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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1919 Discurso de la Sociedad de Naciones. Henry Cabot Lodge.

Agosto 12 de 1919

 

 

Me opongo del modo más enérgico a que los Estados Unidos acepten, directa o indirectamente, ser dominados por una sociedad que en cualquier momento puede, por ley y de conformidad con los términos del convenio, verse obligada a intervenir en los asuntos internos de otros países, sin importar de qué conflictos se trate. Por ningún motivo debemos permitir que los Estados Unidos se involucren en los asuntos internos de otro país, salvo cuando la voluntad de su pueblo así lo exprese por mediación del Congreso que lo representa.

En cuanto a las guerras de agresión extranjera contra alguno de los miembros de la Sociedad, el asunto es del todo claro. No puede haber controversia alguna acerca de la primera cláusula del artículo 10. En primer lugar, se distingue de toda otra obligación al ser un aspecto individual y depender de cada nación sin la intervención de esta Sociedad. Cada nación se compromete a proteger de la agresión extranjera las fronteras y la independencia política de cualquier miembro de la Sociedad [...].

Se trata, repito, de una obligación individual. No requiere ninguna acción de la Sociedad, a no ser que en la segunda frase se afirme que sus autoridades tendrán facultad para aconsejar sobre los medios que se han de emplear para cumplir con el propósito de la primera cláusula. Pero es un mero detalle de realización, y considero que se trata de una cuestión moral y que por honor estamos obligados a aceptar y actuar según ese consejo. El hecho es que si un miembro de la Sociedad sufre una agresión extranjera y acude directamente a los Estados Unidos para obtener ayuda, éstos estarán obligados a prestarla según su capacidad y sin considerar la acción de otras potencias, pues los Estados Unidos tienen una obligación, y espero que no llegue el día en que no cumplan con sus promesas. Si llegara ese día, y los Estados Unidos o cualquier otro gran país se negarán, sin importar lo especioso de sus razones, a cumplir en letra y espíritu con cada obligación de este convenio, los Estados Unidos perderían su honra y la Sociedad se derrumbaría, dejando tras de sí un legado de guerra. Si China se levantara y atacara a Japón en un esfuerzo por vengar el enorme agravio de ceder el dominio de Shantung a esa potencia, estaríamos obligados, según los términos del artículo 10, a apoyar a Japón en contra de China, y nunca debe entablarse un compromiso semejante, salvo cuando el asunto haya trascendido el ámbito de las negociaciones y sea menester aplicar la fuerza. No me gusta el panorama. Y no llegaremos a esto gracias a mi voto [...].

Todo análisis de las medidas de este convenio pone de manifiesto, en forma alarmante, un hecho inequívoco. Dígase lo que se diga, no se trata de una liga de paz; es una alianza, dominada en la actualidad por cinco grandes potencias, en realidad por tres, y tiene todas las características de las alianzas. Se niega el desarrollo del derecho internacional. La corte que debe decidir las controversias ocupa un lugar de poca importancia. Las condiciones para las que, en realidad, la Sociedad está preparada con sumo cuidado, son condiciones políticas, no asuntos jurídicos que sean asequibles al consejo ejecutivo y a la asamblea, meros cuerpos políticos sin vestigio alguno de carácter jurídico. Siendo ésta su maquinaria, estando el dominio en manos de los políticos que sean elegidos, cuyos votos dependerán del interés y la conveniencia, la Sociedad muestra el rasgo más claro de las alianzas: que sus decisiones deben realizarse por la fuerza. Los artículos sobre los que descansa toda la estructura son artículos que contemplan el uso de la fuerza: es decir, la guerra. En cuanto a imponer la paz, esta sociedad tiene mucho que ver con la imposición y muy poco con la paz. Cuenta con medidas más esenciales para la guerra que para la paz en lo que respecta a resolver las controversias [...].

Tomadas en conjunto, estas provisiones para la guerra muestran lo que en mi opinión es la más grave objeción a la Sociedad en su forma actual. Desde luego, se nos dice que no se emprenderán actos beligerantes sin el consentimiento del Congreso. Si tal es el caso, digámoslo en el convenio. Pero como se muestra ahora, no me cabe la menor duda de que las tropas y los barcos estadunidenses pueden recibir la orden de dirigirse a cualquier parte del mundo por otras naciones que no sean los Estados Unidos, y que se trata de una propuesta que de ninguna manera debemos aprobar. Debe quedar perfectamente claro que ningún soldado estadunidense, ni siquiera un cabo, ni un infante de marina, ni una tripulación de un submarino, pueden trabar ningún combate ni recibir órdenes salvo de las autoridades constitucionales de los Estados Unidos. Gracias a la Constitución, se ha otorgado al Congreso el derecho de declarar la guerra, y no debe permitirse por ningún motivo que las tropas salgan del país ante la llamada o la demanda de otras naciones, sino sólo por decisión del Congreso. Las vidas de los estadunidenses nunca deberán sacrificarse, a no ser que ésa sea la voluntad del pueblo de los Estados Unidos, expresada por medio de sus representantes elegidos en el Congreso. Este es un asunto sobre el cual no debe permitirse duda alguna. Los soldados y los infantes de marina estadunidenses nunca han defraudado a su país cuando éste los ha convocado. Fueron por cientos de miles a participar en esta reciente guerra. Murieron por la gran causa de la libertad y la civilización. Acudieron [al llamado de su país y ya que éste los reunió] para cumplir con su deber. Entramos tarde en esa guerra. No nos preparamos para ello, como debimos hacerlo, para esa prueba que claramente caía sobre nosotros; pero así llegamos y movimos la balanza. Fue una empresa acometida por el soldado estadunidense, por el infante de nuestra marina, así como por el espíritu y la fuerza del pueblo estadunidense. Superaron todos los obstáculos y todas las deficiencias de la administración y del Congreso, y dieron a su país una gran victoria. Fue la primera vez que se nos pidió salvar al mundo civilizado. ¿Fracasamos acaso? Por el contrario, tuvimos éxito de modo claro y noble, y lo hicimos sin recibir orden alguna de la Sociedad de Naciones. Cuando llegó la emergencia, la enfrentamos, y fuimos capaces de hacerlo porque habíamos construido en este continente la Nación más grande y poderosa de todo el mundo, gracias a nuestra propia política, a nuestro modo, y gran parte de nuestra fuerza se debió a que nos habíamos mantenido apartados y no nos entrometimos en los conflictos europeos; y no teníamos intereses mezquinos que servir. Hicimos enormes sacrificios. Hicimos un trabajo notable. Considero que no necesitamos que las naciones extranjeras nos digan cuándo debemos trabajar en favor de la libertad y la civilización. Pienso que podemos alcanzar la victoria de modo óptimo si seguimos nuestras propias órdenes y no las de otros. Unámonos con el mundo para promover el arreglo pacífico de todas las controversias internacionales. Tratemos de desarrollar un derecho internacional. Asociémonos con otras naciones que compartan estos propósitos. Pero mantengamos en nuestras manos y en nuestro dominio las vidas de los jóvenes de esta tierra. No permitamos que un solo estadunidense sea enviado a la batalla, a no ser que así lo señalen las autoridades constituyentes de su propio país y la voluntad del pueblo de los Estados Unidos.

Aquellos de nosotros, señor Presidente, que se oponen del todo a la Sociedad, o bien los que tratan de conservar la independencia y seguridad de los Estados Unidos al modificar los términos de la Sociedad, y los que emprenden su mejor esfuerzo por hacer de ella, si hemos de ser miembros suyos, una organización que no promueva la guerra sino la paz, se les ha reprochado un enfoque egoísta y el deseo de mantener a nuestro país en un estado de aislamiento. En lo que respecta al asunto del aislamiento, es imposible aislar a los Estados Unidos. Bien recuerdo la época, hace veinte años, cuando eminentes senadores y otros distinguidos caballeros se oponían al asunto de las Filipinas y lanzaban denuestos contra el imperialismo, mientras se reían con desprecio de la afirmación que algunos hacíamos de que los Estados Unidos se habían convertido en una potencia mundial. Pienso que ahora nadie pondría en duda que la guerra con España marcó la entrada de los Estados Unidos en los asuntos internacionales de un modo nunca antes visto. Se trataba de un paso tan inevitable como irrevocable, y nuestra declaración de guerra a Alemania ciertamente mostró, de una vez por todas, que los Estados Unidos no descuidaban sus responsabilidades para con el mundo. Podemos olvidarnos de todo este asunto ocioso del aislamiento. Nadie espera aislar a los Estados Unidos o hacer de ellos una nación ermitaña, lo que sería un completo absurdo. Pero hay una enorme diferencia entre tomar una posición adecuada y asumir una responsabilidad en los asuntos mundiales, e involucrar a los Estados Unidos en toda controversia y en todo conflicto que suceda en el planeta. Al inmiscuirnos en todos los diferendos que puedan surgir en cualquier porción de la humanidad, sólo malgastamos nuestra influencia y nos lesionamos sin un buen propósito. Seremos más valiosos para el mundo y su paz, si ocupamos, tanto como sea posible, la situación que hemos ocupado los últimos veinte años y seguimos la política de Washington y Hamilton, de Jefferson y Monroe, gracias a la cual hemos alcanzado nuestra actual grandeza y prosperidad. El hecho de que nos hayamos separado, por nuestra situación geográfica y por nuestra política firme, de las querellas de Europa, nos ha hecho capaces, más que otra cosa, de acometer la gran tarea que desempeñamos en la guerra contra Alemania, y nuestro desinterés es mucho más valioso para el mundo que nuestra intromisión en todas las controversias que puedan surgir.

Ahora bien, en lo que respecta a nuestro egoísmo, no deseo jactarme de que somos mejores que nuestros vecinos; sin embargo, está el hecho de que al hacer la paz con Alemania, esta Nación no velaba por ningún interés egoísta o individual. Todo lo que pedimos fue que Alemania no pudiese irrumpir de nuevo con los horrores inherentes a su lucha contra un mundo inocuo, y esa demanda fue compartida por todas las naciones libres y, a decir verdad, por la humanidad misma. Nada en absoluto pedimos para nosotros. No pedimos a ningún gobierno, o gobiernos, que salvaguardaran nuestras fronteras o nuestra independencia política. Nada tememos en relación con ambas cuestiones. No buscamos para nosotros ni territorios, ni privilegios, ni ventajas. Tal es el hecho. Es claro en lo que concierne al tratado. No intento referirme a cada una de las potencias con las que nos hemos asociado en la guerra contra Alemania, pero ninguna de ellas ha dejado de buscar ventajas individuales para su beneficio nacional. No critico en absoluto sus deseos. La ayuda y el sacrificio de Inglaterra, Francia, Bélgica e Italia están más allá de toda valoración y encomio. Celebro que hayan obtenido lo que deseaban para su propio bienestar y seguridad. Todos recibieron, con la paz, beneficios territoriales y comerciales. Se nos pide dar, y no esperamos en modo alguno obtener. Ciertamente no es demasiado insistir en que, cuando no se nos ofrece sino la ocasión de dar y ayudar a otros, deberíamos gozar del derecho de señalar qué sacrificios realizaremos y cuál será la magnitud de nuestra donación. Durante la guerra no escatimamos en ofrendar vidas estadunidenses y recursos estadunidenses. Cuando la guerra terminó teníamos 3 000 000 de hombres bajo las armas. Convertimos el país en un inmenso taller para la guerra. Anticipamos diez billones a nuestros aliados. No nos negamos a prestar ayuda cuando fue posible. Toda la gran fuerza y el gran poder de la República se puso al servicio de una causa noble. No fuimos mezquinos. Nos hemos dado, por doquier, a la causa de la libertad, humanidad y civilización, Ahora se nos pide, al hacerse la paz, que sacrifiquemos nuestra soberanía en aspectos de importancia, que nos inmiscuyamos, casi sin límite, en los asuntos de otras naciones y que abandonemos las políticas y derechos que hemos mantenido a lo largo de nuestra historia. Se nos pide que contraigamos obligaciones en grado ilimitado y que, al mismo tiempo, tomemos posesiones que ningún hombre puede medir. Pienso que no sólo es nuestro derecho, sino también nuestro deber, determinar cuán lejos hemos de llegar. No sólo debemos considerar cautelosamente adónde nos dirigimos al aceptar conflictos y diferendos interminables, sino no olvidar que en este país viven millones de personas de nacimiento y ascendencia extranjeros.

Nuestro gran objetivo es hacer de toda esta gente estadunidenses, a fin de poder contar con ellos para colocar a los Estados Unidos en primer lugar y servirlos como lo han hecho en la guerra que acaba de terminar. No podemos “hacerlos estadunidenses” si, de continuo, los metemos en querellas y dificultades de los países de los cuales provienen. Llenaremos esta tierra de controversias políticas acerca de problemas y querellas de otros países. Tendremos a un gran sector de nuestro pueblo votando acerca de cuestiones que no son estadunidenses y que no preocupan a los Estados Unidos, y dividiéndose por asuntos que sólo conciernen a países extranjeros. He ahí una condición malsana y peligrosa que impondremos en este país. Debemos evitarlo. Debemos reducir al mínimo las cuestiones extranjeras en las que nos involucremos. No olvidemos que esta Sociedad es principalmente —y podría decir abrumadoramente— una organización política, y me opongo enérgicamente a que la política de los Estados Unidos se vuelva hacia las controversias donde surgen resentimientos, pero en las que no tenemos un interés inmediato. Se tratará a toda costa de demorar la “conversión estadunidense” de nuestra vasta población, y resulta más importante, no sólo para los Estados Unidos sino para la paz del mundo, hacer de todo este pueblo buenos estadunidenses de lo que es determinar que alguna región del territorio debería pertenecer a un país europeo más que a otro. Por esta razón, deseo limitar estrictamente nuestra interferencia en los asuntos de Europa y de África. Tenemos intereses en Asia y en el Pacífico que debemos salvaguardar, pero cuanto menos tratemos de desempeñar el papel de un imperio y nos metamos en los conflictos europeos, mejor será para los Estados Unidos y para el mundo.

Se ha dicho una y otra vez en este recinto, hasta el cansancio, que todo tratado conlleva algún sacrificio de soberanía. Esto, en modo alguno es una verdad universal, sólo se aplica a algunos tratados y es una perogrullada sobre la que no es menester seguir discutiendo. El único asunto que debemos considerar aquí es cuánta de nuestra soberanía es lícito que sacrifiquemos. En lo que ya he dicho acerca de otras naciones que nos obligan a la guerra, he abordado un aspecto de la soberanía que nunca deberemos ceder: la facultad de enviar soldados o infantes de marina estadunidenses a ninguna región, facultad que nunca le ha de ser negada al pueblo estadunidense, ni siquiera menoscabada en grado mínimo. Cuidémonos de obrar con falsedad respecto a nuestra independencia. No hemos alcanzado la posición que nos permite descender al campo de batalla y ayudar a salvar al mundo de los males de la tiranía siendo guiados por otros. Todo nuestro vasto poder ha sido construido y consolidado por nosotros mismos. Nos esforzamos para abrirnos paso desde los días de la Revolución en un mundo a menudo hostil e indiferente. No tenemos deuda con nadie, salvo con Francia, en lo que concierne a esa Revolución, y esas políticas y esos derechos sobre los que se fundó nuestro poder nunca deberán verse menoscabados ni debilitados. Hacerlo no representaría ninguna ayuda para el mundo y sería un agravio inadmisible para los Estados Unidos. Haremos nuestra parte. Estamos preparados y dispuestos a colaborar, cualesquiera que sean los modos, para conservar la paz del mundo. Pero podemos hacerlo mejor si no nos ponemos trabas a nosotros mismos.

Estoy tan ansioso como cualquier ser humano de ver cómo los Estados Unidos colaboran del modo que sea posible para la civilización y la paz de la humanidad, pero también estoy seguro de que podemos hacerlo mejor al no entregarnos a ciertas ordenanzas o al no sujetar nuestras políticas y nuestra soberanía a otras naciones. La independencia de los Estados Unidos no sólo es el bien más precioso para nosotros, sino también para el mundo. Miremos los Estados Unidos en la actualidad. Hemos cometido errores en el pasado. Hemos tenido deficiencias. Cometeremos errores en el futuro y acaso no cumpliremos nuestras mejores esperanzas. Pero ¿existe algún país en el planeta que pueda compararse con éste en libertad, paz y respeto a los derechos? Juzgo que puedo decir esto sin que se me acuse de vanagloria, pues tales son los hechos, y al celebrar este tratado y asumir estas obligaciones todo lo que hacemos está en el espíritu de generosidad y en el deseo del bien para la humanidad. Debemos recordar que tratamos con naciones, cada una de las cuales tiene un interés individual que servir, y que hay un serio peligro en un idealismo que no se comparte. Comparemos a los Estados Unidos con cualquier otro país en la faz de la Tierra y preguntémonos si su situación no es la mejor que podamos encontrar. Iré tan lejos como nadie en lo que respecta al servicio público, pero el primer paso sería la conservación de los Estados Unidos. Si lo desean, podrían juzgarme egoísta, acaso conservador o reaccionario, o bien emplear cualquier otro adjetivo peyorativo que consideren apropiado, pero nací estadunidense, y lo he sido toda mi vida. Nunca podría ser otra cosa que estadunidense, y debo pensar primero en los Estados Unidos, y cuando así lo hago considerando un convenio como éste, pienso en lo que es mejor para el mundo, ya que si los Estados Unidos fracasan, también fracasarán las mejores esperanzas de la humanidad. No he amado sino a una bandera y no puedo compartir esa devoción mostrando afecto para con un pendón híbrido inventado por una sociedad. El internacionalismo, ilustrado por los bolcheviques y por los hombres para quienes todos los países son iguales, considera que pueden hacer dinero a partir de ellos, lo que, en mi opinión, es aborrecible. Nacionalista he de permanecer, y así quisiera que todos los estadunidenses pudieran prestar el mejor de los servicios al mundo. Los Estados Unidos son la mejor esperanza del mundo, pero si los encadenamos a los intereses y controversias de otras naciones, si los enredamos en las intrigas de Europa, destruiremos su poder para el bien y pondremos en peligro su propia existencia. Dejemos que los Estados Unidos marchen libremente a lo largo de los próximos siglos, como en los años pasados. Fuertes, generosos y seguros, ya han colaborado con la humanidad. Cuidémonos de tratar con ligereza nuestro enorme legado, esta gran tierra de libertad, puesto que si nos tambaleamos y caemos, la libertad y la civilización terminarán en ruinas en todas partes.

Se nos dice que “romperemos el corazón del mundo” si no aceptamos esta Sociedad tal como se establece. Me temo que los corazones de la mayoría de la humanidad latirán vigorosa y serenamente y sin ningún vuelco, si la Sociedad desapareciera del todo. Si ese beneficio tuviera lugar, a toda la gente que permaneciese despierta, atribulada, por una sola noche, fácilmente se le podría colocar en un salón no muy grande, mientras los que dejaran escapar un continuado suspiro de alivio llegarían a millones.

A menudo oímos de visiones, y estoy seguro que seguiremos teniendo visiones y sueños de un futuro mejor para la estirpe. Pero una cosa son las visiones y otra los visionarios, y los usos mecánicos del retórico diseñados para mostrar una imagen de un presente que no existe y de un porvenir que ningún hombre puede predecir son algo tan irreal y efímero como el vapor o las nubes de las pinturas, los ángeles suspendidos de alambres y las candilejas del escenario. Pasan después de lograr su efecto para mostrarse despreciables y faltos de elegancia. La cabal honradez de espíritu de Washington y su valiente condición para enfrentar toda vicisitud son cualidades que nunca serán obsoletas y que haríamos bien en imitar.

Se nos imponen ideales como argumento en favor de la Sociedad hasta que el espíritu sano que se opone a la jerigonza se levante insurrecto. ¿Acaso los ideales se limitan a este deformado experimento de noble propósito, corrompido, como lo está, por regateos y vinculado a un tratado de paz que pudo celebrarse hace mucho tiempo para gran beneficio del mundo, si no se hubiera exigido llevar a este jinete en su lomo? Post equitemsedetatra cura, [Tras el jinete va sentada la negra preocupación] nos dice Horacio, pero no encontraremos una intención más oscura detrás del jinete de la que hallaremos en este convenio de dudosa y discutida interpretación que ahora se nos muestra como tratado de paz.

No es de dudar que mucha gente digna y patriota ve en la frase “sociedad para la paz" una manera de llevar a la práctica ideales nobles. Todos respetamos y compartimos esas aspiraciones y deseos; pero algunos de nosotros no vemos en este oscuro convenio esperanza alguna, sino el fracaso de esos ideales. En cuanto a nosotros, también tenemos ideales, aun si se distinguen de aquellos que han tratado de establecer un monopolio de idealismo. Nuestro primer ideal es nuestro país, y lo vemos en el futuro, como en el pasado, colaborando con todo su pueblo y con el mundo. Nuestro ideal de futuro es que la nación siga prestando ese servicio de conformidad con su libre voluntad. Ella misma tiene grandes dificultades que resolver, dificultades harto severas y peligrosas, y su justa solución, si podemos llegar a ella, beneficiaría enormemente a la humanidad. Tendríamos un país más fuerte para hacer frente a los peligros de Occidente, tal como hizo retroceder la amenaza alemana que venía por el Oriente. No veríamos que nuestra política se distrae y amarga con los desacuerdos de otras tierras. No veríamos que el vigor de nuestra nación se agote, o que su moral se abata, con las interminables intromisiones y confusiones en cada controversia, grande o pequeña, que sufriera el mundo. Nuestro ideal es hacer de la nuestra una nación más fuerte, mejor y más bella, pues sólo de ese modo, creemos, podrá colaborar a la paz del mundo y al bienestar de la humanidad