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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1933 Una Política Social-Económica de Preparación Socialista.

José María Puig Casauranc

 

El señor diputado Ezequiel Padilla me pide, para el libro que está escribiendo acerca del modo de pensar de algunos de los hombres de la Revolución Mexicana, que sintetice y dé forma concreta a las ideas que le expuse en plática reciente, de febrero último.

No tengo inconveniente en hacerlo, aunque debo expresar que este memorándum no es sino un anticipo de un modesto estudio que tengo ya casi concluido, sobre los "controles del Estado", que a mi modo de ver han llegado a ser precisos para regular la vida económica de los países, en general, y muy particularmente del nuestro, si queremos completar y canalizar por nuevas vías económicas el pensamiento original de la Revolución Social Mexicana.

Desde principios del año próximo pasado (1932), cuando mi puesto de Embajador en Washington me permitía una butaca de primera fila para la observación de los fenómenos económicos y sociales que estaban produciéndose en el mundo entero, llegué a la convicción personal de que habían desaparecido ya fundamentalmente las resistencias originales que los Gobiernos y los individuos, lo mismo los conservadores que los liberales clásicos y los individualistas, en general, en materia política y económica, presentaban antes para el cambio de la "política social tradicional" por otra que venía apuntándose ya desde la guerra y que podríamos llamar "política social de preparación socialista".

Me convencí desde entonces de que sólo diferencias de forma y de táctica, en realidad, existían ya en el pensamiento filosófico y en la conducta que anima a la política económica de los "países guías"; creí y sigo creyendo que, aun separados por abismos aparentes, no había ya diferencia substancial definitiva de fondo, en materia económica, ni siquiera entre el régimen soviético y el régimen fascista: las dos estructuras que, aparentemente, repito, se hallan colocadas en los "extremos del arco tendido entre la vieja tradición parlamentaria y el nuevo concepto del Estado comunista ruso" para usar las palabras de un analista revolucionario mexicano, José Castillo Torre.

Creía yo también, desde entonces, que por un procedimiento o por otro, y con medidas más o menos drásticas, lo indiscutible era que ya desde principios de 1932, había variado fundamentalmente el concepto universal teórico primitivo de "la propiedad" y que por haber cambiado ese concepto, más o menos francamente "el Estado", en todas las latitudes del globo, intervenía de hecho cada vez con mayor frecuencia, amplitud y firmeza, en el ordenamiento y ajuste de los diversos veneros de la riqueza pública, por un variado sistema de "controles".

Manifestaciones inequívocas de esta intromisión, que hace apenas unos años habría parecido sacrilegio, por lo menos, eran: los monopolios cada día más variados y extensos de los Estados; la "socialización de industrias", lograda de hecho o por participaciones del Estado, hasta de un cincuenta por ciento en los beneficios que excedían a los autorizados por la Ley de diversas industrias: tabacos, fósforos, hidrocarburos, etc., etc.; controles drásticos, muy generalizados, del comercio exterior; prohibiciones de exportación de metales en barras y de moneda y giros; sindicalización obligatoria de productores, tanto obreros como capitalistas, etc., etcétera.

Sin negar, ni dudar siquiera, de la absoluta fatalidad del antagonismo original entre el capital y el trabajo, cuando por efectos de la crisis iniciada en 1929, el capital entró en plena y aguda crisis y dejó ya de significar posición de ventaja real y de ser fuente segura de ganancias en la gran mayoría de las inversiones y de las industrias, mi pensamiento fue poco a poco conducido a admitir que dadas las condiciones actuales de la humanidad, y en el ángulo forzado de la civilización maquinista y de crédito inflado y absurdo que hemos alcanzado, el conflicto más constante y que tal vez habría que remediar, ante todo, no era ya particularmente el conflicto clásico entre el capital y el trabajo, sino otro antagonismo más hondo y trágico entre dos términos más generales: producción y consumo.

La observación de numerosas industrias en las que, aunque no fuera sino por la condición de grave crisis existente, el capital se había humanizado, persistiendo no obstante y tan enconada como siempre, la lucha de clases; y el fenómeno cada vez más evidente de la naturaleza intergremial de los conflictos actuales entre los trabajadores, afirmaron mi convicción de que ya no es precisamente el antagonismo clásico entre capital y trabajo el que bastaría resolver para remediar las cosas, si no se atiende al otro conflicto más fundamental y moderno: el que se ahonda día a día entre la producción y el consumo.

Por los motivos que se quiera (que casi todos son bien conocidos y han sido admirablemente analizados), el hecho que no se puede negar es que se ha producido una evidente "dislocación" entre estos términos. Ahora bien, la existencia de esta dislocación conduce lógicamente al pensamiento de que los antiguos términos en conflicto: capital y trabajo, formando ambos parte necesaria y fatal del término "producción", podrían llegar quizás hasta ser armonizados si el proceso curativo del mal de la época no se detiene en el ajuste de las simples relaciones entre patronos y obreros, sino logra influir directamente y conseguir el equilibrio de la producción y el consumo.

No obstante que parece excesiva y que es seguramente desproporcionada la producción actual al poder adquisitivo del mundo, nadie podría afirmar que la producción supere o alcance siquiera para las necesidades reales de la humanidad. También aquí un centenar de circunstancias, bien conocidas de todos y que van desde el carácter internacional y agresivo de las industrias de hoy y la sobrecapitalización y sobremaquinización de las mismas, hasta la disminución del poder adquisitivo de la tercera parte del mundo por la desvalorización de la plata; también aquí, digo, el fenómeno social-económico, por la pluralidad de causas y por la mezcla de efectos, se complica y enreda casi hasta el absurdo; pero persiste en todos los casos como rasgo común, en la dislocación económica que sufre el mundo, el hecho de que la posibilidad de consumo se halla disminuida u obstaculizada hasta el extremo por la mala organización de la vida económica moderna, cuyas ruedas no se ajustan ya a las necesidades actuales. Los siguientes renglones de la vida económica universal son particularmente responsables del mal: crédito, moneda, transportes, almacenes de depósito, comercio interior y exterior. Cada uno de estos renglones constituye por sí mismo dificultades insuperables para colocar la producción -aparentemente sobrante- porque su valor aumenta escandalosamente desde la salida de la fábrica hasta que adquiere cada artículo el consumidor, alza artificial de precios que a su vez disminuye la capacidad de adquisición y que reacciona provocando clausuras de fábricas y paros, hasta cerrar el círculo vicioso del mundo económico de nuestros días caracterizado por estos fenómenos simplistas: "producción excesiva y "necesaria adquisición" imposible de satisfacer; es decir, ruina de industrias, millones de sin trabajo, y hambre y miseria colectivas: desnudos y hambrientos sin número, cuando nunca ha habido en el mundo más telas y zapatos sin vender ni más productos industriales y agrícolas de todo orden que se pudren en los almacenes, arruinando naturalmente de paso no sólo a los proletarios, sino al capital invertido por industriales, agricultores, banqueros, ferrocarriles y gobiernos.

Así las cosas y aunque no fuera sino por el derecho elemental que me asiste como a cualquier hijo de vecino, para lanzar yo a mi vez algo que parezca una teoría y para sugerir las líneas generales de un plan de acción (ya que casi nadie de mediana responsabilidad ha dejado de poner su mano, por indocta que ella sea, en el manejo teórico o práctico de tan trascendental problema); así las cosas, insisto, he venido yo también, desde principios del año pasado, imaginando un plan de acción del Estado que fundamentalmente condujera a cambiar los términos clásicos antagónicos de "capital y de trabajo", por los de "producción y consumo", lográndose la regularización y el ajuste del antagonismo por una decidida; valiente y completa intervención del Estado, sin atropello real ni dañino y menos con destrucción o desaparición de la propiedad individual.

Los detalles de ejecución concreta del pensamiento que comunicaba en charla (solicitada por él, como reportazgo para su libro), al señor diputado Padilla y que completaré alguna vez en el insignificante libro que preparo, serían los siguientes:

I. Control, por el Estado, de la producción, tanto industrial como agrícola, subsistiendo la propiedad individual y con un relativo manejo de los patronos, suficiente para garantizar plenamente sus intereses. Este control tendería a lograr:
a) Eficiencia verdadera para abaratar los costos.
b) Rendimiento conveniente y justo de trabajadores y de máquinas.
c) Exactitud en el conocimiento de los datos relativos a utilidades, para la fijación de impuestos, señalándose uno "normal", en cada industria, hasta cierto tipo de utilidad permitida sin sobrecarga fiscal y participando el Estado, en muy fuerte proporción, en las utilidades excedentes, para el fondo de seguro de paros, pensiones a trabajadores, enseñanza obligatoria y gratuita, pago de trabajo-estudio, etc., etcétera.
d) Remedio efectivo de las características penosas del salario actual: insuficiencia y eventualidad, por determinación de seguros de paro y de salario mínimo, con escala móvil para evitar, haciendo movible la escala, la burla que se produce para el trabajador por la subida de los precios.
e) Contratos colectivos exigidos y cumplidos por ambas partes, con todo rigor.
f) Sindicato obligatorio y único, de trabajadores y de patronos.

II. Control de crédito interno y exterior, por el manejo por el Estado y sólo por el Estado, de cambios, moneda, etc., con desaparición total de los organismos de crédito o de operaciones de cambio de particulares.

III.-Control del comercio exterior, como fuente original de crédito para el cumplimiento del punto II.

IV.-Control absoluto de transportes de larga distancia, de los aprovisionamientos generales y de los almacenes de depósito, dedicando parte principal de los beneficios obtenidos por este control y los anteriores, a un aumento real de los salarios (consistente en mayor cantidad de dinero recibida por el obrero o en menor número de horas de trabajo), al seguro de paro y a beneficios adicionales del capitalista productor. Por este control y por el señalado en el punto III, sólo subsistiría el pequeño y mediano comercio, quitándose del campo de la iniciativa privada los grandes almacenes de depósito, es decir, los acaparadores.
Como renglón de programa local, mexicano por las circunstancias peculiares de México, de productor principal de la plata del mundo:

V.-Acuñación libre de plata, prohibición absoluta de exportación del metal en barras y restauración del peso del viejo cuño mexicano, o si fuera posible, establecimiento de una nueva moneda de 900 milésimos.

El objetivo concreto de este plan apenas esbozado, pero que a mi modo de ver completa, cuando no cristaliza, el pensamiento original de la Revolución Mexicana: lograr el mejoramiento de las grandes colectividades; el objetivo concreto, insisto, sería establecer una política social de preparación socialista, orientada a emancipar de las formas orgánicas específicas del capitalismo a las fuerzas sociales. Por eso habría necesidad de redondear el proyecto con aquellas medidas que condujeran a la conquista, por el Estado y para la tendencia socializadora, de elementos estrictamente técnicos administrativos, que unidos a los obreros y al fin de cuentas a los patronos mismos, hicieron posible una armonía orgánica entre el capital y el trabajo, unidos ahora en una causa común, la de la producción, en contra de los intermediarios parásitos que dificultan o estorban el consumo.

Como medios lógicos de esta conquista tendría que procurar el Estado la socialización de la enseñanza, con obligatoriedad hasta la Secundaria, estableciéndose compensaciones del trabajo-estudio para la manutención del estudiante después de la primaria, a cuenta del Erario.

Esta es, a grandes rasgos, la esencia de mi plática con el señor diputado Padilla.
Si el propósito: acrecentar la riqueza de México canalizándola hacia el Estado y controlándola por el Estado, se lograría o no con este plan, esto ya no es, naturalmente, materia ajuicio mío, ni siquiera propósito de discusión o de polémica por mi parte.

La objeción fundamental que a un plan de esta naturaleza habría podido hacerse lógicamente ya no sólo hace años, sino aun hace meses: "la intromisión del Estado en el sagrado derecho de la propiedad individual" resultaría ahora postura ridícula si no fuera trágica para el capitalismo clásico, después de los sucesos de dictadura real, económica y bancaria en los Estados Unidos, dictadura a que ha sido preciso llegar porque el régimen económico del mundo, en sus formas clásicas, no está ya solamente manido, sino cayéndose a pedazos.

Por otra parte, si mi postura particular está o no dentro de la tendencia fundamental filosófica y práctica de la Revolución Mexicana, son los representativos o los directores de esta Revolución quienes deben juzgado, y yo, desde luego, me someto con toda disciplina a este juicio. También, naturalmente, nuestra Constitución fija normas que debemos obedecer lealmente mientras ellas existan. Por último, miembros de un Partido como somos, su voluntad es nuestra ley, y nuestro pensamiento filosófico, aun expresado con la mayor libertad e independencia, en nada afecta esa disciplina.