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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1929 Manifiesto del presidente Portes Gil a la Nación sobre la rebelión escobarista.

A la Nación:

A las siete de la mañana del día de hoy, el general Jesús M. Aguirre, jefe de operaciones Militares en el Estado de Veracruz, se comunicó con la Presidencia de la República manifestando que el señor coronel Adalberto Tejeda, gobernador constitucional de la misma entidad, había salido en actitud sospechosa del puerto de Veracruz, llevándose a la gendarmería montada; que un batallón de la guarnición de Perote se encontraba en actitud rebelde, y que la flotilla del Golfo, con las calderas a presión, se mantenía fuera del puerto.

El Jefe de Operaciones Militares de Veracruz pretendía, de este modo, seguir fingiendo lealtad al Gobierno constituido, y aprovecharse de las dudas que su conducta sembrara, para consolidar la sublevación ya fraguada por él y algunos otros jefes militares.

La interrupción de comunicaciones telefónicas y telegráficas, la respuesta sediciosa del Jefe de la Guarnición de Orizaba, y la actitud patriótica. y decorosa del señor general José María Dorantes, jefe del 7° Regimiento de Caballería, que inmediatamente protestó lealtad al Gobierno y se reconcentró a Oriental con el Cuerpo a su mando, así como la de la flotilla, que pidió instrucciones por la vía inalámbrica, no dejaron lugar a duda sobre la actitud rebelde asumida por el general Jesús M. Aguirre.

A las diez de la mañana del mismo día, el general Francisco R. Manzo, jefe de Operaciones en el Estado de Sonora, telegrafió a su vez, anunciando la sublevación del 29° Batallón" comandado por el general Antonio Armenta y comunicado que ya destacaba tropas en su persecución. Se trataba de un subterfugio previamente convenido, ya que el general Manzo, al igual que el general Aguirre, se encuentra también en actitud rebelde, con parte de las fuerzas a su mando y combatiendo o persiguiendo a las unidades que han permanecido leales a sus deberes.

Aunque la situación así desencadenada venía siendo prevista por el Gobierno, y aunque la sublevación del general Aguirre y del general Manzo corría ya como del dominio público desde hace varios días, el Gobierno no quiso externar ningún concepto que pudiera servir para precipitar acontecimientos violentos que a toda costa convenía reprimir; pero ante la inminencia de la lucha, considera inútil seguir guardando una discreción que ya no obedece a ningún propósito generoso de conjurar la contienda, y juzga, por el contrario, que debe exponer la situación con toda claridad, ante la vista de la Nación entera, para que el pueblo mexicano conozca la gestación y la evolución de uno de los movimientos armados más injustificados y antipatrióticos que pudieran haberse planeado.

Con motivo de la iniciación de la lucha política, se manifestaron desde luego ideas imposicionistas fraguadas por algunos militares que, lejos de aspirar a conquistar el voto público, externaron ideas de violencia y propósitos subversivos. Algunos jefes militares prohijaron esos propósitos y ameritan por ello que el Gobierno tomara medidas en su contra.

Tal fue el caso del señor general Roberto Cruz, quien proclamaba que con las fuerzas a su mando combatiría una imposición imaginaria, sin darse cuenta de que él era el verdadero imposicionista. El Gobierno meditó largamente antes de tomar ninguna resolución en contra de dicho jefe, a pesar de que los antecedentes de éste no son todo lo recomendables que fuera de desearse, porque quiso evitar en todo lo posible que hubiera ninguna persona o grupo político que llegara a sospechar siquiera que el cambio se hacía para nombrar cualquier jefe que pudiera doblegarse ante una consigna posterior. Pero el cambio se hizo de todas maneras, porque se consideró preferible aceptar la responsabilidad de una crítica que los hechos después habrían desmentido, y no mantener una situación perjudicial para el país, tolerando por complacencia, que hubiera sido criminal, que un jefe militar, animado ya de propósitos sediciosos, continuara, con autorización del Gobierno, al frente de tropas que sólo habrían servido para alterar el orden y obligar nuevos sacrificios en el país.

Respecto del general Francisco R. Manzo, y con el objeto de no proseguir una política de cambio de jefes, que repugnaba con las intenciones sanas del Gobierno, se procuró solamente hacer reiterados llamados a su lealtad y explicar que cualesquiera que fueran las contingencias de la lucha política, el Ejército no tendría porqué mezclarse en ella, ni avergonzarse de prestar respaldo a las Instituciones, porque éstas, aunque imperfectamente encarnadas en hombres, saldrían avantes por la decisión irrevocable que me anima como Presidente de la República, para no participar en lo absoluto en la lucha política.

Por lo que toca al general Aguirre, las noticias que sobre sus propósitos se tenían fueron siempre recibidas con reserva, tanto porque su mayor contacto con el Centro de la República permitía esperar que estuviera convencido de que realmente el Gobierno no participaba en la lucha política, cuanto porque sus reiteradas protestas de lealtad y los actos de presencia que hizo en varias ocasiones, permitieron esperar que correspondieran a sus antecedentes de revolucionario, y que supiera seguir la línea de conducta que marca un deber que en todas las ocasiones es inaplazable, pero que en ésta era, al mismo tiempo, claro y preciso.

La falta de causas para este movimiento llega a tal grado, que a no concurrir la indiscreción del Jefe de la Guarnición de Orizaba, el Gobierno de la República se vería en difícil aprieto para explicar ante la Nación los pretextos que los nuevos rebeldes invocan. El jefe mencionado comunica, en efecto, que el general Aguirre, con las fuerzas a su mando, se ha levantado en armas para protestar contra la imposición del ingeniero Pascual Ortiz Rubio.

Salta a la vista la falsedad y la inconsistencia del pretexto invocado. Los mismos candidatos, aun los que parecen encarnar la oposición, gozan en su campaña política de toda clase de garantías, como ellos mismos han declarado, y la abstención de las autoridades federales y locales no ha sido quebrantada más que por las autoridades simpatizadoras con los hoy rebeldes, y principalmente por el general Fausto Topete, que con toda su Legislatura se trasladó a Nogales para dar solemnidad a la recepción del candidato Valenzuela, y quien al parecer no deseaba la posibilidad de una contienda democrática, sino la complicidad del Gobierno Federal en una maniobra imposicionista que incubó su ambición y que hoy trata de llevar a cabo su vanidad.

Ante lo grave de los acontecimientos, el funcionario que desempeña la Presidencia de la República juzga de su deber desnudar su conciencia ante sus conciudadanos, para exponerles lo más íntimo de sus sentimientos:

Creo haber cuidado los actos de mi Administración como para que ningún mexicano que no esté cegado por la pasión, pueda dudar del celo con que he cuidado de mantenerme alejado de la política.

La forma dolorosa como llegué al Poder, y lo corto de mi gestión, no pueden dejar lugar a duda tampoco, sobre que no abrigué ningunas ambiciones previas a mi llegada a la Presidencia, ni sobre que tampoco tengo hoy propósitos de perdurarme directa o indirectamente en el Poder.

Tengo la convicción de que sólo los Gobiernos que hacen uso indecoroso del Poder, buscan autoridades amigas que los sucedan y que sean sus cómplices para ocultar sus prevaricaciones o sus delitos, y mi corta gestión está a la luz de mis conciudadanos para que ellos comprueben si he servido con honestidad el encargo que se me ha conferido.

Esta conducta no ha sido sólo personalmente mía, sino que ha sido fielmente observado por mis colaboradores, y juzgo por ello que no sólo yo en lo personal, sino también la totalidad de mi Gobierno, hemos ajustado nuestros actos con lo que el deber imponía, y hemos así quitado toda posibilidad de verdad en las aseveraciones que pérfidamente se esgrimen hoy para disfrazar ambiciones mezquinas y odios bastardas.

La causa de la actual rebelión debe buscarse escarbando en el cieno de los apetitos más bajos que puedan animar a los hombres. Ni los principios de la Revolución conculcados, ni los anhelos democráticos, ni los deseos de regeneración, mueven a esos hombres que hoy se muestran como paladines de un impulso anti-imposicionista en que ni ellos mismos creen. Su rebelión nace de su deseo de poder y de su afán de enriquecimiento. Su distanciamiento del Gobierno proviene de que éste no ha querido ser cómplice de ellos para permitirles que sigan acumulando riquezas, ni para tolerarles que con las fuerzas de su mando cometan o autoricen verdaderos delitos.

Es así como, a juicio del Gobierno, la situación, con ser tan dolorosa, servirá sin embargo para dar nuevo alivio al país, y para que el Ejército de la Revolución sufra una nueva depuración, expulsando y combatiendo a los elementos que más tarde serán motivo de vergüenza en él.

El Ejército de la República sólo se justifica como un sostenedor de los principios revolucionarios y de las ideas de reivindicación social que dieron origen a nuestra Revolución; y los jefes que están en complicidad con los intereses creados y que viven aliados con la reacción sólo porque ésta representa una posibilidad de enriquecimiento, no podían ostentar, sin desdoro del mismo Ejército, la más alta investidura que éste otorga. Si las fortunas acumuladas y la hostilidad para campesinos y obreros no fueran comprobación bastante de lo que antes se afirma, bastaría consignar que, por diversos conductos, los actuales rebeldes han solicitado la cooperación de los elementos fanáticos para constituir un gran frente de combate que, de llegar a resolverse con la derrota del Gobierno constituido, implicaría el regreso a los procedimientos retardatarios que creemos haber desterrado desde 1910, Y a la destrucción de la política agraria y obrera que los gobiernos revolucionarios han implantado desde 1921, y que el actual está prosiguiendo con toda la decisión que proporciona la convicción de sentir que la paz no podrá estabilizarse mientras en México no se hayan realizado las conquistas de la reivindicación agraria y obrera, por las que las masas de la Nación vienen luchando.

El Gobierno está seguro de contar con elementos bastantes para dominar la rebelión en corto plazo, no sólo porque la gran mayoría del Ejército permanece leal, sino porque aun en las mismas regiones de que los primeros momentos del conflicto señalan como rebeldes, hay Corporaciones que no abandonarán la línea de conducta que marca el deber, y que, como el 7° Regimiento de Caballería del general Dorantes, aprovecharán la primera oportunidad para incorporarse con las fuerzas leales o para combatir a las fuerzas rebeldes.

A más de la fuerza militar con que el Gobierno cuenta, la Administración confía, para su sostenimiento, en la fuerza moral que le da la opinión pública del país y muy principalmente la opinión revolucionaria. Los campesinos y los obreros de México saben hoy, como lo supieron en 1923 y en 1927, que no es la suerte de un Gobierno la que se juega, sino la suerte de sus conquistas. Es por ello que con mi carácter de Presidente de la República, declaro ante la faz de la Nación que entro a esta lucha con el más profundo desconsuelo, por haber comprobado hasta dónde llega la perfidia de quienes todo lo posponen a sus intereses personales; pero al mismo tiempo con el más seguro optimismo de que cumplo con mi deber, y de que saldré avante porque represento no sólo la legalidad, sino, sobre todo y ante todo, la rectitud y la verdad.

Por mi carácter civil, no podría formular ninguna declaración que pudiera tener el más ligero vestigio de fanfarronería, pero sí quiero hacer saber a la Nación que, a mi juicio, el deber no admite discusiones ni esperas, y que, dentro de este criterio, haré respetar mi investidura procuraré salvar a nuestras Instituciones, cualesquiera que sean los sacrificios que se hagan necesarios.

México, D. F., marzo 3 de 1929. -E. PORTES GIL, Presidente de la República.