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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1928 Último discurso del presidente electo Álvaro Obregón; discurso de José Vasconcelos ante su monumento.

Julio 15 de 1928

Cuando hablaba el licenciado Saenz, hace un momento, al referirse a las clases trabajadoras, alguien grito: "Y la clase media también."

Es necesario que todos lo sepan: que para nosotros la clase media no es sino una parte integrante de las clases trabajadoras, porque a su esfuerzo personal debe el ingreso cotidiano con que atiende a las necesidades de su hogar. Para nosotros es trabajador el que realiza un esfuerzo constante para resolver los problemas económicos de su hogar, para resolver los problemas educativos de sus hijos y para cooperar al engrandecimiento de la patria; por eso cuando nos hemos preocupado en formular una ley que resuelva con sentido práctico los problemas para las clases trabajadoras, hemos declarado que para nosotros solo existen dos clases en la sociedad: los que trabajan y los que pagan; y son trabajadores los que realizan un esfuerzo con el músculo o con el cerebro para resolver los problemas domésticos, cada día que pasa. Es por eso que nosotros, cuando hemos sido llamados por la voluntad nacional, para enfrentarnos a los problemas que constantemente opone la reacción para el desenvolvimiento del programa social que sirviera de base a la Revolución, hemos venido buscando el apoyo de todas las clases que pertenecen a la familia trabajadora, porque a todos les corresponde velar por la defensa de esos intereses; y es por eso que hemos encontrado ese apoyo, y por eso también la victoria ha sido nuestra.

Ahora no está a discusión mi candidatura sobre si debe o no ser señalada y aprobada por el país, para que pueda el que habla suceder a nuestro actual Primer Magistrado. Ello quedó consumado el primero del presente mes, en que el pueblo entero me hizo el alto honor de depositar en mi su fe, de depositar en mí su confianza. Ahora solo tenemos por delante el inmenso volumen de responsabilidades que hemos asumido, y no habremos cumplido como buenos ni correspondido al honor que el pueblo nos ha hecho, si no nos dedicamos esos seis años, a trabajar perseverantemente, a trabajar honestamente, para hacer tangibles, dentro de un sentido práctico, todas las promesas que hiciera al pueblo la Revolución. Y si durante la lucha política demandábamos los votos de nuestros conciudadanos, ahora que ya los tenemos obtenidos, demandamos el apoyo de ellos para constituir un gobierno fuerte, moral, materialmente hablando, y poder así resolver con menos esfuerzo todos los problemas que la Revolución tiene por delante, y consolidar todas !as conquistas que hasta el presente ha realizado.

 

Discurso de José Vasconcelos ante el monumento a Álvaro Obregón.

Venimos a recordar un hombre cumbre y una época ilustre. EI hombre pertenece ya a la historia que ha de juzgarlo, y la época puede todavía servir de modelo para el afán patriótico de muchas generaciones. Nosotros, a fuer de contemporáneos, quizás no podemos dictar veredictos; sin embargo, reconocemos el deber que nos obliga a formular nuestro testimonio en forma tan clara y sincera que la historia se vea compelida a tomarlo de fundamento. La muerte, que ya nos pisa los talones, otorga a nuestros juicios una validez un tanto patética y por eso mismo profunda, lucida, serena.

La Revolución engendró personal de muy variada índole: particulares abnegados, que con soldados y oficiales arriesgaron en grado heroico vida y comodidad para dar a México instituciones y libertades, para conquistar el sufragio efectivo, la mejoría económica y la educación en la verdad y el bien. En su proceso confuso la Revolución tuvo que soportar a muchos bandidos que la ensangrentaron, le desfiguraron el rostro, y a negociantes que le han manchado la honra. Contó la Revolución asimismo con muchos generales probos y valientes, patriotas y esforzados que han sufrido por la justicia; pero estratega de grandes capacidades sólo hubo uno: Álvaro Obregón, el general cuyas batallas no tienen paralelo en nuestra historia, el estadista que inició una política equilibrada y constructiva cuyos lineamientos, inspirados en la doctrina de Francisco I. Madero, tendrán que seguir siendo orientación del presente y factor del futuro.

Fue ventajoso para el país que el general Obregón accediese al mando   tras de una elección fallida, pero que sirvió para crearle popularidad y que llegase en condiciones de debérselo todo a él mismo. Sin otro apoyo que su prestigio, pudo en consecuencia gobernar sin compromisos con las sectas o las facciones partidaristas que suelen anular la buena intención del gobernante al reclamarle privilegios y ventajas. Obregón encarnaba la victoria del pueblo sobre los abusos de la opresión, y no reconocía otro pacto que el de la ley y sus promesas de candidato a la presidencia. Su candidatura misma fue creada y desarrollada fuera de las órbitas gubernamentales. Antes que él, sólo Madero se había hecho a sí mismo. Y porque no tenia compromisos de facción pudo escoger para el gobierno a los que juzgó mejores. Y así surgió aquel primer gabinete obregonista, de primera por la capacidad y por la honestidad. Y se liquidaron de inmediato las corruptelas anteriores mediante un cambio radical de procedimientos y de personas. Se ha hablado mucho del despilfarro del régimen obregonista, pero esto no pasa de ser una invención de sus enemigos, muchos de ellos enriquecidos en la política, en tanto que, acaso con algunas excepciones del final de su época, el obregonismo no produjo millonarios. Y los partidarios suyos que hoy posean fortuna propia la deben a sus actividades como particulares y no a su gestión gubernamental.

Y así como pudo Obregón escoger a sus colaboradores sin atender a consideraciones políticas, también con el doble prestigio de Presidente y de caudillo desarrolló un programa de gobierno libre de promesas falaces y ajustado por entero a los dictados de la conveniencia y de la posibilidad. Su norma, propia de inteligencia superior, fue la que da el sentido común. El sentido común es regla de oro del gobernante, sobre todo para aquellos problemas que por ser de orden práctico difícilmente se acomodan a la rigidez de una teoría. Pero ello no evitó que su obra se viese animada por aquel entusiasmo creador que dio a la Revolución su etapa de primavera después del bronco periodo de la discordia. La inflexible intransigencia es encomiable cuando se refiere a la conducta moral. En lo económico en cambio no hay principios: hay reglas y soluciones siempre temporales; el criterio lo da la oportunidad y la honestidad encaminadas al servicio del interés general. En el orden práctico, la mejor política es la que atiende al bien común por encima de los intereses de favoritos y de correligionarios.

El bien material de la sociedad no es propiamente asunto de ideologías, sino de soluciones dirigidas por inteligente y sana intención. Así es como Obregón, sin muchas letras pero con talento claro y decisión libre, puso término a las confusiones creadas por los regimenes que le precedieron y se abstuvo de caer en los errores en que han vuelto a incurrir determinados sucesores suyos. Obregón persiguió al latifundio, pero no repartió sin tino; estimuló la producción, no fomentó la quiebra. Los intereses legítimos del trabajador y del campesino estuvieron protegidos sin el alarde partidarista y sin abusos de lideratos y cacicatos irresponsables.

Conversando alguna vez con el que habla, durante uno de los últimos meses de su gobierno, el entonces presidente dijo: "Los regimenes que vengan tendrán que seguir la pauta que les hemos trazado o fracasar. Los avances que hemos hecho en materia de justicia social no podrán ser repudiados, pero tampoco se podrá ir más lejos sin caer en extremismos desastrosos". La prudencia de este juicio la entrego a la reflexión de quienes lamentan lo que se ha destruido, lo que se ha perdido en ensayos ineptos y por causa de la demagogia y de la ignorancia.

Constituyó circunstancia desafortunada el hecho de que el periodo presidencial de Obregón resultase corto. Se explica el disgusto que experimentaba Obregón al verse obligado a dejar el poder, cuando según dijo con la ironía que le fue tan peculiar: "Ahora que empezamos a aprender nos tenemos que marchar". Era la verdad, y el pueblo mismo contemplaba el término obligado de aquel esfuerzo con melancolía y con terror: pena de lo que se malograba y miedo de un mañana que asomaba manchado de odio y sangre. Nos dolía dejar el poder y con él una obra brillante apenas iniciada; más aun, amenazada de destrucción por el retorno de Huichilobos. Sobrevino la hecatombe y la vida política del país dio un salto atrás pavoroso. Los antecedentes, las capacidades de aquel Presidente singular reclamaban una solución alta: entregar nuestra obra al pueblo para que en su seno se salvase creciendo, o bien, para que diluida, desintegrada, se perdiese con honra. Una convención electoral lealmente constituida sin duda habría encontrado una solución patriótica mediante la candidatura de un ciudadano respetable, ajeno a camarillas y ambiciones. Un jefe así escogido habría conquistado el respaldo de la nación y la confianza de obregonistas y revolucionarios de toda modalidad. Desgraciadamente, en vez de los ciudadanos se movilizaron los cuarteles. La corrupción y la espada desataron sus furores; corrió sangre a raudales, sangre equivocada y también sangre noble, todo para convertir la esperanza de progreso en realidades de imposición y tiranía. No pudo crearse una situación que contara con la confianza general, y vino lo que todos sabemos: periodo de sombra, de confusión y de inepcia que apenas en los años recientes se ha estado tratando de sobrepasar. La crisis final del gobierno obregonista determinó en algunos de nosotros problemas de conciencia que llegaron a ser inaplazables. De un lado veíamos las ventajas que nos ofrecía seguir con los fuertes, con los que triunfaban, acallando para ello la convicción; del otro, las exigencias de la conciencia que nos llevaban a romper con estrépito con un orden de cosas que se había vuelto execrable. El rompimiento fue doloroso porque el afecto que nos ligaba al personaje central de la tragedia había llegado a ser profundo. Pero mi alma no se arrepiente de la decisión tomada ni de la pelea posterior ni de la derrota personal sufrida, derrota que por injusta resultaba inevitable. El destino de Obregón, ligado indisolublemente con la victoria, siguió su curso hasta que en pleno éxito la Providencia cortó su carrera de meteoro derrumbándolo implacablemente. Con lo que se confirmó una vez más que hay algo más excelso que el éxito, y es la irreducible fidelidad al bien mas allá de las contingencias sociales y del destino de hombres y pueblos.
Cierto es que la enorme capacidad militar de Obregón, que en un principio fue la esperanza de la Revolución y que más tarde decidió su victoria, se convirtió al final en peligro para la ciudadanía; cierto también que su programa de estadista naufragó en los abismos de la ambición; pero es conveniente insistir en señalar aquellos aciertos que merecen ser imitados y que todavía pueden y deben servir de criterio para juzgar la eficacia de los programas gubernamentales. Desgraciadamente después de Obregón, y por falta de un jefe idóneo, la Revolución cayó en excesos y errores cuyas consecuencias todavía padecemos, pero no por eso podemos concluir que aquella labor fue estéril; queda de ella un sistema difícil de superar. Cuando el jefe del Estado carece de las facultades de ciencia y de conciencia que son indispensables para ser director de hombres no queda otro recurso que buscar apoyo en el animo veleidoso de las multitudes, si se hace demagogia, o fomentar el poderío de intereses bastardos que fatalmente se dedican a la explotación del poder muy lejos del interés publico. Se impone entonces lo espectacular a falta de lo debido, se predica lo que ni se cree ni se practica y sobreviene la confusión. De ella no se sale con sólo ir cambiando de jefe, según las exigencias de la "no reelección", pese a que es un alivio la no reelección; pero hay algo quizás peor que el poder personal y es el "continuismo". Al amparo de éste perduran y medran grupos de políticos que cambian la fachada del régimen según las conveniencias internacionales, pero no la política que divide a la nación en feudos dedicados a su propio beneficio con menosprecio de la justicia.

En muchos aspectos, por fortuna, el anhelo de hoy es volver a lo que se hizo en el régimen obregonista. Criterio equilibrado en lo económico y en lo religioso, la tolerancia progresiva que habrá de darnos la paz de conciencia que prevalece en las naciones más cultas. Sólo de esta manera, eliminando las causas de división entre los mexicanos, podremos unificar voluntades para hacer frente a la responsabilidad que nos impone la participación de nuestra patria en la tarea universal de nuestra época.

Recapacitando ahora, decimos que nuestra ideología obregonista no anduvo desenterrando personajes ni doctrinas para buscar refugio en discutibles pasados; nos sentimos tan seguros y tan plenos de energía constructora que sonrientes invocábamos al porvenir, confiados en que el resplandor de nuestro presente iba a ser luz y orientación obligada del futuro: de todos aquellos futuros que fuesen capaces de recobrar el ritmo de la invención y de la gloria. Contemplamos ahora el vaivén del éxito con el desprecio que merece toda temporalidad y convencidos de que sólo hay un fin digno de todo el querer y es el bien supremo que está por encima del hombre, sus apetitos y ambiciones. Hijos de la tempestad, los revolucionarios nos sentimos un poco a disgusto en la posición tan alabada de la serenidad. Ella en el fondo no es otra cosa que la impotencia de quien ha consumido en el fuego de la pasión sus vanidades, pero también sus capacidades. Un consuelo, sin embargo, alienta la esperanza y es el de que, si bien no se da a un sólo hombre ni a una sola generación el poderío necesario para construir con la calidad de lo eterno, por otra parte es frecuente que el propósito malogrado en un pecho y en una época se renueve vigoroso en las generaciones predestinadas. Y la vieja lucha se prolonga; lucha del bien y del mal que ha de terminar, según proclama el Apocalipsis, con el triunfo definitivo del bien y ¡oh, desconsuelo!, hasta el fin de los tiempos.

Nos hallamos hoy al comienzo de una etapa constructiva. Sobre los escombros de la Revolución es menester que levantemos el edificio de la patria. En el orden económico precisa corregir excesos a fin de que el pueblo mexicano se dedique a trabajar su tierra (el único recurso nacional que todavia es casi en su totalidad mexicano). El latifundio no puede resucitar ni lo merece, pero también es preciso reconocer el fracaso de los ensayos colectivistas y el hecho de que el parvifundio conduce a la miseria. Y que la tiranía del capital no es menor porque lo maneje el Estado. En el orden político, aunque todavía queda mucho por hacer, es ya un avance transformar en lucha de partidos lo que antes fuera sanguinaria rivalidad armada para la conquista del mundo. La intervención ciudadana que tímidamente comienza puede lograr, si perdura y se hace inconforme, la evolución política que nuestro desarrollo social reclama.
  
Los hombres han pasado y seguirán eclipsándose, pero queda en pié la exigencia de un pueblo que sabe labrar su tierra, que posee capacidad para el comercio y para la industria, que cultiva la poesía y el arte, que es inteligente para asimilar la más alta cultura, y que por lo mismo no puede conformarse con seguir retrasado en la política. Nuestra vieja cultura exige de nosotros un esfuerzo esclarecido. En resumen, lo que pedía la Revolución era un avance cívico asentado en el progreso económico. Además, y como consecuencia del sistema democrático de vida, la conquista de la justicia social y de la libertad. Recordamos que de acuerdo con la promesa una vez cumplida, la justicia, los demás beneficios de orden privado y público, se nos darán por añadidura.

La revolución, todas las revoluciones son medios para acelerar el progreso. Por encima de la revolución está el pueblo que la hace y la deshace, la orienta y la corrige o la encarna, pero el fin de la brega social es el bien público dentro de la patria común. Por sobre las patrias se anuncia ya el Estado Universal, que será bienvenido siempre y cuando se nos presente también como servidor y no como amo. Todo porque al fin y al cabo el arbitrio del hombre sólo es fecundo cuando lo pone en armonía con las normas de Aquel que hizo la creación y regula el curso de las estrellas y el destino de las almas.