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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1926 Discurso pronunciado en el Congreso de Nuevo León

Plutarco Elías Calles, 25 de Febrero de 1926

Es para mí un señalado y grandísimo honor, recibir por conducto de la Honorable Cámara el título de hijo de Nuevo León. Esta designación me lleva a contraer nuevas obligaciones y nuevos compromisos para hacerme acreedor a ella, pues considero que tengo que realizar grandes esfuerzos para cumplir con el sagrado deber que ella me impone.

La labor que como Ejecutivo he desarrollado es débil y aún no corresponde a mis grandes anhelos, porque el país está en formación, puesto que en él hay que hacerlo y modificarlo todo. habiendo sonado ya la hora de emprender esta ardua labor a la que hoy por hoy nos estamos dedicando. La obra a que me refiero es complicada y variada en extremo; ella abarca todos los órdenes sociales. desde la condición de nuestros problemas económicos hasta la transformación de las clases una de mis constantes preocupaciones buscar por todos los medios la unión de los mexicanos.

Desgraciadamente, hay muchos egoísmos que vencer, hay intereses creados que se oponen a esta labor porque temen sufrir alguna alteración; sin embargo, estoy convencido de que con llevar una poca de felicidad al de abajo, no se resta felicidad a los de arriba; una de las condiciones necesarias para borrar las diferencias de que hablo, es la instrucción de nuestro pueblo, que está abandonado a sus propios esfuerzos, y precisa en esta labor la cooperación efectiva de los gobiernos de los Estados.

El gobierno se está preocupando hondamente por llevar a esa distinción a las últimas clases sociales, y repito que para conseguirlo es absolutamente necesario que cooperen los gobiernos de los Estados. Por desgracia, en algunas entidades federativas hemos tenido malos gobernantes que no sólo no coopera con la reconstrucción nacional ni con la instrucción de esas clases sociales, sino que han desarrollado una labor contraria a las entidades que gobiernan, pues hasta se ha dado el caso doloroso, en un Estado, de que mientras el gobierno federal abría 150 escuelas rurales, el gobierno local cerraba tantas escuelas como sostenía.

En Nuevo León esta situación va desapareciendo y es muy grata la impresión que he recibido en esta visita al encontrarme con un gobierno honorable. Yo espero que los poderes de esta entidad, para bien del Estado que gobiernan, no se aparten de la armonía que debe existir, sin ambiciones personales, sin egoísmos perversos, porque sólo así podrán cumplir su misión en bien del Estado, que tanto lo merece, porque un Estado donde todos sus hijos trabajan y donde hay tanto empuje, no merece tener un mal gobierno.

Ya en otra ocasión me refiero a aquella en que tuve el honor de asistir al banquete que me ofrecieron las distintas clases sociales de Monterrey expresé con amplitud las ideas que en materia económica y hacendaria está poniendo en práctica el gobierno, que no tiene más interés que contribuir a que el país dependa de sí mismo y no de ningún extraño.

Ha sido para nosotros una vergüenza esperarlo todo del extranjero y hemos estado pensando siempre en cuál será y cómo se organizará la compañía que venga a explotar nuestras riquezas; yo he querido demostrar que el país tiene los recursos necesarios propios para abastecerse y desarrollarse a sí mismo, y tengo fundadas esperanzas de que mi programa se realizará, pero es necesario que no se deje solo al gobierno en la realización de esta magna obra.

Debemos pensar que de hoy en adelante vendrán administraciones honradas, y yo creo, señores, que no es obra de gran talento la que estamos haciendo, sino de buena fe, de buena voluntad y de honradez. Creo que no necesitamos más para llegar a la felicidad que anhelamos, y yo tengo absoluta fe, una fe de fanático, en que México es un país bastante rico para hacer felices a todos sus hijos, y no sólo para ellos, sino que nos pone en condiciones de abrir los brazos a los hermanos de otros países.

Todos los extranjeros tienen en este país un amplio campo de acción. Los extranjeros pueden venir con la seguridad absoluta de que aquí encontrarán toda clase de afectos y atenciones, siempre que vengan a desarrollar con nosotros una labor ecuánime, que no vengan a explotarnos, a llevarse nuestra riqueza, sin dejarnos nada, sino que vengan a cumplir y a respetar nuestras leyes y nuestras instituciones; en una palabra, que vengan a convivir con nosotros.

Desgraciadamente, hasta el presente esto no ha sucedido, pues los extranjeros capitalistas han venido a México no para desarrollarlo; han venido para explotarlo, han venido para llevarse todo lo que pueden y para no dejarnos nada, ni siquiera la cultura que poseen.

Los mexicanos deben saber que esta tierra es de ellos y que está en la obligación del gobierno y de todos los hijos de esta patria guardar su territorio. Es absolutamente necesario que todos comprendamos que los pueblos que pierden su territorio pierden también su nacionalidad.

Desgraciadamente, siempre hemos estado esperando la venida de extranjeros para venderles lo nuestro, dizque para hacer un gran negocio; pero ya es tiempo de que comprendamos que es un error y que debemos conservar lo nuestro. No quiero hacer más declaraciones sobre este punto porque tengo la absoluta seguridad de que todos me han comprendido y porque creo también que de hoy en adelante todos los mexicanos cuidaremos con mucho celo la tierra de nuestra patria.

Dije, señores diputados, que la distinción de que he sido objeto en este momento es muy grande para mí. Ustedes pueden tener la seguridad de que no se han equivocado; pueden estar seguros de que procuraré hacerme digno hijo de Nuevo León, y que en cualquier circunstancia que el destino me depare, sabré cumplir siempre con mi deber.