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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1914 Informe rendido por Antonio I. Villarreal y Luís Cabrera sobre su entrevista con Emiliano Zapata. Respuesta de Carranza.

Septiembre 4 de 1914.

 

Al C. Primer Jefe del E. c., Encargado del Poder Ejecutivo.
Palacio Nacional.

Resumiendo por escrito el informe verbal que hemos rendido a usted sobre la misión que nos llevó a conferenciar con el general Emiliano Zapata, manifestamos a usted lo siguiente:

Llegamos a Cuernavaca la tarde del jueves 27 del pasado agosto. Estando ausente de esa ciudad el general Zapata, fuimos informados de que llegaría al día siguiente.

Entre tanto, en esa misma noche fuimos invitados por el coronel don Manuel V. Palafox, secretario del general Zapata, para cambiar ideas sobre el asunto que motivaba nuestro viaje. Tuvimos una primera reunión de carácter inoficial, en la que estuvieron presentes los señores Manuel V. Palafox, Alfredo Serratos, general Enrique S. Villa, licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, doctor (sic) Genaro Amezcua, doctor Antonio (sic) Briones, doctor Alfredo Cuarón, Reynaldo Lecona, y algunas personas más. De nuestra parte, el señor Juan Sarabia, el licenciado Cabrera y el general Antonio Í. Villarreal.

En esta primera entrevista, que casi asumió los caracteres de discusión, pudimos comenzar a darnos cuenta del espíritu que anima al grupo, ya en favor, ya en contra del acuerdo que nosotros procurábamos alcanzar entre la Revolución del Norte y la del Sur, así como el correlativo predominio de unas personas de ese grupo sobre otras.

Al día siguiente, viernes 28, como no llegara aún el general Zapata, fuimos nuevamente invitados por su secretario, el señor Palafox, para continuar la discusión comenzada. Concurrieron a esta segunda junta aproximadamente las mismas personas que a la de la víspera. Esta junta se redujo a tratar de nuestra personalidad como representantes del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, de la posibilidad de una entrevista personal en terreno neutral entre el general Zapata y el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y de las posibles condiciones de una conferencia en la que estuvieran representados ambos jefes por sendas comisiones.

Las observaciones que pudimos hacer respecto de las personas con quienes celebramos estas dos conferencias son de poca importancia, fuera de la del predominio absoluto de las opiniones de los señores Palafox y Serratos sobre las de todos los demás. Durante esta segunda conferencia pudimos enterarnos de que las opiniones de estas dos personas se imponían con criterio dominante en el resto de la concurrencia y eran tomadas como la más probable anticipación de la opinión del general Zapata, cuando llegara el caso de tratar con él el asunto.

Merece especial mención el hecho que pudimos observar de que la mayor parte de las opiniones que el señor Palafox nos expresó en la segunda conferencia fueron aceptadas después por el general Zapata.

Por lo que hace a nuestra personalidad como representantes de usted, expusimos que habíamos ido a Cuernavaca aprovechando una invitación que el señor Sarabia nos había transmitido interpretando la buena voluntad que el general Zapata tendría para recibirnos; por lo tanto, íbamos más bien como revolucionarios altamente simpatizadores del problema agrario contenido en el Plan de Ayala, y por tal motivo no habíamos creído necesario proveernos de credenciales firmadas por usted, tanto más cuanto que, de enviar usted representantes propiamente dichos, éstos habrían tenido que ser escogidos libremente por usted y no siguiendo la sugestión hecha por conducto del señor Sarabia.

No obstante esta explicación, pareció causar cierta sorpresa y no poca decepción el saber que íbamos como partidarios inoficiales.

Manifestamos, sin embargo, llevar ciertas autorizaciones verbales de usted, que nos reservamos hacer conocer personalmente al general Zapata.

Por lo que hace al cambio de ideas, comenzamos a efectuarlo con entera franqueza y libertad, procurando hacer conocer nuestro modo de pensar, el de usted y el de la mayoría de elementos revolucionarios; pero a poco andar, pudimos convencernos de que la prudencia aconsejaba este cambio de ideas solamente en el sentido de oír las ajenas sin rebatirlas.

Puede resumirse el criterio del grupo revolucionario con que discutimos, en la forma siguiente:

Violado el Plan de San Luis por don Francisco I. Madero, la Revolución de Ayala debe considerarse como la continuación legítima de la de 1910.

La Revolución de Guadalupe no es más que un incidente en el movimiento, que debe considerarse supeditado al de Ayala.

La Revolución de Ayala, tiene principios y tendencias bien definidos, los cuales están consignados en el Plan de Ayala, mientras que el Plan de Guadalupe no es más que un plan para un cambio de gobierno, siendo esta otra razón por la cual el movimiento del Norte debe considerarse supeditado al del Sur.

El Plan de Ayala contiene diversos artículos cuyo conocimiento es interesante:

El artículo primero es un considerando sobre las condiciones políticas existentes en noviembre de 1911.

El artículo segundo desconoce a don Francisco I. Madero como Presidente de la República.

El artículo tercero dice lo siguiente: Se reconoce como jefe de la Revolución libertadora al ilustre. C. Pascual Orozco, segundo del caudillo don Francisco I. Madero, y en caso de que no acepte este delicado puesto, se reconocerá como jefe de la Revolución al C. general Emiliano Zapata.

En la actualidad, y en virtud de una acta de ratificación del Plan de Ayala, el jefe de esa revolución es el general Zapata.

El artículo cuarto dice: La junta revolucionaria del Estado de Morelos manifiesta a la nación, bajo formal protesta: Que hace suyo el Plan de San Luis Potosí con las adiciones que a continuación se expresan, en beneficio de los pueblos oprimidos, y se hará defensora de los principios que defiende, hasta vencer o morir.

El artículo quinto dice: La junta revolucionaria no admitirá transacciones ni componendas políticas hasta no conseguir el derrocamiento de los elementos dictatoriales de Porfirio Díaz y don Francisco I. Madero, pues la nación está cansada de hombres falaces y traidores que hacen promesas como libertadores, pero que al llegar al poder se olvidan de ellas y se constituyen en tiranos.

El artículo sexto dice: Como parte adicional del Plan que invocamos, hacemos constar: que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la tiranía y la justicia venal, entrarán en posesión de estos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance, con las armas en la mano, la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellas lo deducirán ante los tribunales especiales y que se establezcan al triunfo de la Revolución.

El artículo séptimo dice: En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son dueños más que del terreno que pisan, sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura, por estar monopolizadas en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas, por esta causa se expropiarán, previa indemnización de la tercera parte de esos monopolios, a los poderosos propietarios de ellas, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos o campos de sembradura o de labor y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos.

El artículo duodécimo dice: Una vez triunfante la Revolución que hemos llevado a la vía de la realidad, una junta de los principales jefes revolucionarios de los distintos Estados nombrará o designará un Presidente interino de la República, quien convocará a elecciones para la nueva formación del Congreso de la Unión y éste, a su vez, convocará a elecciones para la organización de los demás poderes federales.

El artículo decimotercero. Provee a las gubernaturas de los Estados por medio de una junta de jefes revolucionarios locales.

Tales son los principales artículos del Plan de Ayala, de los cuales se consideran como declarativos de principios el cuarto, el sexto, el séptimo y el octavo, y como procedimientos, para la realización de esos principios, los demás, entre los cuales merecen atención el segundo, el tercero, el duodécimo y el decimotercero.

Según la opinión dominante en el grupo con quien discutimos la cuestión, el Plan de Ayala está tan profundamente incrustado en la conciencia de los revolucionarios surianos que cualquier cambio que en él se efectuara sería difícil de aceptar. Su derogación o fusión con otro plan sería imposible y no bastaría que el jefe del Ejército Constitucionalista garantizara el cumplimiento de los principios agrarios que contiene, sino que sería necesario que aquél aceptara o suscribiese y elevara a la categoría de principio constitucional el Plan de Ayala íntegro, sin modificación alguna.

Según esa misma opinión, la única forma de entender el triunfo de la Revolución por los zapatistas es que el Plan de Ayala triunfe en todas sus partes; es decir: tanto en sus ideales como en sus disposiciones políticas.

El nombre mismo del Plan de Ayala es tan importante que se cree indispensable mencionarlo como admitirlo para convencer a los revolucionarios de que ha triunfado ese plan.

Las meras adiciones a ese plan sugeridas por nosotros encontraban fuertes objeciones. En el curso de las conferencias discutimos algunos puntos no incluidos en el Plan de Ayala, y encontramos que nuestras críticas, por defecto, al Plan de Ayala, se interpretaban en seguida como ataques a la substancia del plan mismo y a la Revolución del Sur.

La única base de paz que los revolucionarios del Sur admiten es, pues, la absoluta sumisión de los constitucionalistas al Plan de Ayala en todas sus partes, tanto en la relativa a los principios como en cuanto a los procedimientos políticos de su realización, y en cuanto a la jefatura de la Revolución.

Predomina en ellos la idea de que en el estado actual de cosas que priva en el Estado de Morelos y demás zonas dominadas por el zapatismo la cuestión agraria está resuelta; es decir: las usurpaciones están ya reivindicadas, las tierras repartidas y las propiedades del enemigo confiscadas, y lo único que hace falta es legalizar lo hecho, para lo cual necesitan estar seguros de la sinceridad de propósitos del gobierno que se encargue de ratificar lo hecho por ellos.

Esto hace tomar importancia a los demás preceptos del Plan de Ayala (artículos 12° y 13°), que nosotros llamamos procedimientos políticos para realizar los principios, y que allá, en Cuernavaca, se llaman garantías de cumplimiento del Plan de Ayala.

En cuanto a la actitud de los revolucionarios del Sur respecto de los constitucionalistas, debemos confesar que es de completa desconfianza. Se interpreta como una muestra de falta de compañerismo el que las tropas constitucionalistas hubieran entrado a la ciudad de México sin procurar un acuerdo con Zapata; se considera un acto de abierta hostilidad el que las avanzadas federales que se encontraban frente a los zapatistas hubieran sido substituídas por tropas constitucionalistas; se interpreta como actitud sospechosa la de que el jefe del Ejército Constitucionalista no haya querido nunca hacer una declaración de principios políticos y agrarios, y se señala como indicio francamente antidemocrático el de que el jefe del Ejército Constitucionalista se haga cargo del Poder Ejecutivo de la nación sin acuerdo de todos los jefes revolucionarios del país.

Este acontecimiento de profunda desconfianza y de rivalidad se vio llevado a su máximo durante nuestra permanencia en Cuernavaca, a causa de las continuas fricciones entre las avanzadas de uno y otro lado, y este sentimiento está tan generalizado que allí no se puede ni siquiera intentar desvanecerlo por medio de argumentos favorables al Ejército Constitucionalista.

En esas condiciones llegó el general Zapata al mediodía del sábado 29 de agosto.

Poco después llegó a Cuernavaca el general Juan Banderas, que opera en el sur y en el este de la ciudad de México.

Habíamos tenido ocasión de conocer durante nuestra permanencia en Cuernavaca a los siguientes militares, que por coincidencia se encontraban en el Cuartel General: Genovevo de la 0, Juan Banderas, Enrique S. Villa, Otilio Montaño y Antonio Barona. En el camino de México a Cuernavaca conocimos al general Francisco U. Pacheco.

A las tres de la tarde del sábado fuimos llamados por el general Zapata para conferenciar con él personalmente.

De los elementos que pudieran llamarse civiles, estuvieron presentes su secretario, el señor Palafox, y el señor Alfredo Serratos, quien, después del primero, es el de mayor influencia en el ánimo del general Zapata.

De los elementos militares fue llamado el general Banderas, quien, aunque no tomó parte en la discusión, permaneció en la pieza donde se conferenciaba.

La conferencia se celebró propiamente, pues, entre el general Zapata y los señores Palafox y Serratos, por una parte, y los señores Villarreal, Cabrera y Sarabia, por la otra.

En el curso de la conferencia llevó la voz de la intransigencia el secretario, señor Palafox. El general Zapata habló poco.

El señor Serratos hizo algunas observaciones y sugestiones de interés y con espíritu de buscar soluciones, dirigiéndose al general Zapata.

Casi resumiendo las conferencias inoficiales, de las cuales tenía el general Zapata una idea, que en lo privado le había dado su secretario, expusimos cuáles eran nuestros propósitos; a saber: contribuir a fundir la Revolución del sur con la del norte, puesto que ambas habían perseguido el mismo objeto, no siendo necesario continuar la lucha que no tiene razón de existir entre grupos de idénticas tendencias.

Procuramos limitar nuestra exposición a solicitar que se nos dijeran las condiciones que los revolucionarios del sur estimaran como indispensables para hacer la paz.

Los resultados que se alcanzaron en este sentido son los que se contienen en las bases mencionadas por Palafox y aceptadas por el general Zapata y que, paulatinamente, enumeramos.

La celebración de una entrevista personal entre el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y el general Zapata hubo de desecharse, desde luego, por considerarse irrealizable desde varios puntos de vista; pero, sobre todo, por la exigencia irreductible de que tal conferencia sólo podría verificarse en el Cuartel General de la Revolución del Sur, o sea, en Cuernavaca.

Hicimos las indicaciones de que esa conferencia podía verificarse en México, o, a lo menos, en un punto intermedio entre ambas ciudades, neutral o neutralizado entre las extremas avanzadas de uno y otro ejércitos. La proposición fue desechada de plano con diversos argumentos, entre los cuales, los de más fuerza eran el que sólo Cuernavaca les merecía confianza y el de que la Revolución del Sur, como más antigua, tenía derecho a la preeminencia.

Desechada la idea de una conferencia personal entre ambos jefes, se pasó a tratar de una conferencia entre delegados.

El secretario Palafox sostuvo la idea, que ya conocíamos, de que la condición previa y sine qua non para cualquier arreglo tenía que ser la sumisión del Primer Jefe y de los generales constitucionalistas al Plan de Ayala, firmándose al efecto una acta de adhesión en que se aceptara el plan mencionado en todas sus partes. El general Zapata aprobó la idea, encargándose Palafox de apoyarla y reforzarla, e insistió en que la sumisión al Plan de Ayala debería ser previa e incondicional.

A nuestra proposición de que simplemente se adoptara el Plan de Ayala en sus principios fundamentales, incorporándolos en un arreglo o convenio, se nos hizo saber que la condición de sumisión a todas las disposiciones del Plan, tanto agrarias como políticas, era sine qua non y previa a toda discusión sobre otros asuntos, y que solamente después de que nosotros consiguiéramos convencer al Primer Jefe para que firmara el acta de sumisión al Plan de Ayala podía entrarse a tratar de las conferencias por los delegados.

Habiendo tomado nota ad referéndum de la primera condición, pedimos conocer los probables puntos que en estas conferencias podrían tratarse.

Después de reproducir los términos de la discusión del viernes sobre este punto, el señor Palafox precisó que esas juntas podrían componerse de tres individuos de cada lado, en la inteligencia de que los delegados deberían estar provistos de credenciales que los autorizaran ampliamente para cerrar estipulaciones y firmar arreglos.

Dichos delegados deberían reunirse precisamente en Cuernavaca o en el lugar en que se encontrara el Cuartel General de la Revolución de Ayala.

En este punto, el secretario Palafox se mostró inflexible, así como respecto al lugar de la junta de jefes, y el general Zapata asintió.

Por lo que toca a los arreglos substanciales a que pudiera llegarse en estas juntas de jefes, o sea, a las condiciones bajo las cuales los revolucionarios del sur quisieran deponer su actitud hostil hacia el gobierno constitucionalista, Palafox mencionó como primera y esencial el abandono del Poder Ejecutivo por parte del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, o, cuando menos, la admisión a su lado de una persona de toda la confianza del general Zapata, para que toda clase de medidas, nombramientos y, en general, todo acto de gobierno fuera discutido y acordado con el representante del general Zapata.

No pudimos entrar a una verdadera discusión de estos puntos por ser materia de las proyectadas conferencias; nos limitamos a anotarlos para conocimiento de usted.

Del mismo modo se habló acerca de la segunda condición esencial, consistente en la celebración de una convención revolucionaria en que se nombrara Presidente interino de la República y se discutiera el programa de gobierno, en el cual deberían quedar incluidos, sin alteración, los principios del Plan de Ayala.

Hablamos a continuación de las medidas que, entre tanto se celebraban las conferencias; pudieran tomarse para evitar las hostilidades entre zapatistas y constitucionalistas.

El general Zapata y el general Banderas profesan la idea de que los constitucionalistas son los únicos responsables de las fricciones habidas recientemente entre las avanzadas de uno y otro lado, atribuyéndolas a falta de controlamiento o a mala fe de los jefes constitucionalistas, y no encontraban otro medio de evitarlo que un armisticio formal.

Precisando el punto, quedó definida su petición en el sentido de que los constitucionalistas dejaran en poder de los zapatistas las posiciones que, según ellos, tienen en su poder (sic) y que desocuparan la plaza de Xochimilco, entregándola a ellos.

Esta condición, rechazada al principio con energía por el general Zapata, por considerarla un favor, fue apoyada por los señores Palafox y Serratos, y, al fin, fue aceptada por el general mismo. A la entrega de Xochimilco se le daba el carácter de un acto de los constitucionalistas que mostraría su buena fe para tratar, por lo cual, momentos después fue indicada como otro acto previo de desagravio que esperaban del Primer Jefe.

Al resumir las condiciones expuestas para su perfecta inteligencia cambiaron un poco de lugar y de categoría; es decir: que dos de ellas pasaron, de hipotéticas que eran, a firmes y previas.

Las condiciones, pues, que el general Zapata exige del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista para un acuerdo que evite la guerra entre los revolucionarios del norte y los del sur, son las siguientes:

Primera. Ante todo, deben firmar el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y los generales que de él dependen, una acta de sumisión al Plan de Ayala, no sólo en su esencia, sino en todas sus partes.

Segunda. Mientras pueden celebrarse las conferencias proyectadas debe pactarse un armisticio sobre la base de la entrega de la plaza de Xochimilco a las fuerzas zapatistas.

Tercera. El Jefe del Ejército Constitucionalista debe retirarse, desde luego, del Poder Ejecutivo de la nación, o bien, el Jefe del Ejército Constitucionalista podrá continuar en el Poder Ejecutivo siempre que admita a su lado un representante del general Zapata, con cuyo acuerdo se dictarán las determinaciones trascendentales y se harán los nombramientos para puestos públicos.

Cuarta. Una vez llenados los tres anteriores requisitos, podrá nombrar el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista sus delegados, autorizándolos debidamente para discutir y firmar arreglos. Dichas conferencias se celebrarán precisamente en el Cuartel General de la Revolución de Ayala y tendrán por objeto tratar de los procedimientos para llevar a cabo las disposiciones del Plan de Ayala.

Tales son, en substancia, las condiciones de arreglos mencionadas por el señor Palafox y apoyadas por el general Zapata para solucionar el conflicto inminente entre la Revolución del norte y la del sur.

México, D. F., 4 de septiembre de 1914.
Luis Cabrera.
Antonio I. Villarreal.

 

RESPUESTA DEL SEÑOR CARRANZA

He recibido el informe que ustedes me han transmitido como resultado de su entrevista con el general Emiliano Zapata.

Como de dicho informe se deduce que el señor general Zapata considera indispensable para cualquier arreglo, que previamente haga yo una declaración de sumisión al Plan de Ayala, suplico a ustedes transmitan por escrito al general Zapata mi contestación, que es la siguiente:

Habiendo recibido la investidura de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, por delegación de los diversos jefes militares, con sujeción al Plan de Guadalupe, que colaboraron conmigo para el derrocamiento de la dictadura del general Huerta, no podría yo abdicar este carácter para someterme a la jefatura del general Zapata, ni desconocer el Plan de Guadalupe para adoptar el de Ayala.

Considero, por lo demás, innecesaria esa sumisión, supuesto que, como manifesté a ustedes, estoy dispuesto a que se lleven a cabo y legalicen las reformas agrarias que pretende el Plan de Ayala, no sólo en el estado de Morelos, sino en todos los estados de la República que necesiten de dichas medidas.

Si el general Zapata y los jefes que lo siguen, pretenden realmente que se lleven a cabo las reformas que exige el bienestar del pueblo suriano, tienen el medio de verificarlo, uniendo sus esfuerzos a los de esta Primera Jefatura, reconociendo la autoridad de ella y concurriendo a la Convención de jefes que he convocado para el día primero de octubre del corriente año, precisamente con el objeto de discutir allí el programa de reformas que el país exige.

Agradeciendo a ustedes sus patrióticos esfuerzos en bien de la paz, reitero a ustedes mi atenta consideración y particular aprecio.

Constitución y Reformas. Palacio Nacional, México, a 5 de septiembre de 1914. El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado del Poder Ejecutivo, Venustiano Carranza.

A los Cc. General de Brigada Antonio I. Villarreal y Licenciado Luis Cabrera.
Presentes.

 

 

 

 

 

 

Fuente: Magaña Gildardo. Emiliano Zapata y el agrarismo en México. México, INEHRM [Revolución. Obras Fundamentales], 1937. 5 tomos.