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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1916-1918 A orillas del Hudson. Martín Luís Guzmán.

1916-1918

 

A ORILLAS DEL HUDSON

Las más de las páginas contenidas en este volumen fueron escritas en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos de Norteamérica) y publicadas allí entre 1916 y 1918 por dos periódicos mexicanos: la Revista Universal y El Gráfico. Ello explica el título de la obra.

M. L. G.

México, 1920

Política

 

LA POLÍTICA MEXICANA

Vista desde lejos por un mexicano, y a la luz de lo que acontece en otros países, la vida pública de México se presenta con perfiles enteramente definidos y claros. Falso que sea aquél un país tan absurdo como suelen creer algunos de sus hijos, o tan inexplicable y misterioso como a menudo aseguran los extranjeros. Todo lo contrario, la política de México parece, desde aquí, desenvolverse sobre un plano que no por ser muy peculiar está exento de lógica.

Hay allí, y en esto concuerda México con todos los países del mundo, un grupo de hombres, honrados unos y picaros otros, que tienen por oficio intervenir en los asuntos de la República. Pero, a diferencia de los políticos de otras partes, la mayoría de los políticos mexicanos sólo concibe una manera de ejercer su oficio: el uso del poder. Esto, naturalmente, no se debe en ellos a maldad o ambición —sería injusto y torpe el asegurarlo—, sino más bien a la estrechez de aptitudes que por lo común los caracteriza. La única habilidad, o la habilidad suprema, de casi todos los gobernantes que México ha tenido desde la guerra de Independencia ha sido la habilidad de mandar. Y como la política es una profesión (o una pasión) que, lo mismo que las otras profesiones, ha de practicarse diariamente durante toda la vida, resulta muy natural que los hombres de mando que en México profesan la política pretendan llegar sin tardanza al gobierno y mantenerse en su puesto perpetuamente. Los políticos mexicanos no son, salvo excepciones contadas, ni escritores, ni oradores, ni periodistas, ni conferenciantes, ni maestros; son ciudadanos simples, hombres de poquísimas o ningunas letras, aunque a veces de muy buena intención, que han resuelto encauzar con su brazo el fluir de la patria.

Basta lo anterior para explicar desde luego dos resortes de la política mexicana: la predilección de los hombres públicos de México por el estado de guerra siempre que no empuñan ellos el gobierno y, corolario de esto, la resistencia del partido, o del grupo, o del caudillo vencido a deponer las armas de un modo absoluto. Respecto de lo primero, es evidente que en tiempo de paz sólo se participa en la cosa pública —cuando no se desempeña algún cargo— moldeando la opinión, es decir, poniendo en juego la palabra, la pluma, las ideas, actividad vedada a los más de los políticos mexicanos, que rara vez escriben o hablan. Respecto de lo segundo, a nadie chocará que los políticos de esta especie crean, no sin razón, que, una vez vencidos, influyen más en el gobierno de su país merodeando por la sierra al frente de dos o tres docenas de hombres, que volviendo a la nada, o a la medianía, de donde surgieron. Esto sin contar con algo más: que el político gobernante, siempre expuesto a caer de su sitio por virtud de las armas, aniquila al vencido temible que se le entrega.

La sedición, pues, y el levantamiento, y el motín, no son, en México, signos necesarios de inmoralidad (aun cuando muchas veces sí lo sean), sino la forma habitual como casi todos los políticos mexicanos de la oposición expresan su desacuerdo. ¿Que por qué lo expresan así? Porque ése es el único medio de expresión que ellos conocen o de que ellos son capaces. ¿Qué puede hacer el general Zutano o el general Mengano para convencer a los demás de que ellos tienen razón, sino levantarse en armas y demostrar, con el triunfo de las armas, que la razón les asiste? ¿Acaso está en su órbita conseguir eso mismo mediante la fuerza de las ideas?

Frente por frente de los políticos militantes, la gran masa de los mexicanos vive entregada a sus negocios. Priva entre las clases mejor educadas del país la teoría de que la política, la política mexicana por lo menos, es sólo digna de los espíritus aventureros o inferiores y de quienes ambicionan el poder o el enriquecimiento rápido. Y de tal actitud toman pie circunstancias favorables a la continuación del régimen de la violencia. Porque si esas clases, de cuyo seno podrían salir políticos dotados, a lo menos, del instrumento indispensable para hacer política sin recurrir a la espada, queremos decir, políticos capaces de utilizar el lenguaje y la escritura, se abstienen de todo impulso ciudadano, no hay alternativa para que cese el reino de los que se entienden a golpes, ni asiste justificación moral a quienes se lamentan de que así ocurra.

Cuando de tarde en tarde algún miembro de las clases cultas de México se lanza a hacer política por su cuenta, y no como mero instrumento de generales ignorantes, sus mayores esfuerzos para substituir la razón a la fuerza son de todo punto inútiles; la atmósfera militar se encarga de demostrarle pronto que en la República no valen las palabras, sino las acciones, y de obligarlo a recurrir a los medios violentos o a desaparecer: tal fue el caso de Madero.

Esa misma actitud de las clases cultas de México explica también el que no haya allí aquella categoría social, presente en todas las naciones de la Tierra medianamente organizadas, ya sean democráticas, oligárquicas o monárquicas, que tiene el papel de ocuparse, sin mira inmediata ninguna hacia el poder o hacia las riquezas que del poder se derivan, en los asuntos públicos, en la educación pública, en el espíritu público y, dicho de una vez, en cuanto concierne a la vida nacional de un país. Lejos de ello, de nada se ufanan tanto los intelectuales mexicanos como de su indiferencia por las cuestiones políticas. No hacer política equivale, a sus ojos, a practicar una virtud: como si realmente el ejercicio de la inteligencia trajera aparejado en México el sacrificio de la dignidad de ciudadano y el olvido de la responsabilidad de ser padre.

En estos momentos no se columbra en todo el país un solo escritor, un solo orador, un solo maestro que pueda medirse con la magnitud de las necesidades nacionales.

 

MÉXICO Y LOS ESTADOS UNIDOS

 

Algunos sucesos actuales —pequeños, aparentemente insignificantes y escogidos al acaso— ponen de manifiesto que las relaciones entre México y los Estados Unidos (eso que es, o debiera ser. la piedra angular de la política internacional mexicana) encierran para el pueblo de ambos países una serie de problemas de importancia inmediata y evidente. Bien sabemos que la cuestión no es nueva, así como tampoco son nuevas las opiniones que a este respecto se formulan. Y precisamente porque nada hay nuevo en lo uno ni en lo otro, juzgamos útil insistir sobre la conveniencia que resultaría de que tanto en México como en los Estados Unidos se procediese a revisar el asunto, añadiendo, de paso, a los datos fundamentales del problema, las enseñanzas que en esto, como en tantas otras cosas, debemos a la Guerra.

La realidad geográfica es así. De una parte una nación grande, rica, fuerte, bien organizada, bien gobernada, y movida tan incontrastablemente hacia la expansión, que no ha podido menos de echar por tierra, al fin y al cabo, las barreras que le oponía su política tradicional. De la otra parte, una nación, vecina de la primera, que si no es chica por sus recursos naturales, es socialmente pobre, débil, mal organizada, mal educada, mal gobernada, y susceptible y temerosa. Motivos de vecindad y necesidad de vida hacen que la primera de estas dos naciones se crea llamada a poner de su parte cuanto sea necesario a su tranquilidad en puntos relacionados con el bienestar de la segunda nación. Por razones semejantes, ciertos aspectos de la vida de la nación segunda dependen, irremisiblemente, de la primera nación, o están, por lo menos, estrechamente supeditados a esta última.

Dada esa realidad, sería ocioso suponer que una u otra de estas dos naciones pueda vivir haciendo caso omiso de la otra. Y a sea que obren o que se abstengan, los Estados Unidos serán siempre, directa o indirectamente, la influencia exterior más grande de cuantas pesen en el destino de México. Querámoslo o no los mexicanos, México contará siempre como elemento de primera importancia en la política americana de los Estados Unidos y como un factor no despreciable en determinadas coyunturas de su política asiática. Para corroborar lo primero, recordemos tan sólo que el no haber reconocido el presidente Wilson al gobierno de Victoriano Huerta fue, para México, un suceso de mayor trascendencia que el desembarco de las tropas norteamericanas en Veracruz en 1914.

Al lado de esta inconmovible realidad de carácter físico existe la siguiente disposición espiritual: los Estados Unidos, por razón misma de su fuerza y su historia afortunada, son capaces de generosidades enormes, se saben y se sienten generosos, y equivocan a veces la medida de su generosidad; México, en cambio, como consecuencia natural, y muy humana, de su flaqueza y su historia dolorosa, tiene por posibles las peores calamidades, se siente débil, se cree acechado y yerra en la medida de su temor y de los males que lo cercan. El pueblo de los Estados Unidos, además, que despierta ahora a una simpatía y un respeto incipientes por el pueblo español y su pasado, persiste aún, salvo mínimas excepciones, en su actitud de ofensiva ininteligencia de los pueblos hispanoamericanos, del pueblo mexicano particularmente; y el pueblo de México, convencido de que se le desprecia y se le ofende, se refugia más y más, ayudado en esto por evidencias históricas, en una incoercible mala voluntad hacia el pueblo de los Estados Unidos. De esta mala voluntad, y sólo de ella, nace la absurda germanofilia que actualmente se nota en México.

Se empeñan los mexicanos en no abrir los ojos a la realidad geográfica; suponen, a pesar de los indicios que a diario descubren en su lucha por el pan. que el sentido de su existencia les exige apartarse lo más posible de los Estados Unidos; creen que su misión es crecer como poder antagónico, no como poder paralelo, del poderío norteamericano, y que en esto su interés puede identificarse momentáneamente con el interés de poderes extraamericanos. Todavía ignora México las implicaciones de que no es por elección por lo que gravita en torno de los Estados Unidos, sino por fatalidad geográfica, y que, así las cosas, ningún camino le será más ventajoso que el de gravitar inteligentemente.

Los Estados Unidos, por su parte, desatienden la cuestión espiritual. Creen que, llegado el caso, bastará decir a los mexicanos: "Esto os conviene", para que México lo acepte. No se percatan de que el primer paso de verdadera aproximación entre los dos pueblos sólo se dará el día en que los Estados Unidos convenzan a México de que lo comprenden en sus dolores, y que acerca de éstos simpatizan con él; es decir, cuando exista en los Estados Unidos un sentir popular semejante al sentir oficial iniciado por el presidente Wilson. Y para esto, antes que todo, habrán de comenzar los Estados Unidos por recurrir a una política que contrarreste de modo persuasivo, sistemático, lento y seguro, la animadversión del pueblo de México hacia el de Norteamérica y la opinión tradicional que el pueblo norteamericano tiene respecto de todas las cosas mexicanas.

 

EL MAL EJEMPLO DE LA UNIVERSIDAD

 

No existe hoy en México —afirmábamos días pasados— un solo educador, un solo maestro capaz de medirse con la magnitud de las cuestiones nacionales. Lo decíamos no por satisfacer (como muchos supondrán totalmente) algún deseo morboso de apocar a los actuales educadores mexicanos, sino para señalar la más cruel de las llagas que afligen a nuestro país: la indiferencia de sus clases mentoras ante los problemas primeros de la patria, y cuando no la indiferencia, la falsedad y el extravío de los actos de esas mismas clases.

Otra vez tendremos ocasión de extendernos sobre lo inepto de tal actitud y veremos que ella hace perder íntegramente para todo fin generoso, lo mismo nacional que individual, las energías de los pensadores de México. Veremos cómo por no dedicarse estas energías (siempre esenciales para que un pueblo o una raza trace su camino) a la construcción de la patria, que es la obra de donde hay que partir, los intelectuales mexicanos fracasan en su labor de filósofos, de sabios, de literatos, de artistas, o, al menos, la debilitan enormemente. En otras palabras, veremos cómo por egoísmo no cumplen ellos del todo su papel ni hacen una patria para que sus hijos realicen el suyo.

Nuestro objeto es ahora más reducido. Acabamos de recibir y leer el primer volumen del Boletín de la Universidad de México, y en sus páginas creemos encontrar una confirmación de nuestro juicio sobre los maestros mexicanos. Y no es que echemos de menos en la publicación mencionada tales o cuales detalles técnicos en materia de enseñanza; ni que nos parezcan malas las reformas universitarias de que el Boletín habla; ni que estimemos en poco los esfuerzos con que las diversas facultades y los institutos pugnan por llenar mejor su cometido. Sobre todo esto no podríamos, desde aquí, opinar con acierto. Tampoco queremos decir que falten en el Boletín muestras halagadoras del saber académico mexicano y del empeño con que los discípulos siguen a los profesores: hay en el Boletín disertaciones y notas, ya de catedráticos, ya de alumnos, bien dignas de elogio. Nos referimos al espíritu que domina en las páginas generales del órgano de la Universidad, a las tendencias, inmorales desde un punto de vista educativo, que en esas páginas se practican y se enseñan.

Lamentaríamos ser injustos, y, así, preferimos no aventurar cargos individuales. ¿Es responsable de lo que se dice en el Boletín el rector de la Universidad de México? ¿Lo es el Consejo Universitario? ¿Son responsables los cuerpos de profesores de las escuelas que integran la Universidad? Como quiera que sea, los lectores del Boletín atribuirán a la Universidad de México —a la Universidad como cuerpo, como institución— las ideas contenidas en las páginas de que hablamos y la forma en que las ideas se expresan. Ahora bien, lo que allí se dice señala justamente, y nada menos que con el ejemplo, el camino opuesto al que la obra educativa de México debiera seguir.

Llevar a cabo la educación del pueblo mexicano, mejor diremos, de la nación mexicana, es empresa harto difícil, y por eso México necesita un gran educador. Para esta obra quizás se requieran, aparte las dotes sagradas del maestro, que son como fuego que los dioses ponen en un hombre para que ilumine el camino de los otros, tamaños verdaderos de apóstol y de héroe. Madero realizó, fragmentariamente, en cierto sentido, el tipo del mentor que a México hace falta: alma de apóstol y de héroe había en él, pero no alma de maestro; su palabra era la ardiente palabra del predicador, y su grandeza la del hombre que va al sacrificio; pero su evangelio, su luz, resultaron incompletos. Fue, en una palabra, el Bautista de la redención mexicana, cuyo Cristo acaso exista ya entre nosotros, o acaso esté aún por nacer.

Pero si es difícil dar cima a la tarea educativa de México, no lo es tanto plantear ahí el problema de la educación. Los mexicanos sólo se resienten de un apocamiento en sus calidades humanas, con particularidad en aquellas que son indispensables para organizar y desenvolver la vida social democrática: les falta aptitud para mirarse y analizarse valientemente; no saben evitar los abusos de los hombres que llegan al poder; no aciertan a enfrentarse con la disolución que de esos abusos se deriva. Y tal falla del carácter, originada en raíces primor- dialmente educativas, se manifiesta entre ellos de varios modos: por el miedo civil (miedo individual y colectivo), por el apego a la ficción nacional, y por la tendencia a la deformación del juicio político, adulatoria unas veces, denigrante otras. Son presa del miedo cívico todos los mexicanos conscientes que eluden pensar sin ambages la historia patria y aquellos que se abstienen de intervenir en la cosa pública, bien que finjan indiferencia, disgusto o pesimismo. Se hallan enfermos de ficción nacional los mexicanos instruidos glorificadores no de las virtudes reales, aunque medio ocultas, que existen en el pueblo de México, sino de cierta forma de ser, oropelesca y postiza, dentro de la cual nos gusta contemplarnos nacionalmente aunque sepamos que es falsa. Y, por último, padecen deformación del juicio político cuantos mexicanos lisonjean, por simple urgencia adulatoria, al gobernante malo, o torpe, o iluso, a sabiendas de que lo es, y quienes, inversamente, atacan y difaman inmisericordes a los gobiernos probos y bien intencionados, y respetuosos de las leyes y las libertades —en ocasiones nos los depara la suerte—, sin otro móvil que dar pábulo a la pasión denigratoria acogiendo, fomentando y adulando las villanías que se incuban en la malicia callejera. He ahí, íntegro y básico, el problema de la educación mexicana.

Los caciques han asesinado y despojado en México durante cien años, y los gobernantes abusado y corrompido a su sabor, gracias a la cobardía cívica, a la mentira y a la adulación ambientes. ¿Qué puede esperarse de un hombre normal (habitualmente inferior a lo normal) a quien a diario se le dice que él es el salvador del villorrio, o de la ciudad, o de la región, o del país, sino que a la postre lo crea él también y tome por mera encarnación del crimen a quien tal cosa niegue? A este hombre, que se siente el salvador del villorrio, de la ciudad, de la región o del país, porque los otros se lo aseguran y nadie lo pone en duda, como no sean los réprobos, no se le puede negar el derecho absoluto sobre vidas y conciencias. Rosas, recuérdese, pedía la suma del poder público argentino. Tampoco ha de exigirse que un caudillo aprenda por sí mismo a respetar los derechos de los demás si nadie se atreve nunca a decirle: "Señor, éste es mi derecho." La República Mexicana en masa decía, por miedo y por adulación, menos cuando hablaba para que nadie la oyera, que Porfirio Díaz era el salvador de México. Esto lo decían los ministros de Díaz, los senadores y los diputados de su régimen, los gobernadores de los estados, los profesores de las escuelas, los maestros, los poetas, los oradores, los comerciantes. Y Díaz, por lo mismo que no era un gran hombre, sino tan sólo un hombre, un hombre endiosado y glorificado, sacrificó a su mentida misión salvadora todo cuanto había que sacrificar: desde la vida de sus enemigos hasta la dignidad de sus amigos. En cambio, cuando surgió Madero, apóstol del civismo y la verdad, se confabularon contra él la pasión de mentir y la de adular, adular a las clases que habían sido dirigentes hasta 1910 y que ahora rezumaban despecho y odio.

Sin ser precisamente nuevas estas reflexiones, lo que ellas implican no ha cristalizado nunca, como factor consciente, en el alma mexicana. Ninguna regla de conducta nacional, ni de clase, ni de grupo, anuncia en México un esfuerzo dirigido a extirpar de los espíritus el miedo cívico ni la proclividad a la mentira deformante de la política y a la adulación. Prueba evidente es el hecho de que los mismos educadores de la juventud mexicana, no sólo no enseñan a ésta a defenderse del terrible mal, sino que lo propagan en público y con el ejemplo.

"Sería irrespetuoso y contrario a la ecuanimidad —leemos en el órgano universitario— no consignar en las primeras páginas de este Boletín la trascendental labor educativa del ilustre ciudadano que hoy se encuentra al frente de los destinos nacionales."

Y tras estas líneas, que serían aceptables si después de ellas se hiciera un análisis mesurado y serio, aunque entusiasta, de la gestión educativa del actual presidente de México, se dirigen a dicho funcionario adulaciones como la siguiente:

Si mucho nos esforzáramos escudriñando con gran escrúpulo las páginas de nuestra historia para encontrar un ejemplo que coincida con el de este hombre extraordinario, resultaran vanos nuestros empeños y frustráneas nuestras intenciones.

Ni pretendemos decir con esto que en nuestra galería de virtuosos y eminentes ciudadanos no se destaquen figuras gloriosas por su carácter y altísimas dotes; queremos decir solamente… que no encontraremos en las páginas de nuestra historia, ni antigua ni contemporánea, un hombre que con la sorprendente fuerza del señor Carranza, teniendo ante sus ojos la visión completa de la patria, y sin descuidar las cuestiones vitales de resolución inmediata, pusiera tanto afán y cariño tanto en solucionar el más fundamental de todos los problemas: el de la escuela mexicana.

Los conceptos anteriores serán todo lo respetuosos que la Universidad de México quiera en lo que hace al presidente de la República. A nosotros nos parecen, ante todo, indignos de la severidad adecuada a un documento universitario, destructores del principio que debiera guiar a la educación mexicana e irrespetuosos de la historia.

Y no huelga aquí una declaración: nuestro ánimo no es rebajar el concepto, justo o injusto, en que algunas personas tengan al presidente de México, de lo cual, lo diremos con franqueza, no se nos da un comino. Si Sócrates, y no es pedir poco, ocupara ahora la silla presidencial mexicana no variaríamos estas observaciones. La gravedad del problema de México no radica en la relativa grandeza o pequeñez de sus presidentes, sino en la pequeñez de los mexicanos. (¿De qué sirvió el alma grande de Madero en medio de tanta ruindad? Imbéciles hay que todavía lo acusan de no haber matado o amordazado a la prensa.)

Lo que nos interesa es la interpretación que da a su deber la Universidad de México. ¿Saben los funcionarios de esa institución que lo esencial de su obra está en fortalecer el espíritu mexicano, tan lleno de abyecciones y cobardías? Si lo saben, ¿por qué hacer, con su ejemplo, gala del mismo mal que deben curar? Peor aún si lo que dicen del presidente de México es sincero. Nunca necesitaron los hombres verdaderamente grandes que se les hablara de su grandeza. ¿Saben los funcionarios de la Universidad —historiadores, filólogos, humanistas— que lo más sagrado de un pueblo es su historia? ¿Saben que la mayor de todas las realidades es siempre, en el alma popular, inferior a la menor de las tradiciones? Si lo saben, ¿por qué quitar su lustre a la historia y exponerla a que se transforme en una fuerza estéril rebajándola más acá de las medianías del presente?

Y esto, sin contar con que los párrafos citados encierran una falsedad absoluta tras su ridícula fraseología. Esfuerzos más grandes y más heroicos se hicieron por educar a México en los primeros años de la dominación española, más ilustres a fines del siglo XVIII y más efectivos después del triunfo de la Reforma, que todo lo intentado de 1870 a nuestros días. ¿O ignoran también los funcionarios de la Universidad que nada ha inventado México, en materia de enseñanza, comparable a la Escuela Nacional Preparatoria?

 

No para ahí todo. El Boletín dice en otra parte: "Hoy es cuando la Universidad, consciente de su trascendental misión en favor de la cultura patria, empieza —dirigida por espíritus luminosos— a echar en los surcos la semilla de una educación que encierra altísimas tendencias, con la esperanza propincua de coadyuvar eficazmente en el ideal supremo de nuestra exaltación definitiva."

Si lo primero era grave, esto es gravísimo y risible. No contentos con manosear —cosa distinta de ahondar y calibrar— la historia de México, los funcionarios de la Universidad se adulan a sí mismos y tienen el indecoro de autoproclamarse superiores a quienes les precedieron. ¡Ahora que estos señores dirigen la Universidad es cuando se encuentran al frente de ella "espíritus luminosos" y cuando empieza la institución a echar la semilla en el surco! ¿Tanto así han variado los tiempos y los hombres? No vemos, sin embargo, ninguna "luminosidad" que iguale a la de Justo Sierra, que fue el primer orientador de la nueva Universidad de México; ni comprendo tampoco por qué don Ezequiel A. Chávez y don Valentín Gama y don Antonio Caso y don Alfonso Pruneda han de despedir de sí menos luz que los actuales ilustres funcionarios de la Universidad. Si no nos engañamos, lo más del vigor espiritual que impulsaba a la Universidad de ayer es lo mismo que nutre a la de hoy. Hace cuatro años, los profesores más reputados de la Universidad de México eran don Jesús Díaz de León, entre los viejos, y don Antonio Caso, entre los jóvenes. En este día, los profesores más reputados de la Universidad son don Antonio Caso, entre los jóvenes, y don Jesús Díaz de León, entre los viejos. ¿Dónde, pues, el cambio de "luminosidades"? ¿Es una alusión al rector? Sería injusta: si distinguido profesor es el señor Macías, distinguido profesor es don Valentín Gama y distinguidísimo educador don Ezequiel A. Chávez.

 

FRANCISCO I. MADERO

 

Los héroes, lo mismo si surgen de la realidad que si viven en la fantasía, son siempre hijos del alma de los pueblos. Propiamente hablando, nunca hubo héroes falsos: los hombres que se tornan héroes son siempre héroes, independientemente de su capacidad real y de sus actos y sus ideas. Por esto los héroes no se discuten, o se discuten sólo dentro de su heroicidad. Acaso se diga: ¿Cuál es la virtud esencial del héroe? ¿Cómo se le conoce? ¿Quién la descubre? A estas preguntas responde apenas el instinto de los pueblos, y, naturalmente, no con un avaloramiento preciso ni un análisis, sino de manera sintética e imperativa: con la fama. La fama es el atributo heroico inconfundible.

Francisco I. Madero es un héroe. Héroe lo hizo el pueblo de México desde el primer momento. Desconociendo en él esta esencia, a menudo se le ha discutido como a simple mortal, y de allí que nadie haya separado hasta hoy a Madero héroe de Madero hombre, sino que, confundiendo al uno con el otro, se persista en el equívoco de engrandecer o destruir al primero con las cualidades o los defectos mortales del segundo. En Madero héroe, inmortal e intangible, el pueblo de México ha querido simbolizar —encarnar más bien, haciéndolos particularmente humanos y activos— muchos anhelos vagos, muchas esperanzas contra sus dolores. Madero es para México la promesa donde se encierra cuanto a México falta en el camino de la tranquilidad y la ventura; el hombre que nos hubiera salvado; el héroe que nos salva en nuestra imaginación; el recipiente de la generosidad trascendental y del poder extrahumano que necesitan los pueblos ya sin esperanza.

Todo eso es Madero, y de ello hay que partir cuando de él se trate, aceptando el dato inicial como se acepta un axioma. No quiere ello decir que Madero carezca de significación modestamente humana y transitoria: su significación en la historia política de México. Este 20 de noviembre es el sexto aniversario de la revolución iniciada por él.

En el desarrollo de este movimiento social Madero fue, y sigue siendo, el valor más importante. Para explicarse la parte más noble de la Revolución quizás no haya mejor camino, ni camino más corto, que el de reducir la Revolución a la esencia y los atributos del carácter de Madero. Madero significa, dentro de nuestra vida pública, una reacción del espíritu, noble y generoso, contra la brutalidad porfiriana; una reacción del liberalismo absoluto, el liberalismo que se funda en la cultura, contra la tiranía inherente a los pueblos incultos, tiranía oligárquica unas veces, demagógica otras. Lo mismo los revolucionarios vociferadores de 1911 y 1912, que los reaccionarios de 1913, vieron siempre en Madero un ser incapaz (tan sólo porque no recurría a los excesos ni a la violencia), y así se explica que algunos de los primeros se hayan unido a los segundos en la hora del crimen. Así se explica también el fracaso de Madero en la obra transitoria de dominar a su pueblo, inculto y excesivo. La verdadera revolución iniciada por Madero, revolución esencialmente del espíritu, fue obra incomprendida por los mexicanos dirigentes, aunque sentida por las masas populares. Todavía hoy, después de seis años de sangre, de ira, de incapacidad cultural, y a medida que la veneración por Madero crece y se hace más irresistible, su obra se entiende menos en su significación profunda.

Madero, por su valor, por su bondad, por su mansedumbre, por su confianza en los procedimientos justicieros y humanos: en una palabra, por su moralidad inquebrantable, es la más alta personificación de las ansias revolucionarias de México. El pueblo de México presintió en él la fuerza generosa y moralizadora, dispuesta al sacrificio y enemiga del crimen, que México espera hace mucho tiempo.

SER CIUDADANO

Cuando la obra de Madero se realice, el juicio de la nación mexicana sobre tan ilustre hijo suyo será unánime, o motivará apenas discrepancias mínimas, así como es ya uno solo el juicio sobre los héroes de la Independencia y la Reforma. Pero mientras esa obra se halle en formación no podrá evitarse que existan diversas maneras de juzgarla, pues nada se notará más en ella que las caídas y las vacilaciones transitorias. Y entretanto, quienes conservamos la fe en la acción del maderismo nos contentamos con ir haciendo de éste un balance parcial, en espera de tiempos que permitan razonar nuestro entusiasmo, inconsciente en muchos, injustificado para otros.

Días pasados hablábamos de cómo Madero restauró prácticamente entre nosotros las nociones de ley y de decoro público. Asimismo, a él debe el México actual su concepto de la ciudadanía. Antes que Madero apareciese, nadie había logrado conmover a la sociedad mexicana, ni en el orden de las ideas ni, menos aún, en el de los hechos, con fuerza suficiente a volver fatal, por necesidades de vida tanto materiales como espirituales, el paso del estado acívico, no ciudadano, en que el país fue hundiéndose más y más bajo Porfirio Díaz -imperio aquél sin horizontes- a ese otro estado, indispensable a la salud de los pueblos, que lleva a éstos a comprender cómo la conquista de la vida pública bien vale la pena de que los hombres se maten entre sí.

Privó de 1880 a 1910 -y priva aún en muchas cabezas, por la inercia de ideas alimentadas largo tiempo- la doctrina, profesada a voces, de que la política es una mala afición, digna sólo de gente de poco valer o inepta para lograr otros medios de vida. Y tanto se extremó este modo de pensar, que llegó a calificarse de conducta perniciosa aun el simple hecho de emitir o tener opiniones sobre modos de gobernarse los pueblos y gobernarlos. Así se explica (así y no por la Revolución) que la mayor parte de los políticos mexicanos de ahora sean hombres ignorantes o escasísimamente preparados, pues sólo ellos no habían aprendido en nuestras escuelas necedades sociológicas tales como la distinción entre razas superiores y razas inferiores, entre pueblos aptos para conducirse y pueblos irresponsables, o ineptos, etcétera. Así se explica también que, no obstante las tempestades de diez años, sea aún numerosísima la clase superior, la clase acomodada y culta, renuente a influir en la vida general del país lanzándose, por lo menos para defender sus propios derechos e intereses, a la plaza pública de la política. Abunda ahora, tanto como antes, el tipo del mexicano que espera que otros vengan a ordenarle y arreglarle su patria, o su ciudad, o su aldea, y que con ello le proporcionen el goce de vivir en paz. Dicho de otra forma: el mayor número de los cultos, de los "conscientes", sueña todavía con una felicidad deparada por la Providencia a través del menor número, ilustrado o ignorante, que por circunstancias accidentales se adueña del poder.

Y sobre esto Madero nos dio una lección de vida, procediendo a semejanza de Cortés, y paralelamente a todos los hombres para quienes lo esencial no ha sido salvarse, sino ser hombres: quemándoles las naves a los medrosos. * Él reencendió la chispa de nuestras revueltas mal apagadas y nos enfrascó en una verdadera revolución, de la cual no saldremos nunca, o saldremos como se sale del crisol: purificados a fuego. Las zozobras, los dolores, la destrucción, las amenazas, la sangre y, en fin, todo eso que los reaccionarios le echan en cara a la Revolución, como si de tales cosas no fueran ellos los mayormente autores, y las cuales desencadenó sobre nosotros Francisco I. Madero para curar nuestra alma colectiva, transformarán en las prácticas de una verdadera vida pública -institucional, orgánica- nuestra pasividad política de antaño y la fiebre que desde hace dos lustros nos devora, ésta necesariamente violenta, destructiva y cruel, porque ha expresado el primer choque libre de fuerzas antes reprimidas. A fuerza de sufrir -por nosotros y por la generación pasada, que no quiso purgar su parte de sufrimiento-, llegaremos a la verdadera tranquilidad, gracias a la verdadera libertad, el día en que el hábito nos enseñe que el ser ciudadano es el único medio de no ser esclavo.

 

* Se equivoca el modo de ver, por lo demás un poco legendario, según el cual Cortés quemó sus naves. Cortés, seguro de sí mismo, no necesitaba de tales expedientes para sí: fue a sus compañeros, cuyo valor flaqueaba, a quienes les quemó las naves.

 

LA INMORALIDAD DEL CRIOLLO

EL MAL DE ORIGEN

Tan ajena es la política mexicana a la realidad por gobernar (nuestras instituciones son importadas; nuestra especulación política, vaga y abstracta, se informa en las teorías extranjeras de moda, etcétera), y tan sistemática la inmoralidad de sus procedimientos, que no puede menos que pensarse en la existencia de un mal congénito en la nación mexicana. Así es, efectivamente. En el amanecer de nuestra vida autónoma -en los móviles de la guerra de independencia- aparece un verdadero defecto de conformación nacional (inevitable por desgracia): los mexicanos tuvimos que edificar una patria antes de concebirla puramente como ideal y sentirla como impulso generoso; es decir, antes de merecerla.

He ahí la fuente inagotable del desconcierto. Si nuestro primer paso hubiera sido una adivinación, o un avaloramiento frío y concienzudo, o un deseo mezquino, pero francamente definido, la vida nacional mexicana gozaría de las excelencias de la primera, de la marcha segura y moderada del segundo o de la firme estrechez del tercero; mas como, lejos de ello, nuestro primer acto participó de lo nuevo, de lo vago y de lo inmoral, de lo uno y lo otro habremos de padecer largamente. Este mal de origen es nuestra carne primera, el punto de partida de nuestra individualidad como pueblo y como nación; él ha trazado nuestra vida y nuestro carácter, él nos explica. Nacimos prematuramente, y de ello es consecuencia la pobreza espiritual que debilita nuestros mejores esfuerzos, siempre vagos y desorientados.

Dos son los momentos de nuestra historia en que, con mejor fruto, podemos asomamos al alma política mexicana -al alma de aquella clase, integrada con cierta unidad, que dirige los acontecimientos sociales de México-: la Independencia y la paz porfiriana, Entre estas dos etapas, la Reforma crece, da frutos casi malogrados, se desvirtúa y se pierde al fin en la paz.

LA INDEPENDENCIA

Obra fue, en su origen, de una vieja querella, de una vaga exaltación literaria y de una oportunidad.

Hasta México refluyó, tardía ya y casi extinta, la onda de revolución espiritual que había conmovido a Europa y Norteamérica en la segunda mitad del siglo XVIII. Su influencia no fue entre nosotros de aquellas que simplemente aceleran los efectos de un anhelo largo tiempo alimentado y contenido, sino de las que producen un estado de exaltación artificial sobre bases engañosas. El grupo de la sociedad mexicana que se creyó entusiasmado por la idea de libertad pertenecía a la clase opresora y no a la clase oprimida de la Nueva España; no era el material más a propósito para inflamarse al contacto de las nuevas ideas francesas. Pero éstas, y el ejemplo de los Estados Unidos, llegaron en sazón para prestar un motivo de noble desahogo al viejo -y quizá justo- rencor de los criollos por los españoles, y a encauzarlo confusamente hacia una posibilidad atrevida y lisonjera: la Independencia.

Añádase a lo anterior la oportunidad incitante de la invasión napoleónica en España, y todo quedará explicado.

Nuestra guerra de Independencia no fue un movimiento nacional. No lo fue ni por los hombres que intervinieron en la lucha, ni por el espíritu de ella, ni por sus resultados: nada hay más innoble que la intriga jurídica de 1808, encabezada por el virrey Iturrigaray, falso para unos y para otros -el movimiento de Hidalgo es el tipo de lo improvisado y aventurero-; su desinterés personal y sus dotes militares no excusan a Morelos de sus sueños políticos, tan extraños a la realidad en que vivía; Iturbide es el símbolo mexicano de la componenda política fraudulenta y de la inmoralidad militar.

LA REFORMA

Muy trabajosamente, había llegado por fin a encarnar en la Reforma lo que al principio fue vaga idea de que la Independencia sólo tenía sentido como un rompimiento interno del régimen colonial. Medio siglo había necesitado el alma criolla para ver la luz. La revolución de

Ayuda traía, con los eternos embelecos constitucionales, la verdad circunscrita y adulta de la acción reformadora.

Sobre la maleza teorizante de siempre, dominaba la humilde confesión de una decadencia de los espíritus en las clases directoras, y la necesidad de regenerarlos. Se llegó hasta fundar una gran escuela para forjar las nuevas almas.

LA PAZ PORFIRIANA

No hubo tiempo. Sobrevino el régimen de Díaz, el régimen de la paz como fin y de las petulancias sociológicas, el cual, vuelto contra la corriente natural de nuestra historia, soltó de las manos la obra espiritual comenzada apenas, la única verdadera. Los directores de la vida social mexicana, a partir del 70, ignoraron el sentido histórico de su época y mataron en su cuna la obra fundamental que iba a hacerse. Después de la Reforma y la lucha contra la intervención francesa, que dio a aquélla un valor nacional, la única labor política honrada era la obra reformadora, el esfuerzo por dar libertad a los espíritus y moralizar a las clases criolla y mestiza que gobierna. El régimen de la paz hizo criminalmente todo lo contrario. Instituyó la mentira y la venalidad como sistema, el medro particular como fin, la injusticia y el crimen como arma; se miró en El Imparcial, periódico inmoral e infame; engendró todos los Íñigos Noriegas de nuestros campos, los lords Cowdrays de nuestras industrias, los Rosalinos Martínez de nuestro ejército.

Ante esta acusación, en quien menos ha de pensarse es en Porfirio Díaz. ¿Qué vale el error o la incapacidad de un solo hombre comparados con la incapacidad y el error de la nación entera que lo glorificaba? No. Piénsese en el amplio grupo que vivía a sombra del caudillo, y que creyó entender las necesidades de la patria, o lo fingió al menos, de modo propicio al enriquecimiento personal. Piénsese en toda la clase dirigente de entonces, en los jóvenes de veinte años del 70, en los intelectuales maduros de 1890, en los venerables sesentones que recalentaron sus carnes al sol del Centenario. Todos éstos, herederos directos de la obra informe, pero generosa, de los reformadores, ¿qué hicieron por su patria? ¿Dónde está el acto o la palabra que los vincula con sus antepasados? ¿Qué esfuerzo hicieron ellos para acabar con la abyección nacional, con la ruindad y la mentira nacionales, con la injusticia nacional, con la profunda, profundísima inmoralidad mexicana? Tiempo y ocasiones les faltaron para sonreír al tirano y sumirlo más en su creencia imbécil de que salvaba a la patria; tiempo les faltó para cortejar a los hombres de la camarilla presidencial, o a sus amigos, o a sus criados, a caza de concesiones, favores y empleos. ¿Habrá nada más definitivo, para un valoramiento de la inmoralidad criolla, que el espectáculo de aquellos cientos y cientos de ciudadanos que durante treinta y cinco años no faltaron nunca al tirano para colmar los asientos de las cámaras y las legislaturas? ¡Legiones de ciudadanos conscientes y distinguidos, la flor de la intelectualidad mexicana, prestándose a la más criminal de las pantomimas políticas que han existido! Entre estas glorias mexicanas -que no tienen siquiera la disculpa de la cobardía, pues lejos de ser obligados, faltaban puestos para los solicitantes- entre estas glorias figuraban nuestros maestros...

Nuestras agitaciones armadas, con ser tan elocuentes, nada nos dicen de nuestra dolorosa verdad junto a las enseñanzas crueles de la paz de treinta y cinco años.

 

ENALTEZCAMOS A WILSON

 

Mucho se habla en estos días, en Europa y en América, del desprestigio del presidente Wilson. "Después de alcanzar las mayores alturas a que un hombre puede aspirar en vida —se dice— Woodrow Wilson asiste en persona al desmoronamiento de su gloria." Particularmente entre nosotros, renuentes por mexicanismo y por inclinación escéptica. a calificar en justicia a los grandes hombres de los Estados Unidos —así como hemos negado a éstos su literatura y su arte— la decadencia de los valores de Wilson ha hallado acogida inmediata.

Wilson, por supuesto, es ahora, después de firmada la paz, más representativo del buen lado de nuestra humanidad siglo XX que lo era hasta antes de firmarse el armisticio y antes de tomar armas los Estados Unidos en defensa de los Aliados. Su aparente descrédito es sólo un espejismo de quienes se pierden entre las modalidades y las fases cambiantes de las cosas vivas, de las cosas que están haciéndose, de las cosas que están siendo. Un hombre cuya mano ha asido durante dos años los destinos del mundo, y en cuyo país luchan y se coordinan los más cuantiosos intereses de la tierra, no da un paso sin transportar de una parte a otra la opinión. Pero, aclámelo o condénelo, la opinión no se sustrae a la grandeza que él personifica: la fuente del prestigio permanece intacta; si cesa como acto, persiste en potencia, lista siempre a renacer. El mundo de nuestro México ¿no nos ha ofrecido, aunque en pequeñas proporciones, un caso igual? En vísperas de caer Madero, su desprestigio aparente iba, como una onda, de cabo a cabo de la República: cayó él y la onda fue de gloria. Así acontece con Wilson en la hora presente. Él vuelve ya de la obra realizada, de convertir en imperfecta, humilde realidad cuanto su noble voz prendió, como esperanza fantástica, en los corazones y las inteligencias de Europa y América. Y ante la verdad —tan natural, tan poco evocadora si está cerca de nosotros—, las realidades de hoy no igualan las esperanzas de ayer. ¿La culpa es de Wilson? Wilson previo la verdad y la predijo, y mientras él miraba lo posible, los ciegos soñaban en lo imposible. Los catorce postulados wilsonianos de la paz, síntesis idealista de las enseñanzas de la Guerra, luchan en el Tratado de Versalles con la maldad indispensable a las acciones buenas para que las acciones buenas triunfen. La bondad absoluta e irreprochable, la bondad cristiana, no obra en vista de este mundo, sino del otro. Y es en éste en el que vivimos.

Por otra parte, ya de regreso Wilson, en su patria, en su casa esperan su mano los pequeños menesteres: los intereses de los partidos, las rencillas del Senado, la pasión del dinero, las iras de los de abajo. Y en las cosas menores, en las pequeñeces cotidianas, los hombres chicos —fatalidad bien conocida-— se codean con los grandes. El fragor de todo esto puede, a veces, ser contrario al padre de la Liga de las Naciones; quizás el lustre mismo de sus obras y sus palabras de ocho años no basten a conservar la supremacía de su partido en el gobierno; quizás venga ya a la zaga el destructor transitorio del edificio a medio construir; ¿será por ello menos grande él, ni menos definitiva su huella? Cuando Washington vivía no faltó quien sólo juzgara al Libertador por la riqueza de sus trajes; pero siglo y medio han corrido y la tumba de Wáshington es un lugar de peregrinación.

Para nosotros los mexicanos, antes que para nadie, Wilson no puede significar un valor caduco o un valor venido a menos. Wilson es, en su país, el autor de una nueva política mexicana, una política aplicada por él paso a paso, inquebrantablemente. Las contradictorias sorpresas de la vida, los sucesos imprevistos, las transacciones inevitables entre el derecho y la violencia, inseparables de la espada de la justicia, acaso nos hayan hecho pensar alguna vez en un Wilson diverso del Wilson amigo de México en 1913; pero esto es flaqueza del juicio. Así como para el fin de la Guerra, Wilson propuso un ideal, un ideal sujeto a encarnaciones imperfectas, así también para la convivencia de las dos repúblicas y para el trato fructífero entre los dos pueblos, Wilson delineó un nuevo concepto internacional americano noble y útil, aunque impracticable totalmente. ¿Desmienten ese nuevo concepto, esa nueva actitud los choques nacidos de la turbulencia de nuestra vida o de las inmoralidades adventicias del comercialismo yanqui? ¿Deja de ser azul el cielo cuando las nubes lo cubren? Ha habido un caso concreto que puso a prueba la doctrina de Wilson —el caso de Costa Rica—, y la doctrina resistió la prueba, actualmente, ¿se podría oponer mejor argumento a ¡os detractores del repúblico norteamericano, que el ansia ruidosa con que los enemigos de México anuncian en los Estados Unidos una nueva política wilsoniana respecto de nosotros? Las almas mezquinas de los especuladores esperan que, al pisar otra vez América, Wilson descienda a la misma mezquindad. Y en México, lejos de volver los ojos a las cualidades fundamentales del hombre, lejos de analizar su influencia en los acontecimientos europeos y desentrañar en esa influencia el bien, la acción suavizadora de enemistades que han durado siglos, se busca en ella el dato capaz de rebajar y debilitar valores humanos eminentísimos, y se colabora así con los extranjeros que quieren nuestra ruina.

Si bien grande en sí mismo, y con una personalidad inconfundible, única en la historia de los Estados Unidos, Wilson no es un caso aislado en su país. A lo largo del tiempo se escalonan allí espíritus hermanos del suyo: los espíritus cuya influencia perdurable ha hecho la grandeza de la República Norteamericana. La más notable tradición de la vida cívica yanqui, plantada por Wáshington mismo, por Hamilton, por Adams, por Jefferson, no ha desmayado desde su origen, y, activa siempre en el fondo de los impulsos populares de aquel pueblo, de tarde en tarde brota a la superficie y encarna en algún hombre. En la hora presente, ese hombre es Wilson. Solamente que, para menor desventura de los pueblos occidentales de nuestros días, y para mayor lustre de los Estados Unidos, Wilson ha rebasado, como Wáshington, los límites de la moralidad y el civismo creador propiamente yanqui y ha venido a personificar los albores de una nueva era de la humanidad. La noción wilsoniana del derecho internacional, su concepto innovador de la política interna y externa, la institución de la Liga de las Naciones pueden sucumbir por de pronto o adelantar vacilantes sobre los altibajos de un camino desbrozado apenas: Wilson siempre vivirá en la memoria de los hombres como el precursor de un nuevo evangelio social.

Enaltezcámosle.

 

UN LIBRO DE DON FRANCISCO BULNES

 

Un nuevo libro de don Francisco Bulnes es para México un acontecimiento comparable, en cierto sentido, a lo que es para Inglaterra y otros países de habla sajona un nuevo volumen de Bernard Shaw. Esto no quiere decir que la trascendencia de la obra del señor Bulnes tenga nada que ver con la trascendencia de la obra de Bernard Shaw, ni, mucho menos, que exista ningún parentesco entre los espíritus del uno y el otro. Simplemente se trata de ciertas cualidades exteriores y transitorias.

El señor Bulnes es un escritor político alucinante, paradójico —nada más ajeno a Bernard Shaw que el tipo de paradojas frecuentes del señor Bulnes—, humorístico, y hábil en extremo para tratar, con procedimientos del todo personales, las tesis más inesperadas. Su obra viene espoleando desde hace años la tarda pluma de los escritores políticos mexicanos y ha producido siempre verdaderos escándalos; todavía no se olvida la ruidosa protesta que provocó su Verdadero Juárez. Gran pintor de lo que es característico en la sociedad mexicana, y, a no dudarlo. Gran conocedor de lo que son los hombres y sus pasiones, el señor Bulnes tiende inconscientemente a deslizar su dibujo hasta la caricatura. De aquí la vena de su humor. Se siente por momentos que la risa guía su mano. Hay en sus discursos y en sus libros políticos largas páginas, ricas por su poder imaginativo y creador, que encajarían admirablemente en una novela. Es, además, realista —en el justo sentido de la palabra—, sabe encontrar el alma de la realidad. Entre los historiadores mexicanos, ninguno más atrevido que él para acercarse sin superstición a los hombres de la historia. Hablando de ellos ha acertado unas veces y ha errado muchas; pero siempre los ha visto cara a cara, y, lo que es más, los ha juzgado de acuerdo con la peculiar tabla de valores mexicanos: teniendo presente el raro metal en que están fundidos los héroes de México. Por eso su labor es altamente destructiva, aun cuando a veces sea ilustradora, y por eso mismo está destinada a desaparecer bajo otra especie de labor histórica y social más en armonía con la voluntad y las necesidades de los pueblos: la historia generosa y constructiva; en el caso de México, la obra histórica de Justo Sierra.

En su nuevo libro, The Whole Truth About México, el señor Bulnes hace un estudio minucioso y vivo de las principales ideas que han dado ocasión, de modo real o aparente, a la polémica y la lucha mexicanas de los últimos cinco años. Es este libro una valiosa contribución al análisis de los problemas de México, y de seguro provocará —cualquiera que sea la dosis de error, pasión o inmoralidad que contenga—- una revisión de esos problemas. Después de leerlo quedan francos dos caminos: o se plantean los problemas en otra forma o se confiesa que no son ésos, sino otros, los problemas reales.

Sale de los límites de este artículo la discusión particular de cada una de las cuestiones abordadas por el señor Bulnes. Los asuntos estrictamente técnicos, sobre todo —como el problema agrario—, son, a mi juicio, materia vedada para quienes no estén en aptitud de tratarlos a fondo y con sabiduría. Sin embargo, algo puede decirse de carácter general. Muchas de las conclusiones a que llega el señor Bulnes serán combatidas con acritud, y, quizás, destruidas fácilmente. Algunas de ellas son positivamente insostenibles o ridículas. La preconización de una dictadura como única forma de gobierno posible en México es inmoral y se explica sólo en hombres de la educación política y los años del señor Bulnes. Porque, bueno es recordarlo, se trata nada menos que de una dictadura que erige el asesinato en órgano de sucesión, y la corrupción y el crimen en fuerzas políticas. Y hablar así respecto de México, que sufre precisamente de esos males, es casi punible. Decir que Madero fue usurpador y Huerta presidente legítimo, porque Madero fue elegido a pesar de la tradición, y Huerta, siguiendo la tradición, traicionó y asesinó a Madero, es más de lo que honradamente puede decir un hombre de nuestros días. Verdad que, para el señor Bulnes, México está aún en la Edad Media.

Combate el señor Bulnes lo que en México se llama la Revolución. Fiel a su pasado de porfirista y amigo de los científicos, cree oportuno todavía salir en defensa de Limantour y su grupo, y repite, como era de esperar, el tema de los ferrocarriles, de los bancos, de los edificios públicos y de los presupuestos nivelados. Olvida, en consecuencia, que la absolución o condenación de los científicos no tiene nada que ver —o casi nada-— con estas circunstancias materiales de la administración de Porfirio Díaz. Sobre todo, ya el fallo se dio: los científicos hicieron a México ciertos servicios de naturaleza económica por lo que cobraron honorarios exorbitantes. Se les llamó ladrones (yo no sé si justa o injustamente), porque acumularon capitales cuantiosos. Uno de ellos (podría citarse el nombre) dijo en un banquete público a don Rafael Altamira y Crevea, rector de la Universidad de Oviedo, estas palabras: "Yo gano el dinero por cuartos de millón." La responsabilidad de esos hombres no se salva con estadísticas de aduanas ni memorias ferrocarrileras. La censura y la responsabilidad son otras: se trata de la incapacidad del grupo científico para moralizar y rehacer definitivamente el espíritu de México aprovechando la fuerza, un poco ciega y otro poco brutal, que se llamó Porfirio Díaz. Me percato, con todo, de que este juicio resulta impertinente dentro del sistema del señor Bulnes, que no descubre para México más que dos resortes de gobierno: la corrupción y el asesinato; es decir, la desmoralización patria.

Si el señor Bulnes gusta de admirar las piedras del gran Teatro Nacional de México, sin recordar —o recordándolo acaso— que esas piedras son sólo un monumento a la inmoralidad propia del país —combinada en este punto con la fuerza dictatorial más grande que ha habido en México—, no seré yo quien lo turbe en su contemplación. Pero los hechos están a la vista y exigen que se les interprete justamente. Puede la Revolución Mexicana haber cometido muchos errores, según afirma el señor Bulnes; mas ello no absuelve a los hombres que gobernaron con Porfirio Díaz —ya sea que desempeñaran carteras ministeriales o que se sentasen en las Cámaras— de la verdadera culpa a ellos imputable: no haber dado a México moralidad cívica practicándola por sí mismos. Más todavía —y esto no es paradoja—: si la Revolución, como dice el señor Bulnes, ha sido una calamidad nacional, la responsabilidad del gobierno de Porfirio Díaz será tanto mayor cuanto más calamitosa sea la Revolución, pues el primer deber de aquel gobierno, que duró treinta años, fue evitar esta revolución. Y si tal cosa resultó entonces imposible por leyes que escapan a los hombres, y también es imposible ahora por motivos semejantes, no veo la necesidad de salir de nuevo de la Revolución para entrar otra vez en Porfirio Díaz, mejor es que la lucha siga, cueste lo que cueste, hasta la salvación verdadera o hasta el aniquilamiento total. Las cosas malas no tienen por qué existir, así se trate de las patrias. La patria es más que una palabra y más que una idea: es una institución, organizada y útil, que permite a sus ciudadanos vivir bien y perfeccionarse. Dentro de su rango personal, cada quien vale lo que vale su país y cada quien tiene el grado de perfección moral que su país le permite. Por eso existe el deber de construir la patria, y por eso las patrias sólo nacen del sacrificio. México vivirá en las tinieblas mientras los mexicanos, o la mayor parte de ellos, no sean capaces del verdadero sacrificio. Y no hay sismo más opuesto a esta capacidad que el sustentar teorías semejantes a las del señor Bulnes. Desear a México un Porfirio Díaz o una sucesión de Porfirios Díaz es confesar nuestro miedo y nuestro horror de la verdad, nuestra incapacidad de sacrificio; es confesar que no queremos patria ni la merecemos.

Por último. A muchos parecerá extraño que el libro del señor Bulnes se haya publicado en inglés. Las razones son obvias. Aunque esencialmente destinado a México y escrito en forma propia a ese fin. The Whole fruth About México es un instrumento útil al Partido Republicano de los Estados Unidos. El subtítulo de la obra lo proclama. Malo por unas razones, esto es bueno por otras. Es malo que se vinculen inútilmente a los intereses de una campaña electoral extranjera las desdichas mexicanas. (¡El señor Bulnes pretende que se nos deje resolver solos nuestros problemas, y, para lograrlo, se pone a demostrar que no tenemos remedio!) Es malo también que un libro destinado a México sea leído por todos, menos por los mexicanos, pues no sé qué parecerá más importante a los ojos del señor Bulnes, si convencer al presidente Wilson de sus errores o mostrar a los mexicanos los suyos. Pero en cambio, es bueno, por ejemplo, que la fama de los pensadores de México rebase nuestras fronteras y nos dé brillo en otros países; es bueno acreditar en los mercados extranjeros a nuestros financieros desterrados, que aún pueden volver a México a hacernos felices con su ciencia y su crédito; y, finalmente, es bueno que se vendan muchos ejemplares de un libro y que al venderlos se cobre su precio en oro, en oro norteamericano, y no en bilimbiques. [1]

 

LA MUJER DE UN DIPLOMÁTICO EN MÉXICO

 

No es fácil averiguar si el libro de la señora de O'Shaughnessv acerca de México, recientemente publicado, se leerá con igual interés por quienes siguieron paso a paso la marcha de la Revolución Mexicana durante los años de 1913 y 1914, y por aquellas personas que, ignorando del todo, o casi del todo, esos acontecimientos, tropiezan, al abrir el volumen, con un asunto que les es desconocido. Para los unos, el título mismo de la obra y la calidad de la autora son, al principio, motivos de atracción, y más tarde —quizás— motivos de desencanto. Para los otros, la falta de ideas preconcebidas y la distancia de los sucesos, aunque todavía actuales y sin resolver, serán razón de mayor libertad para disfrutar de las cualidades meramente literarias de la obra.

Yo soy de los primeros. Por asociación inmediata, A Diplomat's Wife in México me recuerda otro libro, clásico ya e ilustre entre los que a México se han dedicado, y escrito en tiempos parecidos a los de 1913 y 1914 —ya que no tan patéticos— por la mujer de un diplomático también y en forma asimismo epistolar. En ese bello volumen de cartas (fechadas de 1830 a 1841 y publicadas un año después con el título de Life in México) Madame Calderón de la Barca registró para siempre. con un estilo vigoroso, lleno de vivacidad y precisión, e igualmente apto para lo pintoresco y para lo científico, las costumbres, las fiestas, los trajes, los sucesos, y todo cuanto ofrecía el rico espectáculo del México de aquellos días. Sus cartas son una descripción minuciosa y total, sin lagunas ni desmayos; en ellas hallan sitio, lo mismo una semblanza del general Santa Anna, y una excursión a las famosas grutas de Cacahuamilpa, y el laboreo de las minas, que los misterios de la Semana Santa, las ferias populares de San Agustín y el cantar de Los enanos. Madame Calderón de la Barca era discípula de Humboldt y amiga de Prescott. Al leer sus cartas se siente a veces que, mientras con la mano derecha las va escribiendo, con la izquierda hojea, para asegurarse más en su asunto, el Ensayo político sobre la Nueva España. Era una mujer de espíritu científico, con muy grandes dotes de escritora. Sus observaciones sobre la sociología, la psicología y el folklore mexicanos tienen toda la solidez de quien ha vivido mucho, y vivido, además, en trato estrecho con los libros. Toma un asunto y no lo deja hasta agotarlo. Su manera es, en cierto modo, la manera de un escritor profesional. Su curiosidad corre parejas con su deseo de enterarse bien, y su actitud de resuelta simpatía hacia el mundo que va descubriendo, y que, al descubrirlo, parece hacer suyo, no tiene límites. En sus cartas está, íntegra, la sociedad mexicana de 1840.

La señora de O'Shaughnessy, en cambio, es una dama de sociedad; ve, piensa y siente como una dama de su clase; las letras son en ella un dilettantismo gracioso que tiene éxito, y su mirada se vuelve hacia los espectáculos. La domina la atracción de lo pulido y lo acabado. Sus cartas, parecidas exteriormente a las de la señora Calderón —imitadas de éstas tal vez—-, son de muy diverso carácter en el fondo. A Diplomaos Wife in México tiene valor mediano como descripción material o espiritual de la República Mexicana; los análisis, si algunos hay, son cortos y rápidos. Salvo dos notas persistentes —el misterio inmutable de México y la diafanidad de su atmósfera— admirablemente expresadas, todo queda en un fondo confuso donde ninguna forma logra precisarse. Y no es mayor la importancia de las cartas por cuanto se refiere a la historia del gobierno de Huerta. En la generalidad de los casos, no han llegado a oídos de la autora más que los rumores corrientes entre la alta sociedad que ella frecuenta. Consigna las versiones más absurdas y no sabe siquiera si Madero renunció antes o después de ser aprehendido. Ignora que se tocan los límites de lo ridículo o lo cómico cuando se hace de don Francisco León de la Barra un gran personaje de la política. Su retrato de Huerta, quien por momentos parece estar más allá de su crimen, es totalmente inadmisible y se explica sólo por un arranque de sentimentalismo, muy sincero y bello, eso sí, al cual se debe la mejor de todas las cartas. Claro que Huerta fue un dictador criminal, pero no necesariamente salvaje, ni desprovisto de recursos para hacer creer a los ingenuos que los dioses y la verdad podían estar de su lado: no le faltaban ni la palabra ni el ademán.

Un estudio del actual problema de México la señora de O'Shaughnessy no lo hace ni por asomo. Fue allá con su doble prejuicio de norteamericana y mujer de sociedad, y el prejuicio resultó inconmovible: para México, la mano de hierro o la intervención. Y si momentáneamente se apiada, y desciende hasta sentir que hay en el fondo de los males a que asiste una tragedia nacional, es sólo para alzarse de nuevo y lanzar desde arriba una sentencia inmisericorde, que no deja el menor resquicio a la esperanza: "Este pueblo desventurado —dice— está entre la espada y la pared, entre su incapacidad para el orden y los Estados Unidos." La simpatía que las cartas suelen mostrar por ciertos aspectos del mundo mexicano —el clima, los paisajes, la tierra, y aun las clases sociales que, según el libro, son víctimas de la maldad general— no basta a borrar el trasunto que la autora da de sí misma: ser indiferente y cruel, o, si se quiere, demasiado impasible, ante el conflicto hondo y verdadero.

Mas si la tragedia nacional no interesó a la señora de O'Shaughnessy, la tragedia personal del dictador fue apoderándose de ella poco a poco. Huerta es el héroe de sus cartas: héroe arisco e indócil, es verdad; maltratado en ocasiones por la autora, y que no aparece a menudo en escena, si bien se le adivina a un paso y pronto a surgir súbitamente. Cuando no se habla de él parece que se construye una perspectiva adecuada para que resalten su carácter y su destino. La pintura de la alta sociedad mexicana, a la cual el usurpador llega rara vez e impulsado por extraña fuerza, es interesante como cuadro inmóvil donde unas cuantas figuras desarrollan una acción. Y ¿no parece en ciertos instantes que ese misterio inmutable de México, tan bien sentido y expresado por la señora de O'Shaughnessy, se hace carne de la carne del dictador? La luz diáfana del Valle, y la rica tinta de sus montes —"cambiantes hasta cuando la vista se fija en ellos"—, y el sol generoso y deslumbrador que todo lo invade y aun logra distraer de su carta a la escritora cuando los rayos bajan a jugar con el brocado de algún mueble, ¿qué son, sino mudo contraste de la incertidumbre de las horas y de la negra fatalidad que avanza sobre el tirano?

Aquí está el mérito real del libro: en los aciertos netamente artísticos; en el desarrollo gradual de la tragedia; en el hábil manejo de la maldad de un hombre y la fuerza implacable que lo acaba. Hay en la despedida de Huerta un soplo de emoción patética que desarma al lector más predispuesto. Las cartas restantes se leen como un epílogo.

Acaso haya quien encuentre censurable el dilettantismo de la señora de O'Shaughnessy, y, también, quien lo confunda con su falta, para mí muy plausible, de pedantería: pasan por las cartas, como una exhalación, la imagen de Walter Pater, la de tal cual escritor y una que otra reminiscencia de Grecia y de Shakespeare. En todo caso, se trata de un dilettantismo que triunfa y hace obra bella. Dilettante cuanto nos plazca, la señora de O'Shaughnessy ha logrado parte de su objeto —o todo su objeto, si sólo la guiaba el impulso artístico—. Sus cartas dejan mucho que desear para el político y el sociólogo, pero tienen cuanto puede pedir el lector ajeno a estos afanes transitorios y, al fin y al cabo, utilitarios. Es decir, el lector ideal, el lector que todos querríamos.

 

UN LIBRO DEL SEÑOR CALERO

 

La necesidad de existir, o para ser más claro, la necesidad de tornar activas las energías personales, sigue dando ocasión a que algunos mexicanos —hombres públicos en la emigración— mezclen lamentablemente los asuntos de México, los dolores de México, con la política efímera que en los Estados Unidos brota al golpe de cualquier campaña electoral. Porque, bien mirado, detrás de los libros con que el señor Bulnes y el señor Calero se han propuesto participar en los negocios interiores de este país no hay, tomando las cosas por el aspecto más noble, sino inquietud e impaciencia, incapacidad de abstención, imposibilidad de reducirse a la nota justa, aunque pequeña. El señor Bulnes y el señor Calero han oído a Teodoro Roosevelt hablar de México en los mismos términos en que McKinley hablaría de Cuba, y saben, por esto mismo, que México sería lo último en beneficiarse por un cambio de presidentes yanquis. Todavía más, y descontando la actitud del sostenedor más poderoso del candidato republicano, el señor Bulnes y el señor Calero no ignoran la exactitud de esta reflexión, un poco amarga y pesimista: los Estados Unidos tratarán a México, pese a las protestas y a la voluntad de los hombres, según nuestros temores y nuestra debilidad nacional nos enseñan que está predestinado; y ello mientras México no sea lo bastante fuerte para desviar el destino.

Del libro del señor Bulnes he hablado otra vez. El del señor Calero, menos amplio en el plan y en el desarrollo, se limita a una sola faz de los problemas actuales de México: sus relaciones con los Estados Unidos bajo el presidente Wilson. Tiene de común este libro con The Whole Truth About México, el propósito inmediato de contribuir en alguna forma al triunfo del candidato republicano en las presentes elecciones. El señor Calero -—como el señor Bulnes— hace ver al pueblo de los Estados Unidos que aun los mexicanos, en su calidad de ciudadanos de México, no han podido menos que percatarse de la torpeza, la debilidad y el abandono mostrados por el presidente Wilson al defender en México las vidas y los intereses norteamericanos. En la obra del señor Bulnes, justo es decirlo, este propósito ajeno a México —contrario a él en muchos casos— ha podido ocultarse o disfrazarse gracias a la multiplicidad de los puntos que el señor Bulnes estudia y a la manera de presentar ciertas cuestiones; en gran parte, gracias a la habilidad misma del autor. Pero el señor Calero, que no es escritor tan vigoroso ni pensador tan brillante como el señor Bulnes, se ve reducido, por la limitación natural de su asunto, a una actitud equívoca. Es chocante en su obra la ausencia de espíritu mexicano. Al volver la última página se piensa maquinalmente en el título (The Mexican Policy of President Wilson as it Appears to a Mexican), y se le encuentra impropio: no hay tal política del presidente Wilson vista por un mexicano. Salvo uno que otro pasaje, el libro parece escrito con criterio norteamericano, a muchas leguas de Anáhuac y de sus hijos; si bien es verdad que en esto no censuro tanto la incapacidad del señor Calero para realizar su propósito discretamente, como el error que le ha hecho adoptar una posición incómoda y peligrosa. No es tarea propia de manos mexicanas atacar a Wilson por su política acerca de nuestro país, usando iguales argumentos y puntos de vista que el Partido Republicano de los Estados Unidos. Y si se hace, es aventurado, pese a los dos o tres toques de mexicanismo que puedan deslizarse.

En ciertas materias, como bajo cierta luz, no es fácil precisar los matices. Si el señor Calero es mexicano y quiere atacar a Wilson por su postura en las cuestiones internacionales relativas a México, tiene ante sí el camino natural y legítimo abierto a todos los mexicanos: el de los derechos, los intereses y el decoro de nuestra nación. Rebasar estos límites es meterse en cercado ajeno, ejercer, aunque impunemente, actividades reservadas a los norteamericanos, o, lo que es más grave, descuidar los derechos y los intereses de México por cuidar derechos e intereses de otro país. Como político activo y ex embajador de México en Wáshington, el señor Calero sabe que en el fondo de cada choque momentáneo entre México y los Estados Unidos yace la eterna, desventurada oposición entre la necesidad expansiva de los Estados Unidos y la necesidad defensiva de México. Cada choque, ciertamente, puede explicarse por razones muy particulares y transitorias; pero debajo de éstas no hay sino el viejo conflicto, el mismo que dio origen a la humillación y el despojo de Colombia, y de Centro América, y de Cuba, y de Santo Domingo. Y si el señor Calero no ignora esto, no ignora tampoco, porque su competencia se lo impediría, que no cabe en buenos mexicanos el acusar a un presidente de los Estados Unidos, acusarlo ante su pueblo, porque su política sea causa de que en México se pierdan vidas e intereses norteamericanos.

Hay un detalle de la obra del señor Calero que exige atención especial. Al referirse a la exaltación de Huerta a la presidencia de la República se expresa en forma vaga y equívoca. Aun cuando por un momento llega a pronunciar las palabras usurpación en el fondo, queda flotando sobre lo escrito la duda de si Huerta fue o no fue, a ojos del autor, presidente legal de México. El punto merecería menos atención si otros abogados, algunos tan ilustres como el señor Calero, no opinaran en forma análoga. Creo, sinceramente, que nada hay más contrario a la equidad del pensamiento que el estudio y la práctica del derecho formalista. Si ante un niño se expone el caso de Huerta, o ante un hombre inculto —o culto, pero capaz todavía de percepciones inmediatas—, el caso de Huerta es un caso perdido y Huerta condenado desde luego por traidor, por usurpador y por asesino del Presidente Constitucional de México, Francisco I. Madero. Esto lo ve cualquier criatura con tanta facilidad como si se tratase de una de esas adivinanzas estereotipadas y mecánicas. Pero el mismo tema, puesto ante un abogado, resulta objeto de muy nuevas y extrañas interpretaciones. El abogado comienza por rascar hasta los más empolvados rincones de la Constitución; cavila después sobre las probabilidades de que el presidente Madero, preso y en peligro de muerte, se haya dado cuenta de la significación de sus actos al firmar su renuncia; analiza más tarde la opinión del Congreso, rodeado de soldados, es verdad, pero diz que con voluntad para formular su voto; hace, por último, un cómputo de los presidentes asesinados y derrocados en nuestra América Latina, y resuelve al fin. En este análisis, por supuesto, será punto decisivo la circunstancia de que Madero haya renunciado, aunque lo hiciera bajo amenazas de muerte.

Ni por un minuto ocurre a estos señores abogados que en ningún país, así se llame México, puede haber actos legales, ni para lo máximo ni para lo mínimo, con respecto a una situación inexplicable sin la ausencia de la ley, es decir, cuando por el desafuero y el crimen un hombre obliga a toda una sociedad a acatar actos que suponen la supresión de la ley misma. Resulta absurdo buscar siquiera una sombra de legitimidad en la investidura de Huerta si entre los considerandos figura éste: que en el instante preciso en que el soldado criminal se hacía dar esa investidura, la ley no existía para defender al presidente de la República. Cuando Huerta se apoderó del presidente Madero el estado legal desapareció de México como por encanto. Quedó, omnímodo, un soldadón, con el sable al cinto y muchos millares de soldados a la espalda, dispuesto a todo y dueño de todo; dueño de hacer hasta presidentes de quince minutos.

El señor Calero es lo que se llama un mexicano distinguido. Ha sido embajador en Wáshington, miembro del Senado de la República, candidato a la presidencia de su país. Su personalidad, como la de todos los políticos mexicanos, ha sido muy discutida, muy censurada y muy alabada -—más censurada que alabada—. Se le elogia su participación en algunas de las reformas que llevó a cabo don Olegario Molina, ministro de Porfirio Díaz, y también sus trabajos en la formación del frustrado Partido Democrático de México. Se le censura su educación porfirista, su actitud respecto de Madero, su amistad política con Huerta y, últimamente, el buscar apoyo en el Partido Republicano de los Estados Unidos para que en México se erija un gobierno formado por él y sus amigos.

 

MÉXICO Y LA RELIGIOSIDAD CONTEMPORÁNEA

 

Somos nosotros —los mexicanos— naturalmente irreligiosos; nunca quizás, o muy pocas veces, tenemos "el sentimiento profundo de nuestra dependencia" —como decía Schleiermacher—; nuestra religión es religión de partido político, airada y corajuda. Cuando creemos, domina en el fondo de nuestra devoción la rabia de que otros no crean; y cuando no creemos, cuando somos liberales, cuando somos ateos, nuestro descreimiento es un motivo de polémica y de ataque, no de serenidad. ¿Esto explica que hasta México no haya llegado aún la moderna inquietud religiosa de los pueblos occidentales? ¿Lo explica la penuria de nuestro pensamiento filosófico? ¿Es consecuencia de ambas cosas? México ha producido, esporádicamente, un Antonio Caso, un espíritu susceptible de elevarse, por sobre nuestras cabezas, hasta el verdadero sentimiento de Dios. Pero nada más.

Mientras tanto, en los países europeos aparece mayor cada día el ansia por reencontrar la fe. Durante la Guerra particularmente, y después de ella, la necesidad de valores sobrenaturales que conforten del horror y del dolor se ha hecho más y más imperiosa. A la simple disposición teórica anterior a 1914, representada por hombres como William James, como Bergson, como Richet, sucede hoy una angustia general —supersticiosa y emotiva— que invade las regiones más humildes del pensamiento y el sentimiento de los pueblos. No hace mucho, en Inglaterra -—país tan propenso a sentir a la divinidad— H. G. Wells, autor de novelas fantásticas, escritor de libros populares, vulgarizador de socialismo y política, sintió junto a sí a Dios, revelado como un Rey Invisible, y publicó su profesión de fe. De allí a poco, en campos todavía más modestos, sir Arthur Conan Doyle, universalmente conocido por sus novelas policiacas, se convertía a una nueva religión, con la cual —él así lo esperaba— volvería la humanidad al cristianismo primitivo. Y en torno a estos hechos, síntomas de estados de ánimo generales, se produce simultáneamente todo un movimiento de análisis e interpretación, se fundan sociedades, nacen sectas, se somete la nueva fe a la prueba de las obras buenas y útiles.

En México no entenderemos nunca la generosa sinceridad de esos impulsos sociales ni la candidez de los pueblos que se dejan arrastrar por ellas. Los mexicanos somos irónicos, escépticos. Nos hemos refugiado en una lógica elemental, amiga de nuestro materialismo, o en la idolatría más grosera: querríamos para Dios —como para Carranza, para Villa, para Félix Díaz— la glorificación sangrienta o el fusilamiento sumario. En nuestra alma mexicana la razón siempre es esclava de la pasión. No respetamos las ideas ajenas; no nos estremece el temor de equivocarnos.

Afirma Conan Doyle que, según los mensajes de los espíritus, la otra vida está llena de ventura y sencillez. Como en la evolución de la naturaleza, en la cual los estados se suceden sin soluciones bruscas, al salir de este mundo los muertos se encuentran en otro tan semejante, que muchos de ellos se convencen difícilmente de su paso a otras regiones. Allí no hay ricos ni pobres y todos trabajan según su vocación. Existen, sí, círculos punitivos, mas no círculos de tortura: esferas de alivio para las almas débiles, curadas luego por la tristeza. En ese mundo posterior al nuestro las almas de los niños crecen hasta perfeccionarse y las de los ancianos se libran de la fatiga de la edad, reasumen el vigor adulto, son para siempre almas de treinta y cinco años —las masculinas— y de treinta las femeninas.

Así, poco más o menos, se expresaba Conan Doyle en una conferencia dada en Manchester recientemente y comentadísima en Inglaterra y los Estados Unidos. Y al recordar sus palabras no puedo menos de imaginar la sonrisa con que las acogerán los lectores de esta página. Escéptico e irónico, como todos los habitantes de la altiplanicie mexicana, yo también he estado a punto de sonreír. Yo también soy laico, descreído, ateo; y tampoco yo he visto de cerca, en punto a religiones, más que las formas mecánicas de nuestro catolicismo. Sin embargo, mi sonrisa no llegó a formularse, no llegó a ser, aunque no creo en nada, aunque nada espero ni nada deseo para después de mi muerte. ¿Acaso será que surge en mí, ante estos anuncios de un nuevo contacto con Dios, ante estas visiones contemporáneas del futuro destino de los hombres, la imagen de viejas beatitudes? Wells dice: "El verdadero Dios no es un dios infinito, ni omnisciente, ni todopoderoso, sino perfectamente limitado y humano, ajeno a la Creación —tan ignorante de ella, acaso, como los hombres mismos— y no por necesidad relacionado con el Incognoscible (con el ser velado) que pueda estar detrás de todas las cosas." Y no sé si tales palabras, tales herejías, tales atentados contra la lógica y la teología son un pedante desvarío o una iluminación. Conan Doyle, el creador de tipos novelescos para colegiales y gente sencilla, y H. G. Wells, pintor de la vida lunar y de las sociedades milenarias de edades futuras, ¿pueden llamar a las puertas de nuestro espíritu para agitar lo más profundo de nuestra intimidad? Hay una desproporción enorme entre la conducta mundana de estos hombres modernos, tan armónicamente enlazada con nuestros útiles y nuestras máquinas, y el giro súbito con que se vuelven hacia sus semejantes y les explican a Dios, un Dios necesariamente contemporáneo, hecho también a las máquinas y a los útiles. Algún valor, empero, debe de encerrarse en los nuevos actos de fe; un valor igual, sin duda, al de la fe de todos los siglos. ¿Quién dirá nunca en qué hombre se está haciendo el santo ni cuál es el verdadero elegido para mostrarnos a Dios? En los comienzos, Asís rió de San Francisco.

Sea como fuere, en estos precisos instantes hay en los Estados Unidos y en Inglaterra multitud de hombres y mujeres que cavilan gravemente, sinceramente, sobre las palabras de los nuevos predicadores, grandes y pequeños; hay grandes muchedumbres prestas a oír, fuera de su alma, el eco verbal, la descripción plástica de su propia desazón. Y tal actitud respecto de las cosas piadosas, a la vez ingenua y seria, es el supremo atributo de un pueblo, de una nación, de una raza. Cuando la verdadera piedad mora en los corazones, las manos trabajan para el bien. Los más grandes países del mundo son los países de la íntima piedad.

 

 

 

1.- Bilimbique es el nombre popular con que se designa en México el papel moneda emitido por las facciones y los gobiernos revolucionarios desde 1913. La palabra data de entonces.

 

Guzmán Martín Luis. Obras Completas. México. FCE. 1984. Vol. I, pp. 31-55.