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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1914 Manifiesto a la Nación. Renuncia de Francisco S. Carbajal como “presidente” de México.

Agosto 10 de 1914

En medio de la más penosa situación que atravesamos desde hace algún tiempo, enconados los ánimos al calor de la guerra civil que divide a la familia mexicana, y personificada la contienda en un hombre -el general don Victoriano Huerta-, se imponía la separación de este señor de la Presidencia de la República, como la única fórmula que calmara las pasiones en los dos bandos contendientes y permitiera bus car una solución pacífica al grave problema político que tanto ha ensangrentado al país. El señor general Huerta comprendió al fin, la necesidad de abandonar el Poder y, al efecto, se dirigió a mí, que desempeñaba la Presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, haciéndome entrega de su alta investidura, previo el respectivo nombramiento de secretario de Relaciones.

AI aceptar las responsabilidades de la situación, lo hice con el objeto de procurar, por todos los medios, terminar la contienda e impedir así la lucha entre hermanos y un derramamiento inútil de más sangre. Era, pues, mi misión puramente pacífica y me hallaba dispuesto a eliminarme desde luego, dado que no me guiaba ningún propósito personalista.

Convencido del triunfo de la Revolución, sin ánimo de contrariar sus ideales, y creyendo de mi deber facilitar la instalación de un nuevo gobierno sobre bases que garantizasen su estabilidad y permitiesen la completa pacificación del país, seguí sin vacilaciones y sin cambiarla en lo más mínimo, la senda que me tracé desde un principio: entrar en negociaciones con la Revolución, reconocer en ella un solo jefe y convenir las bases para la trasmisión del Poder, garantizando vidas e intereses y procurando conservar del Ejército toda su parte noble y sana, para que se incorporase en el nuevo régimen como uno de sus futuros sostenedores.

Con mi actitud y con todos mis actos he dado la plena confirmación de mi honrado proceder.

Desde que protesté el ejercicio de mi encargo puse en libertad a todos los presos políticos, prohibí el fusilamiento de los prisioneros de guerra, recibí a las personas de la Revolución que de mí solicitaron entrevistas, acepté que un representante de la misma ejercitase acciones encaminadas a cimentar, por medios pacíficos, el nuevo régimen; dejé que la prensa tuviese su más amplia acción para opinar, dentro de los términos de la ley, en los asuntos públicos, y he dado toda clase de facilidades para llegar a una solución satisfactoria.

No puede señalárseme un acto personal por el cual se sospeche, aun en parte mínima, que haya pretendido ser jefe de una nueva bandería para mantenerme en el poder, ni que me haya yo prestado como continuador de la política del señor Huerta.

Rodeado de funcionarios públicos sin color político, desarrollando una labor puramente administrativa, sirviéndome de rectos y probos magistrados para que me representasen ante la Revolución, he tratado tan sólo, con todos mis esfuerzos, con toda mi buena voluntad, usando del raciocinio y de la persuasión, de que el advenimiento de la Revolución al Poder se efectuase cuando ya hubieran desaparecido todas las zozobras, convertidas a veces en pánico.

Se me dieron seguridades de que el Primer J efe de la Revolución recibiría a los delegados que yo nombrase para tratar con él, guardándoles las consideraciones debidas a su encargo, y entonces designé una comisión formada por los señores general Lauro Villar, presidente del Tribunal Militar, y magistrado de la Suprema Corte, licenciado David Gutiérrez Allende, la cual salió con dirección a Saltillo, lugar convenido para la celebración de las conferencias.

Desgraciadamente la Revolución no correspondió a mis esfuerzos. Desde que los delegados llegaron a Tampico, han estado incomunicados de hecho con esta capital, sin poder dirigirse a mí o a sus familias, y en todo el tiempo que han permanecido en el campo revolucionario, sólo recibí de ellos un mensaje que dejó pasar, con su aprobación, la censura revolucionaria, en el cual se me manifestaba que a las proposiciones amistosas que llevaba a la Revolución ésta contestó con exigir una rendición absoluta e incondicional. Ninguna voz conciliadora ha salido de los campos revolucionarios. A mis deseos de quitar a la Revolución todo lo que pudiera tener de vengadora, para hacerla sencillamente justiciera y, si posible, humana, la Revolución respondió con una intransigencia absoluta, amenaza de daños graves y de posibles perturbaciones futuras en el país. Por eso, desgraciadamente, el resultado no ha correspondido a mis esfuerzos, pero sí ofrezco a la Nación la seguridad de que éstos han sido patrióticos y bien intencionados.

Viniendo a ser irrealizables mis propósitos, estaría yo dispuesto a continuar la lucha si representara con elementos políticos alguna idea, sistema o forma de conducir a la patria a su salvación. Pero mi situación es distinta; mi papel es otro. La sociedad lo ha comprendido así y mi actitud debe reducirse a la del hombre que, separado de las turbulencias de la política y teniendo en su alta investidura la fuerza moral que permite esperar fundadamente el éxito, pone los medios que le sugiere su razón para conciliar todos los intereses y para salvar de las violencias los restos de nuestra nacionalidad, acaso amenazada, más sin apelar a las armas, que acarrearían muy graves daños a la capital.

En tales condiciones, el Gobierno que represento no debe subsistir; para ello, tendría que tomar el camino que deseaba evitar, consumando una obra de resistencia armada, que la Administración anterior creyó inútil, desde el momento que puso en mis manos el Gobierno de la Republica.

Me separo del elevado puesto que ocupo, en la creencia de haber cumplido con mis deberes para la patria, confiando la vida e intereses de los habitantes de esta capital al gobernador del Distrito Federal. Queda por entero a la Revolución la responsabilidad del futuro, y si en un plazo más o menos lejano viéramos con pena reproducirse la situación a que trato de poner término, se pondrá una vez más de manifiesto la verdad de que con la violencia no puede reconstruirse una sociedad.

Lic. Francisco S. Carbajal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Fabela Isidro. Documentos Históricos de la Revolución Mexicana. Fondo de Cultura Económica. 1962. 4 vols.