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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal y no recibe ni ha recibido financiamiento público o privado.

 

 
 
 
 


1915 La maldición del gran tamaño. Louis D. Brandeis.

Enero 25 de 1915

 

DIRECTOR FRANK P. WALSH. ¿Acaso [...] los directores financieros, en su opinión, señor Brandeis, tienen conocimiento suficiente de las condiciones industriales y sociales para poder dirigir las políticas laborales que afectan a cientos de miles de personas?

BRANDEIS. Creo que la mayoría de ellos carecen de esa capacidad; pero más importante aún es que ninguna de estas personas, ni nadie más, puede enfrentar adecuadamente estas dificultades sin un conocimiento mucho más profundo de los hechos del que es posible que tengan los hombres que pretenden tener voz en tan diversos negocios. Se ven impedidos de alcanzar la comprensión no sólo por su enfoque y sus motivos, sino por sus limitaciones humanas. Estos hombres se han esforzado en abarcar un ámbito mucho mayor del que es posible que un hombre abarque, y sin el profundo conocimiento de los hechos no es posible que hagan frente a los problemas.

DIRECTOR WALSH. El que muchos consorcios tengan miles de accionistas, entre los que se cuentan un gran número de empleados, ¿afecta de algún modo la política de estas grandes corporaciones?

BRANDEIS. NO creo que el hecho de que los empleados tengan acciones —lo que prácticamente sería una participación insignificante, considerando su porcentaje respecto al número total de accionistas en los grandes consorcios— mejore las condiciones de trabajo. Pienso que su efecto es más bien opuesto [...].

Mi observación me lleva a pensar que aun cuando muchas causas conducen a la intranquilidad, una sola es la causa fundamental. Se trata del conflicto inevitable: el contraste entre nuestra libertad política y nuestro absolutismo industrial. Políticamente, somos tan libres como podemos. Cada hombre tiene voz y voto; y la ley emprende enormes esfuerzos por permitir que cada hombre emita su sufragio político sin temor, cosa que prácticamente ha conseguido. Por tanto, cada hombre tiene su parte; y sin duda puede participar en el gobierno del país en lo que se refiere a todas sus relaciones políticas; esto es, en todas las relaciones que se determinan directamente por la legislación o la administración gubernamental.

Por otra parte, la posición del trabajador común al enfrentar las dificultades de la industria es exactamente la opuesta. El empleado individual carece, en efecto, de voz y voto. Y, a mi juicio, la principal objeción que puede adelantarse contra los grandes consorcios es que hacen posible, y en ocasiones inevitable, el ejercicio del absolutismo industrial. No sólo se trata del caso del trabajador individual que se opone al patrón, quien, aun siendo razonable, promueve una situación grave que obliga a intervenir a un sindicato para proteger los derechos del individuo, sino que tenemos también el caso de un patrón tan poderoso, tan bien organizado, con tal concentración de fuerzas y con tantas facultades de reserva y capacidad de enfrentar huelgas y otros esfuerzos sindicales, que la masa pobremente organizada, aun la de los sindicatos poderosos, es incapaz de manejar semejante situación. No tratamos aquí el tema de las causas, sino el de la condición. Ahora bien, los grandes consorcios y los administradores de las compañías poderosas actúan, la mayoría de las veces, por los mismos motivos que mueven al dueño de una compañía diez veces más pequeña. Ninguno de ellos desea que su libertad se vea coartada; pero el mínimo interés los lleva a concluir que tiene que suceder así, si se trata de enfrentar a un sindicato de importancia. Pero cuando se ha alcanzado un enorme poder financiero —cuando existen estas poderosas organizaciones, que fácilmente pueden reunir fuerzas de todas las regiones del país, que pueden desembolsar grandes cantidades de dinero ante cualquier conflicto para cumplir con lo que juzgan sus principios, y aun hacer frente a grandes pérdidas— se tiene, necesariamente, una condición de desigualdad entre dos fuerzas opuestas. Semejante conflicto, aun cuando se libre con los intereses más limpios y con la firme determinación de buscar lo mejor, no sólo para la compañía sino también para la comunidad, conduce, no obstante, al absolutismo. La consecuencia en los casos de estos grandes consorcios, bien puede devenir absolutismo benévolo, pero absolutismo al fin; y esto es lo que hace a los grandes consorcios tan peligrosos. Dentro del Estado se desarrolla un Estado tan poderoso que las fuerzas habituales de la sociedad y de la industria resultan insuficientes para salir adelante.

Ya he señalado, señor director, que el asunto que usted planteó respecto de los empleados de los grandes consorcios se relaciona con su condición física.

Ciertamente, su condición mental es igualmente importante. La intranquilidad, a mi juicio, no puede eliminarse nunca —y por desgracia nunca podrá eliminarse— sólo con mejoras en condición física y material del trabajador. Si fuera posible, correríamos el riesgo de mejorar su condición material y reducir su condición humana. Siempre debemos considerar que, a pesar de lo mucho que deseemos el mejoramiento material, y que lo deseemos para bien del individuo, los Estados Unidos son una democracia y que, ante todo, lo que tenemos son seres humanos. El desarrollo de la humanidad es lo que debe buscar todo sistema industrial o social. Los estadunidenses estamos comprometidos no sólo con la justicia social, al evitar cosas que traigan daño y sufrimiento, como la distribución injusta de la riqueza, sino también, principalmente, con la democracia. La justicia social por la que luchamos es un aspecto de nuestra democracia, no el propósito último. Más bien se trata de la consecuencia de la democracia —acaso su expresión más elaborada—, pero depende de la democracia, lo que significa el gobierno del pueblo. Y por tanto, el fin por el que debemos luchar es la realización del gobierno del pueblo, y eso conlleva la democracia industrial tanto como la democracia política. Esto significa que los problemas de una empresa ya no deberían ser sólo problema del patrón. Las dificultades de su negocio, y no se trata solamente del negocio del patrón, son las dificultades de todos. El sindicato no puede desplazar al patrón la responsabilidad de las condiciones, tampoco puede éste insistir en determinar, de acuerdo con su voluntad, las condiciones que han de imperar. Los problemas que existen son problemas de la empresa; son las dificultades del patrón y del empleado. Compartir las ganancias, aunque se trata de modo libre, no puede ser la solución del problema. Esto sólo significaría dividir las ganancias del negocio. Semejante división puede resultar perjudicial, o acaso ser beneficiosa, dependiendo de cómo se lleva a cabo.

Debe existir una división no sólo en las ganancias, sino en las obligaciones. Los empleados deben tener oportunidad de participar en las decisiones concernientes a sus condiciones de trabajo y al modo en que se administrará el negocio. Deben aprender a compartir esa responsabilidad asumiendo las consecuencias de sus errores graves, como debe hacerlo el patrón. Pero el derecho de colaborar en la toma de decisiones, el derecho a cometer sus propios errores, si los hay, es un privilegio que no debe negarse al trabajador. Debemos insistir en que el trabajador comparta las responsabilidades para bien de la empresa.

Ahora bien, eso es lo que poco a poco sucede en los negocios pequeños. La objeción más sería que se puede hacer a las grandes compañías es que la forma de organización, la falta de interés por parte de los accionistas y su dirección alejada de los hechos, niegan, casi de manera inevitable, la participación habitual de los empleados en semejante administración. Los gerentes ejecutivos se convierten en administradores a cargo de los detalles de operación del negocio; sólo ellos entran en relación directa con el trabajador. Así pues, perdemos la cooperación necesaria que surge naturalmente del contacto entre patrones y empleados: lo que las aspiraciones estadunidenses de democracia exigen. En el absolutismo resultante encontraremos la causa fundamental de la intranquilidad que ahora prevalece. No importa lo que se haga con la superestructura, no importan las mejoras que se logren en un sentido o en otro; si no erradicamos esa dificultad fundamental, la intranquilidad no sólo continuará, sino, en mi opinión, aumentará peligrosamente.

DIRECTOR WALSH. Según su experiencia, señor Brandeis, ¿cuál diría usted que es la responsabilidad de estos llamados “accionistas” en los salarios, condiciones de las fábricas y demás ámbitos en los que están financieramente interesados? [...].

BRANDÉIS. [...] La obligación de un director debe considerarse absoluta. Desde luego, acabo de decir que una de las más graves objeciones a los grandes consorcios era que los directores no supieran lo que sucedía y, por tanto, no pudiesen emitir un juicio inteligente sobre el asunto de las relaciones entre patrón y empleado, puesto que desconocen los hechos.

Nadie puede formarse un juicio digno de valor sin un conocimiento detallado y profundo de los hechos, y las circunstancias de estos señores —en su mayoría banqueros de importancia sumamente ocupados y vinculados con diversas asociaciones—; el hecho de que estos hombres no puedan conocer la situación es algo que me lleva a oponerme a un sistema en el que los mismos hombres son directores de distintas compañías. Dudo de que alguien que se compromete en algún asunto de importancia tenga tiempo de ser director de más de un consorcio. Si trata de conocer los asuntos de ese consorcio tanto como debería, no sólo para bien de los accionistas, sino para el de la comunidad, tendrá un ámbito de estudio que ciertamente le ocupará todo el tiempo disponible.

DIRECTOR WALSH. ¿Ha observado usted, señor Brandeis, que en el desarrollo de estos grandes consorcios, el porcentaje de acciones que podría dominar, en la práctica cotidiana no tiene el control [...]?

BRANDEIS. [...1 Estos consorcios no están dirigidos por la mayoría de las acciones; el dominio depende principalmente de la posición. Y esto es consecuencia casi inevitable de la vasta distribución de las acciones.

Desde el punto de vista de la comunidad, el bienestar de los trabajadores y el de la compañía, lo que se llama democratización de la propiedad por medio de la distribución de las acciones es algo absolutamente perjudicial. Una vasta distribución de las acciones elimina la responsabilidad de los accionistas, en particular de aquellos con una participación minoritaria de 5, 10, 15 o 50 acciones. Se dan cuenta de que no tienen ninguna influencia en un consorcio cuyo capital es de cientos de millones de dólares. Por consiguiente, consideran inmaterial todo acto que puedan emprender, o dejar de realizar, y el resultado es que se hace casi imposible echar fuera a quienes tienen el control, a menos que ocurra tan gran escándalo en el consorcio que hiciera clara la necesidad de alianzas entre gente ajena a ese grupo para protegerse. Acaso esa medida no sea suficiente para asegurar una nueva administración. Esto sólo sucede cuando los poderosos son despedidos por haber sido hallados culpables de prácticas censurables que han tenido como resultado caídas financieras.

La vasta distribución de las acciones es, en mi opinión, uno de los peligros más serios para la comunidad, en lugar de ser una bendición. Se trata de la falta de interés de los propietarios, actitud de la peor clase. Es más peligroso, mucho más peligroso, que la situación que padecía Irlanda cuando los dueños no velaban por sus propiedades. Sea como sea, allí el control se centra en muy pocos individuos. Por medio de la distribución del dominio nominal entre decenas o cientos de miles de accionistas, se fomenta una especie de absoluta irresponsabilidad. Los pocos que gozan de una posición de importancia siguen con el control absoluto, sin mostrar responsabilidad alguna salvo la de mantener o aumentar los dividendos de sus acciones.

Ahora bien, aun cuando esa responsabilidad es adecuada en un aspecto, puede conducir a medidas que lesionen directamente el interés general.

DIRECTOR WALSH. A manera de ejemplo, tome usted el caso de un consorcio como la Steel Corporation y explíquenos lo que entiende por democratización de la. industria [...].

BRANDEIS. Pienso que la dificultad de aplicar esto a un consorcio, es decir, a uno tan grande y poderoso como éste, consiste en lo siguiente: el negocio es tan grande que es casi inconcebible que quienes mandan puedan notar la necesidad de ceder parte de su poder al empleado.

Pues bien, cuando se niegan a aceptar ciertas políticas laborales, por ejemplo la sindicalización de los talleres, y se resisten de modo violento, la mayoría de los capataces se niegan con absoluta buena fe, convencidos de que cumplen con su deber. Recuerdan los excesos de los sindicatos de trabajadores, así como su obligación de proteger los bienes de los accionistas. Considerando, pues, todo esto y exagerando, sin duda, los peligros de la situación, llegan a la conclusión de que no pueden aceptar las demandas del sindicato. Creen que hacerlo sería “impropio de estadunidenses”, oponerse a nuestras ideas de libertad y tranquilidad. Y juzgan que, habitualmente, sus declaraciones son legítimas.

La posesión casi absoluta del poder les hace creer esto. Se trata, exactamente, de la misma condición que a menudo se presenta en el mundo político.

Sin duda, el zar de Rusia significa lo mismo para sus súbditos que la mayoría de los mandatarios de un gobierno constitucional, o que los poderes ejecutivos en la República. Pero está sometido a un estado de conciencia que no puede superar. Tener el poder en sus manos y ser el juez final de lo correcto o incorrecto le impide ver con claridad la situación y obrar adecuadamente, para dar verdadera libertad.

Casi me resulta impensable que un consorcio con poderes tan concentrados como la Steel Corporation llegara al punto de tratar con sus empleados en términos igualitarios. Y si esto no ocurre, no habrá nada parecido a la democratización. Tratarlos como a sus iguales no sólo significa hacer un convenio; debe implicar una relación continua. Celebrar un convenio con un sindicato es un gran paso. El pacto colectivo es un enorme avance. Pero sólo se trata del primer paso. Para que el pacto colectivo se convierta en democracia industrial, se debe avanzar más y crear, de hecho, un gobierno de la industria: una relación entre patrón y empleado en que los problemas que surjan cada día, cada mes, cada año, se puedan considerar y solucionar como sucede en nuestro gobierno político.

En este sentido, se crean mejores condiciones que aseguran el juicio sensato de cualquier dificultad. Se escucha a los representantes de cada grupo, los cuales luchan por hacer triunfar los intereses que representan. El conflicto de estas fuerzas opuestas produce, a la larga, el convenio. Pero para resolver adecuadamente los problemas comerciales debe haber una maquinaria capaz de enfrentar estas dificultades cuando surjan, cotidianamente. Debéis crear algo semejante a un gobierno del comercio antes de que alcancéis un verdadero acercamiento a la democratización [...].

DIRECTOR WALSH. ¿No cree que la experiencia del pasado ha mostrado que los grandes consorcios gozan de la confianza necesaria para poner en marcha esas reformas por sí mismas?

BRANDEIS. Pienso que toda la experiencia humana muestra que nadie con poder absoluto es de confiar cuando se trata de renunciar a él, aun en parte. Tal ha sido nuestra experiencia con el absolutismo político; no debe ser distinto con el absolutismo industrial. La democracia industrial no puede llegar como una donación. Quienes la desean deben conquistarla. Y si la situación muestra que una organización voluntaria como un sindicato de trabajadores no puede llegar a la democratización de un consorcio, considero que en ello demostraremos que la organización empleadora es más grande que eficiente respecto al interés de la mayoría. Entiendo por “más grande” el que sea en extremo poderosa y tenga demasiada influencia financiera para ser útil al Estado; y éste debe ayudar, de algún modo, a los trabajadores si la democratización ha de asegurarse.

DIRECTOR WALSH. ¿Acaso los trabajadores empleados en los grandes consorcios están, ahora, en disposición de encontrar la solución a sus problemas en las organizaciones sindicales?

BRANDEIS. Pienso que si tomamos el ejemplo de la industria del acero, nuestra experiencia demuestra que, sin duda, no podrían. Y esto se aplica también a otras ramas de la industria. Aun en el caso de consorcios mucho más pequeños que la Steel Corporation, ha sido imposible que los sindicatos mantengan su posición contra compañías enormemente centralizadas, bien administradas y con grandes recursos financieros. Sin embargo, esos consorcios suelen otorgar a sus empleados más salarios y prestaciones de lo que las normas sindicales exigen, con lo que superan la influencia sindical y la democratización. Pero “no sólo de pan vive el hombre”. Debe gozar de libertad en el trabajo industrial, además de buenos salarios.

DIRECTOR WALSH. ¿Piensa usted que la legislación estatal y federal en vigor es adecuada para prevenir los abusos de la industria, en lo que respecta a los empleados?

BRANDEIS. Tengo serias dudas de lo que puede lograr la legislación, salvo en lo tocante a limitar el tamaño de los consorcios. Creo que para abordar este problema laboral, como todo problema de crédito, debemos enfrentar el reto.

DIRECTOR WALSH. ¿De qué?

BRANDEIS. De tamaño. Y al abordar el problema de la democracia industrial enfrentaremos todas las dificultades del asunto de la concentración del poder. Este importante factor, tan relacionado con los temas del crédito, los consorcios y monopolios no es desestimable cuando tratamos el problema laboral. Mientras exista semejante concentración de poder, ningún esfuerzo de los trabajadores por asegurar la democratización tendrá éxito. La idea de que el tamaño no es un crimen es del todo correcta cuando hablamos desde el punto de vista del motivo. Pero el tamaño puede convertirse en un peligro para la comunidad si se consideran sus consecuencias, hasta el punto de tener que establecer límites. Gran parte de nuestras leyes de protección consisten, de conformidad con la experiencia común, en prohibir cosas que juzgamos peligrosas. La concentración de poder ha mostrado ser peligrosa en una democracia, aun cuando ese poder pueda usarse en forma benéfica. Por ejemplo, en nuestras autopistas establecemos un límite al tamaño de los camiones, no importa lo bien que funcionen. Pueden ser guiados por el conductor más capacitado y diligente, pero su solo tamaño es algo que la comunidad no puede tolerar, considerando los demás usos de la autopista y el peligro que entraña su uso generalizado para los vehículos particulares [...].

COMISIONADO JOHN J. LENNON. Ahora bien, he ahí la aplicación de esa idea a la labor de los sindicatos para el mejoramiento físico, el incremento de salarios, el límite de las horas de trabajo y la prohibición de que los niños trabajen en la industria del carbón.

BRANDEIS. Pienso que éstos son beneficios positivos, beneficios invaluables.

COMISIONADO LENNON. ¿Beneficios para la humanidad?

BRANDEIS. Han sido beneficios para la humanidad; y reconocemos que en los Estados Unidos luchamos por la humanidad. Luchamos por la democracia; luchamos por el crecimiento del hombre. He aquí algunos requisitos indispensables para el desarrollo de los hombres: estar bien alimentados, tener vivienda digna y gozar de oportunidades adecuadas de educación y recreo. Sin esto, no podremos cumplir con nuestro propósito. Sin embargo, podemos contar con todas estas cosas y tener una nación de esclavos [...].

COMISIONADO HARRIS WEINSTOCK. [...] ¿En su condición de estudioso de la economía, considera usted que existe la sobreproducción, o se trata, más bien, de infraconsumo?

BRANDEIS. Pienso que se trata de infraconsumo, o de mala distribución. Considero que es verdad que en una época determinada pueda producirse una cantidad de artículos que el mercado no pueda adquirir. Se pueden alterar las condiciones, o producir un artículo que el mercado no demanda. Pero no podemos producir más de lo que potencialmente se desea consumir.

COMISIONADO WEINSTOCK. En otras palabras, ¿mientras existan bocas hambrientas y cuerpos desnudos en el mundo no habrá sobreproducción?

BRANDEIS. NO sólo se trata de bocas hambrientas y de cuerpos desnudos; hay muchas cosas que el pueblo necesita.

COMISIONADO WEINSTOCK. Bien, entonces si trabajamos en condiciones de infraconsumo más que de sobreproducción, ¿es sensato o no disminuir la producción?

BRANDEIS. Considero que establecer un límite a la producción es uno de los mayores errores económicos. Si tomáramos todos los bienes que ahora existen en el país y los distribuyéramos entre el pueblo, no mejoraríamos sus condiciones materiales. El único modo de realizar alguna mejora en la condición de los trabajadores... es no sólo hacer que el trabajador produzca más, sino que todo el pueblo produzca más, así habrá más que repartir [...].

Y en lo que respecta a la administración científica, juzgo que, al introducir el método de producir más, debimos considerar la oportunidad que perdíamos cuando cambiamos del trabajo manual al industrial. Está claro que cuando ocurrió ese cambio, el patrón obtuvo más de lo que debía; y el trabajador no se llevó su parte porque el trabajo no estaba organizado. Ahora que la mayoría de las veces el trabajo está organizado, el trabajador debe insistir en la administración científica. Tiene una causa legítima de queja cuando el trabajo no está bien administrado. Entonces, cuando los procesos de una buena administración están asegurados, el trabajador debe insistir en obtener su parte; y, como dije, considero que su parte debe ser grande, puesto que al introducirse las máquinas, el trabajador no obtuvo ganancia alguna.

COMISIONADO WEINSTOCK. [...] Sería usted tan amable, señor Brandeis, de precisar lo que considera errores de los patrones al tratar con el trabajador [...].

BRANDEIS. Pienso que el principal error que los patrones han cometido ha sido la falta de comprensión de las condiciones y hechos del trabajo. Ha habido ignorancia en esto por parte de los patrones; ignorancia cuya causa está, las más de las veces, en la falta de imaginación. Los patrones no han podido colocarse en la posición del trabajador. No entienden al trabajador, y muchos exitosos hombres de negocios nunca han reconocido que el trabajador representa el aspecto más importante [...].

La otra causa de la dificultad que enfrentan los patrones está en no pensar claramente. Su negativa a tratar con un sindicato se debe, principalmente, a razonamientos equivocados o a ideas falsas. El hombre que se niega a tratar con el sindicato tiene, la mayor parte de las veces, un buen motivo para ello. Está impresionado con “las órdenes arbitrarias del sindicato”. Puede pensar: “éste es mi negocio y el estadunidense tiene derecho a la libertad de contrato”. Cree firmemente que defiende un principio justo, y a menudo está dispuesto a correr el riesgo de arruinar su negocio antes que abandonar ese principio. No ha considerado con bastante precisión que la libertad significa ejercer los propios derechos de modo congruente con los derechos ajenos; esta libertad se distingue del permiso ya que está sometida a ciertas restricciones, y nadie puede esperar salvaguardar la libertad como la entendemos en los Estados Unidos sin ver menoscabados sus derechos cuando es necesario limitarlos en interés público. En el hecho de que muchos patrones dejen de reconocer estas verdades sencillas se halla una razón poderosa para no hacer tratos con los sindicatos [...].

COMISIONADO WEINSTOCK. Por otra parte, señor Brandeis, ¿cuáles considera usted que sean los errores del trabajo organizado? [...].

BRANDÉIS. Pues bien, lo que más necesita un patrón es tener representantes del trabajador que entiendan las dificultades del negocio, cuán serias son éstas, cuan grande la posibilidad de perder dinero, cuán pequeña la ocasión de tener grandes ganancias y cuál el porcentaje de las fallas. Nombremos a un representante del trabajador con gran capacidad en nuestra mesa directiva; hagamos que se involucre en el asunto de emprender o no alguna medida en particular, que trate de considerar las ventajas y desventajas que se muestran, y pronto sabrá sin duda cuán difícil es administrar exitosamente un negocio y cuáles son los peligros de perder el capital [...].

COMISIONADO JAMES O’CONNELL. ¿Piensa usted que todos los asuntos, salvo posiblemente el de los salarios [...] deberían estar regulados por la ley?

BRANDEIS. De ningún modo. Considero que lo que hemos de regular por ley es asunto que sólo se determinará con la experiencia. Sólo debemos regular por ley lo que represente un peligro que las fuerzas del sindicalismo o del trabajo no puedan enfrentar. No es posible promulgar una ley mejor que ésta: que el pueblo debe gozar de la facultad de libre contrato entre sí, salvo en los casos en que la experiencia muestre que las fuerzas prevalecientes impidan contratos cuyos resultados sean justos. Las precauciones que se tomen para proteger a mujeres y a niños, o para establecer condiciones sanitarias y de seguridad de todos los asalariados, se justifican sólo en la medida en que la experiencia muestre que sin ellas sufriremos algunos males. En ocasiones es menester que vayamos tan lejos como sea necesario para proteger a la comunidad de esos peligros, pero no más allá [...].

COMISIONADO O’CONNELL. ¿Goza todo individuo, en tanto asalariado o productor de bienes, de la oportunidad o suerte de proteger sus derechos y velar porque se le haga justicia como asalariado? [...].

BRANDEIS. A medida que la industria crece, las posibilidades de que un individuo pueda velar por sí mismo disminuyen. La autoprotección sólo es posible cuando existe verdadera libertad de contrato. La única libertad de que goza un trabajador es la de dejar a un patrón y acercarse a otro. Pero si ésta es la única alternativa, y el otro patrón no tiene ninguna restricción, entonces el trabajador irá de la Ceca a la Meca, y no contará, en efecto, con protección alguna. Pero en una situación en que el patrón necesite del obrero tanto como éste de él, el trabajador puede disfrutar de alguna protección, aun sin ser miembro de un sindicato. Aunque estos casos cada día abundan menos [...].

COMISIONADO AUSTIN B. GARRETSON. [...]Ha constado ante esta comisión que el dominio —el dominio financiero— de los intereses de la industria y de la transportación nos llevarían hasta algunos grupos bancarios precisos[...] si usted se siente en libertad de expresar sus opiniones, según su experiencia y conocimiento, le agradecería que nos dijese si considera que puede ponerse en claro ese control.

BRANDEIS. Pienso que el asunto puede mostrarse con toda precisión   [...]. Los que niegan el control emplean la palabra control con un sentido restringido. Tratan de hacernos creer que estos individuos precisos no han dicho de modo definitivo: “esto ha de hacerse y esto no”. Pero, en realidad, el control se ejerce, y de modo extraordinario, al existir un gran poder que el pueblo juzga, con toda razón, que puede verse complacido o molesto si se toman o se rechazan algunas decisiones. El gran poder controla sin necesidad de dar órdenes.

 

 

 

 

 

 

[Posteriomente, algunas de las ideas de Brandeis configuraron en el New Deal de Franklin D. Roosevelt]