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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1930 Agrarismo y revolución. Artículos de Antonio Díaz Soto y Gama

(1927-1930)

LA OBRA DE VASCO DE QUIROGA

El ensayo social del señor Quiroga, presenta dos frases, íntimamente ligadas entre sí: la principalmente educativa, encaminada a transformar la mentalidad del indio y a infundirle nociones y hábitos de moral hondamente cristiana; y la reforma social propiamente dicha, que según el pensamiento de don Vasco, había de ser tan profunda, que se confundiese casi con el comunismo.

Para no equivocarnos por razón del nombre de hospitales, dado por el señor Quiroga a sus fundaciones de Santa Fe y de Michoacán, debemos fijarnos en que, como acertadamente hace notar el general Riva Palacio, esos establecimientos estaban destinados, “no sólo a recibir enfermos y peregrinos desvalidos, sino también a todos los pobres que quisiesen venir a morar allí para trabajar en comunidad, distribuyéndose las ganancias proporcionalmente al número de personas de la familia.”  (“México a Través de los Siglos”, tomo 2o., pág. 223).

“La naturaleza de negocios que el señor Quiroga maneja en su empleo (fue oídos de la Real Audiencia, junto con el ilustre Ramírez de Fuenleal), le trajo un conocimiento profundo de las miserias, desamparos y vejación de los indios ----nos refiere su biógrafo, don Juan José Moreno----. Supo cómo toda la nación era oprimida de los mayores: cómo muchos de ellos se solían vender, por no poder consigo mismo: cómo andaban derramados, desnudos y tan hambrientos, que solían (dígolo con las mismas palabras que se hallan en su testamento AGUARDAR EN LOS TIANGUIS O MERCADOS, PARA COMER LO QUE LOS PUERCOS DEJABAN... Supo, y esto mismo vieron con harta frecuencia en México, ahogados muchos niños indios... Conjeturaban algunos que esto era efecto de la desesperación en que se veían constituidos los indios por su sujeción: otros discurrían de otra manera; pero por último se averiguó que el verdadero origen de esta fatalidad, era la miseria y pobreza tan extrema de aquellas madres, que no bastándoles aun para su sustento lo que llegaban a alcanzar con sus fatigas, les anticipaban a sus hijos la muerte, que les había de dar la hambre con el tiempo...” (Vida de Quiroga por Moreno; págs. 13 y 21.)

El espectáculo de tamañas miserias indujo al generoso don Vasco, siendo todavía oidor, a la fundación del hospital de Santa Fe, en las inmediaciones de esta ciudad de México, y pocos años después, a establecer el de Michoacán, siendo ya Obispo de esa Diócesis.

La finalidad del señor Quiroga, con relación a esos hospitales, eran “formar una comunidad y un pueblo que aspirase a la perfección cristiana” y, en efecto, los vecinos “hacían a la verdad un género de vida que imitaba las costumbres de los primeros cristianos: vivían de bienes comunes, que eran aquellas tierras que les había comprado su fundador; y que cultivaban ellos mismos con aquel orden que suele haber en una familia bien regulada... En poco tiempo llegaron (en sólo Santa Fe) a treinta mil los indios, que no sólo reducidos a nuestra santa fe, sino siguiendo la estrecha senda de la perfección evangélica, habitaban aquel pueblo”. (Obra citada, página 22.)

El señor Quiroga, deseoso de la conservación de su obra, prohíbe en las “Ordenanzas para el gobierno de los Hospitales, “que puedan ser enajenados los bienes afectos a su sostenimiento; “porque si de otra manera fuese ----nos dice él---- se perdería esta buena obra y limosna de indios pobres, y huérfanos, y pupilos, y viudas, y miserables personas, fácilmente, y no se podría por largo tiempo sustentar ni conservar esta hospitalidad y remedio de ellos, y de innumerables personas, apropiándolo cada uno para sí lo que pudiese, y sin cuidado de sus prójimos, como es cosa verosímil que sería y se suele hacer, por nuestros pecados y POR FALTA DE SEMEJANTE POLICÍA Y CONCIERTO DE REPÚBLICA, QUE ES PROCURAR LO PROPIO Y MENOSPRECIAR LO COMÚN QUE ES DE LOS POBRES.”

Estos nobles y altísimos propósitos no quedaron reducidos a simples teorías, sino que se tradujeron en la práctica “de todo género de hospitalidad”, como decía el mismo Quiroga; pues no sólo se atendía allí a toda clase de enfermos, tullidos, ciegos, viudas y ancianos, si no que existía, además, una institución especial en la que, recogiéndose a los expósitos y a los huérfanos desde recién nacidos, “se les criaba y alimentaba por amas destinadas para esto, y asalariados; se les daba de vestir por todo el tiempo que era necesario, hasta que llegaban a edad, se aplicaba a los ejércitos (o trabajos) que en lo sucesivo se les daba a todos los hijos del pueblo.” (Página 20.)

Los enfermos y demás necesitados eran atendidos por los vecinos del pueblo, personalmente y conforme a turnos establecidos al efecto.

La práctica de estas obras meritísimas con aquellos infelices, que aún lo eran con relación a los pobres y humildes campesinos que los servían, elevaban a aquellas comunidades hasta convertirlas “en el centro de la religión, de la policía y de la humanidad de los indios, y daban la más bella imagen y la más cabal idea de aquella vida común y amor recíproco de los primeros cristianos”.

Estas frases del citado biógrafo, son el mejor elogio que pueda hacerse de las fundaciones de Quiroga y nada mejor puede agregárseles.

Pasemos, pues, al ensayo de reforma social que estaba incluido en el programa de aquellas colectividades.
 
Todos los vecinos debían precisamente dedicar seis horas diarias de trabajo en común, al cultivo de las tierras pertenecientes a la colectividad.

El producto así obtenido, o sean las cosechas que por el esfuerzo común se recogiesen, deberían ser repartidas entre los vecinos, “cómoda y honestamente, según su necesidad, manera y condición; es decir, según ‘lo que haya menester cada uno para sí y para su familia.” (Página 4 de las “Ordenanzas.”)

“Cumplido esto, y las otras obras y costas del Hospital, lo que sobrase de ello
(siguen diciendo las ordenanzas), se emplee en otras obras pías y remedios de
los necesitados, y esto como dicho es, después de estar remediados congruamente los indios pobres de él, huérfanos, pupilos, viudos, viudas, viejos, viejas, sanos y enfermos, tullidos y ciegos del dicho hospital.”

Pero, sabio en todo, el señor Quiroga no desatendía por completo el interés individual, sino que cautelosa y prudentemente lo combinaba con el colectivo, en esta forma: asignaba a cada vecino, en usufructo, “un huerto, con alguna pieza de tierra, en lo mejor y más cercano, y casas, a fin de que las tuviesen en particular, ‘ para recreación y ayuda de costa (o gastos) de cada uno”.

El comunismo de don Vasco no era, pues, absoluto, y estaba corregido o compensado por medio de esa asignación de pequeñas parcelas a cada vecino, para su disfrute personal.
 
Cuando había necesidad de construir o reparar las casas destinadas a habitación, o cualquier otro edificio, el trabajo lo debían de efectuar todos juntos, y “ayudándose unos a otros con gran voluntad, animándose entre sí, y no al contrario, escondiéndose o mostrando recibir pena o trabajo en ello”.

Los niños que se educaban y formaban en aquellos establecimientos, debían también ejercitarse dos días de cada semana, en el oficio de la agricultura, y “esto a manera de regocijo, juego o pasatiempo, una hora o dos cada día”. Y luego, a título de comentario, agregan las Ordenanzas esta frase grandemente expresiva: “pues esto (el trabajo en común) también es doctrina, y moral de buenas costumbres”.

La cosecha obtenida, quiere don Vasco que se la repartan los educandos, sin cuerda y prudentemente, según la edad y fuerzas, y trabajo e diligencia de cada uno, a vista y parecer de su maestro, con alguna ventaja (o recompensa) que se prometa y dé a quien mejor lo hiciere.

Tanto este programa educativo, que es por todos concepto notable, como el ensayo comunista del señor Quiroga, los proponemos al atento estudio de la juventud revolucionaria, para que tomando de ellos lo que encierren de realizable y fructífero, sepan rechazar con buen discernimiento, y sin dejarse esclavizar con ideas preconcebidas, lo que allí exista de utópico, de excesivo, o simplemente de impracticable, al menos de nuestra época y de nuestro medio.

Si se me permite, en mi insignificancia, emitir una opinión sobre asunto de tal trascendencia, diré que el interesantísimo ensayo del obispo Quiroga, si bien inspirado del principio al fin, en los más nobles y santos propósitos, sólo puede ser viable, por lo que se refiere a su médula comunista, en condiciones, medios y circunstancias de tal modo excepcionales, que impiden asignarle el carácter de generalidad que, en teoría, fuera de desearse.

Admiro así, como el que más, el intento y el bravo esfuerzo del señor Quiroga para vencer egoísmos y debilidades propios de la humana naturaleza; pero confieso que lo conceptúo totalmente imposible de realizar en nuestros días y en las modernas colectividades.
De hecho, las organizaciones instituidas por el señor Quiroga, no lograron sobrevivirle. Así lo afirma, entre otros, el señor general Riva Palacio, gran conocedor de Michoacán, de sus costumbres y de sus tradiciones.
 
Tal parece, en efecto, que las instituciones comunistas, para ser viables, requieran el concurso de muy diversas y especiales circunstancias: desde luego, un estado singularísimo de exaltación mental y afectiva, llevada al extremo de un verdadero misticismo, bien sea de origen religioso, o de carácter socialista o sectario. En segundo término, se necesita imperiosamente y como requisito SINE QUA NON, la presencia y la sugestión constante, la palabra persuasiva y la acción fascinadora del hombre que crea y sostiene tales instituciones con la magia de atracción personal. Y, por último, parece indispensable que el ensayo no se extienda a grandes masas de población, sino que quede reducido a pequeños núcleos de convencidos, o mejor dicho, de sugestionados.

Sólo así se explica que puedan esos hombres, siquiera sea transitoriamente y mientras dura la influencia del fundador, sobreponerse al egoísmo humano y a las fragilidades propias de las especie.

En cuanto a lo demás, el ensayo del señor Quiroga nos parece impecable y digno de la más entusiasta aprobación.

En lo que se refiere a lo económico, o si se quiere a lo industrial, y a lo educativo, no tiene defectos su obra.

Esa división del trabajo entre los diversos pueblos de indígenas, esa perfecta adaptación a las condiciones de cada lugar, aquel noble empeño de infundir a la niñez hábitos de solidaridad y de apoyo mutuo, son sencillamente admirables.

Sobre todo, el señor Quiroga no cometió el error que otros, antes y después de él, han cometido: no pretendió sacar de su propio y peculiar ambiente, a los indígenas, sino que supo aplicar sus procedimientos educativos y sociales, dentro del medio natural en que aquéllos están acostumbrados a vivir y a desarrollarse. Tal es al menos mi personal opinión, que no tiene otro mérito que su sinceridad, y que emito en calidad de sujeta a todo género de rectificaciones, pues no tengo la pretensión de haber dicho algo definitivo.

 

El Universal, 15 de febrero de 1927.

EJIDALISMO Y COMUNISMO

En el artículo anterior pudimos echar una ojeada sobre el ensayo comunista del obispo Quiroga, fruto de una concepción mística, que quiere aplicar a la vida de las colectividades procedimientos super-humanos. Hoy deseo cotejar esa especial manera de apreciar y resolver el problema social, con otra institución más firme, más humana, mejor basada en la tradición y en las posibilidades terrenas, y ella es la institución del ejido, derivación directa del CALPULLI de los antiguos aztecas.

Como guía para nuestra investigación, tomaremos al oidor don Alonso de Zurita o Zorita, quien para conocer las leyes, usos y costumbres de los indígenas, ‘se informó, según él mismo nos explica, de indios antiguos y principales, de quien se podía creer que dirían verdad, y de religiosos doctos y antiguos en la tierra, y que han andado muchos años entre los naturales de ella’; sin perjuicio de tomar nota él por sí mismo, de dichos usos y costumbres en los lugares que visitaba, “o en las partes que he andado”, según su propia expresión.

La obra suya que mayores datos contiene, fue escrita poco después del año de 1564, y es de tal importancia, que ha merecido que el historiador Chavero la califique, sin ambages, como “la clave para conocer lo que podríamos llamar sociología mexicana”.

Seguros, por lo mismo, de poseer un buen guía, entramos al estudio de los datos que él nos ofrece sobre el régimen de propiedad comunal, establecido entre los aztecas desde la época anterior a la conquista.

Empieza Zorita por definir lo que se entiende por CALPULLI y nos dice: “CALPULLI o CHINANCALLI, que es todo uno, quiere decir, barrio de gente conocida o linaje antiguo, QUE TIENE DE MUY ANTIGUO SUS TIERRAS y términos conocidos.... y las tales tierras llamadas CALPULLI, que quiere decir, tierras de aquel barrio o linaje.”

“Las tierras que poseen, fueron repartimientos de cuando vinieron a la tierra y tomó cada linaje a cuadrilla sus pedazos o suertes o términos señalados para ellos y para sus descendientes, e ansí hasta hoy las han poseído e tienen nombre de CALPULLEC; Y ESTAS TIERRAS NO SON EN PARTICULAR DE CADA UNO DEL BARRIO, SINO EN COMUN DEL CALPULLI, y el que las posee no las puede enajenar, sino que goza de ellas por su vida, y las puede dejar a sus hijos y herederos’. (Pág. 93 de la “Breve y Sumaria Relación”)

Con esta explicación queda clara y perfectamente definida la índole especial de esta clase de propiedades, que se encuentran, ideológica y prácticamente, en un justo medio entre la propiedad individual y el comunismo.
 
En efecto, el dominio directo corresponde al barrio, pero el dominio útil, o sea el usufructo de las parcelas, pertenece a cada vecino, en calidad de vitalicio, hereditario e inalienable.

Quedan así armónicamente combinados el interés individual y el colectivo; se garantizan a la vez el derecho del usufructuario a disponer libremente de su cosecha, sin otra carga que la de un ligero tributo, y el derecho de la familia de cada vecino, a no quedar en la indigencia, por la imprevisión, el capricho o los despilfarros del jefe de ella.

El interés supremo de la colectividad queda también salvaguardado en este régimen, pues, como explica Zorita, “el que tenía algunas tierras de su calpulli, si no las labraba, dos años por culpa o negligencia suya, y no habiendo causa justa, como por ser menor, huérfano, o muy viejo, o enfermo, que no podía trabajar, le apercibían que las labrase a otro año, y si no, que se daría a otro, e así se hacía”. (Pág. 95, ibidem).

Estas tierras comunales eran enérgicamente defendidas contra cualquiera invasión o usurpación: “y sobre esto tenían y tienen grandes pendencias, por defender cada uno las tierras de su CALPULLI”. (Pág. 95.)

Había en cada barrio ----nos refiere Zorita---- una cabeza o jefe, ‘el cual ha de ser de ellos mesmos, e no de otro calpulli, ni forastero, porque no lo sufren, e ha de ser principal y hábil para los amparar y defender; y lo elegían y eligen entre sí... Este principal tiene cuidado de mirar por las tierras del CALPULLI y defenderlas, y tiene pintadas las suertes que son, y las lindes, e adonde e con quién parten términos, y quién las labra, e las que tiene cada uno, y cuales están vacas, y cuáles se han dado a españoles, y quién e cuándo e a quién se dieron; y van renovando siempre las pinturas según los sucesos, y se entienden muy bien por ellos; y es a su cargo, como está dicho, dar tierras a los
que no los tienen para sus sementeras, O SI TIENEN POCAS, SEGÚN SU FAMILIA, LES DAN MAS; y tiene cuidado de amparar la gente del CALPULLI y de hablar por ellos ante la justicia e ante los gobernadores; y en casa de éste se juntan los del CALPULLI a hacer y tratar lo que conviene a su CALPULLI y a sus tributos y a sus fiestas’. (Págs. 96 y 97.)
Como se ve, la organización ejidal estaba perfectamente cimentada sobre
bases de solidaridad y mutua ayuda.

Esta defensa colectiva de las tierras se hizo más apremiante y urgente, después de la conquista; pues con ella se recrudecieron y tomaron forma sistemática los ataques a las propiedades del común.

Oigamos a Zorita, que nos da amplísimos detalles de estas investigaciones: “Por ser estas tierras del común de los CALPULLEC o barrios, ha habido e hay
desorden en las que se han dado y dan a españoles; porque en viendo o teniendo noticia de algunas que no estaban labradas, las piden al que gobierna, y el que se nombra para que las vaya a ver, hace pocas diligencias en pro de los indios; y si se acierta a nombrar para ello algún buen cristiano, tiene el que pide las tierras, formas para lo impedir y para que se nombre otro a su contento, en especial si hay algún respeto de por medio, que nunca falta, o interés; e así siempre dan parecer que se pueden dar al que las pide, porque están sin perjuicio y no labradas... y no hay estancia ni tierras que se hayan dado a españoles, que no esté muy en perjuicio de los indios, así por los daños que reciben, como por haberles quitado sus tierras y estrechándoles sus términos... y ha sido esto causa de que estén ya en algunos pueblos tan estrechos y cercados de labranzas de españoles, que nos les queda a los naturales donde poder sembrar; y en otras partes están tan cercados de estancias de ganado mayor, y son tantos los daños que de ellos reciben, que lo poco que siembran, se lo comen e destruyen, porque anda el ganado sin guarda, y no les vale a los naturales estar ocupados e perdidos de noche e día guardando sus sementeras; a cuya causa padecen gran necesidad y hambre todo el año...” (Págs. 95 y 96.)

No se conforma Zurita con proporcionarnos estos preciosos detalles, que nos permiten vivir la vida de aquella época, y palpar, por decirlo así, las escenas de la diaria lucha entre la comunidad indígena y el usurpador de raza blanca; sino que llevado por su gran penetración, nos hace ver hasta qué punto llegaba la ceguera, la incomprensión o la impotencia de los españoles (hoy podemos decir, que también de muchos criollos y aún de numerosos mestizos), para recibir la ideología propia del ejido y sus rasgos característicos.
 
“En entender la armonía de estos CALPULLEC o barrios va mucho para lo sustentar en justicia y para no los confundir como lo están casi todos, e tan divisos que nunca tornarán a la buena orden que en esto tenían; e por no los querer entender ni hacer caso de ello, se han adjudicado a muchos (en propiedad plena) las tierras que tenían en su calpulli para las labrar en la manera que se ha dicho, por probar que las han poseído y labrado ellos y sus pasados, impuestos (o inducidos) para ello por españoles e mestizos y mulatos que se aprovechan y viven de esto; y no les vale a los principales contradecirlo y decir que son del CALPULLI, y calmar sobre ellos, porque no son entendidos; y es gran perjuicio de los demás que se queden sin aquel aprovechamiento que pretenden, y PORQUE AQUELLOS A QUIENES SE ADJUDICAN, LAS VENDEN Y ENAJENAN EN PERJUICIO DEL CALPULLI”. (Páginas 97 y 98.)

Mala fe y codicia en los unos, incapacidad en los otros para comprender que el régimen ejidal combina el dominio directo de la comunidad con el simple usufructo para los vecinos en lo individual; el hecho es que, desde aquellos tiempos data la funesta invención de esa trampa puesta a los indígenas, con el reparto del ejido para luego, al amparo de la adjudicación de los lotes en propiedad plena, irlos arrebatando, uno a uno a los adjudicatarios, so pretexto de compra-venta, contratos de préstamo o cualquier otro arreglo preparado EX PROFESO, para el despojo.

Esta sabia institución del CALPULLI o del ejido (que todo es uno), producto espontáneo de la intuición popular y de la experiencia de sucesivas generaciones, ofrece a mi entender, marcadas ventajas sobre el régimen o sistema comunista, con el que malévolamente tratan algunos de confundirlo.

En el sistema del ejido, la colectividad llamada barrio, pueblo o municipio, no se atribuye, como en el comunismo, la propiedad y el derecho de disponer de los productos del trabajo común; sino que, dejando a cada fraccionista, el disfrute y libre disposición de las cosechas y esquilmos que recoja en su lote, se reserva la comunidad únicamente, a título de dominio directo, cierta vigilancia o control que le permitan defender los derechos de cada familia, primero, y los de la colectividad, después.

Así es como esta última se reserva las siguientes facultades: prohibir la enajenación de las parcelas, imponer su transmisión forzosa a los herederos naturales, recoger los lotes vacantes, privar de ellos a los que se ausenten del lugar, o dejen de cultivarlos, etc.
La comunidad, también, apoyada y sostenida por todos los vecinos, toma a su cargo la defensa de toda la propiedad ejidal; de tal suerte que al pugnar por la integridad de ésta, protege todos y cada uno de los lotes, sin distinción alguna. Esta hermosa solidaridad en la defensa del patrimonio común, estrecha los lazos de fraternidad entre los vecinos, y convierte en una realidad el programa teórico de la cooperación: todos para uno, y uno para todos.

Todos defienden lo de cada uno y lo de todos.

Pero a la vez que con ella se obtienen tan fecundos resultados, la institución ejidal, en vez de matar la iniciativa individual, la deja subsistir íntegramente; puesto que al garantizar a cada poseedor el libre disfrute de su lote, en tanto lo cultive y atienda, estimula los impulsos de progreso, y empuja a los usufructuarios a mejorar sus propiedades, con obras de grande aliento, que como las de irrigación y de cultivo intensivo, sólo son realizables, cuando tiene el campesino aseguradas la permanencia y la inmutabilidad de su posesión.

Todo esto hace, en nuestro concepto, que el ejido sea superior en mucho, al régimen comunista; y ello sin perjuicio de que, dentro del ejido, se apliquen y perfeccionen todas las formas de cooperación, tanto empíricas como científicas, y aun determinados sistemas de trabajo en común, para casos especiales.

El Universal, 22 de febrero de 1927.

LA REVOLUCION JUSTIFICADA POR LA HISTORIA

Ligar el presente de México con su pasado, es la labor que nos hemos impuesto, sino para desempeñarla en toda su basta complejidad, por ser ello superior en mucho a nuestras fuerzas, sí al menos para iniciarla con temores, dejando su prosecución a hombres mejor preparados o más capaces. Como no es posible aceptar que nuestro presente sea un milagroso producto de generación espontánea, será preciso reconocer que tiene íntimas conexiones con el pasado y que de él procede lógica y necesariamente; a no ser que se suponga, como infantilmente pretenden los reaccionarios, que el actual movimiento de reformas es únicamente el artificial resultado de la agitación provocada por unos cuantos.

¡Como si fuera posible que, sin muy hondos motivos, un país de muchos millones de hombres se hubiese dejado arrastrar a una honda conmoción social, económica y política y persistiese en ella, sólo para dar gusto a un puñado de vencedores!

La dificultad de la tarea que sobre nosotros pesa, radica ----no hay para qué ocultarlo---- en que la revolución de 1910, engendradora de nuestro agitado presente, no se realizó de acuerdo con ideas apriorísticas, elaboradas en los cerebros de un grupo de hombres que después se constituyeran en ejecutores de la obra por ellos concebida, sino que, a la inversa de lo que ha ocurrido en otras revoluciones, aquí, en la nuestra, los hechos se adelantaron a las ideas, en lugar de que éstas precedieran a aquéllas.
La revolución francesa, por el contrario, fue construida de una pieza, conforme a los planes ideológicos de Rousseau y de acuerdo con las doctrinas de los enciclopedistas. La revolución rusa, a más de contar con una pléyade de luminosos precursores (Tolstói, Kropotkine, Gorki), no ha sido en buena parte, sino la ejecución y la aplicación de las ideas sistemáticamente expuestas por Karl Marx, en la obra famosa que para los discípulos de aquél es el libro santo e intocable del socialismo, y la última palabra en materia de sistemas renovadores.

En México, al revés, tenemos que forjar, A POSTERIORI, la ideología revolucionaria, deduciéndola de las aspiraciones vagamente emitidas y de los hechos francamente ejecutados por ese gran mudo que es el pueblo.

No podemos acudir a una ideología pre-revolucionaria, porque si hay una verdad indiscutible, es la de que nuestros intelectuales estaban perfectamente impreparados para la empresa renovadora que, sin que ellos lo sospecharan, iba pronto a surgir y a imponerse, desentendiéndose de teóricas protestas y de pudibundos alardes.

Las ideas, antes de 1910, formaban un sistema perfectamente coordinado, que había sido hábilmente imbuido en los cerebros, al amparo de una enseñanza y de una prensa, concebidas y organizadas AD HOC. El porfirismo sentó escuela, formó doctrina, estableció principios, encaminados todos a demostrar que nuestro país, incapacitado para guiarse por sí mismo, debía ser dirigido por una dictadura ilustrada, en la que el dictador, hombre de “mano de hierro”, se apoyase consciente y deliberadamente en las clases plutocráticas, representativas de las “fuerzas vivas” del país (según frase estereotipada de aquella época), y se dejase dócilmente aconsejar de un grupo selecto de hombres de ciencia, o que así se llamaban a sí mismos, los que a su vez sacaban sus inspiraciones de las más puras fuentes del individualismo clásico y de la no muy clásica, pero sí muy audaz, escuela positivista, cuyos principios se procuraban inculcar a la juventud, para imponerle como norma suprema de conducta, el desprecio por los ideales, calificados de quimeras, y la devota consagración a los negocios, considerados como lo único práctico, puesto que producían riquezas y goces materiales.

Mientras tanto, el pueblo, que no entendía de doctrinas, pero que sí sabía de su dolor y de su miseria, engendró de hecho y con toda la brutal violencia que la ceguera de las altas clases demandaba, una intensa revolución (totalmente inesperada para los sabios), la cual, como era lógico, revistió un carácter exclusivamente popular; es decir opuesto en todo y por todo al régimen de las oligarquías a la sazón dominadoras y al sistema de ideas imperante.

La sorpresa y el desconocimiento fueron terribles entre las clases que se decían ilustradas; al extremo de que, de entonces acá, data un caos ideológico singular; o sea, una aguda crisis de doctrinas, en la que los intelectuales a la antigua, siguen maniáticamente aferrados a los viejos dogmas del individualismo, de la economía clásica, y de los códigos mitad napoleónicos y mitad quiritarios; en tanto que, del otro lado de la barricada, luchan los cerebros juveniles por encontrar su camino, afiliándose unos precipitadamente a las teorías más avanzadas, pero un tanto exóticas, de los países europeos; debatiéndose otros en las cavilaciones de un escepticismo que tiene que ser transitorio, y buscando algunos afanosamente lo que el movimiento mexicano de renovación traiga en su propio bagaje, de semillas fecundas, de enseñanzas realistas y de ideas practicables.

Porque ----la verdad debe decirse---- a los hombres de 1910 que ingenuamente se creyeron los directores de la revolución popular, les pasó exactamente lo que al gran navegante genovés, que creyendo descubrir el camino de las Indias Orientales, se encontró, de manos a boca, con un nuevo y enorme Continente, cuya existencia ni siquiera sospechaba. Igual sucedió a nuestros maderistas: creyeron descubrir el camino para el sufragio efectivo y la no reelección, y toparon con una región nueva, para ellos desconocida y completamente insospechada: el vasto mundo de las reformas sociales, en el que ellos, hombres de gabinete o de oficina, no habían tenido tiempo de reflexionar, absorbidos como estaban en la contemplación de reformas políticas, de tipo más o menos europeo, que fuesen a parar, naturalmente en el reparto de empleos y de altos puestos para los directores de la revolución.

Hoy que el torbellino de los acontecimientos, desencadenados en vertiginoso cabalgar desde 1910 a la fecha, nos ha enseñado, A TODOS, infinidad de cosas que ignorábamos, tenemos precisión los intelectuales (o los semi-intelectuales, como el que esto escribe), de escudriñar la genuina significación de la Revolución y de descubrir sus reales tendencias, desentrañádolas, no ya sólo de los hechos recientes, fáciles de interpretar, sino también del fondo de nuestra historia, donde tiene que estar y está el secreto de nuestros sacudimientos y de nuestras actuales inquietudes.

Quiero decir que el actual conjunto de hechos, que escandalizan y ponen fuera de sí, a los espíritus superficiales, se entienden y se explican perfectamente y plenamente por medio de la historia: pero sólo por ella se dejan explicar.

Importa, por lo mismo, antes que cualquiera otra cosa, darnos cuenta de por qué el movimiento creador del nuevo derecho, se vio precisando a revestir, la forma violenta de una conmoción revolucionaria.

Esa investigación se hace tanto más necesaria, cuanto que existen todavía numerosos intelectuales que se espantan con la sola idea de violencia, y aún suponen que el derecho y la fuerza son cosas necesariamente incompatibles y antagónicas.

Ya el estudio, por rápido que haya sido, de las condiciones sociales imperantes en el siglo XVI, nos ha permitido conocer, por un lado, la existencia de una desigualdad social irritante, que con razón hirió la sensibilidad del ilustre Barón de Humboldt; y por el otro, la sistemática e invencible oposición de los privilegiados, a prescindir de la más mínima parte de sus preeminencias.

A medida que avancemos en la aplicación del criterio social a los hechos históricos de nuestro país, iremos comprobando, una y otra vez, el mismo y eterno fenómeno, igual obstinación incurable de parte de las clases directoras.
No será necesario que lleguemos al año memorable de 1910, para persuadirnos de que, sólo la insurrección, encarnando la fuerza necesaria para hacer prevalecer la justicia, era capaz de alcanzar lo que por medios pacíficos, jamás se habría conseguido.

En la ideología embriona de los campesinos del Sur que seguían a Zapata, tuve ocasión de sorprender una frase que, no obstante su rusticidad y precisamente por ella, deja descubrir todo el pensamiento de la gente revolucionaria del campo: “Contra la leyes, las muelles”, decían con frecuencia los hombres de Zapata... ¡Las muelles de las carabinas, de los 30-30!

Traducido esto al lenguaje de la ciudad, quiere decir: “Contra las leyes que, en vez de encargar la justicia, se empeñan en sostener privilegios y abusos; contra las leyes que aplastan los derechos de las clases trabajadoras; contra esa legislación fosilizada que cada día se aparta más del concepto y de la noción de equidad, no queda más que un recurso eficaz: el empleo de la fuerza, para hacer entrar en razón a los responsables de la injusticia.”

Así tenían que pensar, y así pensaron, todos los revolucionarios de México, los del Sur, los del Norte y los del Centro, que aspiraban todos a un derecho nuevo, que borrase todas las iniquidades del antiguo. De no ser así, nos encontraríamos aún en el glorioso limbo de los teorizantes, esperando que los privilegiados hicieran graciosa abdicación de sus privilegios.

Y para que no se diga, como se ha venido repitiendo, que estos son conceptos cavernarios, dignos de la edad de piedra, vamos a transcribir la opinión de dos pensadores que nada tienen de común con esas mentalidades primitivas: de dos notables jurisconsultos europeos, consagrados ya en el mundo de la ciencia. Hago estas citas, porque hay espíritus para los cuales únicamente lo europeo merece crédito.
 
Von Jhering, el celebre romanista, en la obra que lleva el significativo título de “La Lucha por el Derecho”, no tiene inconveniente en estampar estas palabras, que sintetizan su tesis: “Llega el caso frecuente de que una modificación (en el derecho) no puede operarse más que hiriendo o lesionando profundamente derechos existentes e intereses privados; porque los intereses de miles de individuos y de clases enteras, están de tal modo identificados con el derecho en el curso de los tiempos, que no es posible modificar aquél sin sentirlo vivamente tales intereses. Si se pone entonces el principio del derecho enfrente del privilegio, se declara por este hecho sólo, la guerra a todos los intereses: SE INTENTA ARRANCAR UN PÓLIPO QUE SE AGARRA CON TODAS SUS FUERZAS. Una consecuencia del instinto de conservación personal, es que los intereses amenazados opongan a toda tentativa de tal naturaleza, la más violenta resistencia, dando vida a una lucha, donde, como en otras parecidas, no serán los razonamientos, sino las fuerzas encontradas las que decidirán...” (Obra citada, págs. 10 y 11, traducción española).

“Todo derecho en el mundo debió ser adquirido por la lucha; esos principios de derecho que están hoy en vigor, han sido indispensable imponerlos por la
lucha, a los que no los aceptaban.” (Pág. 2).
Estas ideas las desarrolla magistralmente el profesor de la Universidad de Bruselas, Edmundo Picard, quien, al hablar del derecho de insurrección, es todavía más explícito:

“Acabo de escribir la palabra ‘Insurrección’. Se la considerará tal vez demasiado cruda cuando se trata del derecho, de esa fuerza cuyo aspecto más visible parece ser el sostenimiento del orden. Y, sin embargo, aquella palabra está aquí en su lugar, porque demasiado a menudo, cuando hay antinomia entre el derecho deseado y la legalidad existente, los hombres que, detentando el poder, rehúsan la reforma, emplean la fuerza para hacer respetar una legislación envejecida. ¡El orden reina en Varsovia!. Esta fórmula que sintetizaba una situación legal, emanada de una hecatombe, resume a la perfección el sistema de las leyes impuestas por la violencia. Es preciso respetar siempre la legalidad ----se dice---- aun cuando la justicia proteste. Una teoría opuesta, sostenida aún por espíritus serenos, admite el derecho a la insurrección, LA CRISIS REVOLUCIONARIA, CUANDO LOS MEDIOS LEGALES RESULTAN IMPOTENTES. La historia muestra que los pueblos han acudido con frecuencia a ese remedio. Cuando la atmósfera está demasiado cargada de la electricidad de las denegaciones injustas y de las paciencias agotadas, el huracán político se desata, las catástrofes se precipitan y los desastres barren furiosamente el viejo derecho, arrogante e imprudentemente sostenido. Los verdaderos perturbadores son entonces aquellos que se han encaprichado en una situación tiránica.” (“Lo Droit Pur,” pág. 212).

El Universal, 15 de marzo de 1927.

EL CRISTIANISMO Y LA REVOLUCIÓN

En el ambiente nacional se impone cada día con mayor fuerza, la persuasión
de que, para el definitivo aseguramiento de la concordia espiritual, para de una buena vez conseguir que todas las aspiraciones y todas las energías se unan en un sólo haz de orientaciones, de finalidades y de esfuerzos, hace falta comprobar de modo claro y preciso, la conformidad esencial, el acuerdo de fondo, entre LOS PRINCIPIOS SOCIALES DEL CRISTIANISMO, de la religión de Cristo, profesada y sostenida por la gran mayoría del pueblo de México, y LOS POSTULADOS REVOLUCIONARIOS, escudo y baluarte de las clases oprimidas.

Por lo que respecta a la inmensa mayoría de los agraristas, puedo afirmar que para ellos es evidente de toda evidencia esa conformidad, en cuanto a los fines a propósitos de índole social, en cuanto a los objetivos fundamentales de ambas doctrinas, por lo que se refiere a las relaciones entre ricos y pobres. Hacemos a un lado, por supuesto, las diferencias o modalidades especiales en lo que ve a los métodos o procedimientos de ejecución.

Es absolutamente claro en efecto, que no pueden ser los mismos procedimientos que, para hacer triunfar sus principios, tiene que emplear una revolución cualquiera, la que por definición y por esencia, habrá de apelar a medios agresivos y violentos, y a la cual por razón de las circunstancias completamente anormales en que obra, no se le puede lógicamente exigir sujeción estricta a ninguno de los cánones de un amoral austera; no pueden ser los mismos esos procedimientos y los de persuasión, suavidad evangélica y apelación a la conciencia y al sentimiento, que son los peculiares de una doctrina que, como la cristiana, huye o debe huir de la violencia, y ante todo debe basarse en la sumisión espontánea, consciente y plena, de la voluntad y del espíritu, a los dictados de la justicia y de la caridad, entendidas en su acepción más amplia.

A los que, para disculparse de su inercia o de su desdén hacia los humildes, aducen que en el Evangelio no se consigna doctrina alguna que tenga relación con las cuestiones sociales, sino que todo él se refiere de modo exclusivo a los asuntos y a las cosas del espíritu; a los que así pretenden despojar al Evangelio de toda trascendencia social, podemos victoriosamente contestarles con dos textos que, al complementarse uno con otro, dejan ver con meridiana claridad la estrecha conexión entre el Evangelio y el conflicto eternamente planeado, entre los que nada poseen y los que todo lo disfrutan en abundancia.

“Si quieres ser perfecto ----decía el Predicador de Galilea----, vende cuanto tienes y dalo a los pobres”.

Y a los que no quieren o no pueden ser perfectos, porque se lo veda su condición humana, frágil y propensa a limitaciones, les ordena en forma imperativa y sin réplica: “granjeados amigos con las riquezas de iniquidad”.

En estas palabras se encierra la más expresiva y compendiosa síntesis de los deberes de los ricos, y en ellas queda contenido, quiérase o no, un amplio programa de reforma colectiva.

“Granjeados amigos con las riquezas de iniquidad”. Esto es, poned todo los medios, emplead todas vuestras energías en haceros perdonar el origen espurio de esas riquezas que poseéis, manchadas de iniquidad.

Para ello, cuidad con el mayor escrúpulo, de la vida, de la salud y del honor de las hombres que con el esfuerzo de sus brazos eran los placeres de que disfrutáis; pagadles buenos y suficientes salarios que con amplitud les permitan cubrir sus necesidades; atendedlos con esmero en sus crisis, en sus desfallecimientos y en su enfermedades; procurad su perfeccionamiento intelectual y moral; no escatiméis, en una palabra, medio alguno para convertirlos, de enemigos posibles, en amigos verdaderos.

O dicho de otro modo: la posesión de las riquezas no confiere un derecho absoluto de libre disposición de aquéllas: impone sí al que las usufructúa, todas las responsabilidades anexas a una función social, que trae aparejadas las más serias y minuciosas obligaciones.

Los ricos son los administradores de los bienes de los pobres, declaran con frase enérgica los Doctores de la Iglesia. “La vida de los problemas es el pan que necesitan: el que lo defrauda, es hombre sanguinario. Quien quita el pan ganado con el sudor (del rostro), es como el que mata a su prójimo. Quien derrama sangre y quien defrauda al jornalero, hermanos son”. (Libro del Eclesiástico. Cap. 34. V, 25 a 27).

Dados estos textos bíblicos y otros muchos más, igualmente explícitos,                            no es de extrañar que los verdaderos creyentes, los que se niegan a vender su conciencia a los poderosos, estallen en frases de vehemente reprobación contra los privilegiados de la fortuna que no respetan en sus trabajadores los derechos y la dignidad de seres humanos.

Llama la atención entre aquéllos, por su noble franqueza, el actual Obispo de San Luis Potosí, don Miguel de la Mora, quien en conferencia dictada en Guadalajara, el 16 de enero de 1921, denunció con frase candente, el pleno concurso de prelados y altos dignatarios de la Iglesia, los atropellos y extorsiones cometidos por los latifundios de las regiones que a él tocó visitar.

Sin buscar la menor atenuación a sus palabras, nos habla el Obispo, de “la horrible esclavitud que reina en algunas haciendas: se paga a los peones un real y cuatro litros de maíz (o solamente tres litros), y como esto no basta evidentemente, no digo para alimentarse, vestirse y asearse, pero ni siquiera para mal comer... muchos labriegos tienen que pedir prestado a la hacienda, y ésta les forma una cuenta larga e interminable que aumenta sin cesar... Y siguen los hijos con la deuda de sus padres, encorvados siempre bajo el yugo de la misma esclavitud...”

Más preciso es todavía, cuando declara que pagar a los peones “el salario que reclama la justicia”, es una obligación de la mayor importancia, “no sólo para cerrar las puertas a las revoluciones que siempre van a reclutar sus hordas entre los labriegos descontentos, tanto más fáciles de seducir, cuanto más oprimidos son..., sino aún para bien de los mismos hacendados”.

Es claro, agregar, que “la agricultura no podrá progresar con labradores que trabajan de mala gana, por estar retribuidos a ración de hambre”. Alude a otros ‘horribles abusos de los hacendados, que levantan oleadas de indignación en todo pecho bien nacido; ... abusos que gritan pidiendo castigo, en las orejas del Señor de los ejércitos, vengador de los pobres oprimidos”.

Como se ve, en todo esto no hay nada del aspecto de debilidad, inercia o pasividad enfermiza que algunos, torpe o cobardemente, quisiera imprimir al cristianismo (al cristianismo, cuyo fundador arrojó a latigazos, del templo que profanaban, a los mercaderes sin conciencia).

Cuando el cristianismo es militante, y así debe serlo, cuando no se encierran en la infecunda vida contemplativa, adquiere por fuerza los caracteres de acción y de energía, que Jesús quiso siempre signarle y que selló con su ejemplo. “Pasó por la vida haciendo el bien...”

El cristianismo para serlo, debe imitar al Creador (‘Mi Padre nunca cesa de obrar’); pensar del pensamiento a la acción, convertirse en movimiento, en renovación, en creación; propender al perfeccionamiento, al ascenso y a la elevación incesante del propio ser, no menos que a la elevación y al mejoramiento de los otros. ‘Para salvarse a sí mismo, redimir a los demás’ ----que dijera uno de nuestros pensadores, don José Vasconcelos----.

En todo esto no queda lugar para la inercia, para el egoísmo de la vida contemplativa, para la pasividad de la oración o de las preces que no se traducen en actos, en un programa de acción plenamente desarrollado para el beneficio de la colectividad en que se vive.

Por ello sin duda, doña Concepción Arenal, la eximia pensadora cuyo talento seduce tanto como su religiosidad, escribió este pasaje memorable: “‘La religión no consiste en fórmulas exteriores, en prácticas casi mecánicas, en palabras cuyo sentido se ignora o se olvida, en preceptos que verbalmente se respetan, pero que prácticamente se quebrantan... ’El hombre no es religioso como es militar o empleado, ni puede echar la llave a su conciencia como a su pupitre. Hay quien va a la Iglesia, reza una oración, y dice: ‘He cumplido mis deberes religiosos’. Después se ocupa en su profesión, en su oficio o en nada. Fuera del templo, o concluida la plegaria doméstica, la religión no interviene en sus trabajos o en sus ocios. ¿Por qué? Porque no es verdadera. La verdadera religión acompaña al hombre a todas partes, como su inteligencia y su conciencia; penetra toda su vida e influye en todo sus actos... Hay religión en el trabajo que se realiza, en el deber que se cumple, en la ofensa que se perdona, en el error que se rectifica, en la debilidad que se conforta, en el dolor que se consuela; y hay impiedad en todo vicio, en toda injusticia, en todo rencor, y en toda venganza, en todo mal que se hace o que se desea...”

¡Qué felices seríamos en México, si todos aquí, entendiéramos y practicáramos la religión en esta forma! Ni habría lugar para conflictos, y sí la moral recobraría todos sus fueros.

El Universal, 12 de mayo de 1930.