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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1915 La Querella de México. Martín Luís Guzmán.

Diciembre de 1915

 

 

LA QUERELLA DE MÉXICO

 

Estas breves notas forman parte de una obra donde se estudian, a la luz de la historia, las cuestiones palpitantes de México y las principales figuras de la última revolución. Dos motivos me obligan a no dar a la estampa la mayor parte de la obra mencionada: primeramente, el haber yo participado en la Revolución misma; en segundo lugar, mi deseo de suspender por ahora todo juicio sobre personas, salvo en los casos indispensables.

Como trato de exponer un mal, hago momentáneamente abstracción de las cualidades del pueblo mexicano y sólo me ocupo en notar algunos de sus defectos. ¿De qué serviría el ardid retórico de ir escribiendo un elogio —por merecido y justo que sea— al lado de cada censura? El respeto a la seriedad del asunto, el respeto a la categoría de lectores a que he destinado esta publicación, me aconsejan huir de abuso semejante.

La tarea, así reducida al papel de censura, no podía menos de ser penosa y, en todos los sentidos de la palabra, impopular. Por eso he dado a estas notas una publicación limitada, procurando que sólo lleguen a quienes sean capaces de leerlas sin ira y con provecho.

M. L. G.

 

El insigne Justo Sierra, espíritu generoso, y maestro no tan soñador como lo quiere su fama, nos insinuaba a menudo que si era muy importante el problema económico de México, no lo era menos nuestro problema educativo.

Este juicio, poco original, pero interesante en los días en que la opinión unánime se aferraba a las teorías materialistas, todavía nos parece tímido; en parte, porque nuestra necesidad educativa no sólo es comparable a nuestra necesidad económica, sino que en mucho la supera; y, en parte, por lo equivocado de nuestro concepto de la educación nacional.

En todo caso, si nos es permitido referir los acontecimientos de la vida de un pueblo a lo que obra en ellos como elemento preponderante, no cabe duda de que el problema que México no acierta a resolver es un problema de naturaleza principalmente espiritual. Nuestro desorden económico, grande como es, no influye sino en segundo término, y persistirá en tanto que nuestro ambiente espiritual no cambie. Perdemos el tiempo cuando, de buena o mala fe, vamos en busca de los orígenes de nuestros males hasta la desaparición de los viejos repartimientos de la tierra y otras causas análogas. Éstas, de grande importancia en sí mismas, por ningún concepto han de considerarse supremas. Las fuentes del mal están en otra parte: están en los espíritus, de antaño débiles e inmorales, de la clase directora; en el espíritu del criollo, en el espíritu del mestizo, para quienes ha de pensarse en la obra educativa. Sin embargo, la opinión materialista reina aún y, entendida de otro modo, ha venido a constituir, sincera o falsamente, la razón formal de nuestros movimientos armados a contar de 1910.

En las páginas que siguen he tratado de desentrañar algunas enseñanzas de nuestras convulsiones de un siglo; he querido poner de manifiesto el dato interno que apunta por entre la maleza de conceptos fragmentarios que han informado nuestra vida política doctrinal: padecemos penuria del espíritu.

No soy escéptico respecto de mi patria, ni menos se me ha de tener por poco amante de ella. Pero, a decir verdad, no puedo admitir ninguna esperanza que se funde en el desconocimiento de nuestros defectos.

Nuestras contiendas políticas interminables; nuestro fracaso en todas las formas de gobierno; nuestra incapacidad para construir, aprovechando la paz porfiriana, un punto de apoyo real y duradero que mantuviese en alto la vida nacional, todo anuncia, sin ningún género de duda, un mal persistente y terrible, que no ha hallado, ni puede hallar, remedio en nuestras constituciones —las hemos ensayado todas— ni depende tampoco exclusivamente de nuestros gobernantes, pues —¡quién lo creyera!— muchos hemos tenido honrados. Vano sería, por otra parte, buscar la salvación en alguna de las facciones que se disputan ahora, en nuestro territorio o al abrigo de la liberalidad yanqui, el dominio de México; ninguna trae en su seno, a despecho de lo que afirmen sus planes y sus hombres, un nuevo método, un nuevo procedimiento, una nueva idea, un sentir nuevo que alienten la esperanza de un resurgimiento. La vida interna de todos estos partidos no es mejor ni peor que la proverbial de nuestras tiranías oligárquicas; como en éstas, vive en ellos la misma ambicioncilla ruin, la misma injusticia metódica, la misma brutalidad, la misma ceguera, el mismo afán de lucro; en una palabra: la misma ausencia del sentimiento y la idea de la patria.

Finalmente, por fuera de propósito que llegue a parecer lo que en estas páginas se dice, algo hay en ellas que quedará en pie, aun en el peor de los casos: la afirmación del deber imperioso, insoslayable ya, de hacer una revisión sincera de los valores sociales mexicanos, revisión orientada a iluminar el camino que está por seguirse —la entrada de ese camino que no podemos encontrar—, y no a pulir más nuestra fábula histórica.

 

EL BARRO Y EL ORO

 

Propendemos los mexicanos, por razones educativas, a ver siempre las cuestiones que atañen a nuestro país —tan peculiar en su origen, en sus elementos formativos y en su historia— paralelamente a las que ha suscitado la vida de otros pueblos a los cuales nos parecemos muy poco. No sospechamos que debe existir una substancia propia en el fondo de cualquier idea nacional para que sea fecunda, y que sólo como luces o rectificaciones accidentales pueden añadírsele las influencias extrañas. Bien a causa de nuestra pereza mental; bien por estar acostumbrados al brillo e interés de los aspectos últimos del pensamiento europeo, no buscamos tener vida intelectual auténtica ni en lo que arranca del corazón mismo de los problemas sociales mexicanos. Estamos condenados a cierta condición perdurable de dilettanti. En el mejor de los casos no pasamos de ser solícitos espectadores de cuanto sucede más allá de nuestras fronteras, más allá de los mares. Casi no tenemos arte vernáculo; [1] carecemos de filosofía y ciencia propias; nuestra religión nunca ha provocado entre nosotros conflictos de carácter meramente espiritual. No niego —eso no— que de vez en cuando nos vanagloriemos de no sé qué  investigaciones y descubrimientos mexicanos; tampoco falta en nuestras escuelas la figura de tal cual varón sapientísimo cuya ciencia ponderan todos, todos ensalzan, si bien a nadie es dado comprobarla por sí mismo, pues esos nuestros sabios poco hablan y jamás escriben; ni es raro  en nuestro país el ánimo esforzado de alguno que, de buenas a primeras, se sienta a escribir un libro para enmendar la plana al sabio extranjero del día: en México se desconoce la enorme labor, nunca interrumpida, que se requiere en el mundo de la ciencia para pretender la borla. Vivimos aún en la dorada etapa del genio, del hombre maravilloso que, en un rato perdido, se torna grave y explica el mundo. Además, confundimos las ideas, confundimos los valores: creemos que lo mismo es un abogado que un humanista, un cirujano que un biólogo, un boticario que un químico. Habituados a hojear un libro hoy y otro mañana, suponemos que así se encuentra la directriz de la vida de un pueblo. ¿Hay nada más común, y al mismo tiempo más horrible que esa facilidad con que cualquiera se improvisa catedrático en nuestras escuelas? Y ya no hablo de aquellas ocasiones en que, llevado de un entusiasmo generoso, o ante una laguna inesperada, alguien se pone a enseñar materias extrañas a su especialidad; aludo a la improvisación sistemática, a la creencia de que lo más enmarañado puede aprenderse en un día y enseñarse en el siguiente. Para los mexicanos, el discernimiento es un juego —juego que poco practican—; y como gente que piensa poco, ignoran que nada hay más difícil que manejar ideas. Somos dilettanti.

Pero es lo peor que, con todo este arsenal de superficialidad y pedantería, nos transportamos al terreno de nuestros problemas sociales. Nos resistimos a pensar estos problemas directamente. Casi nada sabemos de la historia de México —porque, como no está escrita, para medio entenderla hay que fatigarse entre muchos papeles—; pero algún manual hemos leído de la historia de Francia, de la historia de Inglaterra o de la historia de los Estados Unidos, y eso nos basta. No sabemos de motín que no sea explicable por el mecanismo de la Revolución Francesa, ni entendemos de Constitución que no se parezca a la Constitución yanqui. ¡Para qué afanarse, si ya todo está resuelto, y tan vigorosamente!... Nuestra realidad patria es triste, es fea, es miserable. ¿A qué estudiarla? Además, estamos tan mal educados, que nuestros sentidos mismos no nos sirven: no sabemos ver, ni somos capaces de palpar. Nos consta que en nuestro derredor existe un desconcierto, una anormalidad esencial, una imposibilidad de seguir viviendo así; pero estamos vendados enfrente de los hechos, revolviéndonos sin saber dónde dar, y pensando no en quitarnos la venda para ver, sino en repasar lo que hemos oído, lo que se nos ha dicho, para descubrir así la verdad. De esta suerte se perpetúan nuestros males. Fuera de los reformadores —a quienes no ha de confundirse con los constituyentes—, nadie ha querido pensar en México la realidad mexicana. Deslumbrados por la mucha claridad que ven nuestros ojos en tierras ajenas, aún vamos a tientas entre las tinieblas que pesan sobre el campo nuestro, incapaces de escudriñarlo y encontrar sus caminos propios. ¿Comprenderemos algún día que, por baja que nos parezca su calidad, el material patrio es el que debemos trabajar, poniendo en él nuestras manos y aplicándole las reglas que le cuadren? ¿Creeremos alguna vez que lo demás es efímero? ¿Qué se hace obra más firme y duradera labrando el barro como barro, que labrándolo como oro?

 

LA INCONSCIENCIA MORAL DEL INDÍGENA

 

Buena parte de las consideraciones que hasta aquí se han hecho acerca del estado actual de postración servil en que yacen los pobladores indígenas de México se funda en una base falsa o, por lo menos, exagerada: el supuesto gran desarrollo material, intelectual y, sobre todo, moral alcanzado por los indios hasta la llegada de Cortés. A esta exageración —engañosa cuando se aprecia el valor de la masa indígena como uno de los elementos constitutivos de la sociedad mexicana— han contribuido diversas causas: la natural tendencia ponderativa de los primeros españoles venidos a América; el noble afán de los frailes de la primera época por hacer la figura del indio más digna de conmiseración; la tendencia de los cronistas e historiadores mexicanos a acrecentar el pasado glorioso de una de las dos ramas de su estirpe.

Pero, a no dudarlo, las cosas deben de haber sido de otra suerte y más en armonía con el aspecto que les conocemos en los siglos coloniales y el que ofrecen aún, al cabo de cien años de vida independiente.

Mucho tiempo antes que la estrella de los conquistadores brillara sobre las tierras que habrían de ser más tarde la Nueva España, las civilizaciones aborígenes de México habían fracasado ya por una circunstancia de orden espiritual. La superstición y el temor religiosos, móviles supremos que todo lo habían encauzado hasta allí, quedaron inánimes a espaldas del progreso material de que fueron origen; presa de su ardor, habían lanzado, con el último magno esfuerzo, las fuentes mismas de su energía, construyendo un mundo superior al verbo de que ese mundo emanaba, y destinado así a perecer desde la misma hora de su nacimiento.

¿Cómo explicarse de otro modo aquella civilización indígena, tan incoherente y extraña si hemos de tener por cierta la esencia de nuestros relatos históricos? Sólo un impulso inconsciente, aunque poderosísimo, pudo producir la avanzada organización azteca en una sociedad inhumana y antropofágica, cuya religión, amasada de supersticiones y terrores, no conoció los más débiles destellos de la moral.

Verdad es que fácilmente se cae en el error de transportar a cada uno de los aspectos de la vida indígena el grado de perfección de lo que fue en ella excelente; y así se ha llegado hasta suponerles un código de moral. Mas todo esto es vano. El culto efímero de Quetzalcóatl, divinidad humanitaria y dulce, y su destierro definitivo, señalan la culminación y descenso del alma indígena, el esfuerzo máximo que ella no pudo realizar y del cual volvió más débil que nunca y, por lo tanto, más inhumana y más cruel.

Fue en medio de este largo periodo de crisis cuando llegó el conquistador, quien, con su ansia brutal y estruendosa, desconcertó y dejó informe un alma que aún no se hacía. Después, ¿qué decir del imperio colonial, régimen de explotación desatada en un país cuya riqueza principal eran los indígenas, régimen sostenido por un sistema tutelar de los espíritus adecuado a aquella explotación? Unos cuantos frailes bondadosos y venerables, los que llegaron con las primeras naves a la Nueva España, cogieron al indígena, lo bautizaron apresuradamente y lo abandonaron después, idólatra aún, en los umbrales del cristianismo. Otros vinieron más tarde, pero ya no a cristianizar ni a predicar como los primeros, sino a explotar y dominar como los conquistadores, a trocar en oro la carne y el alma indígenas. De manos del cacique cruel pasó el indio a las del español sin piedad y a las del fraile sin virtud; ya no perecía por millares elevando pirámides y templos sangrientos, pero moría construyendo catedrales y palacios; ya no se le inmolaba en los altares del dios airado cuyo furor se apagaba sólo con sangre: se le sacrificaba en las minas y en los campos del encomendero, cuya sed de oro no se saciaba nunca.

Desde entonces —desde la Conquista o desde los tiempos precortesianos, para el caso es lo mismo— el indio está allí, postrado y sumiso, indiferente al bien y al mal, sin conciencia, con el alma convertida en botón rudimentario, incapaz hasta de una esperanza. Es verdad que más tarde vino la Independencia, y con ella un ligero descoyuntamiento del régimen colonial; verdad también que andando el tiempo se hizo la Reforma; mas ¿qué han sido para el indio la una ni la otra? ¿Para qué le han servido sino para volverlo a un hábito ya olvidado, al hábito de matar? Si hemos de creer lo que está a la vista, el indio no ha andado un paso en muchos siglos; como lo encontró el conquistador así ha quedado; lo mismo lo alumbró el sol de los siglos coloniales, que el sol de la Independencia y la Reforma, y lo mismo lo alumbra el sol de este día. ¡Mucho es que el desventurado no luzca ya la marca infamante con que le quemaba el carrillo la codicia brutal del conquistador!

La población indígena de México es moralmente inconsciente; es débil hasta para discernir las formas más simples del bienestar propio; tanto ignora el bien como el mal, así lo malo como lo bueno. Cuando, por acaso, cae en sus manos algún instrumento capaz de modificarle provechosamente la vida, ella lo desvirtúa y lo rebaja a su acostumbrada calidad, al de la forma ínfima de vida que heredó. Es innegable que tuvo el sentimiento generoso de su divinidad propia (que después vertió literalmente en las formas externas del catolicismo), de la divinidad de su tribu, en torno de la cual batallaba, sacrificaba y construía; pero ¿habrá sentido alguna vez, verdaderamente, el amor de su aldea, el amor de su suelo? Si su ley ancestral le mandaba, para el caso de ser vencida, acatar y adorar las divinidades del vencedor, ¿no ha de colegirse de allí, y de acuerdo también con su antigua historia vagabunda, que más era un pueblo de religión que no de patria? Tal como hoy la conocemos, la irradiación de su alma no traspasa la linde familiar; ahí acaban sus sentimientos sociales, ahí y en el odio o afecto servil que accidentalmente la une con el amo que la explota.

Ahora bien, si tal es la materia, ¿cuál será la obra que con eso se haga? Naciones sin un ideal, sin un anhelo, sin una aspiración, y en cuyo pecho no vive ni el sentimiento fiero de su raza; naciones agobiadas por no sé qué irritante y mortal docilidad, nunca desmentida, antes experimentada centuria tras centuria, ¿serán capaces, por sí mismas, de imprimir al grupo social de que forman parte otro impulso que el que, negativamente, nazca de su inercia? La masa indígena es para México un lastre o un estorbo; pero sólo hipócritamente puede acusársela de ser elemento dinámico determinante. En la vida pacífica y normal, lo mismo que en la anormal y turbulenta, el indio no puede tener sino una función única, la del perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo. Si el criollo quiere vivir en paz, y explotar la tierra, y explotar al indio, éste se apaciguará también, y labrará la tierra para su señor, y se dejará explotar por él mansamente. Si el criollo resuelve hacer la guerra, el indio irá con él y a su lado matará y asolará. El indio nada exige ni nada provoca; en la totalidad de la vida social mexicana no tiene más influencia que la de un accidente geográfico; hay que considerarlo como integrado en el medio físico. El día en que las clases criolla y mestiza, socialmente determinadoras, resuelvan arrancarlo de allí, él se desprenderá fácilmente y se dejará llevar hasta donde empiecen a servirle sus propias alas. Pero entre tanto, allí queda.

 

LA INMORALIDAD DEL CRIOLLO

 

El mal de origen

Tan ajena es la política mexicana a sus propias realidades (nuestras instituciones son importadas; nuestra especulación política -—-vaga y abstracta— se informa en las teorías extranjeras de moda, etcétera), y tan sistemática la inmoralidad de sus procedimientos, que no puede menos que pensarse en la existencia de un mal congénito en la nación mexicana. Así es, efectivamente. En el amanecer de nuestra vida autónoma —en los móviles de la guerra de Independencia— aparece un verdadero defecto de conformación nacional (inevitable por desgracia): los mexicanos tuvimos que edificar una patria antes de concebirla puramente como ideal y sentirla como impulso generoso; es decir, antes de merecerla.

He ahí la fuente inagotable del desconcierto. Si nuestro primer paso hubiera sido una adivinación, o un avaloramiento frío y concienzudo, o un cálculo egoísta, pero claramente definido, la vida nacional mexicana gozaría de las excelencias de lo primero, de la marcha segura y moderada de lo segundo o de la firme estrechez de lo tercero; mas como, al revés, nuestro primer acto participó de lo ciego, de lo irreflexivo y de lo vago, por lo uno y lo otro habremos de padecer largamente. Este mal de origen es nuestra carne primera, el punto de partida de nuestra individualidad como pueblo y como nación; él ha trazado nuestra vida y nuestro carácter, él nos explica. Nacimos prematuramente, y de ello es consecuencia la pobreza espiritual que debilita nuestros mejores esfuerzos, siempre titubeantes y desorientados.

Dos son los momentos de nuestra historia en los que, con mejor fruto, podemos asomarnos al alma política mexicana —al alma de aquella clase, integrada con cierta unidad, que dirige los acontecimientos sociales de México—: la Independencia y la paz porfiriana. Entre estas dos etapas, la Reforma crece, da frutos casi malogrados, se desvirtúa, y se pierde al fin en la Paz.

La Independencia

Obra fue, en su origen, de una vieja querella, de una vaga exaltación literaria y de una oportunidad.

Hasta México refluyó, tardía ya y casi extinta, la onda de revolución espiritual que había conmovido a Europa y Norteamérica en la segunda mitad del siglo XVIII. Su influencia no fue entre nosotros de aquellas que simplemente aceleran los efectos de un anhelo largo tiempo alimentado y contenido, sino de las que producen un estado de exaltación artificial sobre bases engañosas. El grupo de la sociedad mexicana que se creyó entusiasmado por la idea de libertad pertenecía a la clase opresora y no a la clase oprimida de la Nueva España; no era el material más a propósito para inflamarse al contacto de las nuevas ideas francesas. Pero éstas, y el ejemplo de los Estados Unidos, llegaron en sazón para prestar un motivo de noble desahogo al viejo —y quizás justo— rencor de los criollos por los españoles, y a encauzarlo confusamente hacia una posibilidad atrevida y lisonjera: la Independencia.

Añádase a lo anterior la oportunidad incitante de la invasión napoleónica en España, y todo quedará explicado.

Nuestra guerra de Independencia no fue un movimiento nacional. No lo fue ni por los hombres que intervinieron en la lucha, ni por el espíritu de ella, ni por sus resultados. Nada hay más turbio que la intriga jurídica de 1808, encabezada por el virrey Iturrigaray, falso para los unos y los otros; el noble arranque de Hidalgo es típico de lo improvisado y azaroso; la visión revolucionaria y el genio militar no se conjugan en Morelos con recursos políticos adecuados a los resortes sociales de aquella hora; Iturbide es el símbolo mexicano de la componenda política fraudulenta y de la inmoralidad militar.

La Reforma

Muy trabajosamente había llegado por fin a encarnar en la Reforma lo que al principio fue vaga idea de que la Independencia sólo tenía sentido como un rompimiento interno del régimen colonial. Medio siglo había necesitado el alma criolla para ver la luz. La revolución de Ayutla traía, con los eternos embelecos constitucionales, la verdad circunscrita y adulta de la acción reformadora. Sobre la maleza teorizante de siempre, dominaba la humilde confesión de una decadencia de los espíritus en las clases directoras, y la necesidad de regenerarlos. Se llegó hasta fundar una gran escuela para forjar las nuevas almas.

La paz porfiriana

No hubo tiempo. Sobrevino el régimen de Díaz, el régimen de la paz como fin y de las petulancias sociológicas, el cual, vuelto contra la corriente natural de nuestra historia, soltó de las manos la obra espiritual comenzada apenas, la única verdadera. Los directores de la vida social mexicana, a partir del 70, ignoraron el sentido histórico de su época y mataron en su cuna la obra fundamental que iba a hacerse. Después de la Reforma y la lucha contra la intervención francesa, que dio a aquélla un valor nacional, la única labor política honrada era la obra reformadora, el esfuerzo por dar libertad a los espíritus y moralizar a las clases gobernantes, criolla y mestiza. El régimen de la Paz hizo criminalmente todo lo contrario. Instituyó la mentira y la venalidad como sistema, el medro particular como fin, la injusticia y el crimen como arma; se miró en El Imparcial, periódico inmoral e infame; engendró todos los Íñigos Noriegas de nuestros campos, los lord Cowdrays de nuestras industrias, los Rosalinos Martínez de nuestro ejército.

Ante esta acusación, en quien menos ha de pensarse es en Porfirio Díaz. ¿Qué vale el error o la incapacidad de un solo hombre comparados con la incapacidad y el error de la nación entera que lo glorificaba? No. Piénsese en el amplio grupo que vivía a la sombra del caudillo, y que creyó entender las necesidades de la patria, o lo fingió al menos, de modo propicio al enriquecimiento personal. Piénsese en toda la clase dirigente de entonces, en los jóvenes de veinte años del 70, en los intelectuales maduros de 1890, en los venerables sesentones que recalentaron sus carnes al sol del Centenario. Todos éstos, herederos directos de la obra informe, pero generosa, de los reformadores —las excepciones, algunas de ellas preclaras, no cambian el cuadro—, ¿qué hicieron por su patria? ¿Dónde está el acto o la palabra que los vincula con sus antepasados? ¿Qué esfuerzo hicieron ellos para acabar con la abyección política nacional, con la ruindad política y la mentira política nacionales, con la injusticia nacional, con la profunda, profundísima inmoralidad política mexicana? Tiempo y ocasiones les faltaron para sonreír al dictador y sumirlo más en su creencia miope de que salvaba a la patria; tiempo les faltó para cortejar a los hombres de la camarilla presidencial, o a sus amigos, o a sus criados, a caza de concesiones, favores y empleos. ¿Habrá nada más definitivo, para un valoramiento de la inmoralidad política de mestizos y criollos que el espectáculo de aquellos cientos y cientos de ciudadanos que durante siete lustros no faltaron nunca al dictador para colmar los asientos de las cámaras y las legislaturas? ¡Legiones de ciudadanos conscientes y distinguidos, la flor de la intelectualidad mexicana, prestándose a la más estéril de las pantomimas políticas que han existido! Entre estas glorias mexicanas —que no tienen siquiera la disculpa de la cobardía, pues lejos de ser obligados, faltaban puestos para los solicitantes—, entre estas glorias figuraban nuestros maestros...

Nuestras agitaciones armadas, con ser tan elocuentes, nada nos dicen de nuestra dolorosa verdad junto a las enseñanzas crueles de la paz de treinta y cinco años.

 

BOVARISMO Y CRIMEN

 

En dos campos casi opuestos se distribuye la opinión nacional cuando pretende estimar las cualidades del pueblo de México para la vida pública. Los legisladores, los escritores, los oradores y, en general, todos aquellos que se ven en el caso de exponer su pensamiento de modo permanente y responsable pertenecen, en su mayoría, al campo de la opinión halagadora y optimista. Esta opinión optimista es, por lo demás, la opinión dominante, la opinión popular, la que se saluda con aplausos y entusiasmo y la que ha inspirado la letra de nuestras instituciones; no hay plan revolucionario que no blasone de ella, ni demagogo que no la predique. Cualquiera que sea su grado de verdad, es ella la opinión coincidente con la voluntad patria: en fuerza de escucharla y recitarla, como que ha acabado por incrustarse en el alma mexicana, convirtiéndose en un verdadero tabú nacional. Su enunciado es bien sencillo: "todos los habitantes de México, lo mismo criollos, mestizos que indígenas, son perfectamente capaces de gobernarse dentro de las formas más puras de la democracia".

Otras voces salen del campo opuesto. Ni el que ejerce poder, ni sus amigos y beneficiados, ni nuestros pequeños sociólogos, ni los prudentes empleados, ni los extranjeros explotadores —siempre a medio enriquecer— profesan tamaña doctrina. Los actos y métodos de los gobernantes nos aseguran precisamente lo contrario, y las conversaciones y gestos de la gente seria, de la "gente de orden", lo confirman así. Por supuesto que las apariencias republicanas se guardan: subsisten los escaños de las Cámaras, subsiste la frase "juicio de amparo". Y, en verdad, no es que la opinión pesimista lo sea de modo absoluto y niegue, ni mucho menos, que México sea capaz de un gobierno orgánicamente democrático. No; lo que niega es que todo el pueblo mexicano sea "lo bastante consciente e ilustrado" para intervenir en el gobierno de la República. El pesimista está en un mero desacuerdo parcial con el optimista; a la afirmación rotunda: "todos los mexicanos son aptos", opone la afirmación modesta: "sólo los criollos somos aptos"; cree, con el optimista, que las instituciones mexicanas tienen que ser instituciones democráticas; pero, respecto del indio, respecto de la enorme masa indígena, postrada e ignorante, no sólo asegura que es incapaz para la democracia, sino que ve en ella la verdadera traba que veda al criollo, y a los mestizos a él asimilados, el ejercicio de la vida pública.

El concepto político se transforma así en lo más absurdo e irreal de la tierra: 1º, no toleramos ninguna organización del Estado diversa de la organización democrática; 2°, los indios son incapaces de ella; 3º, los criollos, aptos en sí mismos, quedan reducidos a la impotencia por el peso de la masa indígena. En otras palabras: nuestras instituciones democráticas son condenadas a una existencia hueca y decorativa; "viven como un desiderátum", al decir de un maestro ilustre. Los treinta años del régimen porfiriano vivieron de opinión pesimista, de desiderátum.

Lo falso y peligroso de todas estas teorías no tiene medida. Sólo sin ojos ni memoria puede decirse que todos los mexicanos somos hábiles para las prácticas de la democracia; salta a la vista que los indígenas no tienen las cualidades menores que requiere el funcionamiento orgánico de un Estado democrático; salta a la vista de cualquiera que esté medianamente enterado de las cosas de México, que si el indio no tiene esas cualidades, menos aún que el indio las tiene el criollo. Hay en esto una lamentable confusión, muy natural en quien habla de un útil que jamás ha manejado. Capacidad para las prácticas democráticas no quiere decir grado suficiente de inteligencia para escoger un candidato y entender la ley electoral. Con esto, y antes que esto, ha de ir la virtud, la virtud cívica, el sentimiento de justicia y orden, la serenidad. En 1911 fue muy fácil unificar la opinión de los indígenas y hacerlos votar; el buen resultado hizo llorar de satisfacción a los miembros de la Unión Cívica Independiente. ¡Madero fue elegido por unanimidad! Sólo tres candidatos se disputaron la vicepresidencia. Sin embargo, antes de dos años ya habíamos vuelto al estado de revolución. Los indios votaron bien; los criollos votamos bien. ¿Qué había, pues, sucedido? ¿Por qué la elección menos defectuosa de cuantas México ha hecho, seguida de un régimen de absoluta inviolabilidad personal y de la más perfecta libertad de imprenta que haya existido nunca, vino a dar al fin en la eterna querella? ¿Fue el indio el culpable? ¿Lo fue el criollo? ¿Lo fue el mestizo, incorporado en parte al criollo y en parte al indio?

Después de votar, el indio supo abstenerse; su postración natural le dio apariencia de perfecto ciudadano; no se le volvió a ver hasta el día que regó con sus lágrimas la tumba de Madero. El criollo, en cambio, siguió atento y malicioso el curso de su voto; no cesó de discutir, de censurar, de insultar y calumniar; fundó El Mañana, siguió pagando El Imparcial, alabó El País, rió con El Multicolor, avivó el rescoldo de perfidia mal apagado aún, de las Cámaras porfiristas; en una palabra: se gozó en buscar el mal, en provocarlo y aplaudirlo, sin mirar ni importarle quiénes, y por qué querían ese mal, sino resuelto tan sólo a acabar cuanto antes con el gobierno recién creado, por la simple razón de que aquél era el nuevo gobierno. Y acabar ¿cómo? ¿Esperando el plazo legal y constituyendo un nuevo partido para las elecciones?... Tres años de espera son mucho para la impaciencia criolla, y las elecciones, medio sobradamente laborioso e incierto... No: el golpe de mano, el motín, la traición. Todo lo hubo, y aun algo más: Madero murió asesinado.

En nada había participado el indio. Fue de criollos la obra. Los propios autores del inmundo cuartelazo de la Ciudadela no hicieron sino aprovechar una situación creada por otros, creada casi exclusivamente por la canalla anónima. Los asesinos de Madero no son más ni menos criminales que los inspiradores y lectores de aquella prensa venal e infame que tornó en objeto de mofa e insulto lo que debió ser modesto decoro de un pueblo incipiente. La veleidad de los criollos —movida por el despecho, por el odio, por el dinero, y por el afán de hablilla cruel y despiadada con que se alimenta la ociosa maldad de los perversos y los cobardes— inmoló a Madero, ídolo de la víspera, y con él la mejor oportunidad de México, para júbilo de los reaccionarios y a beneficio de los políticos ambiciosos y los militares sin honor. Victoriano Huerta fue el premio.

Así entendemos los criollos la democracia; así, o como la entendían los diputados de la paz porfiriana: infamia en un caso, ceguera en el otro, crimen en los dos.

Dotes para la democracia, como para cualquier gobierno que valga el nombre, es más que capacidad de entender y arte de leer y escribir y fuerza de obrar; es, primordialmente, virtud: moderación, paciencia, acatamiento, lealtad, justicia. Claro que el indio no tiene esto —ni lo otro—; pero ¿nosotros lo tenemos? La inteligencia acaso nos sobre. Lo que nos falta es la virtud.

 

EL CONCEPTO DE LA EDUCACIÓN

 

El más avanzado parecer acerca del problema de la educación en México —y también el más común y altruista— es aquel que encarece el principio de la educación popular. Se le conoció por vez primera, en forma de propósito claro y bien circunscrito, cuando don Jorge Vera Estañol, ministro de Instrucción Pública en el postrer gabinete de Díaz, redactó su proyecto de Escuelas Rudimentarias. Substancialmente el propósito era éste: enseñar el castellano, el alfabeto y las reglas fundamentales de la aritmética a la clase indígena irredenta, con especialidad a aquella parte que vive lejos de los centros civilizados, en las montañas y en el campo. Así llegaba a hacerse carne de las instituciones públicas un pensamiento casi nacional, cuyos resultados habrían de traernos —todos lo esperaban— la panacea mexicana. En torno del tal proyecto se habló mucho de la misión regeneradora del libro y del periódico —¡bienaventurados los que leyeron El Imparcial!—; de la génesis y los efectos de la opinión pública; de las aspiraciones que despierta en un ser decaído y miserable el vislumbrar un posible mejoramiento, y de otras cosas en el mismo tono. Lo cierto es que el proyecto aludido nació al calor de los primeros movimientos revolucionarios del Norte —al mismo tiempo que las Cámaras votaban la ley de no reelección—, y con visible destino a hacer ruidoso contrapeso a la Escuela de Altos Estudios, creada meses antes por Justo Sierra en medio de una protesta tan general como disimulada. ¿Quién no pronunció entonces en México las palabras sagradas: "No son altos, sino bajos, los estudios que necesitamos"? ¡La pobre escuela! Nunca país ninguno ha gastado más a regañadientes unos cuantos pesos que el nuestro lo que la Escuela de Altos Estudios invirtió en sus primitivos y descabellados planes. [2]

Al triunfo de la revolución de Madero, don Alberto J. Pani, subsecretario de Instrucción Pública, y representante, a la vez, de los intereses revolucionarios y de los fueros de la razón, analizó, para llevarlo a cabo, el proyecto de las Escuelas Rudimentarias, y lo halló equivocado e irrealizable: se habían calculado 200 mil pesos [3] para una obra que requería ¡más de 50 millones anuales! [4] El señor Pani renunció a su puesto; el plan de las escuelas siguió su curso, y los 200 mil pesos se gastaron en inspector por aquí, inspector por allá. Por supuesto que no había nada que inspeccionar.

Pero dejemos aparte los errores del proyecto en cuestión y las posibilidades de reducirlo a proporciones modestas y practicables, según propuso, con acierto, el propio señor Pañi. Lo interesante para nosotros está en ir a las fuentes mismas del pensamiento que le dio vida. El programa de la instrucción rudimentaria fue un verdadero arranque de impaciencia, inspirado en el teorema criollo de ser la ignorancia pavorosa de los indígenas el obstáculo principal para la felicidad de México. En el fondo de ese programa, celebrado a gritos por todos los detractores de la Escuela de Altos Estudios —la cual fue instituida para "crear la ciencia mexicana" y hacer congruente y viva la instrucción de las clases altas—, había esta aseveración tácita: "los criollos dirigentes tienen ya toda la educación que han menester; tiempo es de pensar en los dirigidos, en los analfabetos". Pretendíase, en una palabra, acercar un poco a los miserables indígenas nuestra condición criolla de hombres libres y conscientes, tanto para mejorarlos de suerte, como para abrir las puertas a la felicidad general, al orden, a la vida. El ideal se habría colmado en el punto en que los indios se convirtieran en seres iguales a nosotros, clase que sabe gobernar y gobernarse, dirigir y dirigirse.

El régimen de Díaz, por lo demás, era nido inmejorable para empollar semejantes ideas. El criollo del apogeo porfiriano vivía en florecientes ciudades pavimentadas con asfalto; oía silbar las locomotoras; veía pagarse los vencimientos de la deuda pública con regularidad; sabía que "los presupuestos estaban nivelados" y leía diariamente en El Imparcial el elogio de los hombres del gobierno y los himnos al desarrollo pasmoso del país. ¿Tenía por qué no estar satisfecho? Vagos indicios le llegaban, a veces, de no sé qué rapiñas y crímenes en las altas esferas —que si despojos de tierras, que si concesiones ruinosas, que si peculados—; cuando se le venía encima la maldición de tener que invocar a la justicia sabía que todo era de esperarse de ella menos justicia; a las veces, alguien le hablaba de atentados inicuos, de abyección en las Cámaras, de servilismo en los funcionarios. Pero ¿entendía él bastante de eso? Por algo se estaba en paz; por algo podía él también hacer, de cuando en cuando, lo mismo que los otros, y allá se iban. Es verdad que de la vida social mexicana se habían desterrado las actividades públicas; pero ¿no era ésa la base? Poca política y mucha administración, decía la máxima.

El caso es que todo concurría a producir el engaño en un ambiente tan bien dispuesto a recibirlo. La más alta virtud del régimen de Díaz fue el convencernos de que el problema se había resuelto: las almas, libres de inquietudes, de los hombres de entonces lo atestiguan así. En nuestra cura creyó todo el orbe —los millones de lord Cowdray, a la voz de Limantour, se encargaron de la propaganda— y en ella creímos nosotros, fieles lectores de El Imparcial y espectadores candorosos de todas aquellas ceremonias públicas que lucían en el sitio de honor un enorme escudo con esta leyenda solitaria: Pax.

Había, pues, motivos para dedicarse al indio y desbrozar el sendero de las prácticas democráticas. La suficiencia criolla se veía reflejada en los ricos escaparates de la Avenida de San Francisco, y ello era bastante para sentirse libre, consciente, capaz de todo, hasta de liberar a los otros elevándolos a la propia condición.

¿Error acaso? Los políticos anteriores a la Reforma vieron claramente que las raíces del problema mexicano arrancaban, en derechura, de nosotros, de los criollos, incapaces de concertarnos para vivir; y lo atribuían todo a irreductibles predilecciones por ciertas formas de gobierno —a la monarquía, a la república, al centralismo, al federalismo.

Los reformadores reconocieron la misma fuente del mal y tuvieron la clarividencia de atribuirlo, en parte al menos, no a tendencias hacia divergentes o antagónicas formas de organización constitucional, sino a una condición de decaimiento del espíritu criollo, desmoralizado y embrutecido por la Iglesia católica. Mas el régimen de Díaz trajo una novedad brusca y desconcertante: quitó el fardo del problema de sobre las espaldas criollas, y lo hizo descansar sobre causas de orden económico; trasladó lo espiritual a lo material. No se trataba ya de formas de gobierno ni de incapacidades de los espíritus: se trataba de ferrocarriles, de puertos, de industrias, de bancos —de esto y sólo de esto. Lo que en la mente de los reformadores había sido parte de un programa, en el régimen de Díaz lo fue todo. La gran escuela hija de la Reforma, la Escuela Preparatoria, con sus cátedras de sociología y economía política, comenzaba a dar sus frutos, sólo que en un sentido inesperado. Se hizo frase popular aquello de que "en la base de todos los fenómenos sociales están los de orden económico”. Limantour había sido alumno fundador de la madre Preparatoria; y ¿quién no creyó en Limantour?

De aquí que, tranquilos ya sobre nosotros mismos; olvidada en su cuna la única idea verdaderamente fecunda de la Reforma y de la historia de México, y ante el espectáculo creciente de bancos y ferrocarriles, cuando se vino a pensar en los peligros de una vuelta a las andadas, se cayó, necesariamente, en el "peligro del analfabetismo indígena". Y el error fue absoluto.

Ningún derecho tenían los criollos para creerse en una etapa de vida más avanzada que la entrevista por los reformadores. La paz porfiriana, hecha no ante los verdaderos problemas, sino al lado de ellos, esquivándolos y contrariándolos, no podía significar nada, no tenía ningún valor: era una paz sin política, o, por mejor decir, con la política reducida a las combinaciones que Díaz ideaba para mantener la amistad de sus amigos o la impotencia y la tolerancia de sus enemigos. Díaz logró substituir con la obediencia la política. Y no de otro modo se obtiene esa relativa paz interna de nuestras facciones revolucionarias; en ellas no hay política tampoco, sino pura y simple obediencia. Cuando en un bello y memorable discurso, pronunciado hace dos años en el pueblecillo de Magdalena, del estado de Sonora, Juan Sánchez Azcona encareció a Carranza la necesidad de que todos participáramos en la elaboración de los propósitos revolucionarios, es decir, cuando Sánchez Azcona rompió la obediencia y abordó la política, Carranza hizo, ni más ni menos, lo que hubiera hecho el propio Díaz: envió a Sánchez Azcona comisionado a Europa. Cuando Carranza, alarmado de las muchas batallas que Villa ganaba, quiso reducirle el vuelo dando a otro la ocasión de triunfar en Zacatecas, como Villa se saliera de la obediencia e hiciera política arguyendo sus razones, Carranza desechó la política, exigió la obediencia y prefirió habérselas con un nuevo enemigo antes que consentir en el cambio de sistema. Porfirio Díaz, que era ducho en tales asuntos, elevó a la categoría de axioma su famosa máxima de poca política y mucha administración. Al triunfar, no se hizo ilusiones; a despecho de su título de presidente, siguió sintiéndose, sobre todo y ante todo, jefe de su facción, de su facción que se ensanchaba hasta abarcar el área total de la República, pero que no por eso dejaba de serlo. De aquí el orden, de aquí la paz. Durante treinta y cinco años vivimos bajo un gobierno de facción.

Pero esto, que nos parece hoy tan claro, no pudieron verlo los contemporáneos. Ellos se rindieron al espejismo y se aletargaron ante la apariencia de su regeneración definitiva. Sin empacho de hacer la misma vida de siempre, se olvidaron de sí mismos: olvidaron su incapacidad, olvidaron su ignorancia, olvidaron su mentira, y atribuyeron los malos efectos de estos vicios a la existencia del indígena analfabeto, ¡a la existencia de un ser que casi no existe! Olvidaron que aún estaban en pie —y entonces más que nunca, por los efectos doblemente corruptores del régimen porfirista— el viejo problema de la educación y la regeneración del criollo, infinitamente más necesarias que la educación y la regeneración de los indios.

 

EL VALOR DE LA PAZ

 

Anhelamos la paz. Entre las múltiples inquietudes y las previsiones vagas que nos atormentan, este anhelo es lo único claro e indiscutible: la paz. Y, sin embargo, ¿a quién ha ocurrido preguntarse lo que ella vale realmente? Para el concesionario extranjero, nuestra paz será su lucro; para el científico desterrado, una nueva posibilidad de explotación indirecta; para el comerciante y el productor, negocios menos aleatorios, aunque no tan productivos; para el empleado, el cobro regular de sus sueldos y la estabilidad de su puesto; para muchos, el pan. Pero para México, para la nación mexicana, para la patria mexicana, ¿qué valor tiene la paz? La nación mexicana en masa, con su problema a cuestas, tiene derecho de preguntarnos si su problema se ha de beneficiar con nuestra paz. Porque el interés de un partido, el de ciertos grupos, el individual de cada mexicano podrán aventajar con la paz; pero ninguno de estos intereses, ni todos ellos juntos, son el interés permanente de México.

El interés de México es resolver el problema de su existencia normal como pueblo organizado, lo cual le impiden barreras de incapacidad moral.

Ahora bien, en México sólo un sistema ha tenido buen éxito para la implantación de la paz: el sistema de Porfirio Díaz; y, dadas las circunstancias actuales (los hombres, los grupos y las fuerzas que figuran en la política) sería audacia suponer que se inventara uno nuevo. De suerte que cualquier jefe de facción militante que llegue a sentirse en condiciones de dominar en lo absoluto, creerá no tener ante sí otro camino que el seguido por Díaz: como él, querrá contentar los apetitos de sus partidarios para templarles la ambición; como él, procurará aniquilar, rápida y despiadadamente, a sus contrarios. Hará, pues, la paz con la corrupción y el crimen.

He ahí lo que, a cambio de nuestro bienestar material, se ofrece a la nación mexicana, que sufre las consecuencias deplorables de una perversión moral: la paz a costa de la corrupción y el crimen sistemáticos.

No faltará quien afirme que, así y todo, una vez lograda la paz será tiempo de emprender el resto. Lo mismo decía Porfirio Díaz —a quien habríamos ya perdonado si hubiera tenido el genio de entender las necesidades reales de su patria, si hubiera sabido aprovecharse de esa horrible paz—. Pero de la falsedad y esterilidad de lo que hizo, nos hablan las agitaciones de hoy.

 

LA INTERVENCIÓN Y LA GUERRA

 

Cuando Carranza, jefe de la facción revolucionaria, pide al gobierno de los Estados Unidos lo reconozca como presidente de la República, no hace sino acatar una vieja verdad de nuestra política interior: en México ningún partido político tiene por sí mismo vigor suficiente para dominar; su seguridad y su fuerza exigen el concurso de un poder extraño. El antiguo partido conservador reconoció y exageró el valor de este principio cuando trajo la intervención de Napoleón III: el partido liberal ha contado siempre con la ayuda de los Estados Unidos. El caso reciente de Huerta, henchido de poder, holgado en lo económico, y además libre de reparos en cuanto a los medios, es concluyente. Una palabra de Woodrow Wilson, un no del presidente de otro país, bastó a decidir los destinos de Huerta y los destinos de México. Para imponerse, sólo faltó a aquél el reconocimiento yanqui; Villa y Carranza no anhelan hoy otro auxilio.

Pero hasta qué punto es ya metal acuñado esta sumisión de las fortunas y adversidades de México a los intereses o a la moralidad del pueblo vecino, puede apreciarse —mejor que en nuestro país, donde la verdad se oculta o se tuerce siempre— en lo que acontece en los propios Estados Unidos. Veámoslo.

Bajo el epígrafe "Iturbide es capaz", el New York Times correspondiente al 6 de junio de este año de 1915 publica las líneas que siguen:

Eduardo Iturbide ha estado varios días en Washington, acompañado de amigos personales y consejeros políticos. Con gran libertad, y visiblemente con franqueza, habló esta mañana, en muy buen inglés, respecto de los asuntos políticos de México y de sus propias aspiraciones públicas.

Dice el señor Iturbide que ha estado conferenciando, aquí y en Nueva York, con toda clase de particulares y hombres públicos interesados en que se restaure el gobierno constitucional de México; entre ellos con el secretario Bryan y otros funcionarios del Departamento de Estado. Dice que no tiene conocimiento oficial de que el presidente Wilson lo haya favorecido designándolo como el hombre del momento para México; pero que, extraoficialmente, diversas personas se lo han asegurado así.

El valor de esta noticia es inestimable, no tanto para juzgar al señor Iturbide, cuanto para delimitar nuestro asunto. Sin duda que no son esas palabras la expresión misma del pensamiento de dicho señor, sino la interpretación de un reportero hábil —todos lo son en aquel país— que ha escuchado al señor Iturbide en un momento de "libertad" y de "visible franqueza", y que está muy al cabo de la intensa campaña que el señor Iturbide hace en los Estados Unidos para ganar la silla presidencial de la República Mexicana.

Ahora bien, el señor Iturbide es un criollo de ilustre linaje; entre las prendas históricas de su guardarropa de familia quizás no falte algún manto imperial; él mismo, al discurrir sobre el gobierno que ha de implantar en nuestra tierra, insiste sobre la necesidad de que ese gobierno, si bien aprobado por todo el pueblo mexicano, sea un "gobierno de la clase elevada y respetable"; no cabe, pues, duda acerca de su respetabilidad personal. Agréguese a todo esto la noble modestia de los títulos de que blasona. No lo envanecen ni sus antepasados ilustres, ni su educación, ni su rango, sino un acto minúsculo de mera ciudadanía: recibió la ciudad de México de manos del régimen huertista y supo entregarla, desde luego, evitando el menor abuso y el menor desorden, a los comisionados de la Revolución. Tiene, en una palabra, el generoso orgullo de un humilde, de un insignificante ciudadano.

Por las anteriores consideraciones repugnaría atribuir a bajeza de alma, o a cierta ambición desmedida de mal mexicano, las idas y venidas del señor Iturbide por los Estados Unidos, su campaña en la prensa yanqui, sus conversaciones con "funcionarios y particulares interesados" en los asuntos de México, sus conferencias con Bryan, sus entrevistas a la prensa, "visiblemente sinceras" y en "muy buen inglés", etcétera. No. Sería torpe motivarlo así. La explicación es más fácil, más consoladora, más humana. El señor Iturbide conoce bien este principio de que ahora hablamos y lo pone en práctica. Le consta hasta la evidencia que Villa y Carranza lucharán indefinidamente entre sí, o con futuras facciones, y que en vano se esforzarán por dominarlo todo, en tanto que a alguno de ellos no caiga la bendición del reconocimiento yanqui. Sospecha, además, que ni el uno ni el otro serán al fin reconocidos, y se apresura, por amor a su país, a organizar un partido dentro de los propios recintos de la ciudad de Wáshington, y a acortar camino comenzando por donde los otros no pueden acabar; le parece más fácil, menos peligroso y más seguro hacerse presidente de nuestro país en Wáshington, que pretenderlo en México.

He ahí una confirmación del principio que hace depender nuestra política interna de la política exterior de los Estados Unidos, confirmación sacada de las palabras y los actos de un mexicano que se considera investido de suficiente respetabilidad y prestigio, y dotado del talento y los conocimientos indispensables, para pretender la primera magistratura mexicana.

Busquemos ahora una ratificación de fuente meramente yanqui. El más serio de los periódicos neoyorquinos, The Evening Post, dice en su número del 7 de agosto de 1915, al informar sobre las labores de la junta de representantes latinoamericanos, convocada por el secretario de Estado yanqui para tratar de los asuntos de México:

Parece que ninguno de los diplomáticos latinoamericanos se ha opuesto a esta parte del plan (reconocer a Manuel Vázquez Tagle, ex ministro de Justicia en el Gabinete de Madero, el carácter de presidente de México), si bien algunos de los embajadores estiman que un representante del grupo científico sería el indicado para el puesto. Esas personas, sin embargo, fueron informadas, según se afirma, de que el presidente Wilson se opone a que vuelvan al poder los intereses científicos o conservadores que estaban identificados con Porfirio Díaz.

El presidente Wilson "se opone" a que vuelvan al poder. ¿Hay nada más terminante y definitivo? "¡Se opone a que vuelvan al poder!"

Nuestro propósito al exhibir en toda su desnudez actual esta subordinación política de México respecto de los Estados Unidos, es preliminar indicado para reducir el concepto intervención yanqui a su verdadera amplitud. En torno de estas dos palabras se ha dicho todo lo imaginable, y no poco se ha hecho. La intervención yanqui fue uno de tantos espantajos (el más inocente quizás), en manos de Porfirio Díaz; Huerta la exacerbó, para hacerla materialmente visible y provocar así un quebrantamiento de las facciones revolucionarias, hasta el grado de atraer los proyectiles de los acorazados yanquis sobre los pechos juveniles de los cadetes veracruzanos; en las recriminaciones que nuestros grupos políticos se lanzan los unos a los otros, no falta nunca el "ítem, estar exponiendo al país a los peligros de una invasión extranjera".

Desde el punto de vista de la sentimentalidad mexicana, la intervención yanqui en México puede ser esto, aquello o lo otro; desde el punto de vista de los hechos consumados, consumados históricamente durante un siglo y consumados ahora bajo nuestras propias miradas, la intervención es, cualitativamente, una verdad absoluta e innegable. Los Estados Unidos intervienen de un modo sistemático, casi orgánico, en los asuntos interiores de México. Henry Lañe Wilson, embajador en nuestro país, se sintió en el caso de alojar en sus oficinas la conspiración que acabó por privar de la vida al presidente Madero.

Pero si, cualitativamente al menos, existe una intervención real, ocurre interrogarse sobre posibles y tolerables cantidades de intervención. Porque la hay en grados diversos cuando Woodrow Wilson se niega a reconocer a Huerta, cuando se apodera del puerto de Veracruz, cuando "se opone a que los científicos vuelvan al poder" o cuando, colmando las "aspiraciones públicas" del señor Eduardo Iturbide, y cumpliéndole las "seguridades extraoficiales que le fueron dadas", lo haga desembarcar en puerto mexicano provisto de su "designación de hombre del momento".

De todas estas cantidades una hay en la que, a todas luces, no podemos intervenir a nuestra vez, porque queda fuera de nuestro alcance: los Estados Unidos son dueños del destino de México en cuanto al mayor poder material y autoridad de que gozará siempre el partido mexicano que ellos ayuden. Que es ésta, por razones obvias, muy grande porción de nuestros destinos, nadie lo negará: quien tenga en México el apoyo yanqui, lo tendrá casi todo; quien no lo tenga, casi no tendrá nada; y nadie negará tampoco que ello es irremediable, por ahora al menos.

Pero tal cual se tejen y destejen los asuntos de México en nuestros días, no es remota la posibilidad de que, llevados por la corriente misma de su política intervencionista, los Estados Unidos se vean en el caso de ahondar más la huella y, en una forma u otra, de llegar a desembarcar en nuestro territorio su intervención. Para esa eventualidad precisemos nuestra conducta. Despojémonos de puntos sentimentales y estimemos las cosas del lado del interés de México, que es otra forma de patriotismo, menos vistosa y oratoria, pero más de acuerdo con nuestros recursos y la verdad. Ante el ademán natural y reposado con que la prensa yanqui habla de la "oposición" de Wilson a que vuelva al poder en México este o aquel grupo político; ante el espectáculo del señor Eduardo Iturbide, que declara en público, y con "visible franqueza", saber que el mismo funcionario "lo favorece" escogiéndolo para gobernarnos, a ningún mexicano asiste ya el derecho de considerar lastimado el honor patrio porque se discutan las posibilidades de la intervención. Hacerlo sería ocioso, acaso imbécil, y sólo nos conduciría a aquellos indecoros de la capital huertista, que arrastraba por las calles la estatua de Jorge Wáshington al grito de "¡Burro, Wilson; burro, Wilson!" mientras los yanquis exterminaban las moscas en Veracruz. [5] Menos odio, menos pasión, más sensatez. Si la intervención, en cualquier grado y forma, nos ayudara de una vez para siempre a remediar nuestros males, y luego nos dejara libres, bienvenida ella, y criminales nosotros en rechazarla. Pero evidencia de esto es lo que no existe. Sin duda que, sabiendo aprovechar el momento propicio, cualquiera de las facciones hoy enemigas haría la paz de México si la ayudara el gobierno de la Casa Blanca. Pero esa paz sería un equilibrio engañoso e inorgánico, bueno sólo para hinchar las cifras de nuestras estadísticas, como en el régimen de Díaz, y para colmar las ansias de los algodoneros de Torreón y los petroleros de Tampico; y no se trata de eso. El grupo apoyado redoblaría con su fuerza su inmoralidad y su irradiación corruptora; la ayuda sería para él un motivo más de impunidad. No olvidemos que, pese a las generosidades de Wilson y sus amigos, en ninguna parte es tan popular la doctrina de la mano de hierro para México, como en los Estados Unidos; los cuales, si son John Quincy Adams y Woodrow Wilson, son también Fulano Jackson y Teddy Roosevelt. La paz a toda costa no nos aprovecha, lo sabemos experimentalmente: y la paz de la intervención no sería más que esa paz a toda costa —con el río de fango y de sangre oculto bajo los pies.

La intervención es tan grave para los verdaderos intereses de México. para los intereses de nuestra moralidad fundamental —único medio capaz de ponernos a flote—, que ya no nos quedan más que dos caminos discernibles: o la solución surge por sí misma de nuestras almas decaídas, o surge de una verdadera guerra con los Estados Unidos —verdadera por lo menos en cuanto al estado de los ánimos.

 

1.- Me refiero al arte criollo, no al indígena.
2.- Posteriormente, la Escuela de Altos Estudios se hizo más humilde y llegó a entrever el camino de los resultados útiles.
3. Me veo en la necesidad de hacer estas citas de memoria.
4. Véase: Alberto J. Pani, La instrucción rudimentaria. México, 1912.
5.-Los sucesos a que me refiero son posteriores a la toma de Veracruz por las fuerzas yanquis. En cuanto a este último hecho, lamentamos que el presidente Wilson, con posibles buenas intenciones (confirmadas quizás por actos más recientes), se haya lanzado a una aventura equívoca, sangrienta e inútil, que envuelve, de cualquier modo que se la considere, una humillación para México; lamentamos que Victoriano Huerta, una vez provocado el conflicto, no haya sabido encontrar, en medio de todos sus vicios, un resto de antiguo decoro que le mandara resistir verdaderamente; lamentamos que Venustiano Carranza, siempre intachable en sus relaciones con los Estados Unidos, tenaz siempre —obcecado a veces—, no haya podido mantenerse en la actitud digna, de enérgica protesta, que delineó francamente en su nota-ultimátum al presidente Wilson.
La conducta de estos tres hombres, en cuyas manos estaba entonces el porvenir de México, redujo el conflicto internacional a un incidente militar, sin gloria para los vencedores ni honor para los vencidos, en que se sacrificaron heroicamente algunos mexicanos e inútilmente unos cuantos yanquis.

 

Guzmán Martín Luis. Obras Completas. México. FCE. 1984. Vol. I, pp. 9-30.