucionarios tengan la franqueza de decir que van al derrocamiento del orden constitucional y que quieren adueñarse del gobierno para implantar sus ideas y sus nuevas teorías.

Pero esto deben hacerlo como nosotros lo hicimos antaño, como lo hacen los hombres: por medio de una insurrección, desconociendo francamente nuestra Constitución, que les estorba, y derrocando el gobierno establecido conforme a ella. No por medio de meras conspiraciones de palacio dentro del gobierno mismo, abusando de los empleos hasta donde se han colado, y con el dinero del presupuesto.

Si quieren hacer su revolución, deben comenzar por salirse del gobierno, para luchar desde afuera, como lo hicimos nosotros y como lo hacen todos los revolucionarios.

Y en cuanto al señor general Cárdenas, con todo el respeto que debe tenérsele por ser el representante de la Ley, es tiempo también de que diga si está con la Constitución de 1917, que juró cumplir, o si participa de las "nuevas ideas". Su actitud indefinida no puede menos de perjudicarle, pues para nadie es un secreto que en el seno del gobierno están los que predican el comunismo y que con el dinero de la Nación se paga la propaganda comunista.

Un jefe de Estado que tolera que a su lado se conspire contra las instituciones en que se basa su gobierno se expone a ser la primera víctima de los conspiradores. o lo que es peor, a tener que encabezar él mismo un cuartelazo contra su propio gobierno, como hizo Comonfort.

Los revolucionarios de Entonces seguimos como siempre, leales a nuestros principios. A los nuestros. Los que predicamos en otro tiempo contra la tiranía, contra la oligarquía y contra todas las opresiones, y luchamos por el mejoramiento de todas las clases sociales, por la emancipación del campesino y del obrero, por la libertad, en suma, no vamos ahora a aceptar nuevas formas de tiranía, disfrazadas con nombres hipócritas, ni una nueva dictadura, aunque se llamara "la dictadura del pueblo" mismo.

En estos tiempos de escepticismo en los ideales, se cree que la libertad es un concepto hueco e inútil que ha desaparecido definitivamente. Y no hay tal; el sol de la libertad no se apaga; se pone. Desaparece transitoriamente bajo el horizonte, para ir a iluminar a otros pueblos del globo. Pero entre tanto quedan algunos que velan y que, como Chanteclair, anuncian el retorno del nuevo día, cuando todos duermen en las tinieblas de la noche.

Desgraciadamente todos los revolucionarios de Entonces están ya viejos y no tienen ni el vigor fisco ni la agilidad intelectual para la lucha. Es más, la mayor parte de ellos están desarmados y postergados. No podrán hacer otra vez la revolución que hicieron hace veintitantos años. Ni es necesario; porque la reconquista de las libertades la harán muy pronto las mismas clases proletarias, sacudiendo la tiranía de sus falsos apóstoles y echando a los mercaderes de sus templos.

Los revolucionarios de antaño tendremos que limitar nuestra acción a la palabra y al ejemplo, conformándonos con alzar nuestra voz de protesta contra la profanación de nuestros ideales y en defensa de la libertad.

Y será preciso que todos los verdaderos revolucionarios abran los ojos y vean que esto no es lo mismo que aquello, sino que esto quiere matar a aquello. Y que en lo sucesivo, cuando alguien les hable de la Revolución, antes de oírlo le pregunten y le exijan que aclare a cual Revolución se refiere: ¿A la Revolución de Entonces, o a la de Ahora?

 

Notas:

1.- En la Segunda y en la Cuarta Sala de la Suprema Corte casi no hay día en que algún magistrado no funde su voto diciendo que "la Constitución debe interpretarse con criterio revolucionario siguiendo los lineamentos de la sabia política del señor presidente Cárdenas". Sobresalen en esta moderna jurisprudencia los señores Agustín Gómez Campos, autor de la teoría del "socialismo de oportunidad", y el licenciado Xavier Icaza, autor de la teoría de que la Corte puede reformar la Constitución a fuerza de jurisprudencia.

2. Los comunistas de México se disfrazan con el nombre de "antiimperialistas" y dicen ser enemigos del imperialismo alemán o italiano; pero nada chistan del imperialismo americano, que es el que nosotros sentimos de cerca. Esto va de acuerdo con las enseñanzas de sus maestros Marx y Engels.

En el número de prueba de la Revista Comunista de Londres de septiembre de 1847 se decía:

"Los norteamericanos siguen liados en guerra con los mexicanos. Hay que esperar ¿hope) que se adueñen de la mayor parte del territorio mexicano y sepan utilizar mejor el país de lo que éstos lo han hecho".

Y en un artículo publicado el 23 de enero de 1848 en la Gaceta Alemana, de Bruselas, escrito por Engels, se decía lo siguiente, que los mexicanos no debemos olvidar: "Hemos presenciado también con la debida satisfacción la derrota de México por los Estados Unidos. También esto representa un avance. Pues cuando un país, embrollado a más no poder en sus propios negocios, perpetuamente desgarrado por guerras civiles y sin salida alguna para su desarrollo, y cuya perspectiva mejor habría sido la sumisión industrial a Inglaterra; cuando este país se ve arrastrado forzosamente al progreso histórico, no tenemos más remedio que considerarlo como un paso dado hacía adelante. En interés de su propio desarrollo convenía que México cayese bajo la tutela de Estados Unidos. La evolución de todo el continente americano no saldrá perdiendo nada con que éstos, tomando posesión de California, se pongan al frente del Pacifico".

Ni el presidente Polk, ni Zacarias Taylor, ni Teodoro Roosevelt, Henry Lane Wilson, ni Fall, ni el mismísimo William Randolph Hearst habrian hablado con más elocuencia.

Esta es una de las deudas de gratitud que tenemos los mexicanos con los comunistas, y esto explica la "patriótica" actitud de los comunistas mexicanos respecto al imperialismo ruso y al imperialismo americano.

 

Fuente: Cabrera Luís. Veinte años después. México. Editorial Botas. 1937