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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1935 Discurso a los trabajadores del país. Lázaro Cárdenas.

Diciembre 22 de 1935
 

Trabajadores de la República: Cuando un grupo apasionado pretende agitar al país con fines personalistas; cuando la intriga y la mentira constituyen la única arma que esgrimen en su necia aventura, tengo la obligación de dirigirme a todos los habitantes de mi patria, para expresarles a qué se debe esta acometida.

Las necesidades del pueblo mexicano son ampliamente conocidas por todos ustedes. En mi gira a través de la República, expresé, descarnadamente, las necesidades obreras y campesinas, así como la situación precaria de los pueblos. En tales condiciones era indispensable que la Revolución hecha gobierno, de una vez por todas, cumpliera con los compromisos que había contraído en los campos de batalla. Desde entonces entendí que mi misión como presidente de la República no es otra que realizar sus obligaciones.

Sin embargo, el pueblo mexicano sabe que toda reforma, toda acción que pueda afectar los intereses creados o los intereses conservadores, tienen que encontrar serios obstáculos en su camino. ¿Qué de extraño tiene, entonces, que el pueblo mexicano esté presenciando hoy una acometida de intrigas, tortuosidades y perfidias? En toda la historia hemos observado agresiones semejantes que provienen, no sólo de la facción conservadora, sino, por desgracia, de elementos que, impulsados por bastardas ambiciones, dejándose arrastrar por camarillas de explotadores, llegan a olvidar los sufrimientos de la clase a la que pertenecieron y abandonando las filas de la Revolución, se solidarizan con los eternos enemigos de ella, para combatir los beneficios alcanzados por los trabajadores en sus luchas emancipadoras y ahogar los justos anhelos de mejoramiento cuya satisfacción reclaman del poder público.

El pueblo mexicano y en particular las organizaciones de trabajadores, no deben sorprenderse de esta última acometida. Las nuevas reformas que lesionan los intereses creados, la afectación de la tierra, los esfuerzos porque la distribución de la riqueza sea más equitativa, tienen que traer forzosamente esas reacciones. No debe extrañar que los hombres que estuvieron al frente del poder, que fueron conductores de las masas, hicieran ayer bandera de las necesidades del pueblo y traten hoy de poner un dique a la acción integral, a la labor organizada que tratamos de realizar en beneficio de los intereses nacionales.

Todo México, el país entero sabe que han tomado como pretexto para la reciente acometida al régimen institucional, la formación de un llamado partido político; pero todo el país sabe también cómo los individuos que quieren integrarlo han estado recorriendo la República tratando de sobornar a los encargados del poder público y aun a algunos pundonorosos militares, hablándoles de la necesidad de defenderse de las organizaciones proletarias, a las que atribuyen dizque la disgregación del propio gobierno; afirmándoles que éste lleva un mal camino y que desarrolla una labor completamente disolvente. Esta es la acción que han venido efectuando muchos de los elementos que, afortunadamente para el país, son de sobra conocidos.

Le pregunto al pueblo mexicano: ¿acaso existe en el país una anarquía producida por los trabajadores?

¿Acaso el elemento campesino no ha sido consecuente atendiendo a las indicaciones del gobierno cuando éste le ha dicho: esperen a que estemos en condiciones más favorables para aumentar el número de ingenieros y acelerar así la dotación de las tierras?

¿Acaso la misma clase campesina no está enterada de que lo que no se pudo hacer de 1915 a 1934, en el año en curso se ha realizado al entregar veinte millones de pesos para el crédito de los ejidos? ¿El mismo pueblo no está enterado de la acción integral que tratamos de llevar a cabo para el progreso de la nación? ¿En qué consiste entonces la disgregación? ¿Qué no estamos pugnando por consolidar las instituciones y sin desvirtuar el espíritu revolucionario afianzamos cada vez más los derechos que les corresponden a las gentes que trabajan? Para seguir con nuestra obra, ¿no contamos con un ejército debidamente organizado, que está dando muestras de verdadera lealtad y pruebas de que tiene conciencia de su responsabilidad, identificándose con los problemas de las clases laborantes?

Hemos repetido en distintas ocasiones que nuestro programa es integral, que tratamos de cumplir con las obligaciones que la Revolución ha contraído con el pueblo mexicano, que no nos liga compromiso con ninguna camarilla; y si la sinceridad de nuestros propósitos nos hace ver el panorama social tal cual es, presentándonos la situación angustiosa en que viven los poblados indígenas, la miserable condición que guardan muchos núcleos de campesinos y las ansias insatisfechas de algunos grupos obreros de la ciudad, debemos robustecer nuestra convicción de que es preciso seguir adelante; ¡si se lastiman intereses, eso no nos importa!

Es mentira que haya labor disolvente de los obreros y campesinos organizados. Debemos explicarnos que si hay manifestaciones, algunas veces hasta de carácter tumultuario de algún grupo, éstas no son más que expresiones del dolor que se encuentra entre las masas obreras y campesinas. Hemos dicho también, como es la realidad, que los trabajadores y campesinos no son inconsecuentes ni con la situación del gobierno ni con la que a ellos les afecta; que tienen conciencia de su responsabilidad y saben hasta dónde podemos ir; saben asimismo que hay necesidad de esperar a que el propio régimen, a que la propia Revolución, formada por falanges de ellos mismos, pueda realizar integralmente el programa que permita mejorar las condiciones económicas, culturales del pueblo mexicano. En todo el país no he advertido esa labor disolvente que quieren hacer aparecer los elementos que ayer estuvieron al lado de ustedes: se trata únicamente de un propósito de restauración de privilegios y de una organización defensora de los poderosos intereses creados. Ustedes mismos conocen quiénes están empeñados en esa perversa aventura: son los hombres que ya han cumplido su misión histórica. Ya el pueblo sabe lo que pudieron hacer, ya sabe lo que dieron de sí. No les queda a éstos más que reconocer que son las generaciones nuevas, los hombres nuevos, los que tienen que venir a desplazarlos de los puestos públicos de orden oficial y social, para que las masas puedan recibir el beneficio de orientaciones producidas por hombres que no estén gastados, por hombres que no se hayan acostumbrado al halago, al poder o a la comodidad.

Por eso es, trabajadores organizados, pueblo todo de México, que el gobierno de mi cargo no ha tenido necesidad de usar medidas drásticas, porque sabe perfectamente bien que la fuerza organizada del país, que la fuerza de los trabajadores, que la fuerza moral que representamos nos da la suficiente base para poder reprimir a estos elementos que han venido hoy únicamente con una finalidad personalista. Por eso mi gobierno viene recomendando a todos los sectores de la República que estén tranquilos, que guarden serenidad, que mantengan su confianza en que la responsabilidad que yo tengo como jefe del Ejecutivo Federal sigue en pie velando por los intereses de toda la nación, y especialmente por los intereses de la clase trabajadora.

Ya en Puebla, en alguna ocasión, llamé a estas asambleas “Tribunal Popular”, considerándolas capacitadas para juzgar a todos los hombres públicos en sus distintas responsabilidades y en sus diversas actuaciones. Ahora repito a ustedes lo que en aquella vez expresé: que sean los trabajadores, que sean los grupos organizados, que sea el pueblo de México, los que vengan a señalar con índice de fuego todo el mal, todo el daño que intencionalmente se haga o se trate de hacer en perjuicio de los intereses nacionales. Cabe repetir también que necesitamos ante todo honestidad en los servicios públicos y es oportuno señalar en esta vez, que para poder mantener la unidad del pueblo mexicano, es indispensable gobernar con el ejemplo, ser sinceros con nuestras convicciones y cumplir celosamente con el programa administrativo que se ofreció al país. Si los componentes de mi gobierno —y yo mismo en lo personal— a la sombra del puesto que desempeñamos llegáramos a efectuar negocios particulares con detrimento de los intereses de la nación, que sea este tribunal del pueblo el que se encargue de señalar su nombre para que ese individuo vaya a la calle. Y si, al terminar mi misión al frente de la presidencia de la República, algunos de los funcionarios o empleados del gobierno, yo inclusive, hemos sacado de las arcas del erario cantidades mayores de las que nos corresponden por concepto de sueldos, entonces, en 1940, cuando el pueblo trabajador de México esté más organizado, seguramente que no se detendrá para posesionarse de todas las propiedades y de todo aquello que hayamos robado a la nación.

Soy el primero en lamentar que estos vigorosos esfuerzos de ustedes se estén gastando contra una acometida política, cuando debiéramos todos dedicar nuestro tiempo a la labor constructiva; pero que entienda el pueblo mexicano, que lo entiendan los países extranjeros, que nosotros no hemos llamado a la puerta: es el enemigo el que ha venido a tratar nuevamente de lanzarnos a la calle.

Deploro también que se denigre a los hombres que estuvieron al frente de las masas, que desempeñaron ayer un puesto de gran responsabilidad, que sus nombres figuren en leyendas ofensivas, que se ridiculicen sus figuras en cartelones; pero no somos nosotros los que hemos provocado esta situación: han sido los amigos de ellos, los que a toda costa quieren seguir lucrando a su alrededor.

Hace pocos días, la agitación que varios elementos trataron de provocar en diferentes partes de la República, quería encubrirse a través de la organización de un pretendido partido político, diciendo que no tenía ningún empeño en lesionar los intereses del gobierno o de las clases laborantes; pero el pueblo no cree esto, porque sabe quiénes son los que provocan esta nueva agitación. Hace tres días que todavía estos elementos, seducidos por el canto de las sirenas, declararon a los corresponsales de la prensa extranjera que el movimiento de México es disolvente, que sus tendencias son marcadamente comunistas, que el gobierno no tiene absolutamente ningún control, que las masas están desenfrenadas; en fin, que se desarrolla una labor anárquica en perjuicio de los intereses nacionales. Ya es necesario que el pueblo de México vea en todo esto una traición a la patria: ¿por qué motivo agitar otros sectores extraños que tienen distintos problemas, tan serios que les impiden volver los ojos a nuestro país? ¿Por qué incitarlos a ver a nuestro pueblo con desconfianza cuando el gobierno, el principal responsable, está manifestando constantemente —y esto es la verdad— que no hay ninguna desintegración, que no hay labor disolvente, que tenemos a todas las fuerzas vivas contribuyendo a realizar una labor benéfica para la nación, con la creación de nuevas fuentes de trabajo?

Nuestro programa de acción es bastante amplio, y cuando empezábamos nuestra obra constructiva aparecen los nuevos reaccionarios con sus apetitos insaciables. El pueblo mexicano debe saber que no podrán hacer retroceder la obra social de la Revolución, que no podrán dominar la situación de la República; que el gobierno de los Estados Unidos de América, lo mismo que los de los otros países extranjeros, no se dejarán influir por estos malos mexicanos, porque los conocen y saben que pretenden una finalidad personalista: el gobierno norteamericano seguramente no va a intervenir en nuestros asuntos interiores, primero porque nos ha dado múltiples pruebas del respeto que siente por la soberanía de los demás países con su trascendental política del buen vecino y después, porque se preocupa hondamente por la resolución de los problemas que atañen a su territorio.

Conviene también que todo el pueblo de México sepa por qué ha venido esta acometida contra el gobierno de la Revolución.

La administración que presido, cumpliendo con el deber de ser leal a la Revolución y dignificarla en todos sus actos, quiso ante todo exterminar los centros de explotación, los centros de vicio. ¿Y quiénes los regenteaban?

¿Quiénes ocasionaban las lágrimas y la sangre recogidas en estos lugares de prostitución? ¿Acaso nosotros? ¿Acaso el gobierno?

Vino después la cancelación del Seguro del Pasajero, ¿quiénes recibieron las anualidades que se percibían y que montaron a más de un millón de pesos cuando sólo se liquidaron indemnizaciones por noventa mil pesos? Este millón sobrante ¿quién lo recibió? ¿mis colaboradores?

Viene luego nuestra acción definida y concreta en el aspecto agrario: vamos a afectar las distintas propiedades del país de acuerdo con la ley. Sin salirnos de ella, se reparte la hacienda de Guaracha y anexas de los familiares del yerno del señor general Calles.

Viene también, por el gobierno, el desplazamiento del señor general Tapia de la Beneficencia Pública, por ser un elemento desorganizado, porque nos dejó aquella institución en una situación completamente ruinosa.

Y es entonces cuando todos estos individuos, sintiéndose afectados en sus intereses, no tienen otro camino más que el que últimamente han señalado: demostrar al gobierno que no tiene programa, que el gobierno no tiene control, que el gobierno va a arruinar al país. Y todas estas calumnias no tienen otro origen que el escozor que les causan los latigazos que han recibido de la propia Revolución por la necesidad de sanear el ambiente, para que el programa que se ha formulado pueda tener simpatías, no solamente de la clase trabajadora, sino aun de los indiferentes.

Viene en seguida la tala inmoderada de los bosques del estado de Michoacán. Hace una semana que visité los montes de Ocuilan, Méx., que pertenecen a dieciocho pueblos y suspendí allí mismo las explotaciones que tiene Agustín Riva Palacio.

Decretamos la restitución de las tierras de los pueblos indígenas de Mezquital, estado de Durango, en donde, contra el artículo 27 constitucional, el Ejecutivo local procedió a rematar en treinta y dos mil pesos, ciento noventa mil hectáreas de bosques por un adeudo de veintiocho mil pesos que tenían las comunidades. El ex presidente de los Ferrocarriles Nacionales formó entonces una compañía en la que incluyó a tres o cuatro funcionarios y fueron a la explotación de esos bosques, que acabamos de restituir hace cuatro o cinco meses a sus legítimos propietarios, los indígenas. Se sienten, pues, estos señores, afectados en sus intereses.

Hace pocos días se libraron órdenes para que a la Nieto y Melchor Ortega, sociedad que explotaba los bosques de los indígenas de Michoacán desde hace muchos años, se les cancelaran los permisos correspondientes, expulsándolos del estado por ser nocivos a los intereses de los indígenas y es natural que todos estos elementos, que se encuentran a los pies del hombre que ha querido operar una restauración, estén empeñados en esta acometida.

Yo digo al pueblo mexicano, a los grupos organizados: no hay por qué decretar la expulsión del país de ninguna persona; no hay por qué ir a pedir su prisión al territorio extranjero; el general Calles y sus amigos no son un problema ni para el gobierno ni para las clases trabajadoras. Y que éstas convengan en que es aquí, en territorio nacional, donde deben quedar esos elementos, ya sean delincuentes o tránsfugas de la Revolución, para que sientan la vergüenza y el peso de sus responsabilidades históricas.

México, D. F., 22 de diciembre de 1935

Lázaro Cárdenas del Río