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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1923 Los Tratados de Bucareli. Adolfo de la Huerta.

Septiembre 10 de 1923

 

 

LOS TRATADOS DE BUCARELI

TEMA ha sido éste para muchos y muy diversos artículos periodísticos en los que se ha expresado, desde la condenación más absoluta y severa fundada en sentimientos de patriotismo, dignidad nacional y honradez, hasta el aplauso desvergonzado de los remanentes de un régimen culpable de grave error.

Y entre uno y otro extremo, ha habido apreciaciones más o menos justas, más o menos bien intencionadas, pero en la mayor parte de los casos desorientadas, ya sea por la pasión política, ya por la falta de conocimiento de la naturaleza íntima de esos bochornosos convenios, ya por una errónea valorización de lo que significa la soberanía de una nación.

Escritos ha habido que nos han hecho pensar que hay escritores que tienen un concepto elástico del decoro y la honradez; elasticidad que es para nosotros inaceptable y que es tan sólo un paliativo de quienes pretenden ser benévolos con los prevaricadores o están desorientados porque juzgan de hechos pretéritos, que se han mantenido en la sombra del cuasisecreto y que sólo han trascendido imperfectamente al conocimiento del público.

No es nuestro propósito hacer en este libro un análisis de los fatídicos convenios o tratados; nos limitaremos, por el momento, a señalar de manera sencilla y clara las razones por las cuales tales arreglos son violatorios de nuestra soberanía nacional y, por ende, inaceptables. Y que no se argumente, como se ha pretendido, que el sacrificio que ello implicó estaba justificado por el fin que se perseguía, que era el de obtener el reconocimiento de los Estados Unidos, pues ya se ha visto que tal reconocimiento estaba de hecho prometido por conducto del señor De la Huerta, SIN TRATADO NI CONDICIÓN PREVIA.

Es decir, que lo que honorable y dignamente había conseguido ya don Adolfo de la Huerta, fue deshecho para sustituirlo por un convenio mediante el cual se compraba el reconocimiento al precio de nuestra dignidad, nuestro decoro y nuestra soberanía nacional.

Pani, que fue el genio maléfico detrás de toda esa maquinación, logró deshacer el casi hecho acuerdo de los Estados Unidos y México, conseguido por la visita del señor De la Huerta a Washington; convenio que dejaba inmaculada nuestra dignidad nacional y ponía una aureola de gloria en la cabeza del patriota gestor.

Y para sustituir aquellos arreglos hechos ya casi por conducto de un hombre patriota y honrado, Pani insinuó, sugirió y piloteó los arreglos de Bucareli, que dejaron nuestra dignidad nacional muy mal parada, que dieron a los extranjeros derechos que no tenemos los nacionales, que, en una palabra, trajeron una ola de bochorno sobre nuestro infeliz país, pero dejaron satisfecha la asquerosa vanidad y la envidia de uno, los celos políticos del otro, y sobre la cabeza de ambos, el eterno oprobio de quienes vendieron los intereses patrios confiados a sus pecadoras manos para satisfacer pasiones despreciables.

Y no quiero extender más el comentario personalísimo mío que constituyen las anteriores líneas.

Dejo nuevamente la palabra al patriota ecuánime y bondadoso que sin el apasionamiento que yo no puedo reprimir, nos ha de relatar todo lo que es poco sabido o totalmente ignorado, de esa fase importante de nuestra historia patria.

“A principios del año de 1921, una tarde recibí aviso del general Obregón llamándome para concurrir al Castillo de Chapultepec. Acudí y me encontré allí con el general Calles, que entonces ocupaba la cartera de Gobernación. Obregón nos dijo:

— “Los he citado para tratar un asunto de trascendencia: El gobierno americano propone la designación de dos comisionados americanos para que con dos comisionados mexicanos nombrados por nosotros, discutan, aquí en México, los asuntos pendientes entre los dos gobiernos, los daños causados por la revolución a los intereses americanos y la forma en que ha de desarrollar la política el gobierno de México con respecto a esos mismos intereses.

"Inmediatamente rebatí la proposición diciéndole que era inconveniente que les concediéramos derechos de extraterritorialidad a los extranjeros para que vinieran a juzgar nuestros actos relacionados con ellos y determinar la justicia que a ellos les asistiera. Que por ningún concepto debíamos aceptar la intromisión de elementos extraños en nuestra política para definir nuestros actos en ese campo y que debía rechazarse inmediatamente la proposición.

“Calles oyó circunspecto mis argumentos, y luego dijo:

— "Tiene razón Adolfo y debemos desechar esa proposición. ¿Quién te la trajo?

— “El ingeniero Pani —contestó Obregón.

— “Pues despacha a Pani con cajas destempladas y díle que no somos de los suyos.

— "Vamos —dijo Obregón— a buscar la manera de rechazar esto sin lastimarlos, porque parece que vienen de buena fe.

— “Sí —convine—, no creo que haya mala fe; lo que hay es desconocimiento de nuestras leyes. Ya en la época del señor Carranza se me presentó un caso análogo a éste, por eso no tuve necesidad ni de pensar sobre el particular. —Y le referí a grandes rasgos el decreto de 10 de mayo de 1913, derogado por Carranza por las objeciones que en el mismo sentido le presenté, diciéndole que era el sentir de los sonorenses que no debiera sustituirse la Comisión Nacional de Reclamaciones establecida en la época del señor Madero por las comisiones mixtas a que se refería el decreto de 10 de mayo de 1913 que, al derogarlo en declaraciones que les hizo a dos corresponsales extranjeros, motivó una de las reclamaciones que vino a presentar el Dr. William Bayard Hale en Nogales, a fines de 1913, actuando como comisionado personal de Wilson.

"Así se deshizo aquel primer intento de formar las comisiones mixtas, pero posteriormente, cuando yo había regresado de firmar los arreglos con los banqueros internacionales relativos a nuestra deuda y que fueron conocidos por convenios Lamont-De la Huerta, después de haber visitado Washington por expresa insistencia del presidente de los EE. UU. y haber defendido ante el gobierno americano la posición de nuestro país para que no se le exigiera tratado previo ni concesiones indebidas como condición para otorgar el reconocimiento, y habiendo conseguido éxito completo, según refiero en otro lugar, me fui por tres días a mi Estado de Sonora y estando allá, leo en la prensa que el plan primitivamente propuesto por los Estados Unidos y que se desechó después de aquella conferencia en Chapultepec, volvía a revivirse para sustituir los arreglos que yo había hecho y lograr así Pani salirse con su propósito de llevar a cabo el plan que rechazamos Calles y yo.

"Inmediatamente puse a Obregón un telegrama de protesta por lo indebido del camino que se tomaba, más cuando ya estaban fijadas las bases, después de mis entrevistas con Harding y con Hughes sin tratado previo y sin necesidad de incluir en el mismo cláusulas como las incluidas después en los Tratados de Bucareli, que echan por tierra todas nuestras instituciones en lo que se refiere a los extranjeros, poniéndolos en situación privilegiada respecto de los mexicanos. Dos telegramas más envié a Obregón y éste, finalmente, me contestó diciendo que posiblemente había cometido un error, que me transladara rápidamente a México para conferenciar con él.

“Cuando llegué a México, me encontré con Obregón aparentemente preocupado. Me dijo:

— “He tomado nota de tus aclaraciones. ¿Cuál es, en tu concepto, la solución a esta situación?

— "Pues he pensado mucho en todo el camino y creo que una vez ya embarcado en este asunto, comprometido a que vengan esos señores a cambiar impresiones contigo (me refería yo a Warren y Payne), los trates con toda clase de cortesías, como si fueran dos periodistas que viniesen a inquirir sobre nuestra situación y que tú les dieras declaraciones interiorizándolos de las razones que se han tenido para legislar en la forma que ha legislado México y cómo van a sostenerse nuestros principios y nuestras leyes. Que Pani se encargue de atenderlos, organizarles sus fiestecitas y después despacharlos con viento fresco; porque no creo conveniente que estos señores vengan a inquirir sobre nuestras leyes, a dictarnos condiciones y menos a formalizar arreglos que vengan a constituir, al protocolizarse, el tratado previo que es de lo que me defendí tanto en mis pláticas con Harding y con Hughes.

“Obregón aceptó el plan y me dijo:

— “Así lo haremos; puedes estar tranquilo y yo procuraré sostener la misma tesis que tú sostuviste en Washington.

“Tranquilizado, me dediqué a mis trabajos en la Secretaría de Hacienda que, después de los arreglos de la deuda pública por cinco años, me daba el contrato de 16 de junio, para organizar nuestras finanzas y hacer las proposiciones para el banco que había tratado con los banqueros europeos y americanos; proponer ya otro plan para la conversión y consolidación de nuestra deuda pública; y dejé a aquel par de señores que trataran con los comisionados que se habían nombrado aquí, que eran González Roa y Ross, dirigidos por Pani.

“Las primeras pláticas y conferencias (según me di cuenta después) iban bien encarriladas, defendiendo los puntos de vista que yo mismo había defendido en los EE. UU. y sosteniendo nuestra legislación y tratando de que esos señores no interfirieran con nuestra política interna. Sin embargo, por las aclaraciones que les hacían se veía ya cierta supeditación, porque, sin tener derecho para ello, hablando en forma dura con respecto a la legislación mexicana, orientaban (Warren y Payne) la política hacia las conveniencias de ellos.

“Pasó algún tiempo; creí que ya estaban próximos a retirarse, cuando me enteré por la prensa de una gran recepción que se organizaba en honor de ellos y que, entrevistados estos delegados americanos, dijeron que todavía tenían materia para tratar por un mes más. Me llamó la atención aquello, pero sin darle mayor importancia, esperé el desarrollo de los acontecimientos con la mente ocupada en los asuntos aquellos trascendentales que yo tenía a mi cargo.

“Ya en el mes de agosto de 1923, se me acercó el general Ryan, que era, además de presidente de los petroleros, representante personal de Mr. Harding; es decir, lo había sido y creo que continuó siéndolo de su sucesor Mr. Coolidge. Se me presenta, pues, el general Ryan diciéndome:

— "Mr. De la Huerta, le traigo la buena nueva de que ya se terminaron los arreglos y ya están firmadas las actas.

“Obregón se había comprometido conmigo a que no se firmara ningún documento y que fueran únicamente declaraciones que se les hicieran a estos señores tratándolos como si fueran periodistas. Ese había sido el acuerdo. Así es que, al decirme el general Ryan que ya estaban firmadas las actas, me vino honda preocupación.

—"¿Cómo las actas, general?

— "Sí; las actas en las que se estipulan las condiciones dentro de las cuales va a encauzarse la política de México.

“No quise prolongar más la conversación; no quise comunicarle mis impresiones ni hacer comentarios. Me excusé, y ya nervioso, fui a ver al general Obregón, diciéndole:

—"Oye, Álvaro, me acaban de informar que se han firmado actas en las conferencias de Warren y Payne con González Roa y don Ramón Ross, dizque dirigidos por Pani —pues esa aclaración me la había hecho el general Ryan.

— “No —me dijo—, te han engañado. Únicamente se hicieron unos memoranda para que resultaran iguales las declaraciones que vamos a hacer aquí y las que han de hacerse en los EE. UU.

— “Hombre —repliqué —, me tranquilizas, porque me había yo alarmado.

— “No hay por qué; te han engañado; no hay tales actas.

“Di media vuelta, pero se me ocurrió solicitar de él que se me enseñaran los memoranda esos.

— “Yo le diré a González Roa —me contestó— que te mande una copia.

“Me vine pensando porque noté algún desconcierto en Obregón. No me pareció que me estaba diciendo la verdad; lo conocía muy íntimamente y al llegar a mi oficina llamé a mi secretaria particular Julieta Tovar y le dije: “Julieta, se me va inmediatamente en su automóvil a ver a González Roa y le dice que con autorización del presidente de la República, o por acuerdo de él, como le parezca a usted mejor, me envíe una copia de todo lo que se ha hecho en las conferencias”.

"Se fue Julieta y volvió con las copias de todas las actas que se habían firmado. Comencé a leerlas y al principio un poco tranquilo porque veía que no era mala la orientación; pero a medida que adelantaba veía como iban perdiendo terreno los nuestros y cómo los delegados Warren y Payne iban imponiéndose y nulificando toda nuestra legislación, declarando además que el artículo 27 no se iba a aplicar retroactivamente y que los americanos se reservaban el derecho de recurrir al amparo diplomático, cuando el artículo 27 establece que todo propietario en México, en cuestiones de tierras, renuncia a la protección de su país y todas las irregularidades que contienen los arreglos, además de que protocolizado todo, eso ya venía a constituir el tratado previo que yo había conseguido no celebrar en mis pláticas con Harding y con Hughes y volvía así a imponérsele a México la condición de un tratado para que pudiese ser reconocido, tratado en el cual estaban estipuladas todas esas cláusulas que vulneraban nuestra soberanía y afectaban nuestra legislación al grado de que echaban por tierra nuestra Constitución. De hecho no quedaba ya la Constitución rigiendo para los extranjeros”.

Memorias de don Adolfo de la Huerta, según su propio dictado. (Transcripción y comentarios de Roberto Guzmán Esparza). México, Ediciones Guzmán, 1957.