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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

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ISBN 970-95193

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1919 Manifiesto al pueblo mexicano. Junta Central Revolucionaria Felicista.

Ciudad de México, agosto de 1919.

 

MANIFIESTO AL PUEBLO MEXICANO DE LA JUNTA CENTRAL REVOLUCIONARIA FELICISTA.

CIUDAD DE MÉXICO, AGOSTO DE 1919.

En estos momentos en que la tirantez de las relaciones internacionales ha llegado a constituir un peligro para la estabilidad del régimen imperante, y en que la prensa de los Estados Unidos se ocupa intensamente de los asuntos de México, dejando muy mal paradas la reputación y honorabilidad del llamado Gobierno carrancista, la prensa oficiosa de ésta Capital, seguramente por consigna, ha publicado noticias falsas pretendiendo desprestigiar la figura del general don Félix Díaz, jefe del Ejército Reorganizador Nacional.

Alguna de estas noticias anunciaba que dicho jefe, desmoralizado y convencido de su impotencia para derrocar al carrancismo, había lanzado un Manifiesto y se retiraba al extranjero. Después se desmintió tal versión y se publicó en la misma prensa oficiosa, que los jefes rebeldes, en Junta que celebraron, habían acordado desconocer a su jefe y obrar por su propia cuenta; y que el general Díaz se encontraba decepcionado, por el rumbo de Misantla, Veracruz, seguido apenas de unos cuantos hombres, escasos hasta de alimentos.

La Junta Central en esta Capital, protesta con toda energía por tan escandalosas mentiras, y debidamente, hace constar: que el general Félix Díaz no ha pensado, ni piensa retirarse de la Jefatura del Ejército Reorganizador Nacional, ni mucho menos marcharse al extranjero; que es falso que haya sido desconocido por algunos jefes que han venido operando bajo su mando, y que, muy por el contrario, cada día es mayor la extensión del país que controla; aumentando constantemente el número de las fuerzas que forman el referido Ejército. Que el propio señor general permanecerá en territorio mexicano y al frente de su Ejército hasta conseguir el derrocamiento del llamado gobierno de Venustiano Carranza, que es ilegal, porque no fue elegido por el pueblo mexicano, sino por la facción carrancista que se impuso por la fuerza de las armas; que la ley fundamental, legítima, de la República es la Constitución de 1857, y como está en suspenso por haber sido desconocida por la facción carrancista, el país atraviesa por un período anormal, que está fuera de la ley; y que la llamada Constitución de 1917, no puede tener fuerza legal porque fue formada con objeto de ejercitar 'legalmente' el robo en el capital extranjero invertido en la República, y aprobada por un pequeño grupo de hombres de ninguna significación, pertenecientes a la facción carrancista y sostenidos por la fuerza de las armas; sin que el pueblo mexicano hubiera intervenido absolutamente en su designación, no estando, por lo tanto, representado en la farsa que se llamó pomposamente 'Congreso Constituyente de Querétaro'.

El carrancismo ha sido ingrato y canalla, porque después de deber su triunfo al apoyo y a la ayuda de Estados Unidos, cuando ésta gran Nación se encontraba en guerra con Alemania, Carranza tenía ligas muy estrechas con los alemanes y formaba parte en algunos planes terribles contra la Nación americana.

El régimen carrancista ha llevado al país a la bancarrota, al más completo desprestigio. En vez de cumplir con los compromisos internacionales, como lo hubiera hecho cualquiera administración honrada, expide 'leyes' vergonzosas tendientes a consumar el robo de los capitales extranjeros, que se han invertido en el país para fomento de nuevas riquezas, amparados por las leyes legítimas y morales. Su actuación torpe, hipócrita y corrompida, llena de sangre y de ignominia, conduce a la Nación en estos momentos al peligro de la intervención armada, o sea, a la mayor vergüenza que podríamos sufrir los mexicanos y a la peor de las afrentas, la pérdida de nuestra nacionalidad. La prensa americana trata a diario el asunto de la intervención y algunos de los miembros del Senado Federal la apoyan en la creencia de que es el único medio posible para el restablecimiento del orden en México. Felizmente no todos los componentes del Gobierno opinan por la intervención armada; sino que, conociendo los ideales, la organización y el programa de la contrarrevolución así como sus fuerzas y el apoyo que le presta la inmensa mayoría de la Nación, optan por el restablecimiento de la beligerancia y por que se les deje luchar hasta el fin, seguros de su triunfo. Prueba de ello es la resolución aprobada el 27 de junio último por el Senado del importante Estado de Texas, publicada por toda la prensa de los Estados Unidos, que dice textualmente:

'Considerando que el Gobierno actual de México ha mantenido, por varios años, un régimen de desorden a lo largo de toda la frontera, ocasionando grandes perjuicios a los americanos que han perdido la vida y sus propiedades en muchos casos;

'Considerando que, según se comprende, el actual movimiento revolucionario en México, cuenta con el apoyo de la mayoría de los habitantes, y que en diferentes ocasiones se ha manifestado por los jefes de ese movimiento que se dará protección a las vidas e intereses de nuestros conciudadanos, lo cual contrasta con la actitud del actual gobierno, se resuelve:

'Que se aprueba la acción del gobierno federal de adoptar una política más firme;

'Que si es necesaria la ocupación de una Zona neutral en el norte de México, se dé tal paso, más teniendo cuidado de que nuestras tropas crucen la frontera para proteger las vidas e intereses de los americanos y que sean retiradas esas tropas tan pronto como el gobierno mexicano esté en condiciones de otorgar la protección debida;

'Que se recomiende al gobierno federal declarar el reconocimiento de que un estado de guerra existe entre dos independientes y distintas facciones en México; y

'Que se elogie al gobernador de Texas por haberse negado a conceder permiso para que tropas armadas de cualquier facción crucen por el territorio del Estado.'

El Gobierno de Estados Unidos sabe bien que no necesita enviar sus milicias a México para derrocar la banda de ladrones más numerosa y mejor organizada del mundo, que se llama actualmente 'Gobierno Mexicano'; sabe bien que entre los mexicanos hay muchos hombres honrados, cultos, inteligentes y patriotas, ahora desterrados muchos de ellos, otros alejados de la cosa pública para conservar incólumes su honor, su prestigio y buen nombre, y otros más, en los campos con la armas en la mano, sufriendo peligros y privaciones, con el único anhelo de encauzar al país por el sendero de la ley, del honor. Entre estos últimos se encuentra el general Félix Díaz, que con voluntad inquebrantable y raras energías, hace más de tres años, sin elementos, ni ayuda extraña, ha logrado formar un numerosos ejército que viene luchando con éxito en la mayor parte del territorio nacional. Nadie ha dudado jamás, ni sus propios enemigos, de su honradez acrisolada, de su patriotismo y de sus altos ideales; se ha lanzado a la lucha empuñando el pendón de la Ley, la Constitución de 1857, y por esto lo temen los carrancistas; viene respetando las vidas e intereses de mexicanos y extranjeros, para salvar a la Patria y al escarnecido pueblo mexicano; nunca ha atacado las creencias religiosas, ni ha lesionado la honra e intereses de las familias. Su labor ha sido lenta precisamente porque ha sido honrada; pero efectiva, y se siente no sólo en los campos de batalla, sino hasta el corazón de todos los mexicanos. ¿Quién no ansía su triunfo?

La Junta Central que suscribe, está autorizada para declarar solemnemente: que el señor general Félix Díaz no tiene aspiraciones de ocupar algún alto puesto en el Gobierno de la República: que llegado el triunfo, el Gobierno Provisional que surja, apoyado por el Ejército Reorganizador Nacional, dictará una ley amplísima de amnistía a fin de que todos los mexicanos, cualquiera que sea su credo político, creencia religiosa y clase social, tomen parte efectiva en las elecciones de los Poderes de la Federación y de los Estados, respetando efectivamente el voto popular y sosteniendo a los ciudadanos que resulten electos. Que la Administración Pública será manejada por hombres probos y competentes que la prestigien; que las contribuciones exorbitantes y las gabelas que pesan sobre los habitantes de este infortunado país, serán moderadas, justas y racionales. Que el gobierno desde luego cumplirá con las obligaciones internacionales, procurando arreglar a la mayor brevedad sus obligaciones reanudando el pago de la deuda exterior y el de las indemnizaciones por los perjuicios ocasionados por la revolución, lo cual podrá verificarse en relativo corto plazo, tan luego como la Administración Pública esté manejada por hombres honrados, dada la solvencia y la riqueza del país. Que dentro de la forma legal prevenida en el artículo 128 de la Constitución de 1857 se harán las reformas constitucionales que se juzguen necesarias para implantar muchas de las promesas que la revolución no ha sabido cumplir, como es, entre otras, la creación de la pequeña propiedad rural para impulsar y fomentar la agricultura, la más importante fuente de riqueza nacional. Que se dará toda clase de facilidades para la inversión de capital extranjero en el país, procurando la corriente inmigratoria de elementos sanos y de trabajo, impartiendo todo género de garantías a la vida e intereses de propios y extraños. Que la ilustración de las masas será verdaderamente efectiva, estableciendo obligatoria la instrucción para combatir con éxito el analfabetismo, logrando así, por medio de la evolución, formar ciudadanos conscientes de sus deberes y de sus derechos; que se ocuparán perfectamente de expedir una ley que favorezca justamente a la clase obrera, muy digna de toda consideración; no como la que actualmente discuten los diputados carrancistas, que lejos de beneficiar a la sufrida clase obrera, la perjudica notablemente. Que la patria sea de todos y para todos; que el Gobierno de México imparta justicia a todos, sin excepción de credos o partidos. Entonces, la gran familia mexicana, tan dividida ahora, olvidando sus odios y rencores se estrechará en un abrazo fraternal y todos laboraremos unidos por el engrandecimiento de nuestra querida Patria.

Además de la ilegitimidad del gobierno carrancista, bastaría tomarse en consideración todos los grandes delitos cometidos por él y los suyos contra propios y extraños, para que ninguna nación civilizada siga cultivando con él relaciones oficiales.

Aunque parezca redundante repetirlo, se hace necesario en estos momentos reseñar los actos delictuosos más culminantes del carrancismo. Desde que las fuerzas carrancistas avanzaron hacia el centro del país, comenzaron los atropellos a las creencias religiosas, violando los conventos, estuprando a las monjas, al grado de hacer embarazadas a muchas de ellas; saqueando las iglesias; exhibiendo en público como mantillas de los caballos los ornamentos sagrados y vistiendo las soldaderas los ropajes de las imágenes. En esta capital, se dio el caso de profanar el templo de Santa Brígida, destruyendo los altares, después de defecar en ellos y 'fusilando' a los santos. Aprehendieron a los sacerdotes que tuvieron a su alcance, y en calidad de presos los remitieron como cerdos a Veracruz, sin darles alimentos. Todo esto verificado al amparo y por orden del general Obregón. Este mismo jefe citó en esos días a una reunión en el Teatro Hidalgo a los propietarios de casas y después de registrarlos para cerciorarse de que no portaban armas, los injurió brutalmente.

En esa época, el general Benjamín Hill, que fungía como Comandante Militar de la Plaza, mandó aprehender a varios comerciantes y los hizo salir entre filas a barrer la plaza pública. Como asesinatos monstruosos puede citarse entre muchos el del ingeniero Alberto García Granados, ministro que fue en el gabinete del general Huerta y que se opuso a que éste mandara asesinar a Madero y Pino Suárez; delito en que quisieron mezclar los carrancistas al infortunado señor García Granados; pero en realidad su asesinato fue originado, porque en la época de la Presidencia de Madero, Carranza, por correspondencia, lo invitó a conspirar contra el Gobierno, y esa correspondencia le fue exigida a García Granados, quien no la quiso entregar. La causa porque Carranza pretendió sublevarse contra Madero, fue porque éste le pidió cuenta de los cientos de miles de pesos que el Gobierno del Centro le había ministrado para las fuerzas auxiliares del Estado de Coahuila y porque le suspendió esa subvención. La muerte de García Granados fue monstruosamente cruel; era un anciano de setenta años, a quien aún cuando hubiera habido causa justificada, no podría haberse fusilado porque el Código Penal exceptúa de la pena de muerte a los mayores de sesenta años. Fue cruel el asesinato, porque la víctima estaba materialmente agonizante a causa de una afección cardíaca que en pocos días lo habría llevado al sepulcro y, no obstante esa circunstancia, cuando se le indicó a Carranza su estado, ordenó al general Pablo González que si el señor García Granados no podía tenerse en pie, se le amarrara a un poste y ejecutara inmediatamente. Importaba a Carranza que la tumba guardara cuanto antes el secreto de la correspondencia que no quiso entregar.

Por esos mismos días fue ejecutado el ingeniero Gustavo Navarro, a quien juzgó un Consejo de Guerra, con el pretexto de que había mandado construir granadas cuando desembarcaron los americanos en Veracruz, acusándolo de que las había fabricado para batir a los revolucionarios. El Consejo de Guerra que lo juzgó, lo declaró inocente y lo absolvió habiendo sido puesto en libertad absoluta inmediatamente. Al tener noticia el general Pablo González del resultado del Consejo de Guerra, ordenó su reaprehensión, que se verificó el día siguiente a las siete de la noche, y lo mandó fusilar a la mañana siguiente. Parece que hubo una causa particular para cometer este asesinato, que el tiempo se encargará de esclarecer.

La felonía ideada por el general Pablo González para cometer el asesinato de Emiliano Zapata, no tiene igual; pero lo que no tiene nombre y da a conocer lo que valen los prohombres del carrancismo, es el hecho de haber publicado el propio Pablo González, su acto felón y repugnante; enorgulleciéndose de haberlo ideado y consumado. Por este acto 'heroico' fue felicitado por el Presidente de la República, quien también ordenó el ascenso del asesinato y un precio de cincuenta mil pesos, que salieron de las arcas nacionales. ¡Cuánta ignominia y cuánta desvergüenza!

Cuando las hordas del general Obregón entraron en la capital de la República, todos los jefes militares y multitud de paisanos que venían agregados a ellas, se apoderaron de las casas de los capitalistas, políticos o no; expulsando de ellas a las familias, y después de habitar las referidas casas, mientras permanecieron en la ciudad las saquearon, llevándose alhajas, muebles, ropas y hasta las tazas de los excusados, dándose el caso de arrancar puertas finísimas y de gran mérito del edificio que ocupaba el Consulado de los Estados Unidos. De este hecho fue testigo presencial el mismo señor cónsul. En las calles hacían bajar de los automóviles a sus dueños y de los caballos a sus jinetes. El general Obregón ordenó bajo pena de muerte, que los habitantes entregaran todas las armas que tuvieran, y en la recolección se llevaron armas artísticas de gran valor, ignorándose cuál haya sido su paradero.

Durante el período en que Carranza ha tenido facultades extraordinarias en el ramo de Hacienda, han sido emitidos por él y por algunos de sus generales varias clases de billetes con diversas denominaciones, por un valor en junto de más de cinco mil millones de pesos; no obstante que los llamados decretos que los crearon, limitaban las emisiones a menor cantidad. Han percibido los productos de los ferrocarriles desde la época en que se los incautaron, productos que ascienden a una enorme suma; pues a más de las entradas que oficialmente aparezcan, todos los prohombres tuvieron a su disposición directa y personal, trenes completos; los militares con el pretexto de utilizarlos para el servicio en campaña; pero aprovechándolos para el transporte de mercancías, que se hacían pagar a precios fabulosos, con perjuicio del pueblo que, a su vez, pagaba sus alimentos a precios tan exagerados, que llegó el caso de que por no tener con qué comprarlos, se viera en las calles personas muertas por inanición. De las cantidades que por fletes y por pasajes llegaron a las cajas públicas, dispuso el llamado gobierno, sin que ni por una sola vez hubiera dado un pequeño dividendo a los accionistas que tienen el cuarenta y ocho por ciento de la propiedad de esas empresas. El hecho es que son cientos de millones de pesos los que han entrado por ese capítulo a las arcas carrancistas. Los tranvías del Distrito Federal también fueron incautados y explotados; habiendo aumentado el precio de los pasajes un setenta por ciento, cuyo producto asciende, también, a algunos millones de pesos.

En su afán de rapiña, saquearon con auxilio de la fuerza armada los bancos de la capital, amenazando a los gerentes hasta con la muerte si no entregaban las llaves de las cajas (uno de estos hechos lo ha denunciado ante la Corte de Estados Unidos el ex gerente del Banco de Londres y México). Al Banco Nacional le robaron veinte millones de pesos; al de Londres y México veinticinco millones; y trece millones a los demás Bancos de Emisión, haciendo un total de cincuenta millones de pesos el producto del saqueo a dichos bancos.

Durante cinco años han recibido todas las contribuciones del país, aumentadas exorbitantemente, así como el producto de otras muchas de nueva creación. Además, como consta a todos los habitantes de la República, los carrancistas se han incautado oficialmente multitud de propiedades rústicas y urbanas, las que han sido y son manejadas por las oficinas de Bienes Intervenidos. Este ramo también ha producido grandes cantidades de dinero.

Resumen: El producto de las contribuciones, las entradas de los ferrocarriles del país, las de los Tranvías del Distrito Federal, los productos de los bienes intervenidos, las cantidades extraídas de los bancos y los cinco mil millones de pesos emitidos en billetes "garantizados" algunos de ellos según acuerdo oficial, con una reserva en oro de 20% de su valor: y que por otro acuerdo posterior, quedó nulificado: consumando el robo oficial de más cuantía y más escandaloso, cometido a los habitantes de la Nación.

Es de advertir que el gobierno pagó, tanto a sus servidores, como a los comerciantes que le vendieron efectos con dicho papel a la par; esto es, a razón de cien centavos plata por un peso en billete. Todas estas entradas hacen un total de más de seis mil millones de pesos, que han desaparecido de las arcas públicas, sin que seguramente los carrancistas puedan justificar una inversión honrada, pues que ni siquiera han cubierto integramente los presupuestos administrativos, ya que a los funcionarios y empleados públicos sólo se les retribuye con 25% en efectivo de sus respectivos sueldos. A su llamado ejército no se le paga con puntualidad, pues generalmente se le deben haberes atrasados, y esto ha servido de un pretexto nada más, para que las fuerzas que lo componen se lancen a robar no sólo en los campos sino en las poblaciones más importantes.

Lo que a primera vista aparece, y esto se sabe tanto en México como en el extranjero, es que muchos y muy grandes capitales han sido formados por personajes de la revolución carrancista, que antes no tenían qué comer o disfrutaban de muy escasos elementos y ahora son multimillonarios. Dígalo si no, Cándido Aguilar, antes lechero y ahora con varios millones de pesos; Jesús Agustín Castro, boletero de ferrocarril en Torreón, hoy millonario; Francisco Murguía, sin una peseta, ahora con millones de pesos; Salvador Alvarado, antes capitán del Ejército Federal, ahora millonario; Pablo González, 'el héroe de las derrotas', antes insignificante en Nuevo León y ahora poseedor de grandes propiedades rústicas y urbanas, con efectivo de muchos millones de pesos; Carranza, Luis Cabrera, Rafael Nieto, Juan Barragán, Alberto J. Pani y tantos otros que sería largo enumerar, también millonarios hoy. Estos han sido los más aprovechados de los cuantiosos robos cometidos a los infortunados habitantes de este país.

Ha llegado la inmoralidad y la impudicia de los carrancistas a tal grado, que no conformes con haber robado tanto en lo personal, oficialmente, también cometieron robos, entre otros, el escandaloso del Automóvil Gris, de triste memoria, en el que han pagado con la vida los ejecutores de menor significación, quedando impunes los personales oficiales que los dirigían, quienes mandaban asesinar dentro de la misma Penitenciaría a sus cómplices que podrían delatarlos.

No es extraño que en estos momentos se traten en el Senado, en la prensa y en los centros mercantiles de los Estados Unidos los asuntos de México: pues éste desventurado país, que no es responsable de los hechos consumados por el bandolerismo carrancista, tendrá que pagar todo lo que justamente reclamen los extranjeros, pero lo más grave del caso sería que el gobierno americano decidiera la intervención armada. Desde hoy, lanzamos a la faz del mundo, la acusación de traidores a la Patria a los carrancistas que para satisfacer sus brutales apetitos, no han respetado leyes, honras, propiedades y creencias religiosas de nacionales y extranjeros, y cuya indigna conducta ha dado motivo a que lleguemos al peligro internacional en que actualmente nos encontramos y del cual podría salir avante la Nación si los Estados Unidos desconocieran a Carranza como gobierno. Las naciones civilizadas pueden tener la seguridad de que sin el apoyo de entidades extrañas, la facción carrancista no perduraría en el poder.

Tiempo es ya de que la justicia humana cubra con su manto a los sufridos habitantes de esta infortunada Nación, víctima de las alucinaciones que una fútil y ampulosa palabrería hizo caer en la anarquía.

Mexicanos: No hay que olvidar nuestro lema: Constitución de 1857. Paz y Justicia.

México, agosto de 1919.

La Junta Central.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
__________ Planes en la Nación Mexicana. Libro siete 1857-1910. México. Senado de la República-COLMEX. 1987. pág. 439-442