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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1931 “No ha Fracasado la Revolución” Lázaro Cárdenas, Presidente del Comité Ejecutivo Nacional Revolucionario a Luís Cabrera, Publicada en el Periódico El Nacional

Febrero 1ª de 1931

EN DISTINTAS OCASIONES y en forma sistemática, que revela un acuerdo de propósitos entre algunas personalidades de antigua estirpe revolucionaria, pero que por errores políticos o por otras razones, de todo mundo conocidas, se han apartado o han sido apartadas del régimen que gobierna a la República, éstas se han entregado a la tarea de deturpar a la Revolución especialmente en cuanto toca a la obra de gobierno realizada en la última década: esto es, desde el advenimiento del régimen que fue presidido por el inolvidable caudillo revolucionario, Gral. Álvaro Obregón.

Entre estos hombres que se han erigido en críticos de la obra de la Revolución, se destacan, por su malicia, los señores Lic. Antonio Díaz Soto y Gama y Lic. Luís Cabrera.

El anhelo insaciable de promover la resurrección de épocas que definitivamente han pasado; el afán de reconstruir grupos que cumplieron su misión y que ahora pertenecen igualmente a nuestro pasado histórico, y por sobre todas las cosas, el ansia de restituir situaciones políticas que pudieran series propicias para polarizar voluntades y formar de ese modo núcleos de acción política, son las causas que mueven a estos hombres a perturbar la tranquilidad que felizmente impera en la República en este año señalado perspicazmente por el Primer Mandatario de la nación como un año esencialmente propicio para que todos los ciudadanos del país se entreguen a la obra fecunda de la reconstrucción nacional, ya que no existen motivos de agitación electoral que ameriten inquietud política alguna.

Como presidente del Partido Nacional Revolucionario, que es el organismo político de la Revolución, juzgo de mi deber tomar a mi cargo la defensa del régimen revolucionario, así en lo que toca a la obra política, social, económica y cultural que éste ha realizado, como en lo que ve a la gestión de los hombres representativos de la Revolución, no sólo en el momento histórico actual sino en todo el curso de la era revolucionaria.

Principiaré para ello denunciando públicamente las conferencias y artículos periodísticos producidos recientemente por los señores Lic. Antonio Díaz Soto y Gama y Lic. Luís Cabrera, así como otras manifestaciones de crítica acerba, injusta y despiadada que elementos divorciados ya de nuestro régimen están haciendo a la Revolución como manifestaciones que no obedecen al propósito legítimo de señalar los errores o deficiencias que pudieran observarse en la obra de la Revolución, sino simplemente al deseo de hacer que cuaje una maniobra puramente política.

Con esta maniobra política se pretende:

1) Distanciar al jefe del Estado de los hombres representativos de la Revolución que, dentro o fuera del engranaje oficial, comparte con el Primer Mandatario las responsabilidades del poder;
2) Proclamar el fracaso de la Revolución como causa para justificar la creación de un nuevo órgano político que se avoque a la defensa y consolidación de los principios revolucionarios, y

3) Provocar por medio de la desorientación, la resurrección de situaciones que permitan la preeminencia de los políticos a que aludo, mediante la incorporación, dentro de su grupo, de cuantos elementos han sido excluidos del régimen revolucionario por su participación en los últimos movimientos facciosos que se han registrado en la República.

El objeto de estas aclaraciones es el de preparar a la conciencia pública para que sepa medir y valorar las críticas que se enderezan a la obra de la Revolución.

El Sr. Lic. Cabrera, dominado por la pasión que no le permite contemplar la bondad de una obra de gobierno más que en aquellas administraciones donde tuvo cabida su colaboración, sólo encuentra la obra de la Revolución en el espíritu de Madero y en la actuación de Carranza. Para él, las libertades otorgadas en tiempo de Madero -y particularmente la libertad de imprenta- y la tarea de Carranza, que finca Cabrera en su gestión económica, constituyen lo único positivo que ha legado el régimen revolucionario al pueblo mexicano.

Para el PNR la obra de Madero y la obra de Carranza merecen tanto respeto como la obra que más tarde realizaron Obregón y Calles y como la que actualmente se lleva a cabo bajo la égida del Presidente Ortiz Rubio.

Sólo que ha sido tan poco afortunado en sus juicios el Lic. Cabrera, que al señalar la obra de Madero y de Carranza, olvida lo que tuvieron de esencial y trascendente para fijarse en lo circunstancial o deleznable.

Madero, abriendo las puertas de la libertad política en la vida ciudadana de México, aporta un caudal precioso que ha de contarse siempre en el «haber» de la Revolución. Más olvida el extinto Blas Urrea que aquella libertad política, convertida en libertinaje, reanimó a la reacción vencida y con ello engendró la rebelión de Orozco, los cuartelazos de Veracruz y de la Ciudadela, y finalmente, el asesinato de los Primeros Mandatarios del país con el consiguiente desencadenamiento de la Revolución de los años 13 y 14, que representan la más fuerte conmoción registrada en el curso de nuestra historia.

Y en lo que respecta al Sr. Carranza, el Lic. Cabrera se desentiende de lo que representa históricamente la figura del Primer Jefe de la Revolución constitucionalista, para señalar su gestión económica, que es, precisamente una de las deficiencias más notables que se advierten en la administración de Carranza.

Claro es que el Sr. Lic. Cabrera intenta, con habilidad, defender su propia actuación cuando la escuda en la figura de don Venustiano Carranza. Pero ni así podrá olvidarse que los grandes despilfarros que se llevaron a cabo no vinieron a evitarse sino hasta después de fenecida la administración del Presidente Carranza. Y tampoco podemos olvidar los rudos golpes que se dieron al crédito público durante la época del ministro de Hacienda que hoy defiende la gestión económica del extinto mandatario.

La malicia, por no calificar de perfidia con que proceden los señores Díaz Soto y Gama y Cabrera pretendiendo dislocar al régimen revolucionario -eminentemente revolucionario- que nos rige, se exhibe por sí misma en las frases del reciente artículo del Sr. Soto y Gama en que habla de que existen elementos morbosos que impiden la labor reconstructiva del Sr. Presidente.

Para los revolucionarios esta táctica no es extraña. La ha empleado siempre la reacción. Alabar al jefe del Estado y denigrar al régimen que el mismo mandatario preside o a los hombres que dentro o fuera del Gobierno comparten con él las responsabilidades del poder, parece ser la forma más cómoda y expedita de provocar una escisión dentro de un régimen de gobierno.

 Y los señores Cabrera y Díaz Soto y Gama demuestran haber aprendido muy bien la lección. Sólo que también nosotros conocemos el juego. Y pueden, por lo mismo, esos señores, esperar pacientemente a que la Revolución se divida. Ella no se fraccionará más. Y precisamente por eso el régimen actual que conoce cuáles son las maquinaciones que se urden en su contra, tiene que ser cauto en sus procedimientos y aun severo con quienes han incurrido en delitos políticos y prosiguen, contumaces, su insidiosa tarea.

No sería posible que en los límites propios de un artículo periodístico se diera respuesta a cada uno de los puntos en que apoyan sus críticas y censuras los señores de que me ocupo. Me propongo por lo mismo responder en artículos subsecuentes a sus aseveraciones constriñéndome por hoy a aludir a las que más hubieran podido impresionar a la colectividad. *

Afirma el Sr. Lic. Cabrera que “no tenemos ejército ni lo hemos tenido nunca, ni lo podremos tener en un medio de desigualdad social”. La pasión política ha hecho olvidadizo al ex secretario de Hacienda. No recuerda ya que gracias al fervor revolucionario del Ejército (del Ejército que se integró restando a los campos y a las ciudades hombres de sana sangre proletaria) y que merced al sacrificio de los que fueron al campo de lucha para lograr la justicia, él -el Lic. Cabrera-, escaló altos sitiales y pudo comunicar a sus palabras, durante el régimen del Sr. Carranza, la autoridad que representa el respaldo del sacrificio de miles de soldados. Mucho tiempo el Sr. Lic. Cabrera habló en nombre de los luchadores que conquistaron para él y para sus correligionarios el poder, y ahora los niega.

No ha reparado, también, el Sr. Cabrera, en los señalados acontecimientos que precedieron a la era institucional en que actualmente se desarrolla la vida pública del país. El Ejército de la Revolución supo vencer varios intentos armados de reacción; supo depurarse una vez más para aportar al sostenimiento de la legalidad un organismo sólidamente estructurado, provisto de estrictas disciplinas y fiel guardián de su propio honor y del honor de la patria.
Y no quiere saber, por último, el Sr. Cabrera, de la obra social que el Ejército realiza en estos momentos: que los cuerpos revolucionarios abandonan el rifle en esta hora de paz, para embrazar la pala y el zapapico, abriendo carreteras, colaborando en la construcción de presas y colocando su esfuerzo al servicio de toda empresa reconstructiva

El sectarismo del Sr. Lic. Cabrera le hace olvidar que en un régimen de gobierno como el de México, ningún secretario de Estado puede realizar una obra, si no es por acuerdo del Presidente. La obra de Vasconcelos es la obra del Presidente Obregón, que corrige uno de los errores más graves cometidos en la época del Sr. Carranza, y corrige, asimismo, las deficiencias que en materia educacional distinguen a la dictadura del Gral. Díaz.

El porfirismo se preocupó por crear centros culturales en la capital de la República, y abandonó la educación de la gran colectividad nacional. La Revolución, con Carranza, se ha hecho acreedora a una censura: suprimió la Secretaría de Instrucción Pública, que sólo tenía jurisdicción en el Distrito y Territorios Federales, y confió la educación nacional sobre todo en lo que atañe a la alfabetización de las masas y la instrucción primaria, al esfuerzo de los ayuntamientos y de los gobiernos de las entidades federativas. Y fue el Gral. Obregón quien, apoyando primero la reforma constitucional que hizo posible la creación de un ministerio de Educación Pública con jurisdicción federal, y apoyando después la gestión de su ministro en el ramo, Vasconcelos, rectificó, repito, el error cometido en 1917. Y la obra educacional emprendida en el periodo de gobierno del Presidente Obregón, se intensificó durante el gobierno del Presidente Calles, proyectándose particularmente sobre los centros rurales del país, que desatendió, inclusive, Vasconcelos. Como una prueba de este aserto, están ahí las Escuelas Centrales para la educación agrícola e industrial,  creadas durante la administración del Gral. Calles; establecimientos destinados a la preparación técnica de los campesinos.

Y esta orientación en favor de la elevación del nivel cultural de las masas populares y de su preparación técnica para artes y oficios, indispensable en la vida moderna, es la que caracteriza a la gestión del régimen del Presidente Ortiz Rubio.

En el sector económico, el régimen revolucionario ha debido abordar, como sucede en todos los demás ramos de la actividad nacional, por distintos períodos en la época en que fue secretario de Hacienda el Sr. Lic. Cabrera, quizás a causa de la rudeza con que se desarrolló el movimiento revolucionario, no pudo atenderse ni a la depuración y ordenamiento del régimen administrativo, ni menos aún a la rehabilitación del crédito nacional. Era general la costumbre perniciosa de las dádivas, de las canonjías, de las grandes derogaciones sin justificación alguna; y ni siquiera se pergeñaba la posibilidad de abordar el problema del crédito. Y sólo hasta la administración del Gral. Calles fue posible imprimir severa disciplina a los manejadores de los fondos públicos, organizar sistemas de control para evitar filtraciones del tesoro, establecer un positivo equilibrio presupuestal e introducir una política de eficiencia y de modestia democrática. Y es ahora, bajo el régimen del Sr. Presidente Ortiz Rubio, cuando se enfocan con resolución todos los problemas inherentes a la rehabilitación de la economía del Estado y de la economía de la nación.

La gestión proletarista de la Revolución se inicia propiamente en 1920. Hasta entonces es posible advertir que la política del régimen se orienta en el sentido de un franco apoyo a la organización sindical de las masas y de una atención sostenida hacia sus legítimas aspiraciones, si bien, con anterioridad, la doctrina social de la Revolución había plasmado en la Carta Magna.

En cuanto a la política agraria, ésta se ha venido ordenando a modo de precisar su técnica y eliminar los errores que en un principio pudieron advertirse sin que por ello deje de continuar el Gobierno la dotación y restitución de tierras que en derecho corresponde a los pueblos.

Hoy, esa política se corona promoviendo la intensificación de la productividad del suelo por medio del mejoramiento de los sistemas de cultivo y regadío, de la colectivización de las explotaciones agrícolas y de los beneficios del crédito rural más ampliamente repartidos.

Sin duda que el Sr. Lic. Cabrera, abstraído en su despacho por el estudio de arduos problemas profesionales, no ha tenido oportunidad de recorrer someramente, ni siquiera a través de las noticias de prensa, los innumerables caminos vecinales, interestatales y nacionales, que está construyendo el régimen revolucionario.

Durante el período gubernativo del Sr. Carranza, las condiciones de la hacienda pública impidieron a la administración intentar el trazo de carreteras. Esto no es, ni pretendería jamás serio, un cargo al régimen del Sr. Carranza; es, simplemente, un dato que demuestra que el fomento de estas vías de comunicación es reciente.

A partir del gobierno del Sr. Gral. Calles, la estabilidad presupuestal, lograda gracias a una conveniente gestión hacendaria, permitió invertir grandes sumas en la construcción de carreteras las que conectan a México con sus fronteras, ya las cuales alude el Sr. Cabrera, y son tan sólo los ejes de vastos sistemas de caminos" que ligarán entre sí a las poblaciones establecidas en las zonas circunvecinas.

“En el capítulo de riegos -afirma la crónica en que se da cuenta de la conferencia pronunciada ayer por el Sr. Lic. Cabrera -, El Gobierno porfiriano no hizo obras de ningún provecho para la agricultura; las presas actuales que tienen por objeto aprovechar las aguas paro el fomento de la pequeña agricultura no son obra de la Revolución, sino del periodo constitucional...”

Ciertamente, dada la sutileza que emplea el Sr. Lic. Cabrera en su dialéctica, no comprendo hasta dónde hace llegar la obra de la Revolución y desde dónde comienza el período del Gobierno constitucional.

Según el criterio que mantenemos la generalidad de los revolucionarios, la obra de la Revolución comprende desde la iniciación de ésta hasta el Gobierno actual que, como los anteriores, emana de la Revolución misma.

Si esto no fuera así, entonces sí se comprenderían las críticas que el Lic. Cabrera endereza a la Revolución, pues tal querría decir que para el viejo político de que me ocupo, no se entiende por Revolución más que el accidente armado que en distintos momentos ha hecho conmover a la República.

Para concluir, quiero dejar asentado, una vez más, que el PNR vería con el mayor agrado que los elementos conservadores, o los francamente reaccionarios, se decidieran, al fin, a dar forma a sus organizaciones políticas, para contender, en el curso de nuestra vida pública, con el organismo político de la Revolución. En cambio, el PNR tiene que señalar como perniciosa para la obra del régimen revolucionario toda labor que con el pretexto de defender la moral y la integridad de los principios revolucionarios, no se encauza en realidad, más que a promover, aun cuando sea ingenuamente, una escisión, dentro del régimen emanado de la Revolución.

A 31 de enero de 1931. LÁZARO CÁRDENAS.