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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1914 Soluciones del Socialismo. David G. Berlanga.

Agosto 9 de 1914

 

 

 

“SOLUCIONES DEL SOCIALISMO”

 

NO tengo la pretensión de traer a ustedes ideas nuevas sobre el asunto que nos ocupa, mi objeto es difundir entre el mayor número posible de obreros los ideales del Socialismo y establecer un paralelo entre dichos ideales y las tendencias de la Revolución.

Es una idea muy general el creer que el Socialismo tiene por fin la repartición de las riquezas, y quiero especialmente hablar algo sobre este objeto.

Es innegable el contraste que hay en nuestra sociedad entre la opulencia y la pobreza, no podríamos nunca confundir a un capitalista con un empleado o un peón, dado que las diferencias tan profundas que existen en nuestras castas sociales, nos dan idea clara de la humillación sufrida por uno y la explotación practicada por otros.

¿Por qué la clase pobre, la clase humilde, que era pobre y humilde en tiempo de Hernán Cortés, conserva en pleno Siglo XX su estado de miseria? ¿Por qué han sido en vano sus esfuerzos? ¿Por qué han sido derramadas inútilmente tantas lágrimas? ¿Por qué no nos hemos rebelado contra ese estado social que denigra nuestra raza?

El estado actual tiene sus antecedentes en la historia; las revoluciones no se improvisan, y si el movimiento revolucionario encabezado hoy por el C. Venustiano Carranza ha encontrado eco en la conciencia del pueblo, es porque dicho movimiento tiene por fin la reivindicación de los derechos ultrajados durante tanto tiempo por las clases superiores. Habíamos tenido miedo levantarnos en armas en contra de los opresores y somos aún víctimas de ese miedo que era en nosotros una enfermedad nacional. Durante siglos enteros hemos sido obligados a doblar nuestra rodilla al oír sonar una campana y durante siglos enteros hemos estado acostumbrados a bajar la cabeza y a decir: yo obedezco cuando ha habido un gritón que diga yo mando. La juventud que ha ido a las aulas para buscar allí fuerzas para su voluntad e independencia para sus pensamientos, ha salido de ellas con el germen del escepticismo que habría de fomentar el derrumbamiento de enfermo carácter. Ha salido de dichas aulas, y en lugar de haber encontrado en ellas entusiasmo y fe para ir de barrio en barrio, de pueblo en pueblo, predicando la razón y combatiendo las injusticias sociales para conducir a las clases engañadas a la conquista de la verdadera felicidad; en lugar de esos jóvenes llenos de entusiasmo y amor, han salido de las aulas enfermos y agotados moralmente, prematuramente vencidos, y sólo de lejos en lejos han surgido voces redentoras que no han acusado de nosotros nada más que México es un País donde hay uno que otro que manda y millones de ciervos que obedecen; unos cuantos que trabajan y millones de perezosos; unos cuantos que se desvelan y millones que duermen; unos cuantos que aman la lucha y sirven al progreso y millones de hombres que viven en la ignorancia y en el vicio.

Desde 1810 hemos venido luchando por acabar con los tiranos y fundar sobre sólidas bases nuestra Nacionalidad; pero la Revolución de 1810 terminó en “tratados” como la de 1910, y entonces como hoy, sufrimos las consecuencias de dichos tratados, porque en 1821 como en 1910, se venció al enemigo y se le aceptó sin embargo entre nosotros mismos, quien continuó su obra de discordia y disolución, oponiéndose a la recta obra del progreso. Así como con el grito de Hidalgo pudimos expulsar a los Virreyes, con el grito de Madero pudimos expulsar a Porfirio Díaz, no hemos podido, sin embargo, expulsar de nuestro propio organismo las debilidades y los vicios que nos tienen encadenados al más lamentable de los estados sociales. En esta vez se borrarán para siempre las páginas tristes de nuestra Historia y nos uniremos para constituir un país invencible, principiando por destruir todo aquello que ha sembrado entre nosotros las diferencias sociales que nos han mantenido esclavos a tradiciones enemigas del progreso. Si como revolucionarios nos hemos visto obligados a cerrar talleres y clausurar fuentes de riqueza, como patriotas estamos obligados a abrir de nuevo los talleres de fuentes de riqueza y a hacer que los únicos templos que existan para el pueblo, sean los templos del trabajo, para que el obrero vaya allí a buscar junto al yunque, el agricultor vaya a los campos a buscar junto al arado, y el minero vaya a las sierras a buscar junto a la barrena, la única, la verdadera regeneración Nacional.

Se creé generalmente que el único medio que hay para conseguir nuestra regeneración, consiste en quitarle a los ricos lo que tienen para dárselo a los pobres, repartiendo así la riqueza de unos cuantos para hacer ricos a otros; pero este es un error, y es un error también considerarlo como solución del Socialismo. El Partido Socialista pretende una riqueza proporcional al producto del esfuerzo individual. Esto es precisamente lo que el Partido Revolucionario también persigue, no con el fin de saciar venganzas, sino inspirado en los sentimientos generales del pueblo, de modo que si dicho Partido hoy armado no cumple los anhelos del pueblo, fracasará en su obra y no justificará su actitud ante la historia. Al no poder justificar el Clero el origen de las propiedades que tiene, como no podrá justificarlo tampoco un Limantour, un Ramón Corral, un Terrazas, un Porfirio Díaz, un Félix Díaz, un Rincón Gallardo, un Fernando González, ni tantos otros acaudalados que no han conocido siquiera los límites de sus propiedades; ahora nosotros, representando la Ley, exigimos la justificación de dichas propiedades, y al no encontrarla, las quitaremos de sus manos para cederlas al pueblo. Mientras unos cuantos españoles se repartieron nuestro territorio y unos cuantos frailes se apropiaron nuestras riquezas, nuestro pueblo siguió en la miseria y los padres se han visto obligados a robar a sus hijos el derecho de instruirse condenándolos al trabajo para poder subsistir. Ahora nos lanzamos a la lucha para dar al pueblo elementos de trabajo y mientras no abramos una escuela o un taller en frente de cada templo, no tenemos derecho a cerrarlos; mientras no hagamos del maestro de escuela el sacerdote de la ciencia y de la virtud, no tenemos derecho a expatriar a los sacerdotes de la superstición y el fanatismo.

No es nuestra labor, labor de destrucción, es labor de construcción, labor de edificación, nuestro objeto no es ir con la tea en la mano incendiando hogares y con el arma preparada buscando de casa en casa a nuestros enemigos personales para saciar venganzas. No es nuestro objeto quitarles el poder a unos para apropiárnoslo nosotros, ni derrocar una tiranía para servir a otra, pedimos hoy con el 30—30 lo que otra vez pedimos por la prensa, y no se nos concedió, pedimos tierra, pedimos trabajo, pedimos escuelas, pedimos nuevas leyes, porque creemos que solamente con dichos medios podremos conseguir la regeneración Nacional que anhelamos. Queremos libros que nos enseñen la verdad, libros y periódicos que nos digan nuestros vicios, que nos hablen de los medios para conseguir nuestro engrandecimiento. Queremos tierras porque tenemos más derecho a nuestro País que los extranjeros que han venido a apropiárselas, y que los hacendados que no han tenido más mérito que venir de padres poderosos. Queremos talleres, que es el taller el verdadero templo donde el hombre eleva su pensamiento, donde el hombre aprende a amar a sus semejantes y a admirar las fuerzas de la Naturaleza. Queremos, en fin, nuevas leyes, leyes que nos den nuestra igualdad política, leyes que aseguren nuestro bienestar, condenando a los usurpadores y asegurando el provecho de las energías empleadas en el trabajo a fin de que, el que tenga más derechos sepa hacer uso de ellos, y el que tenga más riqueza sepa también hacer uso de ella y no convierta el producto de su trabajo en medio de prostitución, ni el uso de sus derechos en recurso para abusar del débil.

Es preciso que los obreros se organicen en centros socialistas, para que se preparen así a ser ungidos con los nuevos derechos que la Revolución les otorga, y hacer uso de sus nuevas riquezas materiales, de sus nuevos instrumentos de trabajo, para que se transformen en verdaderos elementos del progreso y de la fraternidad Nacional. Este es uno de los intereses más grandes de la Revolución. La Revolución no terminará su objeto con establecer un cambio en el personal de nuestra administración pública. Ella tiene el alto deber de fundar nuevas instituciones y nuevas leyes que aseguren el mejoramiento del pueblo y aseguren también la estabilidad de la Nación, uniendo a todos los mexicanos ante un mismo ideal, ante el ideal supremo de la Patria. Y si se nos ha acusado ante el mundo entero de nuestra falta de patriotismo, es porque hemos querido enseñar a amar a la Patria, buscando ese amor en las profundidades de los cielos, olvidándonos que sólo lo hemos de encontrar en las profundidades de la tierra, y el día en que, cada mexicano tenga un pedazo de tierra, podremos esperar de él que sepa morir en defensa de sus derechos, y sólo entonces, cuando cada mexicano sea dueño de un rincón cualquiera del País donde yacen sus padres, del País que lo ha visto engendrar sus primeros ensueños, así, cuando cada mexicano sea dueño de un pedazo de tierra, podremos exigir de él que ame a su Patria.

Es la escuela la encargada de sembrar y fomentar las reformas sociales, y precisamente por temor de que, la escuela redima la clase humillada, ha sido vista con criminal indiferencia por parte de la sociedad y de nuestros gobiernos, y el maestro ha sido blanco de todas las burlas y el objeto de todas las injusticias. Hemos exigido de él que despierte entre los niños sentimientos de igualdad, y él no siente esa igualdad; hemos exigido de él que despierte sentimientos de justicia y él no siente dicha justicia, porque se ve postergado y humillado por quienes debían de sentirse humillados ante él. Ve el maestro el trabajo injustamente recompensado, se ve esclavizado, se ve apartado de la sociedad porque al fin la sociedad abre las puertas de su apoyo a los que fomentan la superstición y la ignorancia y porque al fin los gobiernos han visto un enemigo en cada hombre que sabe leer, y porque al fin el Clero ha temido al progreso y ha estado pendiente para destruir la obra del maestro, y si como dijo un pensador: en cada aldea hay una lámpara encendida: el Maestro; detrás está una boca que sopla: el Cura.

Basta salir a unos cuantos kilómetros de la capital, para ver que en cada hacienda donde hay tres o cuatro casuchas que forman la incómoda morada de los trabajadores, hay un edificio que sobresale, la casa del hacendado y otro edificio soberbio y majestuoso, la iglesia. En muchos barrios, en muchas haciendas, en muchas villas y ciudades, faltarán las escuelas suficientes para los niños, porque al fin los niños no saben reclamar sus derechos ni organizan manifestaciones de protesta; pero no faltará en ninguna parte la iglesia, a quien se le ha dado toda la importancia y toda la protección; pero confiemos en que al fin el triunfo se hará, y la escuela matará a la iglesia. La matará sí, lentamente, la matará a pausas, la muerte de ella será ocasionada por la evolución; será la evolución la que acabe con todas las supersticiones y todas las falsas creencias, creencias que nosotros no podremos destruir volando los templos con dinamita, porque no podremos volar con dinamita cada cerebro humano.

No creáis, Señores, que nosotros nos ilusionamos con nuestra obra anticlerical y veamos en ella el único recurso para combatir con el fanatismo. No podemos con el cierre de las iglesias arrancar de cuajo los sentimientos religiosos tan profundamente arraigados en nuestro pueblo, ni los arrancaremos echando a la lumbre los santos que al fin y a pesar de todos sus milagros arderán porque son de madera. Los sentimientos religiosos están tan profundamente arraigados, sobre todo en nuestra mujer, que no da ésta un paso fuera de su casa ni se decide a emprender alguna obra sin encomendarse a algún santo. Apenas se levanta y reza, al despertar antes de dar los buenos días al esposo, los da al santo de la cabecera y en lugar de llevar al cuello el retrato de aquél, lleva el de algún santo. Antes de dar la cucharada de medicina al hijo enfermo imploran al santo de la devoción. En fin, el mayor número de sus pensamientos están dirigidos a las imágenes y consagran a ellas sus afectos más grandes, sobreponiendo el amor a la iglesia al amor a sus hijos, a su hogar y a su Patria. Está nuestra mujer pues, esclavizada por los sentimientos religiosos y no es posible que vayamos con el 30-30 en la mano, arrancándole de su corazón los altares que ha elevado en el fondo de él a los seres supuestos, porque no es posible que vayamos con nuestras armas para gritarle: “deja de creer o te mato”. Con el poder de la pólvora podremos derrumbar a los gobiernos más poderosos, pero no podremos derrumbar las creencias de un pueblo. Es preciso pues esperar en la obra del progreso acelerado con la cátedra, con la conferencia, con el libro, con la prensa, con la escuela, con las leyes, en fin, con todos los recursos que sirven de fundamento al progreso, para que éste sea el que haga caer del corazón de la mujer los dioses, porque al fin y al cabo son mortales, y al cabo son creados por el hombre mismo.

He aquí otra de las soluciones del Socialismo: dar derechos a la mujer y elevarla a la altura conquistada por el hombre: educándola, combatiendo sus supersticiones, para transformarla en la compañera de nuestros infortunios, en la compañera de nuestras luchas, en la cariñosa amiga que nos aliente en nuestras penas y jamás nos desampare en nuestra vida. Hagámosla digna de nuestro cariño, digna de nuestros pensamientos, redimiéndola por medio del trabajo y veamos en ella la competidora de nuestros empleos, y fundemos así con sus derechos y nuestros derechos; con su moral y nuestra moral; con sus libertades y nuestras libertades; con sus deberes y nuestros deberes; con su amor y nuestro amor, la armonía infinita de la civilización y de la vida humana.

Otra de las soluciones del Socialismo es la “socialización de la autoridad”. Esto es, que la autoridad sea dimanada del pueblo, que sea colectiva, que esté formada de elementos que representen al pueblo y que pueda ser substituida por alguna otra autoridad cuando el pueblo crea conveniente.

Nosotros nos hemos conformado con palabras y hemos aceptado un gobierno que se llama republicano, a pesar de que dicho gobierno ha estado en todos sus actos desligado de los principios republicanos. Y a pesar de las garantías que la Constitución otorga al pueblo, el Gobierno ha burlado dichas garantías y no ha habido más leyes que su voluntad, ni más poder que el de sus armas. Nos hemos conformado con decir que vivimos en República, por más que comprendamos que hay muchas monarquías donde los ciudadanos tienen más derechos que los que nosotros tenemos en nuestra llamada República. En España, donde reina Alfonso XIII; en Alemania, donde reina Guillermo II; en Inglaterra, donde reina Jorge V; en Italia, donde reina Víctor Manuel II; en Rusia, donde reina Nicolás II; en fin, en todas aquellas monarquías antiguas no se han cometido jamás las injusticias ni los crímenes que se han cometido entre nosotros bajo las presidencias, primero de Porfirio Díaz y después de Victoriano Huerta.

¿De qué nos sirve llamarnos republicanos? ¿De qué nos sirve decir que vivimos en una República si jamás hacemos uso de nuestros derechos? Aun está reciente entre nosotros la revolución que tuvo por lema: “Sufragio Efectivo; No Reelección”, y está también reciente entre nosotros el hecho de que, una vez que el Jefe del movimiento revolucionario se transformó en Presidente de la República, reconoció el voto que los hacendados pusieron en las ánforas electorales en representación de los trabajadores que de ellos dependían, y el hecho también de que inauguró su período presidencial con una imposición. Entonces fue cuando se organizó el movimiento contra-revolucionario que no tuvo eco por los procedimientos que empleó y porque tuvo como cuna la más baja y la más vil de las traiciones. Sólo un hombre sostuvo los principios revolucionarios que proclamó, permaneciendo con las armas en la mano luchando en contra de los Gobiernos que se han sucedido después de Porfirio Díaz, pidiendo para su pueblo tierras. Ese hombre fue Emiliano Zapata: fue el que soportó todos los odios, todas las calumnias, todas las injurias, todas las envidias, todas las blasfemias, todas las persecuciones, toda la ira de los ricos, de los poderosos, y permaneció, a pesar de todo, firme con las armas en la mano diciendo: “Si no se cumplen los anhelos de la Revolución de 1910, yo moriré aquí, defendiendo a mi pueblo; si es preciso que él muera al reclamar las propiedades a que tiene derecho, yo moriré aquí, con mi pueblo y reclamando sus tierras”. Y él no será de los revolucionarios que crean que la revolución termine cuando sean dueños de automóviles, porque está en su conciencia que las necesidades del pueblo no quedan satisfechas con transformarse los actuales revolucionarios en futuros científicos, sino que seguirá peleando hasta conseguir llevar a cabo el mejoramiento material del pueblo, que considera como base del mejoramiento moral. Si tenemos fe en que Zapata en el Sur y Villa en el Norte garantizan los intereses materiales de la revolución, preparémonos a la práctica de nuestros derechos y llevemos al pueblo a la práctica de ellos, para garantizar los intereses morales del movimiento revolucionario y constituir así el partido redentor del pueblo, que sepa sobreponer a sus miras personalistas y a sus intereses particulares, las miras del Socialismo, de los intereses generales de la Patria.

Otro de los ideales elevados del Socialismo, el más noble quizá, es fundar una fraternidad internacional y una solidaridad que sobrepase los antecedentes de las razas y los límites de las naciones. Pues bien, para llevar a efecto dicha fraternidad universal, es preciso antes cimentar nuestra fraternidad nacional, constituyéndonos en una familia, en una gran familia, en la gran familia mexicana. Pero he aquí que tropezamos en nuestro País con el obstáculo con que tropiezan los socialistas extranjeros, esto es, el obstáculo de la religión. No se crea con esto que el Partido Socialista pretende convertir a los hombres en ateos. El socialista no ambiciona destruir templos, derribar las imágenes para dañar los sentimientos religiosos, lo que pretende es hacer nacer en cada hombre un culto superior al culto de los santos, y quiere conducir a cada uno a un templo donde vaya a oficiar, no regando flores ni quemando incienso, sino trabajando para conseguir su mejoramiento; quiere, en una palabra, que delante de los dioses de la Patria no haya otros dioses, y que sea la religión de la Patria la que una a todos los hombres, a todas las mujeres, a todos los ancianos, a todos los niños, en una comunidad de ideales, de sacrificios, de amor y de fe.

Los sentimientos que más han sembrado diferencias entre los hombres, son los sentimientos religiosos: ellos son los que han ocasionado los odios más irreconciliables y las guerras más sangrientas; por eso es que se ha pretendido orientarlos en otro sentido, para irlos substituyendo poco a poco con sentimientos más elevados, y que lejos de desunir a los hombres, tengan por fin acercarlos más los unos a los otros, en cuanto sea preciso excluir de nuestro gremio nacional a los directores de las creencias que se han valido de ellas para esclavizar al pueblo; excluyámoslos si ellos se niegan a nuestra obra de regeneración. A este respecto, referiré a ustedes los procedimientos que he empleado en otras partes.

He llamado a los sacerdotes para convocarlos al trabajo, solicitando su ayuda en la realización de nuestros propósitos, les he dicho: “Uds. pueden de una manera muy eficaz colaborar en nuestra tarea si abandonan la práctica de las supersticiones con que han envilecido al pueblo y lo conducen por la práctica de la virtud y la verdad hacia su mejoramiento moral. Uds. son hombres exactamente como nosotros, con las mismas necesidades de nuestro sexo ¿por qué no se casan? Comprendemos perfectamente que hay mucha hipocresía en la práctica de la castidad a que quieren sujetarse, ¿por qué siguen dichos principios? Yo sé de muchos que ven en la virgen de lienzo la imagen de la mujer que aman, sé que presurosos levantan el Cáliz, no por el simbolismo sagrado que haya en él, sino por el vino que contiene. Ustedes no practican la caridad, viven de ella. Si no practican lo que predican, ¿por qué no abandonan todo lo que haya de falso en su misión, y vienen a laborar con nosotros por el bien de la Patria? Yo invito a Uds. sinceramente a que vengan a la lucha, para que, hoy con las armas y mañana con los instrumentos de trabajo o con los libros, consagremos nuestra vida a un ideal que la dignifique, poniéndola al servicio de los intereses sociales. ¿Por qué, tan injustamente Uds. han explotado al pueblo? Yo no puedo creer en la sinceridad de vuestros sentimientos humanitarios desde el momento en que jamás han rehusado la limosna de los trabajadores que tienen un salario inferior a un peso diario”.

Ellos, sin embargo, ellos han preferido vivir explotando las debilidades humanas. Ellos han rehusado mis proposiciones y han preferido marchar al extranjero, porque han preferido la sotana a la Patria.

A la mujer enclaustrada me he dirigido también en tono amistoso para conseguir transformar su manera de ser y convertirla en elemento de progreso, solicitando su colaboración en el trabajo y las prácticas, y virtudes en la educación de sus hijos. Las he visto encerradas durante toda su vida en estrechas paredes y, como son mujeres escogidas por su hermosura, les he hecho ver que debido a sus cualidades físicas, pueden ejercer grande influencia en la vida del hombre. Les he preguntado: ¿Por qué van con la cara cubierta? Uds. tienen derecho a la vida, tienen derecho al amor, levantad vuestros ojos y encended en el corazón del hombre el cariño que pueda fundar la felicidad de un hogar. Yo sé de alguna de vosotras que si aman vuestra iglesia, que si aman vuestro convento, no es precisamente por lo que haya de noble en el simbolismo de dichas instituciones, sino porque en ellas hay un hombre. ¿Por qué no desecháis todo lo que haya de inmoral, de hipócrita en la práctica de vuestras creencias, y dejáis el hábito de monja para trocarlo en el hábito de la obrera o en el hábito de la madre?

Ella, sin embargo, ha preferido su hábito a la Patria.

Como decía a Uds. la religión al hacer de la mujer y del hombre un esclavo y al sobreponer los religiosos sus sentimientos a cualquiera otra clase de sentimientos, viene a constituir un obstáculo poderoso para la práctica de los ideales del Socialismo. El día, pues, que podamos substituir el amor a los santos con el amor a los héroes, habremos dado un paso firme en la organización de nuestra Nacionalidad, logrando conseguir aniquilar los obstáculos que se nos presentan en nuestro camino, para convertir a todos los obreros, a todos los profesionistas, a todos los trabajadores y a todas las mujeres, en miembros de la familia, de la gran familia, de la Familia Mexicana.

El Socialismo persigue la “socialización de los productos”. Esto es que los gobiernos inspeccionen los talleres, las fábricas, las haciendas, las minas y todos los establecimientos mercantiles, a fin de que los productos de ellos sean repartidos de una manera equitativa entre los elementos que contribuyan para la adquisición de la riqueza. Esto es, que el gobierno vigile los intereses del asalariado y establezca relaciones justas entre el capital y el trabajo.

El Socialismo persigue también la limitación del trabajo dentro de los cánones de la moral y de la justicia social, por eso es que reclama a los gobiernos que vigilen por los intereses del trabajador a fin de que marque a los encargados de las negociaciones mercantiles los días y las horas de trabajo de acuerdo con el alcance de las energías individuales. Obtuvieron este triunfo los socialistas extranjeros, y han fundado bajo sólidas bases una efectiva regeneración. Al luchar el Socialismo por conseguir el bienestar del obrero imponiendo a los gobiernos y a los poderosos las condiciones del trabajo, no tan sólo benefician a un gremio particular, sino que benefician a toda una nación y ponen los cimientos de una grandiosa obra de amor para todos los HOMBRES, UNIÓN PARA TODAS LAS RAZAS Y PAZ PARA TODOS LOS PUEBLOS.

Las doctrinas socialistas han sido objeto de burlas y de calumnias, y si bien no han encontrado eco en todos los hombres, es porque no han sido bien entendidas. Los calumniadores nos acusan de que hacemos obra antipatriótica, obra de disolución de la familia, obra de aniquilamiento de las religiones, obra de perversión de los sentimientos humanos, obra en fin, de retrógrados y desconocedores de la Ley, cuando que precisamente luchamos por dar una solidaridad a la familia, por unir a todos los hombres, por borrar todas sus discordias, por combatir todos sus odios, por engrandecer todos sus anhelos, por acabar todos los vicios, por practicar en fin todas las virtudes y fundar el amor a la humanidad en el amor a la Patria, y fundar el amor de la Patria en el amor al hogar.

En el campo socialista se han cometido algunos hechos de armas; pero es que los socialistas han necesitado de las revoluciones para salvar a los pueblos. Así necesitamos nosotros de los guerreros atrevidos que supieron elevar su corazón a la altura de los grandes sacrificios, para salvar a la Patria, derrocando a Victoriano Huerta.

Necesitamos de los hombres que se impongan con el poder de las armas sobre los que usurparon los derechos del pueblo, para despojarlos de la autoridad que han conservado y volvérsela al pueblo porque pertenece más al pueblo que a ellos.

Esta ha sido la labor de los socialistas que dejaron de serlo en los campos de la teoría, para ir a luchar por sus ideales en los campos de batalla. De aquí que los revolucionarios encabezados por el C. Venustiano Carranza, fuimos en un principio objeto de toda clase de injurias y de toda clase de calumnias, porque nuestros enemigos: el gobierno, el militarismo, el clero, y el cientificismo, comprendieron que su hora de muerte se llegaría cuando se realizara nuestro triunfo. Y todo lo soportamos y estamos dispuestos a soportar lo que aun venga en contra nuestra, porque estamos dispuestos a recibir la muerte, peleando en defensa de los intereses del Gobierno, cuando este Gobierno cumpla con sus deberes para con la sociedad, porque sobre los intereses del partido, sobre los intereses del Gobierno, sobre los intereses del Constitucionalismo, sabremos colocar los Revolucionarios Socialistas, los intereses generales de la Patria.

(Tomado taquigráficamente.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Berlanga David G. Conferencia del Teniente Coronel David G. Berlanga en el Teatro “Morelos”, el domingo 9 de agosto de 1914. Aguascalientes. Imp. Pedroza e hijos. 1914.