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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1915 Manifiesto que concede amnistía a excarrancistas. Emiliano Zapata

Noviembre 10 de 1915.

 

Estados Unidos Mexicanos
Consejo Ejecutivo de la República

AL PUEBLO MEXICANO

La Revolución, que ha interpretado a maravilla la legítima aspiración nacional, ha gritado ¡Tierra! Tierra para todos, puesto que todos tienen derecho a la vida y la tierra es la fuente de ella.

Los planes políticos, los discursos vacíos de los oradores de plazuela, las engañosas promesas de los embaucadores no han encontrado eco en el pueblo, y por eso el pueblo campesino, que es el que más ha sufrido la esclavitud y la miseria, viviendo privado del suelo cuyos frutos cosechaba para el amo, hoy se ha alzado con impulso gigante e incontrarrestable, empuñando la bandera de la reivindicación, dando a cada ciudadano la parte de riqueza a que legítimamente tiene derecho, por su carácter de ser humano y fundándose en el inalienable derecho de vivir que a todos asiste.

Los revolucionarios queremos que todos los mexicanos sean favorecidos por la Revolución y al efecto los invitamos formalmente a aplicar su esfuerzo productor sobre la tierra que habiten.

Queremos que cada mexicano disfrute del producto de su trabajo aplicado a la fuente universal de la riqueza, la tierra, y que pase en el resto del territorio nacional lo que actualmente pasa en el Sur, en donde ya los ciudadanos han entrado en posesión de su lote y cada uno tiene su propia cosecha sin la obligación de entregar la mayor parte de ella al terrateniente latifundista, que antes se llamó amo y señor de la tierra.

El Ministerio de Agricultura, de acuerdo con los preceptos del Plan de Ayala, Ley Suprema de la República y de la Ley General Agraria, ha nombrado las comisiones necesarias para el correcto fraccionamiento de reparto de las tierras, como se ha hecho en todo el Estado de Morelos y se está haciendo en los Estados de México, Puebla, y Guerrero y oportunamente irán a todas partes donde sus servicios hagan falta; entre tanto quiere el gobierno de la Revolución que no se desperdicien las energías laboriosas de los mexicanos y los exhorta a entrar inmediatamente en posesión de las tierras usurpadas por los propietarios, repartiéndolas en la mejor forma para hacerlas productivas, mientras llega el tiempo en que sea posible ratificar o rectificar tal posesión que, sin este requisito, tendrá el carácter de provisional por el momento, pero siempre ampliamente autorizada por la Revolución que hará respetar todo derecho legítimamente adquirido, de conformidad con los ideales de justicia.

Las luchas que se basan sobre la loca ambición de los caudillos, no obstante sus engañosas apariencias de amor al pueblo, son luchas estériles y mancilladas por el crimen.

La Revolución en representación de todos los oprimidos que tristemente vegetan, privados hasta del aire, en la amplia extensión del territorio nacional, no lucha por caudillos, más o menos afortunados, ni por ilusorias teorías políticas, tan amadas por los traficantes de la intriga palaciega, sino por devolver a los desposeídos el usufructo de la tierra, de manera que cada hombre laborioso pueda disfrutar tranquilamente del honrado producto de su trabajo aplicados al origen único de la riqueza: ¡la tierra! ¡esa tierra hasta hoy en manos de los parásitos sociales, explotadores del autor ajeno!

Esta actitud redentora ha hecho que los traidores a la causa del pueblo volteen la espalda despechados y se alejen de la verdadera Revolución para ir vergonzosamente a robustecer las legiones de los renegados, de los especuladores, de los intrigantes, de quienes han vendido su voluntad al despotismo odioso de los verdugos de la humanidad. ¡Tanto mejor!

De esta suerte, el elemento revolucionario queda limpio y purificado de elementos morbosos y tiene el derecho de llamar a su lado a todos los hombres fraternales, justos, tolerantes y laboriosos de cualquier región del país; a todos los revolucionarios de corazón, a quienes ilumina aún la luz del ideal y caldea la lumbre de amor a la humanidad; a los mexicanos sin distinción de creencias religiosas, siempre sagradas, pues pertenecen al intimo santuario de la conciencia ajena que debe ser respetado por todo hombre, de honor; a todos los hombres de buena voluntad que estén convencidos de que la felicidad humana no puede basarse sobre la injusticia que hacen servir a unos como si fueran los siervos de los otros; a todos los llamamos ahora, confiando en que acudirán a nuestro llamado de paz, de concordia y de fraternidad.

No con vanas palabras ni con programas mentirosos queremos atraerlos, sino con el poder mágico de la verdad. No les ofrecemos, ni el oro afrentoso de los dominadores y verdugos del pueblo que insidiosamente ofrecen su ayuda infamante, a cambio de servilismo y abyección, sino el pan bien ganado del trabajo, amasado con la levadura fuerte de la voluntad para libertarse de la tiranía, labrando unidos el destino nacional. Día llegará en que propios y extraños reconozcan la justicia que nos asiste y respetarán la grandiosa obra revolucionaria que hemos emprendido.

A cambio de la cooperación que cada mexicano honrado preste a la causa de la libertad y reivindicación que sostenemos, recibirá al cabo la recompensa conquistada en forma de tranquila posesión, y legítimo disfrute del producto de su labor propia aplicada libremente a la tierra, ya sin el peligro de que venga un vampiro social a despojarlo de lo que pertenece exclusivamente al hombre laborioso.

La Revolución no repartirá dones gratuitos, siempre injustos y que significan el despojo de uno para favorecer a otro.

Ella sólo garantizará el derecho humano de sacar de la tierra los frutos, la misma, mediante el esfuerzo personal, y, al efecto, pondrá a todos en posesión de esa tierra que hasta aquí ha sido el patrimonio de unos cuantos privilegiados en virtud de la injusticia legendaria que ha sancionado el acaparamiento de las fuentes naturales de producción, transformando a los desposeídos en esclavos de los poseedores.

¡Mexicanos! Entrad inmediatamente en posesión de la tierra, en virtud del derecho natural que os asiste como hombres y del deber correlativo de conservar vuestras vidas para realizar la elevación de vuestra personalidad, mediante la educación y enoblecimiento de vuestro ser moral. Por su parte, la Revolución sanciona esta determinación eminentemente justiciera y humanitaria.

El actual movimiento revolucionario de México es eminentemente social y de carácter económico. El equilibrio en el reparto de las riquezas, traerá consigo el bienestar social, la ilustración popular, la recta administración de justicia, la satisfacción noble de todas las ansias de progreso y la definitiva emancipación de los ciudadanos todos que actualmente luchan contra la miseria y el hambre, engendradoras de la tiranía y de la esclavitud que torna a los hombres en seres incapaces de emprender la obra de su elevación y progreso personal, imposibilitándolos para realizar el cultivo de sus facultades, lamentablemente conservadas y adormecidas por aquella misma miseria sin socorro y aquella hambre jamás satisfecha que condena al que la padece a la degeneración y a la muerte prematura.

La redención del pueblo mexicano se hará por los mismos mexicanos. Los apóstoles de la buena nueva, como los primitivos cristianos, somos pobres y desvalidos, pero contamos, como el filósofo de Galilea, con la fuerza vencedora de la verdad, única a la que, en el torbellino vertiginoso de los tiempos, le es dado contemplar el rostro augusto de la victoria.

La verdad, tarda en abrirse paso, tarda en triunfar, pero triunfa siempre. Sobre los campos empurpurados por la sangre de muchos mártires, al fin se alzará la blanca figura de la Paz, iluminando con su gloria las inmensidades del porvenir de México, de ese porvenir, digno del sacrificio y abnegación de los que hoy luchan por que sea de felicidad y de honor nacionales.

Mexicanos, venid con nosotros a cooperar en la magnífica obra de redención para nuestra raza, que se desarrolla ya prácticamente en la región suriana al grito, soberbio de "¡Tierra para todos!", cuyo eco repercute solemnemente, en toda la extensión del territorio nacional.

En tal virtud, el Consejo Ejecutivo, interpretando la voluntad del pueblo mexicano de quien es único representante mientras la Soberana Convención Revolucionaria no se integre, decreta:

Art. 1º Se concede amnistía a todos aquellos revolucionarios de corazón que, habiendo creído erróneamente servir a la causa de la Revolución, militando en las filas de la odiosa dictadura de Venustiano Carranza deseen ahora separarse de ellas para acudir a nuestro fraternal llamado convencidos de las miras reaccionarias del llamado gobierno Carrancista por las declaraciones hechas y la política desarrollada por el expresado Carranza y sus colaboradores en un todo contrarias a las legítimas aspiraciones del pueblo, a los anhelos de los verdaderos revolucionarios y a las promesas del actual movimiento libertario.

Art. 2º Los interesados deberán presentarse a las autoridades militares solicitando la amnistía, haciendo entrega de sus armas, dentro del término de dos meses, transcurrido el cual todos los servidores de la dictadura serán considerados como enemigos de la Revolución y sufrirán las penas que merezcan.

Art. 3º Los amnistiados gozarán de toda clase de garantías y, los que quieran retirarse a la vida privada recibirán un amplio pasaporte para su resguardo.

Art. 4º En todo caso y en cualquier tiempo, por humanidad serán respetadas las vidas de los prisioneros de guerra.

Por tanto mandamos que se publique, circule y se le dé su debido cumplimiento.

Dado en el salón de actos del Palacio Municipal de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, a los diez días del mes de noviembre de mil novecientos quince.

Jenaro Amezcua, Manuel Palafox, Miguel Mendoza López Schwertfegert, Luis Zubiría y Campa, Otilio E. Montaño [Rúbricas]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Espejel Laura, Alicia Olivera y Salvador Rueda. Emiliano Zapata. Antología. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), México, 1988. P. 299-302. [AGN, Unidad de Archivos Incorporados, Fondo Jenaro Amezcua, Caja Única.]