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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1930 El peligro de un neo-porfirismo con el pretexto de la reconstrucción nacional. Vicente Lombardo Toledano.

Febrero 12 de 1930

 

 

El peligro de un neo-porfirismo con el pretexto de la reconstrucción nacional

 

La crisis económica por la que atraviesa nuestro país ha hecho sentir a todos los mexicanos la necesidad de aumentar nuestra producción y de encomendar la acción gubernativa relacionada con nuestros problemas sociales, a individuos de capacidad técnica, alejando de lo que vulgarmente llamamos “política”, la dirección de la vida nacional.

La convicción de esta necesidad ha engendrado, a su vez, algunos deseos —como base de nuestra vida pública—, que adquieren, especialmente para la clase media del país, el carácter de dogmas de inaplazable resolución: paz, libertad de trabajo, garantías para la inversión de capitales y facilidades para el establecimiento de nuevas industrias.

A la realización de estos desiderata que el momento parece imponer, es a lo que se ha llamado la obra de “la reconstrucción nacional”. Todo el mundo habla de esta tarca urgente; nadie se considera ajeno a ella; no hay político que no la invoque ni empresario o funcionario público que la olvide en sus peticiones o en sus determinaciones oficiales. De esta suerte, el problema de la reconstrucción nacional se ha convertido en el único problema de México: los conflictos entre el capital y el trabajo, la política hacendaria y fiscal, el empleo de los desocupados, la función bancaria, la construcción de caminos, la reorganización de los ferrocarriles, la legislación agraria, la legislación minera; todo gira alrededor del gran problema.

Sin embargo, nos está ocurriendo con la obra de la reconstrucción —que también se ha dado en llamar la segunda etapa de la Revolución mexicana— lo que con la Revolución misma. ¿En qué consiste? ¿Cómo habrá de llevarse a cabo? ¿Qué medidas concretas —dentro del propósito vago, por abstracto, de mejorar nuestras condiciones de vida— deben tomarse para lograr este fin?

¿Consiste la reconstrucción del país —como lo desea y lo afirma nuestra clase media— en que se mantenga la paz, en que baya libertad de trabajo y en que se den facilidades al capital extranjero para que, invertido en nuestro país, salga éste de la pobreza en que vive? ¿La necesidad de resolver los problemas nacionales de mayor importancia de acuerdo con un programa técnico y no político, se basa también en el propósito de inyectar dinero ajeno a nuestra anémica producción económica?

El programa de la clase media, que en nuestro país, como en todos, no es sino el reproductor del pensamiento de la burguesía, obedeciendo a un principio de indudable exactitud, entraña, no obstante, más que una norma de salvación nacional, un propósito de franca reacción, de restablecimiento de lo abolido. Si la reconstrucción nacional consiste en dar facilidades al capital extranjero para su inversión en México, facilidades que suponen desde la paz hasta la abolición de hecho de las leyes de garantía de la nacionalidad y de los derechos de la clase trabajadora, hay que declarar sin eufemismos que lo que la burguesía entiende por la reconstrucción de México, es el establecimiento de un neoporfirismo.

Que estamos urgidos de hacer producir nuestra tierra, de explotar nuestros recursos naturales, y que para conseguir esto necesitamos dinero, es cierto; pero es falso que el capital —especialmente el capital norteamericano, para el que parece que el problema se ha planteado— requiera un campo de inversión sin normas a las que sujetarse y sin obligaciones fiscales, jurídicas y humanas. El capital norteamericano desde varios años ha salido de su país —por mandato fatal de una ley biológica que obliga a los organismos bien nutridos y desarrollados a emplear el excedente de sus energías en la consolidación futura de su propio ser— en busca de materias primas para sus industrias, de rutas fáciles para su tráfico comercial, de mercados para sus productos y de centros de inversión para su mismo dinero. México representa para los Estados Unidos, como ningún país del mundo, este cuádruple mercado; sólo Panamá y Nicaragua nos aventajan como rutas transoceánicas; pero somos, en cambio, el mercado más próximo a la gran potencia, el campo más rico de materias primas y la zona natural de su expansión financiera y espiritual. La penetración del capital americano en México es, pues, una consecuencia inevitable de su desarrollo físico y de nuestra situación geográfica. Lo que importa no es, por tanto, hacer ingenuos o hipócritas llamamientos patrióticos al capital norteamericano, sino prevenirnos para su invasión.

¿Qué actitud debe asumir México ante esta invasión —provocada por el curso normal de las leyes sociológicas—, que al mismo tiempo lo beneficia y lo amenaza?

Un neo-porfirismo —sumisión al capital extranjero y supresión de los anhelos y derechos legítimos de la masa de nuestros desheredados—- no beneficiaría al país en ninguna forma: lo único que México ha obtenido hasta hoy del capital ajeno que actúa en su territorio, sin orientación social, han sido los bajos salarios que perpetúan la condición de parias de nuestros trabajadores; la riqueza producida por nuestra mano de obra, al servicio del capital extranjero, sale del país, y si acaso regresa es en forma de mercancía elaborada, a precios tan altos que no tiene para nosotros más valor que el de la producción extranjera en cualquiera de sus formas.

Lo que la experiencia histórica aconseja es, por tanto, establecer las normas a las cuales debe ceñirse el capital que tiene que invertirse en nuestro país. El temor de los que creen o sirven a la burguesía, de que no vendrá el capital si no se le permite el mismo margen de utilidades que en otros países del mundo, es un temor que se apoya en una carencia de visión de la historia y en un temblor del concepto del deber.

Llamar al capital prometiendo franca o discretamente el privilegio de borrar para él nuestras escasas leyes de protección de nuestra nacionalidad o de nuestros trabajadores, no es ayudar a la obra de reconstrucción nacional, sino prevaricar y apresurar nuestra caída material y moral como nación de personalidad propia. El capital vendrá sin nuestros ruegos, vendría si nos opusiéramos a su llegada; ha sonado para nuestro país la hora de desempeñar el papel de campo de expansión del imperio más grande del mundo, y tiene que cumplir su misión de predio sirviente. A nuestro gobierno, responsable del cumplimiento de las normas de nuestro derecho público y del progreso de las instituciones creadas y señaladas por la Revolución, corresponde la tarea de establecer los límites de acción y los derechos y obligaciones del capital extranjero invertido en México.

Pero no se reduce a esto la tarea de la reconstrucción nacional. No basta con hacer cumplir al extranjero nuestras leyes, es preciso que nuestro pueblo consiga lo que hasta hoy sólo ha entrevisto confusamente. Para la burguesía —siempre en acecho y esperanzada, por vanidad que le es propia, en el fracaso de la obra revolucionaria—, la crisis que padecemos ha sido una brillante oportunidad para proclamar enfáticamente su triunfo: “el reparto de tierras ha sido estéril: la producción ha disminuido; debe suspenderse la aplicación de las leyes agrarias; las leyes obreras gravan desmesuradamente la industria; los sindicatos hacen imposible, por incosteable, el desarrollo de las industrias de transformación; los agitadores provocan serios quebrantos a las empresas; deben suprimirse las huelgas, expulsarse a los líderes obreros, permitirle a la industria mayor libertad de acción”, etc., etc. Y aunque todavía no se atreve a declararlo con valor, llegará el momento en que propugne lisa y llanamente por el regreso al pasado. Reconstruir significa para la burguesía, instaurar nuevamente el porfirismo.

La masa de trabajadores de México, por su parte, es decir, la mayoría absoluta de la población del país, no cree que la reconstrucción nacional signifique el retorno a don Porfirio; para ella, reconstruir el país es construirlo de nuevo, levantar sobre los cadáveres de un millón de hombres muertos en la Revolución y de las ideas del siglo XIX, un país nuevo: un país que pertenezca a los mexicanos; un país en donde las fuentes principales de la vida —como la tierra y el trabajo— pertenezcan a la comunidad, y ésta pueda imponerles las modalidades que la defensa de sus propios intereses le aconseje; un país gobernado por hombres representativos de las mayorías, libremente elegidos por ellas, intérpretes y ejecutores fieles de sus designios; un país sin privilegios para los extranjeros y sin favoritos que detenten el poder y hagan fortuna a su sombra; un país que depure su pensamiento y su sentir de toda influencia extranjera y exprese su propia opinión ante el mundo y realice sin reticencias el propósito de su voluntad; un país en donde se reconozca como causa de la riqueza el trabajo humano, y en donde, en consecuencia, se impida la existencia ultrajante de las hondas diferencias de la renta personal que caracterizan al régimen burgués; un país en donde desaparezca el trágico y falso sistema federal de gobierno, apoyo de caciques, sepulcro de la vida cívica, tumba de la prosperidad económica nacional, fuente de clases parasitarias e instrumento de las dictaduras; un país en donde la justicia se distribuya de acuerdo con el esfuerzo útil de cada quien, y no en relación con el poder económico de los que comparecen ante los tribunales; un país en donde la orientación de las finanzas, de la hacienda pública y del sistema de tributación, unifique la producción en sus diversos aspectos, favorezca el desarrollo de la producción con sentido social y aniquile la producción antieconómica e inhumana, y subordine el crédito al programa del progreso colectivo, en lugar de presidir, para fines de lucro, la obra de la industria; un país, en suma, en donde la personalidad humana se dignifique y el país mismo contribuya con su sello propio a la liberación del mundo...

Mientras en México subsista el latifundio; mientras la clase obrera no viva desahogadamente; mientras sus gobernantes no formulen un programa completo de reforma social y lo cumplan; mientras los extranjeros tengan más garantías que los mexicanos y algunos vivan al margen de la ley y nuestros funcionarios se plieguen a sus amenazas o toleren o favorezcan sus propósitos; mientras nuestros gobernantes sean ricos o se enriquezcan en el ejercicio del poder; mientras nuestros sistemas educativos se importen del extranjero; mientras la distribución de la riqueza no se haga con un espíritu más apegado a la realidad del proceso económico y no se alteren las condiciones actuales de los beneficios que el capital se atribuye y se aplica a sí mismo y los que le asigna al trabajo; mientras el municipio no sea la base real de la organización política, económica y moral del Estado, y no desaparezcan las Legislaturas locales y la irresponsabilidad y el poder sin límites de los gobernadores; mientras sigamos viviendo en un régimen hacendarlo y fiscal de soberanías locales que gravan torpemente la producción y siembran el caos en la economía nacional; mientras el crédito bancario sea dueño del fruto de las industrias y se siga interponiendo en el desarrollo de nuestra vitalidad nacional; mientras no hayamos logrado, en suma, dignificar a nuestra pobre, ignorante y heterogénea población y a nuestro país como unidad diversa entre todas las naciones, la obra de la reconstrucción nacional se mantendrá inconclusa, en espera de quienes deban realizarla...

La reconstrucción nacional no significa el establecimiento de un neoporfirismo: quiere decir, simplemente, el cumplimiento del programa de la Revolución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Excélsior, 12 de febrero de 1930.