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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1931 Balance de la Revolución. Luís Cabrera

Enero 30 de 1931

Conferencias pronunciadas en la Biblioteca Nacional de México

Con motivo del aniversario de la Revolución de 1910, publiqué en uno de los diarios de esta capital un estudio denominado El Balance de la Revolución, trabajo sumamente imperfecto e incompleto, de índole más bien periodística, y que fue poco conocido pues pasó inadvertido aun para la mayor parte de los lectores asiduos del periódico en que se publicó.

Nada habría más de acuerdo con los propósitos del organizador de estas conferencias y quizá con los deseos de mis oyentes que el poder hacer en esta conferencia un verdadero balance de la Revolución, perfeccionando o redondeando las ideas expresadas en dicho artículo; pero ese trabajo podría asumir las proporciones de un verdadero libro, y rebasaría los límites de una conferencia como la que debo sustentar aquí.

Teniendo pues que concretarme y reducirme al tiempo en que humanamente puedo contar con la atención de mis oyentes, me propongo concretar, resumir y simplificar las ideas contenidas en ese artículo, echando una ojeada de conjunto no tanto sobre lo que ha hecho la Revolución cuanto sobre lo que falta para hacer.

Tal es el objeto de esta conferencia.

Al lanzar una mirada hacia atrás sobre una obra en que todos hemos puesto nuestras manos, es muy humano caer en la tentación de entusiasmarnos por las hazañas pasadas y vanagloriarnos de nuestras actividades, aun cuando en muchos casos los resultados alcanzados hayan sido ajenos a nuestros esfuerzos.

Debo, por el contrario, no caer en la vulgaridad de alardear de lo hecho. Mi obligación y la obligación de todos los revolucionarios, es ver hacia adelante para procurar entender los problemas actuales y nuestros deberes en lo futuro.

La Revolución ha terminado; pero la tarea no ha concluido. Lo que falta por hacer es más importante que lo que se ha hecho, y no es tiempo todavía de sentamos a descansar en domingo creyendo que hemos acabado la creación del mundo.

En ciertas ocasiones se me tachará de pesimista cuando diga yo que la Revolución no ha logrado su objeto en esto o aquello pero cuando tal rosa diga, no lo haré acusando un fracaso, sino señalando una labor incompleta, lo que la Revolución no ha podido terminar.

Mis oyentes no escucharán de mis labios nada que no sepan ya. El propósito de esta conferencia no es el de aportar nuevos hechos desconocidos, sino el de mirar en conjunto la labor desarrollada, tarea en la cual aparecerán nuestras glorias y nuestros actos bien pequeños y mezquinos, como vistos a distancia.

A este respecto puedo decir ahora lo que ya he dicho en otra ocasión al hablar de mi propia labor como escritor revolucionario:

Esa labor no es obra mía. Es una mera traducción de las ansias de libertad y de los sueños de redención de muchas generaciones de mexicanos que hablan por mi boca. El único mérito que me toca, es interpretar, y haber tenido el valor de decir lo que muchos sentían y anhelaban vagamente en la época en que yo escribía.

Como toda obra de vaticinio, su procedimiento de formación consistió en abrir francamente mi alma al sufrimiento de mis compatriotas y mis oídos a sus quejas. La forma, el método, el lenguaje, la retórica, el estilo, las palabras, en fin: eso fue lo que yo puse. Las ideas, los sentimientos, las indignaciones, las esperanzas, la fe: eso era de ellos. Yo no tuve que hacer otro esfuerzo que el de sinceridad y honradez al dar forma a sus deseos, traduciendo leal y fielmente lo que la voz del pueblo me dictaba, voz que pude oír y entender porque afortunadamente la humildad de mi cuna me había permitido vivir en mi juventud la verdadera vida de nuestras clases bajas.

Por los ideales así expresados, muchos esforzados varones de magno ánimo ofrendaron y dieron su vida, y muchos millares de mártires anónimos, fueron sangrientamente inmolados; justo es pues, que sean ellos los que juzguen y los que digan si su voluntad se ha cumplido, o si cuando menos los hombres encargados de realizada, cumplieron con su deber, poniendo al servicio de las libertades de su patria, toda su voluntad, toda su inteligencia y todo su corazón.

IDEAS GENERALES SOBRE UNA REVOLUCION

En otra ocasión he tratado de definir lo que es una revolución. Pues hay que precisar los conceptos con objeto de evitar que se profane el nombre de Revolución, confundiéndola con otras diversas formas de alteración de la paz:
Una revolución es la rebelión de un pueblo contra la injusticia de un régimen social o económico. Las revoluciones las hacen los pueblos para salir de una condición de servidumbre o de inferioridad en que los tiene sumidos un régimen. Mas como todo régimen está representado y sostenido por un gobierno, las revoluciones aparentemente tratan de derrocar gobiernos: pero en el fondo su objeto esencial es cambiar las leyes y las costumbres para establecer otras más justas.

Una revolución podría teóricamente hacerse pacíficamente, sin derrocar a un gobierno. Las más de las veces las revoluciones abarcan varios gobiernos, y por su misma naturaleza no son instantáneas, sino que pasa tiempo, a veces muchos años para que se realicen y consoliden. Las revoluciones las hacen los pueblos contra el Ejército que apoya un régimen opresor. Los cuartelazos los da el Ejército casi siempre contra la voluntad del pueblo. Las revoluciones, en fin, son movimientos sociales profundos, más que políticos, y sus fines no son tan mezquinos que se conformen con un cambio de gobierno, sino que aspiran a la derogación de las grandes inquietudes sociales y económicas que son la causa de la servidumbre de los sectores populares.

Tal fue la Revolución francesa, tipo mundial e histórico de revoluciones. Tal fue la Revolución de Dolores, que comenzada en 1810, no terminó hasta 1821. Tal fue la Revolución de Ayutla, que comenzada en 1854, no terminó realmente hasta 1867. Tal es la Revolución de 1910, que aún no puede terminar.

En algunos casos se ha profanado el nombre de la revolución. Durante 30 años, mientras gobernó el Gral. Díaz, todos, al referirse a sus pronunciamientos les llamaban «la revolución de la Noria», «la revolución de Tuxtepec»; pero la historia, que no conoce de bajezas, dice ahora «el plan» de la Noria, «el plan» de Tuxtepec, reconociendo que aquellos no fueron más que «planes» para escalar el Gobierno. Recién muerto Madero, los periódicos de la época siempre aludían a «aquello» diciendo: «la revolución de la Ciudadela». Pero cuando Félix Díaz se distanció de Huerta, pasó de moda el término, y aun a pesar del miedo que inspiraba el tirano, nadie se atrevió a llamar revolución al golpe de mando dado por Huerta y Blanquet en el Palacio Nacional.

Condenado, pues, el abuso de la palabra revolución, diremos que los cambios de gobierno hechos por la fuerza armada son de 2 clases: insurrecciones y cuartelazos.

Insurrección es el levantamiento en armas de un hombre o de un grupo de hombres desconociendo a un gobierno y con propósito de derrocado. Generalmente las insurrecciones se hacen con fuerzas irregulares armadas para el caso. Cuando los levantados en armas son militares que se alzan con sus fuerzas, la insurrección se llama pronunciamiento. En la historia de México se cuentan más de mil pronunciamientos desde 1821 hasta 1921, mientras que apenas se cuentan 3 revoluciones.

Cuando el derrocamiento de un gobierno se hace por medio de un golpe de mano dado por las fuerzas mismas encargadas de la defensa de ese gobierno, entonces se dice que éstas han dado un cuartelazo.

Hay, por supuesto, otros muchos matices que no hay para que discutir aquí. Golpe de Estado se llama, por ejemplo, al desconocimiento de un poder por otro: casi siempre el Ejecutivo es el que desconoce al Legislativo y al Judicial; pero también se dan casos de que el Legislativo, apoyado por el Ejército, desconozca al Ejecutivo.

Una revolución no surge nunca de uno de los poderes, sino de elementos extraños al Gobierno, y casi siempre desconoce a todos los poderes: como que desconoce al régimen mismo y aun las leyes vigentes.

Una revolución es, pues, una crisis en el desarrollo histórico de un pueblo. Por su naturaleza, la revolución es transitoria y se encuentra limitada por 2 épocas de evolución pacífica, casi siempre 2 largos períodos de tranquilidad y de paz social.

Los propósitos de una revolución son siempre transformar un régimen económico, social o político, reconocidamente injusto, por otro que se cree más apropiado para el desarrollo futuro del país.

Por eso la revolución requiere siempre la suspensión, de hecho, del funcionamiento de las instituciones constitucionales y de la administración de justicia.

Las reformas verdaderamente trascendentales para los pueblos nunca se han hecho, ni podrán hacerse jamás, por procedimientos legales y constitucionales, porque precisamente tienden a modificar los principios de derecho o de política que privan en ese momento histórico, y para desterrar esos principios se necesita el uso de la fuerza.

Toda revolución tiene, pues, 2 aspectos, y por consiguiente, 2 etapas: el período destructivo y el período legislativo.

El período destructivo se caracteriza por el uso de la fuerza y por el desconocimiento del derecho, lo cual parece, al principio, un absurdo.

El período de destrucción se emplea en derrocar por la fuerza de las armas el poder militar, económico, político o religioso de un régimen.

Esta destrucción es naturalmente ilegal, juzgada conforme a los principios anteriores, y como acto de fuerza no solamente trae todas las consecuencias de la guerra civil, sino que llega hasta el asesinato, el robo, el saqueo, la expropiación y el relajamiento de las costumbres, y causas, por consiguiente, el espanto de los conservadores amenazados y la desconfianza de las naciones que no están en revolución.

Durante el período legislativo, pero todavía por medio de la fuerza y fuera de las normas prerrevolucionarias, la revolución convierte en leyes los principios o ideales que le dieron origen.

Cuando esos principios han quedado incrustados en las leyes fundamentales del país, y cimentados por la aceptación o sumisión de los vencidos, puede decirse que la revolución ha terminado.

Porque las revoluciones terminan por su propia naturaleza: son transitorias. Un país puede soportar muchos cambios de gobierno, y en algunos, las crisis ministeriales son el pan nuestro de cada día; pero las revoluciones no pueden repetirse sin poner en peligro la nacionalidad.

En los países como el nuestro, donde las revoluciones son necesarias, éstas constituyen un procedimiento de roza para la nueva vida de la nación; pero aun en los países tropicales, donde la maleza ahoga los cultivos y donde la roza asume proporciones de incendio, no puede decirse que la roza sea la agricultura misma, sino un mero procedimiento de destrucción de la maleza para poder obtener de la tierra lo que el hombre necesita para su sustento. Pero después de haber rozado, el hombre se prepara a sembrar.

La aplicación de estas ideas generales a la Revolución mexicana nos hace dividir ésta en los siguientes períodos: 1) de 1906 a 1910, pródromos de la Revolución. 2) De 1910 a 1917, período de destrucción. 3) De 1917 a 1927, período de legislación.

En lo sucesivo, la Revolución puede considerarse terminada y se abre el período de reconstrucción sobre las nuevas bases establecidas por la misma Revolución.

CAUSAS DE LA REVOLUCION

Las causas verdaderas de una revolución no son aparentes ni se conocen fácilmente: se analizan y se definen casi siempre a posteriori.

Las revoluciones comienzan por actos inconscientes de las masas, casi siempre motivadas por un malestar económico y que asumen aspectos suicidas, dada la desproporción entre los medios de represión con que cuenta el poder público y la debilidad y desorganización de los rebeldes, cuyos actos tienen los caracteres de la delincuencia.

Los levantamientos de Jiménez, de Las Vacas, de Acayucan, las incursiones casi ingenuas de los Flores Magón, fueron pródromos de la Revolución de 1910.

En el terreno de las ideas, los estudios de los sabios y sus opiniones de gabinete no constituyen el origen de una revolución. Las ideas de Rousseau y de los filósofos de la Enciclopedia no fueron el principio de la Revolución francesa, sino meras teorías utópicas, que más tarde habrían de ser aprovechadas como bandera por la Revolución de 1789.

Don José María Luís Mora, uno de los pensadores más grandes que ha tenido México, estudiaba ya en 1831 la nacionalización de los bienes del clero, y sin embargo, no puede considerársele como iniciador intelectual de la Guerra de Reforma, que fue la Revolución de Ayutla.

Don Juan Álvarez no sabía ni siquiera que don José María Luís Mora hubiese escrito su famoso estudio sobre los bienes del clero, premiado por el Congreso de Zacatecas. Ocampo sí lo sabía.

En muchos casos, los iniciadores de una revolución no sólo desconocen las verdaderas causas del malestar social que la producen, sino que niegan expresamente que sus actos persigan tales o cuales propósitos de reforma social, aunque los hechos se encargan más tarde de probar que los iniciadores mismos obraron inconscientemente en cuanto a las causas profundas de la revolución y en cuanto a los ideales que perseguían inconscientemente también los que los siguieron.

Don Miguel Hidalgo y Costilla no pensó en la independencia absoluta de México ni menos en la forma republicana. Don Juan Álvarez no pensó en la separación de la Iglesia y el Estado; y el mismo don Francisco I. Madero declaró repetidas veces que la oligarquía científica no tenía ningún poder y que el pueblo mexicano no pretendía reformas agrarias. Por eso hay que hacer justicia a los precursores intelectuales de una revolución, y más cuando estos precursores ven claramente que sus ideas no pueden convertirse en instituciones sino por medio de una revolución.

Entre los precursores intelectuales de la Revolución de 1910 es costumbre listar a los escritores y periodistas que siempre se mantuvieron en actitud de oposición contra el Gobierno del Gral. Díaz, protestando contra su tiranía, aun en aquellos tiempos en que la autoridad de él era indiscutible y en que todo el país aceptaba espontáneamente su gobierno. Estos no fueron, sin embargo, los precursores intelectuales de la Revolución. Miraban más bien al pasado, apuntando a la ilegalidad de origen ya los errores políticos del Gral. Díaz; pero no predicaban una verdadera revolución. Su mérito consistió en haber mantenido ardiendo el fuego del antirreeleccionismo; pero no contribuyeron a preparar la revolución económica y social que en seguida se desencadenó.

Entre estos podemos mencionar, sin emitir juicio sobre ellos, a Iglesias Calderón, a Ciro B. Ceballos, a Daniel Cabrera, Filomena Mata y a los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón. Todos ellos tienen su lugar en la historia, como representantes de la inflexible rebeldía contra la dictadura y contra el continuismo del Gral. Díaz; pero el movimiento intelectual que preparó la Revolución de 1910 en lo político, fue ajeno a la labor de los periodistas e historiadores antes mencionados, como el movimiento de insurrección de don Francisco I. Madero fue independiente y ajeno por completo a los movimientos insurreccionales de 1906.1

Precursores democráticos. Entre los documentos históricos que contribuyeron a despertar el espíritu democrático en el año de 1908, merece especial mención la Entrevista Creelman, que fue realmente la que abrió el campo a la discusión de la sucesión del Gral. Díaz por procedimientos democráticos y a la organización de partidos políticos que creyeron llegado el momento de aspirar al Gobierno cuando faltara el Gral. Díaz.

Después de la Entrevista Creelman y coincidiendo con la organización de los primeros partidos políticos aparecieron diversos documentos, que en mi concepto contribuyeron al despertar de la opinión pública, y de los cuales menciono los siguientes: El Partido Democrático, por Francisco de P. Sentíes. Cuestiones electorales, por el Lic. Manuel Calero, La reelección indefinida, por el Lic. Emilio Vázquez. ¿Hacia dónde vamos?, por el Lic. Querido Moheno. México tal cual es, por Carlo de Fonaro, y La sucesión presidencial en 1910, por Francisco I. Madero.

A todos estos los llamo yo documentos históricos que prepararon el movimiento y la opinión dentro del campo exclusivamente político en el sentido de una renovación democrática del Gobierno. Se trata en todos ellos de la necesidad de efectuar un cambio de gobierno por medio de procedimientos democráticos.
El problema político de México. La situación de México en los días del Centenario de 1910 puede resumirse diciendo que existía un indiscutible malestar que trajo un principio de crisis política exacerbada por la discusión que había comenzando 2 años antes sobre la sucesión del Gral. Díaz y por la organización de los diversos grupos políticos que se proponían recibir la herencia política del dictador.

El problema se estudiaba, sin embargo, con tal facilidad y con tal desconocimiento de las condiciones verdaderas de lo que era o se creía que era el pueblo mexicano, que puede decirse que el problema se planteaba en un terreno puramente teórico y utópico, sin tomar en cuenta las dificultades materiales del sufragio, más allá de la capacidad de leer y escribir. Y sin embargo, el problema político era sumamente complejo.

Una población compuesta de elementos heterogéneos con un 15 % de indígenas un 60% de mestizos y un 25% de criollos y extranjeros, de la cual, el 75% era analfabeto, no podía constituir una nación propiamente dicha ni menos podía considerarse como un pueblo desde el punto de vista político y democrático. 2

México era lo que ahora se llama un pastel azteca: hasta el fondo una capa de indios analfabetos, y lo que es peor, que ni siquiera hablaban el español; a continuación otra capa de indios en período de comunidad semicivilizada, agrupados bajo el cacique; en seguida, una capa de indios mestizos campesinos, esclavos de la tierra; luego, una capa heterogénea de rancheros pobres, arrieros, obreros y sirvientes, todos ellos esclavos de la tienda, de la fábrica o de la hacienda; después una oblea casi impalpable de clase media, pequeños comerciantes y profesionistas; luego, la maciza capa de terratenientes ausentistas, y por encima, la pesada capa de extranjeros comerciantes, industriales, mineros, banqueros y empresarios, todos con intereses en México, pero insolubles en el medio de nuestra raza.

Para todas estas clases de tan diferente nivel de cultura, había que encontrar una sola fórmula legal, una constitución, un código civil y un código penal que pudieran aplicarse a todos por igual y con los cuales pudieran resolverse no solamente los conflictos existentes entre individuos de la misma clase, de indio a indio, de labriego a labriego, entre arriero y zapatero, sino lo que era más difícil, los conflictos surgidos entre un individuo de una capa inferior y otro de una superior.

El problema político era de imposible solución. La adoptada por el Gral. Díaz consistía en tener una Constitución y un sistema legal meramente teóricos, que solamente eran aplicables por completo a los extranjeros y a los criollos en la parte declarativa de derechos; y a los indios y a los mestizos, en la parte represiva.

El resultado tenía que ser una dictadura absoluta en la cual la aplicación de la ley variaba según la clase de personas, con todas las consecuencias naturales de semejante sistema y cuyos resultados inevitables tenían que ser el privilegio para los de arriba y la servidumbre para los de abajo, la falta de libertad y de garantías para las capas inferiores, y la falta absoluta de justicia para esas mismas capas en los conflictos con las capas superiores.

Nuestra Constitución representaba teóricamente un sistema individualista, y aplicada conforme al criterio personal del dictador o de sus representantes en los gobiernos de los Estados, resultaba siempre en favor del individuo de la clase alta sobe el individuo y aun sobre los grupos de la clase baja.

Las soluciones. Cuando el problema de la sucesión del Gral. Díaz se presentó por consiguiente comenzó a discutirse la posibilidad de la aplicación de nuestra Constitución en materia electoral, cada uno de los grupos que se habían formado creyó encontrar la solución del problema político según sus tendencias. El partido reyista propiamente dicho aprobaba por completo el sistema personalista del Gral. Díaz y la subsistencia teórica de la Constitución. Para el reyismo lo único que se necesitaba era substituir al Gral. Díaz, ya viejo, por el Gral. Reyes, todavía joven y continuar la política personalista del Gral. Díaz.3

El Partido Democrático, formado por un núcleo de intelectuales idealistas, creyó en la necesidad de reformar desde luego nuestro sistema electoral limitando el sufragio y reformando las leyes electorales. Este grupo fue el que más se aproximó a darse cuenta del absurdo de nuestro sistema constitucional en materia electoral, aun cuando no vio el absurdo de todo nuestro sistema político y de nuestra Constitución.

El Partido Liberal Puro, compuesto de jacobinos teorizantes, creía que el problema democrático se resolvería eliminando la influencia del clero sobre las masas analfabetas y consideraba que todo el problema consistía en el cambio del Gral. Díaz a quien reputaba conciliador y falso liberal.

Madero había visto exclusivamente el lado democrático de la cuestión y era el que más se aproximaba a las opiniones utópicas de los antirreeleccionistas, uniéndose íntimamente con éstos desde la organización del Partido Antirreelecionista.

La idea central de los trabajos de Madero era la de que dando al pueblo sufragio efectivo éste, con su buen sentido, se encargaría de elegir gobernantes que atendieran a sus demás necesidades y a su bienestar, cuidando de sus libertades.

La revolución maderista de 1910, hecha a raíz de las elecciones de ese año, tomó como agravio la imposición del Gral. Díaz y de don Ramón Corral, y bajo la bandera de Sufragio efectivo y no reelección, se propuso derrocar al dictador.

Hay que confesar que el éxito de la Revolución de 1910 y la caída del Gral. Díaz se debieron sobre todo al desmoronamiento interno del régimen porfirista y a la considerable fuerza de la opinión pública que, siguiendo las ideas democráticas de Madero, creía también que un cambio de Gobierno sería el principio de un cambio de régimen.

Transacción de Ciudad Juárez. La transacción de Ciudad Juárez fue una medida política del antiguo régimen para salvarse de la Revolución. Los revolucionarios, y especialmente Madero, creyeron haber obtenido con esta transacción todo lo que el país necesitaba, mientras que los hombres del antiguo régimen y especialmente el grupo «científico» creyeron haber salvado al país de la Revolución, sacrificando al Gral. Díaz.

El papel que en esta transacción haya desempeñado el grupo «científico» no puede todavía conocerse con claridad, aunque parece ya comprobado que los científicos traicionaron al Gral. Díaz y a Corral con la esperanza de conservar el poder por conducto del Gobierno de Francisco León de la Barra.

Por cuanto al punto esencial, "las condiciones de la opinión pública" o sean las verdaderas necesidades del país, quedó explicado en los tratados de Ciudad Juárez, que «el nuevo Gobierno las estudiaría para satisfacerlas en cada Estado, dentro del orden constitucional».

Los tratados de Ciudad Juárez dejaron, pues, establecido que las reformas que necesitaba México, deberían ser emprendida" por los medios constitucionales. Esta estipulación cierra el primer período de la Revolución, aplazando para más tarde el estudio y la resolución de los problemas más trascendentales.

En la transacción de Ciudad Juárez se equivocaron ambas partes. Los hombres del antiguo régimen, con De la Barra como representante de la tendencia conservadora, creyeron que con el cambio del presidente, quedaba asegurada la permanencia del antiguo régimen, supuesto que, para hacer alguna de las reformas trascendentales que ya entonces se apuntaban, habría sido necesario seguir los procedimientos constitucionales reformando la Constitución y las leyes, lo cual haría imposible llegar a esas reformas. De la Barra creyó que sería muy fácil desarmar a la Revolución y volver a todos los insurrectos a su condición previa de siervos.

Por su parte, Madero se equivocaba creyendo haber conquistado el poder, y se entregó en manos de la maquinaria militar y burocrática del porfirismo Y del cientificismo.

Todo el tiempo que transcurrió desde la toma de posesión de De la Barra hasta la muerte del Sr. Madero, puede considerarse como un período en que ocurrieron todos los intentos de reacción que pudieron emplearse contra una situación que amenazaba el poder del antiguo régimen.

El intento de disolución del Ejército revolucionario; la postulación de De la Barra con propósitos de defraudar la elección de Madero; las insurrecciones posteriores de Pascual Orozco y de Félix Díaz, y sobre todo, la oposición que encontró Madero en la prensa, en el Senado, en una parte del Ejército y en la mayor parte de los elementos burocráticos con que estaba gobernando, indicaban claramente que no bastaba tener un nuevo presidente para cambiar un régimen.

Cuando en 1912 se efectuaron las nuevas elecciones al Congreso de la Unión y entraron al Senado una minoría de revolucionarios y como diputados una mayoría de reformadores, comenzó a sentirse la posibilidad de que algunas de las reformas sociales o económicas se abrieran paso a través de la difícil barrera de una reforma constitucional.

El principio de no reelección no había tenido ninguna dificultad en pasar por la Cámara baja y por el Senado anteriores. Pero cuando en 1912 la XXVI Legislatura comenzó algunos intentos serios de reforma, la reacción, sintió el peligro e hizo sentir sus efectos, naturalmente, sobre el Poder Ejecutivo.

La muerte de Madero no fue sino la consecuencia lógica de los convenios de Ciudad Juárez.

ASPECTOS SOCIAL Y ECONOMICO DE LA REVOLUCION

La Revolución tenía, sin embargo, otros aspectos que no se habían tocado en los documentos oficiales y que ni siquiera habían tenido entrada en los programas de los partidos políticos ni en el Plan de San Luís. Eran los aspectos económicos y sociales que hasta entonces no habían podido ver los elementos activos de la Revolución. Cierto es que esos problemas habían sido apuntados y estudiados por los precursores intelectuales de la Revolución.

Entre estos precursores, merece mencionarse en primer lugar al Lic. Don Andrés Molina Enríquez. Su libro Los grandes problemas nacionales, publicado en 1909, es el documento más importante como precursor de la Revolución, tanto en lo social como en lo económico.

En él abrevaron todos los escritores políticos; y aún ahora, a más de 20 años de distancia, es el mejor catálogo de nuestros problemas nacionales.

Sirviéndome de sus puntos fundamentales, aunque sin seguirlo en sus detalles, analizaré la situación de México antes de la Revolución y el estado en que se encuentran los problemas económicos y sociales de México en la actualidad.

Las causas fundamentales de la Revolución fueron económicas: las desigualdades sociales y políticas eran, todas, consecuencias de la desigualdad económica.

El libro de Molina Enríquez estudiaba ya el problema de la propiedad y del crédito territorial, tratando a fondo la división de las grandes propiedades, el fomento de la pequeña propiedad y sobre todo la subsistencia y protección de la propiedad comunal de los pueblos indígenas, de las rancherías y de las comunidades. Pero ni Madero ni los revolucionarios democráticos habían leído el libro de Molina Enríquez.

En 1908 en el seno del Partido Democrático, don Carlos Basave, uno de los pensadores de la Revolución, aunque no escritor por mera modestia, presentó una iniciativa para que se incluyera en el programa del Partido Democrático un capítulo sobre la división de la gran propiedad rural, lo cual no fue aceptado.

El programa del Partido Democrático publicado en enero de 1909, solamente incluyó un capítulo sobre leyes agrarias que decía:

Pedimos, por último, leyes que protejan la libertad del trabajador de los campos, y que de una manera general mejoren su condición económica y moral. También pedimos que se dicten leyes que ensanchen y faciliten el crédito agrícola, y otras que tiendan a hacer efectiva la subdivisión de los terrenos poseídos por comunidades.

Como puede verse, el Partido Democrático no sólo ignoraba el problema agrario, sino que intentaba resolverlo exactamente en sentido contrario de lo que más tarde habría de proponerse la Revolución.

En abril de 1910 se publicó el programa aprobado por la Convención del Partido Antireeleccionista y en él se incluye un punto relativo a la materia agraria que dice lo siguiente:

5) Que se fomenten las obras de irrigación y la creación de bancos reaccionarios e hipotecarios en beneficio de la agricultura, de la industria y del comercio.

En el mes de abril de 1911, el Lic. BIas Urrea publicó uno de sus artículos políticos denominado, «La solución del conflicto,>; en el cual apuntaba como causas de la Revolución, que estaba ya muy avanzada, las siguientes:

El caciquismo: o sea la presión despótica ejercida por las autoridades locales que están en contacto con las clases proletarias, y la cual se hace sentir por medio del contingente, de las prisiones arbitrarias, de la ley fuga y de otras múltiples formas de hostilidad y de entorpecimiento a la libertad del trabajo.

El peonismo: o sea la esclavitud de hecho o servidumbre feudal en que se encuentra el peón jornalero, sobre todo el enganchado o deportado al sudeste del país, y que subsiste debido a los privilegios económicos, políticos y judiciales de que goza el hacendado.

El fabriquismo; o sea la servidumbre personal y económica a que se halla sometido de hecho el obrero fabril, a causa de la situación privilegiada de que goza en lo económico y en lo político el patrón, como consecuencia de la protección sistemática que se ha creído necesario impartir a la industria.

El hacendismo; o sea la presión económica y la competencia ventajosa que la gran propiedad rural ejerce sobre la pequeña, a la sombra de la desigualdad en el impuesto, y de una multitud de privilegios de que goza aquélla en lo económico y en lo político y que producen la constante absorción de la pequeña propiedad agraria por la grande.

El cientificismo: o sea el acaparamiento comercial y financiero y la competencia ventajosa que ejercen los grandes negocios sobre los pequeños, como consecuencia de la protección oficial y de la influencia política que sus directores pueden poner al servicio de aquéllos.
El extranjerismo: o sea el predominio y la competencia ventajosa que ejercen en todo género de actividades los extranjeros sobre los nacionales, a causa de la situación privilegiada que les resulta de la desmedida protección que reciben de las autoridades y del apoyo y vigilancia de sus representantes diplomáticos.

En el mismo artículo, el Lic. BIas Urrea apuntaba una tímida e ingenua solución al problema agrario en los siguientes términos:

Reformas agrarias: La creación de la pequeña agricultura es un problema vital, pero de larga solución. Por ahora lo único urgente es que las autoridades locales y federales emprendan una serie de reformas y medidas administrativas, encaminadas a perfeccionar los catastros para poner sobre un pie de igualdad ante el impuesto a la grande y pequeña propiedad rural; y aun tal vez convendría dar ciertas ventajas a la pequeña propiedad sobre la grande.

Más tarde se estudiarán los medios económicos de desmembración de la gran propiedad rural, así como los de evitar el desmoronamiento de ciertas propiedades comunales que es un error haber desintegrado.
En el mes de mayo de 1911 el Partido Católico, compuesto naturalmente de terratenientes, publicaba un manifiesto y programa en el cual se contenían los siguientes puntos:

V) Se esforzará por aplicar a los modernos problemas sociales, para bien del pueblo obrero y de todo el proletariado agrícola e industrial, las soluciones que el cristianismo suministra, como las únicas que, conciliando los derechos del capital y del trabajo, podrán ser eficaces para mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras, sin perturbaciones del orden y sin menoscabo de los derechos de los capitalistas o empresarios.

VI) Pondrá especial empeño en la fundación, desarrollo y fomento de instituciones de crédito para la agricultura y la industria en pequeño, a fin de substraerlas a la acción de la usura y de favorecer el libre desenvolvimiento de esas principales fuentes de la riqueza pública.

En el mismo año de 1911, 2 días antes de que entrara Madero en la ciudad de México, el Lic. Jorge Vera Estañol publicaba su manifiesto de convocatoria para la organización del Partido Popular Evolucionista y como criterio de la clase media profesional, puede tomarse la cláusula VII de su programa, que dice así:

VIl) La reforma de las leyes de la propiedad territorial, incluyendo el derecho al uso de las aguas, a efecto de exigir más que la perfección técnica de la titulación, la eficacia práctica y jurídica de la posesión inmemorial, con lo cual se sancionará la propiedad indígena, cuyo desconocimiento ha dado lugar a tantos trastornos públicos.

Podrá decirse que era natural que el Partido Católico y el Partido Popular Evolucionista, de tendencias conservadoras no ofrecieran un programa agrario, y sin embargo, ambos partidos incluían en la parte democrática de su programa la no reelección, la independencia del Poder Judicial y algunos otros postulados de la Revolución.

En junio de 1911, el mismo Sr. Basave presentaba al Partido Independiente de Jalisco, en forma modesta de notas, un estudio para fundar el programa de política nacional agraria especialmente en lo relativo a la división de las grandes propiedades que era el aspecto principal del problema en el Estado de Jalisco, ya la autocolonización seleccionada de Baja California y Quintana Roo.8

Después del triunfo de la revolución maderista, y con motivo de la campaña electoral para la Presidencia, las ideas de una reforma agraria comenzaron a asumir mayor precisión.

En el mes de agosto de 1911 se celebró en México la convención del Partido Constitucional Progresista, en la cual se discutió y aprobó el programa original de la Convención de 1910.

En este programa se incluía el siguiente punto:

VIII) Fomentar la grande, y muy especialmente la pequeña agricultura, y la irrigación a la cual se destinará una parte de los fondos públicos. En cuanto a la minería, la industria y el comercio, se les concederán todas las franquicias que aseguren su desarrollo y prosperidad.

Se ve, pues, que hasta los momentos de la elección de Madero, no había opiniones propiamente agraristas ni menos ejidales, sino que la literatura electoral se mantenía en el terreno de los propósitos vagos de fomento de la pequeña propiedad.

El Plan de Ayala, en el capítulo de adiciones al Plan de San Luís, expone su programa agrario en los siguientes términos:

Sexto. Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar: que los terrenos, montes yaguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos, lo deducirán ante los tribunales especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución.

Séptimo. En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son dueños más que del terreno que pisan, sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura, por estar monopolizados en unas cuantas manos, las tierras, montes yaguas; por esta causa se expropiarán, previa indemnización, de la tercera parte de esos monopolios a los poderosos propietarios de ellos, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos y campos de sembradura o de labor y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos.

El Plan de Ayala lleva fecha 28 de noviembre de 1911; pero no fue conocido en México hasta 1914, después del triunfo de las fuerzas constitucionalistas, de modo que las ideas expuestas en este documento, más bien histórico que político, no influyeron en el desarrollo de los principios agraristas y elídales que aparecieron en México el año siguiente.

La idea del ejido. Durante la campaña electoral para la elección de diputados a la XXVI Legislatura, en mayo de 1912, el Lic. Luís Cabrera, en su manifiesto y programa que le sirvió de base para su campaña política en el distrito que abarca San Ángel, Coyoacán, Tlalpan y Milpa Alta, reproducía tomándolas del artículo de abril de 1911, del Lic. BIas Urrea, las causas económicas fundamentales de la Revolución: el caciquismo, el peonismo, el hacendismo, etc.

Cabrera había leído el libro de Molina Enríquez y como amigo personal del autor, había tenido frecuentes y largas conversaciones con él sobre la materia agraria. Cabrera tomó sus ideas agrarias de Molina Enríquez; pero dándoles una aplicación de acuerdo con su experiencia personal, pensaba que el problema primordial era el de los ejidos y que su reconstitución podía hacerse por medios más efectivos y más radicales que los procedimientos de evolución jurídica que aconsejaba Molina Enríquez.

En el programa del Lic. Cabrera se contenía el siguiente capítulo, que era indudablemente una novedad respecto de las ideas expresadas por Molina Enríquez.

La creación y protección de la pequeña propiedad agraria es un problema de alta importancia para garantizar a los pequeños terratenientes contra los grandes propietarios. Para esto es urgente emprender en todo el país una serie de reformas encaminadas a poner sobre un pie de igualdad ante el impuesto, a la grande y a la pequeña propiedad rural privada.

Pero antes de la protección a la pequeña propiedad rural, es necesario resolver otro problema agrario de mucha mayor importancia, que consiste en libertar a los pueblos de la opresión económica y política que sobre ellos ejercen las haciendas entre cuyos linderos se encuentran como prisioneros los poblados de proletarios.

Para esto es necesario pensar en la reconstrucción de los ejidos, procurando que éstos sean inalienables, tomando las tierras que necesiten para ello, de las grandes propiedades circunvecinas, ya sea por medio de compras, ya por medio de expropiaciones por causa de utilidad públicas con indemnización, ya por medio de arrendamientos o aparcerías forzosos.

Esta fue la primera vez que se hablaba francamente de la expropiación de tierras para reconstituir los ejidos de los pueblos. Este programa agrario debía aparecer demasiado atrevido entonces y si hubiera sido expuesto en algún distrito rural de Tlaxcala o Puebla, el Lic. Cabrera habría sido derrotado; pero por fortuna nadie dio importancia a sus palabras en un distrito electoral en donde no había grandes haciendas.

El Lic. Cabrera, siguiendo sus ideas y ya como diputado a la XXVI Legislatura, presentó el día 3 de diciembre de 1912, en unión de otros diputados del Grupo Renovador, la iniciativa de ley para la reconstitución de los ejidos de los pueblos. A él le tocó fundar esa iniciativa y su discurso puede considerarse como el primer documento público oficial en el que se plantea francamente la política ejidal de la Revolución.9

Fracaso de los medios legales. Por supuesto, fue imposible llevar a cabo el estudio y aprobación de la ley. El mismo Sr. Madero la consideró sumamente peligrosa en diversas entrevistas personales que tuvo con los diputados renovadores, declaró terminantemente que esa iniciativa era inoportuna y que en realidad él no creía que existiera un problema agrario en México de esa naturaleza.

No obstante que los renovadores tenían la mayoría en la Cámara de Diputados, se convencieron, sin embargo, de la imposibilidad de hacer reformas trascendentales por medio de nuevas leyes dentro de las normas de la Constitución política mexicana.

El mismo Lic. Cabrera, presidente del Congreso en noviembre de 1912, en su discurso pronunciado en un banquete que se celebró en el Palacio Nacional para conmemorar el segundo aniversario de la Revolución, decía al hablar de la tarea de reformas del Congreso:

Frente a la obra seria y meditada de reformas que constituye la tarea de la Cámara de Diputados, se presentan como elementos de perturbación, 2 impaciencias sociales que es muy difícil contener: la impaciencia por las reformas, aunque no haya paz y la impaciencia por la paz, aunque no haya reformas.

 Las clases proletarias, y en general todos los elementos sociales que, buscando una condición económica y política mejor que la que habían podido tener bajo el régimen de gobierno personal, hicieron el movimiento de 1910, muestran una gran impaciencia por las reformas, impaciencia que pone en peligro la tarea de reforma, encomendada a la Cámara de Diputados. La desconfianza de que los medios constitucionales sean efectivos para lograr esas reformas, la creencia que se tiene de que dichas reformas no pueden conseguirse sino por los mismos medios de violencia y extralegales por los que se efectúan todas las revoluciones, ponen en peligro la paz.

En este punto, y cualesquiera que sean las ideas personales del que habla acerca de la ineficacia de los medios constitucionales para lograr implantar ideales revolucionarios, debo callar mis propias ideas, supuesto que, como he dicho, hablo únicamente procurando traducir el sentir general de los miembros de la Cámara de Diputados.
La segunda de las impaciencias a que me he referido, es la más peligrosa. Es la impaciencia por el restablecimiento de la paz, aunque fracasen las reformas.

Determinados elementos económicos provenientes especialmente del extranjero Y comprometidos en empresas extractivas, industriales y mercantiles, consideran el restablecimiento de la paz como una necesidad preferente a la regeneración política de nuestro país. Creen que por encima de las reformas, por encima de la renovación de poderes, por encima de la justicia, y por encima de nuestras libertades está la conservación de la paz, y exigen que el Gobierno se dedique exclusivamente al restablecimiento de la paz, aun cuando dejase pendiente, para más tarde, la resolución de los ideales revolucionarios.

Esta tendencia ha tenido su más clara manifestación en el reciente movimiento revolucionario de Veracruz, cuyo propósito al decir de las proclamas, era el restablecimiento de la paz por medio de la fuerza.

Sobre este punto, creo interpretar fielmente el sentir de los miembros de la Cámara de Diputados, diciendo que el restablecimiento de la paz, sin la realización de los ideales revolucionarios, sólo aprovecharía a los intereses extranjeros y semiextranjeros, pero no a la nación misma, y que la paz, sin una base sólida de libertades políticas, de libertades civiles, y sin el funcionamiento de las instituciones democráticas, tendría que convertirse necesariamente en paz mecánica dictatorial. Puede decirse que si el Gral. Díaz, con todos los elementos de poder, de riqueza, de sumisión y de prestigio personal en el interior y en el exterior del país fue impotente para contener el movimiento revolucionario de 1910, cualquiera otra persona, cualquiera institución o cualquiera otra fuerza que pretendiera restablecer la paz, por la paz misma, sin apoyarla en una condición económica y política aceptada por la nación tendría que fracasar.

El Congreso fracasó, pues, y durante el Gobierno constitucional del Sr. Madero no se hizo ninguna reforma de carácter social y económico.

Comenzada la Revolución constitucionalista, muchos políticos urgían al Primer Jefe para que definiera sus ideas y lanzara un programa de reformas sociales. Desde Sonora, a fines de 1913, Zubarán, Alvarado, Escudero, Lucio Blanco, apremiaban constantemente al Sr. Venustiano Carranza para que definiera una política de reformas sociales sospechándolo en el fondo un conservador de la escuela porfirista. El Sr. Carranza por sagacidad política y por prudencia se abstuvo de hacer tal cosa en aquellos momentos, y no lo apremiaron tanto los principales jefes militares, ya que Sonora, Chihuahua, Nuevo León, Coahuila y aun Sinaloa, Durango, Zacatecas y Tamaulipas no eran regiones donde el problema agrario, y sobre todo el ejidal, se hicieran sentir agudamente.

Al llegar el Ejército constitucionalista a la ciudad de México, el Sr. Carranza debió haberse dado cuenta más exacta de la importancia del problema ejidal en los Estados de la Mesa Central y sobre todo en la parte sur de los Estados de Puebla y de México y en el Estado de Morelos, donde el zapatismo llevaba a cabo expropiaciones de tierras de los latifundistas para ponerlas en manos de los soldados del Plan de Ayala.

Fue entonces, en fines de 1914, estando Carranza en Veracruz, cuando expidió la famosa Ley de 12 de diciembre de 1914 de que varias veces se ha hablado en este ciclo de conferencias y la cual, en su Art. 2 resume todos los puntos de un programa de reformas sociales y económicas que debían llevarse a la práctica durante la lucha civil que se presentaba de nuevo, y en la cual Villa representaba la tendencia a restablecer el orden constitucional antes de hacer las reformas, mientras que Carranza representó la tendencia a efectuar las reformas en un período preconstitucional y a restablecer el orden legal hasta después de haber incorporado en la Constitución los nuevos principios.

La historia de este aspecto de la lucha ha sido muy bien trazada e inteligentemente resumida por el Ing. Palavicini en su conferencia del día 26 de diciembre (de 1930). Baste, por consiguiente, decir que en la Constitución de 1917 quedaron incorporadas las leyes que se habían dado ya y los principios que la Revolución exigía, tales como habían sido listados en la Ley de 12 de diciembre de 1914.

Los 3 primeros años de gobierno de don Venustiano Carranza, puede considerarse que se emplearon íntegros en luchar, no ya contra la resistencia interior a los nuevos principios, sino contra la resistencia internacional a aceptar la vigencia de esos principios, especialmente en lo que se refería al aprovechamiento de los recursos naturales de México.

La muerte de Carranza y el advenimiento del Gral. Obregón, con la interrupción de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, pusieron al Gobierno mexicano en un estado de inferioridad seria para la defensa de los principios contenidos en la Ley del Petróleo, en la Ley de Extranjería y en la aplicación de las Leyes de Reforma: y puede decirse que el período presidencial del Gral. Obregón se caracterizó por la necesidad de amainar con el fin de obtener el reconocimiento diplomático de su Gobierno.

Las modificaciones al principio general de la Ley del Petróleo, el privilegio en favor de los extranjeros en cuanto a la aplicación de la Ley Agraria, los tratados que crearon las comisiones de reclamaciones y el primer tratado Lamont-De la Huerta, son todos actos que implican un sacrificio de la Revolución a cambio del reconocimiento.

El Gral. CalIes, que no tuvo ya el problema de reconocimiento del Gral. Obregón, pudo continuar en la defensa de los principios contenidos en la Constitución de 1917, especialmente la dotación de ejidos y la igualdad de extranjeros y mexicanos ante la posesión de bienes raíces.

EL BALANCE DE LA REVOLUCION

Antes de entrar al análisis de los principios revolucionarios y de la suerte que han corrido al cerrarse el ciclo revolucionario, es indispensable llamar la atención sobre que en el curso de la Revolución mexicana se han producido otros acontecimientos de carácter mundial que han influido considerablemente ya en pro, ya en contra de la conquista de los principios revolucionarios, por lo cual, ni todo el éxito, ni toda la responsabilidad por el fracaso de ciertas tendencias, debe atribuirse a los hombres de la Revolución, sin tomar al mismo tiempo en cuenta la situación mundial exterior.

Me refiero principalmente a la guerra europea que se decía ser una revolución de carácter democrático internacional y que se proponía desterrar las tiranías de los grandes imperios sobre las pequeñas nacionalidades, propósito que se veía con simpatía aun por los mismos germanófilos; pero que desgraciadamente fracasó en los tratados de Versalles, creando en todo el mundo una situación mucho más difícil para las pequeñas nacionalidades que la que habían tenido antes de la guerra mundial.

Otro de los acontecimientos de gran importancia mundial es la revolución económica iniciada en Rusia que se conoce con el nombre de comunismo, la cual ha influido desfavorablemente sobre México porque, siendo los Estados Unidos la nación que ha asumido la jefatura contra el comunismo, y siendo esta nación, al mismo tiempo, vecina nuestra y la que internacionalmente ejerce más influencia sobre nosotros, México se ha visto en situación desfavorable para defender todos aquellos aspectos de su Revolución que pudieran considerarse emparentados con la Revolución rusa.11

El comunismo no es en sustancia una tendencia ni más utópica ni más peligrosa, que cualquiera otra de las teorías económicas socialistas que se han conocido; pero basta que los Estados Unidos hayan creído peligrosa para sus propias instituciones la propagación del comunismo, para que la Revolución mexicana se viera atacada suponiéndola una derivación de la propaganda soviética.
 
LOS PROBLEMAS NACIONALES

Para hacer un catálogo de los problemas nacionales, debe tenerse 'en cuenta que el fin último, el objeto esencial de todo acto en política, es el engrandecimiento de la patria.

Los partidos políticos no son otra cosa que la organización de los ciudadanos que profesan la misma opinión sobre el mejor modo de obtener el adelanto y el engrandecimiento de la patria, y la Revolución misma se ha hecho, no para dar a unos predominio sobre otros, sino para abrir nuevos senderos que conduzcan al engrandecimiento de la patria; mayor bienestar social, suficiencia en la satisfacción de las necesidades del pueblo, mejor desarrollo de los recursos naturales; y en general, mayor felicidad y más alto nivel humano de los mexicanos.

Los elementos constitutivos de la patria son: el territorio nacional, la gente que lo habita y la organización social y política conforme a la cual vive esa gente.

De estos 3 factores, el físico, el étnico y el social, se derivan los problemas fundamentales de nuestro país, a saber: los sociales, los económicos y los políticos. Si queremos darnos cuenta de los resultados alcanzados por la Revolución/ debemos analizar estos 3 grupos de problemas para ver en qué estado nos encontramos, qué se ha hecho hasta ahora y sobre todo qué es lo que falta por hacer.

Quizá peque yo, en este análisis, de pesimismo; pero no por eso podrá llamárseme escéptico. Más vale exagerar la importancia de las tareas que nos queda por realizar, que confiarnos perezosamente, como siempre nos hemos confiado los mexicanos, en que tenemos un territorio riquísimo, en que somos una raza capaz y en que nuestras instituciones son tan perfectas como las de cualquier otro país civilizado.

PROBLEMAS GEOGRAFICOS

Nuestro país está naturalmente mal dotado desde el punto de vista físico e hidrográfico. Un gigantesco sistema montañoso aísla las diversas regiones en que se divide nuestro país y una elevada y extensa altiplanicie nos priva de corrientes de agua que pudieran servir de vías de comunicación o constituir sistemas de riego.

México se encuentra, por consiguiente, dividido en regiones aisladas que son casi totalmente extrañas las unas a las otras. La Mesa Central, como núcleo más favorecido por la naturaleza y más habitado; las mesas del Norte, áridas en lo general, a excepción de los 2 centros de Torreón y Saltillo; la vertiente del Pacífico, rica, pero aislada de la Mesa Central por un sistema montañoso casi infranqueable; la vertiente del Golfo, rica, pero insalubre; la región montañosa del Sur, constituida por los Estados de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas; la región del Sudeste, constituida por los Estados de Yucatán, Campeche y Tabasco y la larga lengua de territorio árida y despoblada de la Baja California enteramente aislada del resto del país por el Golfo de California y por el Gran Desierto de Sonora.

Nada de raro tiene, pues, que en estas regiones se hayan desarrollado civilizaciones casi independientes que no tienen de común entre sí, más que el idioma, en la parte de población en que el español ha penetrado.

EL problema principal en un país como éste, consiste por consiguiente, en las vías de comunicación como medio de unificar el territorio.

Comunicaciones. Hasta antes de la Revolución, el único esfuerzo que se había hecho para la unión de las diversas porciones del territorio era la construcción de los ferrocarriles; pero, como se sabe, el programa de construcción de estas líneas obedeció más bien a la necesidad norteamericana de ligar la Mesa Central y la Altiplanicie del Norte con los Estados Unidos, que a poner en comunicación las diversas regiones separadas; tales fueron los 2 principales sistemas del Ferrocarril Central y el Nacional.

Los ferrocarriles Mexicano e Interoceánico, así como las líneas de San Luís a Tampico, de Nogales a Mazatlán y de Irapuato a Manzanillo, y los sistemas del Panamericano y de Casas Grandes, responden a una necesidad semejante, o sea ligar el centro del país con los principales puertos fronterizos del Golfo y del Pacífico, y a la misma necesidad debían responder la línea corta de Tampico y la de Ojinaga a Topolobampo.

El FC Nacional de Tehuantepec mismo no fue construido con propósitos nacionales, sino para dar paso a productos extranjeros.

Las líneas ferrocarrileras transversales, la de Monterrey a Torreón, la de San Luís a Aguascalientes, y las de Uruapan, Cuernavaca, Cuautla, Oaxaca, Tepehuanes, etc.; aunque sirviendo mejor a la economía nacional, tuvieron siempre el carácter de tributarias de las líneas troncales con tendencias a salir hacia puertos y fronteras.

El capital ferrocarrilero con que se hicieron las vías de comunicación de México fue casi todo extranjero: inglés, francés o norteamericano y por consiguiente, durante toda la época del Gral. Díaz, el manejo de las líneas se encontró en manos de extranjeros.

La consolidación ferrocarril era efectuada para formar el sistema de las líneas nacionales, puso teóricamente en manos de México el control ferrocarrilero, con excepción del FC Mexicano y del Sudpacífico; pero no mexicanizó el sistema por cuanto a su servicio, que continuaba haciéndose en provecho del comercio de importación y de exportación ni por cuanto a su personal que era extranjero en su mayoría.

La Revolución destruyó muchas vías y desorganizó considerablemente el servicio ferrocarrilero; pero la incautación de las líneas primero por razones militares y continuada después por razones de carácter económico, trajo como consecuencia la mexicanización de las líneas ferrocarrileras hasta cierto punto, pudiendo decirse que a pesar del desorden y el mal manejo posterior, y a pesar también de la corrupción que ha privado siempre en la administración de las líneas nacionales, se ha avanzado, sin embargo, mucho en el sentido de nacionalizar dichas líneas.

La Revolución construyó el ramal de Cañitas a Durango, completando el sistema transversal del Norte. Más tarde, bajo el gobierno del Gral. Obregón, se concluyó la línea del Sudpacífico, uniéndola con el sistema de las líneas nacionales, obra que si bien agrega una tercera línea de succión a nuestro sistema ferrocarrilero, en cambio deja unidos con el centro a los Estados de Sonora, Sinaloa y Nayarit que habían estado siempre aislados, y en cierto sentido, aproximó la Baja California a la Mesa Central.

Falta unir los Estados de Yucatán, Campeche y Tabasco con el centro por vías ferrocarrileras, obra de vital importancia para México, que desgraciadamente no lleva todavía trazas de realizarse.

En materia de navegación, la política revolucionaria ha fracasado por completo, pues no logró controlar las líneas de navegación del Pacífico ni las del Golfo, sino que, por el contrario, las ha abandonado y destruido al grado de que el servicio de cabotaje de los puertos mexicanos es ya casi nulo.

La Revolución recibió Salina Cruz, Coatzacoalcos, Frontera y Tampico, en condiciones de poder utilizarse; pero, en la actualidad, estos puertos se hallan sumamente descuidados, al grado de que Salina Cruz y Frontera pueden considerarse como enteramente cerrados. El sistema de puertos libres fracasó víctima del burocratismo.

La comunicación por carretera, podríamos lIamarIa comunicación democrática, individual, pues existe por sí misma y no requiere la intervención de una empresa capitalista porteadora.

Por el desarrollo del automovilismo, la carretera se ha convertido en el factor más importante de transformación del territorio. Es increíble lo que en estos últimos 5 años han hecho las carreteras y el automóvil en el sentido de aproximar a los habitantes del país, entendiéndose bien que esa aproximación no es obra exclusiva de las carreteras construidas por el Gobierno, sino el resultado espontáneo de la iniciativa privada. El automóvil barato es el que ha abierto los caminos regionales, aprovechando las carreteras troncales, al grado de que puede decirse que por cada kilómetro de carretera troncal construida por el Gobierno, hay 10 Km de carretera local abierta por la iniciativa de los particulares y si acaso dirigida por las autoridades locales.

El plan general de carreteras troncales que se está abriendo, incide en el mismo error en que incidieron los ferrocarriles. La línea México-Laredo y la proyectada línea Nogales-Suchiate, son absurdas, porque en vez de contribuir al desarrollo del país, facilitarán la penetración imperialista y la absorción de las fuentes de recursos naturales y de nuestro enclenque comercio nacional.

En otras regiones se ha cometido el error de construir las carreteras a lo largo de las líneas ferrocarrileras ya existentes, sobreponiendo 2 vías de comunicación y privando, por consiguiente, a las vías ferrocarrileras, de las exiguas fuentes de recursos con que antes contaban. Tales son las líneas México-Puebla, México-Jalapa, México-Pachuca, México-Toluca, México-Cuautla.

La política futura en materia de carreteras deberá consistir en el desarrollo de las líneas transversales y de las líneas locales, irradiando de los centros ya comunicados, con objeto de unir a los mexicanos entre sí para facilitar las comunicaciones de los habitantes del país y ponernos en contacto a los mexicanos con los mexicanos, que es lo que más falta nos hace.

El turismo internacional no tiene tantas ventajas como generalmente se le atribuyen pues si es cierto que es una oportunidad de que nuestro país se conozca, es más bien una oportunidad de tentaciones imperialistas.12

Lo que más necesitamos desarrollar es el turismo nacional, que nos haga conocernos los unos a los otros, que nos aproxime, que nos ligue con lazos económicos y que nos haga salvar las cadenas de montañas que nos aíslan.

Riego. Las obras de riego existentes antes de la Revolución no respondían, ninguna de ellas, a la necesidad de retener las aguas torrenciales para aprovechadas durante el estiaje, sino meramente a regularizar y aprovechar corrientes de carácter constante. Si a esto se agrega que solamente la gran propiedad obtenía capitales para emprender esas obras de riego y que aun las instituciones como la Caja de Préstamos favorecieron las construcciones de esas obras en la gran propiedad, se explica la conclusión a que llego de que antes de la Revolución el riego no había cumplido con su propósito de modificar las condiciones climatológicas del territorio ni de favorecer la pequeña agricultura.

Recientemente, ya en pleno período de reconstrucción, han comenzado a construirse obras de riego con propósito de retener aguas torrenciales y de favorecer la creación de la pequeña propiedad. La presa de Aguascalientes sobre el río de Santiago; la de El Mante en Tamaulipas; la presa Requena en el Valle del Mezquital y la de Don Martín sobre el río Salado son las obras que ostentamos como resultado de una política de regadíos que tiende a modificar las condiciones climatológicas y a fomentar la pequeña propiedad.

En todo caso, la moderna política de regadíos no debe ponerse en el haber de la Revolución, sino de los gobiernos posteriores del período de reconstrucción.

PROBLEMAS SOCIALES

El factor étnico. Si el territorio mexicano carece de unidad, la gente que lo habita tampoco es homogénea. Siguiendo las líneas generales de clasificación de Molina Enríquez, pero simplificándolas, podemos decir que existen 4 grupos étnicos que se encuentran cada uno en período distinto de evolución a saber:

1) El elemento indígena, que a pesar de su pluralidad de origen podemos considerar como un solo grupo étnico; mexicanos, totonacas, zapotecas, tarascos y aun los otomíes, yaquis y tarahumaras, todos son indígenas que por su distancia y civilización pueden considerarse como un grupo del resto de nuestra población. Los indígenas pueden calcularse en un 15% de la población de México.

2) Los mestizos, que forman un 60% de la población y respecto de los cuales puede también decirse que cualquiera que sea la raza indígena sobre que estén injertados, constituyen un grupo relativamente homogéneo y se hallan todos ellos más o menos en un período semejante de civilización.

3) Los criollos, que forman el 20% de la población, son los descendientes de razas europeas, nacidos en México.

4) Por último, los extranjeros, -5%- entre los que predominan los españoles, franceses, alemanes y norteamericanos.13

Para los efectos de la heterogeneidad de los componentes de la nación mexicana, basta mencionar esos 4 grupos que constituyen 4 capas superpuestas en distintas etapas de civilización que pudiéramos enumerar así: indígenas, siglo XV; mestizos, siglo XVII, criollos, siglos XIX y extranjeros, siglo XX.

El problema esencial en materia étnica consiste en logra la homogeneidad. En México no existen afortunadamente prejuicios de raza, y por otra parte, la proporción de raza negra y asiática es insignificante y no constituye un problema nacional aunque es motivo de preocupación local en nuestras costas de Veracruz y Sonora.

La unificación de nuestra raza no puede hacerse indudablemente a base del criollo, porque no podemos prescindir de la mayoría que lleva sangre indígena, ni a base del indígena porque no podemos efectuar una absorción completa de las razas blanca y mestiza en la raza indígena. La moderna tendencia de resucitar ciertas costumbres indígenas, no pasa de ser snobismo artístico; pero en el fondo, es un error pretender reanimar idiomas, costumbres y artes indígenas, como sería un error pretender el predominio social y la hegemonía política del indio sobre el mestizo y el criollo.

A este respecto, don Andrés Molina Enríquez, en su obra Los grandes problemas nacionales, dice lo siguiente:

La base fundamental e indeclinable de todo trabajo encaminado en lo futuro al bien del país, tiene que ser la continuación de los mestizos como elemento étnico preponderante y como clase política directora de la población. Esa continuación, en efecto, permitirá llegar a 3 resultados altamente trascendentales: es el primero, el de que la población pueda elevar su censo sin necesidad de acudir a la inmigración; es el segundo, el de que esa población pueda llegar a ser una nacionalidad; y es el tercero, el de que esa nacionalidad pueda fijar con exactitud la noción de su patriotismo. Todo ello hará la patria mexicana, y salvará a esa patria de los peligros que tendrá que correr en sus inevitables luchas con los demás pueblos de la Tierra.

Yo estoy enteramente de acuerdo en que la unificación debe procurarse alrededor del elemento mestizo, que es el tipo más cuantioso y homogéneo y de condiciones de procreación y resistencia más adecuadas al clima para el crecimiento de la población.

Hay pues, que disolver el elemento indígena en el elemento mestizo y hay que proporcionar a éste facilidades educativas y económicas para que absorba el elemento criollo o cuando menos para que se iguale con él en lo social y en lo económico.

El trabajo de mezcla y de homogeneidad no puede hacerse dejando a cada grupo en el estado económico en que se encuentra, porque si bien es cierto que no hay prejuicio de raza o casta para la mezcla de nuestros diversos componentes, sí existen resistencias derivadas de la condición social de cada grupo.

A raíz de la Conquista, la mezcla de razas se hizo a base de unión ilegal del hombre blanco con la mujer indígena; y después, poco a poco, por la unión también ilegal del varón con la indígena hembra.

Cuando estuvo adelantada ya la formación del elemento mestizo, comenzó a ser posible la unión legal de indígena varón con la hembra mestiza; pero siempre que el indígena hubiera adquirido, por medio de la educación, un rango social que de hecho lo equiparara a la hembra mestiza.

La homogenización de nuestra raza es, pues, una cuestión económica, más bien que una cuestión racial.

Lo que hasta ahora ha hecho la Revolución ha sido en lo fundamental espontáneo, inconciente e involuntario. El gran movimiento de población que durante la guerra civil puso en contacto a todas las razas, echando a unos en brazos de otros con el consiguiente relajamiento de las costumbres ha venido a crear una nueva generación de mestizos cuya presencia aún no sentimos y de cuyos efectos no podemos todavía damos cuenta; pero que existe.

La familia. La Revolución hizo sin embargo 2 obras conscientes que contribuirían a la homogenización de la raza: el divorcio y la redención de los hijos naturales.

El divorcio tuvo por objeto principal la emancipación de la mujer que tenía en la mayor parte de nuestras clases sociales la condición de verdadera esclava.

Conforme al criterio criollo, el divorcio ha producido un gran relajamiento en los lazos de familia; pero a este respecto debemos advertir que esto no es más que una consecuencia natural de las condiciones generales que prevalecen en todo el mundo.

Por cuanto a las clases proletarias, la oportunidad del divorcio aun cuando no el uso efectivo de él, ha mejorado considerablemente la condición de la mujer. Falta, por supuesto, mucho que hacer en la materia: restablecer la consistencia de la familia, reformando las leyes del divorcio, de modo que éste presente menos facilidades y se circunscriba a los casos de imposibilidad absoluta de cohabitación y de manera que en todo caso el divorcio deje asegurado el futuro de los hijos existentes.

La Revolución concedió personalidad y derechos a los hijos naturales y borró el anatema de los espurios. Pero como México tendrá que producir todavía gran proporción de hijos naturales, falta dar un paso más y admitir con decisión el principio de investigación de la paternidad en favor exclusivo del hijo, para que éste, siendo natural, llegue a tener un estado social bien definido aceptado y sobre todo desprovisto del carácter vergonzoso que ha tenido hasta ahora.14

El idioma. La diversidad de idiomas es uno de los más grandes obstáculos para la unificación de nuestra raza.

A este respecto, nada ha hecho la Revolución fuera de la agitación y mezcla de grupos sociales producidos por la guerra civil, que han contribuido a aproximar a los elementos heterogéneos.

Es un hecho que el único idioma que puede tener pretensiones de generalidad en la República mexicana, es el idioma español. Debe, por consiguiente, tenderse a la propagación del idioma español entre las clases indígenas.

Son contrarios a la unificación de la patria todos esos snobismos académicos que pretenden la conservación y aun la purificación de los idiomas indígenas, que como lenguas muertas pudieran tener un interés histórico y arqueológico; pero como lenguas vivas son barreras étnicas. Debemos escoger el español como lengua única y convertir a ella a toda nuestra población indígena.

Existe otro peligro más para la unificación de la lengua en la actualidad y es la propagación del inglés que se ha introducido ya en casi todo el elemento criollo.

Molina Enríquez, en 1908, decía ya lo siguiente a este respecto:

Tratándose del uso del idioma inglés entre nosotros, las cosas son mucho peores. Todo el mundo recibe publicaciones en inglés; todo el mundo se anuncia en inglés; todo el mundo aprende inglés; todo el mundo quiere hasta pensar en inglés. Los letreros en inglés se ven por todas partes, los rubros en inglés por todas partes circulan, y hasta nuestros nombres propios aztecas se han transformado como el de Popocatépetl en Popo, para estar en inglés. El inglés se ha hecho una condición indeclinable de la calidad del empleado; el inglés se ha hecho el idioma de los negocios; y hasta las declaraciones semi oficiales de nuestro Gobierno, aparecen al público en inglés. De seguir así, dentro de algunos años el idioma nacional no existirá: lo habremos sacrificado a un servilismo repugnante.

Después de 20 años, las cosas han seguido peor a ese respecto.

La propagación del inglés ha continuado y ahora el problema no consiste solamente en la existencia de un nuevo idioma usado con mucha generalidad en el comercio y en sociedad, sino lo que es peor, en que el inglés ha comenzado a corromper y podrir el español en forma tal, que constituye ya una verdadera amenaza para la índole latina de nuestro idioma.

A la corrupción del idioma español por el inglés han contribuido varios factores. El desarrollo de los deportes anglosajones cuya terminología no se traduce, dejando, por consiguiente, un sedimento de palabras extranjeras aun en los nombres mismos del deporte: box, base-ball, soft-ball, basket-ball, foot-ball, golf... y como la conversación juvenil está naturalmente llena de alusiones a los deportes, el idioma mismo de la vida diaria de nuestra juventud comienza a verse considerablemente invadido por la terminología deportista no digerida ni traducida.

Viene en seguida el cine, en el que, por una cortesía mal entendida, habíamos tolerado la aparición simultánea de leyendas en inglés y en español, circunstancia que se ha agravado con la exhibición de cintas habladas en inglés, siendo de notar que México es el único país que conozco, en donde se permita la exhibición de cintas habladas en un idioma extranjero.

La prensa periódica, que como órgano de educación debería contribuir a la depuración del idioma, lejos de llenar esa misión, contribuye por el contrario a la corrupción de nuestra lengua. Los periódicos de la ciudad de México, sobre todo, son los que mayor responsabilidad tienen al respecto, pudiendo asegurarse que, fuera de las páginas especiales en inglés y de las secciones de deportes, donde la cantidad de anglicismos se cuenta por millares, en el resto de su composición, no hay menos de 100 anglicismos en cada página.

La propaganda comercial, con propósito de atraer al consumidor, turista, ha multiplicado considerablemente los letreros en inglés, aumentándose esta corrupción por la detestable literatura de las mercancías importadas que traen sus anuncios o instrucciones en inglés con palabras en español.

Durante la guerra civil por razones de prudencia, durante el conflicto religioso por razones dogmáticas, y ahora por razones de carácter moral, casi todas las familias acomodadas que tienen hijos o hijas que educar, los han enviado a colegios norteamericanos, lo cual ha aumentado mucho la cantidad de personas que en México hablan el idioma inglés, sin haber conservado una base suficiente de español para afirmar el uso de éste como lengua madre. Pero en este punto tocamos una cuestión de educación.

Educación. Fuera de la educación espontánea producida por el gran movimiento de población que produjo la guerra civil durante los años de 1910 a 1917, en materia educativa se han hecho grandes adelantos, aunque más bien como consecuencia de una necesidad imperiosa de las clases bajas y como movimiento espontáneo partido de ellas y al cual, es justicia reconocer, han respondido los gobiernos revolucionarios.

El problema principal, por supuesto, es la educación alfabética del indígena, para el efecto de enseñarle el lenguaje español con tendencia a relegar el uso de las lenguas indígenas entre los grupos autóctonos.

Bastante se ha logrado en esta materia. Hay ahora menos analfabetismo en las clases bajas; pero en cambio se siente un enorme descenso en la calidad y amplitud de la educación primaria que se imparte a la población urbana. Un niño de 12 años que sale de una escuela primaria del Distrito Federal, después de terminar su sexto año, o su segundo grado de tercer ciclo, como se dice ahora en jerga pedagógica, es un pobre muchacho que no sabe ni sirve absolutamente para nada.

Hay una tendencia a la enseñanza técnica que no ha dado resultado ninguno y, por otra parte, el Gobierno federal y los gobiernos locales siguen desperdiciando energías en la enseñanza profesional.

En la actualidad, la educación primaria se desatiende por querer hacer al mismo tiempo educación técnica.15 La secundaria, con inglés por supuesto, tiene los caracteres de la preparación para la empleomanía comercial, y la profesional asume el aspecto de educación burocrática.

En materia educativa, debemos proponemos ante todo:

1) La conversión del indio al idioma español por medio de la lectura y escritura (2 años).

2) La educación primaria elemental de nuestras clases campesinas de habla española (4 años).

3) La educación primaria superior con enseñanza elemental técnica obrera, para la población infantil urbana y con enseñanza elemental geográfica para la población infantil rural (2 años).

4) La educación secundaria no es función del Estado, o cuando menos no debe pesar exclusivamente sobre éste.

5) La educación profesional debe ser abandonada por el Estado definitivamente, concretándose a vigilar el funcionamiento de instituciones privadas en que se imparta, para legalizar los títulos profesionales.

La Universidad Nacional Autónoma, que, entre paréntesis, no es ni universidad, ni nacional, ni autónoma, sino una agrupación subvencionada de institutos educativos del Distrito Federal, debe subsistir, si puede, como institución realmente autónoma, derivando la mayor parte de sus recursos de los alumnos mismos. Esto resolvería de paso un problema de politiquería estudiantil que no tiene razón de ser.

Hay, en cambio, 3 fines a los cuales la Federación y los Estados deberían dedicar todos los esfuerzos y recursos que les quedaran disponibles después de atender la educación alfabética y primaria: la enseñanza normal, la enseñanza agrícola y la enseñanza de artes y oficios.

La enseñanza normal es de urgencia, pues debemos confesar que ya no quedan maestros. Los que hubo en un tiempo son ahora periodistas, diputados o políticos Y los que todavía ejercen, son oficinistas que están haciendo mucho daño a la educación por el alambicamiento burocrático de la enseñanza. Hay muy pocos maestros, y los pocos que quedan, todos quieren ser jefes de departamento, inspectores en la ciudad o directores de escuela en el primer cuadro. Todos son apóstoles en Roma; pero nadie quiere ser misionero en las Indias.

Se necesitan maestros para las escuelas urbanas; más maestros para las foráneas; muchos maestros para los pueblos; para las aldeas, para los ranchos; y sobre todo, muchísimos maestros para los indígenas remontados en nuestras montañas.

La educación agrícola es una necesidad tan urgente, que basta decir que es imposible que se consolide la institución del ejido si no hay agricultores. Necesitamos agricultores prácticos con nociones de agronomía, casi tanto como arados y bueyes, para que la política agraria de la Revolución no fracase.

En cuanto a la enseñanza de artes y oficios, es esencial para la resolución del problema obrero.

Ya no tenemos obreros. Los que había son ahora carne de motín o empresarios de huelgas con dotes oratorias, rebaños para manifestaciones o líderes de clubes. Pero obreros propiamente dichos, ya no tenemos ni hemos formado nuevos, quizá porque no se necesitan por el momento puesto que México prefiere importar los zapatos y las mezclillas y los percales y las mantas y hasta las suelas para los huaraches.

 

PROBLEMAS ECONOMICOS

De todos los problemas económicos, el más importante y el más trascendental es sin duda el problema agrario.

El problema agrario consiste en una nueva distribución de la propiedad, de manera que aumente la producción de nuestros artículos de primera necesidad, especialmente, el maíz, el trigo y el frijol y la cebada, en forma tal que podamos bastamos a nosotros mismos en materia de alimentación.

El problema agrario consta de 5 capítulos: 1) La división de los grandes latifundios. 2) La formación y fomento de la pequeña propiedad. 3) La dotación de ejidos a los pueblos. 4) El riego. 5) El crédito agrícola.

La Revolución no ha hecho en materia agraria más que el capítulo de dotación de ejidos a los pueblos.

Desgraciadamente, aun la política ejidal deja mucho que desear y la propiedad ejidal sigue todavía insegura y estéril.

El desiderátum en materia agraria para el futuro sería atender a cada uno de los 5 capítulos antes mencionados.

La división de los grandes latifundios no solamente facilitará la explotación de ellos, sino que reducirá al mínimo los conflictos futuros entre la grande y la pequeña propiedad, y sobre todo, permitirá el desarrollo y cultivo de la propiedad ejidal, como complemento del salario.

El fomento de la pequeña propiedad reconocida por la Constitución como base esencial de nuestro desarrollo agrario, no solamente no se ha llevado a cabo, sino que, por un celo mal entendido de los gobiernos revolucionarios en la materia ejidal, la pequeña propiedad ha sido sacrificada tanto en sus conflictos con la gran propiedad como en sus relaciones con los pueblos.

La política de dotaciones ejidales adolece de 3 vicios, a cual más peligroso:

1) La primitiva idea de conservar la forma comunal en el manejo de los ejidos tenía su razón de ser y en mi concepto ha sido un grave error pasar al sistema de parcelas, pulverizando la propiedad de los pueblos y cayendo en el mismo error en que se había caído conforme a las leyes de desamortización de 1856.

2) Por otra parte, las ilegalidades y arbitrariedades de que ha tenido que hacerse uso sin necesidad, para dotar de ejidos a los pueblos, son causa de que la propiedad ejidal no se consolide, temerosa de revocaciones.

3) El tercer vicio consiste en haber tomado la dotación de ejidos como el fin y no como el medio.

El objeto de la dotación de ejidos a los pueblos ha sido fomentar la producción agrícola de las tierras incultas, procurando el mejoramiento de la población campesina y como un complemento de los salarios.

La política ejidal ha supuesto que el objeto esencial era formar terratenientes, de donde ha resultado que se ha tomado de las fincas las partes cultivadas o regadas, dejando a las haciendas la parte estéril y a los pueblos en situación de no poder utilizar las tierras recibidas.

La política ejidal debe continuarse; pero habrá de rectificarse primero en cuanto a definir, con toda precisión la personalidad agraria de las congregaciones y poblados que los necesiten; en seguida en cuanto a no hacer dotaciones de terrenos cultivados; y, por último, en cuanto a no hacer dotaciones si no se tiene la seguridad de poder proporcionar un pequeño crédito agrícola a los ejidatarios.

Respecto del riego hemos dicho ya que el esfuerzo debe tender a los sistemas de riego cooperativo, a fin de favorecer la pequeña propiedad, y por consiguiente la ejidal.

Aprovechamiento de los recursos naturales. Fuera de los productos agrícolas que son de consumo interior, los demás productos de nuestro territorio son de exportación y, por consiguiente, se han visto sujetos al acaparamiento, especialmente después de la guerra europea.

Con excepción de nuestra producción carbonífera, que no tendría mercado en el extranjero ni sería costeable su exportación, y que, por consiguiente, ha permanecido en manos de nacionales, o cuando menos, al servicio de empresas nacionales, el resto de nuestros productos de exportación se encontraba desde antes de la Revolución, y se encuentra todavía, en manos de extranjeros. Me refiero especialmente a la minería, al petróleo y a ciertos productos vegetales como el henequén, el guayule, el chicle, el palo de tinte y otros. La Revolución no ha podido nacionalizar los recursos naturales de exportación.

Hizo un gran esfuerzo con respecto al petróleo y fracasó en él, pues no obstante la nacionalización del subsuelo, toda la explotación petrolífera sigue haciéndose con capitales extranjeros, y para beneficio exclusivo de los extranjeros.

La guerra europea tuvo una considerable influencia a este respecto, y casi podemos decir que nuestros gobiernos revolucionarios no han tenido responsabilidad en el fracaso.

Este es quizás el problema más difícil de los que tiene México que resolver; pero me limito por ahora a indicar la conveniencia de nacionalizar las fuentes de producción de nuestros recursos naturales, lo cual no podrá lograrse sino abriendo campos de consumo interior a esos mismos recursos, de manera que nuestras industrias absorban la mayor parte de nuestra producción.

Industria. Desgraciadamente, no llevamos trazas de tener una industria nacional. EL problema obrero, es decir, la emancipación y libertad de las clases proletarias obreras, ha tenido una gran influencia y ha sido el motivo, hasta cierto punto justificado, de que no haya podido extenderse nuestra industria.

Existe un conflicto entre las medidas de protección al obrero en lo personal y la protección a nuestras industrias. El resultado ha sido el decaimiento de éstas y la invasión de las industrias norteamericanas.

Esto es, sin embargo, un fenómeno mundial del cual no somos los únicos en quejamos.

Nuestra futura política en materia de industria debe consistir en fijar definitivamente las respectivas situaciones del capital y del trabajo en condiciones tales, que puedan desarrollarse las industrias mexicanas y competir con los artículos de importación.

Las industrias que deben protegerse son las que tienen su aprovechamiento de materias primas y su campo de consumo en México mismo: tejidos de algodón, tejidos de fibras como el ixtle y el henequén, artículos de peletería, y otras semejantes.

Comercio. El fracaso de la política revolucionaria de nacionalizar el comercio no es imputable a la Revolución, sino que depende de condiciones extrañas a México, y sobre todo, de la situación de Europa y los Estados Unidos, después de la guerra mundial.

El gran comercio de importación sigue siempre en manos de extranjeros: franceses, españoles, alemanes y norteamericanos.

El pequeño comercio de abarrotes y ropas, que había estado casi siempre en manos de mexicanos, últimamente ha ido pasando a manos de sirios y de inmigrantes balkánicos y eslavos, dejando en manos de mexicanos el comercio Ínfimo, que casi toca los límites de la mendicidad: mercados y comercio ambulante, y aun en estos ramos el vendedor sirio, chino, polaco, griego, han estado echando fuera al mexicano.

Política bancaria. Uno de los ideales de la Revolución fue el monopolio bancario por medio del banco del Estado; pero los gobiernos revolucionarios dejaron pasar el período destructivo de la Revolución sin aniquilar completamente los bancos antes establecidos, y sobre todo, sin modificar los sistemas de funcionamiento de ellos.

La industria bancaria sigue en manos del antiguo Banco Nacional de México que no ha retirado sus tentáculos de toda la República. A este banco se han agregado las sucursales de bancos extranjeros que con gran facilidad dominan a los bancos locales.

El Banco de México no ha respondido a las esperanzas que en él se habían puesto y no ha llenado su cometido, quizá por haberse salido de sus funciones, pues en vez de ser un superbanco, es decir una institución bancaria de mero redescuento, se ha puesto a trabajar en el mercado comercial al nivel de cualquier otro banco privado, desatendiendo los fines para que fue creado.

En la actualidad no hay crédito bancario inmobiliario y la propiedad raíz urbana y rústica siguen siendo refaccionadas por los prestamistas particulares, contándose entre éstos los pequeños bancos regionales que sólo hacen negocios de agio.17

La reciente organización del Banco Agrícola ofrece esperanzas de crear el crédito agrícola para la pequeña propiedad, sino se desvía, como lo hizo la Caja de Préstamos, hacia las grandes inversiones.

Moneda, finanzas y empréstitos. Hay ciertos problemas que parecen de gran importancia en los momentos actuales; pero me abstengo de tratarlos porque asumen caracteres tales a causa de condiciones transitorias.

EL desequilibrio de nuestra moneda depende al mismo tiempo de factores distintos, entre los cuales la baja de la plata no tiene la importancia que se quiere darle. Nuestra balanza comercial no es tampoco motivo suficiente para tan pronunciado desequilibrio monetario. Dicho desequilibrio depende en el fondo de las condiciones de inseguridad para la permanencia de los capitales nacionales en el país y para la inversión de capitales extranjeros. 18

Tan pronto como mejoren las condiciones de nuestra industria y de nuestra agricultura, automáticamente mejorará la situación de nuestra moneda, aun cuando la plata no vuelva a recobrar su antiguo nivel.

Por no alargar esta conferencia, me abstengo de tratar otras cuestiones de carácter hacendario y financiero que aun cuando son importantes para nuestro país, no se refieren a la política general seguida por la Revolución.
Me limitaré solamente a hacer notar que la Revolución tuvo siempre el constante propósito de no contraer nuevos compromisos en el extranjero, en forma de nuevos empréstitos.19

En la actualidad, las condiciones monetarias del mundo son tales, que más que solicitar dinero que rebosa en las arcas de los bancos extranjeros y especialmente de los norteamericanos, nuestro problema consiste en defendemos de la invasión de capitales extranjeros que vienen al país a comprar, acaparar y monopolizar las fuentes de nuestra industria y de nuestro comercio.

La situación hacendaria de nuestro país no es consecuencia del buen o mal manejo de los fondos públicos por parte de la Secretaría de Hacienda, sino de la economía, del orden y de la honradez que se tenga para todos los gastos públicos.

Podemos en resumen decir que la política económica de México debe consistir en seguir los principios enunciados; pero desgraciadamente no realizados todavía por la Revolución, a saber: bastamos a nosotros mismos en productos agrícolas alimenticios; controlar las fuentes de nuestros recursos nacionales; fomentar la industria mexicana de los artículos de producción y consumo mexicanos; mexicanizar nuestro comercio; tener nuestro propio sistema bancario; sanear nuestras finanzas; estabilizar nuestra moneda; y no contraer compromisos internacionales que no podamos cumplir desahogadamente.

PROBLEMAS POLITICOS

Libertad, igualdad, justicia, sufragio efectivo, no reelección, autonomía de los poderes, municipio libre, soberanía de los Estados, independencia internacional.

Palabras, palabras, palabras.

La Revolución no ha resuelto ninguno de los problemas políticos del país. Ni podrá resolverlos mientras esos problemas se estudien con hipocresía, hablando para la galería y pensando en la manera de conseguir una colocación o de obtener una curul, o de escalar un puesto.

El problema político de México consiste en tener leyes que correspondan realmente a nuestro modo de ser, a nuestra condición económica y a nuestras necesidades.

Para que haya libertad política es necesario que haya igualdad económica y social.

Mientras la nación no sea homogénea no puede haber igualdad jurídica ni igualdad política.

En un país de capas superpuestas, de clases desiguales racial y económicamente, no puede haber igualdad constitucional ni igualdad ante la ley.

Y mientras no tengamos la franqueza de ver cara a cara el problema de nuestra heterogeneidad de clases, sino que partamos de las declamaciones huecas sobre "las libertades del pueblo" y "los derechos de los ciudadanos", no podremos pasar de nuestro estado de leyes teóricas inaplicables e inaplicadas.

Pero entonces se me dirá: ¿cuánto tiempo habrá que esperar a que se logre la homogeneidad de raza y la igualdad económica para que haya justicia, libertad y sufragio? ¿Un siglo?

Y yo digo: no tanto, pero es peor que sigamos viviendo en un sistema político falso que estorba y estorbará siempre la realización de los ideales revolucionarios en materia social y económica.

Porque estamos en un círculo vicioso: no tenemos libertades porque no tenemos igualdad económica y social; pero al mismo tiempo no podremos completar nuestra Revolución económica y social si no salimos del pantano de falsedades constitucionales en que vivimos.

Y no hay que esperar a que se realice por completo la homogeneidad de raza y la emancipación económica del indio y del proletario para comenzar a tener libertades.

Hay que buscar las fórmulas legales adecuadas a nuestras condiciones reales y efectivas. ¿Que es difícil la tarea? Es cierto, pero no es imposible.

En derecho constitucional, la inferioridad de las unidades individuales hay que compensarla creando las unidades colectivas. En materia política hay que admitir la representación proporcional, o la representación funcional, o la representación gremial o la representación comunal.

Si el voto del indio no puede valer lo que un voto del ciudadano criollo civilizado, menos malos es que 100 votos de indio valgan lo que un voto del hacendado, y no que se pierdan esos 100 votos o que el hacendado los cuente como 100 votos efectivos sumados al suyo.

Y en derecho civil hay que abrir la puerta a las personalidades gremiales, o a las personalidades funcionales, o a las personalidades comunales para que puedan obtener justicia frente a las personalidades físicas poderosas o frente a las corporaciones, sociedades y demás personas morales.

La tarea es difícil y larga; pero hay que emprenderla desde ahora.

Talento no nos falta. México ha acometido y resuelto muchos de sus problemas antes que otras naciones, la separación de la Iglesia y el Estado, por ejemplo.
Pero eran otros tiempos y otros varones.

Lo que nos falta es valor civil, honradez y patriotismo. Valor civil para hablar francamente de los problemas; honradez para confesar nuestras lacras y nuestros defectos, y patriotismo para orientar nuestros esfuerzos en bien de la patria y no perseguir nuestra conveniencia personal.

Y en cada uno de nuestros problemas políticos que toquemos, salta a la vista que no es por falta de inteligencia por lo que no lo hemos resuelto sino por falta de valor civil, por falta de honradez y por falta de patriotismo.

La Revolución no ha hecho nada, absolutamente nada para resolver nuestros problemas políticos.

El principio de la no reelección, que no es un principio, sino un propósito de renovación que nos obligaría a educar constantemente nuevos hombres para el Gobierno, parecía conquistado definitivamente; nadie lo impugnaba; había sido inscrito en nuestra Constitución y Carranza mismo fue sacrificado por él.

Más tarde fue borrado a toda prisa por razones de conveniencia política. Ahora que esas razones ya no existen ¿por qué no lo restablecemos?

Porque no tenemos valor civil para exigirlo, temiendo lastimar con nuestras sospechas al Gral. Calles o al Lic. Portes Gil, o al Ing. Ortiz Rubio. Porque no tenemos honradez para cerrar la puerta a las ambiciones y porque no tenemos patriotismo para poner los intereses de nuestra patria sobre nuestras conveniencias futuristas.20

No tenemos sufragio efectivo. Ni podremos tenerlo con un sistema electoral hipócrita, falso, basado en la mentira convencional de los comicios.

Pero no tenemos el valor civil de decirlo, y aunque lo digamos salto voce, no tenemos el valor de escribirlo y publicarlo. Ni tenemos la honradez suficiente para confesar que no hay un solo funcionario que haya sido realmente electo por el pueblo; ni el patriotismo para reformar nuestra Constitución y nuestras leyes electorales; y preferimos irla pasando con un sistema que si no sirve para elegir buenos mandatarios en cambio se acomoda perfectamente a nuestras conveniencias políticas, y nos ayuda a realizar nuestras ambiciones personales.21

No tenemos justicia.

Ni la hemos tenido ni podremos tenerla mientras no hagamos una verdadera revolución, jurídica.

Pero no tenemos el valor civil, sobre todo los abogados postulantes, de decir que todo está podrido en Dinamarca, que nuestras leyes son absurdas y nuestros procedimientos estultamente anticuados; y que los tribunales a donde no ha llegado la marea de la corrupción y del cohecho están enfermos de apatía o de servilismo o de miedo de dar a cada quien lo suyo.

Ni tenemos tampoco la honradez suficiente para enfrentamos con la corrupción judicial y combatirla, ni el patriotismo necesario para arrojar la toga, arremangamos, y poner manos a la obra de reformar las leyes y de echar a latigazos a los mercaderes del Templo de la Justicia.22

No tenemos Ejército. Ni lo hemos tenido nunca ni podemos tenerlo en un medio de desigualdad social. El que teníamos era un contingente recogido de leva en las comisarías y en las prisiones, regido por una oficialidad educada en el militarismo profesional.

Y el que formó la Revolución lleva dados ejemplos de lo que es capaz el pretorianismo militar cuando sabe que a falta de urnas electorales, las crisis políticas tienen que resolverse con la culata del fusil.

Pero nos falta valor civil para decirlo. No nos atrevemos ni a comentar los pronunciamientos y despronunciamientos de los últimos años, ni a indignamos ante el inmundo lodazal de cohechos y cobardías en que ha nadado la deslealtad de las recientes revueltas; ni menos a decir que nuestro Ejército no está curado de su pretorianismo crónico.

Ni tenemos honradez para confesar que ese mal no puede curarse mientras no funcionen democráticamente los partidos políticos, y que por mucho que nos duela, las elecciones generales seguirán oscilando entre la insurrección y el caudillaje.

Ni podemos concebir que haya quien tenga el patriotismo suficiente para abstenerse de emplear el poder militar en pro de sus ambiciones políticas, como lo veremos dentro de 2 ó 3 años... si vivimos.23

No tenemos libertad de imprenta. Ni la hemos tenido desde la muerte de Madero.

Pero el reciente congreso periodístico fue testigo de que no tenemos el valor civil de decir, o no nos conviene publicar, que las verdaderas causas del silencio o de la hipocresía de nuestra prensa no proceden de la ley, ni tanto de la presión oficial, sino de la organización económica de nuestras grandes empresas periodísticas que se hallan cohibidas para expresar libremente la opinión pública, o porque no conviene a los intereses que las sostienen o porque temen sufrir en su negocio antagonizando al Gobierno o a los grandes intereses económicos o políticos.

Y no hablo de la dependencia pecuniaria de los noticieros y redactores que los priva de libertad, porque este mal sería remediable si no existiera el vicio de organización de nuestra prensa noticiera.

No hay municipios libres ni puede haberlos. Pero no tenemos el valor civil de confesar que nos hemos equivocado al crear esa institución antes de educar a nuestro pueblo y antes de reformar toda nuestra legislación electoral. No tenemos la honradez ni el patriotismo para combatir la corrupción política de los ayuntamientos, ni siquiera el de nuestra propia aldea, donde se roba y despilfarra nuestro propio dinero y el de nuestros hijos.

No hay soberanía de los Estados, ni hemos tenido nunca una República federal; ni podemos tenerla; ni nos conviene tenerla.

Pero carecemos de valor civil para decirlo; ni nos atrevemos a soportar la rechifla que nos vendría encima cuando dijéramos que los Ramos Arizpe y los Gómez Farías y los Ocampo y los Zarco se habían equivocado lastimosamente.

Por el contrario, en cuanto se toca la cuestión del centralismo o tan siquiera la de reintegrar entidades federativas más grandes y menos numerosas somos los primeros en sacar a relucir nuestro provincialismo, especialmente si a la sazón está de moda ser de Oaxaca o de Coahuila, o de Sonora, o de Tamaulipas o de Michoacán.24

Ni tenemos la honradez suficiente para confesar que la soberanía de los Estados siempre ha sido una mentira y que sólo ha servido para eludir responsabilidades del centro o para facilitar los caciquismos con que los caudillos máximos pagan a sus lugartenientes.

Y cuando se nos ponen al frente las ventajas que la patria obtendría de su unificación territorial y política, sacamos en seguida a relucir nuestro patriotismo de campanario, prefiriendo el federalismo teórico que nos sirve para medrar y que es la base de las tiranías locales, a un centralismo que odiamos a ciegas y por mera tradición, como continuamos creyendo por mera rutina y por conveniencia en el sistema federativo.

No tenemos, en fin, soberanía internacional. Ni la hemos tenido; ni podremos tenerla mientras no seamos fuertes, o cuando menos relativamente sanos, y mientras no tengamos la independencia económica que consiste en bastarse a sí mismo.

Pero no tenemos valor civil para confesarlo.

Cuando se trata de la integridad de nuestro territorio, somos unos tigres y ya estamos alharaqueando porque un señor norteamericano dijo que sería conveniente comprar Baja California; y llevamos años de estar orgullosos porque un juez declaró que El Chamizal nos pertenece, pero no tendríamos valor para sacamos esa espina, aunque haga más de 60 años que no se encuentra en nuestro poder ese pedazo de tierra arrancado por el río Bravo.25

Los políticos norteamericanos que conocen nuestro lado flaco, nos dan coba a cada rato diciéndonos que no pretenden quitamos una sola pulgada de territorio... más de lo que ya nos quitaron; y nosotros nos quedamos tan campantes y orgullosos en la creencia de tener asegurada nuestra integridad territorial.
Pero en cuanto a la soberanía propiamente dicha, que no hemos tenido nunca, ésa no nos preocupa.

En lo económico estamos atenidos a la importación de toda clase de artículos, no sólo de lujo o de vestir, sino aun los de primera necesidad: el trigo, el maíz, los huevos, la manteca, necesitamos comprarlos fuera. Usamos de preferencia mercancías de importación. Anunciamos en inglés y aun ponemos a nuestros propios productos etiquetas en inglés por patriotismo, y para venderlos a mejor precio.

En nuestras relaciones internacionales tenemos un costosísimo servicio diplomático decorativo y literario; pero perfectamente inútil, pues cada día se azolvan más y más los conductos diplomáticos europeos y sudamericanos.

Durante la guerra europea, la doctrina Monroe llegó a significar que cualquier asunto importante que México tuviera que tratar con Europa, debería tratarlo por conducto de Washington; y seguimos en igual condición.

Pero no tenemos el valor de suprimir nuestro costoso servicio diplomático porque preferimos guardar las apariencias antes que confesar la verdad.

Ni tenemos la honradez y el patriotismo suficiente para decir no, cada vez que nuestro vecino del Norte nos invita a cederle una parte de nuestra soberanía.

Obregón, por necesidad de orden político, para que los Estados Unidos lo reconocieran, tuvo que firmar los tratados de Bucareli, que crearon una jurisdicción especial para los norteamericanos y privilegios que prácticamente eximen al hacendado norteamericano de contribuir a la resolución del problema agrario.

Un grupo pequeño de senadores pensó oponerse. Field Jurado fue asesinado y 3 senadores más fueron formidados secuestrándolos.

Los tratados fueron aprobados casi por unanimidad con sólo la lectura de unas objeciones que fueron rebatidas despectivamente con denuestos para su autor.26

Y tras de los tratados de Bucareli, siguieron tratados semejantes con Inglaterra, con Francia, con Italia, con Bélgica, con España, con Alemania, generalizándose así el precedente.

Y lo malo no es lo que tengamos que pagar por esas reclamaciones, sino que llevamos 7 años de comisiones internacionales y lleva trazas de convertirse en sistema de capitulaciones lo que fue una debilidad de nuestra parte, con mengua de una soberanía ya bastante mermada por nuestra inferioridad geográfica y económica.

Resumen
En suma y para terminar repito que la resolución de nuestros problemas políticos requiere valor civil, honradez y patriotismo, de que desgraciadamente andamos muy escasos los mexicanos.

Los problemas políticos. no pueden resolverse en la forma democrática pura mientras subsistan nuestras desigualdades social y económica.

Hemos hecho algo en lo económico y en lo social; pero la Revolución no ha hecho nada por resolver los problemas políticos, y lo que había hecho lo deshicimos vergonzosamente.

Por último, la Revolución económica y social de México no puede consolidarse sin una reforma política que permita la participación de los mexicanos en el gobierno de su República.

México y Rusia están a este respecto en condiciones semejantes: mientras las reformas económicas del comunismo tengan que sostenerse por la fuerza, bajo un régimen dictatorial del proletariado, no podrá verse si son utópicas o si pueden subsistir y consolidarse. 27

Mientras las reformas sociales y económicas de México tengan que sostenerse por medios dictatoriales, no sabremos si podremos mantenerlas y consolidarlas o si son un vano ensayo que más tarde habrá que abandonar.

Madero no alcanzó a ver los problemas sociales y económicos por estar contemplando los problemas democráticos. Era un soñador.

Carranza fijó su atención en las reformas sociales y económicas de México y de su pueblo. Era un hombre práctico      Madero, el vidente, murió por no haber visto hacia abajo, por no fijar su atención en los hombres y en la tierra.

Carranza, el prudente, murió por no haber visto hacia arriba.

Madero, el iluso, el teorizante, ¿se equivocó? ¿O con la pureza de su corazón y la sencillez de su espíritu vio más allá que nosotros?

Como quiera que sea, nosotros tenemos el deber de continuar y llevar a cabo la tarea que se impusieron uno y otro, aprovechando la lección de sus errores y de su sacrificio: que no puede haber libertad política sin igualdad económica y social; pero que tampoco puede haber bienestar económico y social sin libertades.

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Notas:

1 Debo rectificar este juicio en cuanto a los hermanos Flores Magón, que si pensaban en una revolución, pero sobre bases totalmente distintas de la que hizo Madero (LC).

2 Estudios posteriores me han hecho rectificar estos datos, que para 1910 deben ser los siguientes indígenas 35%; mestizos, 55%; criollos, 10%. Mis conclusiones sobre la heterogeneidad de razas no cambian. (LC).

3 El autor mismo, muy al principio de su vida política, llegó a pensar que esa era la solución más conveniente para México. Pero a tiempo se retiró del reyismo. (LC).

8 En el Plan de San Luís se hace una promesa vaga de restitución de sus tierras a los pequeños propietarios en su mayoría indígenas» que hubieran sido despojados de sus terrenos. Pero no se habla de las propiedades comunales de los pueblos ni de reconstitución de los ejidos. (LC).

9 La reconstitución de los ejidos de los pueblos como medio de suprimir la esclavitud del jornalero mexicano. México, 1913. (LC).

10 La insurrección de Félix Díaz, de tendencias netamente restauratorias del régimen porfirista. (LC).

11 En 1931 el gobierno republicano de Hoover era rabiosamente anticomunista. (LC).

12 Después de abierta la carretera México-Laredo se ha visto que por cada turista norteamericano que viene a gastar Dls 100 a México hay 100 turistas mexicanos que van a gastar $1 mil a Estados Unidos (LC).

13 Estas cifró, exigen una seria rectificación. Un cálculo más cuidadoso basado en el censo de 1930 que el autor no conocía entonces, ofrece las siguientes proporciones: indígenas, 25 %; mestizos, 70 %; criollos, 4%: extranjeros, 1%. (LC).

14 En la época de esta conferencia todavía no estaba vigente el Código Civil de 1938 que teóricamente reconoce los derechos de los hijos naturales. pero que rodea de tales requisitos de procedimiento judicial el reconocimiento que lo hace casi imposible. (LC).

15 En aquellos tiempos (1931) no había llegado la educación socialista. ni se había extendido tanto la educación rural federal invadiendo la esfera de acción de los Estados. En la actualidad, a pretexto de educación socialista casi no se hace nada en educación primaria. Los profesores rurales federales no son más que agitadores y propagandistas del comunismo que no han hecho nada en favor de la educación. (LC).

16 Esto era en 1931. Ahora el Banco de México ya no opera directamente con el público, sino que es el eslabón que cierra la cadena con que los bancos privados tienen aherrojados al comercio, a la industria y a la agricultura. (LC).

17 Desde entonces se han formado varios bancos hipotecarios y las compañías de seguros han acaparado el crédito inmobiliario en el Distrito Federal. En el resto del país no hay crédito inmobiliario (LC).

18 En julio de 1931, meses después de escrito este balance, el Gobierno mexicano abandonó su moneda de oro y en 1935 abandonó la de plata. (LC).

19 En 1930 se hizo el tercer intento de reasumir el servicio de nuestra deuda pública exterior, por medio de un arreglo con el Comité Internacional de Banqueros formado alrededor de la Casa Morgan. En septiembre de 1933 el Gobierno del Gral. Rodríguez contrató un empréstito de $25 millones para obras de provisión de aguas y saneamiento en el Distrito Federal entregando en garantía a un banco, la recaudación de los impuestos de aguas, y comprometiendo los impuestos prediales del Distrito Federal. En los momentos en que se publica este trabajo (enero de 1936), el Gobierno del Gral. Cárdenas se propone hacer un nuevo intento de reajustar su deuda exterior. Por lo tanto, el Congreso acaba de aprobar un empréstito de Dls 5.5 millones ($20 millones) para obras públicas con garantía de los ingresos del petróleo, a pesar de que se dice haber un superávit de $160 millones. Se ha aprobado también otro empréstito por $50 millones para la construcción del FC del Istmo a Campeche, con garantía de los ingresos de los ferrocarriles. Todo esto demuestra que en 20 años no hemos aprendido nada de la experiencia dolorosa de nuestra historia en materia de empréstitos. (LC).

20 En abril de 1933 fue nuevamente reformada la Constitución restableciendo el principio de no reelección, Pero en estos días (enero de 1937), se habla ya de reformarla de nuevo para permitir la reelección del Gral. Cárdenas "por una sola vez", (LC),

21 Con el funcionamiento del Partido Nacional Revolucionario, órgano electoral oficial, ha quedado definitivamente suprimido el sufragio efectivo en México. (LC).

22 En diciembre de 1934 fue reformada la Constitución suprimiendo definitivamente la inamovilidad del Poder Judicial. y dejando al Poder Ejecutivo el nombramiento de los ministros de la Suprema Corte y magistrados del Tribunal Superior. Desde enero de 1935 en que fueron designados los nuevos ministros y magistrados no queda ya ni sombra de independencia del Poder Judicial. (LC).

23 El autor se equivocó en este punto, porque han pasado ya 6 años y todavía no se ha ofrecido otro cuartelazo militar. (LC).

24 Se refiere el autor a las épocas en que fueron presidentes Díaz, de Oaxaca; Madero y Carranza, de Coahuila; Obregón y Calles, de Sonora; Portes Gil, de Tamaulipas, y de Michoacán Ortiz Rubio, que era el Presidente en la época de esta conferencia. (LC).

25 El 18 de enero de 1934 fue reformada nuestra Constitución para eliminar la isla Clipperton o de la Pasión de entre las partes integrantes de la República mexicana. Eso se hizo para cumplir un laudo del Rey de Italia, declarando que esa isla era de Francia y no nuestra. El arbitraje había sido planteado durante el Gobierno del Gral. Díaz años antes de la guerra mundial. cuando Italia se suponía neutral respecto a Francia; pero fue fallado en 1933 cuando Italia era de hecho aliada internacional de Francia. (LC).

26 El Lic. Cabrera fue quien elevó al Senado un estudio combatiendo los tratados de BucareIi, en cuyo documento se basó la última débil resistencia que opuso el grupo minoritario del Se nado, después del asesinato del senador Field Jurado y del secuestro de los senadores don Ildefonso Vázquez, don Enrique del Castillo y don Francisco Trejo. Y sin embargo, recientemente se ha llegado a decir que el Lic. Cabrera prohijó esos tratados. Así se escribe la historia. (LC).

27 En los últimos días de noviembre de 1936 fue aprobada la nueva Ley Fundamental de la Unión de las Repúblicas Soviéticas Socialistas, en que se establece un régimen democrático y queda abolida la dictadura del proletariado; pero aún no es tiempo de emitir un juicio sobre los resultados de nuevo sistema ni siquiera sobre si realmente va a implantarse o si se trata de una nueva maniobra política. (LC).

 

 

Tomado de: Historia Documental del Partido de la Revolución. ICAP. 1981